
Los niños terribles también crecen
Después de escandalizar a España con su película Teresa, el cuerpo de Cristo, Ray Loriga regresa a la literatura. Esta vez con el libro Días aún más extraños, una recopilación de cuentos, artículos y ensayos.
¿Qué habría pasado si Rimbaud, Jim Morrison o Kurt Cobain no hubieran muerto tan jóvenes? Quizás serían adultos aburridos y desencantados.
Quizá seguirían escribiendo o haciendo música con un poco de vergüenza. Ray Loriga (Madrid, 1967) está tratando de huir de esa madurez desgraciada.
Porque el español siempre ha sido uno de esos escritores que están a medio camino entre un rock star y un poeta maldito. Desde que apareció en la portada de sus primeros libros —con el pelo largo, varios aretes y lleno de tatuajes— Loriga fue considerado el niño terrible de la literatura española de los noventa. Ya en su primera novela Lo peor de todo —que publicó en 1992 a los 25 años— y en sus tres siguientes libros, Héroes (1993), Días extraños (1994) y Caídos del cielo (1995), se mostró como un autor precoz con una voz muy fuerte, pero un tanto inmaduro: una suerte de punk melancólico. En esas primeras obras no temía sumergirse en lo más profundo del mundo underground español, en lo que quedaba vivo de la movida madrileña, y sacar de ahí la música, el cine y las drogas —sobre todo eso— de las que se alimentaban sus tramas.
El madrileño nunca ha negado su admiración a la actitud rebelde de Bob Dylan, Patti Smith, Jack Kerouac o Allen Ginsberg. Tal vez por eso comenzó a escribir letras para canciones. Algunas de ellas memorables, como las que hizo para Cristina y los Subterráneos, una banda liderada por la hermosa Cristina Rosenvinge, quien es, desde entonces, su pareja.
Su escritura, breve, contundente y llena de imágenes perturbadoras, parecía sacada del cine: por eso no tardó mucho en incursionar en la escritura de guiones. En 1997 colaboró con Pedro Almodóvar en la escritura de Carne trémula, y ese mismo año escribió y dirigió La pistola de mi hermano. Esa experiencia nutrió su trabajo y, dos años después, publicó la estupenda Tokio ya no nos quiere, sin duda su mejor novela hasta el momento. En ella, Loriga logró mezclar una trama futurista —al estilo de J.G. Ballard— con toda la emoción y valentía de sus novelas de juventud, su cine y el rock. Tokio ya no nos quiere es la novela con la que Loriga pasó de ser un adolescente furioso a un autor con un rumbo.
La prueba de esto es que en sus dos siguientes trabajos, Trífero (2000) y El hombre que inventó Manhattan (2004), se alejó del tono irreverente que lo hizo famoso. Y lo mismo en los guiones de El séptimo día (2004) y Ausentes (2005). Entonces todo parecía indicar que Loriga
se inclinaría por el cine. Por eso se dedicó por completo a su segunda película: Teresa, el cuerpo de Cristo. La cinta, protagonizada por Paz Vega, es una recreación de la vida de Santa Teresa de Ávila. Por supuesto, Loriga no quiso hacer una recreación histórica, sino una interpretación, bastante libre, del personaje. El tono de la película —y sobre todo las referencias eróticas— enfurecieron a la Iglesia española, que no dudó en desautorizar la cinta, incluso antes de su estreno, y en descalificar a Loriga como director.
Sin embargo, no ha dejado de ser un autor de culto. Tanto así que sus editores le pidieron que revisara sus primeros libros —algunos casi imposibles de conseguir en librerias— y que volviera a trabajar sus textos de juventud. Pero Loriga se opuso: “Releerse es como comer comida de ésa que te encuentras en la nevera y ya no sabes bien qué es. Y lo de retocarse lo considero inmoral. Así que me apeteció ofrecer algo nuevo”. Fue así como apareció la idea de hacer Días aún más extraños, un libro en el que recopila sus mejores artículos, algunos ensayos, una carta a su amigo Rodrigo Fresán y dos cuentos. En ellos se nota a un autor ya maduro que encuentra más arriesgado citar a sus autores favoritos que describir locas escenas de sexo y drogas. El título, por supuesto, no es gratuito: si bien Loriga ha madurado, no ha perdido la lucidez de ese joven terrible que fue en algún momento de su vida. Porque en su mundo, aunque los días pasan nunca dejan de ser extraños
Quizá seguirían escribiendo o haciendo música con un poco de vergüenza. Ray Loriga (Madrid, 1967) está tratando de huir de esa madurez desgraciada.
Porque el español siempre ha sido uno de esos escritores que están a medio camino entre un rock star y un poeta maldito. Desde que apareció en la portada de sus primeros libros —con el pelo largo, varios aretes y lleno de tatuajes— Loriga fue considerado el niño terrible de la literatura española de los noventa. Ya en su primera novela Lo peor de todo —que publicó en 1992 a los 25 años— y en sus tres siguientes libros, Héroes (1993), Días extraños (1994) y Caídos del cielo (1995), se mostró como un autor precoz con una voz muy fuerte, pero un tanto inmaduro: una suerte de punk melancólico. En esas primeras obras no temía sumergirse en lo más profundo del mundo underground español, en lo que quedaba vivo de la movida madrileña, y sacar de ahí la música, el cine y las drogas —sobre todo eso— de las que se alimentaban sus tramas.
El madrileño nunca ha negado su admiración a la actitud rebelde de Bob Dylan, Patti Smith, Jack Kerouac o Allen Ginsberg. Tal vez por eso comenzó a escribir letras para canciones. Algunas de ellas memorables, como las que hizo para Cristina y los Subterráneos, una banda liderada por la hermosa Cristina Rosenvinge, quien es, desde entonces, su pareja.
Su escritura, breve, contundente y llena de imágenes perturbadoras, parecía sacada del cine: por eso no tardó mucho en incursionar en la escritura de guiones. En 1997 colaboró con Pedro Almodóvar en la escritura de Carne trémula, y ese mismo año escribió y dirigió La pistola de mi hermano. Esa experiencia nutrió su trabajo y, dos años después, publicó la estupenda Tokio ya no nos quiere, sin duda su mejor novela hasta el momento. En ella, Loriga logró mezclar una trama futurista —al estilo de J.G. Ballard— con toda la emoción y valentía de sus novelas de juventud, su cine y el rock. Tokio ya no nos quiere es la novela con la que Loriga pasó de ser un adolescente furioso a un autor con un rumbo.
La prueba de esto es que en sus dos siguientes trabajos, Trífero (2000) y El hombre que inventó Manhattan (2004), se alejó del tono irreverente que lo hizo famoso. Y lo mismo en los guiones de El séptimo día (2004) y Ausentes (2005). Entonces todo parecía indicar que Loriga
se inclinaría por el cine. Por eso se dedicó por completo a su segunda película: Teresa, el cuerpo de Cristo. La cinta, protagonizada por Paz Vega, es una recreación de la vida de Santa Teresa de Ávila. Por supuesto, Loriga no quiso hacer una recreación histórica, sino una interpretación, bastante libre, del personaje. El tono de la película —y sobre todo las referencias eróticas— enfurecieron a la Iglesia española, que no dudó en desautorizar la cinta, incluso antes de su estreno, y en descalificar a Loriga como director.
Sin embargo, no ha dejado de ser un autor de culto. Tanto así que sus editores le pidieron que revisara sus primeros libros —algunos casi imposibles de conseguir en librerias— y que volviera a trabajar sus textos de juventud. Pero Loriga se opuso: “Releerse es como comer comida de ésa que te encuentras en la nevera y ya no sabes bien qué es. Y lo de retocarse lo considero inmoral. Así que me apeteció ofrecer algo nuevo”. Fue así como apareció la idea de hacer Días aún más extraños, un libro en el que recopila sus mejores artículos, algunos ensayos, una carta a su amigo Rodrigo Fresán y dos cuentos. En ellos se nota a un autor ya maduro que encuentra más arriesgado citar a sus autores favoritos que describir locas escenas de sexo y drogas. El título, por supuesto, no es gratuito: si bien Loriga ha madurado, no ha perdido la lucidez de ese joven terrible que fue en algún momento de su vida. Porque en su mundo, aunque los días pasan nunca dejan de ser extraños
- Páginas
- 1
























