La guerrilla adentro del cubículo
Filosofía y Letras, en el campus de la UNAM. Fotografía de José Antonio Cruz

La guerrilla adentro del cubículo

La madrugada del 1 de marzo el Gobierno colombiano bombardeó un campamento de las FARC en la frontera ecuatoriana. Cuatro jóvenes mexicanos murieron y una más fue herida. Eran estudiantes y miembros de un pequeño colectivo de apoyo a la guerrilla colombiana que operaba abiertamente en la Universidad Nacional Autónoma de México. ¿Eran guerrilleros o simplemente un grupo de universitarios enfebrecidos?
"Uribe”, dice el papel que el universitario pega en la frente de la máscara de plástico. Es un cráneo con casco militar y suásticas a los lados. El joven porta una playera blanca manchada con tinta roja. “Washington D.C.”, se lee en su pecho. Se ensarta la máscara y planta su cuerpo robusto frente a la Embajada de Colombia en México. Los fotógrafos lo rodean. Los policías que hacen doble valla a la entrada del edificio se voltean a ver. Así iniciaba la protesta de poco más de cincuenta estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) contra el presidente colombiano Álvaro Uribe el 12 de marzo pasado.

“¡Porque el color de la sangre jamás se olvida!”, grita una universitaria haciendo una variante de la consigna de la guerrilla salvadoreña de los años ochenta. Los demás le responden: “¡Los masacrados serán vengados! / ¿Y quiéeen los vengará? / ¡El pueblo organizado! / ¿Y cómo? / ¡Luchando! / Entonces: ¡Lucha, lucha, lucha! / ¡No dejes de luchar por una educación política y popular!”.

Estudiantes pegan un enorme moño de papel negro a la entrada del edificio con la sentencia: “Justicia para los compañeros asesinados”. Responsabilizan a Uribe del saldo de cuatro compañeros muertos y una compañera herida tras el bombardeo colombiano al campamento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en territorio fronterizo ecuatoriano la madrugada del 1 de marzo.

El velo sobre la presencia de estos mexicanos en el campamento de las FARC se comenzó a correr dos días después del bombardeo, cuando se dio a conocer que entre los sobrevivientes había una mexicana, Lucía Andrea Morett, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Se supo que Morett era egresada de la carrera de Teatro y que, por ejemplo, había sido oradora ante el subcomandante Marcos cuando éste fue a la Universidad Nacional en 2001. Pocos días después, la prensa identificó a Morett como miembro del Núcleo Mexicano de Apoyo a las FARC, un grupo de activistas que desde la Facultad de Filosofía y Letras promovía diversas actividades de apoyo al movimiento armado colombiano. La familia de Morett dio a conocer una carta en la que negaba que su hija fuera guerrillera.

Durante estos días, también se supo que hubo otros mexicanos en el campamento de las FARC, pero ellos habían muerto. Sus nombres salieron a la luz poco a poco, pues era muy difícil identificarlos debido al estado de los cadáveres. La lista final quedó así: Juan González, Fernando Franco, Soren Avilés y Verónica Velásquez, también estudiantes universitarios y vinculados al grupo de apoyo a las FARC.

El diario El Universal de México y el Washington Post fueron más allá: publicaron reportes de la inteligencia mexicana y colombiana donde se decía que las autoridades perseguían a Mario Dagoberto Díaz Orgaz, jefe del Núcleo de Apoyo a las FARC. Se supone que era también el tesorero, pues se le encontraron cuentas bancarias a su nombre con un saldo promedio de 800 mil pesos (poco menos de 80 mil dólares) mensuales en los últimos dos años. Se suponía que estaba en Ecuador en los días previos al bombardeo y que se le vio luego merodeando el hospital donde se encontraba su compañera Lucía Morett. Pero pocos días después, Díaz Orgaz, un cubano que estudió en la Unión Soviética y luego se nacionalizó mexicano, dio una conferencia de prensa donde presentaba pruebas de que, durante esos días, él había estado en México en un congreso académico.

Luego el vicepresidente colombiano, Francisco Santos, declaró ante la prensa mexicana que Morett era entrenada por las farc en la fabricación de explosivos para que volviera a México con un propósito desconocido.No era, por cierto, la primera vez que la presencia de grupos de apoyo de las FARC en México provocaba un incidente. México fungió como mediador en las negociaciones de paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y las FARC y, por eso, en 1992 el movimiento armado colombiano abrió una oficina de representación en México. En 2002, esa oficina desapareció después de que Estados Unidos y la Unión Europea pusieron a las FARC en su lista de organizaciones terroristas y de que el Gobierno colombiano presionó al presidente Fox para terminar con esta relación.

Pero el siguiente año, el embajador colombiano en México, Luis Ignacio Guzmán, afirmó en una conferencia de prensa que el grupo armando seguían operando en México desde la UNAM a través del Núcleo Mexicano de Apoyo a las FARC. Guzmán presentó fotos del cubículo universitario en el que había carteles y libros de la guerrilla. Fue un escándalo. El Núcleo negó las acusaciones y alegó que su actividad era meramente ideológica. El rector de la universidad, Juan Ramón de la Fuente, mandó una carta al Senado condenando el señalamiento colombiano y defendiendo la pluralidad de ideas y su libre manifestación estudiantil. El embajador Guzmán presentó su renuncia poco tiempo después.

En el mitin contra Uribe de hace unas semanas, los manifestantes de nuevo rechazaban que el Núcleo tuviera una actividad guerrillera y que la UNAM fuera un bastión de las FARC. A la protesta habían asistido principalmente activistas de la docena de colectivos de izquierda de la Facultad de Filosofía y Letras. Los colectivos son espacios de discusión y organización extracurricular impulsados por grupos de estudiantes de acuerdo con intereses comunes.

En esos días, los estudiantes vinculados con los colectivos estaban nerviosos y desconcertados por la presencia de tantas personas que ellos identificaron como agentes encubiertos del Gobierno y de periodistas en busca de mayores indicios sobre el Núcleo de Apoyo a las FARC.

Los ocho miembros del Núcleo (ahora cuatro están muertos) también conformaban la Cátedra Simón Bolívar, cuyo eje de actividad era el pensamiento bolivariano sobre la unión latinoamericana para enfrentar al imperialismo estadounidense.

La Cátedra organizaba conferencias, promovía la revista Resistencia de las FARC, donde militantes publican análisis sobre la guerra en Colombia, así como el boletín Voz Bolivariana, el órgano informativo del Movimiento Mexicano de Solidaridad con las Luchas del Pueblo Colombiano (MMSSLPC). También vendían libros y material musical que tradicionalmente ha producido la guerrilla, la llamada “música fariana”: llaneras, vallenatos, andinas, cumbias, rancheras, sones, tangos, boleros y hasta rap.

La Cátedra compartía el espacio de su cubículo con el de la cafetería del Comité Cerezo, organización de derechos humanos. Por fuera, los une la misma puerta de entrada en donde alguien pintó la imagen de Simón Bolívar. Por dentro, una pared de tablarroca los divide. Alejandro Cerezo es un estudiante de la facultad muy vigilado, no sólo ahora, por ser vecino del Núcleo, sino también porque estuvo preso acusado de realizar actos de sabotaje con explosivos en 2001. Él lo negó. Fue exonerado en 2005.

En su opinión, el grupo de estudiantes ni era guerrillero ni fue al campamento para ser entrenado. Se trató, dice llanamente, de pura “calentura revolucionaria”.

* * *

Iban ilusionados. Lucía Morett y sus amigos volaron a Ecuador el 31 de enero de 2008. Sus familiares los vieron planear su viaje con semanas de antelación. El grupo ingresó a Ecuador en calidad de turista y obtuvo visa para cuarenta días. Participó en un acto académico en la ciudad de Cuenca, paseó por la costa ecuatoriana, visitó la Universidad Central de Ecuador, se reunió con líderes indígenas y asistió a dos actividades vinculadas: un seminario sobre la vigencia del pensamiento de Bolívar y al Segundo Congreso de la Coordinadora Continental Bolivariana (CCB) del 24 al 28 de febrero en Quito.

Este evento era la razón del viaje de los jóvenes. El primer encuentro bolivariano había sido organizado por Hugo Chávez en Venezuela en 2003 y asistieron cuatrocientos simpatizantes de veinte países. Así promovía su concepto de “revolución bolivariana”, la transformación social, económica y cultural inspirada en el pensamiento de Bolívar. En esta ocasión los jóvenes mexicanos formaron parte de los 450 simpatizantes de Perú, Chile, Uruguay, Colombia, Ecuador, Puerto Rico y República Dominicana. Se dieron cita ahí una diversidad de posturas bolivarianas cuyo auge ha ido en aumento en los últimos años, no todas afines a Chávez, pero que coinciden en la unidad latinoamericana para lograr la emancipación de Estados Unidos y de los organismos monetarios internacionales.

Juan Cajas, uno de los organizadores del encuentro, afirma en entrevista telefónica desde Quito que el Núcleo fue uno de los tres grupos mexicanos que asistieron al Congreso. En total, diecisiete mexicanos participaron en alguna de las nueve mesas de discusión que abordaron la vida de Bolívar, su ideario y proyección en el presente, el antiimperialismo, la criminalización de la lucha popular y el papel revolucionario de las minorías excluidas, entre otros. En el encuentro, el Núcleo presentó una obra de teatro que fue grabada en video. La Coordinadora Continental Bolivariana dice respetar todas las formas de lucha por el socialismo, incluida la vía armada, por lo que fue transmitido un video del comandante Raúl Reyes en el que éste se manifestó por “la lucha antiimperialista”.

Al Congreso también acudieron de manera individual algunos guerrilleros de las FARC. Contactaron a varios asistentes, entre ellos a los del Núcleo, así como a jóvenes chilenos, para invitarlos a ir al acantonamiento que la guerrilla tenía en la franja fronteriza de Ecuador, a dos kilómetros de Colombia. Al Núcleo le entusiasmó la idea de ir, por curiosidad y porque algunos trabajaban sus tesis sobre movimientos latinoamericanos. Juan González la hacía acerca de la música guerrillera, pues era un amante de la trova popular. El 28 de febrero, día en que concluyó el foro, Morett y sus amigos se dispusieron a ir al campamento. Viajaron día y medio en autobús, vehículo y bote, y luego un guía los hizo caminar hasta el sitio en cuestión. Arribaron el 29 de febrero a las seis de la tarde. El joven chileno Manuel Olate prácticamente se cruzó con ellos. Él estuvo en el reducto subversivo un día antes de la llegada del Núcleo y lo describió así al diario chileno El Siglo: “…había gente de distintos países ya que éste no era un campamento propiamente guerrillero, sino una instancia de relaciones internacionales donde había continuamente entrevistas y reuniones con el comandante Raúl [Reyes], con la idea de adelantar el proceso de canje humanitario. Cuando nosotros salimos otras delegaciones iban entrando…”.

Poco después de que Lucía y sus amigos llegaron al campamento, empezó a oscurecer. Cenaron, durmieron y al día siguiente fueron atacados por unidades aéreas con bombas y barridos de metralleta.

El diario El Comercio de Quito, citando fuentes de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, afirmó que en el ataque fueron arrojadas diez bombas como las usadas por Estados Unidos contra Iraq en 1991, y que éstas provocaron cráteres de 2.40 metros de diámetro por 1.80 metros de profundidad. En su declaración ministerial, grabada en video, Lucía dice haber visto a militares colombianos de a pie que ejecutaron a personas heridas. “Oí gente que contaba muertos, gente que gritaba y que decía ‘¡estoy herido! ¡estoy herido!’, y otra que decía ‘¡denle bala!, ¡denle bala!’ y, detrás de ahí, disparos”. Sobrevivieron, además de Lucía, dos colombianas, Doris Bohórquez y Martha Pérez. Esquirlas de bomba se incrustaron en la espalda, el abdomen y el hombro de Lucía, y en el glúteo tiene una herida de diez centímetros de profundidad de difícil cicatrización.

Las versiones encontradas cayeron en alud. Álvaro Uribe dijo que su Ejército repelió un ataque de las FARC y que actuó “en legítima defensa”. El Gobierno colombiano acusó a Lucía Morett de guerrillera. Inteligencia de Estados Unidos informó que la mexicana encabezaba a 55 personas que fueron al Congreso, que había viajado a Colombia a entrevistarse con las FARC y luego había entrado clandestinamente a suelo ecuatoriano. Ecuador negó esto y dijo que ella había ingresado al país de manera legal.

“No eran propiamente unos angelitos”, dijo en conferencia de prensa Juan Manuel Santos, el ministro de Defensa de Colombia, sobre la joven herida y los cuatro muertos. “Sabían perfectamente a qué iban y con quiénes se estaban entrevistando, con quién estaban durmiendo en ese lugar”. El presidente ecuatoriano Rafael Correa aseguró que el bombardeo tuvo como objetivo sabotear la inminente liberación de la ex candidata a la presidencia de Colombia, Ingrid Betancourt.

Colombia dijo que había rescatado la computadora de Raúl Reyes y en ésta había información que probaba la supuesta relación entre las FARC y Venezuela. Surgió una crisis diplomática que devino en el rompimiento de relaciones de Ecuador y Nicaragua con Colombia, así como el envío de tropas venezolanas y ecuatorianas a la frontera con Colombia.

Venezuela expulsó al cuerpo diplomático de Colombia en el país. Las pugnas amainaron durante la Cumbre del Grupo Río en República Dominicana. Ahí los presidentes de Colombia, Ecuador y Venezuela se tomaron la foto de la reconciliación, pero Correa no ha reanudado relaciones con Uribe.

El cadáver de Raúl Reyes fue presentado como trofeo de guerra en Colombia.

El incidente dio a Uribe un golpe de popularidad: alcanzó 80 por ciento de aprobación entre sus ciudadanos.

El Gobierno mexicano condenó la violación a la soberanía ecuatoriana y, con respecto a los mexicanos muertos, dijo que era preocupante que pudieran tener un vínculo con una organización como las FARC, conocida por su ilegalidad, y solicitó a Colombia toda la información que tuviera con respecto a sus actividades. Esto cayó mal entre los círculos progresistas y entre los familiares de los jóvenes, quienes criticaron la criminalización que Felipe Calderón hizo de los mexicanos muertos, antes que condenar la masacre de connacionales. Los padres de los jóvenes estaban desconcertados por la falta de información y el señalamiento de la prensa de que sus hijos eran guerrilleros. En los medios danzaban cifras y nombres diferentes de las víctimas. “Siento enojo, tristeza, ganas de venganza, indefensión, impotencia”, me dijo un familiar de Juan González sobre el manejo mediático y político de su muerte. Ellos estaban legalmente en Ecuador en un territorio que no estaba en guerra y sin realizar ninguna actividad ilícita, argumentan. Aseguran que recurrirán a instancias internacionales para que el crimen de los suyos no quede impune.

* * *

Soy la única periodista en la asamblea universitaria. Estoy sentada en las escaleras que desembocan en el “aeropuerto” de la facultad, espacio abierto llamado así porque ahí se “aterrizan las ideas”. Poco más de cincuenta jóvenes están sentados en el piso del “aeropuerto”, mientras un hervidero de otros estudiantes pasa de largo por el pasillo, o sube y baja las escaleras sin cesar. Van a sus clases o les es indiferente la reunión.

La asamblea se realiza un día después del mitin frente a la Embajada de Colombia en México y para hacer un balance y definir nuevas acciones. Es llevada por Frida Espejel y Elsa Arista. Veo que Elsa se levanta de su lugar y camina hacia mí. Se sienta en el escalón trasero al mío y me toca un hombro. “Tienes que irte, no puede estar aquí la prensa”, me dice al oído. Me niego. Regresa a la mesa con Frida e informan a la concurrencia de mi presencia. Se abre una pequeña discusión que se zanja con la intervención del joven Ismael Hernández del Grupo Democracia Revolucionaria (GDR): “Compañeros, uno de los objetivos del Estado es volvernos paranoicos. Nos quejamos de que nos tachan de guerrilleros y le damos un tinte clandestino a una reunión abierta. Nos quejamos de que hay un cerco informativo y cuando viene la prensa la queremos sacar”. Me quedo.

El encuentro fluye sin sobresaltos. Hablan de que a trece días de reventada la noticia han logrado revertir el manejo mediático que tachó a Lucía Morett de guerrillera y a la facultad de enclave de las FARC. Reconocen la escasa participación de los universitarios y proponen realizar una marcha informativa interna para sumar apoyo, tender puentes con la academia por medio de un encuentro que aborde algún asunto colombiano. Planean también manifestarse frente al edificio de Relaciones Exteriores para exigir apoyo a los familiares de las víctimas y la condena del bombardeo por parte del Gobierno mexicano. Pero hay un tema que acalora la reunión. Ismael Hernández propone hacer una carta a las FARC en la que se condene la matanza de guerrilleros y en la que se les pida que no interrumpan la entrega de rehenes. No hay consenso. La mayoría se niega a que la asamblea se involucre en un tema polémico, y uno argumenta que las FARC se quedarían “sin punto de acuerdo para negociar con el Gobierno”. Se desecha la propuesta.

Poco más tarde, Frida Espejel y Elsa Arista me conducen a su cubículo llamado “Carlos Marx”. Son las caras más visibles de las protestas contra el Gobierno colombiano. Frida es la líder. Es delgada, blanca y de ojos grandes. Elsa es morena y de cabello ensortijado. Ninguna de las dos veinteañeras quiere hablar mucho de sí misma. Sienten que la Facultad se ha convertido en un espacio inseguro porque han detectado policías vestidos de civil que merodean por los pasillos y porque días antes sorprendieron a dos hombres tratando de abrir la puerta de su cubículo. Su colectivo está enfocado a promover la educación popular en comunidades marginadas, por lo que dan clases de alfabetización. Marx, “el abuelito”, como le llama Frida, ha sido reproducido en parte de su propaganda. El espacio es sombrío y con mobiliario viejo.

Su colectivo fue elegido en asamblea universitaria para coordinar la difusión de las movilizaciones por su amistad con los militantes de la Cátedra Simón Bolívar.

Son las cuatro de la tarde y no han desayunado ni comido. Han sido asediadas por la prensa y mi entrevista es la última de su jornada. Cierran la puerta del cubículo. Les pido que me digan cómo se sienten. Frida empieza a hablar de la tristeza e indignación que experimenta. Su mirada acerada de pronto se quiebra, suelta el llanto porque la información corre a cuenta a gotas, porque a doce días del incidente militar aún se desconocía cuántas y quiénes eran las víctimas mexicanas, porque compartía la incertidumbre de algunas familias. En ese momento sólo estaba confirmada la muerte de su amigo Juan González, “y ha sido bien difícil encontrarse con su nombre en el encabezado de un periódico”.

La Cátedra Simón Bolívar había volcado su análisis latinoamericano a Colombia. Según uno de sus profesores, Miguel Ángel Esquivel, a los estudiantes les preocupaba el país sudamericano porque su guerra había sido ahondada por el Plan Colombia financiado por Estados Unidos. Él considera que dicho plan fue creado con el cariz del combate al narcotráfico, pero que en realidad busca criminalizar a la oposición política, sea o no armada, para así “contener cualquier proceso de resistencia y crítica”. El grupo pasó bajo su tamiz las acusaciones de narcotráfico contra las FARC y las críticas por los rehenes y secuestros, pero sostiene la versión de la organización que rechaza los nexos con el narco y la de que los cuarenta rehenes en cautiverio son para exigir la liberación de quinientos guerrilleros presos. Tras el cierre de la oficina guerrillera en México en abril de 2002, los estudiantes de la Cátedra decidieron conformar el Núcleo Mexicano de Apoyo a las FARC. Alberto Híjar, fundador del taller Arte e Ideología, impartió al Núcleo un seminario sobre procesos culturales y revoluciones. Las inquietudes de los jóvenes, dice, eran totalmente ideológicas. Él trató principalmente a Juan González y a Lucía Morett. Los recuerda muy serios en su trato, “prudentes, mesurados”.

* * *

Ojalá fuera cierto que la UNAM es un santuario guerrillero”, había expresado públicamente el maestro Alberto Híjar durante el homenaje en memoria de Juan González en la facultad. González fue el primer mexicano muerto identificado tras el ataque al campamento con bombas de fragmentación. Fue reconocido por los restos de un pie y de una mano. A su acto in memóriam habían asistido medio centenar de jóvenes, de los diez mil estudiantes de la facultad.

El maestro jubilado luego me explicó su expresión provocadora: “Hay un desaliento generalizado, de conformismo, producto de un movimiento estudiantil del que nadie se atreve a decir que fue derrotado”. Se refería a la huelga de la UNAM que en 1999 logró movilizaciones históricas al oponerse al incremento de cuotas escolares que negarían el carácter público de la institución. Luego un sector de huelguistas se radicalizó, tomó las instalaciones, se negó a entregarlas, a dialogar y hubo pugnas internas. Un año después, el paro culminó con la entrada de la policía federal, que violó la autonomía universitaria y detuvo a 737 estudiantes. “Ahora sólo hay pequeños grupos”, dice refiriéndose a los colectivos que están integrados en promedio por una decena de personas.

Si alguien conoce la historia del activismo internacionalista en Filosofía y Letras es este hombre de 73 años. Se precia de haber sido alumno de uno de los catedráticos más emblemáticos del exilio español que nutrieron el pensamiento de la UNAM, el marxista Adolfo Sánchez Vázquez, así como de haber tenido en sus aulas “a un tal Rafael Sebastián Guillén”, presuntamente el subcomandante Marcos. “Desde los sesenta ha habido una tradición de solidaridad de la UNAM con las luchas libertarias”, dice. Él participó en los movimientos estudiantiles contra la guerra de Vietnam y de apoyo a la Revolución cubana en los sesenta. Luego de la frustrada invasión estadounidense a Cuba en 1961, se afilió como combatiente a una de las tantas mesas que se instalaron en el campus. La comunidad universitaria respondía así al ex presidente Lázaro Cárdenas, quien les había pedido ir a defender la isla. Pero el Gobierno bloqueó las intenciones de Cárdenas y todo se desarticuló.

Híjar también vivió la oleada de una veintena de guerrillas mexicanas en las que militaron decenas de estudiantes universitarios en los años setenta. Entonces los colectivos eran llamados “círculos de estudios”. En plena Guerra Fría se debatían tanto las ideas de filósofos europeos como las de Carlos Marx y Mao Tsé–Tung. El mismo maestro fue detenido y torturado en 1974 por pertenecer a las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), antecedente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Más tarde Híjar atestiguó la creación de colectivos de apoyo a las guerrillas centroamericanas en los que algunos estudiantes tomaron las armas y muchos más participaron en las tareas de reconstrucción de Nicaragua y El Salvador. “También hubo extravagancias”, recuerda, “como el apoyo de un grupo de maoístas a un movimiento comunista de Nepal y otro grupo que apoyó a Sendero Luminoso. No tenían mucha acogida, pero todo el mundo los respetaba y hacían sus actos y revistas”. Como una de estas “extravagancias” era visto el Núcleo Mexicano de Apoyo a las FARC.

Híjar camina por los pasillos de la Facultad, ubicada en el campus universitario, en el sur de Ciudad de México. Es indiferente a la múltiple propaganda que invita a ciclos de cine, conferencias políticas, debates, conciertos de rock. Un abanico de figuras de la izquierda que han hecho suya la idea bolivariana está en el material impreso: desde la clásica de Ernesto Che Guevara, pasando por la del subcomandante Marcos, hasta las de los controvertidos Fidel Castro y Hugo Chávez. Pero entre todas sobresale la de apariencia más antigua, la del libertador Simón Bolívar, cuyo pensamiento, desde hace medio siglo, ha sido determinante en la formación de los programas de estudios latinoamericanos de la UNAM.

La cara de Lucía Andrea Morett Álvarez está en todas las paredes de la Facultad. Es la foto que le tomaron después de ser trasladada del campamento de las FARC a la cama de un hospital de Ecuador. Dio la vuelta al mundo. La pasante de Teatro muestra un gesto de dolor e incertidumbre que fue reproducido en un cartel en blanco y negro. “¿Estudiar es un delito?”, pregunta la cabeza de periódicos murales de gran formato hechos por los colectivos. Cuentan quién es la graduada de la carrera de Teatro que obtuvo 9.5 de calificación: “Actualmente se encontraba documentándose para redactar su proyecto de tesis: ‘El teatro de creación colectiva en América Latina, dos casos: Cuba y Colombia’”, se lee. Otro periódico mural afirma: “Somos investigadores, no guerrilleros”, y reúne fotocopias de carátulas de tesis enfocadas en temas revolucionarios.

* * *

Alberto Híjar y Alejandro Cerezo caminan por el pasillo del primer piso de la Facultad. Comentan cómo el manejo mediático y la presencia de policías vestidos de civil han provocado que estudiantes cercanos al Núcleo dejen de asistir a clases, lo que alimenta el clima de sospecha contra ellos y la institución. “El calambre es el calambre”, explica el maestro. “Yo le llamo más fino: torpeza política”, dice el muchacho de 27 años.

Alejandro y su hermano Francisco Cerezo están abocados a la liberación de sus otros dos hermanos, Antonio y Héctor. El 8 de agosto de 2001 tres petardos de fabricación casera explotaron en sucursales bancarias de la capital mexicana y fueron reivindicados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo (FARP). Días después Alejandro y sus dos hermanos fueron detenidos. Negaron los hechos. En 2005 Alejandro fue exonerado, pero sus hermanos continúan presos cumpliendo una sentencia de siete años y medio. Hace un año el Comité Cerezo pidió a los colectivos de la Facultad que le compartieran un espacio para instalar la cafetería que financia las labores de su comité de derechos humanos. La Cátedra Simón Bolívar aceptó. El estudiante de filosofía es parco en su hablar. De su relación con sus vecinos sólo dice que Lucía Morett “es buena consumidora de café”.

Alejandro Cerezo no ha ido a ningún evento universitario de condena por los hechos del 1 de marzo. Es prudente. No quiere ninguna vinculación con organizaciones bolivarianas ni con organizaciones armadas. Con frecuencia hay artículos de prensa que lo señalan como hijo de Tiburcio Cruz y Emilia Contreras, fundadores del Ejército Popular Revolucionario. Ni lo acepta ni lo rechaza. “Pregúntales a ellos”, dice mordaz. A unos días del suceso colombiano el columnista Carlos Ramírez, en su “Indicador Político”, escribió que quién “interpreta los jeroglíficos de la narcoguerrilla mexicana” y concluye que hay una conexión entre Lucía Morett, Alejandro Cerezo, el EPR, el Cártel de Sinaloa en México y las FARC. El joven lo desmintió por internet y le dijo que su acusación buscaba aprovechar el escándalo sudamericano para crear un clima propicio al Gobierno para “la ejecución extrajudicial, desaparición forzada o detención arbitraria de uno o varios miembros del Comité”.

Alejandro Cerezo piensa que el incidente colombiano agudizará el golpeteo contra luchadores de oposición en México. Cree que el escenario se recrudecerá a raíz de las reformas judiciales aprobadas en febrero en las que un sospechoso de delincuencia organizada puede ser arraigado hasta por cuarenta días. Esto pondrá en vulnerabilidad a los activistas de izquierda porque el Gobierno tendrá tiempo suficiente para fabricar delitos, dice. También porque el concepto de delincuencia organizada quedó definido, a la letra como “una organización de hecho de tres o más personas para cometer delitos de forma permanente o reiterada”, lo que dejará a su suerte a organizaciones políticas que pueden ser acusadas de tal delito por simple razón numérica.

—¿Tienes miedo? —le pregunto.

—Sí, como cualquier ser humano, tengo miedo —me dice sin dudarlo.

Le pregunto también si otros jóvenes del Núcleo Mexicano de Apoyo a las FARC, que no fueron a Sudamérica, han ido al cubículo de la Cátedra Simón Bolívar. “No. Está cerrado desde entonces”, dice.
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