El hombre que asesinó el cine

El hombre que asesinó el cine

Uno de los grandes directores contemporáneos, Peter Greenaway, estuvo en un festival en Guanajuato, donde escandalizó con su discurso sobre el futuro del cine.

Hace algún tiempo ya que Peter Greenaway dejó de ser Peter Greenaway. Es decir: dejó de ser el director innovador que hizo algunas de las películas más sorprendentes de los años ochenta y noventa. Y se convirtió en un iconoclasta que predica que el cine está muerto.

Pero también nos pide que no tengamos miedo, pues existe un artista, en medio de la aridez intelectual y la mediocridad general, que tiene grandes ideas. Un redentor que le va a dar una nueva vida al séptimo arte: él mismo.

Greenaway dispara su arsenal durante una corta visita de tres días al festival de cortometrajes Expresión en Corto, que se lleva a cabo en Guanajuato durante los primeros días de agosto. No es la primera vez que el británico visita esta ciudad colonial. Hace diez años montó, durante otro festival, una ópera conceptual titulada Cien objetos que contienen el mundo.

Entre sus dos visitas a México, Greenaway depuró sus inquietudes. Ahora sabe exactamente qué quiere y qué no le gusta. Una de las cosas que no le interesan son, precisamente, los festivales de cine. Lo deja claro desde la inauguración de Expresión en Corto. “Lamento decir esto frente a tantos entusiastas, pero creo que hay demasiados festivales de cine y no los apruebo. Su formato es anacrónico y no sirven para mucho”, dice durante una cena en su honor.

Pocas horas antes había sido objeto de un homenaje en el Auditorio del Estado, frente a unas 3.000 personas —casi todas jóvenes— que lo aplaudieron hasta el cansancio. Ahí Greenaway se mostró más humilde y, en un breve discurso, les agradeció a todos los colaboradores que lo han acompañado durante su larga carrera. Por supuesto el británico entiende lo provocador que resulta decir que no cree en los festivales de cine cuando es el invitado principal de uno de ellos. Pero su propia provocación le encanta: prueba de ello es la sonrisa malévola que lo acompaña durante el resto de su estadía.    

A sus 67 años, Greenaway no es ajeno a la controversia. Se formó como pintor y a los 23 años se convirtió en empleado público, en una oficina asociada al Ministerio de Cultura. Ahí empezó a interesarse en la experimentación visual y filmó varios cortometrajes.

En los ochenta ya tenía claras sus ambiciones y empezó a trabajar en proyectos más complejos. El contrato del dibujante (1982), Una Z y dos ceros (1985), El vientre del arquitecto (1987) y Conspiración de mujeres (1988), entre otras, lo catapultaron a la fama.

En 1989 se consagró con El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante. La cinta es hasta hoy su obra más popular y él mismo no duda en reconocerlo. Durante los noventa continuó por el camino de la experimentación. Triunfó con Los libros de Próspero (1991), The Pillow Book (1996) y 8 y medio mujeres. Pero él mismo empezaba a aburrirse de hacer una y otra vez lo mismo: “Empecé a sentir que el cine me hartaba y que lo que los directores se limitaban a ser ilustradores de textos. Pasaban más tiempo en las librerías que con la cámara. Creo que los libros sirven para una cosa y las películas otra”. Esa cosa para la que Greenaway cree que sirve el cine, sin embargo, no es tan fácil de explicar.

La extraña trilogía Las maletas de Tulse Luper marcó el inició de una nueva etapa creativa. Si se quiere, el comienzo de una búsqueda intensa para encontrar eso para lo que sirven las películas. Tulse Luper, su alter ego, es un viajero ficcional que supuestamente recorrió 92 lugares del planeta y acumuló en 92 maletas todos los elementos que componen el mundo.

Cuando inició este ambicioso proyecto se dio cuenta de que el cine era un medio insuficiente, paradójicamente, que le impedía su película. Que toda la información que tenía en su cabeza no cabía en un formato cinematográfico. “Empecé a reflexionar sobre el problema y me di cuenta de que el cine impone cuatro grandes barreras. La primera es la del marco. Quien hace una película está obligado a enmarcarla en un rectángulo para proyectarla en una pantalla. El mundo, desde luego, no tiene esta perspectiva y eso ya es una limitante que vuelve a las películas artificiales. Luego está la barrera del texto. El hecho de que las películas estén basadas en un guión escrito es absurdo pues son obras visuales”, dice.

Y luego hace una pausa. Es sábado en la mañana, el segundo día del festival, y estamos en una conferencia —llamada “El cine ha muerto. ¡Qué viva el cine!”— en la que la mayoría de asistentes son jóvenes estudiantes o directores primerizos. Greenaway está parado en medio de un escenario negro e iluminado por un reflector. Atrás hay una pantalla en la que se proyectan imágenes. Está vestido con un traje negro, camisa oscura con rayas grises y botas negras. Tiene un sombrero de fieltro beige que cubre su cabello blanco. Durante la pausa sonríe otra vez. Sabe que sus palabras escandalizan y seducen al público. Es un maestro de la puesta en escena.

“La tercera barrera es la de los actores. Los actores profesionales son gente que ha sido educada para dar la impresión de que no están actuando, lo que no tiene ninguna lógica. Finalmente está la tiranía más difícil de entender: la de la cámara”, concluye. Entonces Greenaway da una larga explicación de lo que él llama la tiranía de la cámara que, en resumen, es una diatriba en contra de los directores por su falta de imaginación. Según él, los cineastas se han apegado demasiado a la cámara y no se preocupan por buscar otras aproximaciones a la realidad.

Pero quizás se le olvida mencionar una quinta tiranía. Posiblemente la más fuerte de todas y una contra la que no hay muchoa que hacer: la del director.

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