La psíquica de Chimbarongo
A pesar de los escépticos, la chilena Isabel Cristina busca a gente extraviada. Trabajó en el caso de Madeleine McCann y en otros más ignotos, quizás porque ella también perdió a alguien.
Por
Macarena García |
Mayo 2008
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chile, reportajes, crimen
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“Isabel Cristina. Irióloga y Parapsicóloga. Atención: martes de 9:00 a 17 horas”, se lee en el cartel discreto. En la pequeña sala hay ocho personas de pie y tres sentadas. Llevan horas cambiando el peso de un pie a otro, chequeando la hora en sus relojes, la vista fija en el suelo. Seis de ellos viven aquí, en Santa Cruz, una ciudad de 32 mil habitantes, enclavada entre viñedos, del valle central chileno. Los otros cinco vienen de lejos. Para ellos esta sala de espera es el fin de un viaje largo. Partieron desde San Antonio, un puerto 400 kilómetros al norte, porque Jaime Zúñiga Borden, un chico de diecinueve años, hermano, sobrino, primo y nieto de todos ellos, salió a fiestear y no regresó. Hace once días que la familia Zúñiga Borden no sabe de él más que por rumores: que está vivo, que está muerto, que lo secuestraron. La Policía de Investigaciones de San Antonio les recomendó no preguntar más y los amigos del chico hablaron de tráfico de drogas antes de enmudecer y escabullirse.
—Para acá no conocíamos nosotros —dice Rosa, la prima del desaparecido, refregándose las manos en una chomba añosa, vestida para un duro invierno en una calurosa mañana de primavera—.
Un camionero nos habló de esta señora que encuentra a personas, pero no sabemos mucho. No sabemos, pero hay que hacer todo nomás. Ya fuimos donde tanta gente, mi niña.
Ya registraron hospitales, llamaron a todos los teléfonos y se dividieron en cuadrillas para recorrer playas, roqueríos y acantilados.
—Y fuimos donde todos los adivinos y tarotistas de allá —cuenta, como si ir a la morgue y adivinarse la suerte fueran la misma cosa.
Jaime Zúñiga Borden es una de las 3 734 personas que durante 2007 fueron clasificadas por la Policía de Investigaciones de Chile bajo la figura de “denuncia por presunta desgracia”. Una clasificación laxa que incluye a las mujeres que abandonan a sus esposos y a los viejos que, creyendo estar en otro tiempo, llegan a un lugar donde ya no recuerdan su propio nombre. De las 3 734 personas clasificadas bajo este rubro en el año que pasó, 2 707 aparecieron. A los otros 675 parece habérselos tragado la tierra.
Isabel Cristina, irióloga y parapsicóloga, psíquica de Chimbarongo, es especialista en esos casos: los perdidos.
La anuncia el ruido de tacones en los peldaños de madera, y corta el silencio con un “llegué” que remueve las miradas del piso y reacomoda los cuerpos. Isabel Cristina hace su entrada vistiendo un traje blanco de dos piezas que contrasta con el aspecto de sus pacientes, acostumbrados a vestir para trabajar en el campo. Llega a su consulta con más de dos horas de retraso: vive en Chimbarongo, un pueblo a 60 kilómetros de Santa Cruz donde demoró para verse en el noticiero matutino. Sabía que su entrevista saldría al aire, pero no que sería contrastada con el testimonio de Héctor Arenas, un prefecto de Investigaciones, que la trató de mentirosa e intrusa. Isabel Cristina salió de su casa indignada y, ya camino a Santa Cruz, un accidente de tránsito —un bus desbarrancado en el río— la demoró aún más. De modo que son las 11:20 de la mañana cuando aparece, como cada martes, por la consulta que alquila en el centro de Santa Cruz. Allí se gana la vida como parapsicóloga, pero también atiende, sin cobrar un peso, a personas que llegan desde todo Chile preguntando por familiares extraviados.
Entra a su despacho, un cuarto pintado de azul con una vela encendida, una piedra de cuarzo, dos celulares y una agenda abierta sobre el escritorio. El sonido del agua corriendo en una fuente artificial compite con el tronar de los autobuses que se cuela por una ventana tapada por una cortina de tela barata, azul. Sobre la mesa, hay botellas de medicamentos homeopáticos. Todavía disgustada por la humillación a manos del prefecto, se calza un ajustado delantal blanco y se asoma a preguntar quién llegó primero. Hace pasar a una señora que tiene dolores en las rodillas. Uno tras otro, en lapsos de diez o quince minutos, entran sus pacientes. Poco antes de la una de la tarde, Isabel Cristina se asoma a la sala de espera:
—¿Ustedes son los que vienen de San Antonio? —pregunta al grupo que busca al chico de diecinueve años.
Ellos asienten. Rosa, la prima, empieza a contar por qué están ahí y no ha terminado la historia cuando Isabel Cristina la interrumpe:
—Es que a mí ya me llegó una foto del joven. El Coipo le decían. ¿No? Me la mandó una amiga de él la semana pasada, pero le dije que estoy colapsada con los extraviados. No sé si pueda atenderlos.
Y con ese “no sé” vuelve a entrar a su consulta. Los cinco de San Antonio se miran, desanimados, y se debaten entre marcharse y esperar.
—Esperen, los acabará atendiendo —les aconseja una mujer que viste de negro.
Cuando Isabel Cristina se cansa dice “no sé” a casi todo. Y el “no sé” es la mejor respuesta que ha encontrado a la pregunta de cómo hace lo que hace. Encontrar muertos.
Chimbarongo es una pequeña ciudad agrícola de treinta mil habitantes, ubicada en el estrecho valle central de Chile. En una de las dos únicas calles asfaltadas, donde todos los sábados se monta una feria de frutas y verduras, viven Isabel Cristina, sus dos hijas, Carolina y Sofía, y su nieta Francisca, hija de su primogénita. Es una casa de ladrillos pintada de blanco, con un cuidado jardín sin rejas. Isabel Cristina no está y dejó, sobre la mesa de su sala, una carpeta con recortes de prensa y fotografías de desaparecidos. “Yo adiviné dónde estaba el cadáver del joven Santiago Errázuriz” (La Cuarta, 13 de noviembre de 2005), “Psíquica de Chimbarongo ubica otro cuerpo” (El Mercurio, 13 de enero de 2006), “Vidente de Chimbarongo apoya a los Carabineros en la búsqueda de Kevin” (Diario Austral de La Araucanía, 18 de noviembre de 2006), “Dice psíquica chilena que sabe dónde está Madeleine” (El Universal, Venezuela, 11 de octubre de 2007), “Psíquica chilena entrega croquis de donde estaría Madeleine” (El Colombiano, Medellín, 11 de octubre de 2007). Cuando llega, poco después, ofrece un café y saca un cigarro, el primero de una docena que llenará dos ceniceros.
—Los periodistas quieren que yo les explique, la policía también, y a veces pienso que si dijera que veo sería todo más fácil. Pero yo no veo nada. No sé cómo explicar lo que me pasa.
En octubre de 2007, Isabel Cristina aparecía en canales de televisión, noticieros de radio y periódicos como la persona capaz de esclarecer la desaparición más mediática de los últimos años. Tras una reunión con la cónsul de Portugal en Chile, sus ambiguas declaraciones sobre el paradero de la niña inglesa —“Madeleine no está bien” y “no ha salido de Portugal”— eran reproducidas en medios chilenos y extranjeros. Las agencias de noticias la exportaban contando su exitosa colaboración con la policía chilena en otros casos, y ahora, sentada en la sala de su casa en Chimbarongo —ordenada, con muchos muebles, poco espacio y sofás tapizados de marrón— Isabel Cristina expone sus condiciones.
—Sólo voy a ir si voy con mi equipo de trabajo —dice, aunque rehúsa precisar de quiénes se trata.
Dentro de la casa hace más frío que afuera. Las cortinas están cerradas y se filtra poca luz. Isabel Cristina, que no aparenta los 51 años que tiene y lleva el pelo largo teñido de castaño, acerca una estufa a sus pies. Cuenta que se casó a los quince y tuvo tres hijos, una casa y un marido, y que fue feliz hasta un día que no quiere recordar.
—Esa niña, Madeleine... Todos preocupados por ella. Mira, acá venían muchas mamás con sus hijas, o me paraban en la calle y me decían que no querían pedir algo para ellas sino para la niña de Portugal. A mí me había llamado la atención cuando la vi en televisión, pero miraba la foto y pensaba que la iban a encontrar enseguida. Después no la encontraron y la gente me lo empezó a pedir. Está bien, pero tenemos otra gente acá, tenemos otros niños extraviados.
Su voz parece más grave cuando responde con desgano. A regañadientes, adelanta que los McCann son inocentes y que la muerte de la niña fue algo completamente accidental. Estaría enterrada a pocos kilómetros del condominio donde veraneaban. Y aclara que calla porque la investigación está en curso.
—Imagínate si yo mostrara el mapa que entregué a los portugueses. Se llenaría de periodistas ese lugar.
Desde que entregó el mapa, a mediados de octubre pasado, la gente la detiene en la calle para preguntarle cómo es que todavía no encuentran a Maddie. Ella suele eludir una respuesta directa o explica que todo va lento. Sabe que muchas personas jamás tomarían en serio a una vidente, aunque dice que ella es psíquica y que eso hace toda la diferencia con una charlatana.
—Es un proceso psíquico —explica después Sofía, psicóloga, 33 años, la menor de sus hijas—. Primero viene una idea y después otra. No es más que una asociación de ideas. Por ejemplo, piedra, agua, piedra-agua, río. Aunque yo creo que debe también tener lo que son los flashback que vienen con imágenes. De repente me dice “puente” y yo le digo: “es que hay muchos puentes”. Entonces me dice, “puente de madera”.
Sofía es su brazo derecho, dibuja el mapa que su madre imagina y la apura cuando tartamudea y no se decide por árbol o arbusto. Bosqueja perímetros de búsqueda, marca los accidentes geográficos, la vegetación, los postes de luz. Fuma casi tanto como su madre y tiene el temple de las hijas que saben regañar a sus progenitores. Es flaca y tiene el pelo largo, negro y liso.
—El día que ella me diga que ve algo, yo la interno en el psiquiátrico. Ella ya sabe. Porque yo soy psicóloga, lo mío es científico y no puedo dejar de lado mi ciencia. Yo sé que si no encuentra a Maddie, los diarios titularán diciendo que la psíquica se equivocó. A los periodistas les gusta eso. Se hacen pasar por tus amigos, pero después buscan cualquier cosa. Y yo les digo que da igual si no la encuentra. Mi mamá se equivoca a veces, porque es psíquica y no puede tener sólo aciertos.
—Pero, ¿por qué ella percibe?
—Eso ya no lo sé. Yo creo que es un don de Dios. Mi mamá no es una persona que haya recorrido todo Chile, ni que haya salido al extranjero, pero da descripciones de lugares que nunca ha visto. Yo no sé cómo.
Mientras los diarios chilenos gastan tinta especulando sobre lo ocurrido a la niña británica que se perdió cuando vacacionaba en el sur de Portugal, el caso de Jaime Zúñiga Borden, desaparecido en San Antonio, nunca llegará a ser noticia nacional. Para su cuerpo de diecinueve años no hay tinta ni cadenas de oración.
Cuando, después de aquel “no sé” inicial, la psíquica abre la puerta de su consulta y hace pasar a los cinco familiares de Jaime, comienza por lo menos paranormal de todo:
—¿Llamaron a la prensa?
Los cinco responden que no; arguyen que los investigadores pidieron discreción. Isabel Cristina niega con la cabeza, vuelve a insistirles en que tiene muchos casos de extraviados, más de los que puede atender, y explica que sin el apoyo de la prensa no se puede hacer nada. Niega como quien reprende.
—Llamen a El Líder —dice, refiriéndose al diario de San Antonio, el puerto del que viene la familia.
Años en el oficio le han hecho entender que la policía se mueve al ritmo de la opinión pública. Después pide la fotografía del joven. Pregunta qué hacía la noche en que desapareció, a qué amigos había ido a buscar y pide silencio. Los familiares están sentados frente a ella y enmudecen. La psíquica no hace más que mirar la fotografía. Y, cuando se decide a hablar, no prodiga explicaciones.
—Vamos a ver qué se puede hacer —dice, antes de tomar uno de sus celulares para llamar a la policía de la zona.
Habla con uno y después con la secretaria del fiscal que lleva el caso. En una hoja en blanco traza un esquemático dibujo de lo que ha percibido. Un río cubierto con ramas, un descampado, el mar y un monte. Los familiares dejan la consulta con tres copias del mapa, sorprendidos de que ella no cobre nada por algo en lo que hasta entonces —al consultar con varios tarotistas y adivinadores— han gastado tanto.
Al día siguiente la desaparición de Jaime Zúñiga Borden estará en las páginas de El Líder, el pequeño diario de San Antonio, y el fiscal recibirá a los familiares en su oficina. Dos días más tarde aparecerán, en un lugar cercano al que indicó la psíquica, una camisa a cuadros, un pantalón de algodón y un rosario que el padre de Jaime reconoce como el de su hijo. El hombre no verá el cráneo ni el pedazo de pierna, todavía encajada en una zapatilla, que estaban junto a los objetos, pero accederá a tomarse una muestra de sangre para determinar si el ADN corresponde al de su hijo menor. Los resultados demorarán más de un mes y cuando se confirmen, los primeros días de enero de 2008, importarán menos los presuntos culpables que la falta de brazos, de tronco, de la otra pierna. El padre de Jaime exigirá una nueva búsqueda, pero la policía dirá que el caso está cerrado.
—Llamamos a la psíquica para ver si podía venir a encontrar el resto —contará, después, Rosa, desde San Antonio—.
Y ella dijo que no tenía problemas, pero que sería perder la plata. Ella no cobra, pero el gasto de la gasolina para llegar hasta aquí correría por nuestra cuenta. Dijo que no lo encontraríamos. Nos dijo que nos iba a hablar claro, que se lo habían comido los perros.
El día que Isabel Cristina no quiere recordar, y que a su modo la transformó en la psíquica de Chimbarongo, es el día de hace veinte años cuando se le murió un hijo de seis. Se llamaba Jacob. Había ido a pasar el día al campo de su madrina y quedó bajo las ruedas de un tractor. Isabel Cristina llegó tarde. Dice que encontró el rostro de su hijo cubierto de hormigas.
—No pude limpiárselas, no pude hacer nada —cuenta un sábado de noviembre en Chimbarongo—. Me dije “mentira, todo es mentira” y tiré a todos los santos de la casa. Santa Gema de Galdani voló por los aires. Todos por la ventana. Aquí no quedó nada. Yo no quería creerlo, me negaba.
Isabel Cristina llora, un poco a regañadientes.
—No sé por qué ando tan sensible hoy.
Casi ofuscada, se levanta a desenchufar la fuente de agua, igual a la que tiene en su consultorio de Santa Cruz, y se queda en silencio.
—Yo me casé siendo una niña, a los quince, y las niñitas, mis dos hijitas, eran todo. Después nació Jacob, prematuro. Y estaba muy débil, muy delicado, y yo se lo entregué a la Virgencita; le dije que ella iba a ser la madre celestial de mi hijo. Se lo entregué y escribí una oración que todavía tengo guardada. El niño pasó todas las enfermedades habidas y por haber.
Tomó precauciones: se acercaba a él cubriéndose la boca con una mascarilla y Jacob fue el niño más abrigado de esos seis inviernos. Su muerte vino a pulverizar la confianza levantada con esfuerzo, la fe en un Dios que cuida a quienes le oran y el sentido de una vida dedicada a los hijos: todas las cosas en las que creía Isabel Cristina.
—No tienes idea de cómo me sentí después. Yo no era nada. Tuve un sentimiento de culpa tan grande, tan grande. Yo digo, si yo hubiese estado en ese momento eso no hubiese pasado. En toda madre hay culpa y por eso me nació a ayudar a las madres que habían perdido a sus hijos.
Y si hasta la muerte de Jacob había sido Isabel Cristina Ávila, ama de casa, madre de tres hijos, después de eso se convirtió en la Psíquica de Chimbarongo. Porque aunque el nacimiento de sus poderes sobrenaturales hay que buscarlo antes (cuando mataron a Rodrigo Anfruns, un niño asesinado en 1979 por el aparato represivo de Pinochet para amedrentar a uno de sus familiares, ella “veía su imagen en televisión y sabía dónde estaba el cuerpo, pero no podía estar segura de lo que me pasaba, no entendía”), jamás se atrevió a decir nada sobre sus percepciones (“¿qué iban a decir, que era bruja?”). Pero después de la muerte de Jacob, lo que dijeran los demás ya no importó.
—Un día me dije que no iba a estar llorando a mi hijo toda la vida. Volví a poner los santos en la casa y empecé a estudiar parapsicología e iriología.
Rehúye contar dónde estudió y qué le enseñaron, pero dice que las únicas lecciones que le han servido fueron las que le daba su abuela, una curandera del campo.
—Si existe el paraíso yo me crié en él. Con mi abuelita, que me enseñó secretos de la naturaleza y a ver las fases de la luna y las estrellas. Y eso es lo que más me sirve en la consulta. Le debo todo a ella.
Cuando se separó de su marido, un hombre al que no quiere recordar, alquiló una consulta en Curicó y otra en Santa Cruz, dos ciudades cercanas a Chimbarongo, y fue a ofrecerse para trabajar en las radios locales.
—Así nomás, llegué y les dije: “Soy Isabel Cristina, parapsicóloga y quiero trabajar en esta radio”. Yo no uso seudónimo ni vendo el cuento de ser una bruja, como esas otras mujeres que andan con túnicas y rodeadas de velas. Soy normal, pero soy psíquica.
Le dieron un espacio de media hora en la radio, una vez por semana, y desde hace veinte años tiene un programa en Radio Colchagua, la principal emisora de la provincia, donde atiende llamados y da consejos con voz suave a mujeres acongojadas. No le pagan, pero promociona sus servicios al aire.
—Por eso no cobro y por los extraviados tampoco, pero por las consultas de parapsicología sí. Aunque si alguien no puede pagar, no paga.
Hay reglas no escritas que deciden cuándo tomar un caso o no. Una cosa es mirar la fotografía y hacer el dibujo —en lo que no tarda mucho— y otra distinta es encargarse del caso, gestionar el apoyo de la policía y, a veces, hacer la búsqueda en terreno. Todo depende de cuánta relación tenga con los fiscales de la zona, de si el sitio de búsqueda queda cerca de su casa y, ante todo, de la gravedad del caso: con los tormentos de los pobres suele hacer excepciones y acaba atendiéndolos.
A Margot de Valparaíso, por ejemplo, la llamó ella.
El Vertedero Los Molles, en Valparaíso, se extiende por 90 hectáreas en las que zumban moscas y sobrevuelan gaviotas. Aquí, el 5 de julio de 2007 y en circunstancias confusas, desapareció Víctor Zuñiga, un hombre que sobrevivía revendiendo metales que encontraba en este basural. Durante el mes y medio que siguió, su hermana Margot vivió en ese vertedero: el sitio donde lo habían visto por última vez.
—Pensaba que si me iba, si volvía a mi casa a dormir, lo dejaba solo —dice ahora Margot, caminando sobre pilas de basura.
Por esos días, ella dormía en una camioneta y despertaba cuando los primeros rayos de sol iluminaban el camino que baja por la quebrada hasta perderse bajo toneladas de basura. Ahora es 31 de diciembre de 2007 y faltan pocas horas para que Valparaíso se transforme en el epicentro de las celebraciones por el nuevo año, desplegando fuegos artificiales en 21 kilómetros de costa. Margot se interna en el basural; para ella es como entrar al cementerio. Fija la vista en una de las máquinas que trabajan, una trituradora con ruedas de 2.5 metros de diámetro y puntas de acero.
—Yo creo que esa pasó por mi Víctor. Por eso es que me pregunto, ¿qué me van a entregar de él?
Isabel Cristina supo que Margot había perdido a su hermano leyendo los diarios locales y, cuando la llamó, habían pasado cuatro meses desde la desaparición. Margot le contó que la denuncia —un caso de “presunta desgracia”— no había producido resultados. Entonces Isabel Cristina contactó a los fiscales, que programaron un rastreo e investigaron unas pozas quebrada abajo, donde ella percibía el cuerpo de Víctor. Los restos no aparecieron, pero Margot dio con otra poza, mucho más chica, de la que extrajo pequeñas evidencias. Un palo arqueado con rastros de sangre, una bolsa plástica con sangre en su interior y retazos de tela que la policía recogió para solicitar pruebas de ADN. Margot cree que esos retazos son restos de la ropa de su hermano.
—Pienso que para deshacerse de las evidencias, fueron a tirar los desechos a esta poza. Porque la bolsa plástica estaba limpia, no era de basura.
Ahora, Margot recoge un palo y empieza a remover el agua estancada de la que extrae trozos de tela que pone a secar. Excava hasta dar con un fierro, más tela y tubos de PVC. Los saca del charco y los deja a un lado, haciendo conjeturas acerca del tiempo que llevan allí, de la posibilidad de que sean evidencia.
—¿Cuántos años tenía tu hermano?
—Cuarenta y cinco. El 16 de octubre cumplía años y ¿qué podía hacer una? ¿Ir a saludar al camión de la basura? La señora Isabel Cristina se ha preocupado mucho más que mi mamá, que ni siquiera me ha dado dinero para una llamada por teléfono. A ella le estoy eternamente agradecida, ha estado preocupada todo este tiempo. Además de que hace todo gratis. No entiendo cómo es que la policía y los fiscales la utilizan y después no quieren reconocerla. Me da rabia que la traten así.
Margot cree ciegamente en Isabel Cristina. Que la psíquica haya marcado otra poza y que Víctor siga sin aparecer, no le restan gratitud ni confianza. Si no fuera por ella, la policía no hubiera ido al basural y Margot no habría encontrado esa poza de agua densa y verde que cada tanto remueve con vehemencia, convencida de que encontrará más rastros de su hermano.
En su casa, una mañana, Isabel Cristina habla de su relación con la policía y el Ejército.
—Si el problema lo tiene una persona de recursos yo consigo lo que pida. GOPE (Grupo de Operaciones Policiales Especiales), helicópteros, perros, lo que quiera. Y ahí salgo en las noticias.
Así sucedió a fines de 2005 con Santiago Errázuriz, un joven de buena familia que se cambió el nick de Messenger a “me aburrí de vivir” y se tiró a un río. Isabel Cristina tardó días en dar con el cuerpo, pero lo hizo a bordo de un Jeep de la policía seguido por los móviles de los canales de televisión. También hubo medios en Antuco, una localidad cordillerana donde 45 jóvenes reclutas murieron congelados vistiendo unos primaverales cortavientos durante un ejercicio de guerra a mediados de 2005, una escandalosa negligencia que costó aún más enterrar cuando pasaban los días sin que aparecieran todos los cuerpos. Faltaban cinco cuando Isabel Cristina recibió una llamada de Juan Emilio Cheyre, el entonces General en Jefe del Ejército. Esa misma tarde viajó en helicóptero a un centro de operaciones en la montaña.
—Yo sólo había visto la nieve en el congelador. Allá parecía cualquier cosa menos mujer con esta cuestión, el goretex, zapatos talla 44. Y yo con calzas por dentro, con otro par de bluyins debajo, con el gorro, las gafas — cuenta y se ríe coqueta.
Pero no le importó la ropa ancha, porque los generales creyeron en ella, pese a que pasó semanas dando vueltas por la nieve sin percibir nada. Asegura que al final aparecieron los cuerpos donde ella había dicho en un comienzo y que el problema fue que, por el camino, se confundió “con los testimonios de unos soldados que decían otra cosa”. Pero no importa, porque la trajeron de regreso en una avioneta del Ejército y le dieron una Medalla al Mérito.
La interrumpen dos golpes en la puerta.
—Voy yo, si esto es como circo pobre.
Abre la puerta y alguien dice:
—Hola, ando buscando a la señora psíquica.
—Sí, yo soy Isabel Cristina.
—Ah. Me robaron una camioneta y quería saber si la puede encontrar.
—No, lo siento, sólo busco personas.
Cierra la puerta y vuelve a sentarse. Isabel Cristina se inició encontrando animales y hoy, todavía, la llaman al programa de radio para preguntarle por patos —“se los comieron”, contesta— o por un cuaderno que una niña perdió y su madre quiere saber si fue en el colegio o en la casa —“percibo que está en la casa”—. Pero fuera del estudio se ríe de esas cosas, de los patos y del cuaderno.
—Es un lío, es meterse en un lío.
Después, cuenta que solía tener un pacto con la policía y los fiscales: la llamaban cuando no tenían pistas y ella los llamaba cuando necesitaba ayuda para dar con los cuerpos de sus extraviados. Pero no se ha cumplido. Muchos de los fiscales dejaron de contestar sus llamados y entre los policías tiene algunos enemigos, sin que pueda explicar por qué.
—Yo soy bruta, a duras penas sé hablar español. Pero si estuviera en Estados Unidos ya sabría inglés, francés y alemán.
El FBI me habría entrenado.
Una oscura tarde de mediados de 2005 llegaron hasta Chimbarongo Nora, Alex, Alejandro, Jano, Aníbal, Carlos, Elías y Mario, familiares de Marcelo Contreras, 32 años, trabajador temporero del campo, desaparecido dos días antes. Al verlos, Isabel Cristina supo que no bastaría con hacerles un mapa. Ellos caían dentro de la categoría de “caso social”: personas de escasos recursos, a las que las autoridades no se molestan en escuchar. Marcelo Contreras vivía en Trapiche, un pueblo a 18 kilómetros de Chimbarongo. Ese sábado, unos amigos de su padre habían pasado por su casa con dos botellas de pisco. Su papá no estaba, pero él los acompañó hasta la laguna Antivero, que es a Trapiche lo que un bar puede ser a un pueblo con mejor vida. Marcelo no regresó y los amigos de su padre —se dice, se supo— se fueron a buscar trabajo a otra región.
La psíquica fue con los familiares a la policía, pero no logró que se ordenara una búsqueda. Entonces, esa misma noche, los animó a buscarlo en la laguna.
La laguna Antivero no es una laguna propiamente dicha, sino un estanque para regar los campos junto al que hay una pequeña casa de madera abandonada. Cuando, acompañados por Isabel Cristina y Carolina, la mayor de sus hijas, los familiares llegaron a esa casa, descubrieron rastros de sangre en las paredes. Charly, uno de los primos, encontró mierda humana y, a su lado, una piedra manchada de rojo. Cuando la psíquica dijo que el cuerpo estaba en el fondo de la laguna, los familiares se arrojaron al agua. Era de madrugada, pleno invierno.
—Esa noche mi mamá me llamó para decir que ella y la Carolina, mi hermana, se quedarían allá —cuenta Sofía—. Yo lo encontré raro. ¿Dónde iban a dormir? A mi mamá le había tocado mucho este caso, me pidió que les llevase ropa al día siguiente. Cuando llegué no podía creerlo. Había personas buscando a Marcelo por todas partes. Habían hecho fuego con unos palos, llovía y estaban todos mojados. Me ofrecieron café, a mí que estaba seca y vestida. Yo me dije que esto no podía estar pasando.
—Hicimos una balsa con planchas de plumavit (poliestireno expandido) y unos neumáticos abajo —cuenta Charly, el primo—. Con eso nos metimos adentro. Remábamos con un palo de colihue. Y yo clavaba el palo para ver si salía el cuerpo. Otros cortaban las totoras. Todos dejamos de trabajar esa semana. La señora Cristina nos traía pan y bebidas. Después nos trajeron carbón para que hiciésemos fuego.
—Era un caso muy grave. La hermana de Marcelo tenía cáncer y ellos eran todos de escasos recursos —dice Isabel Cristina—. Yo cuando vi que todos se tiraban al agua en la noche, me dije que tenía que estar ahí. Y así buscamos hasta que la Sofía dijo que iba a llamar a la prensa.
—Llegó la televisión y después de ellos los del GOPE y la fiscal —dice Charly—. Esa fiscal nos había humillado. Nosotros habíamos querido hablar con ella y no nos había tomado en cuenta porque andábamos todos mojados y cochinos. Pero andábamos buscando a un familiar, a pesar de que era borrachito, y ella pensaba que no éramos seres humanos.
—Ellos buscaron, pero no encontraron evidencia —dice Isabel Cristina—, entonces se acabó la noticia y nos quitaron al GOPE. Pero el capitán del GOPE también se conmovió y vino el sábado, que tenía libre, para ayudar a buscar.
Marcelo Contreras apareció tras una semana de búsqueda. Cuando los familiares cavaron canales con los que pudieron drenarla, el cuerpo de Marcelo apareció, como Isabel Cristina había asegurado, en el fondo barroso de la laguna Antivero.
—Jamás. Nunca hemos trabajado con este tipo de personas —asegura Héctor Arenas, el jefe de la Brigada de Ubicación de Personas, refiriéndose al amplio espectro de individuos que aseguran tener facultades paranormales.
Héctor Arenas tiene hombros anchos, rostro cuadrado y es alto, más de un metro ochenta. Sobre su escritorio abarrotado de papeles ha dejado su placa de identificación. Tiene el pelo muy corto y es difícil imaginar que alguna vez lo dejó crecer más.
—Esa señora me ha llamado acá, me ha dicho que tiene información, que la llame —dice, refiriéndose a la psíquica de Chimbarongo—. ¿Por qué le tengo que llamar yo? La ley dice que nosotros somos un organismo científico y técnico.
A Arenas le gustaría que toda la policía actuara conforme a esa ley, pero cuando se le pide que juzgue al mismísimo Juan Emilio Cheyre, General en Jefe del Ejército que la condecoró, calla.
—Cada uno sabrá por qué hace las cosas.
Suena más cauto que días antes, cuando, en aquel informativo matutino de la televisión, la acusó de inmiscuirse en los rastreos y de estorbar la labor policial.
—Mire, no es una cuestión de creer o no creer. Yo he estudiado casos como el de esta señora —asegura, y se levanta para traer una torre de carpetas de distintos colores y tamaños.
—“Marta Cecilia Peña Rubio” —lee—. “La famosa Tava Ochava era médium, los espíritus hablaban por medio de ella”.
A Arenas se le escapa una sonrisa burlona.
—“Gabriela del Carmen, sueños premonitorios; Alejandro Ayún, mentalista y numerólogo; Eliana Merino, vidente, parapsicóloga; Juan Miguel Beltrán, visualizaciones”.
Cuando enseña los dibujos hechos por el último, la sonrisa se transforma en carcajada. Después abre la carpeta de un vidente que ayudó a encontrar el cuerpo de un niño que él mismo mató. Recorre los informes de una treintena de sujetos paranormales, buscando la ficha de Isabel Cristina.
—Bah, se me perdió —dice, al fin—. Es que tengo más carpetas por allá. Pero es lo mismo, son todos charlatanes, nunca dan datos concretos. Si existen es porque ustedes, la prensa, les dan credibilidad.
Sergio Schilling es un joven psicólogo de 25 años que conoce bien a varios de los personajes de la lista de Arenas. Era un avezado estudiante cuando empezó a interesarse en el tema y convenció a sus profesores de formar un Centro de Estudios Parapsicológicos. Ahí, intentó someter la intuición a pruebas científicas que los videntes no lograron superar. El centro de estudios se cerró y Schilling pasó a formar parte de una asociación internacional que estudia estos fenómenos, aunque él defiende una aproximación escéptica a la que ha dado nombre académico:
—Estudio la “psicología del fraude”. Es ver cómo hacen para engañar, qué paradigmas mentales utilizan para que se les crea.
Por el camino se convirtió en mago, y durante la entrevista hace juegos de naipes para demostrar que todo puede ser un buen truco. Conoció a la psíquica hace años. Isabel Cristina era lo más paranormal que Chile podía ofrecer a una serie de Discovery Channel, y Schilling era el asesor de contenidos. Viajó con cámaras a Chimbarongo a grabar sus percepciones sobre un pescador que había naufragado en el sur, pero no le creyó nada. Le pareció que sus respuestas sólo venían del sentido común, no de un poder especial. Acabó enemistado con todos: con Isabel Cristina, que lo echó de su casa, y con los productores de la serie, que le hicieron ver que sus sospechas sólo bombardeaban una buena historia.
—Durante los ochenta el FBI le metió mucha plata al desarrollo de las capacidades parapsicológicas. Pero nunca hubo resultados o al menos no resultados que se condijeran con el nivel de recursos —dice Schilling, mientras enseña el anuario de la asociación, plagado de firmas de doctores y PHDs.
—¿Tú sabes por qué ella hace todo esto? —pregunta—. Por el hijo. En mi opinión ella está intentando purgar esa culpa. A veces pasa así, hay personas que viven un trauma tan grande que desarrollan una especie de locura. Se les muere alguien y actúan como si estuviera vivo, pero el resto del tiempo son personas normales. Es como cuando te pegan un balazo y no te pueden sacar la bala. Te puedes morir o puedes seguir viviendo. La mente hace lo mismo, hay personas que entran totalmente en la locura o entran un poquito, pero siguen su vida. Es una forma de salvarse.
Un domingo suena el teléfono. Atiendo, y es Isabel Cristina.
—Voy saliendo a un rastreo, en El Olivar, cerquita de Rancagua.
El Olivar es un pueblo agrícola de dos mil habitantes, 89 kilómetros al sur de Santiago. Allí, un hombre de 31 años con una diabetes avanzada, dos botellas de ron en el cuerpo y sin zapatos, ha salido de su casa, presumiblemente, el jueves por la noche. Tres días sin medicamentos, para un enfermo de esas características, significan una muerte segura.
Cuando llego a El Olivar, la psíquica está embarrada hasta las rodillas, fuma un cigarrillo y parece desanimada. Lleva horas rastreando campos y canales.
—Por allá no estaba —le explica a la madre del desaparecido y pide recorrer las plantaciones que están al otro lado de la casa.
El hermano del desaparecido amarra a los perros y una docena de familiares siguen a Isabel Cristina hacia un campo de perales. La psíquica lleva un palo de coligüe que clava en los canales mientras camina y fuma. No habla más de lo necesario. Los sobrinos, hermanos y cuñados dicen que el diabético ya había perdido un brazo y caminaba rengueando.
—Sin zapatos no puede haber ido a ninguna parte —dice una de sus cuñadas—, porque con una diabetes así cualquier cosa es una herida infectada.
Después de merodear por el campo a solas, la psíquica se acerca al grupo familiar.
—No puede haber ido lejos —dice—. ¿Saben qué? A mí me sale que está con un amigo.
Los familiares se sorprenden. Un amigo es la posibilidad de que esté vivo, pero el individuo en cuestión era un hombre de pocos amigos. Alguien propone buscar a un tal Marcelo, un conocido con el que tenía algún trato. Aunque casi nadie tiene fe en ese dato, la psíquica pide que la lleven hasta la casa del hombre. Cuando salen en tropel, se cruzan con un paramédico, conocido de la familia, que les dice:
—Pero si fue internado el jueves por la noche.
El puesto de atención del paramédico, desde donde se deriva a los pacientes a los hospitales, está a media cuadra. Los familiares corren hasta allí y consultan a una mujer que revisa los archivos y llama al Hospital Regional, en Rancagua, a poco menos de 10 kilómetros. Atardece sobre los campos del Olivar y algunos campesinos, sentados en la vereda, opinan sobre la necesidad de mandar a secar los canales para dar con el cuerpo. Una mujer que pasa reconoce a la psíquica y le pregunta por Madeleine.
—Va lento eso, va lento —dice Isabel Cristina.
Entonces salen los familiares y dicen que sí, que está internado con un coma diabético en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Regional. Él mismo había llegado caminando hasta la consulta del paramédico la noche del jueves y, de allí, había sido trasladado al hospital.
—Pónganle candado a la puerta para que no se vuelva a escapar —aconseja, reprende la psíquica.
Exige que la lleven de regreso a Chimbarongo y se sube a la camioneta de uno de los familiares. Es domingo, el día que guarda para ir a misa y hacer velas con sus hijas y su nieta.
—A veces me equivoco —explica.
Anochece y ella, sentada en el asiento del copiloto, apenas iluminada por las luces de otros autos que pasan por la carretera, parece cansada, abatida.
—Pero nada me hace más feliz que equivocarme si la persona aparece viva. Nada.
—Para acá no conocíamos nosotros —dice Rosa, la prima del desaparecido, refregándose las manos en una chomba añosa, vestida para un duro invierno en una calurosa mañana de primavera—.
Un camionero nos habló de esta señora que encuentra a personas, pero no sabemos mucho. No sabemos, pero hay que hacer todo nomás. Ya fuimos donde tanta gente, mi niña.
Ya registraron hospitales, llamaron a todos los teléfonos y se dividieron en cuadrillas para recorrer playas, roqueríos y acantilados.
—Y fuimos donde todos los adivinos y tarotistas de allá —cuenta, como si ir a la morgue y adivinarse la suerte fueran la misma cosa.
Jaime Zúñiga Borden es una de las 3 734 personas que durante 2007 fueron clasificadas por la Policía de Investigaciones de Chile bajo la figura de “denuncia por presunta desgracia”. Una clasificación laxa que incluye a las mujeres que abandonan a sus esposos y a los viejos que, creyendo estar en otro tiempo, llegan a un lugar donde ya no recuerdan su propio nombre. De las 3 734 personas clasificadas bajo este rubro en el año que pasó, 2 707 aparecieron. A los otros 675 parece habérselos tragado la tierra.
Isabel Cristina, irióloga y parapsicóloga, psíquica de Chimbarongo, es especialista en esos casos: los perdidos.
La anuncia el ruido de tacones en los peldaños de madera, y corta el silencio con un “llegué” que remueve las miradas del piso y reacomoda los cuerpos. Isabel Cristina hace su entrada vistiendo un traje blanco de dos piezas que contrasta con el aspecto de sus pacientes, acostumbrados a vestir para trabajar en el campo. Llega a su consulta con más de dos horas de retraso: vive en Chimbarongo, un pueblo a 60 kilómetros de Santa Cruz donde demoró para verse en el noticiero matutino. Sabía que su entrevista saldría al aire, pero no que sería contrastada con el testimonio de Héctor Arenas, un prefecto de Investigaciones, que la trató de mentirosa e intrusa. Isabel Cristina salió de su casa indignada y, ya camino a Santa Cruz, un accidente de tránsito —un bus desbarrancado en el río— la demoró aún más. De modo que son las 11:20 de la mañana cuando aparece, como cada martes, por la consulta que alquila en el centro de Santa Cruz. Allí se gana la vida como parapsicóloga, pero también atiende, sin cobrar un peso, a personas que llegan desde todo Chile preguntando por familiares extraviados.
Entra a su despacho, un cuarto pintado de azul con una vela encendida, una piedra de cuarzo, dos celulares y una agenda abierta sobre el escritorio. El sonido del agua corriendo en una fuente artificial compite con el tronar de los autobuses que se cuela por una ventana tapada por una cortina de tela barata, azul. Sobre la mesa, hay botellas de medicamentos homeopáticos. Todavía disgustada por la humillación a manos del prefecto, se calza un ajustado delantal blanco y se asoma a preguntar quién llegó primero. Hace pasar a una señora que tiene dolores en las rodillas. Uno tras otro, en lapsos de diez o quince minutos, entran sus pacientes. Poco antes de la una de la tarde, Isabel Cristina se asoma a la sala de espera:
—¿Ustedes son los que vienen de San Antonio? —pregunta al grupo que busca al chico de diecinueve años.
Ellos asienten. Rosa, la prima, empieza a contar por qué están ahí y no ha terminado la historia cuando Isabel Cristina la interrumpe:
—Es que a mí ya me llegó una foto del joven. El Coipo le decían. ¿No? Me la mandó una amiga de él la semana pasada, pero le dije que estoy colapsada con los extraviados. No sé si pueda atenderlos.
Y con ese “no sé” vuelve a entrar a su consulta. Los cinco de San Antonio se miran, desanimados, y se debaten entre marcharse y esperar.
—Esperen, los acabará atendiendo —les aconseja una mujer que viste de negro.
Cuando Isabel Cristina se cansa dice “no sé” a casi todo. Y el “no sé” es la mejor respuesta que ha encontrado a la pregunta de cómo hace lo que hace. Encontrar muertos.
Chimbarongo es una pequeña ciudad agrícola de treinta mil habitantes, ubicada en el estrecho valle central de Chile. En una de las dos únicas calles asfaltadas, donde todos los sábados se monta una feria de frutas y verduras, viven Isabel Cristina, sus dos hijas, Carolina y Sofía, y su nieta Francisca, hija de su primogénita. Es una casa de ladrillos pintada de blanco, con un cuidado jardín sin rejas. Isabel Cristina no está y dejó, sobre la mesa de su sala, una carpeta con recortes de prensa y fotografías de desaparecidos. “Yo adiviné dónde estaba el cadáver del joven Santiago Errázuriz” (La Cuarta, 13 de noviembre de 2005), “Psíquica de Chimbarongo ubica otro cuerpo” (El Mercurio, 13 de enero de 2006), “Vidente de Chimbarongo apoya a los Carabineros en la búsqueda de Kevin” (Diario Austral de La Araucanía, 18 de noviembre de 2006), “Dice psíquica chilena que sabe dónde está Madeleine” (El Universal, Venezuela, 11 de octubre de 2007), “Psíquica chilena entrega croquis de donde estaría Madeleine” (El Colombiano, Medellín, 11 de octubre de 2007). Cuando llega, poco después, ofrece un café y saca un cigarro, el primero de una docena que llenará dos ceniceros.
—Los periodistas quieren que yo les explique, la policía también, y a veces pienso que si dijera que veo sería todo más fácil. Pero yo no veo nada. No sé cómo explicar lo que me pasa.
En octubre de 2007, Isabel Cristina aparecía en canales de televisión, noticieros de radio y periódicos como la persona capaz de esclarecer la desaparición más mediática de los últimos años. Tras una reunión con la cónsul de Portugal en Chile, sus ambiguas declaraciones sobre el paradero de la niña inglesa —“Madeleine no está bien” y “no ha salido de Portugal”— eran reproducidas en medios chilenos y extranjeros. Las agencias de noticias la exportaban contando su exitosa colaboración con la policía chilena en otros casos, y ahora, sentada en la sala de su casa en Chimbarongo —ordenada, con muchos muebles, poco espacio y sofás tapizados de marrón— Isabel Cristina expone sus condiciones.
—Sólo voy a ir si voy con mi equipo de trabajo —dice, aunque rehúsa precisar de quiénes se trata.
Dentro de la casa hace más frío que afuera. Las cortinas están cerradas y se filtra poca luz. Isabel Cristina, que no aparenta los 51 años que tiene y lleva el pelo largo teñido de castaño, acerca una estufa a sus pies. Cuenta que se casó a los quince y tuvo tres hijos, una casa y un marido, y que fue feliz hasta un día que no quiere recordar.
—Esa niña, Madeleine... Todos preocupados por ella. Mira, acá venían muchas mamás con sus hijas, o me paraban en la calle y me decían que no querían pedir algo para ellas sino para la niña de Portugal. A mí me había llamado la atención cuando la vi en televisión, pero miraba la foto y pensaba que la iban a encontrar enseguida. Después no la encontraron y la gente me lo empezó a pedir. Está bien, pero tenemos otra gente acá, tenemos otros niños extraviados.
Su voz parece más grave cuando responde con desgano. A regañadientes, adelanta que los McCann son inocentes y que la muerte de la niña fue algo completamente accidental. Estaría enterrada a pocos kilómetros del condominio donde veraneaban. Y aclara que calla porque la investigación está en curso.
—Imagínate si yo mostrara el mapa que entregué a los portugueses. Se llenaría de periodistas ese lugar.
Desde que entregó el mapa, a mediados de octubre pasado, la gente la detiene en la calle para preguntarle cómo es que todavía no encuentran a Maddie. Ella suele eludir una respuesta directa o explica que todo va lento. Sabe que muchas personas jamás tomarían en serio a una vidente, aunque dice que ella es psíquica y que eso hace toda la diferencia con una charlatana.
—Es un proceso psíquico —explica después Sofía, psicóloga, 33 años, la menor de sus hijas—. Primero viene una idea y después otra. No es más que una asociación de ideas. Por ejemplo, piedra, agua, piedra-agua, río. Aunque yo creo que debe también tener lo que son los flashback que vienen con imágenes. De repente me dice “puente” y yo le digo: “es que hay muchos puentes”. Entonces me dice, “puente de madera”.
Sofía es su brazo derecho, dibuja el mapa que su madre imagina y la apura cuando tartamudea y no se decide por árbol o arbusto. Bosqueja perímetros de búsqueda, marca los accidentes geográficos, la vegetación, los postes de luz. Fuma casi tanto como su madre y tiene el temple de las hijas que saben regañar a sus progenitores. Es flaca y tiene el pelo largo, negro y liso.
—El día que ella me diga que ve algo, yo la interno en el psiquiátrico. Ella ya sabe. Porque yo soy psicóloga, lo mío es científico y no puedo dejar de lado mi ciencia. Yo sé que si no encuentra a Maddie, los diarios titularán diciendo que la psíquica se equivocó. A los periodistas les gusta eso. Se hacen pasar por tus amigos, pero después buscan cualquier cosa. Y yo les digo que da igual si no la encuentra. Mi mamá se equivoca a veces, porque es psíquica y no puede tener sólo aciertos.
—Pero, ¿por qué ella percibe?
—Eso ya no lo sé. Yo creo que es un don de Dios. Mi mamá no es una persona que haya recorrido todo Chile, ni que haya salido al extranjero, pero da descripciones de lugares que nunca ha visto. Yo no sé cómo.
Mientras los diarios chilenos gastan tinta especulando sobre lo ocurrido a la niña británica que se perdió cuando vacacionaba en el sur de Portugal, el caso de Jaime Zúñiga Borden, desaparecido en San Antonio, nunca llegará a ser noticia nacional. Para su cuerpo de diecinueve años no hay tinta ni cadenas de oración.
Cuando, después de aquel “no sé” inicial, la psíquica abre la puerta de su consulta y hace pasar a los cinco familiares de Jaime, comienza por lo menos paranormal de todo:
—¿Llamaron a la prensa?
Los cinco responden que no; arguyen que los investigadores pidieron discreción. Isabel Cristina niega con la cabeza, vuelve a insistirles en que tiene muchos casos de extraviados, más de los que puede atender, y explica que sin el apoyo de la prensa no se puede hacer nada. Niega como quien reprende.
—Llamen a El Líder —dice, refiriéndose al diario de San Antonio, el puerto del que viene la familia.
Años en el oficio le han hecho entender que la policía se mueve al ritmo de la opinión pública. Después pide la fotografía del joven. Pregunta qué hacía la noche en que desapareció, a qué amigos había ido a buscar y pide silencio. Los familiares están sentados frente a ella y enmudecen. La psíquica no hace más que mirar la fotografía. Y, cuando se decide a hablar, no prodiga explicaciones.
—Vamos a ver qué se puede hacer —dice, antes de tomar uno de sus celulares para llamar a la policía de la zona.
Habla con uno y después con la secretaria del fiscal que lleva el caso. En una hoja en blanco traza un esquemático dibujo de lo que ha percibido. Un río cubierto con ramas, un descampado, el mar y un monte. Los familiares dejan la consulta con tres copias del mapa, sorprendidos de que ella no cobre nada por algo en lo que hasta entonces —al consultar con varios tarotistas y adivinadores— han gastado tanto.
Al día siguiente la desaparición de Jaime Zúñiga Borden estará en las páginas de El Líder, el pequeño diario de San Antonio, y el fiscal recibirá a los familiares en su oficina. Dos días más tarde aparecerán, en un lugar cercano al que indicó la psíquica, una camisa a cuadros, un pantalón de algodón y un rosario que el padre de Jaime reconoce como el de su hijo. El hombre no verá el cráneo ni el pedazo de pierna, todavía encajada en una zapatilla, que estaban junto a los objetos, pero accederá a tomarse una muestra de sangre para determinar si el ADN corresponde al de su hijo menor. Los resultados demorarán más de un mes y cuando se confirmen, los primeros días de enero de 2008, importarán menos los presuntos culpables que la falta de brazos, de tronco, de la otra pierna. El padre de Jaime exigirá una nueva búsqueda, pero la policía dirá que el caso está cerrado.
—Llamamos a la psíquica para ver si podía venir a encontrar el resto —contará, después, Rosa, desde San Antonio—.
Y ella dijo que no tenía problemas, pero que sería perder la plata. Ella no cobra, pero el gasto de la gasolina para llegar hasta aquí correría por nuestra cuenta. Dijo que no lo encontraríamos. Nos dijo que nos iba a hablar claro, que se lo habían comido los perros.
El día que Isabel Cristina no quiere recordar, y que a su modo la transformó en la psíquica de Chimbarongo, es el día de hace veinte años cuando se le murió un hijo de seis. Se llamaba Jacob. Había ido a pasar el día al campo de su madrina y quedó bajo las ruedas de un tractor. Isabel Cristina llegó tarde. Dice que encontró el rostro de su hijo cubierto de hormigas.
—No pude limpiárselas, no pude hacer nada —cuenta un sábado de noviembre en Chimbarongo—. Me dije “mentira, todo es mentira” y tiré a todos los santos de la casa. Santa Gema de Galdani voló por los aires. Todos por la ventana. Aquí no quedó nada. Yo no quería creerlo, me negaba.
Isabel Cristina llora, un poco a regañadientes.
—No sé por qué ando tan sensible hoy.
Casi ofuscada, se levanta a desenchufar la fuente de agua, igual a la que tiene en su consultorio de Santa Cruz, y se queda en silencio.
—Yo me casé siendo una niña, a los quince, y las niñitas, mis dos hijitas, eran todo. Después nació Jacob, prematuro. Y estaba muy débil, muy delicado, y yo se lo entregué a la Virgencita; le dije que ella iba a ser la madre celestial de mi hijo. Se lo entregué y escribí una oración que todavía tengo guardada. El niño pasó todas las enfermedades habidas y por haber.
Tomó precauciones: se acercaba a él cubriéndose la boca con una mascarilla y Jacob fue el niño más abrigado de esos seis inviernos. Su muerte vino a pulverizar la confianza levantada con esfuerzo, la fe en un Dios que cuida a quienes le oran y el sentido de una vida dedicada a los hijos: todas las cosas en las que creía Isabel Cristina.
—No tienes idea de cómo me sentí después. Yo no era nada. Tuve un sentimiento de culpa tan grande, tan grande. Yo digo, si yo hubiese estado en ese momento eso no hubiese pasado. En toda madre hay culpa y por eso me nació a ayudar a las madres que habían perdido a sus hijos.
Y si hasta la muerte de Jacob había sido Isabel Cristina Ávila, ama de casa, madre de tres hijos, después de eso se convirtió en la Psíquica de Chimbarongo. Porque aunque el nacimiento de sus poderes sobrenaturales hay que buscarlo antes (cuando mataron a Rodrigo Anfruns, un niño asesinado en 1979 por el aparato represivo de Pinochet para amedrentar a uno de sus familiares, ella “veía su imagen en televisión y sabía dónde estaba el cuerpo, pero no podía estar segura de lo que me pasaba, no entendía”), jamás se atrevió a decir nada sobre sus percepciones (“¿qué iban a decir, que era bruja?”). Pero después de la muerte de Jacob, lo que dijeran los demás ya no importó.
—Un día me dije que no iba a estar llorando a mi hijo toda la vida. Volví a poner los santos en la casa y empecé a estudiar parapsicología e iriología.
Rehúye contar dónde estudió y qué le enseñaron, pero dice que las únicas lecciones que le han servido fueron las que le daba su abuela, una curandera del campo.
—Si existe el paraíso yo me crié en él. Con mi abuelita, que me enseñó secretos de la naturaleza y a ver las fases de la luna y las estrellas. Y eso es lo que más me sirve en la consulta. Le debo todo a ella.
Cuando se separó de su marido, un hombre al que no quiere recordar, alquiló una consulta en Curicó y otra en Santa Cruz, dos ciudades cercanas a Chimbarongo, y fue a ofrecerse para trabajar en las radios locales.
—Así nomás, llegué y les dije: “Soy Isabel Cristina, parapsicóloga y quiero trabajar en esta radio”. Yo no uso seudónimo ni vendo el cuento de ser una bruja, como esas otras mujeres que andan con túnicas y rodeadas de velas. Soy normal, pero soy psíquica.
Le dieron un espacio de media hora en la radio, una vez por semana, y desde hace veinte años tiene un programa en Radio Colchagua, la principal emisora de la provincia, donde atiende llamados y da consejos con voz suave a mujeres acongojadas. No le pagan, pero promociona sus servicios al aire.
—Por eso no cobro y por los extraviados tampoco, pero por las consultas de parapsicología sí. Aunque si alguien no puede pagar, no paga.
Hay reglas no escritas que deciden cuándo tomar un caso o no. Una cosa es mirar la fotografía y hacer el dibujo —en lo que no tarda mucho— y otra distinta es encargarse del caso, gestionar el apoyo de la policía y, a veces, hacer la búsqueda en terreno. Todo depende de cuánta relación tenga con los fiscales de la zona, de si el sitio de búsqueda queda cerca de su casa y, ante todo, de la gravedad del caso: con los tormentos de los pobres suele hacer excepciones y acaba atendiéndolos.
A Margot de Valparaíso, por ejemplo, la llamó ella.
El Vertedero Los Molles, en Valparaíso, se extiende por 90 hectáreas en las que zumban moscas y sobrevuelan gaviotas. Aquí, el 5 de julio de 2007 y en circunstancias confusas, desapareció Víctor Zuñiga, un hombre que sobrevivía revendiendo metales que encontraba en este basural. Durante el mes y medio que siguió, su hermana Margot vivió en ese vertedero: el sitio donde lo habían visto por última vez.
—Pensaba que si me iba, si volvía a mi casa a dormir, lo dejaba solo —dice ahora Margot, caminando sobre pilas de basura.
Por esos días, ella dormía en una camioneta y despertaba cuando los primeros rayos de sol iluminaban el camino que baja por la quebrada hasta perderse bajo toneladas de basura. Ahora es 31 de diciembre de 2007 y faltan pocas horas para que Valparaíso se transforme en el epicentro de las celebraciones por el nuevo año, desplegando fuegos artificiales en 21 kilómetros de costa. Margot se interna en el basural; para ella es como entrar al cementerio. Fija la vista en una de las máquinas que trabajan, una trituradora con ruedas de 2.5 metros de diámetro y puntas de acero.
—Yo creo que esa pasó por mi Víctor. Por eso es que me pregunto, ¿qué me van a entregar de él?
Isabel Cristina supo que Margot había perdido a su hermano leyendo los diarios locales y, cuando la llamó, habían pasado cuatro meses desde la desaparición. Margot le contó que la denuncia —un caso de “presunta desgracia”— no había producido resultados. Entonces Isabel Cristina contactó a los fiscales, que programaron un rastreo e investigaron unas pozas quebrada abajo, donde ella percibía el cuerpo de Víctor. Los restos no aparecieron, pero Margot dio con otra poza, mucho más chica, de la que extrajo pequeñas evidencias. Un palo arqueado con rastros de sangre, una bolsa plástica con sangre en su interior y retazos de tela que la policía recogió para solicitar pruebas de ADN. Margot cree que esos retazos son restos de la ropa de su hermano.
—Pienso que para deshacerse de las evidencias, fueron a tirar los desechos a esta poza. Porque la bolsa plástica estaba limpia, no era de basura.
Ahora, Margot recoge un palo y empieza a remover el agua estancada de la que extrae trozos de tela que pone a secar. Excava hasta dar con un fierro, más tela y tubos de PVC. Los saca del charco y los deja a un lado, haciendo conjeturas acerca del tiempo que llevan allí, de la posibilidad de que sean evidencia.
—¿Cuántos años tenía tu hermano?
—Cuarenta y cinco. El 16 de octubre cumplía años y ¿qué podía hacer una? ¿Ir a saludar al camión de la basura? La señora Isabel Cristina se ha preocupado mucho más que mi mamá, que ni siquiera me ha dado dinero para una llamada por teléfono. A ella le estoy eternamente agradecida, ha estado preocupada todo este tiempo. Además de que hace todo gratis. No entiendo cómo es que la policía y los fiscales la utilizan y después no quieren reconocerla. Me da rabia que la traten así.
Margot cree ciegamente en Isabel Cristina. Que la psíquica haya marcado otra poza y que Víctor siga sin aparecer, no le restan gratitud ni confianza. Si no fuera por ella, la policía no hubiera ido al basural y Margot no habría encontrado esa poza de agua densa y verde que cada tanto remueve con vehemencia, convencida de que encontrará más rastros de su hermano.
En su casa, una mañana, Isabel Cristina habla de su relación con la policía y el Ejército.
—Si el problema lo tiene una persona de recursos yo consigo lo que pida. GOPE (Grupo de Operaciones Policiales Especiales), helicópteros, perros, lo que quiera. Y ahí salgo en las noticias.
Así sucedió a fines de 2005 con Santiago Errázuriz, un joven de buena familia que se cambió el nick de Messenger a “me aburrí de vivir” y se tiró a un río. Isabel Cristina tardó días en dar con el cuerpo, pero lo hizo a bordo de un Jeep de la policía seguido por los móviles de los canales de televisión. También hubo medios en Antuco, una localidad cordillerana donde 45 jóvenes reclutas murieron congelados vistiendo unos primaverales cortavientos durante un ejercicio de guerra a mediados de 2005, una escandalosa negligencia que costó aún más enterrar cuando pasaban los días sin que aparecieran todos los cuerpos. Faltaban cinco cuando Isabel Cristina recibió una llamada de Juan Emilio Cheyre, el entonces General en Jefe del Ejército. Esa misma tarde viajó en helicóptero a un centro de operaciones en la montaña.
—Yo sólo había visto la nieve en el congelador. Allá parecía cualquier cosa menos mujer con esta cuestión, el goretex, zapatos talla 44. Y yo con calzas por dentro, con otro par de bluyins debajo, con el gorro, las gafas — cuenta y se ríe coqueta.
Pero no le importó la ropa ancha, porque los generales creyeron en ella, pese a que pasó semanas dando vueltas por la nieve sin percibir nada. Asegura que al final aparecieron los cuerpos donde ella había dicho en un comienzo y que el problema fue que, por el camino, se confundió “con los testimonios de unos soldados que decían otra cosa”. Pero no importa, porque la trajeron de regreso en una avioneta del Ejército y le dieron una Medalla al Mérito.
La interrumpen dos golpes en la puerta.
—Voy yo, si esto es como circo pobre.
Abre la puerta y alguien dice:
—Hola, ando buscando a la señora psíquica.
—Sí, yo soy Isabel Cristina.
—Ah. Me robaron una camioneta y quería saber si la puede encontrar.
—No, lo siento, sólo busco personas.
Cierra la puerta y vuelve a sentarse. Isabel Cristina se inició encontrando animales y hoy, todavía, la llaman al programa de radio para preguntarle por patos —“se los comieron”, contesta— o por un cuaderno que una niña perdió y su madre quiere saber si fue en el colegio o en la casa —“percibo que está en la casa”—. Pero fuera del estudio se ríe de esas cosas, de los patos y del cuaderno.
—Es un lío, es meterse en un lío.
Después, cuenta que solía tener un pacto con la policía y los fiscales: la llamaban cuando no tenían pistas y ella los llamaba cuando necesitaba ayuda para dar con los cuerpos de sus extraviados. Pero no se ha cumplido. Muchos de los fiscales dejaron de contestar sus llamados y entre los policías tiene algunos enemigos, sin que pueda explicar por qué.
—Yo soy bruta, a duras penas sé hablar español. Pero si estuviera en Estados Unidos ya sabría inglés, francés y alemán.
El FBI me habría entrenado.
Una oscura tarde de mediados de 2005 llegaron hasta Chimbarongo Nora, Alex, Alejandro, Jano, Aníbal, Carlos, Elías y Mario, familiares de Marcelo Contreras, 32 años, trabajador temporero del campo, desaparecido dos días antes. Al verlos, Isabel Cristina supo que no bastaría con hacerles un mapa. Ellos caían dentro de la categoría de “caso social”: personas de escasos recursos, a las que las autoridades no se molestan en escuchar. Marcelo Contreras vivía en Trapiche, un pueblo a 18 kilómetros de Chimbarongo. Ese sábado, unos amigos de su padre habían pasado por su casa con dos botellas de pisco. Su papá no estaba, pero él los acompañó hasta la laguna Antivero, que es a Trapiche lo que un bar puede ser a un pueblo con mejor vida. Marcelo no regresó y los amigos de su padre —se dice, se supo— se fueron a buscar trabajo a otra región.
La psíquica fue con los familiares a la policía, pero no logró que se ordenara una búsqueda. Entonces, esa misma noche, los animó a buscarlo en la laguna.
La laguna Antivero no es una laguna propiamente dicha, sino un estanque para regar los campos junto al que hay una pequeña casa de madera abandonada. Cuando, acompañados por Isabel Cristina y Carolina, la mayor de sus hijas, los familiares llegaron a esa casa, descubrieron rastros de sangre en las paredes. Charly, uno de los primos, encontró mierda humana y, a su lado, una piedra manchada de rojo. Cuando la psíquica dijo que el cuerpo estaba en el fondo de la laguna, los familiares se arrojaron al agua. Era de madrugada, pleno invierno.
—Esa noche mi mamá me llamó para decir que ella y la Carolina, mi hermana, se quedarían allá —cuenta Sofía—. Yo lo encontré raro. ¿Dónde iban a dormir? A mi mamá le había tocado mucho este caso, me pidió que les llevase ropa al día siguiente. Cuando llegué no podía creerlo. Había personas buscando a Marcelo por todas partes. Habían hecho fuego con unos palos, llovía y estaban todos mojados. Me ofrecieron café, a mí que estaba seca y vestida. Yo me dije que esto no podía estar pasando.
—Hicimos una balsa con planchas de plumavit (poliestireno expandido) y unos neumáticos abajo —cuenta Charly, el primo—. Con eso nos metimos adentro. Remábamos con un palo de colihue. Y yo clavaba el palo para ver si salía el cuerpo. Otros cortaban las totoras. Todos dejamos de trabajar esa semana. La señora Cristina nos traía pan y bebidas. Después nos trajeron carbón para que hiciésemos fuego.
—Era un caso muy grave. La hermana de Marcelo tenía cáncer y ellos eran todos de escasos recursos —dice Isabel Cristina—. Yo cuando vi que todos se tiraban al agua en la noche, me dije que tenía que estar ahí. Y así buscamos hasta que la Sofía dijo que iba a llamar a la prensa.
—Llegó la televisión y después de ellos los del GOPE y la fiscal —dice Charly—. Esa fiscal nos había humillado. Nosotros habíamos querido hablar con ella y no nos había tomado en cuenta porque andábamos todos mojados y cochinos. Pero andábamos buscando a un familiar, a pesar de que era borrachito, y ella pensaba que no éramos seres humanos.
—Ellos buscaron, pero no encontraron evidencia —dice Isabel Cristina—, entonces se acabó la noticia y nos quitaron al GOPE. Pero el capitán del GOPE también se conmovió y vino el sábado, que tenía libre, para ayudar a buscar.
Marcelo Contreras apareció tras una semana de búsqueda. Cuando los familiares cavaron canales con los que pudieron drenarla, el cuerpo de Marcelo apareció, como Isabel Cristina había asegurado, en el fondo barroso de la laguna Antivero.
—Jamás. Nunca hemos trabajado con este tipo de personas —asegura Héctor Arenas, el jefe de la Brigada de Ubicación de Personas, refiriéndose al amplio espectro de individuos que aseguran tener facultades paranormales.
Héctor Arenas tiene hombros anchos, rostro cuadrado y es alto, más de un metro ochenta. Sobre su escritorio abarrotado de papeles ha dejado su placa de identificación. Tiene el pelo muy corto y es difícil imaginar que alguna vez lo dejó crecer más.
—Esa señora me ha llamado acá, me ha dicho que tiene información, que la llame —dice, refiriéndose a la psíquica de Chimbarongo—. ¿Por qué le tengo que llamar yo? La ley dice que nosotros somos un organismo científico y técnico.
A Arenas le gustaría que toda la policía actuara conforme a esa ley, pero cuando se le pide que juzgue al mismísimo Juan Emilio Cheyre, General en Jefe del Ejército que la condecoró, calla.
—Cada uno sabrá por qué hace las cosas.
Suena más cauto que días antes, cuando, en aquel informativo matutino de la televisión, la acusó de inmiscuirse en los rastreos y de estorbar la labor policial.
—Mire, no es una cuestión de creer o no creer. Yo he estudiado casos como el de esta señora —asegura, y se levanta para traer una torre de carpetas de distintos colores y tamaños.
—“Marta Cecilia Peña Rubio” —lee—. “La famosa Tava Ochava era médium, los espíritus hablaban por medio de ella”.
A Arenas se le escapa una sonrisa burlona.
—“Gabriela del Carmen, sueños premonitorios; Alejandro Ayún, mentalista y numerólogo; Eliana Merino, vidente, parapsicóloga; Juan Miguel Beltrán, visualizaciones”.
Cuando enseña los dibujos hechos por el último, la sonrisa se transforma en carcajada. Después abre la carpeta de un vidente que ayudó a encontrar el cuerpo de un niño que él mismo mató. Recorre los informes de una treintena de sujetos paranormales, buscando la ficha de Isabel Cristina.
—Bah, se me perdió —dice, al fin—. Es que tengo más carpetas por allá. Pero es lo mismo, son todos charlatanes, nunca dan datos concretos. Si existen es porque ustedes, la prensa, les dan credibilidad.
Sergio Schilling es un joven psicólogo de 25 años que conoce bien a varios de los personajes de la lista de Arenas. Era un avezado estudiante cuando empezó a interesarse en el tema y convenció a sus profesores de formar un Centro de Estudios Parapsicológicos. Ahí, intentó someter la intuición a pruebas científicas que los videntes no lograron superar. El centro de estudios se cerró y Schilling pasó a formar parte de una asociación internacional que estudia estos fenómenos, aunque él defiende una aproximación escéptica a la que ha dado nombre académico:
—Estudio la “psicología del fraude”. Es ver cómo hacen para engañar, qué paradigmas mentales utilizan para que se les crea.
Por el camino se convirtió en mago, y durante la entrevista hace juegos de naipes para demostrar que todo puede ser un buen truco. Conoció a la psíquica hace años. Isabel Cristina era lo más paranormal que Chile podía ofrecer a una serie de Discovery Channel, y Schilling era el asesor de contenidos. Viajó con cámaras a Chimbarongo a grabar sus percepciones sobre un pescador que había naufragado en el sur, pero no le creyó nada. Le pareció que sus respuestas sólo venían del sentido común, no de un poder especial. Acabó enemistado con todos: con Isabel Cristina, que lo echó de su casa, y con los productores de la serie, que le hicieron ver que sus sospechas sólo bombardeaban una buena historia.
—Durante los ochenta el FBI le metió mucha plata al desarrollo de las capacidades parapsicológicas. Pero nunca hubo resultados o al menos no resultados que se condijeran con el nivel de recursos —dice Schilling, mientras enseña el anuario de la asociación, plagado de firmas de doctores y PHDs.
—¿Tú sabes por qué ella hace todo esto? —pregunta—. Por el hijo. En mi opinión ella está intentando purgar esa culpa. A veces pasa así, hay personas que viven un trauma tan grande que desarrollan una especie de locura. Se les muere alguien y actúan como si estuviera vivo, pero el resto del tiempo son personas normales. Es como cuando te pegan un balazo y no te pueden sacar la bala. Te puedes morir o puedes seguir viviendo. La mente hace lo mismo, hay personas que entran totalmente en la locura o entran un poquito, pero siguen su vida. Es una forma de salvarse.
Un domingo suena el teléfono. Atiendo, y es Isabel Cristina.
—Voy saliendo a un rastreo, en El Olivar, cerquita de Rancagua.
El Olivar es un pueblo agrícola de dos mil habitantes, 89 kilómetros al sur de Santiago. Allí, un hombre de 31 años con una diabetes avanzada, dos botellas de ron en el cuerpo y sin zapatos, ha salido de su casa, presumiblemente, el jueves por la noche. Tres días sin medicamentos, para un enfermo de esas características, significan una muerte segura.
Cuando llego a El Olivar, la psíquica está embarrada hasta las rodillas, fuma un cigarrillo y parece desanimada. Lleva horas rastreando campos y canales.
—Por allá no estaba —le explica a la madre del desaparecido y pide recorrer las plantaciones que están al otro lado de la casa.
El hermano del desaparecido amarra a los perros y una docena de familiares siguen a Isabel Cristina hacia un campo de perales. La psíquica lleva un palo de coligüe que clava en los canales mientras camina y fuma. No habla más de lo necesario. Los sobrinos, hermanos y cuñados dicen que el diabético ya había perdido un brazo y caminaba rengueando.
—Sin zapatos no puede haber ido a ninguna parte —dice una de sus cuñadas—, porque con una diabetes así cualquier cosa es una herida infectada.
Después de merodear por el campo a solas, la psíquica se acerca al grupo familiar.
—No puede haber ido lejos —dice—. ¿Saben qué? A mí me sale que está con un amigo.
Los familiares se sorprenden. Un amigo es la posibilidad de que esté vivo, pero el individuo en cuestión era un hombre de pocos amigos. Alguien propone buscar a un tal Marcelo, un conocido con el que tenía algún trato. Aunque casi nadie tiene fe en ese dato, la psíquica pide que la lleven hasta la casa del hombre. Cuando salen en tropel, se cruzan con un paramédico, conocido de la familia, que les dice:
—Pero si fue internado el jueves por la noche.
El puesto de atención del paramédico, desde donde se deriva a los pacientes a los hospitales, está a media cuadra. Los familiares corren hasta allí y consultan a una mujer que revisa los archivos y llama al Hospital Regional, en Rancagua, a poco menos de 10 kilómetros. Atardece sobre los campos del Olivar y algunos campesinos, sentados en la vereda, opinan sobre la necesidad de mandar a secar los canales para dar con el cuerpo. Una mujer que pasa reconoce a la psíquica y le pregunta por Madeleine.
—Va lento eso, va lento —dice Isabel Cristina.
Entonces salen los familiares y dicen que sí, que está internado con un coma diabético en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Regional. Él mismo había llegado caminando hasta la consulta del paramédico la noche del jueves y, de allí, había sido trasladado al hospital.
—Pónganle candado a la puerta para que no se vuelva a escapar —aconseja, reprende la psíquica.
Exige que la lleven de regreso a Chimbarongo y se sube a la camioneta de uno de los familiares. Es domingo, el día que guarda para ir a misa y hacer velas con sus hijas y su nieta.
—A veces me equivoco —explica.
Anochece y ella, sentada en el asiento del copiloto, apenas iluminada por las luces de otros autos que pasan por la carretera, parece cansada, abatida.
—Pero nada me hace más feliz que equivocarme si la persona aparece viva. Nada.
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