Las tramas de Churba
Gracias a su particular visión, el diseñador Martín Churba ha logrado tumbar algunos mitos de la moda argentina. Desde Tramando, su tienda-taller ubicada en el exclusivo sector de Recoleta en Buenos Aires, produce excéntricas prendas que se venden alrededor del mundo. Así —entre viajes, shows y arte— vive este inquieto genio del diseño.
Por
María Eugenia Ludueña |
Noviembre 2008
|
Tags:
argentina, diseno, moda, ropa
|
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Si todo empieza con un recuerdo de la infancia, el primero que tiene Martín Churba es el de un juguete. Una casita de tela. Tenía las tejas, la puerta y la ventana pintadas. Martín entraba a la casita y miraba con fascinación el truco: cómo ese hogar pintado, fantástico y real se mantenía en pie.
A los 37 años el juguete más querido del diseñador argentino Martín Churba es Tramando, su tienda y taller. Funciona en un edificio de tres pisos y aires parisinos en Recoleta, un barrio coqueto de Buenos Aires. Desde 2003 Churba juega en las ligas de la industria fashion —y factura dos millones de dólares al año y tres locales comercializan sus creaciones en Tokio— desde su centro de operaciones que es maison, estudio, taller de confección, laboratorio textil y punto de referencia para los empapados de las últimas tendencias.
Churba es un tipo con cara de niño, piel pálida, sonrisa de Bar Mitzvá y mejillas encendidas. Va por la vida con aire despreocupado, chapa de diseñador avant-garde y fama de hombre de negocios con aspiraciones sociales. L’Eclaireur, la cadena de boutiques con locales en Japón y Francia, acaba de comprarle una colección completa. Esto significa que esos trapos — juguetes carísimos— viajarán a la médula del sitio donde se rastrean las nuevas tendencias de la moda internacional. Ahí están las piezas del diseñador Philippe Starck, de los belgas Dries Van Noten y Ann Demeulemeester.
Churba nunca fue a una escuela de diseño de indumentaria. Es un exponente pulido del “téjete a ti mismo”. Hizo de todo: publicidad, fotografía, bellas artes, diseño gráfico, teatro, cine. En Tramando, al verlo en acción, uno intuye que a cada paso le ha sacado el jugo. En vivo y en directo, cuando recibe a las clientas, parece más bajito, más delgado, menos pelado y menos excéntrico que en las fotos de las revistas. Un aura infantil lo sobrevuela. O de duende. Habla con todo el cuerpo. Le cuesta estar quieto. Podría parecer que se viste raro, o con combinaciones imposibles. Camisa a rayas celestes y gruesas, una corbata azul con lunares blancos. Pero cada vez más celebrities locales, novias glam, turistas, lo buscan para que los envuelva en ese look experimental.
Tiene buen ojo para elegir el enclave de sus locales. Recoleta siempre fue un barrio de vecinos prósperos, pero cuando él aterrizó, cinco años atrás, estaba lejos de ser la coordenada turística que es hoy. En la esquina hay una joyería que vende Rolex y un local de Fendi donde las carteras son los trofeos de una guerra moderna y para pocos. En las aceras, jóvenes de guantes blancos y frac abren la puerta de los taxis.
En la vidriera de Tramando hay una instalación de Clorindo Testa, 84 años, artista y arquitecto. Testa diseñó la Biblioteca Nacional y en Argentina muchos lo consideran uno de los profesionales más importantes del siglo xx. Churba lo llamó porque cada tres meses le pide a un artista que lo ayude a intervenir las vidrieras. Testa dibujó con cintas sobre tela y la instalación fue bautizada “papeles.generosamente.vestidos”.
Es uno de esos días en que la niebla y el frío abrazan la ciudad. El colorido de la instalación de Testa promete abrigo. Al fondo de la tienda se adivina un jardín, entre señoriales escaleras de mármol. En la planta baja funciona la tienda de indumentaria. Las vendedoras irradian esa belleza discreta que pasa por elegancia natural. Van ataviadas con las creaciones del alma máter. Algunas parecen princesas de aire ligeramente punk, otras gitanas citadinas, tal como serán las gitanas citadinas dentro de cien años. Es el instante perfecto para hundirse en un abrigo de lana gorda y mullida, que en la espalda lleva un estampado de goma con líneas geométricas. Es un coat de lana merino y que cotiza los 300 dólares. Barato para un sitio donde un tapado araña los mil. En otro rincón se pertrechan vestidos de fiesta, sedas de estampas japonesas, muselinas con lunares de látex. Son las criaturas incubadas en los pisos superiores, donde el laboratorio textil investiga técnicas y géneros.
A los 37 años el juguete más querido del diseñador argentino Martín Churba es Tramando, su tienda y taller. Funciona en un edificio de tres pisos y aires parisinos en Recoleta, un barrio coqueto de Buenos Aires. Desde 2003 Churba juega en las ligas de la industria fashion —y factura dos millones de dólares al año y tres locales comercializan sus creaciones en Tokio— desde su centro de operaciones que es maison, estudio, taller de confección, laboratorio textil y punto de referencia para los empapados de las últimas tendencias.
Churba es un tipo con cara de niño, piel pálida, sonrisa de Bar Mitzvá y mejillas encendidas. Va por la vida con aire despreocupado, chapa de diseñador avant-garde y fama de hombre de negocios con aspiraciones sociales. L’Eclaireur, la cadena de boutiques con locales en Japón y Francia, acaba de comprarle una colección completa. Esto significa que esos trapos — juguetes carísimos— viajarán a la médula del sitio donde se rastrean las nuevas tendencias de la moda internacional. Ahí están las piezas del diseñador Philippe Starck, de los belgas Dries Van Noten y Ann Demeulemeester.
Churba nunca fue a una escuela de diseño de indumentaria. Es un exponente pulido del “téjete a ti mismo”. Hizo de todo: publicidad, fotografía, bellas artes, diseño gráfico, teatro, cine. En Tramando, al verlo en acción, uno intuye que a cada paso le ha sacado el jugo. En vivo y en directo, cuando recibe a las clientas, parece más bajito, más delgado, menos pelado y menos excéntrico que en las fotos de las revistas. Un aura infantil lo sobrevuela. O de duende. Habla con todo el cuerpo. Le cuesta estar quieto. Podría parecer que se viste raro, o con combinaciones imposibles. Camisa a rayas celestes y gruesas, una corbata azul con lunares blancos. Pero cada vez más celebrities locales, novias glam, turistas, lo buscan para que los envuelva en ese look experimental.
Tiene buen ojo para elegir el enclave de sus locales. Recoleta siempre fue un barrio de vecinos prósperos, pero cuando él aterrizó, cinco años atrás, estaba lejos de ser la coordenada turística que es hoy. En la esquina hay una joyería que vende Rolex y un local de Fendi donde las carteras son los trofeos de una guerra moderna y para pocos. En las aceras, jóvenes de guantes blancos y frac abren la puerta de los taxis.
En la vidriera de Tramando hay una instalación de Clorindo Testa, 84 años, artista y arquitecto. Testa diseñó la Biblioteca Nacional y en Argentina muchos lo consideran uno de los profesionales más importantes del siglo xx. Churba lo llamó porque cada tres meses le pide a un artista que lo ayude a intervenir las vidrieras. Testa dibujó con cintas sobre tela y la instalación fue bautizada “papeles.generosamente.vestidos”.
Es uno de esos días en que la niebla y el frío abrazan la ciudad. El colorido de la instalación de Testa promete abrigo. Al fondo de la tienda se adivina un jardín, entre señoriales escaleras de mármol. En la planta baja funciona la tienda de indumentaria. Las vendedoras irradian esa belleza discreta que pasa por elegancia natural. Van ataviadas con las creaciones del alma máter. Algunas parecen princesas de aire ligeramente punk, otras gitanas citadinas, tal como serán las gitanas citadinas dentro de cien años. Es el instante perfecto para hundirse en un abrigo de lana gorda y mullida, que en la espalda lleva un estampado de goma con líneas geométricas. Es un coat de lana merino y que cotiza los 300 dólares. Barato para un sitio donde un tapado araña los mil. En otro rincón se pertrechan vestidos de fiesta, sedas de estampas japonesas, muselinas con lunares de látex. Son las criaturas incubadas en los pisos superiores, donde el laboratorio textil investiga técnicas y géneros.
***
Esta casona que Churba alquila está repleta de secretos de familia. Acá funcionó el estudio de diseño y decoración Gris Dimensión, de su tío León Churba. Los hijos —sus primos—, tienen la marca Perfectos Dragones. Diseñan accesorios y bijou que Martín vende en un rincón en Tramando. Creció con la idea de que en todas las casas las telas de tapicería y las alfombras eran una prolongación de la vestimenta de sus habitantes.
Alberto, su tío abuelo paterno, creó CH, un local pionero de diseño en una esquina emblemática de Buenos Aires, la de Cabildo y Juramento. Grace (Graciela, hermana de León) es arquitecta, pintora y diseñadora de alfombras. Los tíos Natalio y Poli Churba dirigen otra casa de diseño de interior, Natán. Natalio, su padre, lidera una empresa constructora. De él, dirá más tarde Churba, aprendió la honestidad. Vittorio Muradep, su abuelo materno, tuvo una casa de alta costura legendaria, Casa Vittorio, en avenida Santa Fe. Lidia, su madre, es un peso pesado de la programación neurolingüística y el coaching, pero cuando Martín y su hermana eran chicos, tenía una marca de ropa infantil, Lemamú. Hoy Churba libera a las clientas —su madre es la número uno— de mitos de la moda como el negro y el blanco. Y les transmite nuevos conceptos. Uno es que no sólo ellas necesitan abrigo: la casa y sus objetos también se arropan con filosofía textil. Como Kenzo, Giorgio Armani, Ralph Lauren y Calvin Klein, Churba tiene su línea para el hogar. Ponchos para mates, puffs, cuencos, platos, fuentes, cacharros de alfarería se erigen en el primer piso de la maison.
A la segunda planta llegan pocos: ahí está el estudio donde Churba trama.
Si encapsularan su oficina y la enviaran al futuro para ser analizada dentro de mil años, los etnógrafos podrían creer que están en presencia de una civilización consagrada al goce de la vida y a la exaltación de los sentidos.¿Por dónde empezar? ¿Por la figura japonesa de cartón, un maniquí vestido de kimono en tamaño casi real, adornado por flecos de colores eléctricos y una guirnalda parpadeante de lucecitas de árbol de Navidad encendidas? En el centro de la escena está la mesa: una tabla apoyada sobre caballetes. Arriba hay mates envueltos en abrigos tejidos, revistas, desorden que no llega a desborde. Un par de computadoras portátiles. Un frasquito con gotas de flores de Bach. Un estuche de colegial para llevar lápices y una veintena de marcadores gruesos. Hay una biblioteca de madera clara con objetos de diseño, libros sobre diseño. Una cafetera italiana, vasitos de alfarería y un rincón con chocolates. Detrás de la mesa está Churba, esperando a esta cronista con un almuerzo pedido por delivery de La Bourgogne, el restó del hotel Alvear con fama de ser la mejor cocina francesa de estas pampas. Martín hace a un lado las computadoras y Laura, una señora de guardapolvo negro, trae manteles tejidos en Tramando. Él abre dos bandejitas plásticas con ensaladas elegantes. Desde su silla, come, habla y atiende su BlackBerry varias veces. Da órdenes, arregla reuniones, resuelve temas financieros y mira de reojo un video de YouTube que aterriza entre sus mails. En lo que tarda en abrirse el archivo, su atención ya volvió a otra cosa. A los recuerdos de esa casa, de su familia, de las épocas en que no tenía derecho a sentarse.
—Conseguí mi primer trabajo como ayudante en un negocio de venta de telas en la avenida Cabildo. Yo tenía una relación mágica con aquel puesto. Vendían saldos, telas no muy buenas. Me tocaba limpiar el piso, el baño y la terraza, y no me dejaban sentarme durante el horario de trabajo. Así pasé mis vacaciones a los 14 años.
El BlackBerry vibra. Los ojos, siempre alegres, piden disculpas. Es su mamá. Pone voz de niño histriónico y algo culposo.
—¡Mamiii! Sí, estoy bien, ¿por qué? Yo también quería saber si estabas bien, te juro por vos que te llamé a tu casa y al móvil. Estoy con una periodista que después te va a consultar algunas cosas.
Otro día, su madre, Lidia, contará entusiasmada que Martín fue así toda la vida.
Talentoso. Distraído. Un ser visual.
—Siempre le tuve tanta fe a Martín —dirá Lidia con los mismos ojos redondeados que su hijo—. El tenía cuatro años, yo pintaba y él venía siempre a pedirme una tela. Le empecé a comprar telas chiquitas. Hacía cuerpos muy bien dibujados, demasiado para su edad. Siempre tuvo un sentido estético tremendo. Elegía ropa alegre y colorida. Después me empezó a aconsejar a mí sobre qué ponerme. En el colegio siempre rechazó la violencia. Era tranquilo, pero muy distraído. Perdía los útiles. Sus amigos eran los que menos tenían. La gente más simple.
”En las fotos —dirá Lidia— había una señal. De chico, Martín se paraba a fotografiar el pelaje de un perro, huellas en la arena, flores en el agua, texturas, techos y puertas. A los 15 años, mientras iba a la escuela, se anotó en un curso de publicidad y diseño gráfico en la escuela Panamericana de Arte. Nunca lo terminó, pero ahí nació su pasión por la ilustración. En esa época empezó a estudiar teatro con Agustín Alezzo, maestro prestigioso. Estudió canto y tomó más clases de actuación con Augusto Fernández. Estudió Bellas Artes y se recibió de profesor de pintura. Entre el drama y el arte, seguía con las fotos y jugaba con el aerógrafo en la estampería de tío León. Armaba collages y los imprimía sobre telas.
”Hacía diseños increíbles, demasiado de avanzada —recuerda Lidia—. Pero acá en Buenos Aires no conseguía trabajo. ¿Te contó de cuando estuvo desempleado? Eran los años noventa, en la Argentina entraba todo importado. Nadie miraba lo que él hacía. Estaba trabajando con el padre. Un día sueño que le compro un sobretodo hermoso y que nos vamos a Nueva York a vender sus cosas. Entonces lo llamo y le digo: ‘Martín, soñé esto, vamos a recorrer salas de diseño allá a ver quién te compra’.
”Hacía diseños increíbles, demasiado de avanzada —recuerda Lidia—. Pero acá en Buenos Aires no conseguía trabajo. ¿Te contó de cuando estuvo desempleado? Eran los años noventa, en la Argentina entraba todo importado. Nadie miraba lo que él hacía. Estaba trabajando con el padre. Un día sueño que le compro un sobretodo hermoso y que nos vamos a Nueva York a vender sus cosas. Entonces lo llamo y le digo: ‘Martín, soñé esto, vamos a recorrer salas de diseño allá a ver quién te compra’.
Madre e hijo caminaron la Gran Manzana con una carpeta de tapas de zinc. Adentro estaban los estampados. Martín ofreció sus patrones de diseño a las casas que proveían a las grandes tiendas. Se pelearon por él y tuvo que decidir entre tres clientes que querían el mismo patrón.
Al volver, una amiga le presentó a otra amiga llamada Jessica Trosman. El lunes estaban trabajando juntos. Martín y Jessica jugaron con las telas, las enloquecieron con técnicas de serigrafía. Estamparon fotografías, metalizados de colores sobre neoprene. Con ingenio criollo, lograron un proceso térmico para adherir lentejuelas y canutillos por todas partes. Llenaron de ganchitos de electricidad unos tops que hicieron furor. Y les colgaron la etiqueta de Trosmanchurba.
Entonces las pampas no eran el fértil terreno donde crecen los nombres y las tiendas de autor. En aquel momento, el único soplo de aire fresco lo aportaba un matrimonio joven y acomodado, el de Paula Cahen D’Anvers (después lanzó la marca Paula) y Alan Faena (al frente del Faena Hotel + Universe en Puerto Madero). Desde principios de los noventa, Paula y Alan construyeron una marca joven y masiva para un público tradicional que pedía novedades. Con Via Vai se adelantaron a Churba en proponer desfiles en lugares no convencionales como estadios y en mezclar en la pasarela a las modelos top con los símbolos de la identidad patria —futbol, bandera, look gauchesco y el himno nacional interpretado por Charly García.
Pero Jessica y Martín hablaron otro idioma. Decían “intervención lúdica de los géneros”. Rompían fronteras entre el arte y la moda. Presentaron la primera colección en Roma. En 1999, sus creaciones estaban en la vidriera de Barney’s de Nueva York.
Martín y Jessica iban por la vida con purpurina en el pelo, pasaban horas en el taller, en entrevistas, en aviones. Fueron pioneros en instalar un comercio de indumentaria en Palermo Soho. Cuando abrieron ese local, en la zona que sería con los años la más cara del megadiseñado Palermo Soho, el barrio era un páramo de talleres mecánicos, verdulerías y casas bajas. Jessica y Martín formaban un matrimonio comercial y artístico perfecto: creaban, ganaban bien, dormían en casas separadas.
Por esos días Martín conoció al hombre con el que comparte el hogar y dos gatos, Tita y Tito. Él se llama Mauro Bernardini, es arquitecto y artista, nacido en 1971. Esbelto, mirada tierna, la misma barba que Martín. Viven juntos en un departamento en el barrio de Colegiales.
—La primera vez que lo vi, Martín estaba armando una vidriera en el local de Trosmanchurba. Paré con el auto en una esquina donde paraba siempre, iba a un local cercano. Había ropa muy rara, pero todo lo que vi me gustó. Mi futuro príncipe estaba en shorts, trabajando. Al rato volví con un amigo a ver si aún estaba. Mi amigo me dijo que lo conocía, que se llamaba Martín. La impresión a primera vista fue la de un creador desbordado, espontáneo, distraído.
Martín en esos años tenía tiempo para todo: amor, trabajo, viajes, teatro y cine. En las tablas, hizo Perlas quemadas, una comedia del poeta, actor, dramaturgo y personaje Fernando Noy. Debutó en cine con la película No quiero volver a casa y un corto, Barbie también puede eStar triste, ambos bajo la dirección de su amiga Albertina Carri. La rueda de la fortuna no podía llevarlo más alto y luego empezó a bajar. En 2001, en medio de una crisis política y social, y en el peor escenario económico de Argentina, Trosman se fue por un lado y Churba por otro.
Cada uno, dijeron entonces y repiten en un monólogo espejado, tuvo la necesidad de seguir su camino. Lo más conflictivo que admitieron en público fue que ella tiraba para el norte y él para el sur.
Martín se retiró unos meses a una casa a orillas del río, en plan de retiro espiritual. Cada tanto, sacaba los marcadores de su cartuchera y dibujaba esquemas y metas. De esa ensalada creativa y 150 mil dólares de inversión salió Tramando, la firma que factura esa cifra por más de diez. Y a la que dotó de una filosofía, un discurso y algunas palabras claves: textil, identidad, inclusión social.
—Con Tramando decidí enlazarme a las lianas de la Argentina.
Alberto, su tío abuelo paterno, creó CH, un local pionero de diseño en una esquina emblemática de Buenos Aires, la de Cabildo y Juramento. Grace (Graciela, hermana de León) es arquitecta, pintora y diseñadora de alfombras. Los tíos Natalio y Poli Churba dirigen otra casa de diseño de interior, Natán. Natalio, su padre, lidera una empresa constructora. De él, dirá más tarde Churba, aprendió la honestidad. Vittorio Muradep, su abuelo materno, tuvo una casa de alta costura legendaria, Casa Vittorio, en avenida Santa Fe. Lidia, su madre, es un peso pesado de la programación neurolingüística y el coaching, pero cuando Martín y su hermana eran chicos, tenía una marca de ropa infantil, Lemamú. Hoy Churba libera a las clientas —su madre es la número uno— de mitos de la moda como el negro y el blanco. Y les transmite nuevos conceptos. Uno es que no sólo ellas necesitan abrigo: la casa y sus objetos también se arropan con filosofía textil. Como Kenzo, Giorgio Armani, Ralph Lauren y Calvin Klein, Churba tiene su línea para el hogar. Ponchos para mates, puffs, cuencos, platos, fuentes, cacharros de alfarería se erigen en el primer piso de la maison.
A la segunda planta llegan pocos: ahí está el estudio donde Churba trama.
Si encapsularan su oficina y la enviaran al futuro para ser analizada dentro de mil años, los etnógrafos podrían creer que están en presencia de una civilización consagrada al goce de la vida y a la exaltación de los sentidos.¿Por dónde empezar? ¿Por la figura japonesa de cartón, un maniquí vestido de kimono en tamaño casi real, adornado por flecos de colores eléctricos y una guirnalda parpadeante de lucecitas de árbol de Navidad encendidas? En el centro de la escena está la mesa: una tabla apoyada sobre caballetes. Arriba hay mates envueltos en abrigos tejidos, revistas, desorden que no llega a desborde. Un par de computadoras portátiles. Un frasquito con gotas de flores de Bach. Un estuche de colegial para llevar lápices y una veintena de marcadores gruesos. Hay una biblioteca de madera clara con objetos de diseño, libros sobre diseño. Una cafetera italiana, vasitos de alfarería y un rincón con chocolates. Detrás de la mesa está Churba, esperando a esta cronista con un almuerzo pedido por delivery de La Bourgogne, el restó del hotel Alvear con fama de ser la mejor cocina francesa de estas pampas. Martín hace a un lado las computadoras y Laura, una señora de guardapolvo negro, trae manteles tejidos en Tramando. Él abre dos bandejitas plásticas con ensaladas elegantes. Desde su silla, come, habla y atiende su BlackBerry varias veces. Da órdenes, arregla reuniones, resuelve temas financieros y mira de reojo un video de YouTube que aterriza entre sus mails. En lo que tarda en abrirse el archivo, su atención ya volvió a otra cosa. A los recuerdos de esa casa, de su familia, de las épocas en que no tenía derecho a sentarse.
—Conseguí mi primer trabajo como ayudante en un negocio de venta de telas en la avenida Cabildo. Yo tenía una relación mágica con aquel puesto. Vendían saldos, telas no muy buenas. Me tocaba limpiar el piso, el baño y la terraza, y no me dejaban sentarme durante el horario de trabajo. Así pasé mis vacaciones a los 14 años.
El BlackBerry vibra. Los ojos, siempre alegres, piden disculpas. Es su mamá. Pone voz de niño histriónico y algo culposo.
—¡Mamiii! Sí, estoy bien, ¿por qué? Yo también quería saber si estabas bien, te juro por vos que te llamé a tu casa y al móvil. Estoy con una periodista que después te va a consultar algunas cosas.
Otro día, su madre, Lidia, contará entusiasmada que Martín fue así toda la vida.
Talentoso. Distraído. Un ser visual.
—Siempre le tuve tanta fe a Martín —dirá Lidia con los mismos ojos redondeados que su hijo—. El tenía cuatro años, yo pintaba y él venía siempre a pedirme una tela. Le empecé a comprar telas chiquitas. Hacía cuerpos muy bien dibujados, demasiado para su edad. Siempre tuvo un sentido estético tremendo. Elegía ropa alegre y colorida. Después me empezó a aconsejar a mí sobre qué ponerme. En el colegio siempre rechazó la violencia. Era tranquilo, pero muy distraído. Perdía los útiles. Sus amigos eran los que menos tenían. La gente más simple.
”En las fotos —dirá Lidia— había una señal. De chico, Martín se paraba a fotografiar el pelaje de un perro, huellas en la arena, flores en el agua, texturas, techos y puertas. A los 15 años, mientras iba a la escuela, se anotó en un curso de publicidad y diseño gráfico en la escuela Panamericana de Arte. Nunca lo terminó, pero ahí nació su pasión por la ilustración. En esa época empezó a estudiar teatro con Agustín Alezzo, maestro prestigioso. Estudió canto y tomó más clases de actuación con Augusto Fernández. Estudió Bellas Artes y se recibió de profesor de pintura. Entre el drama y el arte, seguía con las fotos y jugaba con el aerógrafo en la estampería de tío León. Armaba collages y los imprimía sobre telas.
”Hacía diseños increíbles, demasiado de avanzada —recuerda Lidia—. Pero acá en Buenos Aires no conseguía trabajo. ¿Te contó de cuando estuvo desempleado? Eran los años noventa, en la Argentina entraba todo importado. Nadie miraba lo que él hacía. Estaba trabajando con el padre. Un día sueño que le compro un sobretodo hermoso y que nos vamos a Nueva York a vender sus cosas. Entonces lo llamo y le digo: ‘Martín, soñé esto, vamos a recorrer salas de diseño allá a ver quién te compra’.
”Hacía diseños increíbles, demasiado de avanzada —recuerda Lidia—. Pero acá en Buenos Aires no conseguía trabajo. ¿Te contó de cuando estuvo desempleado? Eran los años noventa, en la Argentina entraba todo importado. Nadie miraba lo que él hacía. Estaba trabajando con el padre. Un día sueño que le compro un sobretodo hermoso y que nos vamos a Nueva York a vender sus cosas. Entonces lo llamo y le digo: ‘Martín, soñé esto, vamos a recorrer salas de diseño allá a ver quién te compra’.
Madre e hijo caminaron la Gran Manzana con una carpeta de tapas de zinc. Adentro estaban los estampados. Martín ofreció sus patrones de diseño a las casas que proveían a las grandes tiendas. Se pelearon por él y tuvo que decidir entre tres clientes que querían el mismo patrón.
Al volver, una amiga le presentó a otra amiga llamada Jessica Trosman. El lunes estaban trabajando juntos. Martín y Jessica jugaron con las telas, las enloquecieron con técnicas de serigrafía. Estamparon fotografías, metalizados de colores sobre neoprene. Con ingenio criollo, lograron un proceso térmico para adherir lentejuelas y canutillos por todas partes. Llenaron de ganchitos de electricidad unos tops que hicieron furor. Y les colgaron la etiqueta de Trosmanchurba.
Entonces las pampas no eran el fértil terreno donde crecen los nombres y las tiendas de autor. En aquel momento, el único soplo de aire fresco lo aportaba un matrimonio joven y acomodado, el de Paula Cahen D’Anvers (después lanzó la marca Paula) y Alan Faena (al frente del Faena Hotel + Universe en Puerto Madero). Desde principios de los noventa, Paula y Alan construyeron una marca joven y masiva para un público tradicional que pedía novedades. Con Via Vai se adelantaron a Churba en proponer desfiles en lugares no convencionales como estadios y en mezclar en la pasarela a las modelos top con los símbolos de la identidad patria —futbol, bandera, look gauchesco y el himno nacional interpretado por Charly García.
Pero Jessica y Martín hablaron otro idioma. Decían “intervención lúdica de los géneros”. Rompían fronteras entre el arte y la moda. Presentaron la primera colección en Roma. En 1999, sus creaciones estaban en la vidriera de Barney’s de Nueva York.
Martín y Jessica iban por la vida con purpurina en el pelo, pasaban horas en el taller, en entrevistas, en aviones. Fueron pioneros en instalar un comercio de indumentaria en Palermo Soho. Cuando abrieron ese local, en la zona que sería con los años la más cara del megadiseñado Palermo Soho, el barrio era un páramo de talleres mecánicos, verdulerías y casas bajas. Jessica y Martín formaban un matrimonio comercial y artístico perfecto: creaban, ganaban bien, dormían en casas separadas.
Por esos días Martín conoció al hombre con el que comparte el hogar y dos gatos, Tita y Tito. Él se llama Mauro Bernardini, es arquitecto y artista, nacido en 1971. Esbelto, mirada tierna, la misma barba que Martín. Viven juntos en un departamento en el barrio de Colegiales.
—La primera vez que lo vi, Martín estaba armando una vidriera en el local de Trosmanchurba. Paré con el auto en una esquina donde paraba siempre, iba a un local cercano. Había ropa muy rara, pero todo lo que vi me gustó. Mi futuro príncipe estaba en shorts, trabajando. Al rato volví con un amigo a ver si aún estaba. Mi amigo me dijo que lo conocía, que se llamaba Martín. La impresión a primera vista fue la de un creador desbordado, espontáneo, distraído.
Martín en esos años tenía tiempo para todo: amor, trabajo, viajes, teatro y cine. En las tablas, hizo Perlas quemadas, una comedia del poeta, actor, dramaturgo y personaje Fernando Noy. Debutó en cine con la película No quiero volver a casa y un corto, Barbie también puede eStar triste, ambos bajo la dirección de su amiga Albertina Carri. La rueda de la fortuna no podía llevarlo más alto y luego empezó a bajar. En 2001, en medio de una crisis política y social, y en el peor escenario económico de Argentina, Trosman se fue por un lado y Churba por otro.
Cada uno, dijeron entonces y repiten en un monólogo espejado, tuvo la necesidad de seguir su camino. Lo más conflictivo que admitieron en público fue que ella tiraba para el norte y él para el sur.
Martín se retiró unos meses a una casa a orillas del río, en plan de retiro espiritual. Cada tanto, sacaba los marcadores de su cartuchera y dibujaba esquemas y metas. De esa ensalada creativa y 150 mil dólares de inversión salió Tramando, la firma que factura esa cifra por más de diez. Y a la que dotó de una filosofía, un discurso y algunas palabras claves: textil, identidad, inclusión social.
—Con Tramando decidí enlazarme a las lianas de la Argentina.
***
Verlo en acción agota. Hay tardes en que todos tienen —tenemos— turno con Churba. Estamos en su estudio almorzando sándwiches y llega el plisador. Martín sale, lo atiende acodado en una mesa del taller, donde hay retazos, alfileres y frascos con canutillos coloridos como confites. El plisador es Mario, un señor mayor, campera de cuero y bolsa con telas de colores. El comerciante abre la bolsa y le pasa a Martín cartones con muestras de hilos de lúrex, yute, algodón crudo, ruloté. Churba las mira a una velocidad inaudita, como si fueran naipes. Ésta no, no, no, ésta sí, dice y señala unos cordones con hebras doradas.
—Si me querés seducir con algo, traémelo en negro y dorado —pide Martín.
Tironea con fuerza de las muestras, prueba su resistencia, hasta que una se rompe.
—¿Por qué se rompe tan fácil el hilo? —pregunta.
Vuelve a su estudio y prepara café. Al minuto le avisan que lo espera una novia en la planta baja. Martín manotea una cajita de bombones que hay en la biblioteca, corre a los saltitos escaleras abajo.
—Es lindo recibir a las clientas con bombones.
La chica que lo espera tiene cuello de cisne, modales de princesa y esa serenidad que consigue el buen pasar. Un vestido diseñado por el mismísimo ronda los tres mil dólares. La bella está parada cerca de la vidriera y la asistente de Martín la ha envuelto en una tela transparente. Se le ve la ropa interior, encajes y puntillas, pero la chica ni se inmuta. Martín gira alrededor de ella, probando las caídas de la tela. Es un niño en una calesita.
—Tenés una piel perfecta para el blanco —la halaga.
La chica sonríe beatífica. Martín deja los últimos detalles en manos de una asistente, besa a la novia y se olvida de ofrecerle bombones. Lo espera otra clienta, María Laura Santillán, la cara de un noticiero de televisión. Ella quiere hablar a solas. Martín se va con la tele y ese día casi no podemos hablar.
Frente a su mesa de trabajo hay una extensa tira de papel que atraviesa la pared. Es su longilíneo calendario 2008 y tiene los meses señalados como mojones de ruta. Las obligaciones marcadas con una parva de anotaciones en marcador grueso y decenas de papelitos (Post it) fucsias. Septiembre: Tokio-Puna. Octubre: París Fashion Week.
—Es caótico. Me pongo enfrente del caos que es el tiempo para intentar ordenarlo.
Arriba del cartel hay una frase con marcador y letras grandes: “Se ordena, crece, se multiplica, se integra, se apodera con firmeza y alegría”.
—Habla del plan que tuve para este año. Surgió de cuando me hice la revolución solar el año pasado, con Fernando Suárez, un astrólogo impresionante. Vive en Bariloche, nos conocemos de hace 15 años. La frase fue un resumen del año.
Martín es un libra con ascendente en sagitario y cada vez que se acerca su cumpleaños, en octubre, recibe en su computadora unos archivos de audio que le envía su astrólogo. Los escucha, toma nota en un cuaderno y con sus marcadores dibuja escenarios, mes a mes. Para septiembre y octubre, los astros le auguran “una buena proyección, mucha potencia”.
—No sabés la cantidad de quilombos que tengo. Si no tuviera problemas me los inventaría, son oportunidades de enfrentarse a la vida. Parece un aforismo, suena horrible. Ayer fuimos a una conferencia.
El día anterior a esta entrevista, Churba estuvo invitado a dar una charla ante mil emprendedores en el hotel Sheraton. La gente quería saber cómo este hombre teje colecciones y alianzas sociales, deslumbra con desfiles impensados, da servicios de consulting y vende ideas con firma: Puma, Chandon, Peter Kent.
El día de la entrevista había otro invitado, un periodista y empresario llamado Antonio Laje.
—Laje no hacía más que hablar de lo mal que está el país. Decía que uno de los mayores problemas de la Argentina es el miedo, porque la gente, según Laje, tiene miedo de comprar, miedo de salir, miedo de no se qué. Y generaba pánico con lo que contaba.
El moderador vio que Churba ponía caras y le preguntó qué pensaba. “Estoy muy deprimido por lo que acabo de escuchar”, respondió Martín.
—Terminé hablando de lo que hago y por qué lo hago. Si yo me asocio al problema, siento pánico. Uno puede elegir vivir con los problemas, o ser un Martín Churba y vivir con la gente.
Él, dice, prefiere la estrategia de Pulgarcito.
—Puedo ser muy chiquitito pero que venga el que sigue, a ver cómo sale esta pelea. Si me pongo a pensar que hay un gigante me muero de un ataque cardiaco. Si dejo que venga, quizá no es tan gigante o es un gigante medio pelotudo, o está borracho.
Para Churba “vivir con la gente” es hacer negocios inclusivos. Y ése es uno de los conceptos centrales de Tramando. Predica la idea de sumar a la industria de la moda a sectores que jamás podrían comprar sus prendas. Su experiencia inicial fue una alianza con el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de La Matanza, unos tipos moldeados en Argentina del trabajo en extinción y la pobreza. Este movimiento se diferenciaba de otros similares por su negativa a recibir planes asistencialistas del Estado. El contacto con Tramando lo propuso una organización no gubernamental, Poder Ciudadano, que en 2004 cruzó a Toty Flores, un ex obrero metalúrgico y líder de esta agrupación, con Martín. Hombres y mujeres sin nada que perder pidieron a Churba que los ayudara a reactivar unas máquinas. Martín fue y vino varias veces entre su maison de Recoleta y el barrio de calles de tierra y olor a guiso de fideos donde se reunían los del MTD, agrupados como Cooperativa La Juanita. Los ayudó a armar un taller, les dio prendas para coser, los capacitó y aprendió algo.
—La creatividad no es un derecho de los ricos y bien educados. La belleza no tiene que salir de los lugares lindos y prósperos.
De la mano de Churba, los hombres duros alcanzaron fama mediática con la campaña “Pongamos el trabajo de moda”. Convirtieron al guardapolvos en el emblema de otro mundo posible: el de los obreros, los escolares, los docentes. Desfilaron con lágrimas en los ojos en la pasarela de un Buenos Aires Fashion Week. Con Tramando, exportaron a Japón guardapolvos diseñados por ellos, con solapas triples y bolsillos diagonales. Los primeros 300 sirvieron para que el taller se pusiera en marcha y se abriera a nuevos clientes, además de Tramando. Los trabajadores sabían que esas creaciones se vendían por sumas con las que ellos podrían vivir meses. Pero estaban satisfechos. Churba, decían, les pagaba cinco veces más que un taller común. Hoy el líder del MTD es diputado, La Juanita hace alianzas con otras cooperativas. Y el proyecto social que más entusiasma a Tramando queda en otro lugar: la Puna.
La Puna es esa parte del altiplano argentino donde falta el oxígeno, y los hombres y las mujeres habitan los cerros en los que sobreviven con cabras, llamas y ovejas a las que transforman en alimento y vestido. Allí la crisis económica impactó con crudeza sobre la población, en su mayoría aborigen.
Todo empezó con un viaje que Martín y Mauro habían soñado: el norte argentino. Desde que se conocieron, comparten viajes y proyectos artísticos de toda calaña.
Mauro es el mentor de la reforma que se hizo en Tramando. Pero además de arquitecto es poeta, fotógrafo y artista. Con Martín diseña intervenciones, o posa su mirada sobre la intimidad más cotidiana, polaroids de una relación que transforma en arte para la web. El viaje al norte estaba, como ellos, abierto a casi todo.
—Salimos de Buenos Aires en auto y entramos en contacto con la magia. Las cosas se iban dando en el momento justo. Por ejemplo, yo iba pensando en qué maravilloso sería conocer a Ricardo Paz —a quien se le atribuye haber plantado la semilla del arte étnico en Argentina—. Lo crucé en una gasolinera y terminamos con Mauro acampando en el jardín de su casa en Santiago del Estero.
A Santiago le siguió el paisaje puneño: cerros minerales, salares eternos, cielos plenos, cholas de sombrero negro y aguayos de tonos eléctricos: turquesa, fucsia, amarillo, verde. Martín sabía más de los textiles precolombinos que de los kollas, pero sentía curiosidad. Por azares y contactos de amigos, llegó a una de las líderes del área de Género de Red Puna, una organización de comunidades indígenas en un pueblo, Abrapampa, a 80 kilómetros de la frontera con Bolivia. En las comunidades, Martín se encontró con señoras de manos ágiles, que hilan, tiñen, tejen. Pero ahora se juntan para subsistir y pasarse consejos de qué diseños prefieren los turistas.
—Cuando las conocí sentí un abismo entre dos mundos. Me sorprendió que fueran tan tímidas, tan volcadas hacia adentro, como ovillándose en sí mismas. Al principio éramos como dos órganos diferentes, con dificultades para entendernos. Pero lo fuimos logrando.
De aquel viaje Martín volvió enamorado del universo kolla. Se inspiró en aquellas faldas coloridas y en los sombreros negros de las indígenas y lanzó una colección-homenaje a las damas del altiplano. Pero el plan, que tuvo su nacimiento aquellos días con las tejedoras, es el Proyecto Puna. Empezó con un diagnóstico de las artesanías que ellas tejen y el compromiso de guiarlas en la construcción de un emprendimiento con Tramando. Integrar lo aborigen y lo churbiano. El objetivo es que a fin de año, las prendas, accesorios y objetos de decoración hechos con fibras naturales y orgánicas, se vendan desde la plataforma Churba y en el contexto del comercio justo.
Martina Abracaite es una artesana de las que tejen con Churba desde la Puna. Cuenta:
—Al principio nos costó, no hablábamos el mismo código. Si las prendas son nuestras, ¿por qué agregarles un diseño de otro?, nos preguntamos. Con el tiempo nos entendimos. Van casi tres años. Martín aporta la visión del diseño y lo comercial. Se nota su influencia. Por ejemplo, con la aplicación de estampados de una tela engomada sobre llama natural.
Del proyecto participan 40 personas. Algunas tejedoras viajan a Buenos Aires, pasan unos días en Tramando y vuelven a sus casas de adobe con las nuevas técnicas. Tramando tiene un área social que se ocupa de esto y cuenta con el apoyo de la Fundación Avina, financiamiento del Gobierno de Navarra, y de Miserior, una financiadora alemana. Tiene sus propios diseñadores y trabajadores sociales. Van y vienen entre acá y allá, organizan talleres de tejido, acuerdan pautas de producción, diseño, y regresan a Tramando con muestras de lo que se hizo e ideas de lo que se puede hacer.
Una tarde, en la maison, hay una reunión donde se evalúa este proyecto después de uno de esos viajes. Hay una diseñadora y una emprendedora social que trabajan con Martín —una de ellas conoce a Martín “de cuando era un desorejado y hacía cosas muy locas. Tiene una visión divertida de la vida. Sigue siendo un niño, más pelado”— y rápidamente el encuentro se pone duro: las mujeres comentan que el último encuentro con las artesanas en el norte podría haber sido más fructífero en muestras y propuestas.
Martín escucha a su equipo mientras dibuja un esquema de fases con marcador azul. Lo hace con tanta fuerza que la fibra emite un chillido sobre el papel.
—A ver chicas, las muestras pueden haber sido pobres pero no estamos evaluando sólo una colección. La experiencia que nos queda no es pobre.
—No están escuchando a los clientes —comenta una diseñadora.
—No es momento de que escuchen —dice Martín—. Estamos haciendo Red Puna y artesanos contentos. Esto no es solamente una colección, es gente inspirada, motivada, bien paga.
Martín presta su currículum a estas artesanas inspiradas como respaldo a emprendimientos convocados por el Estado. Y teje una estrategia de evangelización reversible: quiere que la civilización occidental entienda el valor de la joya textil de los pueblos andinos.
—Lo que ellas hacen es una joya, son piezas casi preciosas. Ojalá pudiéramos apoderarnos de esa idea y que ese valor se transmitiera como algo sofisticado, único. Hoy la artesanía no tiene valor, un buzo de polar abriga más, es más fácil de hacer y más barato que un suéter de llama. Si yo te cuento que el hilo antes era el dinero en la región, empezás a mirar las manos de la artesana de otra manera. Cuando lancemos las colecciones Puna en Buenos Aires, van a tener que portar esta historia.
Cuando la reunión termina y estamos a solas, le pregunto si cree que el mensaje de los tejedoras y los desocupados llega a las clientas.
—En parte sí, pero el consumidor de Tramando hoy se alimenta del relato, no de un objeto. En eso hacemos punta. Del intercambio con Japón entendimos algo. Una cosa vale la mitad por lo que es, y la otra mitad por lo que representa y cuenta. Tal vez hoy no sea muy fácil cobrarlo, pero es el negocio del futuro: el intangible.
—Es caótico. Me pongo enfrente del caos que es el tiempo para intentar ordenarlo.
Arriba del cartel hay una frase con marcador y letras grandes: “Se ordena, crece, se multiplica, se integra, se apodera con firmeza y alegría”.
—Habla del plan que tuve para este año. Surgió de cuando me hice la revolución solar el año pasado, con Fernando Suárez, un astrólogo impresionante. Vive en Bariloche, nos conocemos de hace 15 años. La frase fue un resumen del año.
Martín es un libra con ascendente en sagitario y cada vez que se acerca su cumpleaños, en octubre, recibe en su computadora unos archivos de audio que le envía su astrólogo. Los escucha, toma nota en un cuaderno y con sus marcadores dibuja escenarios, mes a mes. Para septiembre y octubre, los astros le auguran “una buena proyección, mucha potencia”.
—No sabés la cantidad de quilombos que tengo. Si no tuviera problemas me los inventaría, son oportunidades de enfrentarse a la vida. Parece un aforismo, suena horrible. Ayer fuimos a una conferencia.
El día anterior a esta entrevista, Churba estuvo invitado a dar una charla ante mil emprendedores en el hotel Sheraton. La gente quería saber cómo este hombre teje colecciones y alianzas sociales, deslumbra con desfiles impensados, da servicios de consulting y vende ideas con firma: Puma, Chandon, Peter Kent.
El día de la entrevista había otro invitado, un periodista y empresario llamado Antonio Laje.
—Laje no hacía más que hablar de lo mal que está el país. Decía que uno de los mayores problemas de la Argentina es el miedo, porque la gente, según Laje, tiene miedo de comprar, miedo de salir, miedo de no se qué. Y generaba pánico con lo que contaba.
El moderador vio que Churba ponía caras y le preguntó qué pensaba. “Estoy muy deprimido por lo que acabo de escuchar”, respondió Martín.
—Terminé hablando de lo que hago y por qué lo hago. Si yo me asocio al problema, siento pánico. Uno puede elegir vivir con los problemas, o ser un Martín Churba y vivir con la gente.
Él, dice, prefiere la estrategia de Pulgarcito.
—Puedo ser muy chiquitito pero que venga el que sigue, a ver cómo sale esta pelea. Si me pongo a pensar que hay un gigante me muero de un ataque cardiaco. Si dejo que venga, quizá no es tan gigante o es un gigante medio pelotudo, o está borracho.
Para Churba “vivir con la gente” es hacer negocios inclusivos. Y ése es uno de los conceptos centrales de Tramando. Predica la idea de sumar a la industria de la moda a sectores que jamás podrían comprar sus prendas. Su experiencia inicial fue una alianza con el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de La Matanza, unos tipos moldeados en Argentina del trabajo en extinción y la pobreza. Este movimiento se diferenciaba de otros similares por su negativa a recibir planes asistencialistas del Estado. El contacto con Tramando lo propuso una organización no gubernamental, Poder Ciudadano, que en 2004 cruzó a Toty Flores, un ex obrero metalúrgico y líder de esta agrupación, con Martín. Hombres y mujeres sin nada que perder pidieron a Churba que los ayudara a reactivar unas máquinas. Martín fue y vino varias veces entre su maison de Recoleta y el barrio de calles de tierra y olor a guiso de fideos donde se reunían los del MTD, agrupados como Cooperativa La Juanita. Los ayudó a armar un taller, les dio prendas para coser, los capacitó y aprendió algo.
—La creatividad no es un derecho de los ricos y bien educados. La belleza no tiene que salir de los lugares lindos y prósperos.
De la mano de Churba, los hombres duros alcanzaron fama mediática con la campaña “Pongamos el trabajo de moda”. Convirtieron al guardapolvos en el emblema de otro mundo posible: el de los obreros, los escolares, los docentes. Desfilaron con lágrimas en los ojos en la pasarela de un Buenos Aires Fashion Week. Con Tramando, exportaron a Japón guardapolvos diseñados por ellos, con solapas triples y bolsillos diagonales. Los primeros 300 sirvieron para que el taller se pusiera en marcha y se abriera a nuevos clientes, además de Tramando. Los trabajadores sabían que esas creaciones se vendían por sumas con las que ellos podrían vivir meses. Pero estaban satisfechos. Churba, decían, les pagaba cinco veces más que un taller común. Hoy el líder del MTD es diputado, La Juanita hace alianzas con otras cooperativas. Y el proyecto social que más entusiasma a Tramando queda en otro lugar: la Puna.
La Puna es esa parte del altiplano argentino donde falta el oxígeno, y los hombres y las mujeres habitan los cerros en los que sobreviven con cabras, llamas y ovejas a las que transforman en alimento y vestido. Allí la crisis económica impactó con crudeza sobre la población, en su mayoría aborigen.
Todo empezó con un viaje que Martín y Mauro habían soñado: el norte argentino. Desde que se conocieron, comparten viajes y proyectos artísticos de toda calaña.
Mauro es el mentor de la reforma que se hizo en Tramando. Pero además de arquitecto es poeta, fotógrafo y artista. Con Martín diseña intervenciones, o posa su mirada sobre la intimidad más cotidiana, polaroids de una relación que transforma en arte para la web. El viaje al norte estaba, como ellos, abierto a casi todo.
—Salimos de Buenos Aires en auto y entramos en contacto con la magia. Las cosas se iban dando en el momento justo. Por ejemplo, yo iba pensando en qué maravilloso sería conocer a Ricardo Paz —a quien se le atribuye haber plantado la semilla del arte étnico en Argentina—. Lo crucé en una gasolinera y terminamos con Mauro acampando en el jardín de su casa en Santiago del Estero.
A Santiago le siguió el paisaje puneño: cerros minerales, salares eternos, cielos plenos, cholas de sombrero negro y aguayos de tonos eléctricos: turquesa, fucsia, amarillo, verde. Martín sabía más de los textiles precolombinos que de los kollas, pero sentía curiosidad. Por azares y contactos de amigos, llegó a una de las líderes del área de Género de Red Puna, una organización de comunidades indígenas en un pueblo, Abrapampa, a 80 kilómetros de la frontera con Bolivia. En las comunidades, Martín se encontró con señoras de manos ágiles, que hilan, tiñen, tejen. Pero ahora se juntan para subsistir y pasarse consejos de qué diseños prefieren los turistas.
—Cuando las conocí sentí un abismo entre dos mundos. Me sorprendió que fueran tan tímidas, tan volcadas hacia adentro, como ovillándose en sí mismas. Al principio éramos como dos órganos diferentes, con dificultades para entendernos. Pero lo fuimos logrando.
De aquel viaje Martín volvió enamorado del universo kolla. Se inspiró en aquellas faldas coloridas y en los sombreros negros de las indígenas y lanzó una colección-homenaje a las damas del altiplano. Pero el plan, que tuvo su nacimiento aquellos días con las tejedoras, es el Proyecto Puna. Empezó con un diagnóstico de las artesanías que ellas tejen y el compromiso de guiarlas en la construcción de un emprendimiento con Tramando. Integrar lo aborigen y lo churbiano. El objetivo es que a fin de año, las prendas, accesorios y objetos de decoración hechos con fibras naturales y orgánicas, se vendan desde la plataforma Churba y en el contexto del comercio justo.
Martina Abracaite es una artesana de las que tejen con Churba desde la Puna. Cuenta:
—Al principio nos costó, no hablábamos el mismo código. Si las prendas son nuestras, ¿por qué agregarles un diseño de otro?, nos preguntamos. Con el tiempo nos entendimos. Van casi tres años. Martín aporta la visión del diseño y lo comercial. Se nota su influencia. Por ejemplo, con la aplicación de estampados de una tela engomada sobre llama natural.
Del proyecto participan 40 personas. Algunas tejedoras viajan a Buenos Aires, pasan unos días en Tramando y vuelven a sus casas de adobe con las nuevas técnicas. Tramando tiene un área social que se ocupa de esto y cuenta con el apoyo de la Fundación Avina, financiamiento del Gobierno de Navarra, y de Miserior, una financiadora alemana. Tiene sus propios diseñadores y trabajadores sociales. Van y vienen entre acá y allá, organizan talleres de tejido, acuerdan pautas de producción, diseño, y regresan a Tramando con muestras de lo que se hizo e ideas de lo que se puede hacer.
Una tarde, en la maison, hay una reunión donde se evalúa este proyecto después de uno de esos viajes. Hay una diseñadora y una emprendedora social que trabajan con Martín —una de ellas conoce a Martín “de cuando era un desorejado y hacía cosas muy locas. Tiene una visión divertida de la vida. Sigue siendo un niño, más pelado”— y rápidamente el encuentro se pone duro: las mujeres comentan que el último encuentro con las artesanas en el norte podría haber sido más fructífero en muestras y propuestas.
Martín escucha a su equipo mientras dibuja un esquema de fases con marcador azul. Lo hace con tanta fuerza que la fibra emite un chillido sobre el papel.
—A ver chicas, las muestras pueden haber sido pobres pero no estamos evaluando sólo una colección. La experiencia que nos queda no es pobre.
—No están escuchando a los clientes —comenta una diseñadora.
—No es momento de que escuchen —dice Martín—. Estamos haciendo Red Puna y artesanos contentos. Esto no es solamente una colección, es gente inspirada, motivada, bien paga.
Martín presta su currículum a estas artesanas inspiradas como respaldo a emprendimientos convocados por el Estado. Y teje una estrategia de evangelización reversible: quiere que la civilización occidental entienda el valor de la joya textil de los pueblos andinos.
—Lo que ellas hacen es una joya, son piezas casi preciosas. Ojalá pudiéramos apoderarnos de esa idea y que ese valor se transmitiera como algo sofisticado, único. Hoy la artesanía no tiene valor, un buzo de polar abriga más, es más fácil de hacer y más barato que un suéter de llama. Si yo te cuento que el hilo antes era el dinero en la región, empezás a mirar las manos de la artesana de otra manera. Cuando lancemos las colecciones Puna en Buenos Aires, van a tener que portar esta historia.
Cuando la reunión termina y estamos a solas, le pregunto si cree que el mensaje de los tejedoras y los desocupados llega a las clientas.
—En parte sí, pero el consumidor de Tramando hoy se alimenta del relato, no de un objeto. En eso hacemos punta. Del intercambio con Japón entendimos algo. Una cosa vale la mitad por lo que es, y la otra mitad por lo que representa y cuenta. Tal vez hoy no sea muy fácil cobrarlo, pero es el negocio del futuro: el intangible.
***
Verlo en acción agota. Hay tardes en que todos tienen —tenemos— turno con Churba. Estamos en su estudio almorzando sándwiches y llega el plisador. Martín sale, lo atiende acodado en una mesa del taller, donde hay retazos, alfileres y frascos con canutillos coloridos como confites. El plisador es Mario, un señor mayor, campera de cuero y bolsa con telas de colores. El comerciante abre la bolsa y le pasa a Martín cartones con muestras de hilos de lúrex, yute, algodón crudo, ruloté. Churba las mira a una velocidad inaudita, como si fueran naipes. Ésta no, no, no, ésta sí, dice y señala unos cordones con hebras doradas.
—Si me querés seducir con algo, traémelo en negro y dorado —pide Martín.
Tironea con fuerza de las muestras, prueba su resistencia, hasta que una se rompe.
—¿Por qué se rompe tan fácil el hilo? —pregunta.
Vuelve a su estudio y prepara café. Al minuto le avisan que lo espera una novia en la planta baja. Martín manotea una cajita de bombones que hay en la biblioteca, corre a los saltitos escaleras abajo.
—Es lindo recibir a las clientas con bombones.
La chica que lo espera tiene cuello de cisne, modales de princesa y esa serenidad que consigue el buen pasar. Un vestido diseñado por el mismísimo ronda los tres mil dólares. La bella está parada cerca de la vidriera y la asistente de Martín la ha envuelto en una tela transparente. Se le ve la ropa interior, encajes y puntillas, pero la chica ni se inmuta. Martín gira alrededor de ella, probando las caídas de la tela. Es un niño en una calesita.
—Tenés una piel perfecta para el blanco —la halaga.
La chica sonríe beatífica. Martín deja los últimos detalles en manos de una asistente, besa a la novia y se olvida de ofrecerle bombones. Lo espera otra clienta, María Laura Santillán, la cara de un noticiero de televisión. Ella quiere hablar a solas. Martín se va con la tele y ese día casi no podemos hablar.
***
—Desayunemos el lunes, el martes tengo yoga —ha dicho Churba, y hoy es lunes.
Vive en el piso 15 de una torre moderna. Hay textiles en el piso, en los sillones, en la mesa. En las paredes, garabatos con crayones hechos por sobrinos e hijos de amigos. Frases pintadas en una columna, como en el cuarto de un adolescente. Martín y Mauro están recién bañados, ocupados en un skypemeeting. Preparan el viaje a Tokio.
Martín tiene pantalones de vestir, camisa azul y un colgante boliviano con pompones. Mauro, camisa amarilla bebé, suéter negro y zapatos charolados. Los gatos duermen en un sofá.
Cuando termina la conversación en Skype, Martín ofrece té de vainilla y Mauro se sienta en un rincón apartado, no quiere interrumpir.
—Hoy es un día medio al pedo —dice Martín y bosteza estirando su frente ancha. Ha planeado un par de reuniones en su departamento—. Yo no tengo rutinas, la rutina me tiene a mí.
Dice que viene de un fin de semana agitado. Habla de correr menos y de viajar más. De volver a actuar.
—Me encantaba, y me encanta, podría actuar, cantar y bailar. Me sale bien.
De tomarse un año para la vida académica, de conocer India, Perú, Bolivia. De vivir un año afuera, con Mauro, claro.
Alguna vez, en una revista, contó que no se siente una persona con conciencia social. Que hace lo que hace por integrarse a sí mismo a la sociedad como gay y como persona acomodada. Pero sabe dónde termina el escenario y, cuando se le pregunta sobre su adolescencia gay, dice:
—No es fácil, y nunca lo fue. Hoy es mejor que antes, pero son asuntos muy íntimos.
A Mauro y Martín les gusta trabajar juntos. Una de sus instalaciones más comentadas fue cuando, unos días antes de la demolición de un motel, ambientaron una de sus habitaciones. Instalaron una fuente de la abundancia sobre la cama y un texto que decía, entre otras cosas: “Nuestro género es redundante y la sexualidad se repite. Soñamos con tener un hijo, fruto de nuestra pasión y del amor, de la repetición misma de nuestra sexualidad”.
Le pregunto a Mauro si tienen algún sueño en pareja.
—Ver los árboles crecer..
—¿Y qué te sigue seduciendo de él?
—Una visión, su pasión, la convivencia amorosa, y sus piernas.
—¿Lo más difícil?
—Paso, es difícil. No se cuenta.
Martín busca un DVD que no encuentra y sirve más té. Es la primera vez que no está hiperquinético y conversamos sin interrupciones.
—¿Te cuesta bajar los decibeles?
—Soy muy inestable en mi carácter
Mi gran desafío es aprender a caminar pero el medio, sin caer en extremos. A mí lo que me despierta creatividad es la actividad física. Me gusta cocinar No hay que trabajar tanto por un resultado.
Dice que su especialidad son las tortas de arroz dorado. No sé si habla en serio. Chequeo con Mauro.
—Es un alquimista, no aguanta que yo cocine solo y mete mano. Lo mejor que hace es un guiso turco de verduras con apio, arroz y limón.
Martín se va un momento y vuelve con dos estructuras de metal en la mano. Ordena enérgico.
—Mirá.
Agita un parabrisas y pregunta como un chico:
—¿Ves?
Me hace señas de que lo siga mientras corre a la mesa de la cocina, toca con éxtasis infantil unas teclas en su Mac portátil. Insiste.
—¡Mirá!
En la pantalla aparece un video donde se le ve empuñando los parabrisas empapados de color que, como si fueran pinceles, dibujan estampados psicodélicos sobre esa mesa. De fondo suena el audio del video, música alegre y latina, y las voces de Mauro y de su suegra. Los estampados están logrados con tinta china y CIF sobre esa mesa, ya los limpió. CIF es un producto de limpieza para baños y cocinas que, según las publicidades, elimina manchas sin refregar.
—Mirá —repite como un niño, y se queda delante de la pantalla, hipnotizado por las imágenes, mientras de fondo sigue sonando el audio. La risa de Mauro y la música alegre en la casita.
Vive en el piso 15 de una torre moderna. Hay textiles en el piso, en los sillones, en la mesa. En las paredes, garabatos con crayones hechos por sobrinos e hijos de amigos. Frases pintadas en una columna, como en el cuarto de un adolescente. Martín y Mauro están recién bañados, ocupados en un skypemeeting. Preparan el viaje a Tokio.
Martín tiene pantalones de vestir, camisa azul y un colgante boliviano con pompones. Mauro, camisa amarilla bebé, suéter negro y zapatos charolados. Los gatos duermen en un sofá.
Cuando termina la conversación en Skype, Martín ofrece té de vainilla y Mauro se sienta en un rincón apartado, no quiere interrumpir.
—Hoy es un día medio al pedo —dice Martín y bosteza estirando su frente ancha. Ha planeado un par de reuniones en su departamento—. Yo no tengo rutinas, la rutina me tiene a mí.
Dice que viene de un fin de semana agitado. Habla de correr menos y de viajar más. De volver a actuar.
—Me encantaba, y me encanta, podría actuar, cantar y bailar. Me sale bien.
De tomarse un año para la vida académica, de conocer India, Perú, Bolivia. De vivir un año afuera, con Mauro, claro.
Alguna vez, en una revista, contó que no se siente una persona con conciencia social. Que hace lo que hace por integrarse a sí mismo a la sociedad como gay y como persona acomodada. Pero sabe dónde termina el escenario y, cuando se le pregunta sobre su adolescencia gay, dice:
—No es fácil, y nunca lo fue. Hoy es mejor que antes, pero son asuntos muy íntimos.
A Mauro y Martín les gusta trabajar juntos. Una de sus instalaciones más comentadas fue cuando, unos días antes de la demolición de un motel, ambientaron una de sus habitaciones. Instalaron una fuente de la abundancia sobre la cama y un texto que decía, entre otras cosas: “Nuestro género es redundante y la sexualidad se repite. Soñamos con tener un hijo, fruto de nuestra pasión y del amor, de la repetición misma de nuestra sexualidad”.
Le pregunto a Mauro si tienen algún sueño en pareja.
—Ver los árboles crecer..
—¿Y qué te sigue seduciendo de él?
—Una visión, su pasión, la convivencia amorosa, y sus piernas.
—¿Lo más difícil?
—Paso, es difícil. No se cuenta.
Martín busca un DVD que no encuentra y sirve más té. Es la primera vez que no está hiperquinético y conversamos sin interrupciones.
—¿Te cuesta bajar los decibeles?
—Soy muy inestable en mi carácter
Mi gran desafío es aprender a caminar pero el medio, sin caer en extremos. A mí lo que me despierta creatividad es la actividad física. Me gusta cocinar No hay que trabajar tanto por un resultado.
Dice que su especialidad son las tortas de arroz dorado. No sé si habla en serio. Chequeo con Mauro.
—Es un alquimista, no aguanta que yo cocine solo y mete mano. Lo mejor que hace es un guiso turco de verduras con apio, arroz y limón.
Martín se va un momento y vuelve con dos estructuras de metal en la mano. Ordena enérgico.
—Mirá.
Agita un parabrisas y pregunta como un chico:
—¿Ves?
Me hace señas de que lo siga mientras corre a la mesa de la cocina, toca con éxtasis infantil unas teclas en su Mac portátil. Insiste.
—¡Mirá!
En la pantalla aparece un video donde se le ve empuñando los parabrisas empapados de color que, como si fueran pinceles, dibujan estampados psicodélicos sobre esa mesa. De fondo suena el audio del video, música alegre y latina, y las voces de Mauro y de su suegra. Los estampados están logrados con tinta china y CIF sobre esa mesa, ya los limpió. CIF es un producto de limpieza para baños y cocinas que, según las publicidades, elimina manchas sin refregar.
—Mirá —repite como un niño, y se queda delante de la pantalla, hipnotizado por las imágenes, mientras de fondo sigue sonando el audio. La risa de Mauro y la música alegre en la casita.
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