Patear al ángulo
Miles de niños y adolescentes del África subsahariana
se entrenan en las llamadas “plantaciones de futbol”.
Quieren huir de la pobreza y ser el próximo Samuel Eto’o o Didier Drogba. Pero sólo algunos de los más dotados llegarán a ser profesionales.
· Adelanto del texto disponible en Gatopardo de abril.
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Por
Inga Llorenti |
Abril 2008
|
Tags:
reportajes, africa, futbol, migracion
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Después de la iglesia todos los domingos, Afari Eboa salía con su padre a jugar futbol en un campo abierto cerca de Osú, un barrio al oeste de Accra. Miles de murciélagos colgados con las patas en los árboles de mango los escuchaban practicar hasta las cinco de la tarde. El tráfico era insoportable, por eso Afari y James Eboa volvían a casa a pie. Eran los buenos tiempos.
Partida por la línea ecuatorial Accra, la capital de Ghana, no es una ciudad radiante. El sol brilla a medias para tres millones de personas y el océano es pálido y rudo. Hasta el cielo parece un escenario que nunca termina de abrir el telón. Abajo, sin embargo, un gigantesco batik de tierra, energía, modernidad y cultura pelea con fuerza contra la miseria que lo rodea.
Afari Eboa nació bajo ese influjo hace, creo, diecisiete años. Descendiente de los brong-ahafo, uno de los grupos étnicos más antiguos del continente, fue educado para cultivar el pensamiento y la fortaleza del espíritu. No le teme a la muerte, al hambre o al trabajo duro, pero cree profundamente que su destino ya está trazado y que no puede hacer nada para remediarlo.
“Un día mi padre no se levantó más de la cama”, me contó. Fue hace un año, la madre de Afari recién había parido a su hermana menor. James Eboa no estaba enfermo y tenía cuarenta y dos años. “Se murió sin avisar a la familia —se lamentó el muchacho—, Dios lo quiso así”.
Afari no superó la muerte de su padre. Lo extrañó más que nunca cuando su madre lo envió a casa de George, un benefactor de la familia que dijo que se encargaría de él a cambio de algunas labores en la casa. Se acomodó como pudo. “La comida corre por tu cuenta”, George le informó después.
Al poco tiempo de mudarse, la fábrica donde Afari trabajaba haciendo bolsas de plástico quebró y cerró. Ganaba dos cedis por día (un poco más de dos dólares). No era un salario envidiable, pero por lo menos le alcanzaba para medio litro de agua limpia, el bolón de fufu de mandioca y plátano y un pasaje en trotro (bus) para visitar a su madre. Afari no se queja, las horas de entrenamiento diarias lo abstraen de sus problemas.
—Él sólo se ocupa de jugar futbol. Se ha puesto más testarudo desde que perdió el trabajo en la fábrica —se queja George, mientras le pide a su entenado que cargue unos galones de agua hasta adentro de la casa.
Afari entrenaba cinco o seis horas por día todos los días de la semana en Labadi, una playa cerca de donde vive.
Nadie se lo había dicho, pero sabía que en ocasiones los reclutadores de las academias locales rastreaban el terreno en busca de nuevos talentos. Más allá de la mirada estoica y la actitud indiferente, Afari había estado esperando una oportunidad que le cambiara la vida.
“Estaba jugando en la playa, vino un hombre y me dijo que era un buen rematador, que debería enrolarme en Zebife, la academia de Nii Boyé Sowah, el antiguo jugador de los Accra Hearts Oak”, me contó, entusiasmado.
Ha pasado antes, el futbol en África es el boleto de lotería que cualquier chico quiere ganar. Las casas más humildes del gran anillo subsahariano que engarza a Senegal, Liberia, Costa de Marfil, Ghana, Togo, Nigeria, Camerún y Malí han criado, alimentado y visto patear el balón a algunos de los mejores jugadores de las ligas europeas, jóvenes africanos que han vivido en la miseria y la han vencido en batallas personales lejos de casa.
Pero hay miles de muchachos que no han alcanzado la fama ni la fortuna, que están librando la batalla y no saben cuál será el desenlace. Talentosos e ingenuos, algunos son reclutados en sus pueblos y ciudades para las llamadas “plantaciones de futbol” que por centenares se han instalado en toda África y que, en complicidad con los reclutadores, seleccionan, comercian y trafican con chicos que quieren salir de su país.
Los menos, los jugadores excepcionales que logran ser profesionales, son piezas en el engranaje de un negocio prolífico que une el hambre del sur con el dinero del norte.
El Parlamento Europeo calificó de “escandaloso” el negocio que existe detrás de la inmigración legal e ilegal de jugadores africanos a Europa y advirtió que la fiebre futbolera podría encubrir un tráfico sistematizado de menores. La FIFA ha pedido que los grandes clubes no sean cómplices en el proceso de reclutamiento. Sin embargo, africanos cada vez más jóvenes siguen nutriendo a la Liga española, la Premier League inglesa, la Serie A italiana, la Ligue francesa. Los que no lo logran han empezado a poblar las calles de las grandes capitales, sin documentos y sin medios para defenderse.
Los jóvenes del África subsahariana son la fuerza de trabajo de más rápido crecimiento en el mundo: el desempleo entre ellos superó el 34 por ciento en la última década. Mientras en Europa se vive un boom de futbol africano, una nueva generación, adolescente aún, busca su lugar en el mundo por medio de la pelota.
Afari Eboa es uno de los que busca y no tiene un plan B.
—¿Qué pasará si el balón no encaja en el arco imaginario y no metes el gol? —le pregunto.
—Seguiré entrenando, trabajaré duro —me dice, impertérrito.
Partida por la línea ecuatorial Accra, la capital de Ghana, no es una ciudad radiante. El sol brilla a medias para tres millones de personas y el océano es pálido y rudo. Hasta el cielo parece un escenario que nunca termina de abrir el telón. Abajo, sin embargo, un gigantesco batik de tierra, energía, modernidad y cultura pelea con fuerza contra la miseria que lo rodea.
Afari Eboa nació bajo ese influjo hace, creo, diecisiete años. Descendiente de los brong-ahafo, uno de los grupos étnicos más antiguos del continente, fue educado para cultivar el pensamiento y la fortaleza del espíritu. No le teme a la muerte, al hambre o al trabajo duro, pero cree profundamente que su destino ya está trazado y que no puede hacer nada para remediarlo.
“Un día mi padre no se levantó más de la cama”, me contó. Fue hace un año, la madre de Afari recién había parido a su hermana menor. James Eboa no estaba enfermo y tenía cuarenta y dos años. “Se murió sin avisar a la familia —se lamentó el muchacho—, Dios lo quiso así”.
Afari no superó la muerte de su padre. Lo extrañó más que nunca cuando su madre lo envió a casa de George, un benefactor de la familia que dijo que se encargaría de él a cambio de algunas labores en la casa. Se acomodó como pudo. “La comida corre por tu cuenta”, George le informó después.
Al poco tiempo de mudarse, la fábrica donde Afari trabajaba haciendo bolsas de plástico quebró y cerró. Ganaba dos cedis por día (un poco más de dos dólares). No era un salario envidiable, pero por lo menos le alcanzaba para medio litro de agua limpia, el bolón de fufu de mandioca y plátano y un pasaje en trotro (bus) para visitar a su madre. Afari no se queja, las horas de entrenamiento diarias lo abstraen de sus problemas.
—Él sólo se ocupa de jugar futbol. Se ha puesto más testarudo desde que perdió el trabajo en la fábrica —se queja George, mientras le pide a su entenado que cargue unos galones de agua hasta adentro de la casa.
Afari entrenaba cinco o seis horas por día todos los días de la semana en Labadi, una playa cerca de donde vive.
Nadie se lo había dicho, pero sabía que en ocasiones los reclutadores de las academias locales rastreaban el terreno en busca de nuevos talentos. Más allá de la mirada estoica y la actitud indiferente, Afari había estado esperando una oportunidad que le cambiara la vida.
“Estaba jugando en la playa, vino un hombre y me dijo que era un buen rematador, que debería enrolarme en Zebife, la academia de Nii Boyé Sowah, el antiguo jugador de los Accra Hearts Oak”, me contó, entusiasmado.
Ha pasado antes, el futbol en África es el boleto de lotería que cualquier chico quiere ganar. Las casas más humildes del gran anillo subsahariano que engarza a Senegal, Liberia, Costa de Marfil, Ghana, Togo, Nigeria, Camerún y Malí han criado, alimentado y visto patear el balón a algunos de los mejores jugadores de las ligas europeas, jóvenes africanos que han vivido en la miseria y la han vencido en batallas personales lejos de casa.
Pero hay miles de muchachos que no han alcanzado la fama ni la fortuna, que están librando la batalla y no saben cuál será el desenlace. Talentosos e ingenuos, algunos son reclutados en sus pueblos y ciudades para las llamadas “plantaciones de futbol” que por centenares se han instalado en toda África y que, en complicidad con los reclutadores, seleccionan, comercian y trafican con chicos que quieren salir de su país.
Los menos, los jugadores excepcionales que logran ser profesionales, son piezas en el engranaje de un negocio prolífico que une el hambre del sur con el dinero del norte.
El Parlamento Europeo calificó de “escandaloso” el negocio que existe detrás de la inmigración legal e ilegal de jugadores africanos a Europa y advirtió que la fiebre futbolera podría encubrir un tráfico sistematizado de menores. La FIFA ha pedido que los grandes clubes no sean cómplices en el proceso de reclutamiento. Sin embargo, africanos cada vez más jóvenes siguen nutriendo a la Liga española, la Premier League inglesa, la Serie A italiana, la Ligue francesa. Los que no lo logran han empezado a poblar las calles de las grandes capitales, sin documentos y sin medios para defenderse.
Los jóvenes del África subsahariana son la fuerza de trabajo de más rápido crecimiento en el mundo: el desempleo entre ellos superó el 34 por ciento en la última década. Mientras en Europa se vive un boom de futbol africano, una nueva generación, adolescente aún, busca su lugar en el mundo por medio de la pelota.
Afari Eboa es uno de los que busca y no tiene un plan B.
—¿Qué pasará si el balón no encaja en el arco imaginario y no metes el gol? —le pregunto.
—Seguiré entrenando, trabajaré duro —me dice, impertérrito.
- Disfrute del texto completo en la edición de abril de 2008. -
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