La fábrica de boxeadores
Fotografía de David Maung

La fábrica de boxeadores

Tijuana, la ciudad mexicana de la frontera más concurrida del mundo, sede de un cártel del narcotráfico y lugar favorito de extranjeros en busca de alcohol y prostitución, es también la capital mundial del boxeo. En el último cuarto de siglo han tenido 16 campeones mundiales y ahí se han entrenado las grandes leyendas del boxeo, para después brincar a Las Vegas o a Nueva York. Ahí, a golpes, se forma también la nueva generación de peleadores que sueñan con un guante de oro.
Una multitud de boxeadores de piel morena, la mayoría con el pelo casi a rape, enfundada en pantaloncillos cortos de colores verdes, blancos y azules provoca una lluvia de sudor en el gimnasio Crea, un pequeño club de boxeo en forma de triángulo escaleno instalado debajo de las gradas de uno de los centros deportivos públicos más antiguos de Tijuana.

El sitio es sombrío, las paredes de varios matices de grises apagados, espejos rotos y aparatos de boxeo cubiertos de cinta gris por el desgaste. Quienes entrenan ahí parecen respirar esa especie de apatía de finales de verano. El gimnasio resulta asfixiante. La humedad y el sudor penetran en lo más hondo de la nariz. Son más de 100 hombres que saltan, lanzan sus puños y emiten gruñidos guturales que se mezclan con los golpes secos de guantes y manoplas chocando.

Por más de dos décadas este lugar ha sido un purgatorio social, me dice Rómulo Quirarte, el legendario entrenador que preparó en ese lugar a Julio César Chávez en 1984 para el combate que le daría su primer título mundial. El gimnasio queda en el centro de una docena de barrios populares donde el crimen organizado fincó sus laboratorios de anfetaminas, bandas de traficantes de inmigrantes, casas de seguridad y escuadrones de sicarios. Miles de jóvenes intentan salir de ese infierno y algunos han llegado a este club-escuela, donde además de boxeo se les enseñan valores humanos, disciplina, resistencia física y, sobre todo, alejarse de la delincuencia.

“Aquí siempre les hemos dicho que primero está el estudio y después el boxeo. Es una condición que les ponemos si quieren seguir entrenando”, dice don Rómulo, como le llaman todos en el gimnasio, un hombre que no cobra un salario a condición de que no se les cobre a los chicos. Quirarte se parece físicamente al padre Carras de El exorcista. A sus 61 años parece un sabio del boxeo y, por lo tanto, de la vida. Tiene un rostro contenido de dolor, como si algo lo inquietara.

Casi todos los que están aquí rebotando sus cuerpos y encajando golpes conocen a alguien que perdió la vida por sobredosis, asaltos o ajustes de cuentas. Como si el sufrimiento por la pérdida los fuera preparando para el dolor del boxeo, pues el box ante todo es estar dispuesto a soportar el dolor de los golpes y sobreponerse con valentía. “Si quieres la gloria, tienes que soportar la agonía”, escribió el sociólogo-pugilista Loïc Wacquant.

Una voz ronca e imprecatoria grita “diez” y todos los que hacen su rutina de golpes y gestos aceleran su ritmo como una danza africana recién comenzada para después detener sus movimientos cuando la misma voz dice “tiempo” pasados los 10 segundos. Entonces estiran los brazos, caminan un poco, voltean a ver si los entrenadores tienen alguna instrucción. Un minuto después el ciclo comienza otra vez: tres minutos —un round— trotando sobre un mismo sitio y practicando diversos golpes.

Son muchos apodos, nombres y anónimos: hombres a los que la vida no se ha detenido demasiado a contemplar. Algunos son hijos o sobrinos de boxeadores profesionales y desde pequeños olieron el boxeo como los hijos de los carpinteros la madera.

Los 100 boxeadores siguen entrenando aquí mientras otros 300 púgiles amateur y profesionales de la ciudad hacen lo mismo en los 14 clubes de boxeo públicos y privados de Tijuana. La Comisión de Boxeo tiene registrados a 77 peleadores en el boxeo de paga, pero no cuenta a los peleadores de otras partes de México que ingresan a los gimnasios de Tijuana para prepararse o afinar sus estilos para contiendas en Estados Unidos, Europa y Asia. Además de los cientos de púgiles amateur registrados en los comités de boxeo de aficionados. Casi con seguridad se puede afirmar que al menos uno de ellos llegará a un título universal.

Tijuana es un campo de cultivo donde florecen, desde hace tres décadas, los mejores boxeadores de México. Esta caldera, en medio de una ciudad de inmigrantes que sueñan trepar al primer mundo y damnificados por el crimen organizado, ha conseguido que 16 boxeadores lleguen a ser campeones del mundo en los últimos 25 años. Incluso que algunos, como Julio César Chávez, Antonio Margarito o Érik Terrible Morales, estén en la exclusiva lista de los mejores de la historia. Y todo parece que seguirá siendo igual para las nuevas generaciones, pues esta tierra está muy consciente de su papel del box en la vida de su gente.

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En la semioscuridad de una de las esquinas del club está Omar Avendaño, un boxeador de 19 años de rostro moreno, todavía con las espinillas de la adolescencia recién dejada. Su cuerpo de 1.60 metros y 59 kilos, parece el de un niño. Le apodan El Veracruz, porque nació en Tres Valles, un pequeño municipio agrícola del estado de Veracruz.

Me cuenta, mientras se venda las manos, que al menos ahora debía llevar unas ocho peleas profesionales, y no dos como consta en su récord, de no ser porque estuvo en prisión nueve meses el año pasado. Llegó a Tijuana en el año 2000 luego de que sus padres se divorciaron. Su madre pretendió cruzarlo ilegalmente a Estados Unidos por el desierto, pero tras dos intentos fallidos se quedaron a vivir en la emblemática colonia Libertad, un barrio situado a un costado del cerco metálico que divide San Ysidro, California, y Tijuana.

Asegura que a los 16 años fue adiestrado para ser guía de indocumentados y luego traicionado. Trabajaba con un policía municipal que alternaba su oficio con el de coyote, guiando migrantes en su paso ilegal hacia Estados Unidos a cambio de una cuota. Dice que perdió la cuenta de cuántos migrantes guió, “más de 100 seguro”; pero no olvida los últimos cinco que ayudó a cruzar, pues fueron la disputa para que el policía que mandaba sobre este grupo de coyotes lo metiera a la cárcel. Según El Veracruz, otro guía que lo acompañó en la travesía con los migrantes les cobró cinco mil dólares y luego escapó sin darle su comisión y, lo más grave, sin pagarle a su jefe. La noche del 30 de junio de 2007, un mes antes de debutar en profesional, lo detuvieron dos oficiales, uno de ellos su antiguo patrón, acusado supuestamente por su novia de 16 años de violación. Acababa de cumplir 18 años. “En ‘la pinta’ (cárcel) yo seguí entrenando. Corría todos los días en la explanada y por las tardes entrenaba con un ex boxeador que también estaba preso. En lo único que pensaba era en convertirme en un gran boxeador, ése ha sido mi sueño desde que llegué a Tijuana. Allá en Veracruz me hablaban de que aquí entrenaban los mejores boxeadores de México y por eso le dije a mi mamá que quería quedarme aquí, por eso no me he ido a Estados Unidos a pesar de que he tenido muchas oportunidades”, dice.

Llegar a ser boxeador profesional fue su meta desde el principio porque significaba “ser alguien”. “Tus amigos y vecinos te respetan; todos se interesan por ti”. Se obligó a levantarse todos los días a las cinco de la mañana para correr 45 minutos. Cumplir su jornada laboral de siete horas en una carpintería, entrenar por la tarde dos horas y media, hacer una dieta permanente y mantenerse por debajo de los 60 kilos. Dormir bien. Nunca desvelarse. Así ha sido, asegura, desde que debutó en el boxeo profesional.

Es difícil predecir si Avendaño será un boxeador memorable. Su récord dice poco o nada: un empate y un triunfo. Lo que más inquieta es su ambiente. Me asegura que ya no es guía de migrantes, pero aún su grupo de amigos está conformado por vendedores de droga y traficantes de emigrantes. “Yo ya estoy limpio, no me gustan las drogas ni me dedico a nada ilegal. He visto cómo muchos amigos han muerto por pasarse (sobredosis). Yo no soy así. Sólo quiero ser como Julio César Chávez”, me dice titubeante.

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Entre prostitutas y travestis, hoteles de paso, humo de taquerías, luces de neón de bares y cabarets que abren las 24 horas, picaderos de heroína, coyotes prometiendo a migrantes el viaje de la ilusión, ancianos abandonados y hombres expatriados, en la calle Primera de la zona norte de Tijuana —el área de tolerancia de la ciudad a pocos metros del cerco metálico que tapa el primer mundo— está la mueblería Mayén, la segunda más antigua de la ciudad.

Su propietario Guillermo Mayén, un abogado de 55 años que parece un dandy por su fino trato y su bigote perfectamente recortado, ha construido en una de las recámaras de su negocio un museo fotográfico privado dedicado a la historia de la ciudad. De las paredes cuelgan imágenes sepia del primer hipódromo de Tijuana de los años veinte, el frontón Jai Alai, el antiguo casino Agua Caliente construido por Al Capone, marinos estadounidenses durante una juerga en la avenida Revolución, estrellas del cine estadounidense: Ava Gardner sonriendo y Marilyn Monroe en aquella famosa pose de La comezón del septimo año. En la sinfonola, a un costado de una televisión de bulbos, se escucha Sombras en LP. La voz de Javier Solís se introduce con el raspar de la aguja.

Mayén apunta con el dedo hacia la foto de un grupo de niños, se acerca y señala a uno que no rebasa los cinco años de edad, trae unos guantes de box. Es él con su pandilla de amigos y primos en el mismo lugar que hoy está plagado de bares y prostíbulos. “Mi padre y mi tío fueron boxeadores, así que desde pequeño conocí los sinsabores de los púgiles en los vestidores”, dice al tiempo que se sienta en un sofá.

Pasó la mayoría de los fines de semana de su adolescencia y juventud viajando al Auditorio Olímpico de Los Ángeles, California, donde el griego George Parnassus hacía funciones de boxeo principalmente sostenidas con peleadores latinoamericanos. Parnassus fue el primero en promover en Estados Unidos a los boxeadores mexicanos de pesos medianos y chicos en un tiempo que los pesos pesados dominaban la escena boxística mundial.

Así convirtió en estrellas internacionales a Raúl Ratón Macías, Rubén Púas Olivares, José Ángel Mantequilla Nápoles y Chucho Pimentel, entre otros. En 1975, el visionario promotor griego murió de un ataque al corazón. Ese mismo año la Comisión de Boxeo de Ciudad de México planteaba una serie de cambios burocráticos que originaron la debacle de la capital del país como principal plaza de box. Propuso, por ejemplo, que los primeros retadores de los organismos mundiales de boxeo no estuvieran en las listas de los campeonatos nacionales, ocasionando que éstos se devaluaran. Los boxeadores comenzaron a buscar un campeonato del mundo peleando primero en plazas de provincia sin necesidad de hacer escala en el Distrito Federal. A principios de los ochenta la Empresa Mexicana de Box, la única en la capital que presentaba dos funciones semanales, comenzó a tener números rojos. Ciudad de México dejó de ser el centro del boxeo y cedió su lugar a Tijuana, donde un grupo de empresarios organizaba funciones cada semana originando las primeras figuras no formadas en la capital.

Las vidas personales de Mayén y la de su contemporáneo Ignacio Huízar, hijo de uno de los primeros promotores de boxeo de la región, están muy ligadas al boxeo; pero el motor que los animó a convertirse en promotores y pilares de una edad de oro del pugilismo tijuanense surgió cuando presenciaron lo que Parnassus estaba haciendo en Los Ángeles con peleadores mexicanos. Sabían que podían pagar los mejores salarios en México y que la plaza podía servir a cualquier latinoamericano como preámbulo para pelear en Los Ángeles, Las Vegas o Nueva York.

Mayén trajo de Guadalajara, Jalisco, a Felipe Vaca, un ex campeón nacional de peso welter que había pasado cuatro años en prisión. Mudó a toda su familia para la frontera, le dio una mensualidad, departamento y automóvil a cambio de que se pusiera en forma para pelear. En poco tiempo Vaca era una estrella regional. En el verano de 1982 lo presentaron en el Auditorio Municipal donde noqueó a su contrincante en seis rounds. A partir de entonces y hasta mediados de los noventa, Mayén presentó al menos una función al mes con peleadores de todo el país. Esta exposición constante de boxeadores, además de la que hacían esporádicamente otros promotores, entre ellos un ex campeón de Norteamérica de Kick Boxing, y Esteban Virgen, que apoderaba a Julio César Chávez, atrajo a gente del boxeo de todo el país y de Estados Unidos. Muchos boxeadores y entrenadores cambiaron sus residencias a Tijuana porque, si no salían lastimados, al menos cada mes podían pelear. Corría la década de los años ochenta y el laboratorio apenas empezaba.

Los promotores fijaron la mirada en nuevos talentos: podían hacerles una carrera en Tijuana y luego llevarlos a Las Vegas, Atlantic City, Los Ángeles o Nueva York, donde se disputaban principalmente los campeonatos del mundo con sueldos estratosféricos. Si conseguían un título universal el peleador podía cobrar entre 50 mil y un millón de dólares cada vez que contendiera, de los cuales al menos 30% es para el mánager —promotor.
Huízar apostó primero por Raúl Jíbaro Pérez, el peso gallo de mayor estatura de la historia, Jorge Maromero Páez, un ex cirquero que bailaba break dance antes de cada pelea, José Dinamita Estrada, el precursor del estilo agresivo-técnico que Marco Antonio Barrera llevó a alturas insospechadas, y Manuel Mantecas Medina. Mayén, por su parte, apoyó principalmente a Luis Ramón Yoriboy Campas, un descendiente de indígenas yaquis de Sonora. Con el tiempo todos fueron campeones del mundo. La fórmula parecía perfecta: una serie de funciones en Tijuana hasta que el peleador tuviera un récord y fuera boxeador de 10 rounds, luego una campaña de peleas en Estados Unidos y después la oportunidad grande. Pero el boxeo tiene la suerte de un torero. Cuando Huízar intentó repetir la historia con una nueva generación que despuntó en el año 2000, fracasó. Perdió sumas considerables en funciones que celebraba principalmente en el frontón Jai Alai, por el poco público que asistía decepcionado de que las estrellas locales no tuvieran rivales que les exigieran o no fueran tan buenas como sus predecesores.

En los noventa, Fernando Beltrán, un joven empresario fronterizo fanático del box, comenzó a hacer funciones cobijado por un virtuoso boxeador fronterizo que representaba: Érik Terrible Morales. Beltrán había seguido el mismo modelo de Huízar y Mayén. Peleó al Terrible 15 veces en Tijuana antes de probar suerte en Las Vegas, Nevada. Con sólo 19 años su boxeador ya era campeón universal de peso supergallo. En 2000 logró que fuera el más importante de Top Rank, la empresa de box internacional del ex senador estadounidense Bob Arum, luego que Óscar de la Hoya renunciara.
Tras el éxito que tuvo con Morales, Beltrán fue contactado por Top Rank como enlace para otros peleadores mexicanos. Comenzó a fungir como promotor no sólo de boxeadores de Tijuana, también de otro grupo radicado en Ciudad de México, Sonora, Sinaloa y Yucatán. Ahora dirige su empresa Zanfer, asociada con Top Rank, y realiza al menos 20 funciones anuales en todo el país apoyadas por TV Azteca, la segunda televisora más grande de México. Tras el retiro de Morales, sus estrellas más fulgurantes son los dos hijos mayores de Julio César Chávez.

Guillermo Mayén se pone de pie para suspender los boleros rancheros de Javier Solís. Me pide que vea un cajón donde tiene cientos de fotografías de boxeadores. “Míralas, ahí están todos los que alguna vez pelearon aquí”. Revisé sólo algunas y me vino a la mente el personaje rulfiano de Juan Preciado, aquel que sólo al final de su vida, solitario y en medio de la plaza donde su madre solía pasear los domingos, descubrió que todos en el pueblo estaban muertos.

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La luz del sol de las cuatro de la tarde se cuela por los ventanales del lado más pequeño del gimnasio Crea. Un grupo de púgiles a contraluz, al que se les ha unido Omar Avendaño, tira golpes a los costales. Están formados como carniceros frente a sus reses. La sombra más alta se separa y camina hacia mí, se distinguen sus guantes amarillos. Miro su rostro y surge un recuerdo pictórico: su cara amoratada con un gesto que pretendía ser una sonrisa la noche del 7 de septiembre de 2007, cuando venció al estadounidense Nick Hands of Gold Casal, hasta ahora su pelea más difícil.

Se llama Antonio De Marco, es un espigado boxeador de 1.76 metros y larguísimos brazos, una enorme ventaja para este deporte donde se busca golpear sin ser alcanzado. Su figura estrecha y su peso de apenas 62 kilos le dan un aire de desamparo. Nació en Los Mochis, Sinaloa, hace 22 años, pero desde los 13 su padre lo mandó a Ciudad de México para que ingresara a un equipo de tercera división filial del equipo de futbol Cruz Azul. Un año después, y luego de aprobar tres etapas para subir al equipo de segunda, abandonó el juego y viajó solo a Tijuana. “Me habían dicho que aquí podían enseñarme a boxear y por eso me vine. Yo no conocía la ciudad”, dice.

De Marco jamás había entrenado boxeo. De esta profesión únicamente sabía de memoria dos historias familiares: su abuelo materno y su tío fueron campeones nacionales. Un conocido lo llevó al gimnasio Crea y lo presentó a don Rómulo y a sus hijos Rómulo y Roberto Quirarte, quienes le enseñaron desde caminar en un ring hasta tirar golpes y mover su cintura. En el verano de 2004 debutó en el boxeo de paga con una expectativa de gran futuro. El vaticinio se confirmó cuando su estilo agresivo, potente y fino —algo raro para un zurdo—, atrajo la atención del promotor estadounidense Gary Shaw, coproductor de combates de Mike Tyson. Shaw le hizo un contrato por tres años, donde le prometió al menos cuatro peleas anuales en Estados Unidos y llevarlo a disputar un campeonato mundial. “Este muchacho tiene cualidades ilimitadas y si sigue como ahora, trabajando con mucha disciplina, firmeza y mucha humildad, seguro podrá llegar al nivel de Marco Antonio Barrera o Érik Morales”, me dice Rómulo Quirarte.

Al principio los padres de Antonio De Marco intentaron persuadirlo para que regresara a Ciudad de México o a Sinaloa, pero cedieron ante la firmeza del hijo que quería ser boxeador a toda costa, sin importarle dormir en el suelo o sillones de casas de amigos que le daban posada. “Una vez regresé a Los Mochis porque extrañaba mucho a mi familia, pero apenas estuve allá ya me quería regresar a Tijuana. Fue como ya no tener ninguna duda de a que a esto me quería dedicar”, agrega.

Para volverse boxeador profesional, De Marco tuvo que negar su condición de joven normal: entrenó con regularidad, corrió todas las mañanas, fue constante y mantuvo una dieta sana. “Sí, sacrificamos mucho, pero aun así vale la pena porque estoy haciendo lo que más me gusta”, me asegura casi automáticamente, aunque su seño fruncido y arrebatos denotan una presión contenida.

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Cuando los boxeadores están sometidos a un intenso entrenamiento, viven en unas dimensiones de aburrimiento que otras personas apenas si alcanzan a imaginar. Los entrenamientos son rutinarios, aburridos y austeros. Están basados en la repetición hasta el cansancio de golpes y gestos frente al espejo, los costales, al aire o bien contra el sparring. Es la repetición del dolor, “sentir que ya no se pude con los brazos, que te duele la mano pero te aguantas —me dijo un púgil— soportar los golpes, aguantarte el dolor, sobre todo después de una pelea difícil”. También padecen ataques de melancolía y extrañan como nunca a la familia. Otro me aseguró que la dieta era lo más difícil para un boxeador, “a veces sueñas que estás en un banquete y que te devoras todo”. Hay quienes en ocasiones desean una vida normal, simple, sin el “ ‘uno dos, uno dos’, que taladra en la cabeza”. Sufrir otras abstinencias, “tienes que controlar tu vida sexual, no agotar tus energías con mujeres”, me dijo otro.

Norman Mailer dijo: “El preso y el púgil tienen que ceder una parte de lo que en ellos es mejor (dado que resultan tan poco adaptados a la cárcel —o al entrenamiento— como un animal salvaje al parque zoológico). Más tarde o más temprano, el boxeador se da cuenta de que algo de su psique está pagando demasiado caro el entrenamiento. El aburrimiento no sólo le embota la personalidad, sino que le asesina el alma”. El aburrimiento les provoca impaciencia y violento deseo de mejorar sus vidas. Su sacrificio es el motor que les da esperanza de tener una vida mejor. No es de extrañar, por lo tanto, que cualquier boxeador se pase la mitad de su carrera rebelándose contra el entrenamiento. Pero es justamente cuando se contienen que se reconoce si puede llegar a ser un gran campeón.

Así es como Manuel Mantecas Medina se convirtió en el único boxeador en el mundo que ha ganado cinco campeonatos mundiales en la división pluma, pese a tener casi todo en contra: públicos, una pegada débil, problemas familiares, caídas emocionales y rostro sensible a las cortadas. Sin embargo es dueño de una disciplina férrea y una constancia capaz de repetir técnicas una y otra vez hasta que se volvieron una extensión natural de su ánimo. Medina ha pasado 23 de sus 37 años en el boxeo. Debutó en Tijuana siendo casi un niño porque le dijeron que así podía sacar adelante a su familia.

Una tarde de julio lo encuentro entrenando en el club Crea para su pelea 84. Me dice que será en Johannesburgo, Sudáfrica. Su figura, como la de un elefante de Dalí, se confunde con la de otros peleadores jóvenes, muchos de los cuales aún no habían nacido cuando él ya era profesional. “La clave para aguantar tanto en el boxeo ha sido trabajar y mucha disciplina. He conocido a lo largo de mi carrera a muchachos que tenían un gran talento, mejores que yo, pero lo que los venció fue la indisciplina. No tuvieron el rigor para prepararse y se perdieron”, me dice con voz pastosa.

Para muchos Medina es ejemplo de tenacidad en el boxeo, pero también de explotación. Aun cuando ganó cinco títulos mundiales y peleó en 10 países, vive modestamente y trabaja como administrador de una unidad deportiva gracias a Érik Morales, quien luego de su retiro aceptó ser el director del Instituto Municipal del Deporte de Tijuana. Por dos décadas El Mantecas tuvo un contrato lo más parecido a un esclavismo deportivo con Ignacio Huízar. Varios campeones acusaron luego al empresario de diversos fraudes. El Mantecas explica alzando la voz, como si quisiera que los muchachos que están entrenando también lo escucharan, que en dos ocasiones descubrió en flagrancia a su promotor haciendo tratos para que él perdiera, pues de sus derrotas podía sacar más dinero. El 27 de abril de 2002 Medina expuso su cinturón pluma de la Federación Internacional de Boxeo (FIB) en el Madison Square Garden de Nueva York. Ahí en el vestidor, asegura, Huízar acordó con el promotor de su rival no buscar una revancha directa tras perder el título a cambio de una comisión para que se diera el combate de Marco Antonio Barrera contra Tapia, valuado en tres millones de dólares, y no contra él, que costaría un millón de dólares.

Cuando le pregunto por qué seguía con su promotor a pesar de conocer esas negociaciones, calla unos segundos y luego agrega, “yo creo que por gratitud, con él hice toda mi carrera, pero se aprovechó”.

Huízar no quiere hablar al respecto. Le insisto, le dejo recados, no contesta su teléfono. Ya no es el promotor exitoso de saco y corbata permanente que reía a carcajadas por cualquier cosa; aquel que tenía trato directo con el legendario magnate del boxeo Don King. Huízar intenta mimetizarse ahora en Gómez Palacios, una pequeña ciudad del estado de Durango en el norte del país. Maneja él en el equipo del campeón supermosca Cristian Mijares, uno de sus últimos ases. Varias veces ha abierto su empresa de boxeo en Tijuana, apoyado por sus contactos en Las Vegas, pero sus pretensiones le han dejado cuantiosas pérdidas.

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Cuando trabajé en un periódico de Tijuana presencié el antes y el después del que parece ser el futuro del boxeo. Con Mike Tyson y Julio César Chávez al borde del retiro, Óscar de la Hoya era la estrella mundial del boxeo, la única figura comparable a un astro del básquetbol o el futbol como Michael Jordan o Ronaldo. La noche del 17 de junio de 2000 en Los Ángeles, entre los 20 mil fanáticos, estaban en las primeras filas estrellas del cine como Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Salma Hayek y Edward Norton, además del más grande de todos los tiempos, Muhammad Ali. Pero el Golden Boy, al menos arriba del ring, no brilló frente a su rival Sugar Shane Mosley.

En la conferencia de prensa, De la Hoya reconoció su derrota como un caballero y luego, sorpresivamente, anunció el término de su relación laboral con Bob Arum alegando que era ilegal el tipo de contratos por más de cuatro años que tenían la mayoría de los peleadores y que no se atrevían a decirlo por temor a que fueran vetados. Además, denunció los altos porcentajes que los boxeadores tenían que ceder a los organismos de boxeo sólo por pertenecer a ellos.

A partir de entonces él mismo y otras estrellas del pugilismo crearon sus propias empresas de box y empezaron a pelear contra rivales importantes sin estar de por medio un título mundial o un organismo boxístico de renombre. Top Rank y Don King Promotions ya no controlan el boxeo internacional.
Julio César Chávez pudo hacer lo mismo, pero no tuvo el genio ni las ganas.
A finales de julio lo encuentro en el club Crea junto a su hijo Omar, también boxeador profesional. El gimnasio está semivacío, don Rómulo sacó ese día a casi todos los boxeadores para que corrieran y el lugar se ventilara un poco. Además dejaran de hostigar al ídolo.

Chávez tiene un semblante serio, adusto. Está enojado con sus hijos y con todos. Omar Chávez, de 18 años, se había presentado el 21 de junio a una pelea en el Auditorio de Tijuana con sólo tres días de preparación y el rival lo hizo ver como el niño protegido. El público lo abucheó y lo bañó de cerveza. Veinte días después su hijo mayor, Julio César, de 22 años, recibió en el Palenque de Hermosillo, Sonora, la misma ofensa al finalizar su combate que se alargó 10 rounds. Julio César es un ser atormentado por sus propios demonios, pese alcanzar uno de los lugares más altos en la jerarquía de un ídolo mexicano. Ningún boxeador en México, antes y ahora, ha sido tan celebrado como Chávez. Sin embargo, él no parece estar a gusto en su piel. Me cuenta que su molestia es porque sus hijos no están tomando con la seriedad adecuada el boxeo y también por la gente que ha insultado a sus hijos en sus últimas peleas. Pero la angustia contenida se le ve en el rostro desde hace tiempo. Parece reclamar la juventud dejada en los días de aislamiento mientras entrenaba.

El legendario boxeador ha pretendido cobijar a sus hijos con su propia leyenda y le ha alcanzado para presentarlos en las mejores plazas del boxeo mundial, mas la tela parece haberse estirado demasiado y cada vez más se descubren las incertidumbres de dos jóvenes asustados por su nueva labor.

En 24 años de púgil y 115 combates profesionales Chávez pareciera haber visto todo en el boxeo; sin embargo me asegura que cuando sus hijos están arriba del ring peleando se siente desarmado. “Para mí es muy difícil ver pelear a mis hijos, no me acostumbro a ese ambiente; más cuando la gente comienza a meterse con ellos de una manera muy grosera”, me comenta. Ese día encarga la preparación de la próxima pelea de su hijo Omar a don Rómulo, quien alza los hombros resignado como el personaje de Úrsula en Cien años de soledad cuando descubrió que el mundo sólo daba vuelta para repetir siempre lo mismo.

En 27 años al frente del gimnasio, los Quirarte han tenido boxeadores de todo tipo y han trabajado esta naturaleza sin deformarla, fieles a la idea de que cada quien se defiende lanzando sus puños como el alma les dice; pero a todos sus peleadores se les formó con el mismo trato humilde y sincero que tiene don Rómulo, como si el patriarca les filtrara el humor a sus hijos adoptivos. “Todas las generaciones de peleadores corren el riesgo de perderse. Nosotros los orientamos, pero tenemos límites. Sus familias y amigos al final influyen más. La suerte que tenemos es que esta generación tiene más estudios y está más consciente de lo que les ha sucedido a otros peleadores. Además es una generación más administrada, se cuidan más”, me dice Rómulo Quirarte hijo, mientras da indicaciones a dos boxeadores.

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Abstraído de todos, mientras encaja jabs (golpes rápidos) y uppercuts (golpes dirigidos al mentón) al aire Marvin Quintero está en una esquina del gimnasio Crea a contraluz. Lo conozco desde que era un amateur de 13 o 14 años, pero los recuerdos inmediatos que tengo no son ésos, sino los de su pelea unos meses atrás en el Auditorio Municipal de Tijuana, un domo que desde hace tres décadas es considerado la catedral del boxeo mexicano. Aquel combate había pasado de la rapidez y el impacto a la intimidad de movimientos. Cuando terminó el séptimo episodio el réferi tuvo que separarlos. Marvin regresó a su esquina, llevaba los brazos como dos plomos y tomaba aire desesperadamente. Sus entrenadores le limpiaron el sudor y la sangre de la cara y pareció recobrar el rostro de un niño luego de haber jugado todo el día en la tierra. Su rival, Rafael Urías, un hombre con 30 combates de rostro adusto, poco a poco había sido desarmado como un androide genético de Blade Runner al grado de terminar ese episodio hecho un títere aferrado a un hilo. Sin embargo, no podía adivinar que era el fin de la pelea. Cuando sonó la campana, el réferi comenzó a contar en voz alta hasta que al llegar al 10 gritó: “se acabó”.

“No se siente miedo cuando uno trae sangre por toda la cara, sólo preocupación porque se están cometiendo errores. Los golpes se sienten pero no duelen en el momento, es quizá la adrenalina. Duelen un día después de la pelea”, me dice Quintero, un joven boxeador profesional. Es bajito y tiene un corte al estilo Daddy Yankee. Sus ojos grandes cafés siempre observan con una curiosidad infinita su objetivo, sea éste un oponente, un costal o un entrevistador. Está por concluir la carrera de Ingeniería Industrial, una condición que le pusieron sus entrenadores desde que inició en el boxeo de paga, donde cobra entre 500 y 700 dólares por contienda.

“Decidí ser boxeador porque es el oficio que más me gusta, no por la fama o el dinero; aunque sí busco una estabilidad económica con esta profesión. Sé que el boxeo es un albur y en cualquier momento uno puede estar fuera, pero yo me arriesgué, le estoy apostando a esto y quiero ser el mejor peleador del mundo en mi división”, dice. Sus padres lo bautizaron en su natal Culiacán, Sinaloa, con el nombre de Marvin porque el año que nació (1987) Marvin Hagler se despidió del boxeo tras ser derrotado polémicamente por Sugar Ray Leonard en Las Vegas, Nevada. Desde los 12 años se mudó a la casa de un tío ex boxeador en Tijuana con la idea de ingresar a un gimnasio de box. A esa edad entró al club Crea y pronto se distinguió. Fue dos veces campeón nacional y medalla de plata en los Juegos Panamericanos de 2004. Cuando debutó en el boxeo profesional causó expectativa, pero su carrera no ha tenido continuidad. En parte por una derrota en su quinta pelea, un pleito laboral con el promotor que llevaba su carrera y, también por una decepción amorosa, que le dolió más que el nocaut sorpresivo que recibió, y lo alejó del boxeo casi medio año.

Sin embargo, Quirarte me asegura que tiene la promesa de Gary Shaw para firmarle un contrato a Marvin parecido al que hizo con De Marco. “Pienso que apenas estoy empezando. Aún no tengo en mi récord rivales de renombre. Mi meta, por ahora, es calarme con peleadores en Estados Unidos, donde están los mejores”, me dice Marvin.

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Una de las voces más conocedoras del boxeo tijuanense y su evolución es Ray Solís, un hombre de 85 años considerado por el CMB uno de los tres mejores réferis y jueces de su historia. El laberinto de arrugas de su frente y sus ojos pequeñísimos detrás de las gafas parecen haber analizado todo en la vida, principalmente el boxeo, el único tema que le hace sonreír a raíz de la muerte de su esposa.
Solís fue réferi en más de 300 combates, 71 de campeonato mundial, en los cinco continentes. Testificó las hazañas y los adioses de los más grandes boxeadores latinoamericanos del siglo xx. Sentados en unas sillas de madera rústica en un restaurante de la zona norte de la ciudad, la plática vagabundeó para invariablemente terminar en el box.

—Todas las mañanas amanecemos con la noticia de un asesinado más —me dice Solís con su voz que parece haber alcanzado la mayor de todas las ciencias: la de la edad.
—Sí, es terrible, le respondo. La madrugada de ese lunes, trabajadores de un hospital encontraron en un páramo al este de Tijuana a seis hombres ejecutados. Y como si se tratara de perseguidos de la Inquisición, les habían prendido fuego.
—¿Cómo sientes la ciudad? —me pregunta.
—A veces a punto de estallar, como una relación de amor y odio. —Hubiera querido responderle de otra forma. Para mí, un extraño nativo de Tijuana hijo de padres nativos en esta ciudad de migrantes, la frontera murió hace tiempo. La colonia donde crecí, la escuela, los parques, el centro, las salas de cine gigantescas donde soñaba con ser un héroe de aventuras o besar a Julia Roberts, los cerros donde jugaba béisbol, todo o casi todo se los llevaron las máquinas excavadoras en nombre del progreso y miles de migrantes que reclamaban un predio.

—No se te olvide que en esta ciudad también hay cosas buenas. Ustedes los periodistas siempre se quedan con todo lo malo. Ahí tienes, por ejemplo, el box. Tijuana es una cantera de grandes boxeadores y campeones mundiales, y lo seguirá siendo por mucho tiempo porque aquí están las mejores escuelas y entrenadores de box del país. Los grandes entrenadores de Ciudad de México murieron sin pasar a sus hijos su sabiduría. Aquí en Tijuana no, los manejadores están heredando lo que saben a sus hijos y se están renovando. Fíjate, en los últimos 25 años siempre hemos tenido un campeón mundial formado aquí. Ya vez ahora a Antonio Margarito (días antes había noqueado al puertorriqueño Miguel Cotto convirtiéndose en el mejor peleador del mundo en las 147 libras con un salario superior a los dos millones de dólares por pelea). Eso le da alegría a la gente y hace que se olviden de sus problemas —me dice Ray Solís, y hace una mueca que parece una sonrisa.
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