ESPECIAL 68: Lo que nos dejó el 68
1968, el año que lo cambió todo.

ESPECIAL 68: Lo que nos dejó el 68

En México, la masacre de Tlatelolco se va sumando lentamente al panteón de la historia oficial pasteurizada. En Francia, se vive un rechazo de los ideales de aquella era, del "pensamiento 68". Un escritor nacido en ese año simbólico analiza la herencia que recibieron las siguientes generaciones.
A cuarenta años de distancia, el fantasma de 1968 se muestra adormecido. Fuera de unos cuantos nostálgicos, siempre dispuestos a repetir su testimonio, y de algunos radicales nacidos dos décadas más tarde, nadie parece ocuparse ya de lo ocurrido.

Gracias a la habilidad mexicana para embalsamar catástrofes y pasteurizar mitos, el 2 de octubre comienza a rememorarse con la misma indiferencia que le concedemos a las fiestas patrias y, muy pronto, al Bicentenario. El PRI nos enseñó a enmascarar los desacuerdos ideológicos a fin de arrebatarles cualquier aura subversiva: víctimas y verdugos comparten créditos en nuestro panteón oficial —sus nombres lucen lado a lado en los muros del Congreso y en los libros de texto— con tal naturalidad que ni siquiera el triunfo de la derecha en el año 2000 alteró esta práctica. El 68 se ha convertido así en un eslabón más en nuestra larga cadena de desventuras nacionales, con sus mártires de siempre y un solo villano a quien echarle la culpa, Luis Echeverría. Pronto los caídos en la Plaza de las Tres Culturas se incorporarán a la nómina de héroes de la patria sin que el movimiento estudiantil haya merecido una nueva y necesaria disección de sus triunfos y sus derrotas, de sus miserias y sus luces.

Nuestro conformismo contrasta con la revisión exhaustiva que ha experimentado el Mayo francés, turbulencia hermana (“En cada hombre hay un Barrio Latino adormecido”). Decenas de libros, revistas, documentales, historietas y novelas colman el espacio público galo desde hace meses: infaltables testimonios de sus viejos —y un tanto abúlicos— protagonistas, acerados denuestos, reivindicaciones de sus consecuencias y severos análisis de sus detractores. Todo ello animado por un discurso de campaña de Nicolas Sarkozy, que la prensa atribuye a Henri Guaino, su filósofo de cabecera, quien no dudó en culpar al “pensamiento 68” de todos los males de la nación y se comprometió, de ganar las elecciones, a liquidar para siempre sus secuelas.

Frente a su reivindicación por parte de la gauche caviar en los ochenta —los supervivientes de Mayo acomodados a la sombra de Mitterrand—, a partir de los noventa el “pensamiento 68” ha sido sometido en Francia a virulentos ataques tanto por parte de la derecha como de la izquierda radical. Desde un frente y otro se acusa al 68 de haber sido una revuelta individualista, apenas contaminada de marxismo, que sólo perturbó la democracia liberal sin cuestionarla (“Soy marxista, tendencia Groucho”). Pascal Bruckner o Alain Finkielkraut lo miran como un sobresalto burgués, derivación extrema de los happenings y las vanguardias de principios del siglo XX, desprovisto de visión crítica (“No trabajar jamás”, “Gozar sin límites, vivir sin tiempos muertos”). Otros, como Sarkozy, lo responsabilizan de la decadencia francesa: “Mayo de 1968 nos impuso el relativismo intelectual y moral. Los herederos de Mayo de 1968 impusieron la idea de que todo se valía, de que no había ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo feo y lo bello. Quiero pasar la página de Mayo de 1968”.

Los críticos del 68 aciertan en un punto: más que de una revolución de corte leninista o maoísta, de un movimiento democrático o de una reivindicación libertaria, el movimiento estudiantil amparó una revuelta cultural que se atrevió a enfrentar toda forma de autoridad, no sólo política (“La emancipación del hombre será total o no será”). Por eso aún provoca tanto rechazo entre los conservadores de izquierda y de derecha: sin un programa definido, sin una ideología coherente —como las que campeaban entonces— y lleno de contradicciones, 1968 abreva del anarquismo, el surrealismo y el situacionismo su voluntad de oponerse a todo dictado, a la mera existencia de un orden (“Tendremos un buen amo cuando cada quien sea el amo de sí mismo”). Y no por medio de las armas, sino de los gestos. Pese a que el caso mexicano sea extremo, casi nadie relaciona el 68 con las barricadas o los gases lacrimógenos, sino con cierta festividad juvenil ligada al flower power y a los jipis, a esa libertad sexual ya casi desvanecida y el rock encumbrado como canto de batalla (“Las barricadas cierran las calles pero abren los caminos”).

En otro sentido, habría que ver el 68 como uno de los últimos episodios de esa utopía occidental que, al menos desde la Comuna de París, desafía las convenciones y se arriesga a desbordarlas, fatalmente, sin posibilidad de éxito (“Estemos a la altura de nuestros sueños”). Porque su combate no sólo se dirigía contra el Padre-Tirano, simbolizado por De Gaulle, Johnson o Díaz Ordaz, sino contra las infinitas manifestaciones de un poder —y un sistema del mundo— que, como apuntaría luego Foucault, se manifestaba en todas partes, en la vida familiar y sexual, en la universidad y en las fábricas, en la etiqueta social y los cánones estéticos. Los jóvenes que desfilaban por las calles de medio mundo se formulaban la misma pregunta: ¿por qué tú has de decirme lo que debo hacer?, cuyas derivas son múltiples: ¿o lo que debo pensar?, ¿o lo que debo decir?, ¿o lo que debo gozar?, ¿o lo que debe gustarme? Ahí estaba el meollo de la revuelta: si los distintos movimientos que se desarrollaron a lo largo de 1968 se resolvieron como sonoros fiascos se debió a que la respuesta a estas cuestiones resulta siempre previsible y en el fondo irrelevante: porque sí, porque lo digo yo, porque alguien tiene que decirlo (“Todo poder abusa. El poder absoluto abusa absolutamente”).

Si los políticos como Sarkozy se irritan tanto con el “pensamiento 68” es porque ese temperamento anárquico todavía les aterra: su carácter resulta profundamente subversivo y, lo que es peor, siempre latente. Mientras haya autoridad —justo la autoridad que ellos se arrogan— existirá la posibilidad de que alguien dinamite sus cimientos. Los conservadores de uno y otro bando no pueden sino aterrarse frente a este desafío individualista: el poderoso siempre tratará de aplastar a quien se opone a la idea misma de ser gobernado (“El agresor no es quien se rebela, sino quien afirma”). Otra cosa es que, bajo el aura de su rebeldía juvenil, cientos de soixante-huitards no tardasen en olvidar sus consignas y se convirtiesen en los pilares del nuevo orden, tan hipócrita como aquel contra el cual habían luchado. Sarkozy acierta en este punto: muchos de ellos terminaron asimilados a un poder que se valía de la retórica del 68 para medrar o enriquecerse sin medida. Y, en algunos casos, llevaron esta incongruencia hasta su límite al sostener, justamente, una candidatura como la suya.

A diferencia del Mayo francés, el Otoño mexicano de 1968 culminó en una catástrofe sin precedentes. La matanza de Tlatelolco no sólo representó un brutal abuso de fuerza, la mayor demostración de lo que es capaz la autoridad que se siente amenazada, sino un punto de inflexión en la sociedad mexicana que dejó una cicatriz más profunda que la revuelta estudiantil en Francia. Desde un punto de vista político, el fracaso del movimiento mexicano fue estrepitoso: a fines de 1968 todos los líderes estaban en la cárcel o escondidos, las movilizaciones se habían apagado, la prensa había sido acallada, la oposición enmudecida (y las Olimpiadas se desarrollaron en perfecto orden). Díaz Ordaz no necesitó marcharse, como De Gaulle, para demostrar su triunfo. Pero el costo de semejante exhibición fue mayor que en el resto de Occidente: aunque el PRI todavía resistió más de 30 años en el poder, su relación con la sociedad ya nunca volvió a ser transparente. El pacto revolucionario signado por Calles y Cárdenas con los ciudadanos, renovado por Alemán, Ruiz Cortines y López Mateos, se quebró en mil pedazos. A partir de entonces México vivió una relación esquizofrénica con el PRI: toleró su corrupción, sus maniobras y chantajes, pero en el fondo, subterráneamente, nunca volvió a creer en sus consignas de modernización, estabilidad y paz social. A partir de 1968 el Gobierno mexicano se convirtió en una máscara, como denunció Octavio Paz en Postdata: un simulacro, una estructura que se temía, aprovechaba o toleraba, pero que jamás volvió a respetarse (“Corre camarada, el Viejo Mundo está detrás de ti”).

Quizá debido a la masacre de Tlatelolco, y a la interpretación que se ha hecho del movimiento como un precedente de apertura democrática, México no haya padecido la fiebre anti 68 que se vive en Francia. Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes o el propio Paz advirtieron en el desafío de los estudiantes un halo democratizador y legitimaron para siempre sus consignas. El pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga era esencialmente pragmático y buscaba controlar los excesos de un gobierno autoritario, pero sus redactores no anhelaban una vía electoral en cuya eficacia tampoco creían. El movimiento estudiantil actuó más bien como una bomba de acción retardada: aunque resultaría excesivo sostener que la accidentada transición a la democracia experimentada por México a partir de 2000 sea consecuencia directa del 68, no puede negarse que el lento desgaste del PRI en la conciencia cívica se inició con las protestas de ese año.

Igual que en Francia, en México la revuelta tuvo un desenlace desdichado. Incitados por la estrategia de cooptación emprendida por Echeverría, los líderes del movimiento se incorporaron a partes iguales al PRI y a distintas variedades de la izquierda, donde por lo general copiaron los vicios de sus antiguos enemigos. No podía esperarse otra cosa. Un movimiento sin ideología, cuyos cimientos descansan en el desprecio a cualquier autoridad, carece de futuro político (“Sean realistas: pidan lo imposible”). Desde las revueltas de 1848 se sabe que estos movimientos fracasan o se pervierten en el autoritarismo y la tiranía. Pero ello no invalida el gesto original de aquellos jóvenes —sus miradas atrevidas, su orgullo adolescente, su voluntad de oponerse a las convenciones— ni su triunfo en una arena distinta, la cultura. Es allí donde vale la pena desmenuzar sus victorias y sus retrocesos.

En primer lugar, gracias al espíritu de los sesenta, la cultura popular se convirtió en uno de los cimientos del mundo contemporáneo. Antes vistos con desprecio o vaga condescendencia, el rock, el cine, los cómics y en general la contracultura pasaron a ocupar un lugar privilegiado en la vida intelectual de nuestra época. La autoridad que dictaba el canon estético fue desplazada a los márgenes de la academia y la “alta cultura”, mientras que lo underground encontró nuevas maneras de convertirse en mainstream. Habrá quienes deploren las mutaciones provocadas por este fenómeno, pero no cabe duda de que su triunfo fue irreversible. Para algunos, el gusto se hizo más democrático y abierto, mientras que para otros este desplazamiento populista fue identificado como la prueba de la decadencia de nuestra civilización. Sea como fuere, el impacto de la cultura popular y la contracultura ya ha dejado obras memorables —al lado de infinidad de ruinas— que han alcanzado el estatuto de baluartes de nuestro tiempo. Baste un ejemplo: los Beatles.

Otra cosa es que, tal como advierten los detractores del “pensamiento 68”, la rebeldía de estas manifestaciones se haya diluido en el proceso: el rock o los cómics ya no escandalizan a nadie y de hecho han sido incorporados con enorme éxito al sistema capitalista que sus creadores tanto despreciaban. Las camisetas con la imagen del Che constituyen el símbolo más palpables del proceso: el héroe revolucionario convertido en icono y luego en simple mercancía. Poco a poco el feroz individualismo del 68 ha sido atemperado: no sólo la derecha anima un regreso a los valores de la nación y la familia, sino que incluso los sectores más combativos de la sociedad, como los grupos ecologistas, feministas y gays, han adoptado un conservadurismo que escandalizaría a sus abuelos. El matrimonio homosexual puede ser visto, en este sentido, como una conquista libertaria pero también como un retroceso frente al amor libre de los sesenta (“Gozar sin límites. Vivir sin tiempos muertos”).

Los jóvenes líderes de entonces se han transformado en los viejos políticos de ahora: no hay remedio. E incluso la generación siguiente, aquella que nació y creció a la sombra del 68 —o, como en México, fue educada en el silencio oficial del 68— también se adentra en la edad madura. ¿Cómo evaluar la rebeldía juvenil y ese gesto radicalmente antiautoritario desde los cuarenta? ¿Cómo añorar o criticar ese espíritu a sabiendas de que terminará deslavándose con el paso de los años? ¿Acaso la mayor enseñanza del 68 es la triste constatación de esa ley de vida que transforma a jóvenes airados en burócratas acomodaticios? El desasosiego que provoca esta reflexión puede servir, al menos, de revulsivo: tal vez ya nunca será posible abrazar la revolución y el amor libre de los sesentas, pero tampoco es necesario abjurar de sus conquistas. El gesto más valioso del 68 quizá radique en la posibilidad de no acomodarse a las severas reglas de la sociedad (aun si éstas son vagamente libertarias) o al gusto de los otros. Aun si la revuelta radical se ha esfumado, al menos queda la esperanza de encabezar revueltas íntimas, de ejercer día con día la voluntad de no dejarse dominar, de escapar de los prejuicios, de ser más tolerante con los otros con la convicción de que cierta felicidad cotidiana aún es posible (“Nuestra esperanza no puede venir más que de aquellos que no tienen esperanza”). Quizás a algunos les parezca un balance más bien pobre, pero no hay que minimizar esta herencia del 68: si al menos conservamos ese virus de rebeldía y ese temperamento crítico (“Para poder cuestionar la sociedad donde se vive es necesario cuestionarse antes uno mismo”), aún podemos imaginar una sociedad que privilegie más la solidaridad, la libertad e igualdad sexuales, el internacionalismo y la responsabilidad hacia el medio ambiente, esos valores perdidos del 68 que el día de hoy nos hacen tanta falta.
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