Cómo se hizo millonario Carlos Slim

Cómo se hizo millonario Carlos Slim

Una publicación virtual detectó el momento en que Carlos Slim se volvió el hombre más rico del planeta. The New York Times lo creyó y un día después Reuters convirtió el asunto en noticia mundial. Éste es un pequeño perfil del millonario en la pluma de Eduardo García, editor del sitio que dio el campanazo.
En México, y tal vez en toda Latinoamérica, la noción de que el país cuenta con el hombre más acaudalado del planeta genera todo tipo de reacciones, desde orgullo hasta enfado. Pero cuando los especialistas intentan descifrar las cualidades y las circunstancias que permitieron el ascenso de Carlos Slim a la cúspide —con más de 62 mil millones de dólares— la conclusión a la que muchos de ellos llegan es... mixta.

Slim, dicen, refleja el potencial de los países latinoamericanos, con una población pujante y enormes recursos naturales. Pero también representa las viejas estructuras económicas monopólicas que todavía caracterizan a la región y que han impedido el desarrollo económico y la creación de un bienestar social más equitativo.

“Carlos Slim tiene muchos matices —dijo Vidal Romero, analista político del Instituto Tecnológico Autónomo de México—. No definiría si es bueno o malo,
o si abusó o no abusó, yo lo pondría en términos más neutros, pues es alguien que jugó con las reglas del juego, claro que la reglas estaban cargadas a su favor”.

Al escuchar la noticia divulgada hace dos meses por SentidoComun.com de que Slim rebasó ya sustancialmente a Bill Gates en riqueza, muchos tienen reflexiones encontradas. Por un lado, admiran su capacidad para administrar y operar empresas, para invertir en el país, generar empleo y crear riqueza; pero a la vez critican que buena parte de su fortuna esté fincada en los poderes monopólicos de sus empresas, principalmente Teléfonos de México (Telmex) —que controla cerca de 90% de las líneas de telefonía fija—
y América Móvil —que administra más de 70% de los teléfonos celulares.

“Todo lo que ha hecho por el país está muy bien, pero lo que no se vale es que sus compañías de telecomunicaciones traigan márgenes [de ganancia] de 50% —dijo un analista que prefirió no revelar su nombre—. Si a mí me pones al frente de un monopolio, yo también lo operaría muy bien”.

Para muchos, las habilidades empresariales de Slim se ven opacadas por el hecho de que sus compañías telefónicas gozan de ventajas que le han permitido cobrar altas tarifas a los consumidores, al tiempo que su influencia ha obstruido los escasos intentos de las autoridades por acotar los poderes de sus empresas.

“Lo que millones de ciudadanos no entienden es quién pierde cuando Slim gana. Quién transfiere riqueza mientras el señor Slim la acumula —escribió la analista política Denise Dresser en un artículo en la revista Proceso—. El perdedor en la construcción del imperio Slim tiene nombre y apellido. Sus datos aparecen en cada cuenta de Teléfonos de México y en cada recibo de América Móvil... El perdedor es el consumidor mexicano”.

Aunque es difícil precisar cuánta de la riqueza que hoy tiene Slim es por transferencia de los consumidores y qué tanto es su creación, muchos creen que su carrera debe separarse en dos etapas: antes de la compra de Telmex en 1990 y desde ese año hasta nuestros días. En la primera, muchos encuentran a un hombre audaz y brillante que arriesgó su capital y confió en México cuando otros, ante los problemas financieros de inicios de los ochenta, optaron por sacar su dinero del país.

Slim no. Por el contrario, en esos años intensificó su estrategia de adquirir empresas a precios muy bajos o con una mala situación financiera para hacerlas rentables. Con la compra de Telmex, sin embargo, el empresario entró ya en otras ligas y contó con otras condiciones de juego que muchos creen cargadas a su favor. Slim tuvo siete años de gracia antes de enfrentar competencia alguna en llamadas de larga distancia y, aunque debió comprometerse a llevar servicios telefónicos a alejadas comunidades rurales, la protección de la que gozó le permitió cobrar tarifas muy altas.

Cuando la competencia finalmente llegó, Slim no sólo estaba preparado para ofrecer mejor servicio y al mismo precio que sus rivales, sino que además contó con gobiernos débiles que en lugar de asegurarse de que el monopolio permitiera la competencia, protegían los intereses del empresario. Slim tardaba meses y hasta años en responder las solicitudes de quienes requerían conectarse a la red de Telmex para ofrecer servicios telefónicos. Eso obstaculizó la llegada de más competidores y permitió el crecimiento de Telmex, del precio de sus acciones y de la fortuna de Slim, que además obtuvo permisos para ofrecer servicios de telefonía celular en todo el país mientras que otros sólo tenían licencias para hacerlo en ciertas regiones.

Claro que Slim, dicen sus defensores, no fue quien creo las condiciones bajo las cuales sus empresas de telecomunicaciones han operado en los últimos 17 años. Y tienen razón, la responsabilidad de no limitar los poderes de Slim recae, sobre todo, en el gobierno.

Sin embargo, si bien su fortuna lo coloca en la cima de los hombres más ricos del planeta, su nombre muy probablemente tendrá que acompañarse de un asterisco para indicar que buena parte de esa riqueza la generó mediante prácticas monopólicas y no por simple genialidad empresarial.
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