Chris y la máquina de hacer bananos
Desde que se instaló en Costa Rica, a principios de los años noventa Chris Willie dedicó su vida a defender el medio ambiente. Cuando hizo falta, se enfrentó a poderosas multinacionales. Hoy, sin embargo su organización ambientalista está aliada con una gigantesca y cuestionada compañia bananera.
Chris Wille tenía cuatro años cuando trajo a casa su primera serpiente de cascabel. Su madre, una abnegada maestra rural, ni se inmutó. En su rancho de treinta hectáreas en Oregon, las víboras eran casi de la familia. Por las tardes, después de clases, Chris y sus seis hermanos correteaban en el arroyo. Sus historias de infancia están llenas de ciervos, zorros y patos.
A los seis, un maestro llevó a Chris a visitar un mariposario y a hablar con el experto en lepidópteros. “Ese hombre me cambió la vida. Me habló sobre las mariposas, sobre su trabajo, sobre la importancia de conservar la vida silvestre”. En su primer año de primaria, Chris ya sabía con total certeza a qué quería dedicarse el resto de su vida.
En la universidad estudió Ciencias Ambientales y Periodismo, y empezó a trabajar en organizaciones conservacionistas, donde conoció a Diane Jukofsky, una militante tan dedicada como él. Se casaron y en 1987 participaron con unos amigos de ideas afines en un sueño de futuro incierto: fundar su propia ONG.
La llamaron Rainforest Alliance. “Éramos un grupo de activistas, científicos, periodistas y militantes por los derechos de los indígenas, preocupados por la destrucción de los bosques tropicales”, rememora Wille. “Estábamos convencidos de que era el tema central de nuestra época: la pérdida de biodiversidad es para siempre y seguimos perdiendo tres especies cada hora”.
Según su lema, Rainforest Alliance “trabaja para conservar la biodiversidad y asegurar que las comunidades se ganen el sustento de forma sostenible mediante la transformación de prácticas de uso de suelo, empresariales y de consumo”.
A principios de los noventa, Chris y Diane decidieron que no podían quedarse en Nueva York mientras el bosque seguía desapareciendo. Querían concienciar al público de los países más afectados y contar sus historias del sur a la sociedad norteamericana. Fue así como se instalaron en San José de Costa Rica, donde abrieron el Centro de Periodismo Ambiental.
Allí fue donde me los encontré a principios de 1993. Fui a entrevistarlos en San José para una agencia de noticias.
Chris era muy alto, con gestos lentos y seguros de hombre de campo o de veterano del rock. Llevaba jeans y botas de trabajo, tenía unas manazas enormes y su cara sonriente estaba surcada de viento y de arrugas. Pese a no ser una ONG combativa, Rainforest Alliance reconocía el valor de la denuncia. Aquella entrevista tuvo que ver con la deforestación llevada a cabo por las fincas ganaderas y la agricultura intensiva, sobre todo las bananeras.
Me gustaron sus ideas y, durante tres años, impartí talleres y participé en actividades del Centro de Periodismo.
Por esa época, Chris colaboraba con la revista para jóvenes de la National Wildlife Federation, Ranger Rick. En sus páginas instaba a los pichones de conservacionistas a escribirle cartas a los mandamases de las grandes compañías bananeras (Chiquita, Dole y Del Monte) con fotos de tortugas marinas muertas. Las tortugas se enredaban en las bolsas de plástico azul llenas de pesticida que, después de ser usadas para cubrir los racimos de banano, se echaban a los canales y de ahí iban a parar a los ríos y las playas de deso-ve de las tortugas. La oficina del director general de Chiquita Brands se inundó de cartas de niños airados.
Quince años más tarde, Rainforest Alliance y Chiquita son aliados. La ONG con un sello socio-ambiental cada uno de los bananos de la multinacional. En cada uno de los 2 500 millones de bananos que salen al mercado cada año desde las fincas latinoamericanas de Chiquita, se puede ver el logo de Rainforest Alliance: una ranita verde.
¿Cómo fue que Chris Wille y su organización ambientalista empezaron con esa campaña y terminaron dándole una certificación de buena conducta a Chiquita, el más tristemente célebre de los pulpos bananeros?
Para responder a esta pregunta, estoy otra vez en la casa de Chris Wille en un barrio de clase media de San José. Vive en la misma casa pequeña, tiene el mismo coche y creo que calza las mismas botas que cuando lo vi por última vez, hace más de diez años.
Pero, primero, hace falta un poco de historia bananera.
Todo en el miserable caserío era monótono y desagradable. Las dos filas de campamentos, una frente a la otra a ambos lados de la línea, exactamente iguales todos: montados sobre basas altas; techados de zinc que chirriaban con el sol y sudaban gotillas heladas en la madrugada ...
Al frente, los sucios corredorcillos en los que colgaban las hamacas de gangoche, lucias y deshilachadas por el uso constante. Arriba, colgando de los largos bejucos, tendido de punta a punta en los corredores, chuicas sucios y sudadas, casi deshaciéndose. Abajo, infestándolo todo, el suampo verdoso”.
Trabajo extenuante, condiciones difíciles de soportar, paga escasa, un universo de hombres solos, escapados del hambre y hundidos en la soledad compartida. Ése era el mundo de la bananera en los años treinta, descrito por el zapatero y activista revolucionario Carlos Luis Fallas. Calufa —el seudónimo con el que quedó en la historia de la literatura costarricense— viajó al sur del Caribe de su país, donde la bananera imperaba con poder absoluto, como dirigente del sindicato comunista para colaborar en la organización de la gran huelga de 1934. De ahí surgió su gran no-
vela Mamita Yunai (1941). El párrafo precedente muestra el ambiente asfixiante de “la zona” y el vigoroso estilo de Fallas. Mamita Yunai fue elogiada por Neruda, traducida a una decena de lenguas, y es hoy lectura obligada en los colegios de Costa Rica.
Yunai es la forma amargamente familiar para referirse a la compañía: la United Fruit Company (UFCo.), la bananera por excelencia, la que dio nombre al concepto y la metáfora de la República Bananera para referirse a los gobiernos centroamericanos que seguían sus dictados. Hasta el lenguaje de “la zona” sigue impregnado del inglés de la bananera: “suampo”, el pantano de humedad que cala los huesos, viene de swamp, y las viviendas de los hombres solos al lado de la plantación que describe Calufa se siguen llamando “baches”, que proviene de bachelor, soltero.
La UFCo. nació en 1899, cuando la Boston Fruit Company, que exportaba bananos de Jamaica desde 1870, se fusionó con las plantaciones que acompañaron la apertura del ferrocarril desde San José al Caribe. Se fue haciendo de miles de hectáreas en Costa Rica, Honduras y Panamá, desde donde dominó la política, la economía y la vida social de la región. En la década de 1930, la compañía era dueña de 1.44 millones de hectáreas. Según el antropólogo Philippe Bourgeois, la mayor parte de esa tierra no fue cultivada. Era una estrategia para evitar la instalación de competidores.
Durante gran parte del siglo xx, la United Fruit trajo empleos, infraestructura, modestos centros de salud y una mínima estabilidad a un proletariado centroamericano empobrecido hasta la de-sesperación por las propias élites criollas. También reprimió salvajemente huelgas como la de 1928 en el Caribe colombiano, recreada con hipérboles geniales por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.
Su legendaria Gran Flota Blanca de barcos refrigerados llevó millones de bananos a Estados Unidos y Europa, y además participó, según reza la página web de la compañía, “en las dos guerras mundiales, en el derrocamiento en 1954 del gobierno de Guatemala y en la fracasada invasión estadounidense contra Cuba en 1961”. Tanto el golpe de estado contra Jacobo Arbenz promovido por la cia como el desembarco en Bahía de Cochinos fueron acciones contra gobiernos que habían limitado o eliminado las inmensas prerrogativas de la compañía.
Nadie se metía impunemente con los intereses de la Yunai.
Pero a partir de los cincuenta, las cosas empezaron a ir mal para la compañía. En 1958, una decisión judicial antimonopolios en Estados Unidos la obligó a vender buena parte de sus propiedades en Guatemala a la Standard Fruit (hoy Dole). En 1972, otra sentencia le forzó a vender el resto a Del Monte. En los setenta, un escándalo de sobornos en Honduras hizo caer en picada las acciones de la compañía y su presidente se tiró del balcón de su oficina en Nueva York. En los noventa, la Unión Europea introdujo un sistema de cuotas y altas tasas para beneficiar la producción bananera de las ex colonias europeas.
Por perder, perdió hasta el nombre. De United Fruit pasó a United Brands en 1970 y, dos décadas más tarde, toda la empresa tomó el nombre de su producto emblema: la banana Chiquita, que partía de un diseño publicitario de 1944 con el dibujo de una briosa bailarina con frutas tropicales en la cabeza, llamada Miss Chiquita.
Los noventa fueron malos tiempos para Chiquita y para el banano latinoa-mericano en general. Los precios bajaban por el aumento de la oferta y los aranceles europeos reducían aún más los márgenes de ganancia. Chiquita entró en quiebra. Fue entonces cuando las tres grandes bananeras recibieron una curiosa invitación de Chris Wille.
En su carta, Rainforest Alliance invitaba a Chiquita, Dole y Del Monte a entrar en un proceso de certificación socio-ambiental. La ONG evaluaría su desempeño en cuidado del ambiente, uso de agroquímicos, salud laboral y condiciones sociales de los trabajadores, les ayudaría a llegar a los estándares requeridos y, si cumplían, les daría un certificado de buena conducta.
La oferta representaba un paso iné-dito: Rainforest buscaba trabajar con corporaciones habitualmente denunciadas por otras organizaciones ecologistas e iniciar un proceso que podría terminar con algo comparable a una medalla o un premio. Nada más alejado de la línea habitual de trabajo de ONGS como Greenpeace o Rainforest Action Network, que buscan hacer cambiar a las empresas y a los gobiernos mediante la denuncia, la presión y los boicots.
Es que, desde el principio, la organización de Chris Wille había sido distinta. Sus activistas pensaban que habría más cambios si trataban a las empresas por las buenas que por las malas. “Darles un aliciente para que cambien, mostrarles que, si hacen las cosas bien, también pueden tener un premio”, explica Wille.
Para evitar que se talaran bosques tropicales, premiaban con certificados a las compañías madereras que demostraban buen manejo forestal. Y en agricultura, ya habían certificado pequeñas fincas y cooperativas locales. Pero nunca habían trabajado con compañías de las dimensiones de las grandes bananeras.
“¿Tenían en claro —le pregunto a Chris— los peligros de ofrecerle una medalla de buena conducta a Chiquita, el heredero de la mismísima United Fruit?”.
“Lo teníamos claro —me dice Chris con su proverbial tranquilidad—. Teníamos que intentarlo, porque el 95 por ciento de las bananas son de Chiquita y las otras grandes. Podíamos quedarnos contentos trabajando con unas pocas fincas pequeñas y mostrarlas como buenos ejemplos y seguir señalando con el dedo a los malos, pero queríamos tener impacto. Aun si los cambios son lentos y no muy radicales, la mejora en el ambiente, la salud y el bienestar de los trabajadores afecta a muchas más personas”.
Chiquita, sorpresivamente, dijo que sí a la propuesta de la ONG. ¿Por qué? Smart Alliance, un libro de Pat Scharlin y Gary Taylor sobre el curioso acuerdo entre la multinacional agroalimentaria y la ONG ambientalista, intenta contestar esta pregunta.
La historia negra de Chiquita se estaba convirtiendo en un lastre demasiado grande en este mundo nuevo de consumidores concienciados, ONGS militantes que llenan de denuncias sus páginas web y grandes cadenas de supermercados que quieren ganar ventajas sobre sus competidores con apelaciones al cuidado del ambiente y el trato justo a trabajadores del Tercer Mundo.
“Con la globalización —dicen Tay-lor y Scharlin— las compañías de todo tipo se enfrentan a un aumento de las expectativas públicas y a una continua desconfianza de las motivaciones de las grandes corporaciones. Los activistas exigen códigos obligatorios de conducta empresarial”. En este entorno, Chiquita decidió emprender una ambiciosa huida hacia delante.
La empresa invirtió veinte millones de dólares en implementar sistemas de recogida y reciclaje de basura, protección de suelos, limitación y almacenaje seguro de pesticidas y fertilizantes inorgánicos, ropa adecuada y salud ocupacional para quienes manipulan productos químicos.
Hoy, a quince años de comenzar el proceso, todas las fincas propiedad de Chiquita en América Latina están certificadas con el sello Better Banana de Rainforest Alliance, todas las bananas de Chiquita llevan una pequeña etiqueta con la ranita verde símbolo de la ONG y, a partir de 2000, la empresa va por el premio mayor: la certificación de todas las fincas independientes que venden sus bananos a Chiquita, que producen dos tercios de lo que la multinacional comercializa por el mundo.
Cada año, 25 millones de cajas de bananos de 18.2 kilos, con un promedio de cien frutas cada una, salen al mercado con el sello ambiental de Rainforest Alliance. Se trata de 2 500 millones de bananos.
Son las seis de la mañana de un jueves de agosto y voy camino a una finca de Chiquita certificada por Rainforest Alliance. Con el madrugón se me agolpan las preguntas y las dudas. Por suerte, pasamos a desayunar café fuerte, tortillas, arroz y fríjoles negros, después de atravesar la imponente selva vertical, brumosa y verdeoscura del Parque Nacional Braulio Carrillo.
Al salir de las montañas se abre a la vista el interminable paisaje de las bananeras, el mar verde de hojas oscuras y correosas mecidas por la brisa caliente del trópico. Cada tanto, un laurel, una acacia o un madero negro se yerguen como solitaria memoria de lo que fue esta zona cuando estaba cubierta de bosques.
Lo primero que llama mi atención en la pared de la oficina administrati-va de la finca San Alberto, que Chiquita muestra con orgullo en Guápiles, en el Caribe costarricense, es un cartel donde destacan los dibujos de Miss Chiquita, con frutas en la cabeza y la rana verde del grupo ambientalista. “Cada racimo de banano puede llevar la etiqueta de Rainforest Alliance, lo que nos hace crecer con orgullo, como… una rana”.
Me han invitado a una gira fuera de lo común. Está a cargo del ingeniero forestal Héctor Brenes, profesor de la Universidad Estatal a Distancia, máster en manejo de bosques por la Universidad de Oxford y uno de los más veteranos y respetados certificadores de Rainforest Alliance. A lo largo de la última década, Brenes participó en la certificación de numerosas fincas de Chiquita.
La gira se organizó a pedido de una organización suiza que da sus propios certificados de comercio justo. Quiere que uno de sus funcionarios, Ueli Ramsaier, conozca de primera mano el programa.
Chris Wille sabe que la organización suiza, llamada Max Havelaar, ha sido muy crítica del sello socio-ambiental otorgado a la transnacional.
Hace más de una década que visito plantaciones de banano como periodista especializado en medio ambiente, pero cada vez que lo hago, me invade una sensación sobrecogedora cuando comienzo a caminar entre las plantas (los bananos no son árboles, sino los más grandes arbustos que se conocen). Al dar los primeros pasos, la tierra del bananal se abre blanda, porosa, minada de hojas y tallos. El calor implacable del sol se filtra entre las hojas y hace subir lentamente el sudor de la tierra. Los trabajadores, fibrosos, morenos, están siempre empapados de gotas que se vuelven hilos que bajan hasta las botas de goma o de cuero retorcido.
Ueli Ramsaier y yo nos quedamos unos pasos detrás de Héctor y los gerentes de la planta, para hablar con un trabajador que va subiendo a una planta con una gran escalera. Su tarea es colocar una bolsa azul de plástico sobre cada mata de banano. Hoy comenzó a trabajar a las cinco y media, con el frescor de la madrugada, como desde hace 38 años, como a los 17, cuando inició su vida de peón bananero. A las tres de la tarde, terminará de llenar unas cien bolsas, “a veces más”. Las bolsas azules llevan químicos —“veneno”, dice el hombre—, quien nos recita con cansada parsimonia su nombre, aunque prefiero no escribirlo aquí.
Como muchos en la zona, el hombre trabajó para la Standard Fruit Company por más de una década y ahí se envenenó con el nemagón, un plaguicida prohibido en Estados Unidos que esa transnacional siguió usando durante años en el trópico. El nemagón lo dejó estéril, le afectó la vista y le provocó fuertes y constantes dolores de cabeza.
El hombre nos muestra los guantes y la mascarilla que usa para aplicar los productos químicos. “Antes no teníamos ni ropa, ni mascarilla, y las manos nos quedaban tan negras que nos costaba mucho lavarlas”. Ahora son los guantes los que quedan negros.
—¿Qué es lo que más cambió desde el 92 hasta ahora? —le pregunté días más tarde a Luis Garnier, gerente de Responsabilidad Corporativa de Chiquita en Costa Rica, en una maratónica entrevista en su oficina en San José.
—Yo diría que todo lo que tiene que ver con la parte de salud ocupacional, manejo de sustancias peligrosas, con todo lo que conlleva: manejo de bodegas, almacenamiento y aplicación de agroquímicos, uso de protección de equipo adecuado para manipular agroquímicos, entrenamiento de la gente…
Ueli Ramsaier, el químico ambiental Clemens Ruepert, de la Universidad Nacional de Costa Rica, y otras fuentes que consulté, estuvieron de acuerdo en que la principal mejora que trajeron las normas de Rainforest Alliance se produjo en el campo de la salud ocupacional. Chiquita no eliminó los plaguicidas, pero los limitó sensiblemente e implementó en todas sus plantaciones sistemas estrictos de control de los depósitos, ropa especial y capacitación para los que la aplican, lavado post-aplicación tanto para los trabajadores como para la ropa, y costosos sistemas para limitar el uso de productos químicos.
En su informe tras la visita, Ramsaier puntualizó como un cambio muy positivo la eliminación de herbicidas para combatir las especies malignas que proliferan a ras del suelo entre los bananales.
En su lugar, están plantando en todas las fincas oreja de ratón, una hierba benigna que compite con la maleza. “La progresiva instalación de oreja de ratón en las treinta fincas de Chiquita en Costa Rica para 2010 es un cambio visionario y una gran mejora para el ambiente, que hará obsoletos los herbicidas”, dice Ramsaier en su informe.
Aunque mejor protegido de los productos químicos, el embolsador no está muy satisfecho con su sueldo. Nos dice que las condiciones de salud y de protección ambiental son aquí mejores que en otras plantaciones, pero que gana unos 6 500 colones (unos doce dólares) por día: entre 250 y 300 dólares por mes, similar a lo que se gana en otras fincas de la zona.
Aunque es superior al sueldo mínimo para el peón agrícola en Costa Rica, este trabajador y otros con los que hablé más tarde dijeron que era insuficiente para hacer frente al creciente costo de la vida.
Es una de las razones por las que empresas como Chiquita no encuentran trabajadores tan fácilmente como antes. La construcción y el turismo pagan mejor, y el trabajo no es tan duro.
Seguimos caminando por la finca y vamos cruzando puentes sobre los hondos canales que surcan la plantación. Como me había explicado Chris Wille, el paisaje de los canales ha cambiado por completo: están limpios, ya no se ven las bolsas azules, los mecates (cuerdas) y la basura orgánica que los cubría en el pasado. Y Oscar Bonilla, el jefe de Responsabilidad Corporativa de la zona, señala los escalones de plástico que forman el puente. “Ahí están las bolsas, recicladas”.
Las bolsas azules se colocan catorce días después del florecimiento (el nacimiento de los minúsculos bananos). Doce semanas más tarde viene el trabajo más agotador: cortar cada racimo de unos veinte kilos, llevarlo en la espalda y colgarlo en uno de los 25 ganchos que aguardan en un riel elevado que recorre toda la finca. Una vez que los 25 racimos están sujetos, uno de los trabajadores se ata una cuerda a la cintura y camina, sudando a mares y volcado hacia adelante como si estuviera en una tormenta de nieve, tirando del cable tenso los 500 kilos de banano hasta la planta de selección, lavado y empaque.
Cuando llegan a las piletas de lavado, comienza el trabajo de las mujeres. Se la pasan horas de pie, con las manos enguantadas en el agua, con un intervalo de media hora para comer. Otra innovación debida al sistema de certificación ambiental es que la fruta no apta para exportación ahora se envía a una planta que procesa puré de banano. Así se recicla y se ahorra mucho desperdicio.
Una vez cortadas las manos de banano, éstas navegan hasta el final del piletón, donde otras mujeres las colocan en cajas que se numeran, se condecoran con el sello de la rana verde y de allí al camión, al puerto, al buque refrigerado. Todos trabajan a gran velocidad. Rara vez pasa más de un día desde que el peón corta el racimo hasta que el banano empaquetado reposa en la bodega del buque. El banano es el fruto más perecedero y no pueden pasar más de tres semanas desde su corte hasta la consumisión en casa del comprador, en Polonia, China o Canadá.
Ueli Ramsaier está muy interesado en las condiciones de trabajo y la libertad sindical, una fuente constante de críticas de las ongs europeas a las grandes bananeras. El certificador Héctor Brenes le explica que, además de los criterios ambientales (protección de fuentes de agua, preservación de la vida silvestre, limitación de agroquímicos, protección y capacitación de los trabajadores), las normas que impone Rainforest Alliance incluyen el trato digno, pago justo, libertad de organización y prohibición de trabajo de menores.
—¿Pueden los trabajadores ser miembros de sindicatos? —pregunta Ueli.
—Por supuesto —responde Jessy McCarthy, encargada de producción de la finca.
—¿Y cuántos trabajadores sindicalizados hay en este momento?
—Ninguno.
El gerente Luis Garnier me aseguró después que, si bien el nivel de sindicali-
zación de los trabajadores es bajo en Chiquita, como en casi todas las fincas agrícolas de Costa Rica (alrededor del 15%, según la Coordinadora de Sindicatos Bananeros), sigue siendo la transnacional más sindicalizada del país. También indicó que tiene niveles mucho más altos de afiliados en otros países, como Honduras y Panamá, y que es la única gran bananera que firmó un acuerdo global con la federación latinoamericana del ramo, Colsiba, en 2001.
Pero Ueli se alarma cuando se entera del sistema de contratación de la finca. San Alberto es una de las fincas donde los trabajadores son contratados y despedidos cada cinco meses. La compañía asegura que entre treinta y cuarenta por ciento de los empleados de las fincas está en esta situación. “Lo pidieron los mismos trabajadores y es el sistema que había antes de que Chiquita comprara la finca”, explica Bonilla, el jefe de Responsabilidad Corporativa. Así tienen unos días libres entre contrato y contrato, así cobran un pequeño seguro de desempleo, así pueden dejar el trabajo cuando quieran, me explicó Garnier.
—¿Pero con este sistema no pueden dejar de recontratar a los que ya tienen cuarenta, cincuenta años, y a los sindicalizados?
—No hacemos eso, no discriminamos —dice Garnier. Pero me comenta que él preferiría que todos los trabajadores tuvieran contrato indefinido.
De vuelta en la entrada a la finca San Alberto, Bonilla, McCarthy y un puñado de encargados nos ofrecen agua de pipa para bajar el calor del mediodía. Un peón corta las pipas —similares a cocos y del tamaño de un balón de futbol—, les abre un hueco de un tajo del machete del que los trabajadores nunca se separan, y nos da una a cada uno, acompañada de una sonrisa contagiosa.
—¿Nunca comen banano? —le pregunto a Jessy.
—De la plantación sale siempre verde y sería peligroso por las plagas que maduran acá. De los millones de bananos que salen, acá no se come ninguno.
En las semanas que pasé en Costa Rica, Rainforest Alliance no llevó a cabo ninguna evaluación de plantaciones bananeras. Como yo quería ver de primera mano un proceso de certificación, Héctor Brenes me invitó a acompañarlo en su visita a cinco fincas de helechos pertenecientes a Floreal, una empresa costarricense que produce, compra y comercializa el helecho hoja de cuero, del que Costa Rica es el primer productor mundial. Durante tres días, seguí a Héctor mientras miraba, preguntaba, olía, metía las narices en depósitos y tambores, y tomaba notas en una planilla. En ella figuran noventa indicadores distribuidos en diez temas sobre los que cada evaluador debe calificar el desempeño de la finca.
Es la versión 2005 de la “Norma con indicadores para Agricultura Sostenible”, elaborada por Rainforest Alliance junto con sus ocho socios latinoamericanos. Organizaciones conservacionistas de México, Colombia, Brasil, Ecuador, Guatemala, Honduras, El Salvador y Belice forman, con el grupo de Chris Wille, la Red de Agricultura Sostenible, que viene elaborando sucesivas versiones de sus criterios socio-ambientales desde hace más de tres lustros. Entre bananas, café, piña, cacao, naranjas, flores y helechos, ya llevan certificadas más de 181 500 hectáreas cultivadas.
En cada finca de helecho, Héctor se reunió a solas con los trabajadores:
¿Tienen contrato? ¿Cuánto les pagan? ¿Forman parte de un sindicato? ¿Los capacitaron en manejo de productos agroquímicos? ¿Tienen equipo adecuado?
En la pequeña finca El Rincón, cerca del aeropuerto internacional de San José en el Valle Central costarricense, le pregunté al dueño, Luis Diego Argüello, cuántas de estas normas son iguales y cuántas más estrictas que las que impone la ley.
La mayor parte son cosas que la legislación no exige, me confió. “Estas reglas van mucho más allá de lo que marca la ley”.
—¿Y cada cuánto vienen los ministerios de Salud, Trabajo y Medio Ambiente para fiscalizar su finca?
—En los 27 años que llevo como dueño de esta plantación, no vinieron nunca.
En los días que siguieron llamé a la directora de Gestión de Calidad Ambiental del Ministerio de Medio Ambiente, María Guzmán, y al director de Protección del Ambiente Humano del Ministerio de Salud, Eugenio Androvetto. Ambos reconocieron que sus departamentos no tienen el personal ni el presupuesto para llevar a cabo auditorías como las de Rainforest Alliance y los otros certificadores.
Estos funcionarios y otros expertos me transmitieron la idea de que la certificación pactada entre una empresa y una ONG cubre un vacío y que, en general, produce una sensible mejoría, sobre todo en temas ambientales y de salud. En lo que los expertos no se ponen de acuerdo es en el espinoso tema de si estas mejoras ameritan el otorgamiento de medallas, sellos o certificados de buena conducta.
En las plantaciones de helechos, lo mismo que en Chiquita, el sistema de certificación consiste en visitas anuales a un número representativo de fincas.
En el puntaje incide la representatividad geográfica, el ver fincas nuevas y otras que debían mejorar de auditorías anteriores, y el azar. Hace dos años, Rainforest Alliance le quitó el sello a todas las fincas de helecho de Floreal porque una finca nueva no cumplía con las normas. Con esta auditoría de Héctor, la empresa demostró que había hecho los deberes y obtuvo una muy buena nota.
—¿Quién fue el auditor que les quitó el sello? —les pregunté.
—Marta Marín.
A la tarde siguiente, estoy sentado con Marta Marín en una concurrida confitería de San José. Co-mo Chris Wille y como Héctor Brenes, Marín tampoco se imaginó al comienzo de su carrera que terminaría evaluando multinacionales de la alimentación.
Cuando entró a la Universidad de Costa Rica, su pasión era la biología. Para su tesis estudió la vida de los manglares. Soñaba con delfines y ballenas.
Fundó una empresa de consultoría ambiental y, poco a poco, se fue especializando en auditoría ambiental. Marín puede hablar con conocimiento de causa de sistemas de certificación. En su labor de auditora los aplicó todos.
Comenzamos hablando del sello más conocido: el orgánico. Es el viejo sistema de producción sin productos o agentes químicos, un favorito de los consumidores con conciencia ecológica. “Es muy riguroso en lo químico y en la salud ocupacional, pero no mide el trato a los trabajadores”, puntualiza Marín. El sello orgánico es el más popular entre los certificados ambientales y su norma es la más clara: nada de productos agroquímicos. Pero es muy difícil de lograr en el caso del banano por la dificultad de prescindir de pesticidas.
El otro gran sistema de certificación es el de comercio justo, el de la organización de Ueli Ramsaier. Al revés que la orgánica, la etiqueta de comercio justo no se fija tanto en el ambiente, sino en las condiciones de trabajo y en el reparto de beneficios. Por eso, las empresas que venden sus productos a su ONG, Max Havelaar, son cooperativas, donde los trabajadores son dueños y deciden cómo se distribuyen las ganancias y cómo se organiza el trabajo. “Es darles poder a los trabajadores”, me explicó Ramsaier cuando lo llamé a Suiza para hablar de nuestra gira en Costa Rica. “Aunque, igual que con el sello de Rainforest Alliance, no siempre llegamos a cumplir nuestros objetivos. Es un camino largo”.
Marta Marín considera que el sello de Rainforest Alliance “es el más completo, toca tanto aspectos ambientales como sociales. Desde el principio me gustó lo global que era la norma, que cubría todos los aspectos. Además, ayuda y acompaña al productor a mejorar. Premia los avances, pero empuja a mejorar cada vez más”.
Respecto de Chiquita, Marín asegura haber comprobado muchas mejoras en el terreno ambiental. Acerca de las frecuentes denuncias de los sindicatos por persecución de sus afiliados, empieza por recordar que es la única empresa del sector “que tiene el sindicato dentro. Recibimos denuncias, uno habla con los trabajadores, pide ver los documentos, las planillas, y en algunos casos vemos que la denuncia tiene buenas bases, pero en otros no”.
—¿Y qué hacen?
—No le podemos decir a la empresa lo que tiene que hacer. Pero le decimos: “Esto no está de acuerdo con la norma”.
El edificio donde atiende el sindicato bananero, en el centro de San José, parece hallarse en un país muy alejado del flamante barrio privado de oficinas, en las montañas suburbanas, donde se instala la sede corporativa de Chiquita Brands.
En la calle frente al edificio del sindicato, tirados o tambaleantes, se amontonan los perdedores de una guerra sin bombas. La vida les arrancó todos los dientes a trompadas y la droga barata los dejó en los huesos. Los edificios del centro se parecen a estos fantasmas de ojos hundidos. El negro del humo acumulado cubre el maltrato con que el tiempo empezó a morder la mejilla a estas paredes baratas. Todos los edificios están erizados de rejas y candados, como si hubiera mucho que robar. En las oficinas de Chiquita no hay tales rejas. Los ventanales se abren a un bulevar interno y arbolado.
Me recibe Ramón Barrantes, el responsable de la Coordinadora de Sindicatos Bananeros de Costa Rica, Cosiba. Es un hombre grande y moreno, de brazos fuertes y hombros cargados, de hablar pausado pero movido por el motor interno de la militancia. Nació en la norteña provincia de Guanacaste y a los diecisiete ya trabajaba de peón para Del Monte.
Barrantes entró al sindicato en una época de lucha, de sueños, de una América Central convulsa y movilizada. “Teníamos un 95 por ciento de afiliados. Los sindicatos presionaban, lograban convenciones colectivas como la que hubo en los ochenta con Dole, con mejores condiciones, higiene, vacaciones… —Ramón sabía que se exponía a represalias si se sindicalizaban— me mandaban a chapear lugares abandonados, me daban las labores peor pagadas, me mandaban a los cables más alejados”, pero su labor sindical era reconocida.
¿Y qué pasó? Hoy los sindicatos, con suerte, llegan al doce o quince por ciento de afiliación. Para Barrantes, varios factores contribuyeron a este desplome: la promoción de asociaciones “solidaristas” —no sindicales, sino de beneficencia y ayuda mutua, donde trabajadores y dueños aportan con fines sociales—, la formación de los llamados comités permanentes, la “presión para que los trabajadores no se afilien a los sindicatos” mediante la asignación de trabajos más duros, la falta de ascensos y los despidos, y unos vientos políticos y económicos que en los noventa soplaron hacia el individualismo y la libre empresa, y en contra del comunismo y las asociaciones sindicales.
En julio pasado, Cosiba envió a Rainforest Alliance una copia de la denuncia presentada por la “persecución sindical” de ocho trabajadores despedidos, cesantías que el sindicato vincula al hecho de que los obreros estaban afiliados. Ramón Barrantes asegura que la disminución drástica de la afiliación, y consecuentemente de la capacidad de negociación de los sindicatos, ha hecho que las condiciones de trabajo en las bananeras hayan desmejorado. Y piensa que las certificaciones no ayudan a los trabajadores.
—¿En nada?
—En nada.
Barrantes hace hincapié en el hecho de que empresas como Chiquita pagan el servicio de auditoría. “Quien paga el baile, manda la música. No van a pagar para que les den un resultado negativo”, razona.
Según el sindicato, el pago de la auditoría implica una fuerte alianza, por la importancia que esos ingresos tienen para los certificadores. Cada año, Chiquita paga a Rainforest Alliance 120 mil dólares, a razón de 7.5 dólares la hectárea. Sin embargo, también los certificadores orgánicos y de comercio justo cobran por su auditoría y representantes de los tres sistemas aseguran, obviamente, que el pago no garantiza el resultado.
Tres días más tarde, estoy viajando en autobús al corazón del territorio bananero. El bus pasa por Guápiles y, 37 kilómetros más adelante, llega a su destino: Siquirres. Aquí hace aun más calor que en la zona de la finca San Alberto. La cercanía del Caribe se adivina en los viejos caserones de madera pintados con tonos pastel, en su mayoría descascarados, pero aún majestuosos. Frente a la estación de autobuses chirría la modernidad: tiendas de juegos electrónicos, de reparación de celulares y computadoras. Una casa de madera que apenas se tiene en pie, con techo de zinc oxidado, promete seis fotos rápidas. En la Librería de Dios, un gran póster muestra a una niña muy rubia que estruja una oveja de ojos grandes. En la radio atruena el reggaeton.
Donde termina el asfalto y empieza el fin de la ciudad encuentro con facilidad la oficina donde trabaja el secretario de Salud Ocupacional y Medio Ambiente de Sitrap, el sindicato bananero en la Zona Atlántica. Carlos Arguedas levanta la cabeza de su computadora.
Con sus anteojos rotundos, su camisa blanca y su tono medido, parece un viejo maestro de escuela. Como ya empezará a caer la tarde, me lleva sin dilación a las plantaciones. Por el camino, me cuenta algo de su historia.
Como el trabajador de San Alberto y como miles más, Carlos también fue víctima del nemagón. Le afectó los testículos, la vista y le provocó jaquecas interminables. Empezó a luchar por la salud de los trabajadores como afectado. En una ciudad que depende en gran medida de las multinacionales agrícolas —últimamente se han instalado muchas piñeras y Arguedas dice que son peores que las bananeras— no lo tuvo fácil en su trabajo de oposición a las empresas que le dan de comer a la población. “Me han llamado traidor a la patria y gente poderosa llegó a amenazarme”, dice.
Arguedas piensa que las certificadoras como Rainforest Alliance han traído algunos resultados positivos en protección de fuentes de agua, reforestación, tratamiento de desechos y equipo de protección contra productos agroquímicos. “Son cambios positivos, aunque pequeños”, como el uso de computadoras para que las avionetas que fumigan las plantaciones detengan automáticamente la lluvia de productos químicos en el momento en que termina el sobrevuelo sobre los bananos y comienza la zona de viviendas.
Otros ecologistas costarricenses con los que hablé me dijeron cosas parecidas. Desde una posición más combativa que colaboradora con los empresarios, Gino Biamonte, el director ejecutivo de la Asociación Preservacionista de Flora y Fauna Silvestre (Apreflofas), piensa que hoy los bananeros tratan de hacer las cosas “de una mejor manera que en el pasado, usan menos productos químicos y los que usan son menos dañinos. Pero para nosotros, el problema no es cultivar banano causando menos daño, sino el mismo monocultivo, ya sea banano, piña o palma”.
Biamonte piensa que los pasos dados por las empresas certificadas son positivos, pero insuficientes. Prefiere que la tierra se deje como bosque o, como mínimo, que se destine a la producción orgánica.
A la entrada de Finca Manzanillo, un gran cartel da la bienvenida a Zona Monteverde (que comprende cuatro fincas). Sobre él, se yergue otro más pequeño con el logo de la ranita. “Es la última rana que vas a ver”, comenta Carlos.
Los gerentes de Chiquita dicen que pueden verse ranas, serpientes y algunos pájaros en las bananeras, pero los sindicalistas Arguedas y Barrantes aducen que la cantidad de pesticidas que sigue empleando la empresa acaba con la vida silvestre.
Las fincas aparecen cuidadas, sin basura, con arbustos en los lindes de las plantaciones. Pero, tras bordearlas, llegamos a un pozo del que sube un humo espeso. Nos acercamos. En el pozo, de unos veinte metros por cinco, están quemando bolsas y recipientes de plástico, envases Tetrabrik y una manta de un material como el de las bolsas de dormir. Un trabajador eventual que vive cerca de la plantación me explica que suelen quemar cosas en ese pozo, pero que mandan una cuadrilla a cubrirlo cuando viene a verlo “gente de afuera”.
De salida, nos detenemos en un barrio de casitas frente al bananal. Cuatro señoras confirman que camiones con residuos sólidos se dirigen al pozo con regularidad y que el uso de esa área no es secreto, al menos para los choferes de la línea de autobús que ellas toman para ir a Siquirres. “Esta parada la llaman El botadero”, dice una de las señoras, bajando los ojos con pena.
¿Usted leyó Mamita Yunai?”, le pregunto al gerente de Responsabilidad Corporativa de Chiquita, Luis Garnier.
“Es todavía lectura obligatoria en los colegios. Y está bien, porque refleja parte de la historia del país. Lo que no cuenta es todo el legado que la compañía dejó en términos de infraestructura, servicios, mejorar la calidad de vida de alguna gente en algunos casos. A la par de eso hay cosas oscuras, indudablemente, pero el desarrollo del país en un inicio estuvo supeditado al desarrollo del enclave bananero”.
Garnier enfatiza que más allá de la historia, hay muchas cosas buenas que contar en los últimos años. Con las normas de Rainforest Alliance en la mano, fuimos repasando los diez capítulos y casi la mitad de las noventa normas. En la mayoría se produjeron cambios positivos en los últimos quince años.
Estos cambios tuvieron gran repercusión en la imagen de Chiquita. De acuerdo con encuestas recientes, los consumidores reconocen la ranita y aprecian los mensajes ambientales en la publicidad de la empresa. Sin embargo, Garnier asegura que el objetivo de los cambios no fue mejorar su imagen, ni siquiera agradar a los consumidores. “De hecho, empezamos a cambiar en 1992 y hasta el 2000, cuando el trabajo estaba hecho, no contratamos un encargado de prensa”.
A los ojos de los accionistas de Chiquita, la publicidad millonaria, las auditorías y, sobre todo, los veinte millones de dólares para adaptar las operaciones en Latinoamérica a las normas de Rainforest Alliance, deben haberse visto como una sangría.
Pese a eso, en última instancia, la inversión les salió a cuenta. El cálculo está en Green to Gold, un libro-guía de Daniel Esty y Andrew Winston para que los tiburones de la industria se vuelvan ecologistas y ganen dinero al mismo tiempo. En la sección dedicada al caso de Chiquita y Rainforest Alliance, Esty y Winston comparan lo que la empresa gastó con los cien millones que sus gerentes calculan haber ahorrado, producto de tener sus cuentas en orden, usar menos plaguicidas, cuidar la salud laboral y reciclar. “La productividad por finca subió 27 por ciento y el costo por caja de banano bajó doce por ciento”. La certificación resultó, obviamente, un buen negocio para Chiquita.
Luis Garnier destaca que, “como consecuencia de las prácticas en manejo sostenible, hemos visto una mejora en la eficiencia, en los rendimientos, y una disminución en los costos. Pero fue a través de los años. En los primeros años, se requirió una enorme inversión en infraestructura en todas las fincas para llegar al nivel de certificación”. Por eso, el caso de Chiquita y Rainforest Alliance se estudia hoy en las escuelas de negocios.
Es mi última semana en Costa Rica y salgo en busca, una vez más, del incansable Chris Wille. Lo encuentro en una gira por la región templada y montañosa del sur del Valle Central, donde la multinacional Nestlé organiza una gira por plantaciones cafetaleras para dieciocho periodistas europeos.
Caminando entre los arbustos rebosantes de las pequeñas frutas rojas del café, Chris Wille contesta preguntas de un periodista de una revista portuguesa que, como sus colegas de Holanda, Bélgica, España o Francia, vino a conocer las plantaciones de donde sale el contenido de las cápsulas de aluminio del exclusivo y exquisito Nespresso.
—Creo que debemos ir lentamente, paso a paso con los productores, trabajando con ellos, no considerándolos el enemigo —le dice Chris al periodista portugués.
—Y en un sentido personal, ¿qué lo mueve?, ¿qué le da energía a usted para hacer todas estas cosas?
Chris no deja de caminar por la finca con el largo tranco de sus botas vaqueras mientras piensa en la respuesta. Tiene poco tiempo, porque el relacionista público de Nespresso está llamando a los reporteros a un claro en la plantación, donde el dueño les contará sus tribulaciones.
—Es la posibilidad de mostrar que se puede plantar uno de los productos más consumidos de una forma amigable con el ambiente, que ayude a acelerar el desarrollo social y proteja la biodiversidad y las fuentes de agua, que ayude a moderar el clima y que, al mismo tiempo, ayude a los agricultores a ser más exitosos. Si se puede lograr todo eso al mismo tiempo, será la consecución de un sueño para cualquier ecologista, para un biólogo especializado en vida silvestre como yo y también para los que buscan el desarrollo social en el Tercer Mundo —lo dice así, de un tirón, mientras sortea raíces, charcos, piedras y terrones.
Por la tarde, cuando termina la gira, me siento con Chris en el bus de vuelta a San José. Ahí me habla de sus próximos planes: la certificación de actividades turísticas. Ya hay unos doscientos sellos de calidad y sustentabilidad en turismo, pero Chris Wille cree que Rainforest Alliance puede traer un verdadero cambio. También la gente se alzó de hombros cuando su ong comenzó con la certificación de madera en los ochenta y con el sello agrícola en los noventa. Ahora es el tiempo del turismo sustentable.
Chris parece tener todos los números en la cabeza. Habla de trece mil empresas ya certificadas, “desde pequeñas operaciones familiares hasta las más grandes corporaciones”. Para conservar lo que más valoran, la credibilidad, Rainforest ha entrenado a cientos de certificadores y conserva unos cien en activo.
La mayoría son reconocidos agrónomos, biólogos e ingenieros forestales, como Héctor Brenes o Marta Marín.
Ya vamos llegando a San José. Las montañas de café dieron paso a los pastizales con vacas aburridas, los arrabales del Valle Central y finalmente las casitas que trepan laderas y bajan barrancos, la desordenada pobreza de la capital. Cada vez menos árbol y más cemento.
—¿Cómo empezó todo? —le pregunto casi al final del recorrido, en la esquina del céntrico Parque Morazán.
—Recuerdo un viaje desde San José hacia el Caribe, con Diane, y el corazón se nos estrujó viendo esas bolsas azules tiradas en los ríos y los canales. Y nos dijimos, ¿podemos hacer algo? No queríamos contentarnos con pequeños parches de bosque. ¿Por qué no tratamos de cambiar aunque sea un poco el 95 por ciento, en vez de contentarnos con lo sostenible que es el cinco por ciento?
—¿Y llegaron a donde querían?
—Llegamos donde pudimos. Empujamos a las empresas bananeras tan lejos como percibimos que podían llegar.
En una negociación siempre se llega a un punto intermedio. Chiquita tiene más de cien años y, en los últimos quince, cambió mucho más que en toda su historia pasada.
Ya estoy en el aeropuerto de San José, esperando embarcar de vuelta a Barcelona, donde vivo. Los documentos, libros, folletos y cuadernos de notas que me llevo para escribir este reportaje hinchan la mochila que me rompe la espalda.
El viaje es larguísimo. Horas de cola en migración en el aeropuerto de Miami, pasadizos interminables en la dura madrugada de Ámsterdam. Por fin, el tercer y último tramo. El avión está por aterrizar en Barcelona y una azafata me despierta con la bandeja de los cafés.
Dormido, desmelenado y lagañoso, trato de enfocar el vaso donde humea el café de KLM y desde el plástico me saluda una figura conocida: es la ranita de Rainforest Alliance, que certifica los cafés que se sirven a bordo de la aerolínea holandesa.
A los seis, un maestro llevó a Chris a visitar un mariposario y a hablar con el experto en lepidópteros. “Ese hombre me cambió la vida. Me habló sobre las mariposas, sobre su trabajo, sobre la importancia de conservar la vida silvestre”. En su primer año de primaria, Chris ya sabía con total certeza a qué quería dedicarse el resto de su vida.
En la universidad estudió Ciencias Ambientales y Periodismo, y empezó a trabajar en organizaciones conservacionistas, donde conoció a Diane Jukofsky, una militante tan dedicada como él. Se casaron y en 1987 participaron con unos amigos de ideas afines en un sueño de futuro incierto: fundar su propia ONG.
La llamaron Rainforest Alliance. “Éramos un grupo de activistas, científicos, periodistas y militantes por los derechos de los indígenas, preocupados por la destrucción de los bosques tropicales”, rememora Wille. “Estábamos convencidos de que era el tema central de nuestra época: la pérdida de biodiversidad es para siempre y seguimos perdiendo tres especies cada hora”.
Según su lema, Rainforest Alliance “trabaja para conservar la biodiversidad y asegurar que las comunidades se ganen el sustento de forma sostenible mediante la transformación de prácticas de uso de suelo, empresariales y de consumo”.
A principios de los noventa, Chris y Diane decidieron que no podían quedarse en Nueva York mientras el bosque seguía desapareciendo. Querían concienciar al público de los países más afectados y contar sus historias del sur a la sociedad norteamericana. Fue así como se instalaron en San José de Costa Rica, donde abrieron el Centro de Periodismo Ambiental.
Allí fue donde me los encontré a principios de 1993. Fui a entrevistarlos en San José para una agencia de noticias.
Chris era muy alto, con gestos lentos y seguros de hombre de campo o de veterano del rock. Llevaba jeans y botas de trabajo, tenía unas manazas enormes y su cara sonriente estaba surcada de viento y de arrugas. Pese a no ser una ONG combativa, Rainforest Alliance reconocía el valor de la denuncia. Aquella entrevista tuvo que ver con la deforestación llevada a cabo por las fincas ganaderas y la agricultura intensiva, sobre todo las bananeras.
Me gustaron sus ideas y, durante tres años, impartí talleres y participé en actividades del Centro de Periodismo.
Por esa época, Chris colaboraba con la revista para jóvenes de la National Wildlife Federation, Ranger Rick. En sus páginas instaba a los pichones de conservacionistas a escribirle cartas a los mandamases de las grandes compañías bananeras (Chiquita, Dole y Del Monte) con fotos de tortugas marinas muertas. Las tortugas se enredaban en las bolsas de plástico azul llenas de pesticida que, después de ser usadas para cubrir los racimos de banano, se echaban a los canales y de ahí iban a parar a los ríos y las playas de deso-ve de las tortugas. La oficina del director general de Chiquita Brands se inundó de cartas de niños airados.
Quince años más tarde, Rainforest Alliance y Chiquita son aliados. La ONG con un sello socio-ambiental cada uno de los bananos de la multinacional. En cada uno de los 2 500 millones de bananos que salen al mercado cada año desde las fincas latinoamericanas de Chiquita, se puede ver el logo de Rainforest Alliance: una ranita verde.
¿Cómo fue que Chris Wille y su organización ambientalista empezaron con esa campaña y terminaron dándole una certificación de buena conducta a Chiquita, el más tristemente célebre de los pulpos bananeros?
Para responder a esta pregunta, estoy otra vez en la casa de Chris Wille en un barrio de clase media de San José. Vive en la misma casa pequeña, tiene el mismo coche y creo que calza las mismas botas que cuando lo vi por última vez, hace más de diez años.
Pero, primero, hace falta un poco de historia bananera.
Todo en el miserable caserío era monótono y desagradable. Las dos filas de campamentos, una frente a la otra a ambos lados de la línea, exactamente iguales todos: montados sobre basas altas; techados de zinc que chirriaban con el sol y sudaban gotillas heladas en la madrugada ...
Al frente, los sucios corredorcillos en los que colgaban las hamacas de gangoche, lucias y deshilachadas por el uso constante. Arriba, colgando de los largos bejucos, tendido de punta a punta en los corredores, chuicas sucios y sudadas, casi deshaciéndose. Abajo, infestándolo todo, el suampo verdoso”.
Trabajo extenuante, condiciones difíciles de soportar, paga escasa, un universo de hombres solos, escapados del hambre y hundidos en la soledad compartida. Ése era el mundo de la bananera en los años treinta, descrito por el zapatero y activista revolucionario Carlos Luis Fallas. Calufa —el seudónimo con el que quedó en la historia de la literatura costarricense— viajó al sur del Caribe de su país, donde la bananera imperaba con poder absoluto, como dirigente del sindicato comunista para colaborar en la organización de la gran huelga de 1934. De ahí surgió su gran no-
vela Mamita Yunai (1941). El párrafo precedente muestra el ambiente asfixiante de “la zona” y el vigoroso estilo de Fallas. Mamita Yunai fue elogiada por Neruda, traducida a una decena de lenguas, y es hoy lectura obligada en los colegios de Costa Rica.
Yunai es la forma amargamente familiar para referirse a la compañía: la United Fruit Company (UFCo.), la bananera por excelencia, la que dio nombre al concepto y la metáfora de la República Bananera para referirse a los gobiernos centroamericanos que seguían sus dictados. Hasta el lenguaje de “la zona” sigue impregnado del inglés de la bananera: “suampo”, el pantano de humedad que cala los huesos, viene de swamp, y las viviendas de los hombres solos al lado de la plantación que describe Calufa se siguen llamando “baches”, que proviene de bachelor, soltero.
La UFCo. nació en 1899, cuando la Boston Fruit Company, que exportaba bananos de Jamaica desde 1870, se fusionó con las plantaciones que acompañaron la apertura del ferrocarril desde San José al Caribe. Se fue haciendo de miles de hectáreas en Costa Rica, Honduras y Panamá, desde donde dominó la política, la economía y la vida social de la región. En la década de 1930, la compañía era dueña de 1.44 millones de hectáreas. Según el antropólogo Philippe Bourgeois, la mayor parte de esa tierra no fue cultivada. Era una estrategia para evitar la instalación de competidores.
Durante gran parte del siglo xx, la United Fruit trajo empleos, infraestructura, modestos centros de salud y una mínima estabilidad a un proletariado centroamericano empobrecido hasta la de-sesperación por las propias élites criollas. También reprimió salvajemente huelgas como la de 1928 en el Caribe colombiano, recreada con hipérboles geniales por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.
Su legendaria Gran Flota Blanca de barcos refrigerados llevó millones de bananos a Estados Unidos y Europa, y además participó, según reza la página web de la compañía, “en las dos guerras mundiales, en el derrocamiento en 1954 del gobierno de Guatemala y en la fracasada invasión estadounidense contra Cuba en 1961”. Tanto el golpe de estado contra Jacobo Arbenz promovido por la cia como el desembarco en Bahía de Cochinos fueron acciones contra gobiernos que habían limitado o eliminado las inmensas prerrogativas de la compañía.
Nadie se metía impunemente con los intereses de la Yunai.
Pero a partir de los cincuenta, las cosas empezaron a ir mal para la compañía. En 1958, una decisión judicial antimonopolios en Estados Unidos la obligó a vender buena parte de sus propiedades en Guatemala a la Standard Fruit (hoy Dole). En 1972, otra sentencia le forzó a vender el resto a Del Monte. En los setenta, un escándalo de sobornos en Honduras hizo caer en picada las acciones de la compañía y su presidente se tiró del balcón de su oficina en Nueva York. En los noventa, la Unión Europea introdujo un sistema de cuotas y altas tasas para beneficiar la producción bananera de las ex colonias europeas.
Por perder, perdió hasta el nombre. De United Fruit pasó a United Brands en 1970 y, dos décadas más tarde, toda la empresa tomó el nombre de su producto emblema: la banana Chiquita, que partía de un diseño publicitario de 1944 con el dibujo de una briosa bailarina con frutas tropicales en la cabeza, llamada Miss Chiquita.
Los noventa fueron malos tiempos para Chiquita y para el banano latinoa-mericano en general. Los precios bajaban por el aumento de la oferta y los aranceles europeos reducían aún más los márgenes de ganancia. Chiquita entró en quiebra. Fue entonces cuando las tres grandes bananeras recibieron una curiosa invitación de Chris Wille.
En su carta, Rainforest Alliance invitaba a Chiquita, Dole y Del Monte a entrar en un proceso de certificación socio-ambiental. La ONG evaluaría su desempeño en cuidado del ambiente, uso de agroquímicos, salud laboral y condiciones sociales de los trabajadores, les ayudaría a llegar a los estándares requeridos y, si cumplían, les daría un certificado de buena conducta.
La oferta representaba un paso iné-dito: Rainforest buscaba trabajar con corporaciones habitualmente denunciadas por otras organizaciones ecologistas e iniciar un proceso que podría terminar con algo comparable a una medalla o un premio. Nada más alejado de la línea habitual de trabajo de ONGS como Greenpeace o Rainforest Action Network, que buscan hacer cambiar a las empresas y a los gobiernos mediante la denuncia, la presión y los boicots.
Es que, desde el principio, la organización de Chris Wille había sido distinta. Sus activistas pensaban que habría más cambios si trataban a las empresas por las buenas que por las malas. “Darles un aliciente para que cambien, mostrarles que, si hacen las cosas bien, también pueden tener un premio”, explica Wille.
Para evitar que se talaran bosques tropicales, premiaban con certificados a las compañías madereras que demostraban buen manejo forestal. Y en agricultura, ya habían certificado pequeñas fincas y cooperativas locales. Pero nunca habían trabajado con compañías de las dimensiones de las grandes bananeras.
“¿Tenían en claro —le pregunto a Chris— los peligros de ofrecerle una medalla de buena conducta a Chiquita, el heredero de la mismísima United Fruit?”.
“Lo teníamos claro —me dice Chris con su proverbial tranquilidad—. Teníamos que intentarlo, porque el 95 por ciento de las bananas son de Chiquita y las otras grandes. Podíamos quedarnos contentos trabajando con unas pocas fincas pequeñas y mostrarlas como buenos ejemplos y seguir señalando con el dedo a los malos, pero queríamos tener impacto. Aun si los cambios son lentos y no muy radicales, la mejora en el ambiente, la salud y el bienestar de los trabajadores afecta a muchas más personas”.
Chiquita, sorpresivamente, dijo que sí a la propuesta de la ONG. ¿Por qué? Smart Alliance, un libro de Pat Scharlin y Gary Taylor sobre el curioso acuerdo entre la multinacional agroalimentaria y la ONG ambientalista, intenta contestar esta pregunta.
La historia negra de Chiquita se estaba convirtiendo en un lastre demasiado grande en este mundo nuevo de consumidores concienciados, ONGS militantes que llenan de denuncias sus páginas web y grandes cadenas de supermercados que quieren ganar ventajas sobre sus competidores con apelaciones al cuidado del ambiente y el trato justo a trabajadores del Tercer Mundo.
“Con la globalización —dicen Tay-lor y Scharlin— las compañías de todo tipo se enfrentan a un aumento de las expectativas públicas y a una continua desconfianza de las motivaciones de las grandes corporaciones. Los activistas exigen códigos obligatorios de conducta empresarial”. En este entorno, Chiquita decidió emprender una ambiciosa huida hacia delante.
La empresa invirtió veinte millones de dólares en implementar sistemas de recogida y reciclaje de basura, protección de suelos, limitación y almacenaje seguro de pesticidas y fertilizantes inorgánicos, ropa adecuada y salud ocupacional para quienes manipulan productos químicos.
Hoy, a quince años de comenzar el proceso, todas las fincas propiedad de Chiquita en América Latina están certificadas con el sello Better Banana de Rainforest Alliance, todas las bananas de Chiquita llevan una pequeña etiqueta con la ranita verde símbolo de la ONG y, a partir de 2000, la empresa va por el premio mayor: la certificación de todas las fincas independientes que venden sus bananos a Chiquita, que producen dos tercios de lo que la multinacional comercializa por el mundo.
Cada año, 25 millones de cajas de bananos de 18.2 kilos, con un promedio de cien frutas cada una, salen al mercado con el sello ambiental de Rainforest Alliance. Se trata de 2 500 millones de bananos.
Son las seis de la mañana de un jueves de agosto y voy camino a una finca de Chiquita certificada por Rainforest Alliance. Con el madrugón se me agolpan las preguntas y las dudas. Por suerte, pasamos a desayunar café fuerte, tortillas, arroz y fríjoles negros, después de atravesar la imponente selva vertical, brumosa y verdeoscura del Parque Nacional Braulio Carrillo.
Al salir de las montañas se abre a la vista el interminable paisaje de las bananeras, el mar verde de hojas oscuras y correosas mecidas por la brisa caliente del trópico. Cada tanto, un laurel, una acacia o un madero negro se yerguen como solitaria memoria de lo que fue esta zona cuando estaba cubierta de bosques.
Lo primero que llama mi atención en la pared de la oficina administrati-va de la finca San Alberto, que Chiquita muestra con orgullo en Guápiles, en el Caribe costarricense, es un cartel donde destacan los dibujos de Miss Chiquita, con frutas en la cabeza y la rana verde del grupo ambientalista. “Cada racimo de banano puede llevar la etiqueta de Rainforest Alliance, lo que nos hace crecer con orgullo, como… una rana”.
Me han invitado a una gira fuera de lo común. Está a cargo del ingeniero forestal Héctor Brenes, profesor de la Universidad Estatal a Distancia, máster en manejo de bosques por la Universidad de Oxford y uno de los más veteranos y respetados certificadores de Rainforest Alliance. A lo largo de la última década, Brenes participó en la certificación de numerosas fincas de Chiquita.
La gira se organizó a pedido de una organización suiza que da sus propios certificados de comercio justo. Quiere que uno de sus funcionarios, Ueli Ramsaier, conozca de primera mano el programa.
Chris Wille sabe que la organización suiza, llamada Max Havelaar, ha sido muy crítica del sello socio-ambiental otorgado a la transnacional.
Hace más de una década que visito plantaciones de banano como periodista especializado en medio ambiente, pero cada vez que lo hago, me invade una sensación sobrecogedora cuando comienzo a caminar entre las plantas (los bananos no son árboles, sino los más grandes arbustos que se conocen). Al dar los primeros pasos, la tierra del bananal se abre blanda, porosa, minada de hojas y tallos. El calor implacable del sol se filtra entre las hojas y hace subir lentamente el sudor de la tierra. Los trabajadores, fibrosos, morenos, están siempre empapados de gotas que se vuelven hilos que bajan hasta las botas de goma o de cuero retorcido.
Ueli Ramsaier y yo nos quedamos unos pasos detrás de Héctor y los gerentes de la planta, para hablar con un trabajador que va subiendo a una planta con una gran escalera. Su tarea es colocar una bolsa azul de plástico sobre cada mata de banano. Hoy comenzó a trabajar a las cinco y media, con el frescor de la madrugada, como desde hace 38 años, como a los 17, cuando inició su vida de peón bananero. A las tres de la tarde, terminará de llenar unas cien bolsas, “a veces más”. Las bolsas azules llevan químicos —“veneno”, dice el hombre—, quien nos recita con cansada parsimonia su nombre, aunque prefiero no escribirlo aquí.
Como muchos en la zona, el hombre trabajó para la Standard Fruit Company por más de una década y ahí se envenenó con el nemagón, un plaguicida prohibido en Estados Unidos que esa transnacional siguió usando durante años en el trópico. El nemagón lo dejó estéril, le afectó la vista y le provocó fuertes y constantes dolores de cabeza.
El hombre nos muestra los guantes y la mascarilla que usa para aplicar los productos químicos. “Antes no teníamos ni ropa, ni mascarilla, y las manos nos quedaban tan negras que nos costaba mucho lavarlas”. Ahora son los guantes los que quedan negros.
—¿Qué es lo que más cambió desde el 92 hasta ahora? —le pregunté días más tarde a Luis Garnier, gerente de Responsabilidad Corporativa de Chiquita en Costa Rica, en una maratónica entrevista en su oficina en San José.
—Yo diría que todo lo que tiene que ver con la parte de salud ocupacional, manejo de sustancias peligrosas, con todo lo que conlleva: manejo de bodegas, almacenamiento y aplicación de agroquímicos, uso de protección de equipo adecuado para manipular agroquímicos, entrenamiento de la gente…
Ueli Ramsaier, el químico ambiental Clemens Ruepert, de la Universidad Nacional de Costa Rica, y otras fuentes que consulté, estuvieron de acuerdo en que la principal mejora que trajeron las normas de Rainforest Alliance se produjo en el campo de la salud ocupacional. Chiquita no eliminó los plaguicidas, pero los limitó sensiblemente e implementó en todas sus plantaciones sistemas estrictos de control de los depósitos, ropa especial y capacitación para los que la aplican, lavado post-aplicación tanto para los trabajadores como para la ropa, y costosos sistemas para limitar el uso de productos químicos.
En su informe tras la visita, Ramsaier puntualizó como un cambio muy positivo la eliminación de herbicidas para combatir las especies malignas que proliferan a ras del suelo entre los bananales.
En su lugar, están plantando en todas las fincas oreja de ratón, una hierba benigna que compite con la maleza. “La progresiva instalación de oreja de ratón en las treinta fincas de Chiquita en Costa Rica para 2010 es un cambio visionario y una gran mejora para el ambiente, que hará obsoletos los herbicidas”, dice Ramsaier en su informe.
Aunque mejor protegido de los productos químicos, el embolsador no está muy satisfecho con su sueldo. Nos dice que las condiciones de salud y de protección ambiental son aquí mejores que en otras plantaciones, pero que gana unos 6 500 colones (unos doce dólares) por día: entre 250 y 300 dólares por mes, similar a lo que se gana en otras fincas de la zona.
Aunque es superior al sueldo mínimo para el peón agrícola en Costa Rica, este trabajador y otros con los que hablé más tarde dijeron que era insuficiente para hacer frente al creciente costo de la vida.
Es una de las razones por las que empresas como Chiquita no encuentran trabajadores tan fácilmente como antes. La construcción y el turismo pagan mejor, y el trabajo no es tan duro.
Seguimos caminando por la finca y vamos cruzando puentes sobre los hondos canales que surcan la plantación. Como me había explicado Chris Wille, el paisaje de los canales ha cambiado por completo: están limpios, ya no se ven las bolsas azules, los mecates (cuerdas) y la basura orgánica que los cubría en el pasado. Y Oscar Bonilla, el jefe de Responsabilidad Corporativa de la zona, señala los escalones de plástico que forman el puente. “Ahí están las bolsas, recicladas”.
Las bolsas azules se colocan catorce días después del florecimiento (el nacimiento de los minúsculos bananos). Doce semanas más tarde viene el trabajo más agotador: cortar cada racimo de unos veinte kilos, llevarlo en la espalda y colgarlo en uno de los 25 ganchos que aguardan en un riel elevado que recorre toda la finca. Una vez que los 25 racimos están sujetos, uno de los trabajadores se ata una cuerda a la cintura y camina, sudando a mares y volcado hacia adelante como si estuviera en una tormenta de nieve, tirando del cable tenso los 500 kilos de banano hasta la planta de selección, lavado y empaque.
Cuando llegan a las piletas de lavado, comienza el trabajo de las mujeres. Se la pasan horas de pie, con las manos enguantadas en el agua, con un intervalo de media hora para comer. Otra innovación debida al sistema de certificación ambiental es que la fruta no apta para exportación ahora se envía a una planta que procesa puré de banano. Así se recicla y se ahorra mucho desperdicio.
Una vez cortadas las manos de banano, éstas navegan hasta el final del piletón, donde otras mujeres las colocan en cajas que se numeran, se condecoran con el sello de la rana verde y de allí al camión, al puerto, al buque refrigerado. Todos trabajan a gran velocidad. Rara vez pasa más de un día desde que el peón corta el racimo hasta que el banano empaquetado reposa en la bodega del buque. El banano es el fruto más perecedero y no pueden pasar más de tres semanas desde su corte hasta la consumisión en casa del comprador, en Polonia, China o Canadá.
Ueli Ramsaier está muy interesado en las condiciones de trabajo y la libertad sindical, una fuente constante de críticas de las ongs europeas a las grandes bananeras. El certificador Héctor Brenes le explica que, además de los criterios ambientales (protección de fuentes de agua, preservación de la vida silvestre, limitación de agroquímicos, protección y capacitación de los trabajadores), las normas que impone Rainforest Alliance incluyen el trato digno, pago justo, libertad de organización y prohibición de trabajo de menores.
—¿Pueden los trabajadores ser miembros de sindicatos? —pregunta Ueli.
—Por supuesto —responde Jessy McCarthy, encargada de producción de la finca.
—¿Y cuántos trabajadores sindicalizados hay en este momento?
—Ninguno.
El gerente Luis Garnier me aseguró después que, si bien el nivel de sindicali-
zación de los trabajadores es bajo en Chiquita, como en casi todas las fincas agrícolas de Costa Rica (alrededor del 15%, según la Coordinadora de Sindicatos Bananeros), sigue siendo la transnacional más sindicalizada del país. También indicó que tiene niveles mucho más altos de afiliados en otros países, como Honduras y Panamá, y que es la única gran bananera que firmó un acuerdo global con la federación latinoamericana del ramo, Colsiba, en 2001.
Pero Ueli se alarma cuando se entera del sistema de contratación de la finca. San Alberto es una de las fincas donde los trabajadores son contratados y despedidos cada cinco meses. La compañía asegura que entre treinta y cuarenta por ciento de los empleados de las fincas está en esta situación. “Lo pidieron los mismos trabajadores y es el sistema que había antes de que Chiquita comprara la finca”, explica Bonilla, el jefe de Responsabilidad Corporativa. Así tienen unos días libres entre contrato y contrato, así cobran un pequeño seguro de desempleo, así pueden dejar el trabajo cuando quieran, me explicó Garnier.
—¿Pero con este sistema no pueden dejar de recontratar a los que ya tienen cuarenta, cincuenta años, y a los sindicalizados?
—No hacemos eso, no discriminamos —dice Garnier. Pero me comenta que él preferiría que todos los trabajadores tuvieran contrato indefinido.
De vuelta en la entrada a la finca San Alberto, Bonilla, McCarthy y un puñado de encargados nos ofrecen agua de pipa para bajar el calor del mediodía. Un peón corta las pipas —similares a cocos y del tamaño de un balón de futbol—, les abre un hueco de un tajo del machete del que los trabajadores nunca se separan, y nos da una a cada uno, acompañada de una sonrisa contagiosa.
—¿Nunca comen banano? —le pregunto a Jessy.
—De la plantación sale siempre verde y sería peligroso por las plagas que maduran acá. De los millones de bananos que salen, acá no se come ninguno.
En las semanas que pasé en Costa Rica, Rainforest Alliance no llevó a cabo ninguna evaluación de plantaciones bananeras. Como yo quería ver de primera mano un proceso de certificación, Héctor Brenes me invitó a acompañarlo en su visita a cinco fincas de helechos pertenecientes a Floreal, una empresa costarricense que produce, compra y comercializa el helecho hoja de cuero, del que Costa Rica es el primer productor mundial. Durante tres días, seguí a Héctor mientras miraba, preguntaba, olía, metía las narices en depósitos y tambores, y tomaba notas en una planilla. En ella figuran noventa indicadores distribuidos en diez temas sobre los que cada evaluador debe calificar el desempeño de la finca.
Es la versión 2005 de la “Norma con indicadores para Agricultura Sostenible”, elaborada por Rainforest Alliance junto con sus ocho socios latinoamericanos. Organizaciones conservacionistas de México, Colombia, Brasil, Ecuador, Guatemala, Honduras, El Salvador y Belice forman, con el grupo de Chris Wille, la Red de Agricultura Sostenible, que viene elaborando sucesivas versiones de sus criterios socio-ambientales desde hace más de tres lustros. Entre bananas, café, piña, cacao, naranjas, flores y helechos, ya llevan certificadas más de 181 500 hectáreas cultivadas.
En cada finca de helecho, Héctor se reunió a solas con los trabajadores:
¿Tienen contrato? ¿Cuánto les pagan? ¿Forman parte de un sindicato? ¿Los capacitaron en manejo de productos agroquímicos? ¿Tienen equipo adecuado?
En la pequeña finca El Rincón, cerca del aeropuerto internacional de San José en el Valle Central costarricense, le pregunté al dueño, Luis Diego Argüello, cuántas de estas normas son iguales y cuántas más estrictas que las que impone la ley.
La mayor parte son cosas que la legislación no exige, me confió. “Estas reglas van mucho más allá de lo que marca la ley”.
—¿Y cada cuánto vienen los ministerios de Salud, Trabajo y Medio Ambiente para fiscalizar su finca?
—En los 27 años que llevo como dueño de esta plantación, no vinieron nunca.
En los días que siguieron llamé a la directora de Gestión de Calidad Ambiental del Ministerio de Medio Ambiente, María Guzmán, y al director de Protección del Ambiente Humano del Ministerio de Salud, Eugenio Androvetto. Ambos reconocieron que sus departamentos no tienen el personal ni el presupuesto para llevar a cabo auditorías como las de Rainforest Alliance y los otros certificadores.
Estos funcionarios y otros expertos me transmitieron la idea de que la certificación pactada entre una empresa y una ONG cubre un vacío y que, en general, produce una sensible mejoría, sobre todo en temas ambientales y de salud. En lo que los expertos no se ponen de acuerdo es en el espinoso tema de si estas mejoras ameritan el otorgamiento de medallas, sellos o certificados de buena conducta.
En las plantaciones de helechos, lo mismo que en Chiquita, el sistema de certificación consiste en visitas anuales a un número representativo de fincas.
En el puntaje incide la representatividad geográfica, el ver fincas nuevas y otras que debían mejorar de auditorías anteriores, y el azar. Hace dos años, Rainforest Alliance le quitó el sello a todas las fincas de helecho de Floreal porque una finca nueva no cumplía con las normas. Con esta auditoría de Héctor, la empresa demostró que había hecho los deberes y obtuvo una muy buena nota.
—¿Quién fue el auditor que les quitó el sello? —les pregunté.
—Marta Marín.
A la tarde siguiente, estoy sentado con Marta Marín en una concurrida confitería de San José. Co-mo Chris Wille y como Héctor Brenes, Marín tampoco se imaginó al comienzo de su carrera que terminaría evaluando multinacionales de la alimentación.
Cuando entró a la Universidad de Costa Rica, su pasión era la biología. Para su tesis estudió la vida de los manglares. Soñaba con delfines y ballenas.
Fundó una empresa de consultoría ambiental y, poco a poco, se fue especializando en auditoría ambiental. Marín puede hablar con conocimiento de causa de sistemas de certificación. En su labor de auditora los aplicó todos.
Comenzamos hablando del sello más conocido: el orgánico. Es el viejo sistema de producción sin productos o agentes químicos, un favorito de los consumidores con conciencia ecológica. “Es muy riguroso en lo químico y en la salud ocupacional, pero no mide el trato a los trabajadores”, puntualiza Marín. El sello orgánico es el más popular entre los certificados ambientales y su norma es la más clara: nada de productos agroquímicos. Pero es muy difícil de lograr en el caso del banano por la dificultad de prescindir de pesticidas.
El otro gran sistema de certificación es el de comercio justo, el de la organización de Ueli Ramsaier. Al revés que la orgánica, la etiqueta de comercio justo no se fija tanto en el ambiente, sino en las condiciones de trabajo y en el reparto de beneficios. Por eso, las empresas que venden sus productos a su ONG, Max Havelaar, son cooperativas, donde los trabajadores son dueños y deciden cómo se distribuyen las ganancias y cómo se organiza el trabajo. “Es darles poder a los trabajadores”, me explicó Ramsaier cuando lo llamé a Suiza para hablar de nuestra gira en Costa Rica. “Aunque, igual que con el sello de Rainforest Alliance, no siempre llegamos a cumplir nuestros objetivos. Es un camino largo”.
Marta Marín considera que el sello de Rainforest Alliance “es el más completo, toca tanto aspectos ambientales como sociales. Desde el principio me gustó lo global que era la norma, que cubría todos los aspectos. Además, ayuda y acompaña al productor a mejorar. Premia los avances, pero empuja a mejorar cada vez más”.
Respecto de Chiquita, Marín asegura haber comprobado muchas mejoras en el terreno ambiental. Acerca de las frecuentes denuncias de los sindicatos por persecución de sus afiliados, empieza por recordar que es la única empresa del sector “que tiene el sindicato dentro. Recibimos denuncias, uno habla con los trabajadores, pide ver los documentos, las planillas, y en algunos casos vemos que la denuncia tiene buenas bases, pero en otros no”.
—¿Y qué hacen?
—No le podemos decir a la empresa lo que tiene que hacer. Pero le decimos: “Esto no está de acuerdo con la norma”.
El edificio donde atiende el sindicato bananero, en el centro de San José, parece hallarse en un país muy alejado del flamante barrio privado de oficinas, en las montañas suburbanas, donde se instala la sede corporativa de Chiquita Brands.
En la calle frente al edificio del sindicato, tirados o tambaleantes, se amontonan los perdedores de una guerra sin bombas. La vida les arrancó todos los dientes a trompadas y la droga barata los dejó en los huesos. Los edificios del centro se parecen a estos fantasmas de ojos hundidos. El negro del humo acumulado cubre el maltrato con que el tiempo empezó a morder la mejilla a estas paredes baratas. Todos los edificios están erizados de rejas y candados, como si hubiera mucho que robar. En las oficinas de Chiquita no hay tales rejas. Los ventanales se abren a un bulevar interno y arbolado.
Me recibe Ramón Barrantes, el responsable de la Coordinadora de Sindicatos Bananeros de Costa Rica, Cosiba. Es un hombre grande y moreno, de brazos fuertes y hombros cargados, de hablar pausado pero movido por el motor interno de la militancia. Nació en la norteña provincia de Guanacaste y a los diecisiete ya trabajaba de peón para Del Monte.
Barrantes entró al sindicato en una época de lucha, de sueños, de una América Central convulsa y movilizada. “Teníamos un 95 por ciento de afiliados. Los sindicatos presionaban, lograban convenciones colectivas como la que hubo en los ochenta con Dole, con mejores condiciones, higiene, vacaciones… —Ramón sabía que se exponía a represalias si se sindicalizaban— me mandaban a chapear lugares abandonados, me daban las labores peor pagadas, me mandaban a los cables más alejados”, pero su labor sindical era reconocida.
¿Y qué pasó? Hoy los sindicatos, con suerte, llegan al doce o quince por ciento de afiliación. Para Barrantes, varios factores contribuyeron a este desplome: la promoción de asociaciones “solidaristas” —no sindicales, sino de beneficencia y ayuda mutua, donde trabajadores y dueños aportan con fines sociales—, la formación de los llamados comités permanentes, la “presión para que los trabajadores no se afilien a los sindicatos” mediante la asignación de trabajos más duros, la falta de ascensos y los despidos, y unos vientos políticos y económicos que en los noventa soplaron hacia el individualismo y la libre empresa, y en contra del comunismo y las asociaciones sindicales.
En julio pasado, Cosiba envió a Rainforest Alliance una copia de la denuncia presentada por la “persecución sindical” de ocho trabajadores despedidos, cesantías que el sindicato vincula al hecho de que los obreros estaban afiliados. Ramón Barrantes asegura que la disminución drástica de la afiliación, y consecuentemente de la capacidad de negociación de los sindicatos, ha hecho que las condiciones de trabajo en las bananeras hayan desmejorado. Y piensa que las certificaciones no ayudan a los trabajadores.
—¿En nada?
—En nada.
Barrantes hace hincapié en el hecho de que empresas como Chiquita pagan el servicio de auditoría. “Quien paga el baile, manda la música. No van a pagar para que les den un resultado negativo”, razona.
Según el sindicato, el pago de la auditoría implica una fuerte alianza, por la importancia que esos ingresos tienen para los certificadores. Cada año, Chiquita paga a Rainforest Alliance 120 mil dólares, a razón de 7.5 dólares la hectárea. Sin embargo, también los certificadores orgánicos y de comercio justo cobran por su auditoría y representantes de los tres sistemas aseguran, obviamente, que el pago no garantiza el resultado.
Tres días más tarde, estoy viajando en autobús al corazón del territorio bananero. El bus pasa por Guápiles y, 37 kilómetros más adelante, llega a su destino: Siquirres. Aquí hace aun más calor que en la zona de la finca San Alberto. La cercanía del Caribe se adivina en los viejos caserones de madera pintados con tonos pastel, en su mayoría descascarados, pero aún majestuosos. Frente a la estación de autobuses chirría la modernidad: tiendas de juegos electrónicos, de reparación de celulares y computadoras. Una casa de madera que apenas se tiene en pie, con techo de zinc oxidado, promete seis fotos rápidas. En la Librería de Dios, un gran póster muestra a una niña muy rubia que estruja una oveja de ojos grandes. En la radio atruena el reggaeton.
Donde termina el asfalto y empieza el fin de la ciudad encuentro con facilidad la oficina donde trabaja el secretario de Salud Ocupacional y Medio Ambiente de Sitrap, el sindicato bananero en la Zona Atlántica. Carlos Arguedas levanta la cabeza de su computadora.
Con sus anteojos rotundos, su camisa blanca y su tono medido, parece un viejo maestro de escuela. Como ya empezará a caer la tarde, me lleva sin dilación a las plantaciones. Por el camino, me cuenta algo de su historia.
Como el trabajador de San Alberto y como miles más, Carlos también fue víctima del nemagón. Le afectó los testículos, la vista y le provocó jaquecas interminables. Empezó a luchar por la salud de los trabajadores como afectado. En una ciudad que depende en gran medida de las multinacionales agrícolas —últimamente se han instalado muchas piñeras y Arguedas dice que son peores que las bananeras— no lo tuvo fácil en su trabajo de oposición a las empresas que le dan de comer a la población. “Me han llamado traidor a la patria y gente poderosa llegó a amenazarme”, dice.
Arguedas piensa que las certificadoras como Rainforest Alliance han traído algunos resultados positivos en protección de fuentes de agua, reforestación, tratamiento de desechos y equipo de protección contra productos agroquímicos. “Son cambios positivos, aunque pequeños”, como el uso de computadoras para que las avionetas que fumigan las plantaciones detengan automáticamente la lluvia de productos químicos en el momento en que termina el sobrevuelo sobre los bananos y comienza la zona de viviendas.
Otros ecologistas costarricenses con los que hablé me dijeron cosas parecidas. Desde una posición más combativa que colaboradora con los empresarios, Gino Biamonte, el director ejecutivo de la Asociación Preservacionista de Flora y Fauna Silvestre (Apreflofas), piensa que hoy los bananeros tratan de hacer las cosas “de una mejor manera que en el pasado, usan menos productos químicos y los que usan son menos dañinos. Pero para nosotros, el problema no es cultivar banano causando menos daño, sino el mismo monocultivo, ya sea banano, piña o palma”.
Biamonte piensa que los pasos dados por las empresas certificadas son positivos, pero insuficientes. Prefiere que la tierra se deje como bosque o, como mínimo, que se destine a la producción orgánica.
A la entrada de Finca Manzanillo, un gran cartel da la bienvenida a Zona Monteverde (que comprende cuatro fincas). Sobre él, se yergue otro más pequeño con el logo de la ranita. “Es la última rana que vas a ver”, comenta Carlos.
Los gerentes de Chiquita dicen que pueden verse ranas, serpientes y algunos pájaros en las bananeras, pero los sindicalistas Arguedas y Barrantes aducen que la cantidad de pesticidas que sigue empleando la empresa acaba con la vida silvestre.
Las fincas aparecen cuidadas, sin basura, con arbustos en los lindes de las plantaciones. Pero, tras bordearlas, llegamos a un pozo del que sube un humo espeso. Nos acercamos. En el pozo, de unos veinte metros por cinco, están quemando bolsas y recipientes de plástico, envases Tetrabrik y una manta de un material como el de las bolsas de dormir. Un trabajador eventual que vive cerca de la plantación me explica que suelen quemar cosas en ese pozo, pero que mandan una cuadrilla a cubrirlo cuando viene a verlo “gente de afuera”.
De salida, nos detenemos en un barrio de casitas frente al bananal. Cuatro señoras confirman que camiones con residuos sólidos se dirigen al pozo con regularidad y que el uso de esa área no es secreto, al menos para los choferes de la línea de autobús que ellas toman para ir a Siquirres. “Esta parada la llaman El botadero”, dice una de las señoras, bajando los ojos con pena.
¿Usted leyó Mamita Yunai?”, le pregunto al gerente de Responsabilidad Corporativa de Chiquita, Luis Garnier.
“Es todavía lectura obligatoria en los colegios. Y está bien, porque refleja parte de la historia del país. Lo que no cuenta es todo el legado que la compañía dejó en términos de infraestructura, servicios, mejorar la calidad de vida de alguna gente en algunos casos. A la par de eso hay cosas oscuras, indudablemente, pero el desarrollo del país en un inicio estuvo supeditado al desarrollo del enclave bananero”.
Garnier enfatiza que más allá de la historia, hay muchas cosas buenas que contar en los últimos años. Con las normas de Rainforest Alliance en la mano, fuimos repasando los diez capítulos y casi la mitad de las noventa normas. En la mayoría se produjeron cambios positivos en los últimos quince años.
Estos cambios tuvieron gran repercusión en la imagen de Chiquita. De acuerdo con encuestas recientes, los consumidores reconocen la ranita y aprecian los mensajes ambientales en la publicidad de la empresa. Sin embargo, Garnier asegura que el objetivo de los cambios no fue mejorar su imagen, ni siquiera agradar a los consumidores. “De hecho, empezamos a cambiar en 1992 y hasta el 2000, cuando el trabajo estaba hecho, no contratamos un encargado de prensa”.
A los ojos de los accionistas de Chiquita, la publicidad millonaria, las auditorías y, sobre todo, los veinte millones de dólares para adaptar las operaciones en Latinoamérica a las normas de Rainforest Alliance, deben haberse visto como una sangría.
Pese a eso, en última instancia, la inversión les salió a cuenta. El cálculo está en Green to Gold, un libro-guía de Daniel Esty y Andrew Winston para que los tiburones de la industria se vuelvan ecologistas y ganen dinero al mismo tiempo. En la sección dedicada al caso de Chiquita y Rainforest Alliance, Esty y Winston comparan lo que la empresa gastó con los cien millones que sus gerentes calculan haber ahorrado, producto de tener sus cuentas en orden, usar menos plaguicidas, cuidar la salud laboral y reciclar. “La productividad por finca subió 27 por ciento y el costo por caja de banano bajó doce por ciento”. La certificación resultó, obviamente, un buen negocio para Chiquita.
Luis Garnier destaca que, “como consecuencia de las prácticas en manejo sostenible, hemos visto una mejora en la eficiencia, en los rendimientos, y una disminución en los costos. Pero fue a través de los años. En los primeros años, se requirió una enorme inversión en infraestructura en todas las fincas para llegar al nivel de certificación”. Por eso, el caso de Chiquita y Rainforest Alliance se estudia hoy en las escuelas de negocios.
Es mi última semana en Costa Rica y salgo en busca, una vez más, del incansable Chris Wille. Lo encuentro en una gira por la región templada y montañosa del sur del Valle Central, donde la multinacional Nestlé organiza una gira por plantaciones cafetaleras para dieciocho periodistas europeos.
Caminando entre los arbustos rebosantes de las pequeñas frutas rojas del café, Chris Wille contesta preguntas de un periodista de una revista portuguesa que, como sus colegas de Holanda, Bélgica, España o Francia, vino a conocer las plantaciones de donde sale el contenido de las cápsulas de aluminio del exclusivo y exquisito Nespresso.
—Creo que debemos ir lentamente, paso a paso con los productores, trabajando con ellos, no considerándolos el enemigo —le dice Chris al periodista portugués.
—Y en un sentido personal, ¿qué lo mueve?, ¿qué le da energía a usted para hacer todas estas cosas?
Chris no deja de caminar por la finca con el largo tranco de sus botas vaqueras mientras piensa en la respuesta. Tiene poco tiempo, porque el relacionista público de Nespresso está llamando a los reporteros a un claro en la plantación, donde el dueño les contará sus tribulaciones.
—Es la posibilidad de mostrar que se puede plantar uno de los productos más consumidos de una forma amigable con el ambiente, que ayude a acelerar el desarrollo social y proteja la biodiversidad y las fuentes de agua, que ayude a moderar el clima y que, al mismo tiempo, ayude a los agricultores a ser más exitosos. Si se puede lograr todo eso al mismo tiempo, será la consecución de un sueño para cualquier ecologista, para un biólogo especializado en vida silvestre como yo y también para los que buscan el desarrollo social en el Tercer Mundo —lo dice así, de un tirón, mientras sortea raíces, charcos, piedras y terrones.
Por la tarde, cuando termina la gira, me siento con Chris en el bus de vuelta a San José. Ahí me habla de sus próximos planes: la certificación de actividades turísticas. Ya hay unos doscientos sellos de calidad y sustentabilidad en turismo, pero Chris Wille cree que Rainforest Alliance puede traer un verdadero cambio. También la gente se alzó de hombros cuando su ong comenzó con la certificación de madera en los ochenta y con el sello agrícola en los noventa. Ahora es el tiempo del turismo sustentable.
Chris parece tener todos los números en la cabeza. Habla de trece mil empresas ya certificadas, “desde pequeñas operaciones familiares hasta las más grandes corporaciones”. Para conservar lo que más valoran, la credibilidad, Rainforest ha entrenado a cientos de certificadores y conserva unos cien en activo.
La mayoría son reconocidos agrónomos, biólogos e ingenieros forestales, como Héctor Brenes o Marta Marín.
Ya vamos llegando a San José. Las montañas de café dieron paso a los pastizales con vacas aburridas, los arrabales del Valle Central y finalmente las casitas que trepan laderas y bajan barrancos, la desordenada pobreza de la capital. Cada vez menos árbol y más cemento.
—¿Cómo empezó todo? —le pregunto casi al final del recorrido, en la esquina del céntrico Parque Morazán.
—Recuerdo un viaje desde San José hacia el Caribe, con Diane, y el corazón se nos estrujó viendo esas bolsas azules tiradas en los ríos y los canales. Y nos dijimos, ¿podemos hacer algo? No queríamos contentarnos con pequeños parches de bosque. ¿Por qué no tratamos de cambiar aunque sea un poco el 95 por ciento, en vez de contentarnos con lo sostenible que es el cinco por ciento?
—¿Y llegaron a donde querían?
—Llegamos donde pudimos. Empujamos a las empresas bananeras tan lejos como percibimos que podían llegar.
En una negociación siempre se llega a un punto intermedio. Chiquita tiene más de cien años y, en los últimos quince, cambió mucho más que en toda su historia pasada.
Ya estoy en el aeropuerto de San José, esperando embarcar de vuelta a Barcelona, donde vivo. Los documentos, libros, folletos y cuadernos de notas que me llevo para escribir este reportaje hinchan la mochila que me rompe la espalda.
El viaje es larguísimo. Horas de cola en migración en el aeropuerto de Miami, pasadizos interminables en la dura madrugada de Ámsterdam. Por fin, el tercer y último tramo. El avión está por aterrizar en Barcelona y una azafata me despierta con la bandeja de los cafés.
Dormido, desmelenado y lagañoso, trato de enfocar el vaso donde humea el café de KLM y desde el plástico me saluda una figura conocida: es la ranita de Rainforest Alliance, que certifica los cafés que se sirven a bordo de la aerolínea holandesa.
- Páginas
- 1
























