El loco de las torres

El loco de las torres

En Argentina renace silenciosa la figura de un ingeniero y arquitecto que marcó el paisaje de más de 20 ciudades. A 50 años de la muerte de Francisco Salamone en el más profundo olvido, el arte y la ciencia abren sus ojos al misterio del Loco de las Torres.

Esta historia es, en realidad, dos historias.


Una involucra a un ingeniero siciliano que pasó, a finales de la década del los treinta, por la provincia de Buenos Aires, Argentina, y dejó un tendal de construcciones gigantescas en un entorno de pueblos ínfimos. El listado incluye edificios municipales, plazas, portales de cementerios, delegaciones, corralones, mataderos, luminarias, sillas, bancos, Cristos, cruces. Once municipalidades, 16 delegaciones, 11 plazas y parques, 17 mataderos, siete portales de cementerios, cinco crucifijos, dos remodelaciones y ampliaciones, una escuela, dos mercados y un corralón. Setenta obras en menos de cuatro años, entre 1936 y 1940, en más de 30 localidades y a un promedio de una cada 15 días, todas proyectadas, diseñadas y dirigidas por el mismo constructor en sitios con nombres como Balcarce, Rauch, Laprida, Coronel Pringles, Guaminí, Alberti, Tonrquist, Alem, Adolfo Alsina, Pellegrini, Azul, Gonzales Chaves, Chascomús, Salliqueló.


La otra historia comienza en 1991, a bordo de un pequeño avión que vuela bajo, sin plan, con un hombre que intenta avistar una referencia allá abajo, en la tierra. El arquitecto Alberto Bellucci sabe que el objeto que busca tiene que verse desde lo alto, desde lejos. Y lo ve.


El extraño pórtico de cementerio en las afueras del pueblo de Saldungaray, que hizo que una historia no pudiera existir sin la otra, destapó un cofre olvidado que la arquitectura, el cine y la fotografía descubrieron con extrañeza, con cierto placer, casi con fetichismo, a partir de los años noventa. Claro que, tras esas construcciones, apareció un hombre que, a 50 años de su muerte, sigue siendo un misterio: el constructor de todas esas cosas, el siciliano Francisco Salamone.


Cualquier afirmación sobre él y sobre el porqué de su obra se tambalea en la cornisa de las hipótesis. Solamente quedan, inmóviles, magnéticas, sus más de 70 construcciones financiadas por la política de obras públicas del Estado en pueblos de la pampa argentina. Palacios municipales, portales imponentes y ángeles de la muerte, hoy admirados hasta la exacerbación, y sobre los que pesa, también, la acusación de fascismo.

 

***


Francisco Salamone nació en Catania, Sicilia, en 1897. Sus padres pusieron proa a la Buenos Aires de las oportunidades en 1903. Se sabe que el viejo Salvatore Salamone se trasladó con su oficio de constructor a cuestas, y a los golpes logró sostener a su familia deslomándose entre cal y cemento. Tenía cuatro hijos varones y una niña. Josefa, Ángel, José, Carlos y Francisco. Los varones siguieron los pasos de don Salvatore.


Después de graduarse en el colegio industrial Otto Krause, partió en 1917 rumbo a Córdoba, en el centro del territorio argentino, sede de una prestigiosa universidad. Ahí, dicen los papeles oficiales, en diciembre de 1920 recibió el diploma de ingeniero arquitecto, y en agosto de 1922 juró como ingeniero civil. Al cumplir 25 años, tenía ya dos títulos. El 605 fue su número en el Centro Argentino de Ingenieros. Lo aceptaron en la Sociedad Central de Arquitectos el 24 de noviembre de 1924, bajo la carpeta 957. En esa última entidad tuvo una serie de choques, proyectos ignorados, desaires, hasta que fue dado de baja por falta de pago en 1933. Nunca le preocupó demasiado. Sólo borró toda relación en sus tarjetas personales.


Se sabe, se lee, que se enamoró de las ideas de la Unión Cívica Radical, aunque no prosperó la posibilidad de una candidatura a senador provincial. Pero, estuvo cerca. Y con ese intento se fue toda perseverancia tras los cargos públicos. Se sabe que, contra los rechazos iniciales de la familia de la novia, se casó en 1928 con Adolfina Croft, Finita, hija del cónsul inglés en la ciudad de Bahía Blanca, activo puerto al sur de Buenos Aires. Se instalaron en territorio cordobés, y Salamone hizo sus primeras armas en la proyección y construcción, donde el trazado de una plaza en el pueblo de Villa María queda como único antecedente claro. Eran los años treinta, los primeros de una crisis global que ya sacudía a todo el planeta. Fue en 1935 cuando Francisco y Finita regresaron a Buenos Aires. Y es en realidad allí donde comienza la historia, su historia.


Salamone fue un tipo muy creativo, inteligente, con una capacidad de trabajo enorme, que estuvo en el lugar indicado en el mejor momento”, resume el arquitecto René Longoni. También uno de los principales responsables del redescubrimiento de estas obras después de décadas. Desde mediados de los noventa, coordina el área de investigación de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la Universidad de La Plata. Informado, documentado y con un trabajo de campo en el que habrá gastado más de un par de zapatos, Longoni se enfoca en la idea de un arquitecto prolífico que vio su oportunidad y lima cualquier posible mitología hasta dejar al constructor con su tablero de dibujo a un costado de la cama, disponible para plasmar destellos de lucidez mientras dormía sólo tres horas por noche. Apoyándose en la falta de pruebas, aleja a Salamone de relaciones políticas directas, de compromiso fascista, de ideas simbólicas.


“Si querés escribir un artículo interesante no vengas a hablar conmigo —dice—. Hemos dedicado años a darle la dimensión humana al pequeño diablo…”.
En 1936, con elecciones que quedaron en la historia como olímpicamente fraudulentas, en la provincia de Buenos Aires se proclamó gobernador a Manuel Fresco, un personaje de tinte fascistoide y admirador de Mussolini. “No dejamos hacer, ni dejamos pasar: intervenimos”, repetía Fresco. Enmarcada en un país que encaraba su propio New Deal, con la idea de la obra pública y el Estado como motores de la vida del argentino, esa intervención se tradujo en el llamado Plan de Obras Públicas Municipales. Y se recostó en tres leyes de 1937, que permitían programar obras entre 1937 y 1940, y también en una ley de 1929.


Traspasando los márgenes de la Capital Federal, la provincia tiene un primer cordón conocido como Gran Buenos Aires, fabril, populoso y denso. Pero más allá, hacia la pampa húmeda, una red de rutas se entrecruzan y unen 134 municipios (por aquellos años, unos 110) donde el paisaje rural es el denominador común. Un territorio de más de 300 mil kilómetros cuadrados, con unos 15 millones de habitantes. Un pequeño país dentro de otro. Es ese el terreno de Salamone.

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