
La doble vida de los legionarios
El pasado miércoles 8 de abril de Semana Santa, el cardenal italiano Angelo Sodano visitó el Centro de Estudios Superiores de la Legión de Cristo en Roma. En ese imponente edificio de color ladrillo, ubicado en la Via Degli Aldobrandeschi romana, el ex brazo derecho de Juan Pablo II celebró una reservada eucaristía, en la que animó encarecidamente a los legionarios a “vivir centrados en Cristo”.
El gesto de Sodano ha sido uno de los pocos consuelos para la Legión en los últimos meses, los más difíciles de sus 68 años de trayectoria. La congregación mexicana, que en los noventa llegó a ser catalogada como el “nuevo ejército del Papa”, está sumida hoy en un complejo trance. En febrero pasado, sus voceros reconocieron que el fallecido fundador de la orden, Marcial Maciel, tuvo una “doble vida” con una mujer. De esa relación nació una hija que fue criada con fondos legionarios. La joven viviría actualmente en España y tendría algo más de 20 años. La Legión mantiene su identidad en estricta reserva.
La noticia cayó como un rayo sobre los más de 700 sacerdotes y 2 500 seminaristas con que cuenta la Legión en 22 países. También, golpeó con fuerza a los cerca de 47 mil miembros del Regnum Christi, el movimiento de colaboradores laicos de los legionarios, entre los que se cuentan empresarios y figuras influyentes de varias naciones de América Latina.
Tan fuerte fue la sacudida, que en la propia congregación por primera vez surgieron voces que cuestionaban la histórica defensa que la Legión ha hecho de Maciel. El carismático mexicano, quien fundó su obra cuando sólo tenía 21 años, fue perseguido desde su juventud por denuncias de abuso sexual contra menores a su cuidado, y corrían versiones sobre su adicción a los fármacos. La Legión siempre negó estas acusaciones y levantó sobre su líder un férreo muro de protección. Para los miembros de la orden, a quienes Maciel imprimió un fuerte culto a su persona y una disciplina casi militar, no era más que un burdo complot urdido por los enemigos de la Iglesia. Esta lógica del asedio ha sido central en el carisma legionario. Según la Legión, Maciel era una suerte de santo en vida, un paladín del catolicismo conservador. Si había logrado superar tantas mentiras era porque de su lado estaba el Altísimo.
El muro en torno a Maciel siguió en pie incluso luego de que el papa Benedicto XVI lo sancionara administrativamente en mayo de 2006, sepultando su carrera eclesiástica. Cuando el mexicano acababa de cumplir 86 años, el Pontífice sucesor de Juan Pablo II lo desterró a una “vida de oración y penitencia”, tras estimar como atendibles las acusaciones de abuso sexual presentadas por varios ex seminaristas y ex sacerdotes. Si bien la Legión acató la orden, insistió en la inocencia de su líder. Los escritos de Maciel siguieron siendo piedra angular en la formación legionaria incluso después de su muerte, ocurrida el 30 de enero de 2008 en Estados Unidos. Tampoco se descolgaron sus retratos en los 175 colegios y 15 universidades a cargo de la congregación en el mundo.
El reconocimiento de la “doble vida” del fundador, sin embargo, abrió la primera gran grieta interna. Una fisura que se agudizó el pasado 10 de marzo, cuando el Vaticano anunció que designaría un equipo de visitadores apostólicos para investigar a la congregación y a sus entidades satélites. En términos simples, una intervención ordenada de manera directa por el Papa.
LA PUGNA INTERNA
A pesar de que el actual director general, Álvaro Corcuera, ha intentado dar señales de calma y unidad, diversos hechos apuntan a lo contrario. Según varias personas consultadas con acceso a la congregación, su unidad monolítica se ha roto. A la reciente jerarquía se ha opuesto un sector conformado principalmente por legionarios anglosajones, quienes esperan que la visita apostólica no sólo permita refundar la orden, sino que también establezca si entre los actuales líderes hubo quienes encubrieron al fundador.
La naciente disidencia ha puesto en tela de juicio la capacidad para afrontar la crisis por sus tres dirigentes máximos, los mismos que Maciel eligió para resguardar su legado: Corcuera, el vicario general, Luis Garza, y el secretario general, Evaristo Sada. Estos tres mexicanos son los mismos que atendieron al fundador en sus horas finales, antes de fallecer el 30 de enero de 2008 en Houston, Estados Unidos. Para muchos ex legionarios críticos de la Legión, algunos de los cuales colaboraron con la investigación vaticana que sepultó la carrera eclesiástica de Maciel, es casi imposible que este trío no estuviese al tanto de las andanzas de Mon Pére, como los legionarios llamaban a su líder.
“Cuando Maciel se ausentaba por algunos días o semanas, ellos (Corcuera, Garza y Sada) eran los que contestaban los teléfonos diciendo que estaba enfermo, visitando a algún bienhechor en Venezuela o en una reunión con algún cardenal”, relata el ex legionario irlandés John Paul Lennon, quien se retiró en 1984 y hoy vive en Estados Unidos.
En febrero pasado, poco después de que la Legión reconoció la “doble vida” de su fundador, los legionarios estadou-nidenses Richard Gill y Thomas Berg desafiaron la línea fijada por la cúpula de guardar silencio y pidieron perdón a las víctimas sexuales de Maciel. En una carta que envió a las mujeres del Regnum Christi en Estados Unidos, Berg fue más lejos y cuestionó la capacidad de sus superiores para afrontar la crisis. “Thomas no está solo, hay otros que piensan como él”, señala un ex legionario, muy cercano al sacerdote disidente y quien pidió reserva de su identidad. El pasado 7 de mayo, en todo caso, Berg dejó la Legión.
La gran mayoría de los legionarios, no obstante, ha sobrellevado el dolor en silencio. Según fuentes internas de la congregación, la noticia del affaire de Mon Pére ha sido muy difícil de digerir para algunos sacerdotes que colaboraron de cerca con Maciel y que no habrían estado al tanto de las irregularidades. De acuerdo con esta versión, hay casos con fuertes síntomas de depresión, como el de un reputado legionario que por años trabajó en Roma.
Así resume el panorama interno un ex legionario que mantiene buenas relaciones con la orden: “Ellos están viviendo un momento muy difícil, están sufriendo y tratando de entender (...) Están en un shock tan enorme que no están pensando con mucha claridad todavía”.
Ante las presiones internas y externas, a fines de marzo el padre Corcuera se vio obligado a calificar por primera vez como “hechos graves” los abusos sexuales de Maciel, en una carta en la que explicó a la congregación la llegada de los visitadores vaticanos. Al mismo tiempo, se descolgaron los retratos de Maciel en las aulas e incluso la lectura de sus cartas dejó de ser obligatoria. Si antes la biografía de Maciel ocupaba un lugar central en la página web de la congregación, ahora está reducida a tres párrafos, uno de los cuales menciona la sanción vaticana de 2006. Un libro sobre la espiritualidad legionaria, recientemente impreso por la orden, no incluye referencias a Maciel y sólo reproduce citas del Papa y Corcuera.
Para varios disidentes, sin embargo, estos cambios no son más que cosméticos. Señalan, además, que la cúpula se ha dedicado a circular versiones que sólo disculpan la conducta de Maciel. Una de ellas sostiene que el affaire del fundador con la mujer, producto del cual nació su hija, ocurrió a mediados de 1987, después de que el entonces superior general sufrió un derrame cerebral y fue sometido a una cirugía. Según este relato, la dolencia le provocó una momentánea alteración de la conducta.
Otra versión dice que sólo en su lecho de muerte Maciel le informó a Corcuera sobre su hija. Al respecto, un sacerdote con varias décadas en la orden precisa que el actual director general tuvo los primeros antecedentes poco después de asumir su cargo, en enero de 2005. Y que tres años más tarde, tras la muerte de Maciel, confirmó que fruto de la relación con su amante, el fundador tuvo una hija. Recién entonces informó al Vaticano.

























