Con el dedo en la llaga
Fotografía de Luca Zanetti

Con el dedo en la llaga

El ex guerrillero Gustavo Petro , de 47 años, se ha convertido en el principal contradictor del presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez. Pe ro ser la piedra en el zapato de uno de los gobiernos más populares de la última década tiene sus costos: Pe tro duerme con una ametralladora y para verlo hay que pasar por más de seis filtros de seguridad. “Vivo en una cárcel”, dice el congresista que puso tras las rejas a varios políticos acusados de aliarse con paramilitares. Ésta es su historia.

Gustavo Petro, el senador que tiene entre cuerdas al popular presidente colombiano Álvaro Urive Vélez, tuvo siempre esa curiosa virtud de parecer muy poca cosa como para ser capaz de oponerse a algo. Flaco, desgarbado, de un pálido verde era, en 1996, cuando lo conocí, un joven miope de rostro infeliz que lideraba en Bruselas (Bélgica) una protesta contra su jefe, el embajador de Colombia ante la Unión Europea.

“Asesino”, le decía, y desde una esquina podía verse a Petro escuálido y solo gritando bajo el balcón de una embajada muy blanca. “Paramilitar” y Petro daba saltitos furiosos entre unos zapatos sucios de barro y unas medias transparentes por tanto uso. “Renuncie”, vociferaba entre gabardinas roídas dos tallas más grandes que la suya.

Pero era difícil creerle algo a ese hombre que mantenía una convicción de plomo entre una apariencia fracasada. Petro, en ese entonces un economista recién desmovilizado de la guerrilla, acusaba al entonces embajador, Carlos Arturo Marulanda, de haber contratado un escuadrón de paramilitares para matar a 36 personas y desplazar a otras 210 familias por invadir sus fincas del norte de Colombia. “Nos acusaron de guerrilleros, nos golpearon con látigos y amenazaron con matarnos”, denunció uno de los campesinos en folios judiciales.

“Nos obligaron abandonar unas tierras baldías, nos quemaron las casas, varios están desaparecidos, muertos”, describió otro.

A Marulanda, sin embargo, las acusaciones de Petro, su agregado diplomático para los Derechos Humanos, no le hacían ni cosquillas. “Qué le va a creer. Ése —y lo señalaba tras las cortinas de terciopelo rojo arzobispal de su despacho— es un guerrillero resentido al que tuve que recibir aquí por esos acuerdos idiotas entre gobiernos y desmovilizados”, me aseguraba mientras tomaba té en tazas de plata diminutas e insistía que no, que jamás había mandado a asesinar a esas personas.

Cinco años después la justicia europea concluyó lo contrario. Marulanda estuvo un año preso en Madrid y luego fue extraditado. Tras un cuestionado proceso jurídico en Colombia, el ex embajador fue liberado en noviembre de 2002 bajo el cargo de “incendios”.

Pero a Gustavo Petro el tema de cómo el poder se perpetraba con sobornos, masacres, tiros en la sien y amenazas se le había convertido en un reto personal, desde aquella mañana en la que entró sin golpear al despacho de Marulanda y vio cómo el embajador le tiraba unas monedas al mensajero. “Estúpido, inepto. Tiene diez minutos para traerme los periódicos”, le dijo arrojándoselas al piso. “No hay peor detonante para Petro que la humillación del poder. Y Marulanda fue eso. La mecha”, explicaría uno de sus asesores más cercanos.

El no soportar diferencias entre pobres y ricos, venía sin embargo de atrás, desde el primer día de Petro en un colegio público católico donde algunos niños estudiaban con alpargatas y a pie limpio y los otros, él incluido, con zapatos y medias. Como todo joven, creyó que podía lograr un mundo mejor. Se hizo guerrillero mientras trabajaba siempre en cargos públicos que tenían que ver con gente humilde. Luego se desmovilizó para ver si desde lo legal lograba cambiar las cosas.

Tras su paso por la Embajada de Bélgica, en 1996 se lanzó al Congreso. Hoy es el segundo senador más votado de Colombia y el mejor según un concurso interno entre los legisladores. Pero después de once años de oponerse a todo, 2007 se convirtió en su año. Logró llegar al fondo de las cloacas del poder ejecutivo y legislativo tras destapar una las peores marañas corruptivas y criminales en la historia de Colombia: con casetes de conversaciones añejas, testimonios de víctimas escondidas, documentos e indagatorias, Petro mostró un secreto a voces entre los colombianos. Durante dos décadas, escuadrones paramilitares de extrema derecha se habían aliado con los políticos para adueñarse del control territorial, político, fiscal, judicial y moral.
Los acusados, furibundos uribistas que habían triunfado con el aval y el apoyo del mandatario, dijeron que no, que jamás, que cómo se le ocurría relacionarlos con semejantes matones que aserraban cabezas, descuartizaban personas vivas en menos de 15 minutos, desplazaban pueblos enteros sacando a empellones de sus casas a sus habitantes para luego matarlos en la plaza de un tiro de gracia. “Eres un payaso, Petro”, le dijo el senador Álvaro García, conocido como elGordo García, quien el día del debate llegó borracho al recinto y confesó, en medio de su beodez, que era la primera vez que intervenía en diez años. “Eres un guerrillero de cafetería”, replicó otro, hoy escondido en Alemania. “Eres un irresponsable, Petro. Un tipo de mala fe. Cómo se te ocurre hacernos esto” agregó un tercero cuando Petro mostró la foto de Santiago, uno de los hermanos del presidente Uribe, posando junto a un mafioso extraditado.
Semanas después la Corte Suprema de Justicia, máxima instancia judicial en Colombia, concluyó que sí, que las acusaciones de Petro tenían asidero. Los colombianos vieron a legisladores uribistas, la mayoría en el Congreso, llorar frente a las cámaras de televisión. También apareció preso el jefe de inteligencia de Colombia bajo cargos de haber puesto su dependencia al servicio de los paramilitares.  Incluso la canciller, Consuelo Araújo, tuvo que renunciar cuando su hermano, un senador uribista, fue acusado de haber triunfado con la ayuda de los paramilitares y de haber utilizado estos ejércitos privados para secuestrar a un contendor político.
Hoy, y por cuenta de la parapolítica, como se conoce este episodio, están en prisión un total de 14 congresistas, cuatro ex congresistas y 11 autoridades locales. Otros 16 políticos tienen investigación preliminar, hay tres prófugos y casi dos docenas más de políticos están metidos en el escándalo.
Uribe, un atildado abogado reelecto hasta el 2010 tras más de cinco años de mantener una popularidad superior a 65%, reaccionó con virulencia con tanto amigo suyo envuelto en semejante problema. “Terrorista vestido de civil”, le dijo a Petro. Pero el efecto dominó ya había empezado: el Congreso de los Estados Unidos, principal socio comercial de Colombia, suspendió la firma del Tratado de Libre Comercio (tlc) y congeló
55 millones de dólares en ayudas al Ejército e incluso el ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, se negó a compartir con él un escenario de debate académico en Miami. “Jamás he tenido un vínculo con el paramilitarismo. Se ha maltratado mi honra política”, respondió Uribe.
Tras todo este episodio, los hijos, la esposa y ex esposas, la mamá, los hermanos de Petro y los amigos que no ve, andan con escoltas. “En ninguna presidencia Gustavo se ha quedado callado. Sólo en este gobierno empezaron las amenazas contra nosotros. Detrás de todo esto hay un mandato que quiere imponer la derecha en este país”, dice Adriana Petro, una de los dos hermanos del senador, mientras saca de un cofre de madera la última de las cartas. “No queremos hijueputas en este país”, decían las letras estilo Arial, 18 puntos de tamaño. “Su hermano realizó el debate (de la parapolítica) y con eso colocó sentencia de muerte sobre sus cabezas”.
Cuando a Petro se le pregunta de qué sirve batallar en una cruzada contra el poder, responde de dos maneras. La romántica: “Siempre quise cambiar el mundo”. Y la argumentada: con el aval del Estado, explica, los paramilitares mataron a diez mil personas según las cifras de la Fiscalía y cambiaron el rumbo de tres millones de colombianos entre desplazados, desaparecidos, masacrados. “Cuando se habla de crímenes de lesa humanidad desde el Estado, se habla de Hitler, de dictaduras. Y yo como congresista no puedo permitir que eso pase sin hacer nada por destapar semejante atrocidad”.
Pero haber probado, mostrado, denunciado, quitado la venda, lejos de redimirlo, lo crucificó. Para los colombianos, tan acostumbrados a décadas de guerra sin respiro, Uribe ha sido un presidente que en cinco años largos de mandato logró replegar la guerrilla, disminuyó los índices de secuestro en un 85% y, en general, creó un ambiente de inversión y de confianza. Por eso cuando Petro puso a temblar el gobierno, los uribistas reaccionaron con gritos, escupitajos y miradas oblicuas.
Mientras escribía esta historia varios de mis conocidos me decían que debía hablar mal de Petro, porque era un asco, porque sí, porque un guerrillero no podía llegar al poder. Y pude ver lo que Petro generaba cuando llegábamos a un café de moda al norte de Bogotá.
Un hombre con gabardina gris se levantó de su mesa, se acercó a él, lo miró a los ojos y le gritó en su cara: “Terrorista, matón”.
Petro dice no entender por qué lo odian tanto si lo único que ha hecho ha sido trabajar por los más pobres y por la verdad. Sin embargo, después de pensarlo un poco, sugiere una posibilidad. “Intuí que la perversidad no era de una élite minoritaria sino de una gran parte de la sociedad colombiana. Y el hombre que puso el dedo en la llaga fui yo”.
Clara Urrego cuenta que Petro se hizo fuerte en la fragilidad y que ella, preocupada porque su hijo de once años no probaba bocado, le daba a escondidas teteradas de leche fresca mientras él leía a Karl Marx y se encerraba horas en su cuarto a estudiarlo todo y a mamar con ganas. “Lo vas a volver un maricón, una nena. Te advierto que lo estás malcriando”, le decía el padre.
Ya era, sin embargo, un muchacho especial.  Petro no fue el niño de caerse en bicicletas y montar en patines y salir con los amigos del barrio a cometer diabluras tormentosas pero necesarias. A los tres años Petro ya había aprendido a leer mientras recortaba mapas de Asia para volverlos a encajar a su antojo, cual rompecabezas de posibilidades infinitas en los que tejía batallas romanas con tapas de Coca–Cola, sus soldados. “Los profesores querían adelantarlo de curso. Era tan frágil, tan chiquito, que me dio miedo. No quería un trauma mental”, recuerda Gustavo Petro Sierra, 72 años, el padre, un conservador impoluto, que estudió de noche y fue profesor de civismo y urbanidad para mantener a sus tres hijos.
Pero protegerlo era inútil. Los Petro, ganaderos y agricultores de la costa Caribe, se habían mudado a Zipaquirá, a 50 kilómetros de Bogotá, una ciudad minera olorosa a socavón, rodeada de montañas verdes hoy tostadas bajo el humo de la industria. A la entrada quedaba “aquel antiguo convento del siglo XVII, convertido en colegio de incrédulos en una villa soñolienta donde no había más distracciones que estudiar”, según Gabriel García Márquez describe en sus memorias ese trozo de vida. Allí mismo Petro haría su primer acto de rebeldía.
“Las lecturas que empecé a realizar —Maximilien de Robespierre, el líder de la Revolución Francesa, el filósofo anticlerical François Voltaire y Jean Paul Sartre, el escritor existencialita— fue lo que me llevó a la izquierda. Los curas franquistas del colegio de La Salle me decían que Gabo era comunista y lo tenían vetado. Leyéndolo supe que había estudiado en Zipaquirá”, cuenta Petro. Por eso una noche le pidió a sus compañeros ser sus centinelas tras los arcos coloniales. Y subió las escaleras, y entró al despacho del rector y en una esquina, bajo unos libros que parecían nada, encontró la foto del Nobel graduado, que los curas tenían escondida bajo la certeza de que había que conservarla.
Petro lo escribió en su máquina Underwood. Ése fue el principio de Carta alPueblo, el periódico que vendía en las calles junto con su hermana Adriana. “El cura Pedro tiene esposa e hijo. Carta al Pueblo tiene las pruebas” fue uno de sus primeros titulares. El cura Pedro dijo que sí y se fue a un pueblo donde no lo señalaron jamás.
Todos esos antecedentes hicieron sentir cómodo a Petro en el Movimiento 19 de abril, M–19, grupo guerrillero que en 1974 se lanzó al combate con el robo de la espada de Simón Bolívar, la joya de la Quinta de Bolívar de Bogotá. A diferencia de los dos grupos rebeldes que aún hoy existen, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc), primera guerrillera del país y el Ejército del Liberación Nacional (eln), el M–19 era un movimiento urbano, liderado por intelectuales y universitarios más preocupados por golpes de opinión.
Desde 1978, mientras era personero de Zipaquirá y se tomaban pacíficamente las tierras de los curas para dárselas a los pobres —hoy la invasión se llama Bolívar 83 y allí tampoco quieren a Petro por “politiquero”, “ricacho” y “lejos de todo lo popular”, según dijeron— Petro hizo parte de esa especie de Robin Hoods, que secuestraban y mataban al mismo tiempo que atracaban los camiones tintineantes de botellas de leche para llevárselas a los pobres, que en este país son todos.
Sin embargo, el M–19 se jugó su prestigio para siempre cuando en 1985 se tomó a plena luz del día el Palacio de Justicia de Bogotá. Tras 28 horas de balacera con el Ejército, el balance fue de 55 muertos, entre ellos 11 magistrados y 10 desaparecidos. Vilipendiados por todos, en 1990 el M–19 se desmovilizó y se convirtió en un partido político con el que Petro ganó su primer periodo como congresista.
Hoy, cuando sus detractores lo acusan de tener las manos manchadas de sangre, recuerda que en el momento de la toma del Palacio él estaba en la cárcel bajo cargos de rebelión. “Jamás —dice— he matado a nadie.
Petro vive entre lo que critica y combate. Su casa está ubicada sobre las montañas bogotanas en edificios rodeados de eucaliptos perpetuos, perros con bozal y mucamas vestidas de blanco a cargo de niños muy limpios, muy lindos, muy ricos.
“Cómo le parece. La modelo y el revolucionario”, nos dice mientras señala la foto gigante en forma de cuadro que hay en el vestíbulo de Verónica Alcocer, 31 años, su tercera esposa, la madre de su cuarto hijo, en pantalones descaderados, corpiño negro de encajes vaporosos, un oso diamantino entrepechado, una mirada azul devoradora. Una mujer bella, sentada junto a seis óleos del libertador Simón Bolívar pobre y cansado, firmados por Antonio Frío, el pintor de los simones bolívares que también tiene Hugo Chávez, el presidente venezolano a quien Petro refugió en Colombia tras el fallido golpe militar del coronel en 1992.
“Sí. Me he aburguesado”, reconoce, y Verónica aclara que es por su culpa, porque ella prefiere comprar en Miami y pasear por Europa y Gustavo se conforma con leer y armar rompecabezas y envejecer junto al mar con un bote de madera. “Me da esa serenidad que yo no tengo, y esa paciencia que no tengo”, y entonces le pide que se limpie los ojos rojos porque va a salir muy feo en las fotos, habla y habla y él mudo la acata y explica que cuando se baña le gusta que le entre jabón en los ojos para que le pique, le rasque, le arda.
“Lo que los ricos buscan yo lo he tenido” agrega. Y cómo dudarlo entre esa sala de sofás mullidos con pantallas de televisión planas gigantes y matas de naranjos en plástico y portarretratos de plata maciza que lo muestran en góndolas venecianas, en canales bucólicos holandeses, en las planicies de Córdoba, Caribe colombiano, cuna de los paramilitares, lugar donde creció y se enamoró de sus primera y tercera mujeres, ambas hijas de terratenientes. “Pero hay cierta decadencia en la riqueza que no me gusta. A los ricos les falta pasión. Prefiero los bosques a los hoteles de lujo. Quizás es porque no tengo clase, como dicen”, y entonces se va a su cuarto y saca de su clóset la metralleta con la que duerme siempre y atraviesa los seis filtros de seguridad de su apartamento blindado entre ese abrigo con tres kilos de plomo que lo vuelve antibalas.
En los últimos años la izquierda colombiana se ha fortalecido. En las anteriores elecciones presidenciales, el Polo Democrático Alternativo, el partido de Petro, se convirtió en la segunda fuerza electoral. Incluso la alcaldía de Bogotá, la más importante de Colombia, es manejada por Luis Eduardo Garzón, sindicalista y uno de los fundadores del Polo.
Sin embargo, andar con contradictores como Petro es tentar a la muerte. No sólo los paramilitares han querido matarlo tres veces. En su oficina hay más de un centenar de amenazas guardadas y clasificadas entre una carpeta de cartón envejecido porque en Colombia, un país con más de cuatro décadas de conflicto armado, oponerse, protestar, ir en contra, es estar dispuesto a morir por ello.
La Unión Patriótica, por ejemplo, un partido que surgió tras un proceso de paz con la guerrilla más antigua del continente, las farc, salió de un plumazo de la contienda electoral luego de que mataran a dos candidatos presidenciales y a por lo menos dos mil miembros y simpatizantes.
Hoy se mantiene el peligro de ser opositor o de la izquierda política. Según el más reciente informe de la Confederación Sindical Internacional, Colombia se convirtió en 2006 en el país más mortífero del mundo para los sindicalistas con 78 asesinatos, ocho más que en 2005.
Por eso Petro anda con un piquete de fieles guardaespaldas armados con cuatro metralletas y tres pistolas 9 milímetros, dos camionetas blindadas, una moto detrás. Tras acompañarlo a una cita con un industrial que suele darle todos los secretos del mundo empresarial, llegamos al búnker de Petro, una de las oficinas más escoltadas del Congreso, allanada por inteligencia del Estado días después de sus debates de la para-política. “Cometimos un error”, esgrimieron las autoridades.
Al despacho de Petro, con expedientes hasta el techo y una puerta que prohíbe “la entrada sin ser autorizado”, llegan militares arrepentidos, prostitutas confidentes, paramilitares convertidos en guerrilleros, guerrilleros en paramilitares, tenderos que vieron algo, niños huérfanos pidiendo clemencia. “Recibimos un promedio de dos mil correos electrónicos en un fi n de semana”, contaría uno de los cinco asesores con quienes trabaja el senador. “Nos dicen la Fiscalía paralela”, diría mientras le informaba la agenda del día: una reunión en la Embajada de Estados Unidos, otras con representantes del Partido socialdemócrata alemán, plenaria del Congreso para discutir el presupuesto colombiano.
Ese día llegó tarde a todo porque suele asistir a reuniones de las que nadie se entera y él se entera de todo. “La única persona a la que yo le escribí para que hiciera saber mi denuncia fue a Gustavo Petro”, explicaría desde el exilio Jairo Castillo, paramilitar confeso, escolta de varios ex poderosos, primer testigo que empezó a desenredar la madeja de la parapolítica.
Y es que a Petro le llega todo. Le llegó, por ejemplo, la carta que Eudaldo Díaz, uno de los alcaldes de la oposición en el Caribe, les escribió a sus asesinos tras interrumpir al presidente Álvaro Uribe en un acto público.  “Me van a matar”, le dijo en 2003 frente a las cámaras de televisión. Y luego explicó que en su pueblo los políticos trabajaban con los paramilitares desde hace años, y los paramilitares imponían candidatos y si no aceptaban el cómo, cuándo y dónde, lo hacían picadillo y lo sacaban de allí. “A ver, alcalde, arreglemos esas acusaciones lueguito”, le respondió Uribe.
Lueguito, es decir, dos meses después, Díaz apareció en posición de crucifixión, con nueve tiros en el cuerpo y la credencial de alcalde en la frente a la entrada de un caserío. Cuando recogieron el cadáver, diminuta, escondida en su zapato, la carta que Díaz había escrito días antes de morir. “Soy un hombre hecho a pulso, usted lo sabe”, le escribió al jefe paramilitar de la zona, hoy desaparecido tras la desmovilización.
“Por favor arreglemos las cosas por las buenas”.
En 2005 Petro llegó al Congreso con su carpeta de pruebas y dijo que tras el asesinato de Díaz estaba el entonces embajador de Colombia en Chile, el ex gobernador de la región Salvador Arana. Arana dijo que no, que jamás él había mandado a asesinar al alcalde ése, que cómo se le ocurría. Pero en Chile el escándalo era insostenible y Uribe tuvo que pedirle la renuncia a su embajador. Hoy está prófugo.
Arana y los demás políticos acusados de nexos con los paramilitares siempre lo han negado todo. Sin embargo, ahora que los ejércitos privados se desmovilizaron, a cambio de rebajas de penas, están dando testimonios y pruebas confirmando mucho de lo que Petro ha dicho.
“Es que éramos los amos y señores. No hubo un político, un militar, un empresario que haya estado en nuestros territorios sin haber tenido el más mínimo contacto con nosotros. No fuimos apéndice del Estado. Fuimos Estado”, me explicaría desde la prisión Iván Roberto Duque, uno de los líderes políticos de los paramilitares, ejército ilegal paralelo que en los ochenta y bajo la justifi cación de combatir a las guerrillas de izquierda, impuso la ley gracias al fi nanciamiento de los narcotrafi cantes, dueños de 70% de las tierras en Colombia y del empresariado harto de las extorsiones y de los secuestros. En abril pasado la multinacional bananera Chiquita Brands confesó, por  ejemplo, haberles pagado 1,7 millones dedólares por seguridad prestada bajo elvisto bueno de los militares.
“Que no sean hipócritas ahora los que dicen que no tuvieron nada con nosotros”, agregaría Duque arrepentido entre una cachucha de colores y sus zapatillas nuevas porque “se mató a mucho inocente en el proceso”.
Cuando se le pregunta por Petro, Duque tiene dos enfoques. Por una parte dice que es un hombre polarizado, sin nada qué decir porque perteneció al mismo conflicto. “Tan malos y dañinos y nocivos han sido los guerrilleros como los paramilitares. Unos y otros nos equivocamos, quiérase o no”, dice. Pero también es obvio cómo Duque admira la forma en que Petro se legalizó en lo político cumpliendo un sueño que muchos de los líderes paramilitares tienen.
En el Congreso la sensación es un poco la misma. Sus colegas no ahorran adjetivos de elogio con Petro por tener la valentía de denunciar, de ser el único en pararse y decir: “Hoy entró el narcotráfico a esta sala”, cuando en 2004 los líderes paramilitares fueron invitados al legislativo. Pero al mismo tiempo definen a Petro como un hombre sectario y radical, que se quedó en sólo protestar, sin intentar mediar, resolver, aportar algo, ni siquiera un proyecto de ley que resuelva la reforma agraria colombiana, uno de los temas que más lo inquietan. “Para poder sacar adelante una ley se necesita la mayoría. Y la oposición sólo somos el 10% de un legislativo uribista”, se defiende.
A juicio de varios abogados defensores de funcionarios vinculados con el paramilitarismo, Petro recibe dinero por sus denuncias.
Incluso lo tildan de estar negociando un refugio con Estados Unidos. “A un sector americano le interesa demostrar
que Uribe está metido con los paramilitares. Y para eso tienen a Petro”, diría Evert Bustamante, compañero de la guerrilla del senador. Pero nadie tiene pruebas de nada. Ni siquiera de por qué sienten odio. Petro no tiene una sola investigación judicial. Sólo medio centenar de denuncias por calumnia e injuria en la Corte Suprema de Justicia.
En la última de sus diatribas Petro se fue contra las farc, quienes tras mantener secuestrados durante cinco años a once diputados, los asesinaron esgrimiendo que fueron “caídos en combate”. Petro le pidió a su partido pronunciarse frente al acto. El Polo no sólo guardó silencio cuando las farc tildaron a Petro de “un arrepentido que siente vergüenza de su pasado”, sino terminó en rencillas internas dejando al descubierto cuán dividida está la izquierda colombiana en uno de sus momentos más fuertes. Sin embargo, por primera vez en décadas, Petro sintió algo de apoyo. La gente aplaudió su posición: salió fortalecido y consideró por primera vez una tercera opción, diferente a morir o partir. Lanzarse a la presidencia en las próximas elecciones.
Hace unos meses, sentado en su oficina del Congreso, mientras se cuestionaba sobre si estaba arando en el mar, algo que suele pensar mucho, Petro recibió una visita.
“Que es importante, que lo quiere ver, que le trae información, que lo quiere ayudar”, le dijeron. Era un militar, de esos que llegan con información. Petro no se negó.
—¿No me reconoce? —le preguntó el hombre.
—Hmmmm...
—Cuando estaba empezando mi carrera militar, me ordenaron llegar a Zipquirá porque unos guerrilleros habían escondido unas armas que habían sacado de un batallón un 31 de diciembre de 1978.
—Ajá.
—La orden que yo tenía era de matar a un alias Aureliano.
—Ajá.
—Yo fui el que lo sacó del hueco en el que se enterró para esconderse. Y lo llevé a Bogotá a que lo torturaran. Y vengo a decirle que me alegra que esté vivo.
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