El vallenato de los tapados

El vallenato de los tapados

¿Qué se esconde detrás del trapo que cubría a los jóvenes que se manifestaron a principios de año en Monterrey, contra la presencia del ejército?

El Josh tiene apenas 22 años y piensa que no tiene salida, que lo único que le queda por hacer es vender mota, pero su mota, no la de Los Zetas ni la de los “batos” del barrio. La de él es la buena, la más pura, la que no está “tijereteada”, la que viene de Guadalajara. Él mismo va a traerla cada vez que puede.


Está sentado en una camioneta Chevrolet destartalada rojo bermellón. Fuma sin parar. En cada inhalada se le va la vida: cierra los ojos, entra en trance, exhala apenas una pequeña nube, retiene y murmura con un hilo de voz sin soltar el resto del humo: “Aquí la vida vale pura verga”. Entreabre los ojos. No quiere soltar el humo. Lo traga. Lo saborea. Precisa: “Pinches militares, son bien mierdas: llegan en la madrugada, entran a las casas, le parten la madre a los compas, te roban lo que quieren, te manosean, te amenazan de muerte y se van. Son los más ojetes de todos. Si te ofrecen un quinientos por protestar contra esos güeyes, los aceptas y la próxima pides mil. Es de ley”.


Desde que Los Zetas se apropiaron de la colonia San Humberto en Santa Catarina, un barrio pobre a las afueras de Monterrey, la policía no se atreve a entrar. Luego, a mediados de 2006, el presidente Calderón declaró la guerra a los cárteles de la droga y metió el ejército a las ciudades. De pronto, más de 36 mil militares ocuparon las calles. Las autoridades desplegaron tanques en avenidas y los soldados improvisaban retenes por doquier. “Ahorita está bien caliente. Esos güeyes son unos infelices, no tienen ni estudios. Creen que somos iguales, que uno no conoce la situación del país. El sistema es una porquería. Todo es pura corrupción. Nos toman por pendejos, pero los pendejos son ellos. ¿Verdad Troy?”, dice El Josh volteando a ver a su compañero.


El Troy está afuera de su casa. Son las dos de la tarde y ni siquiera ha desayunado. Es alto y de buen cuerpo, lleva la melena descuidada y un poco larga. Luce unas marcadas ojeras. Ríe con la mirada extraviada y voltea a ver a El Josh con los ojos entreabiertos cegado por el candente sol regiomontano. Extiende la mano y toma el cigarro de mariguana. Asiente. “Te inyectan miedo. Esos cabrones te inyectan miedo. Miedo, no respeto —dice apretando los labios—. Yo sí soy una persona respetada, en el barrio me respetan. Somos los consumidores y merecemos ser respetados. Culeros. Pinches puercos”, rumia interrumpido por una tos aguardientosa, seguida de un denso escupitajo verduzco lanzado a gran velocidad a la acera.


La San Humberto no se distingue de las otras colonias de Santa Catarina. Hasta hace algunos años sus calles eran de terracería. Cuando llovía el lodazal inundaba los zaguanes. No había luz mercurial ni gas ciudad. Con el boom inmobiliario, llegó el pavimento y la colonia se llenó de un mar de casas igualitas del Infonavit, tan chiquitas como una caja de cerillos y tan frágiles que aun nuevas se ven viejas. A pocos metros de donde estamos hay carnicerías malolientes envueltas en moscas, depósitos de cerveza y alcoholes diversos, fruterías al ras de las banquetas y estéticas donde planchan el pelo a 50 pesos.


El Josh y El Troy están orgullosos de formar parte de una pandilla que llaman mom. Se ríen a carcajada loca cuando les preguntó si el nombre es en honor a las madres. “Claro que no —dicen al unísono y sueltan orgullosos—. mom, quiere decir: maestros orientando mierda”. Los mom son una de las casi dos mil pandillas que existen en Monterrey y sus alrededores. Surgió en el año 2003 gracias a la afición al futbol. Además del futbol, muchos tenían el gusto por la mariguana y, todos en común, la deserción escolar y, la nula expectativa profesional. Se fueron haciendo violentos “por culpa” de las otras pandillas que buscaban controlar su territorio para vender droga. La mom sobrevivió a fuerza de valor y de muchas broncas. Con el paso de los años, sus integrantes se fueron dispersando poco a poco. Después de la pubertad llegaron las obligaciones. Pero El Troy y El Josh siguen procurando la cohesión del grupo y esta noche de sábado preparan una pachanga con “mucho desmadre”: mota y cheve a morir. “La calle te enseña a madurar”, dice El Troy mostrando sus tatuajes; en el antebrazo, el nombre de “Dana Paola”, su hija de dos años, y en el puño, las letras de su banda. “Aprendes a chingadazos. A base de madrizas. Aquí no hay tengo miedo o ayúdame por favor. No valen las mamadas. Te haces hombre o te haces hombre”.

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