Las verdades ocultas

Las verdades ocultas

La investigación durante cinco años en fuentes que parecían inaccesibles revela la complicada relación entre la prensa y el poder en el México de la guerra sucia.
Un periódico que cayó en desgracia al confundir dos pies de foto y presentó al presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz (1964–1970) como “nuevo ejemplar” que enriqueció el zoológico de Ciudad de México; la familia propietaria del Heraldo de México, que se ofrecía en esa época ante el primer mandatario para espiar a los otros colegas del gremio; un ministro del Interior promoviendo libelos para desacreditar a intelectuales, columnistas y líderes estudiantiles en 1968; el magnate televisivo Emilio Azcárraga Vidaurreta en sumisión absoluta ante las autoridades mexicanas a cambio de privilegios monopólicos.

Éstas y otras muchas historias, perfectamente documentadas, nos ofrece Jacinto Rodríguez Munguía en La otra guerra secreta, resultado de una investigación acuciosa y puntual, propia de los grandes orfebres periodísticos, durante cinco años de rescate y revisión de las verdades ocultas en el Archivo General de la Nación.

Rodríguez Munguía convirtió en “fuente” periodística lo que antes fueron documentos inaccesibles y transformó estos testimonios guardados en crujías en una radiografía precisa que revela el modus operandi de las relaciones entre prensa y poder, entre medios y políticos, entre propaganda y control informativo, entre censura y dócil autocensura a conveniencia de los dueños mediáticos para construir el entramado autoritario más complejo en los años dorados del priísmo mexicano.

Los archivos recuperados en este libro, editado por Debate, se concentran en dos periodos presidenciales en México: el de Gustavo Díaz Ordaz (1964–1970) y el de Luis Echeverría (1970–1976). Sin embargo, Rodríguez nos remite constantemente a la actualidad, a los protagonistas de aquellos años y a su circunstancia contemporánea. En este ejercicio de rendición  histórica de cuentas el autor logra documentar la impudicia que pretende controlar a la opinión pública.

El menú es complejo: columnas periodísticas escritas bajo consigna del poder; espionaje telefónico para indagar desde las preferencias políticas hasta los
devaneos privados de los periodistas; favores fiscales, subsidios en papel, negociaciones de publicidad pública a cambio de privilegios privados; la “guerra sucia” en contra de todo aquel que se atreviera a disentir, a criticar, a romper el consenso represor que se articuló en 1968.

Desde las primeras páginas del libro, se sintetizan las “lecciones” aprendidas de esta singular labor de investigación: que frente al poder y sus acciones, ante el miedo impuesto por los mecanismos de control, no fue necesaria la cooptación o la presión porque “en muchos casos los dueños de los medios y los periodistas mismos simplemente asumieron las decisiones del poder como suyas, optando por la conveniencia antes que por la responsabilidad ética”.

Sin embargo, la lección fundamental de La otra guerra secreta es que en ninguna relación de poder, en ninguna estructura autoritaria como la que cimentó los vínculos entre medios y política en México existen villanos puros ni víctimas absolutas. No se trata de blanco o negro. Rodríguez Munguía logra demostrar en los matices, en los grises por donde se colaron las fisuras de esta maquinaria, que no existe régimen que soporte una lógica de control permanente de la libre expresión y de la libre circulación informativa.

La peculiar dictadura de partido a la mexicana tenía el secreto del cuidado de las formas en público y los impúdicos métodos de la sumisión y la impunidad en privado. Lo importante es que siempre quedan huellas de esta contradicción. El libro de Jacinto Rodríguez es un viaje por esos registros que quedaron como testimonio vivo de que todo lo sólido de antaño se desvanece en los aires de un autoritarismo que ya no volverá a funcionar como antes.


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