
El poder de una mirada
En medio del bullicio del estudio, Ruven Afanador mira, fijamente, una pared. Muchas cosas ocurren a su alrededor, pero él parece ajeno al movimiento. Todo su cuerpo está inmóvil. Menos sus ojos, que se mueven rápidamente: repasan, una y otra vez, las imágenes que están pegadas en la pared blanca. Son recortes que escogió como inspiración para la sesión de esta mañana.
Pocos fotógrafos tienen tanto éxito como él. Su trabajo —inconfundible— es publicado regularmente en las revistas más prestigiosas del mundo; las grandes marcas se pelean para que haga sus campañas; los diseñadores lo adoran; es comparado con Patrick Demarchelier, Annie Leibovitz, David LaChapelle, Mario Testino y el recién fallecido Irving Penn, su gran ídolo; y ha retratado a jefes de Estado, actores, músicos, artistas y modelos de quienes todos sabemos los nombres.
Cuando me acerco, sale por un momento de su trance. Le pregunto qué necesita una foto para ser buena. “Tiene que ser lo suficientemente poderosa para que la gente le dedique tiempo. Ser una imagen única, que obligue a que la miren, en un mundo en el que hay millones de cosas por ver”, responde. Y su mirada regresa al lugar original.
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Me encuentro con Afanador un martes de septiembre en un estudio de Alphabet City, en el East Village. El barrio —que se llama así pues sus avenidas tienen nombres de letras— fue uno de los más peligrosos de Manhattan hasta hace unos años, pero hoy es un tranquilo sector bohemio. El edificio en el que estamos tiene una larga historia: en los años setenta albergó unos baños públicos, que fueron clausurados durante el auge del Sida. Ahora es un foro en el que Afanador organiza varias de sus sesiones más importantes. Hoy es una de ellas: va a fotografiar por primera vez a la cantante Courtney Love.
Cuando llego, aún falta mucho tiempo para que empiece la sesión. Sin embargo, un grupo de diez personas trabaja desde la madrugada: montan las luces, ajustan el equipo, calibran las cámaras o preparan la ropa y el maquillaje. Para quien no ha estado nunca en una sesión de fotos de esta magnitud, podría parecer un evento muy emocionante. Para Afanador, en cambio, es una cuestión de todos los días:
“Los shootings son bastante más aburridos de lo que la gente cree, tienen muchas horas muertas y demasiada espera”. Pero, a pesar de su experiencia, él también está nervioso, porque nunca antes ha retratado a Love y no sabe qué le espera.
A sus cincuenta años es un hombre con una apariencia fuera de lo común: mide casi dos metros y es muy delgado. Su cabeza está rapada. Viste una camiseta gris de manga larga que le llega hasta las rodillas, jeans negros y botas. Sus ojos rasgados están detrás de unos pequeños lentes de marco de carey —el único toque de color— y tiene un tatuaje que cubre casi todo su brazo derecho: no sé si parece el integrante de una banda de rock gótico o un monje budista. Su presencia, un tanto intimidante, contrasta con su voz suave, que apenas se escucha, y sus maneras delicadas. Afanador es un hombre especialmente retraído —hecho para estar detrás de las cámaras— y su español no fluye demasiado. Al principio me cuesta entender lo que dice y él no parece tan cómodo: “Nunca había hecho esto, nunca había dejado que un periodista viera cómo trabajo. Éste es un proceso muy íntimo para mí”, me advierte.
Mientras revisa la planeación con sus asistentes lo sigo sigilosamente. En cada ciudad —sobre todo Los Ángeles, Nueva York y París— tiene un grupo de personas de confianza a las que no tiene que darles demasiadas indicaciones. La organización empieza varias semanas antes, cuando decide aceptar un proyecto. Entonces, selecciona fotos que sirven de referencia. Por lo general, las encuentran en la enorme colección de recortes que guarda en su oficina —y que ha acumulado desde la adolescencia— o en la biblioteca de su departamento en Chelsea, en el lado oeste de Manhattan. En estos dos archivos, Afanador pasa horas devorando información visual.
Luego viene la selección de ropa, maquillaje, accesorios y escenografía. Para la sesión de Love han escogido varias decenas de vestidos de alta costura —el más sorprendente es un traje de Givenchy de cuero y con taches de metal que pesa varios kilos— y ropa vintage; el maquillaje y los accesorios hacen referencia a la estética punk; y el escenario es completamente blanco, pues Afanador no quiere ningún elemento distractor en el montaje: quiere concentrarse en la personalidad arrolladora de Love.
—¿Qué tan claro tienes lo que buscas antes de empezar a disparar tu cámara?
—Depende del personaje. Si lo conozco, me imagino muy bien la escena. Si es la primera vez, tengo que improvisar un poco más.
—¿Cuáles son los personajes más difíciles?
—Los que no tienen límites, porque no se dejan controlar.
—¿Qué es lo más importante antes de iniciar?
—La clave es la iluminación. La luz lo es todo en una foto. Una vez encuentro esto, lo demás es más natural.
Poco antes de la una de la tarde, llega Courtney Love. Ella también está vestida de negro y su cara, sorprendentemente pálida, está camuflada bajo un sombrero y unos lentes de sol. Viene acompañada de dos amigos y apenas saluda a los que estamos ahí. Le da un abrazo a Afanador y le dice —con su inconfundible voz, poderosa y destruida al mismo tiempo— que está muy feliz de poder trabajar con él por fin. Él le responde, en un inglés perfecto, que lleva muchos años esperando este momento.
Love es el centro de atención. Su celular suena y habla a todo volumen con alguien que parece de confianza. Después de un rato cuelga y empieza a gritar: “¡Mierda!, ¡mierda!, ¡mierda! Era mi dealer de 2001. No entiendo qué quiere. Hace años le compro las drogas a otro”. Todo el mundo ríe, menos Afanador.
Él la observa con atención. Luego sale discretamente y le pide a sus asistentes que cambien la iluminación.
—¿Por qué decidiste cambiar a último momento?
—Necesito restringirla más, es muy explosiva.
—¿Estás asustado?
—Siempre trabajo con miedo. No creo que alguien que sienta verdadera pasión por lo que hace pueda trabajar sin miedo.
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