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Miércoles 16 de abril de 2014 
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ACTUALIZADO 2012-11-14 18:16:58 AT
Levantar una piedra
Diego Enrique Osorno
REPORTERO
Un paramédico del DF
2012-11-14 18:16:58


INVESTIGACIONES DE UN PARAMÉDICO DEL DISTRITO FEDERAL

Lo primero que descubrió Arturo Román García sobre la desaparición de sus hijos fueron unas camionetas grises que llegaron al restaurante Don Pedrito, en San Fernando, Tamaulipas, donde Natanael y Axel estaban a punto de cenar unas arracheras con papas asadas envueltas en papel aluminio. De las camionetas grises descendieron hombres armados con el rostro descompuesto, entraron al lugar como si tuvieran hambre voraz, fueron a la mesa de los hijos del paramédico, los sometieron y se los llevaron.

Desde esa noche nadie tiene noticia de ellos en el Distrito Federal.

¿Por qué desaparecieron? El secuestro por motivos económicos quedó descartado. El paramédico nunca ha recibido una petición de dinero a cambio de la liberación de sus hijos. Como la camioneta Grand Caravan blanca en la que viajaban Natanael y Axel estaba cargada de mercancía estadounidense, los misteriosos desaparecedores quizá pensaron que eran comerciantes con dinero. Otra hipótesis, que el paramédico elaboró tras sus investigaciones en Tamaulipas, es que fueron confundidos con integrantes de uno de los bandos de la guerra de Los Zetas, ya que la camioneta tenía placas de Jalisco, un estado de donde suelen provenir los enemigos del clan de la última letra. También le han comentado al paramédico que la desaparición pudo haber sido provocada por algo tan caprichoso como los tatuajes que llevaba el mayor de sus hijos. El día que desapareció, Natanael vestía un short basquetbolero y el jersey de un equipo de la NBA: al descubierto le quedaban diez imágenes grabadas a lo largo de su cuerpo de 1.95 metros de altura.



*****

El primer viaje que hice a Tamaulipas para buscarlos fue en avión, pero los demás han sido en carro.

Lo que hago es salir del Distrito Federal de noche para llegar a Tamaulipas cuando amanece.

Llegas a la procuraduría de Ciudad Victoria y te ofrecen café, galletitas, refresco y hasta un lonche.

Pero yo les digo: Yo no vengo a ver qué me puedes ofrecer de comer, vengo a buscar a mis hijos.

Eso es lo que quiero.

Te recibe una mujer encargada de las relaciones públicas que se llama Beatriz.

Beatriz te terapea, dice que están en la mejor disposición de ayudarte.

Esa secretaria me hizo el favor de enseñarme todas las fotos de los cuerpos que no estaban identificados. (Es que cuando hay un muerto, los de servicios periciales toman fotos). Y ahí estuve, una hora y media viendo fotos de muertos. Había fallecidos de todo tipo.

Pero no estaban mis hijos entre ellos.

Buscaba los tatuajes de Natanael, los lunares de Axel...

Al principio, la Procuraduría de Tamaulipas no quería buscarlos. Dos semanas después de la denuncia, nos mandó un aviso en el que notificaba que iniciarían la búsqueda de mis hijos... en hoteles, bares y plazas públicas.

Como si los hubiera desaparecido una parranda y no la guerra que hay en Tamaulipas.


Eso me contó el paramédico cuando empezamos a platicar.

Luego dijo:

Yo lo que vine a hacer a este mundo ya lo hice. De ahí me sale la fuerza para buscar a mis hijos.

El paramédico es papá de Natanael y Axel, dos jóvenes de 35 y 21 años, nacidos en el Distrito Federal, a los que se tragó alguna de las máquinas de guerra que operan en el noreste de México. Los desaparecieron en San Fernando, Tamaulipas, el 25 de agosto de 2010, dos días después de que en el mismo municipio fueran encontrados 72 migrantes asesinados de un tiro en la cabeza.

Le insisto Diego: Yo lo que vine a hacer a este mundo ya lo hice. Por eso voy a hallar a mis hijos a como dé lugar.

El papá de Natanael y Axel trabaja en una ambulancia del IMSS en la Ciudad de México.

Ahora conduce una investigación propia para saber dónde están sus hijos.

Antes de ir a Tamaulipas, acudió al cuartel de la policía federal, allá en el Distrito Federal, donde insistió hasta conseguir los números e incluso los domicilios de quienes usaron los teléfonos de sus hijos en los días siguientes a que fueron secuestrados en el restaurante carretero de San Fernando. Eran llamadas de larga duración. El destino era Coatzoacoalcos, Veracruz. Con las pruebas en la mano, hizo una cita con un alto mando federal. Le pidió que investigaran a las personas que vivían en esas direcciones adonde se hacían las llamadas y que los interrogaran sobre el paradero de sus hijos.

“Porque yo no puedo hacer nada, ¿o qué puedo hacer con los teléfonos y las direcciones?”, le dijo el paramédico al alto mando de la policía federal.

Cuano el paramédico me relataba esto, lo acompañaba un amigo silencioso que intervino hasta ese momento: “Claro que puedes hacer algo. Conseguimos unas buenas metralletas y vamos a buscarlos”.

Luego el amigo del paramédico meditó lo que acababa de decir. Se arrepintió un poco... o no sé: “Bueno, pero el problema es que a lo mejor te detienen y te meten a la cárcel cuando te pongas a conseguir las armas, porque a lo mejor para eso sí hay ley”.

—Bueno, estoy hasta dispuesto a ponerme un chip con GPS y entrar a la zona de San Fernando a quedarme ahí hasta encontrar a mis hijos —le dijo el paramédico al funcionario de la policía federal.

—¿Y luego?, ¿quién va a ir por usted? —le respondió.

Hubo silencio. Luego el funcionario continuó:

—Le voy a ser franco. Cuando yo sé que va a haber desmadre en San Fernando, hasta saco a mis muchachos de ahí. Porque si no, me los matan. Ahí no se puede hacer nada ahorita. Está demasiado caliente. No le rasque.

*****

Buscar a un hijo desaparecido en Tamaulipas es recorrer el mundo al revés. Cuando el paramédico conoció al presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Tamaulipas, éste le preguntó que por qué no traía, de perdido, una pistola; la primera vez que el paramédico habló con la secretaria del procurador de Tamaulipas, la mujer le dijo que no buscara a sus hijos, que no se podía hacer nada porque había un estado de excepción, que mejor ni fuera a Tamaulipas. Otro funcionario del Ministerio Público en San Fernando le confesó que aunque había cientos de denuncias, ninguna se investigaba. Que cada quien, bajo su propio riesgo, tenía que hacerla por su cuenta porque no había la infraestructura ni los elementos ni, sobre todo, la orden superior para hacerlo, aunque los campamentos de los grupos de la guerra fueran perfectamente visibles en ciertos ranchos o en ciertas brechas de San Fernando y otros municipios.

Pero el paramédico del Distrito Federal estaba decidido a investigar.

Le vuelvo a insistir: Yo lo que vine a hacer a este mundo ya lo hice.

Por eso voy a hallar a mis hijos a como dé lugar.


*****

El paramédico me acerca al oído la bocina de su teléfono celular para que escuche la grabación de la entrevista que le hizo Salvador Camarena en W Radio a su hija. El día que nos conocimos se cumplían nueve meses de la desaparición de sus hijos. Estaba contento porque avanzaba en su aprendizaje de internet. Lo hacía a contracorriente, sabiendo que era clave para mantener viva su pesquisa.

Sin embargo, su búsqueda en absoluto era algo virtual. Para ese entonces había ido veinte veces a Tamaulipas. Unos días antes de la cita acababa de recorrer una decena de morgues de la frontera noreste. Lo había hecho luego de que un funcionario de la procuraduría tamaulipeca le hablara por teléfono para decirle que le habían recomendando mucho su caso y que quería una cita con él. Le pidió que viajara a Ciudad Victoria para revisar su ADN, sobre todo porque en esos días de marzo de 2011 estalló la noticia de que habían sido halladas una decena de fosas comunes en San Fernando, con más de 200 cadáveres.

Querían comparar su ADN con el de los restos recién desenterrados en aquel paraje.

El paramédico viajó a Tamaulipas. Pese al estruendo mediático que provocó el caso y la atención nacional que había en ese breve instante en San Fernando, el paramédico se topó, como si no pasara nada, a los espías del narco llamados halcones. Incluso los halcones eran ahora más burdos que en los viajes anteriores. Se ponían a gritar por aparatos de radio las características del coche, decían que traía placas del DF, que era de tal color, que llevaba tal número de pasajeros...

El paramédico dejó su ADN en la procuraduría de Tamaulipas con la esperanza de encontrar a sus hijos aunque estuvieran muertos.

Esa vez el paramédico también pudo platicar con los dueños de dos funerarias de San Fernando (“una señora güera y un rubio barbón con sombrero vaquero”). Entre las decenas de muertos desconocidos que ambos guardaban en sus negocios fúnebres no había ninguno con las características de Natanael y Axel. (Natanael tiene tatuado en el pecho la palabra agnóstico y en el brazo izquierdo golondrinas y samuráis peleándose; casi pegado al hombro, una calaverita). La señora güera dueña de la funeraria le explicó al paramédico que aunque tenga mucho tiempo de muerta una persona, los tatuajes en el cuerpo prevalecen, a menos, claro, que los restos sean puros huesos. Pero ese tipo de muertos, que por supuesto también hay en Tamaulipas, ellos no los tenían en sus pequeñas funerarias, que de un día a otro recibían más muertos que la morgue de Los Ángeles entre semana.

El paramédico viajó después de San Fernando a Matamoros.

Llegó de noche y prefirió cruzar a Brownsville, Texas, para dormir ahí. A la mañana siguiente, afuera de la morgue de Matamoros había un mar de gente buscando a sus familiares. Sobre todo personas procedentes de Querétaro, Toluca y San Luis Potosí. Había muchos niños a quienes también les pedían pruebas de ADN; niños buscando padres desaparecidos. Pasaban de cinco en cinco a un cuchitril oficial para contar las características de los familiares que andaban buscando y saber si coincidían con alguno de los más de 200 cadáveres sacados de las fosas. De acuerdo con los pensamientos del paramédico, los funcionarios los estaban haciendo pendejos, porque no les tomaban pruebas de ADN ni nada. El paramédico se encabronó. Quizo levantar a la gente, que se protestara ahí mismo, pero no tuvo eco alguno: en el pasillo de la Quinta Agencia del Ministerio Público de Matamoros, los familiares amontonados se quedaron callados. Sólo querían encontrar a sus desaparecidos. No querían más problemas.

Les dije: Tenemos que hacer algo, señores, estamos sufriendo un dolor grande y los invito a que nos manifestemos saliendo de aquí, que vayamos a la presidencia, o hagamos algo.

Nadie le contestó.

En los días en que platiqué por primera vez con el paramédico acababan de matar a Marisela Escobedo frente al palacio de Gobierno de Chihuahua por exigir castigo para el asesino de su hija. Por hacer lo que el paramédico estaba haciendo en Matamoros.



*****

Aquella noche de la arenga solitaria un trailer estacionado afuera de la morgue de Matamoros arrancó y se llevó la mitad de los cadáveres al DF. El paramédico se fue a dormir otra vez a Estados Unidos, al hotel 88 Inn. Esa vez viajaba en un Cavalier 2002 de cuatro puertas. A la mañana siguiente salió de regreso al Distrito Federal. Se fue de Matamoros a Reynosa, de Reynosa a Monterrey y de ahí, pasando Saltillo, en Los Chorros, paró por primera vez en un Oxxo para ir al baño y comprar bebidas y alimentos para el camino. El paramédico se imaginó que unos muchachos parados afuera de la tienda eran halcones.

Lo más probable es que fuera su paranoia.

O no.

Al retomar la carretera, de Saltillo a Matehuala recordó su primer viaje a Tamaulipas, tras la desaparición de sus hijos. En aquel viaje, cuando iba saliendo de San Fernando, donde al Agente del Ministerio Público lo acababan de matar y las oficinas estaban cerradas y llenas de impactos de bala, se topó a unos halcones a la salida del pueblo.

Aceleró.

Veinte kilómetros después su mujer le dijo:

—¿Por qué vas tan rápido?

—Es que quiero que nos pare una patrulla para decirle que nos topamos con estos halcones.

Ciento cincuenta kilómetros después los paró un federal. El paramédico le contó lo sucedido. El federal se rió.

—Mejor dénle más rápido —le dijo.

Antes de trabajar en el IMSS, el paramédico fue chofer en Omnibús de México. Como conductor de autobuses de pasajeros conoció todos los pueblitos del noreste de México. Pero de aquellos años, sus recuerdos más intensos son del noroeste, por Chihuahua. No son recuerdos peligrosos. Recuerda la pobreza de la sierra tarahumara; en especial una noche de invierno muy fría en la que vio a niños rarámuris casi desnudos caminando por un pueblo turístico llamado Creel. Les dio la cobija de estambre con la que él se dormía en el autobús. Al día siguiente los volvió a ver igual a la intemperie. ¿Y la cobija? Preguntó. Ya la vendimos, le respondió uno de los niños.

*****

De regreso al DF le dijeron que en 45 días le notificarían los resultados de su prueba de ADN. De todos los cadáveres que brotaron de las fosas de San Fernando, sólo cuatro fueron identificados: dos de Tlaxcala, dos de Querétaro. Nada de Natanael ni Axel.

Así como están las cosas no se puede aclarar nada de lo que le pasó a mis hijos.

Cada quien trabaja para su santo. No hay coordinación entre las dependencias de gobierno.

El ADN lo sacan con una pinchada de aguja. Todo es mentira; porque la prueba vale como 25 mil pesos y no creo que los del gobierno sean tan buena gente como para gastarse ese dinero en el pueblo.

Antes el narco era como el diablo. Todo mundo sabía que existía, pero nadie lo veía. Ahora no. Este presidente se sentía tan espurio que le subió el sueldo a los militares un 40 por ciento y luego un 50 por ciento más. Y aun así, como quiera hay muchos desertores.


Y mucho narco.

Y muchos desaparecidos. Sobre todo en Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas...

*****

El paramédico fue contactado por un policía judicial que le ofreció encontrar a sus hijos. Le dijo que tenía acceso a Los Zetas. Sonaba serio el investigador de los bajos mundos: la primera vez que dijo que viajaría a Tamaulipas para hallarlos le pidió al paramédico que le diera ropa para dárselas a sus hijos en cuanto los viera. Decía que él conocía a “la gente” y que Natanael y Axel seguramente estaban en un rancho enorme del noreste recibiendo entrenamiento o esclavizados, haciendo ciertas tareas de las cuales prefirió no entrar en detalles. El policía resultó un estafador que les robó cien mil pesos, dinero que el paramédico había conseguido tras vender un viejo camión de mudanzas que había comprado con sus ahorros y que rentaba en el barrio.

En realidad no hay quien entienda con claridad esta guerra o sepa bien cuáles son sus pasadizos correctos, en caso de que se tenga la necesidad de recorrer alguno de estos. Decían que el único que podía hacerlo era el general Arturo Acosta Chaparro, liberado de su encierro militar durante el gobierno de Felipe Calderón y comisionado para negociar con cárteles en las sombras. Pero el general fue asesinado en un taller mecánico del Distrito Federal, meses antes de que acabara el sexenio de Calderón.

En los bajos mundos policiales que el paramédico conoció mientras buscaba a sus hijos se dice que para tratar de entender algo que en realidad está todavía más enredado, a los del cártel de Sinaloa hay que llegarles a través del PAN, y a Los Zetas, a través de algunos pesos pesados del PRI.



*****

El 28 de agosto de 2010 aterrizó en Reynosa el avión comercial donde viajaba el paramédico que iba a buscar a sus hijos. En el aeropuerto alquiló un carro y supo que algunos de los cuerpos de los 72 muertos de San Fernando (que luego se sabría que eran migrantes centroamericanos) los habían llevado a la funeraria La Paz. En la funeraria La Paz, improvisada como morgue, el hombre encargado de enseñar a los muertos le dijo:  “Mire, con las características que usted me está describiendo no hay ninguna persona. Todos los cuerpos que están aquí ya tienen muchos días de haber muerto. Le recomiendo que vaya al Semefo de aquí, mientras, yo le investigo qué hay en Matamoros y qué hay en San Fernando porque nosotros estamos comunicados con todos”.

El paramédico fue al Servicio Médico Forense (Semefo) de Reynosa acompañado por un vendedor de la funeraria La Paz, atento a ofrecer sus servicios en caso de que se necesitaran. Llegaron y no había nadie. Nada más dos personas muertas, pero no con las características de Natanael ni de Axel: eran un hombre mayor y una mujer.

De regreso en la funeraria de La Paz, el paramédico volvió a insistir al dueño que le dejara ver los cadáveres.

—Pues es que no tiene caso que los vea, porque estos realmente ya tienen mucho tiempo. Sus hijos, en caso de que estuvieran muertos, estarían frescos. Éstos no lo están nada —le respondió— pero ya me comuniqué a San Fernando y tienen cuatro personas jóvenes. Esos sí tienen características de sus hijos.

El paramédico se fue a San Fernando, acompañado por una de sus hermanas y por su esposa. Antes de ir a las funerarias llegaron a hospitales y preguntaron por heridos, pero nada. Luego enfilaron el auto rentado a la funeraria donde estaban los cuatro cadáveres, ninguno de sus hijos. Al paramédico —quien además, de joven fue chofer de una ambulancia fúnebre de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal— le ha tocado ver el semblante de muchas personas muertas.

Ni su esposa ni su hermana entraban a las morgues de Tamaulipas.

El hombre que le enseñó a los cuatro jóvenes muertos era un tipo muy amable. Le dijo:

—¿Quiere que se los descubra?

Y ahí el paramédico se dio cuenta de que en San Fernando no tenían a los cadáveres como deberían. Los muchachos muertos estaban tirados en el suelo y no había charolas, ni nada. Era un bodegón sin refrigeración, en el que a los cadáveres solamente les echaban cal encima. Y ya.

El paramédico siguió ese día con sus investigaciones. En un restaurante le pasaron el tip de que habían encontrado dos cadáveres rumbo a Méndez. Y fue hasta allá, pero ya llegando se enteró de que ni siquiera había Ministerio Público en dicho pueblo. En el camino a Méndez, de los dos lados, vio muchas camionetas nuevas incendiadas. Iba fijándose si no estaba ahí el esqueleto de la camioneta Grand Caravan blanca en la que viajaban sus hijos cuando los desaparecieron. No estaba.

Al regresar de noche a San Fernando, se topó con una patrulla de marinos cruzando el valle.

—No, pues mire es que mataron al del Ministerio Público, aquí nadie te va a tomar el acta —le contestó uno de los mandos.

—¿Pero entonces qué hago?

—Nosotros te recomendamos que te vayas a Matamoros para que levantes el acta allá. Y ya no sigas haciendo tantas preguntas... Y ni vayas a nuestra sede, porque aquí luego la gente te puede seguir.

Antes de regresarse a Matamoros, el paramédico fue a Don Pedrito, el restaurante donde estaban sus hijos a punto de cenar unas arracheras y papas asadas envueltas en aluminio. Le contaron lo que ya sabía: que habían entrado unos hombres con armas largas y que se los habían llevado a la fuerza, así, sin más.



*****

—¿Va a seguir buscándolos?

—Personas de Estados Unidos me dijeron que un conocido le habló a su familia después de un año de haber desaparecido. Les dijo: “Todo está bien, no se preocupen” y colgó...

Tengo que seguirle. Tengo la esperanza de que están vivos, porque los dos tenían el don de ser buena gente, estaban estudiados... no es por menospreciar, pero casi todos los que agarran estos grupos son paisanitos. Tengo la esperanza de que la organización los tenga trabajando en algo.

Hay que hallarlos: Vivos o muertos. Pero hay que hallarlos.


*****

Natanael: Elegido de dios, hebreo. Axel: Hombre fuerte, danés.

A Natanael le gusta leer y Axel prefiere la televisión. Antes de desaparecer, Natanael leía Proceso cada semana y todos los libros o editoriales de Xavier Velasco que caían en sus manos. También las novelas de misterio del hijo de Stephen King, que firma como Hill para evitar ser una sombra de su padre.

Antes de desaparecer, Axel veía por las noches el programa de Fernanda Tapia en Dish TV. Se reía cuando la jocosa conductora presentaba la sección El Ejecútometro, sobre los muertos de la guerra del narco.

A Natanael le gusta la música contestataria. “Ellos dicen mierda” es una de sus canciones preferidas. Estudió Ciencias de la Comunicación en la ENEP Aragón de la Ciudad de México, aunque nunca ejerció. Mejor anduvo en lo del skateboarding. Desde que era estudiante viajaba mucho, sobre todo al País Vasco, le encantaba estar ahí.

Cuando salió de la universidad se dedicó a buscar proveedores de patinetas en los shows de California, para venderlas en el centro del país. Puso una tienda en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en un pasaje comercial de la calle Regina. La marca que él creó se llama Rasta Skate. La tienda y la marca Rasta Skate también desaparecieron junto con él.

*****

No era la primera vez que Natanael y Axel atravesaban San Fernando. Natanael lo hacía dos o tres veces al año, cuando viajaba rumbo a Estados Unidos a comprar artículos para su tienda de skateboarding. Axel estudiaba el cuarto semestre de ingeniería en el Unitec y le pidió permiso a su papá para acompañar a su hermano a Estados Unidos durante el receso escolar. La intención inicial de Natanael y Axel era ir hasta San Antonio, pero en la aduana de McAllen les negaron el permiso para internase más allá de la frontera. Ante ello, durante dos días Natanael y Axel viajaron por la otra orilla del río Bravo, buscando tiendas en las cuales abastecerse. Además de cosas de skateboarding compraron una cuna y cosas para León, el hijo de Natanael que estaba por nacer y que finalmente vino al mundo el 31 de diciembre del año en que su papá fue desaparecido por la guerra.

De regreso, Natanael le habló a su papá después de cruzar el Puente Internacional de McAllen y Reynosa. Acababan de pagar los impuestos por la mercancía importada, en la cual habían gastado unos mil dólares. Eran las siete de la noche y le dijeron que iban a parar en San Fernando a cenar. Además de la buena carne, les gustaba tomar un refresco de cola sabor ponche característico de la región, marca Joya.

Esa fue la última comunicación que el paramédico sostuvo con sus hijos.

Luego supo que Axel alcanzó a enviar un mensaje de texto a uno de sus amigos de la universidad, en el cual le decía: “No mames güey, nos acaban de secuestrar. A mí me encajuelaron...”

 
 
   
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