¿La salida del laberinto?
Fotografía de César Carrión

¿La salida del laberinto?

La posibilidad de que Hugo Chávez sea el facilitador de un acuerdo humanitario entre las FARC y el gobierno de Colombia es una jugada maestra que, en caso de salir bien, podría beneficiar a varios bandos y cambiar el equilibrio entre los dos países.

La senadora liberal colombiana Piedad Córdoba se enjuga las lágrimas con el dorso de la mano. Hugo Chávez le tiende un pañuelo, ella lo toma. Ambos acaban de hacer público el video en el que Raúl Reyes, miembro del secretariado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, reitera la necesidad de que uno de los suyos se reúna con el comandante Chávez para iniciar la discusión de un canje humanitario con el gobierno colombiano. Reyes dice que sería ideal encontrarse con Chávez el 8 de octubre, para conmemorar juntos la “caída” de Ernesto Che Guevara. “¡Un aplauso!”, pide Chávez. La imagen de Reyes se funde en negro. Piedad llora.

Es un momento emotivo, histórico, dice ella. Porque desde que el presidente venezolano aceptó servir de mediador para un eventual canje humanitario de 45 secuestrados por 500 prisioneros, se abrió una posibilidad cierta de que su gobierno y las farc lleguen a un acuerdo que pudiera allanar el camino hacia la paz que perdieron los colombianos hace 50 años. Así lo creen también los familiares de los secuestrados en Colombia, en Francia y en Estados Unidos. Así lo ven las asociaciones de colombianos que viven en Venezuela. Así lo reconocen, no con poco disgusto, hasta los analistas más críticos de la gestión de Chávez.

Pero ese voluntarismo del presidente venezolano —la emoción con que celebra las cartas que recibe de Marulanda, los “saludos bolivarianos” que intercambian, los aplausos al video de Reyes— y esa incontinencia suya en el uso de las palabras pende como una amenaza sobre el futuro. Porque el significado de las palabras no es el mismo a uno y a otro lado de la frontera que divide a Colombia de Venezuela y, en un tema tan delicado, eso puede hacer la diferencia.

“Neutralidad”, quién lo diría, fue en su momento un término peligroso puesto en boca de Chávez. Cuando al inicio de su gobierno el presidente venezolano se declaró “neutral” ante el conflicto colombiano, comenzó a tejerse una madeja de denuncias e impasses relacionados a su supuesta vinculación con grupos insurgentes. Peor fue cuando, en 2001, se negó a utilizar el adjetivo “terrorista” para referirse a las farc, a pesar de que se lo pidieron expresamente desde el Palacio de Nariño.

Pero seis años más tarde, Chávez justifica la omisión alegando que siempre tuvo esperanzas de servir de mediador en el conflicto colombiano. Que si se adelantaba a ponerle un mote a la insurgencia, él mismo quedaría descalificado como interlocutor. Que fue una estrategia que apenas hoy rinde sus frutos, cuando el presidente Álvaro Uribe hace borrón y cuenta nueva en una relación bilateral accidentada para concederle a Chávez la posibilidad de convertirse en “el presidente de la paz”, como lo llama Piedad Córdoba.

“De la paz. ¡Qué gran ironía!”, dice María Teresa Romero —internacionalista venezolana—, quien critica que Chávez se muestre como adalid del diálogo fuera de sus fronteras, mientras propone que Venezuela apruebe una reforma a la Constitución que le otorgaría poderes nada democráticos. Sin embargo, no deja Romero de inferir que hasta los “gobiernos democráticos del mundo” pueden reconocer el lado positivo de este presidente que se entiende con las guerrillas, porque podría convertirse en “un hombre capaz de hablar con los violentos para lograr decisiones no violentas”.

Quienes defienden a Chávez, como Iris Varela —diputada venezolana de un estado fronterizo—, sostienen que la oposición y los medios de Colombia y Venezuela intentarán boicotear el acuerdo porque temen que Chávez se fortalezca políticamente en la región. Que afiance su liderazgo entre los gobiernos de izquierda del continente —Lula, Morales y Ortega ya le han manifestado su respaldo— y que el mundo lo vea con mejores ojos: las pupilas de Nicolas Sarkozy serían las primeras.

Mientras fluye la comunicación entre el Palacio de Miraflores y algún lugar de la selva del Caquetá o del Putumayo, el presidente Uribe vigila que las condiciones que puso su gobierno al diálogo se sostengan: en especial, que ni siquiera se considere establecer una zona de despeje para las conversaciones. Vigila, sobre todo, el uso de las palabras en el marco de la discusión. Y confía en catapultarse como el presidente que hasta fue capaz de convocar a su antítesis para lograr la paz.

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