
Un alcalde que no es normal
V
Héctor El Negro Saldaña era considerado el testaferro del crimen organizado en San Pedro Garza García. Quienes lo vieron entrar a restaurantes y discotecas, lo describen como un hombre con cuerpo de jugador de futbol americano, que parecía medir casi dos metros y se desplazaba en un Lamborghini murciélago amarillo, que ni siquiera para los parámetros de una ciudad rica como San Pedro, pasaba desapercibido. El aviso “Nos reservamos el derecho de admisión” solía cumplirse a carta cabal, hasta la aparición de Saldaña y su banda, la cual además de armar escándalos, cobraba cuotas periódicas para “garantizar” la seguridad de los exclusivos lugares.
La carrera delictiva de Saldaña había sido meteórica en los últimos dos años. Tras comenzar en la década de los noventa como ladrón de automóviles con la protección de la policía judicial estatal, donde fue “madrina”, se había consolidado como uno de los jefes del crimen organizado en el área metropolitana de Monterrey. El 9 de enero de 2007 fue capturado por la desaparecida Agencia Federal de Investigación, acusado de distribuir cocaína en los bares del centro de Monterrey, pero una polémica decisión de un juez lo dejó en libertad al poco tiempo. Como en 1997 y 2004, cuando sobrevivió a sendos atentados en su contra, la suerte había estado de su lado.
Sin embargo, la buena racha se le acabó el 29 de octubre de 2009. Ese día murió según la autopsia practicada por el Servicio Médico Forense, aunque fue dos días después cuando su cadáver, el de su hermano Alan y el de otras dos personas, aperecieron en una camioneta Equinox estacionada en la calle Sóstenes Rocha, de la delegación Miguel Hidalgo del Distrito Federal. Sobre los cuerpos, encontrados tiesos como el cuero por un comandante de la policía judicial capitalina, habían sido colocadas dos cartulinas. Una decía: “JOB 38:15” y la otra: “Por secuestradores, atte el jefe de jefes”. Según reportes de la Secretaría de Seguridad Pública Federal, El Jefe de Jefes es el alias de Arturo Beltrán Leyva, el capo para el que supuestamente trabajaba Héctor El Negro Saldaña, antes de ser ejecutado.
Arturo Beltrán Leyva y sus hermanos son oriundos de Sinaloa, y en 2007 se separaron de la organización dirigida por Joaquín El Chapo Guzmán para montar su propio cártel. Según reportes de inteligencia federal, la familia Beltrán Leyva ha conseguido un pacto de convivencia con Los Zetas, a fin de operar en San Pedro Garza García y dejarle al brazo armado del cártel del Golfo, el control del resto de las ciudades del noreste del país, lo cual incluye Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila.
A Mauricio también se le ha señalado públicamente por una supuesta relación con Arturo Beltrán Leyva. Un ex jefe de policía local me dijo que si esto fuera cierto, el nuevo alcalde estaría jugando con fuego. Según él, los narcos, después de hacer pactos, son tan silenciosos como buitres. Esperan su momento. Son siluetas con voz, un gobierno en la sombra. Todo indica, en las historias de mafia, que una vez dentro, es imposible retirarse a tiempo.
Mauricio rechaza que él sea un mafioso. Afirma que Tatiana Clouthier, su antigua aliada política y amiga personal, buscó a diversos magnates de la ciudad, los del mítico nombre de “El Grupo de los 10”, para acusarlo de narco. “Ella [Tatiana] pensó que yo estaba coludido y fue con los empresarios de aquí a decírselos. Le dijo a gente de la IP [iniciativa privada] que yo era el brazo político de los Beltrán Leyva, y ellos le dijeron que si alguien no está coludido con el narco soy yo, que me dejara trabajar, porque yo era el único que nos podía sacar de donde estamos en San Pedro”.























