
J. D. Salinger, el pecado de ser invisible
Nunca imaginó Jerome David Salinger, ni siquiera en el terreno mágico de sus ficciones, el perverso poder de la correspondencia. Tal vez por rechazar otros frentes (entrevistas, fiestas sociales, conferencias), descuidó el flanco epistolar que terminaría por destruir su preciado anonimato de 30 años.
Tras las huellas del equilibrio absoluto, lejos de las maldiciones de la civilización moderna, encerrado en una cabaña de Cornish, New Hampshire, con su esposa Claire Douglas, sin luz eléctrica ni agua corriente, el escritor despertó una mañana de 1984 y cumplió religiosamente con los ritos de su rutina: descubrir las cartas escondidas en el buzón de la calle.
J. D. Salinger abrió por fin aquella carta, que distraía su retiro voluntario en Cornish, y descubrió las ambiciones del remitente, Ian Hamilton. Crítico literario y biógrafo profesional, este interlocutor desconocido pretendía relacionar su vida y obra en un libro. Para ello necesitaba que Salinger respondiera varias preguntas, ya sea en un encuentro personal o a través de varios cuestionarios por escrito.
“Los pocos datos esquemáticos que se han publicado acerca de su vida”, justificó el escritor británico Hamilton, en un vano intento por convencerlo, “son a veces contradictorios y quizás ha llegado el momento de poner los puntos sobre las íes”.
Salinger nunca respondió y, sin ánimo de acumular basura en su escritorio, destruyó la carta. Sin embargo, el arduo empeño por proteger su privacidad comenzaba a derrumbarse.
Lo que todo el mundo sabe es que J. D. Salinger sentó la fama en sus rodillas por unos pocos días de juventud (a través de la agitada vida nocturna de Greenwich Village en Nueva York) y la descubrió amarga. De ahí en adelante nacieron los rumores. El escritor evitó puntualmente los diálogos literarios con la prensa, los encuentros sociales y académicos, y las apariciones en sitios públicos de moda. Cada tanto tiempo cobraba el sentido de una realidad tangible ante la aparición de algún relato que perturbaba el sueño de los adolescentes.
Después de graduarse en una academia militar de Pensilvania y fracasar en los estudios, su padre olvida las decisiones democráticas y lo conduce a Polonia, para que descubra los secretos de la industria del jamón. Pocos podrán imaginar a Salinger en la nieve de Bydgoszcz matando cochinos. El tampoco encontró cómodo aquel oficio y regresó a Estados Unidos, para continuar fracasando en la universidad antes de ir al frente, en 1945.
Alistado en la contienda europea, Salinger sufre depresiones y brotes de desesperación. Su único confidente es Ernest Hemingway, a quien le comenta por carta que ha ido a parar con su tristeza a un hospital en Nuremberg. Cierta angustia colérica, provocada por el fervor patriótico de aquellos momentos, lo hundía en una cama sin remedio.
Al salir de baja, toma una determinación apresurada: viajar a París. Los arrebatos de locura no lo dejan en paz. Se casa con una francesa a la que no ama y ocho meses más tarde exige el divorcio, para regresar a Estados Unidos. El año 1951 es inolvidable para Salinger. Publica El cazador oculto/El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye) y confirma una sospecha: esas páginas contenían lo que muchos jóvenes querían leer sobre el oscuro e incomprensible mundo de la adolescencia. Las ediciones se agotan. El escritor había atrapado el lenguaje coloquial de los años cincuenta para elaborarlo literalmente, sin poses culturales, y lo devolvía convertido en verdades para la inadaptación juvenil en su país.
Ernest Hemingway leyó con fruición esta obra inicial. Salinger se animaría más tarde a inmortalizar el encuentro con su mentor a través de unas líneas literarias que distorsionan su publicitada modestia: “En un abrir y cerrar de ojos, Papá dejó aparecer su Luger, le voló la cabeza a una gallina y dijo: ‘Dios mío, qué talento’”.
























