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ACTUALIZADO 2011-02-02 11:57:32 AT
Levantar una piedra
Diego Enrique Osorno
REPORTERO
En el siglo XV
2011-02-02 11:57:32




(4 de 66)

En el siglo XV la pintura estaba destinada a retratar la vida de los santos, usando como modelos a los grandes señores de entonces. Reyes, obispos y princesas aparecían con cuerpos y rostros hermosos e irreales, en alguna actitud noble y sublime, recreando cierto pasaje bíblico. Conozco poco de pintura pero me gusta Caravaggio no nada más por ir a contracorriente en su época, sino también por la hermosa voluntad realista con la que lo hizo. Ver algunas de sus obras es como mirar -pese a que ello es imposible- fotografías de hace 500 años.

A diferencia de lo que predominaba, Caravaggio eligió a sus modelos entre la gente normal e incluso marginal de la época. Indigentes, homicidas, homosexuales, prostitutas, o bien, personas comunes que posaban para él. Nunca los santos fueron tan humanamente divinos como en sus pinturas.



En mi experiencia de reportero he tenido la misma inclinación a la hora de elegir las historias y los personajes de los que quiero hacer mis crónicas. Esto no es algo sorprendente en un país (ni se diga el continente) en el que los pobres son una inmensa mayoría. Sin embargo, no tengo muy claro qué fue lo que psicológicamente me llevó a este camino por el cual me topé con la historia de José Francisco Granados de la Paz. O quizá sí tengo en la cabeza algunas ideas acerca de ello pero este no es el espacio ni el momento para dicha terapia. Sólo diré que mi mejor amigo de toda la infancia está por salir de la cárcel, luego de pasar una segunda temporada en esos rumbos.

El proverbio africano que dice que hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador, es credo de esos que se le van formando a uno al ejercer el oficio. De la Paz no es una víctima. No en apariencia. Se trata de un hombre que en su adolescencia y juventud, mató y presenció el asesinato de una decena de mujeres en Ciudad Juárez, o por lo menos eso recuerda desde que se le apareció un Cristo Negro. Bajo el credo del proverbio africano De la Paz es un cazador, no un león, pero en la historia de su vida, en su deprimido ambiente familiar, y en el destino maldito al que por el momento están condenados ciertos lugares del mundo como Ciudad Juárez, donde el capitalismo se aplica salvajemente, hay algo que convierte a De la Paz en una víctima, además del victimario que de por sí es.

El escritor cubano Eliseo Alberto me contó que Julio Scherer le llamó para pedirle que entrevistara en la prisión a Daniel Arizmendi, "El Mochaorejas", el secuestrador trágicamente célebre por las mutilaciones que hacía. Eliseo (o "Lichi" como le dicen sus más amigos) fue al encuentro con "El Mochaorejas" y platicó con él durante horas en algún sombrío módulo penitenciario. El acuerdo entre Julio Scherer y "Lichi" era que el texto se publicaría en la portada de edición de la revista Proceso que inmediatamente siguiera a la entrevista. Dos días después, el escritor cubano llamó a Scherer y le soltó a bocajarro: “Julio: no puedo escribir esa entrevista porque supe muchas cosas del hombre que fue Arizmendi antes de convertirse en El Mochaorejas. Si escribo esa entrevista voy a humanizar a un asesino. Arizmendi tuvo una infancia terrible, tanto que ni Doistoeivski hubiera sido capaz de inventársela. Lo siento. No puedo escribir esta historia”.

La verdad es que yo tampoco puedo escribir la historia de De la Paz. Pero ya la estoy escribiendo.

@diegoeosorno

 
 
   
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