La crisis boliviana va a las urnas
Evo y un nuevo referéndum. Fotografía de Dado Galderi

La crisis boliviana va a las urnas

Ni los detractores del presidente boliviano creen que pueda perder el referéndum del 10 de agosto. Para lo que sí puede servir la consulta es para lograr alianzas y negociaciones entre las dos Bolivias, la rica de Oriente y la empobrecida del altiplano.
"Mi señor, nosotros somos profundamente demócratas. Nos gusta ir a elecciones, que suelen ser ordenadas, transparentes y limpias. El problema viene después...”.

Ésta es una frase al pasar de un vendedor de gaseosas en la Plaza San Francisco de La Paz, en vísperas de una de las tres convocatorias electorales del último lustro en Bolivia. Pero ayuda mejor que muchos análisis a explicar por qué no se han cumplido los más agoreros vaticinios sobre un país siempre al borde del precipicio.

Ni secesión, ni ruptura constitucional y mucho menos guerra civil. Ninguno de esos escenarios que muchos intuían terminó de plasmarse en la nación más empobrecida de Sudamérica. Ahora la crisis hará una escala técnica en las urnas y todo porque a pesar de sus irreconciliables diferencias, tanto a Evo Morales como a Jorge Tuto Quiroga, el ex presidente y líder del partido derechista Podemos, siempre termina tentándolos la vía democrática.

El proceso autonómico de las cuatro provincias más ricas del Oriente, lideradas por el departamento de Santa Cruz, había arrancado en 2006. Era parte de un proyecto para la gestión de sus propios recursos fiscales y energéticos, y desde entonces existe una agenda a la que el Gobierno no prestó atención.

Cuando todo parecía definirse con una catarata de votos en pro de la autonomía y con un Morales acorralado por sus propios errores políticos y las presiones del ala más radical de las fuerzas que lo apoyan, apareció Quiroga. Con mayoría en una votación en el Senado, extrajo de la chistera un referéndum revocatorio, que en enero había propuesto el propio Presidente como fórmula (chavista de origen) para dirimir la crisis política y, de paso, legitimarse.

Cuando Podemos se decidió a impulsar el referéndum, Morales no podía negarse. Con la rapidez de los que están acostumbrados a batirse a duelo, Evo recogió el guante y convocó al revocatorio para el 10 de agosto. Ese día los bolivianos tendrán que decidir si el Presidente, el Vicepresidente y los prefectos (gobernadores) abandonan sus cargos. Salvo restarles poder a los departamentos proautonomistas, es muy poco lo que se espera de ese referéndum.

La consulta no se perfila como la solución a los antagonismos que esgrimen las dos Bolivias: la empobrecida del altiplano, con 70 por ciento de la producción de alimentos y granos del país, y la pujante de la Media Luna Oriental, con 75 por ciento de las reservas de gas. Tampoco, salvo una catástrofe política, terminará con la experiencia indigenista en el poder, ni con el proyecto autonómico que lidera Santa Cruz.

Ni Evo ni el prefecto de ese departamento, Rubén Costas, corren riesgos en las encuestas.

Quiroga entendió que para subsistir y reposicionarse como líder opositor debía jugar sus cartas llegando a acuerdos con el Gobierno y abortando cierto tono racista de algunos dirigentes proautonomistas.

El ex presidente ya lo había demostrado en abril durante un congreso de la derecha latinoamericana celebrado en Rosario, Argentina. Allí Quiroga diseccionó los liderazgos de Morales y de Hugo Chávez con la precisión de politólogo. Llegó a la conclusión de que “el problema era Chávez” y no Morales.

Si Evo no logra 54.74 por ciento de los votos en el referéndum, un punto más del porcentaje que lo convirtió en Presidente, estará obligado a convocar a elecciones presidenciales en un plazo de 180 días y enfrentar no pocos conflictos en un país donde los problemas abundan tanto como el gas.

Pero aun cuando Morales revalide sus credenciales para continuar en el Palacio del Quemado, y los prefectos más influyentes sigan en sus cargos, será difícil que tras el revocatorio se rompa ese “empate catastrófico”, como el vicepresidente Álvaro García Linera define el momento histórico que vive el país.

Servirá sí para redefinir liderazgos opositores, como el de Quiroga, y para abrir las puertas a una negociación de largo aliento en la que las reivindicaciones indígenas puedan coexistir con la ansiada autonomía del Oriente. Pero eso será después del llamado a las urnas. Y, como sabiamente dijo aquel vendedor de gaseosas alguna vez, ése suele ser el momento en el que Bolivia expone todos sus problemas.
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