La cacería de Guillermo Arriaga
Fotografía de Turco .

La cacería de Guillermo Arriaga

El guionista que redefinió el oficio y lo puso en el mismo plano que el de director se estrena dirigiendo la esperada película The Burning Plain, estelarizada por Charlize Theron. El escritor de Amores perros y Las tres muertes de Melquíades Estrada dice que siempre quiso ser actor, escritor y director. ¿Será que puede hacerlo todo y bien?

EL BAUTIZO

29 de agosto de 2008. Los nervios carcomen el cuerpo de un hombre de 1.90 metros, corpulento, de ojos claros y mirada inquietante. Está a punto de atravesar, vestido de negro, la alfombra roja del Palazzo del Cinema, ese trozo de suelo que otorga una momentánea sensación de glamour a quien lo pisa. Los fotógrafos se agolpan. En unos minutos dará comienzo el estreno mundial de una de las películas más esperadas de la Mostra de Venecia, The Burning Plain, su obra, su primer filme como director. Ese director, otrora sólo escritor, que ha defendido hasta sus últimas consecuencias el papel de guionista como creador en el mismo nivel que el de director en una película. Y entre esas consecuencias, la de dar por terminados seis años de colaboración con el director Alejandro González Iñárritu.

En el ambiente festivo y caluroso del Lido cuelga la pregunta: ¿podrá Guillermo Arriaga sobrevivir profesionalmente a esa ruptura?

La prensa cinematográfica espera ver además si The Burning Plain es otro ejemplo de ese cine hecho por latinos (término con el que no se identifica Arriaga), que está o estaba a la alza hasta la llegada de la crisis. El cineasta mexicano Guillermo del Toro y el propio González Iñárritu habían tomado por asalto el circuito de premios internacionales con El Laberinto del fauno y Babel y, poco después, junto a su colega Alfonso Cuarón, firmaron un jugoso contrato de 100 millones de dólares con el estudio Universal para producir cinco películas bajo el sello de Cha Cha Cha.


Las luces del teatro Palazzo del Cinema se apagan y la función comienza. El público pasa la primera media hora tratando de desentrañar la complicada manera de contar que tiene Arriaga, al entretejer cuatro historias que parecen no llevar a ninguna parte. Todas ellas tratan del amor extremo, a través de las cuales Arriaga decide explorar cómo el sentimiento de culpa, el remordimiento y la tristeza pueden, con el paso del tiempo, conducir hacia un profundo abismo. Pero el amor siempre redime. Los papeles femeninos son los más interesantes. Charlize Theron, interpreta a Sylvia, una mujer que, al borde del precipicio, repiensa su pasado. Kim Basinger hace el papel de Gina, una mujer con cuatro hijos que encuentra un gran consuelo en la relación con un hombre, después de haber luchado contra el cáncer. Mariana, personificada por la joven —y casi desconocida— actriz Jennifer Lawrence, encuentra el amor en Santiago (JD Pardo), mientras afronta el dolor por la pérdida súbita de su padre. La fotografía, con la lente del experimentado Robert Elswit y John Toll, es espléndida.


Cuando se acaba la cinta y se encienden las luces, el público comienza a ovacionar al director. Los aplausos duran cinco minutos. La prueba parece superada.


UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

Al día siguiente. Arriaga se ve más tranquilo. Estamos en el Hotel des Bains, el hotel de la Belle Époque donde Lucchino Visconti filmó Muerte en Venecia. Yo he venido a mendigar una entrevista y Arriaga, que me conoce desde México y sabe de mi interés por elaborar una nota para esta revista, me protege con su manto de personaje célebre y me hace entrar al lugar donde está a punto de atender a la prensa italiana, entre la que tiene muchos admiradores. El encuentro es ruidoso y cordial. Antes de empezar a contestar Arriaga le pide a los periodistas que no revelen el final de la película para no echarla a perder. Cuando le preguntan cómo se originaron las historias que componen el filme, cuenta que cada una de ellas maduró de manera distinta y que para conectarlas usó el concepto de los cuatro elementos: aire, fuego, tierra y agua. Aunque mida sus palabras, parece relajado y hasta se permite hacer chistes en inglés.

Tiene fama de seductor: entre el alumnado de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, donde fue profesor muchos años; para levantar y desarrollar proyectos, aunque al final las relaciones con el equipo no siempre hayan llegado a buen puerto; con la prensa; con las mujeres. Y así es, con esa capacidad de seducción, con la que consiguió involucrar a la atractiva y cotizada Charlize Theron. “Siempre la tuve en mente para protagonizar el filme. Charlize leyó el guión y luego nos juntamos para discutirlo. Se suponía que iba a ser una comida de una hora, pero al final nos pasamos cinco horas hablando. Me sentí feliz cuando por último ella decidió interpretar el papel principal”, cuenta. Y añade: “No sólo es una persona inteligente y encantadora, sino que también maldice todo el tiempo”. Los periodistas ríen. “Si a las mujeres les gusta la película, me sentiré inmensamente feliz. Porque para un hombre no siempre es fácil escribir papeles femeninos. Así que espero haber sido justo con ellas”.

Entre Guillermo y Theron se percibe una relación fluida. El estatus de estrella de la actriz se pone en evidencia al ver el séquito de personas que la acompañan: su madre y representante, maquillista, peinador, relacionista público y asistente personal. No es difícil imaginar por qué Theron se sintió atraída por el tipo de historias que cuenta Arriaga. La actriz de origen sudafricano presenció de adolescente el asesinato de su padre, de manos de su madre, quien se sentía constantemente amenazada por los ataques que él dirigía hacia ella. Theron cuenta que la noche del estreno, cuando la película corría, tomó el brazo de Arriaga y le dijo: “Gracias por el viaje”. Cada película es un viaje, dice, y el de ésta fue mirar cómo Arriaga entiende la compasión y el poder redentor del amor.

A diferencia de la crítica italiana y de los medios mexicanos que llegaron incluso a proclamar que a Arriaga no le hacía falta ningún Iñárritu para triunfar, otros fueron menos benevolentes. Algunas reseñas cuestionaban, sobre todo, si la intrincada manera de narrar la película no era puro juego de artificio. Si la película hubiera sido narrada de forma lineal, ¿qué hubiera quedado? Derek Elley, crítico de Variety, medio de referencia para la industria cinematográfica, escribió que las complicaciones del guión, al final no revelaban mucho. Que el casting resultaba bueno, pero el guión seguía siendo un elaborado ejercicio de escritura con pocos ganchos emocionales. Aunque añadía que la estructura de espagueti de los guiones de Arriaga funcionaba muy bien con la dirección adecuada, como en el caso de Los tres entierros de Melquíades Estrada. El periódico inglés The Guardian tituló su reseña: “No es una desgracia, pero Arriaga no está en el nivel de Iñárritu”. Y añadía en el texto que el guión estaba bien, y los actores habían desempeñado un papel muy decoroso, pero que Arriaga debía hacerse a un lado como escritor para permitir que sus personajes vivan.

Al final, la 65 edición del Festival de Cine de Venecia, la peor en muchos años, no sólo por la deficiente calidad de las películas, sino por la plaga de mosquitos que martirizó sin descanso al personal, The Burning Plain no ganó el León de Oro. Fue la película de Darren Aronofsky, The Wrestler, protagonizada por Mickey Rourke, la que se llevó el premio. Sin embargo, el director mexicano obtuvo un reconocimiento indirecto al recibir la joven e incipiente actriz Jennifer Lawrence, Mariana en la película, el premio revelación Marcello Mastroianni.


PASADO, PRESENTE Y FUTURO

Como la plaga de los mosquitos que invadió una decepcionante edición del Festival de Cine de Venecia, en octubre estalló en Estados Unidos una crisis financiera de proporciones bíblicas. La película de Arriaga tuvo que esperar meses para su estreno comercial. Unas semanas antes de que se exhibiera comercialmente en Francia, España y el Reino Unido, Arriaga me espera en su casa en la Ciudad de México.

Éste es uno de esos días que te regala la ciudad. Llueve, y he pasado más de dos horas atorada en el tráfico. Estoy a punto de cancelar la cita, pero Arriaga me espera pacientemente. He pactado no revelar donde vive, por una cuestion de protección. Sólo diré que su casa está alejada del centro, en una comunidad cerrada, y que para llegar a ella hay que pasar por varios filtros de seguridad. Me recibe con una amplia y seductora sonrisa, pero con voz meliflua, que no tiene nada que ver con su presencia y tamaño. Descendemos por una escalera hasta su estudio, donde Arriaga escribe rodeado de sus trofeos de caza. Ésta es una de sus grandes pasiones. Me cuenta que recientemente ha decidido abandonar las armas de fuego y cazar con arco y flecha. Me enseña sus instrumentos. El salón está lleno de calaveras que, como la cacería y sus trofeos, son un recordatorio constante de lo cercana que está la muerte.

Me interesa indagar sobre su pasado. Como lo dijo en Venecia, todo lo que escribe es un reflejo de su experiencia personal. Y desde que ya no trabaja con González Iñárritu ha quedado claro que el mundo emocional de las películas es el suyo.

Arriaga viene de una familia de clase media baja. Es el tercero de cuatro hermanos. Su padre estudió ingeniería, pero abandonó la carrera a medio camino para hacerse cargo de su madre. Los Arriaga vivieron en La Unidad Modelo, un desarrollo inmobiliario de apartamentos para trabajadores de bajos ingresos localizado en el sur oriente de la ciudad. Cuando Guillermo tenía como 11 años, el padre abandonó un trabajo estable y remunerado para importar máquinas de tejer, que promovía entre cooperativas de trabajadores en distintos pueblos del país. A pesar de que los medios eran limitados, los niños Arriaga asistían a escuelas privadas. Guillermo recuerda su paso por la primaria con desagrado. Como era un niño con déficit de atención, los maestros estaban convencidos de que era un retrasado mental.

Además, la realidad de la escuela era por completo distinta a la de La Unidad Modelo. Mientras sus compañeros tomaban vacaciones en Europa o Estados Unidos, Guillermo y su familia lo hacían en Oaxtepec o Acapulco.

Más que la escuela, fue el barrio lo que lo formó. No sólo era impulsivo e hiperactivo, como todos los niños con déficit de atención, sino que también a los 13 años ya había alcanzado la estatura que tiene ahora. Pandilleros del barrio, mucho más grandes, terminaban inevitablemente metiéndose con Arriaga. En una ocasión, lo quemaron con cigarros encendidos. En otra, lo molieron a palos con un bat de béisbol. En otra más, perdió el olfato en una pelea. Era una ciudad violenta y gandalla que luego plasmó, por ejemplo, en Amores perros.

De chicos, los padres llevaban a los hermanos Arriaga al autocinema, que estaba en Churubusco y Universidad. Llegaban en pijama y descolgaban el auricular para ponerlo en el auto. Éste es uno de sus primeros recuerdos del cine. También iba a la sala de la Viga, donde daban tres películas por tres pesos. Vio cintas francesas, italianas y mexicanas. También desde niño jugaba a recibir el Oscar, ensayando su discurso con una botella de Coca-Cola. “Yo les decía a mis papás que iba a recibir el Oscar, ganar el premio de Cannes y también el Nobel”, dice.

Arriaga no leía literatura sino libros de historia y enciclopedias. En la secundaria estudió teatro. Escribió, dirigió y actuó. Dice que en una ocasión había escrito una obra que los actores se rehusaban a representar si no cambiaba el final. El final quedó como estaba y la obra se canceló, sin importar el esfuerzo que todos habían invertido.

Su llegada a la literatura fue tardía y estuvo empujada por el gusto por Hemingway. Cuando estaba en la universidad, le diagnosticaron una enfermedad del corazón, que lo impulsó a escribir en busca de una obra que lo pudiera sobrevivir. En 1991 publicó Escuadrón guillotina, una especie de novela de la Revolución que trata de un abogado, Feliciano Velasco Borbolla y de la Fuente, quien perfecciona la guillotina, y quiere vendérsela a Francisco Villa justo antes de entrar a Torreón con su División del Norte. Villa obliga al burgués abogado a enlistarse a un ejército de pelados y luchar de su lado en la Revolución. Luego publicó Un dulce olor a muerte. La historia tiene lugar en un pueblo, Loma Grande. Ramón descubre el cadáver de Adela, una mujer a la que apenas conoce, tirado en unos campos de avena. Ni bien cubre el cuerpo con su camisa, comienza a difundirse el rumor de que ellos eran novios. Ramón termina intentado vengar la muerte de la joven.

No cabe duda que ambos libros no hubieran tenido la difusión, ni la cantidad de traducciones que ahora gozan, de no haber sido por el éxito fenomenal que significó el lanzamiento de Amores perros.

Arriaga era maestro de la Universidad Iberoamericana, cuando un amigo suyo, Pelayo Gutiérrez, puso en manos de González Iñárritu un guión que Arriaga estaba preparando. La película se llamaría A cielo abierto. Entonces, González Iñárritu era un joven y exitoso publicista que estaba tratando de dar el paso hacia el cine. Se conocieron, se cayeron bien y comenzaron a trabajar en distintos proyectos. El primero debía ser una serie de cortometrajes con historias de la Ciudad de México. El segundo sería una película que contara la historia de una familia guerrillera del sur de México, inspirada en el zapatismo. Habían discutido tres películas del momento que les interesaban mucho formalmente: Pulp Fiction, de Quentin Tarantino; Smoke, de Wayne Wang, y Before the Rain, de Milcho Manchevski. Las tres tenían en común la fragmentación de las historias cuya coherencia sólo se descubre al final de
la cinta. Arriaga no pudo trabajar sobre la línea guerrillera. En cambio trajo a la mesa una historia inspirada en un tremendo accidente callejero, así como en un suceso aparentemente trivial: un perro se escapa y mata a otro perro.

Después de años de trabajo, Amores perros se estrenó en 2000 y pronto se convirtió en la película más exitosa del cine mexicano, así como en la carta de presentación internacional de los dos cineastas. Desde entonces, Arriaga anunció su idea de que el guionista debía ser considerado creador de la película, en los mismos términos que el director.

A pesar de las tensiones entre dos hombres con carácter fuerte, la colaboración entre Arriaga y González Iñárritu dio dos películas más, 21 gramos y Babel, que acabaron cosechando una impresionante cantidad de premios, incluida una nominación al Oscar por mejor guión.

Poco después del estreno de Amores perros, el actor Tommy Lee Jones, nativo de Texas, le habló a Arriaga para invitarlo a cenar y conocerlo. Se hicieron amigos y comenzaron a cazar juntos. En esos viajes, hablaban mucho y compartieron su visión sobre la frontera de México con Estados Unidos. En una ocasión en que estaban en el desierto cazando venado, Jones le dijo a Arriaga que escribiera una historia sobre la frontera y que le diera el papel principal. Cuando luego leyó el trabajo, le gustó tanto que decidió no sólo protagonizar el film, sino también dirigirlo. Los tres entierros de Melquíades Estrada es la historia del ranchero texano Pete Perkins (Tommy Lee Jones), quien intenta mantener la promesa hecha a su amigo Melquíades Estrada de enterrarlo en su pueblo natal de México. La película se estrenó en el Festival de Cannes con gran éxito. Tommy Lee Jones se llevó el premio a mejor actor, y Arriaga ganó el premio por el mejor guión. No sólo se convirtió en el primer mexicano, desde Emilio Fernández, en recibir un premio de la Selección Oficial del Festival de Cannes, sino que terminó por cumplir una parte de la promesa juvenil hecha a sí mismo. Sólo le falta un Oscar y el Nobel.
Ha pasado más de media hora desde que nos sentamos en su estudio a conversar. Arriaga me cuenta que de Venecia se fue a Toronto, donde había colas para ver The Burning Plain. Pero debido a las dificultades económicas, la película no se distribuirá en Estados Unidos y México hasta septiembre. Pregunto si todos esos papeles que ha escrito, esos personajes tan arrasados por los conflictos internos, son de su propio mundo.

—No he escrito nada que no venga de mi experiencia —dice—. La única vez que lo intenté fue un trabajo horroroso. Pero todo lo demás lo he escrito con base en cosas que he tenido cerca o muy personales. Por eso es muy raro que hagas algo tan, tan, tan personal y sea apropiado por otra persona, que el mérito del trabajo sea apropiado por otra persona. A veces es el director, el actor, o quien sea.

—Entonces por qué no sólo escribir libros; en el libro todo el crédito te lo quedas tú.
—Pero también en el teatro lo controla todo el director y nunca jamás se cuestiona que el autor sea el escritor.
—¿Te has sentido mucho más seguro dirigiendo ahora?
—Lo que más disfruté fue la colaboración. La capacidad de colaborar con la gente. Porque muchos me preguntan que si lo que más me gusta es el control. No. Al contrario, lo que más me gusta es colaborar con la gente, sentir que es un esfuerzo de comunidad para hacer una película.
—Si te digo que decidas entre un Oscar y el Nobel, ¿con qué te quedas?
—El Nobel.
—O sea que la literatura manda más.
—Bueno, al cine le estoy muy agradecido —dice reflexivo—. Pero, ya gané Cannes. Y bueno, un Oscar lo puedo ganar. Hay muchos Oscar. Nobel sólo hay uno, en literatura. Pero el cine y la literatura son mis grandes pasiones. Me metí a la carrera de Comunicación para estudiar dirección de cine, pero me di cuenta de que no tenía sentido visual y la abandoné. Siempre quise ser director, actor y escritor. Me acuerdo que, cuando era chico, mi papá me mandó a un curso de orientación vocacional y la psicóloga acabó diciendo que yo era un tipo inmaduro, porque quería ser escritor, director, actor y deportista profesional —sigue Guillermo, que tuvo su época como nadador de competencia—. Me pregunto qué pensará ahora. No sé si siga considerando una inmadurez haber hecho todo esto. \\ Redacción de Guillermo Osorno.

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Los avances de 'The Burning Plain/Lejos de la tierra quemada'

 

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