El Bono africano

El Bono africano

Youssou N’Dour es la mayor estrella pop de su continente y un héroe en Senegal. Además de llenar escenarios de todo el mundo, dedica la mayoría de su tiempo a una inmensa labor humanitaria que pretende salvar del olvido a su país. El siguiente paso parece ser la política.
Detrás de una de esas puertas blancas está el músico vivo más famoso de África. El músico negro que grabó más de 20 discos y es un referente de la World Music que llena estadios en París, Londres y Nueva York. El músico senegalés que canta en wolof, el idioma tradicional de su país, pero dice sus ideas en inglés y francés para que tengan mayor alcance. El músico musulmán que se ganó un Grammy por su disco Egypt, en el que explora la fe islámica. Es el héroe de su país y una de las principales exportaciones culturales del continente más pobre. El activista que tiene una fundación para luchar contra la malaria, la vieja enfermedad que mata un niño africano cada 30 segundos. El embajador de Unicef, como David Beckham y Jackie Chan. El hombre que en los ochenta realizó una campaña para la liberación de Nelson Mandela. El diplomático freelance que se entrevista con el presidente de la fifa para hablar sobre la importancia que tendrá el Mundial Sudáfrica 2010 para el continente. El líder negro que se reunía con los mandatarios del G8 para discutir los problemas del mundo mucho antes de la obamanía, cuando Barack todavía era un senador de Illinois. El hombre que se pronunció en contra de la guerra en Irak. El personaje catalogado por la revista Time como una de las 100 personas más influyentes del mundo.

Detrás de una de esas puertas blancas está Youssou N’Dour, una suerte de Bono negro y de África, y también un hombre de 49 años que sabe que es la mayor estrella pop de su continente y que hoy se hace esperar.

Es la primera vez que N’Dour se tomará el tiempo de recibir a solas a los periodistas que vinimos hasta Dakar. Por eso todos anotan preguntas y están nerviosos y esperan en este pasillo alfombrado de rojo del hotel Sofitel Teranga, un cinco estrellas en la capital de Senegal. La agenda de los periodistas es apretada: ahora, la entrevista; a mediodía, un almuerzo, y por la noche, el promocionado concierto privado en Gorée, la vieja isla de los esclavos que está frente a Dakar. Algunos están ansiosos por poder hablarle directamente y a pocos centímetros, a diferencia de esta mañana, en este mismo hotel, donde Youssou en conferencia mundial, y con la compañía de Alessandro Benetton, el heredero del millonario imperio Benetton, lanzó Birima, una campaña de microcrédito —inspirada en el Banco Grameen del Nobel Muhammad Yunus—, con una meta que suena ambiciosa: sacar a África de su pozo, con trabajo.

Birima es el nombre de un antiguo rey de Senegal. Un rey que casi nunca hablaba, pero que, si lo hacía, cumplía con su palabra. Se eligió ese nombre como emblema del microcrédito porque, dicen, “para este préstamo no se necesita crédito. Basta con la palabra”.

Cuando en la conferencia de esta mañana le preguntaron a N’Dour cómo comenzó Birima, él respondió:

—Un día, un joven se presentó ante mí y me dijo: “Quiero que me prestes 200 mil francos porque tengo un proyecto”. Se los presté y al tiempo me los devolvió. Ahí me di cuenta de que había hecho mi primer microcrédito. Actualmente, 45% de los pedidos de crédito en Senegal son rechazados por falta de garantías. El sistema bancario no está pensado para gente sin ninguna seguridad. Nuestro crédito se basa en la promesa de la persona de devolverlo. Y la dignidad que eso provoca produce resultados extraordinarios.

En la conferencia de esta mañana hubo orden, videos, aplausos y algunas preguntas sin responder. Como la de esa inglesa que quiso saber cuánto dinero destinará Benetton a esta campaña. El vicepresidente del grupo italiano que factura dos billones de euros por año y tiene más de cinco mil tiendas en 120 países, se mueve como modelo y posa como modelo y sonríe como modelo, pero respondió como empresario: “Hemos decidido no revelar números, pero es una inversión sustancial”.

Si uno lee estadísticas sobre el África subsahariana —los países que están al sur del desierto del Sahara, como Senegal—, es claro que se necesitan inversiones: 60 millones de personas tienen hambre, 22 millones están infectados con vih (hay tres mil muertes al año por Sida), 28 millones viven con menos de un dólar al día, 33 millones de niños no pueden ir a la escuela y el abasto de agua potable es escaso. En la cumbre de Escocia en 2005, el G8 prometió 50 mil millones al año, y todavía no cumplió su promesa. En Senegal, la esperanza de vida es de 56 años.

En la conferencia mundial de esta mañana, una australiana se paró en mitad del salón y preguntó al estrado si la caridad está de moda. Youssou N’Dour se paró y se puso serio. Llevaba la cabeza rapada, como la mayoría de los hombres de Dakar. Tenía una polera con la inscripción Africa Works, un saco negro de pana y anteojos de marco rectangular sobre su nariz ancha. Parecía más un profesor que un músico. La sala hizo silencio como antes de uno de sus conciertos. Esta vez Youssou N’Dour no cantó. Como muchas veces en los últimos 20 años, levantó su voz para hablar. Antes de hacerlo, miró a la masa de cerca de 200 periodistas y fotógrafos y camarógrafos, y sabiéndose observado proclamó:

—Esto no es caridad. África no pide caridad. No estoy aquí para pedir donaciones. África no quiere limosna. África trabaja. Agradezco al grupo Benetton por adherirse a mis ideas, pero no hago esta conferencia para pedir dinero. Birima es una forma de luchar contra la pobreza por medio del trabajo. Evitemos la palabra donaciones. Es una cuestión de dignidad africana —dijo y se sentó sin mirar a la joven que hizo la pregunta.

Por un segundo, en la sala de conferencias rechinó una tensión inapelable. Y el príncipe de Dakar, que ahora está detrás de una de esas puertas blancas, parecía enojado.
 

***


En el pasillo alfombrado de rojo, la espera llegó a su fin. Se abre una puerta blanca. Por fin, pienso, y trato de recordar las preguntas que quiero hacerle a Youssou N’Dour.

Pero de la puerta blanca sale una mucama negra, con traje celeste y rulos espesos como los de Oprah Winfrey cuando no se los plancha. Oprah Winfrey es la mujer negra más rica del mundo. Es afroamericana, pero aquí la consideran africana a secas. Tuvo tremendos problemas en la vida y salió adelante. Logró lo que, se supone, todavía pocos africanos logran: triunfar. Hoy, ella es millonaria y visita escuelas en el continente de sus antepasados y hace donaciones y shows de beneficiencia y se fotografía con Denzel Washington, Mandela y George Bush. Este mes comparte la portada de una revista africana con otros negros exitosos: Obama, Djimoun Hounson —el actor de Benin que protagonizó Diamantes de sangre, con Leonardo DiCaprio— y Youssou N’Dour.

Los rulos de la mucama negra, que ahora pasa adelante mío, son los mismos que lleva Oprah Winfrey en la portada de la revista. Nos dice bonjour y se va a otro piso, con su culo que ocupa todo el ancho del pasillo.

Falsa alarma. La que se abrió era la puerta equivocada. Youssou N’Dour sigue detrás de una de esas 12 puertas blancas. Se escucha su voz, predicando en francés con acento africano.

—Quiero que la población de África se endeude, que tenga el coraje de hacerlo y que las instituciones del mundo reac-cionen —dice y sus palabras retumban en un pasillo dominado por periodistas del primer mundo.

El músico cree que su continente ya conoce el endeudamiento del Estado. Lo que impulsa ahora es el endeudamiento personal. Similar al sistema europeo y estadounidense, donde uno se pasa la vida pagando la casa donde vive.

Esta vez sí, la puerta blanca se abre y detrás está Youssou N’Dour. Cuando me da la mano, la siento compacta y fuerte.

La mano se siente fuerte, pero a él se le nota cansado. Lo ilumina una luz dicroica, dura. Le cuesta seguir. Lleva media mañana contestando a los prejuicios de Occidente —y de los periodistas occidentales— sobre el continente.

En África, donde los presidentes se quedan pegados al poder —Omar Bongo, el primer mandatario de Gabón, lleva 40 años en el cargo—, las fronteras suelen moverse. Eritrea, por ejemplo, se independizó de Etiopía en 1993, después de la guerra más larga de la historia africana y Zaire se llama República Democrática del Congo sólo desde 1997. Pero a N’Dour le gusta hablar de África como un todo.

—¿Qué piensas de la situación de los africanos en Europa?
—Es una situación muy difícil —dice N’Dour y se acomoda en la silla, como para explicar un problema de matemáticas—. Es una situación de gente que tiene una doble dificultad. Primero porque antes de irse piensan que irán a “El Dorado”, a un lugar donde todo será perfecto. Pero cuando llegan allá, comienzan a pensar que están de más, que sobran. ¿Por qué? Porque cada vez que hay fracasos económicos los gobiernos dicen: “Hay demasiados inmigrantes, es su culpa”, y enseguida agregan que ellos tienen un nuevo plan para frenar la inmigración. Eso no es verdad. Entonces, los inmigrantes son usados como chivos expiatorios. Creo que deberíamos cambiar totalmente la relación entre África y Europa y eso pasa por iniciativas como Birima. Lo que yo pido es que las instituciones financieras continúen haciendo lo que han hecho hasta ahora, pero también que acerquen el microcrédito y los medios para lograrlo. No sólo Birima sino todos los microcréditos.

Pero mientras el lugar común se refiere a África con lástima, aquí se habla de integración y de mercado. Uno de los programas de televisión más vistos es Imagine Afrika, un reality al estilo Gran hermano, transmitido en todo el continente, los concursantes provienen de diferentes países y donde gana el que tiene el mejor sueño para África. Casi siempre terminan hablando de la música. La música es la principal unión africana. “En África hay algo musical en el aire, en los cuerpos de la gente, en cómo se mueven. Los africanos no leen mucho. Ellos escuchan. Lo primero en una canción es el ritmo. Las raíces de todas las músicas del mundo están en África”, dijo N’Dour el año pasado, cuando presentó Rokku mi Rokka —en wolof, dar y recibir—, su último álbum.
Cuando el grupo de periodistas se ubica alrededor de la mesa, N’Dour pregunta en qué idioma preferimos hablar y una traductora le responde que elija él. Se decide por el francés, el idioma oficial de Senegal, legado de sus años de colonia francesa.

Y comienza la entrevista.


***


Youssou N’Dour es un salvoconducto en Senegal. En el hotel me dan una tarifa especial “Youssou”, su música sale por las ventanas tanto como el llamado del muecín por los altoparlantes de las mezquitas, y en el mercado la gente es capaz de interrumpir la venta para hacerle un pequeño homenaje. Es un ídolo popular, en un país con una democracia joven. Senegal se independizó de Francia en 1960 y Abdoulaye Wade es el tercer presidente en el poder desde el año 2000. Tiene doce millones de habitantes y la capital, Dakar, está a orillas del Atlántico. El Atlántico que navegaban los barcos colonizadores para transportar esclavos, y el Atlántico que usan los senegaleses para partir a Canarias en pateras que a veces llegan y otras no.

Dakar es una ciudad arbolada, sucia, con olor a trópico y un pan delicioso. Famosa en el resto del mundo por un rally que, por razones de seguridad, los organizadores europeos trasladaron a Chile y Argentina a partir de 2009. Dakar tiene tres mercados. El más grande se llama Sandaga y extiende su desorden por varios kilómetros. Aquí siempre hace calor, hay gente en tránsito, ruido, olor rancio y una mezquita cerca. Serigne Maye Mbow vende sandalias de cuero de camello en Sandaga. Mbow es negro, largo y con dientes perfectos. En cuanto puede, me habla de You, como le dicen al músico.

 —Cuando You canta, uno no puede quedarse quieto. Si estás en tu cama, te levantas, piensas, bailas. Ese hombre tendría que ser el presidente. El crea trabajo en Senegal y es nuestro orgullo, nosotros lo seguimos. Si You fuera presidente, Senegal sería verde y tranquilo y los jóvenes no tendrían que irse. ¿Quiere un ejemplo de su popularidad? Escuche esto: si el presidente Abdoulaye Wade estuviera allá y Youssou allí —me dice señalando dos rincones opuestos del mercado—todas las personas rodearían a Youssou y el presidente estaría solo. ¿Entiende? Youssou N’Dour es un hombre respetado y querido.

También es un hombre rico y poderoso: ser el éxito de ventas en Estados Unidos, Europa y África trae, además de fama, dinero. N’Dour, fanático de la prensa, es dueño del periódico L’Observateur, la Radio Futurs Medias y la revista La Sentinelle y el sitio African Globan News. Estos últimos son dos medios panafricanos y una adquisición reciente. También posee el estudio de grabación Xippi —que en wolof significa “ojos abiertos”—, un sello discográfico que según él lo liberó de las presiones de las grandes compañías discográficas, y Thiossane, el club nocturno más grande de Dakar. Si Youssou está en la ciudad un sábado por la noche, seguro que se da una vuelta por ahí con su segunda mujer, Aïda Coulibaly.

—¿Pensó incursionar en política?
—No. Creo que si fuera presidente, la gente comería piedras —dice y se larga a reír—. Sería muy mal político y no, no me interesa. Creo que lo que hago es más fuerte que la política. Aquí, en África, la música es el primer idioma.

A Youssou N’Dour lo descubrió Peter Gabriel a comienzos de los ochenta. “Su voz es como plata líquida, cuando la escucho siento que se me erizan los pelos de la nuca”, declaró Gabriel en aquel momento.

Después de su primer concierto en Londres, en 1984, el senegalés se fue a tocar a París. Cuando terminó el show, se le acercó un conocido, acompañado de otra persona, y le dijo: “Éste es un cantante inglés muy famoso. Se llama Peter Gabriel, y le gusta mucho tu voz, dice que asistió a tu concierto en Londres y vino aquí para verte”. Se saludaron, hablaron unos minutos y se despidieron. Una persona del staff que había escuchado la conversación le comentó: “¿Te diste cuenta de quién te acaba de hacer un homenaje? ¡Es un Dios en la música! N’Dour, que no conocía a Peter Gabriel, le respondió: “Te creo, pero hasta que no escuche su música no puedo vibrar”.

Peter Gabriel y Youssou N’Dour se hicieron amigos enseguida. El inglés viajó a Dakar y pasó allí un buen tiempo. Lo invitó a cantar a dúo su famoso tema “In your eyes” en Madison Square Garden y después a la Gira Mundial de Amnesty International por el 40 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con Sting, Tracy Chapman, Bruce Springsteen. A los 27 años, el senegalés ya había tocado en Londres, París, Ciudad de México y Buenos Aires, entre más de 40 ciudades.

—Creo que aquella gira de Amnesty despertó algo en mí sobre los derechos humanos. Fue un momento muy fuerte el último concierto en Buenos Aires. No sólo por la música, también porque participaron personas de Chile y de América Latina, gente muy comprometida con los derechos del hombre. Siempre recuerdo ese ambiente tan especial en el estadio y en el país en general.

En Argentina y Chile, Youssou N’Dour es recordado por los conciertos de Amnesty de 1987. En aquellos años, Pinochet todavía estaba en el poder y los chilenos que pudieron cruzaron a Mendoza, una ciudad argentina en el límite con Chile, donde se hizo un concierto especial para ellos. Antes de Amnesty, N’Dour no era famoso. Era un secreto entre europeos, que no se conocía en América Latina. Comenzó a tocar a los 12 años. Se especializó en el mbalax, un ritmo propio de Senegal y pronto tuvo su propia banda, Étoile de Dakar, que años después se transformó en Supér Étoile de Dakar, que lo acompaña hasta hoy. Había grabado algunos discos, había dado algunos conciertos en Europa. Pero era un tipo de la medina de Dakar, un barrio pobre donde vivía con su padre obrero y su madre griot. En la tradición de Senegal, se llama griots a una casta dedicada a preservar la historia oral a través de la música, similar a los juglares medievales.

Después de Amnesty, Youssou N’Dour se convirtió en una estrella mundial. En 1994 grabó junto a la cantante sueca Neneh Cherry el gran éxito “Seven Seconds”, y alcanzó los primeros puestos del ranking.

Siguió moviéndose y tocando en Europa, donde vende discos y colabora con músicos famosos y se presenta en festivales para beneficio de varias ong y hace giras dos o tres veces al año. El concierto que da cada abril en Bercy, París, ya es un clásico para los parisinos, muchos de ellos inmigrantes senegaleses y de otros países africanos.

Siempre que viaja, madame N’Dour lo acompaña. Al lanzamiento de la Fundación Chirac —de la que Youssou es miembro de honor, igual que Kofi Annan, Yunus y Rigoberta Menchú— o a Zaragoza, donde acaba de tocar. Aïda Coulibaly es su segunda mujer. Con ella tiene un hijo, además de los cuatro con la anterior y otros dos antes de casarse. Coulibaly es una abogada francoafricana con la mirada de Beyoncé. El día después del lanzamiento de Birima, la conocí en un bar de mariscos en N’Gor. Estaba con su tía que había venido de Francia a visitarla. Tenía el cabello largo con rulos, las pestañas gruesas como los labios y fumaba como oficinista aburrido, mientras Youssou se sacaba fotos con la fila de periodistas que el día anterior lo había entrevistado.

—Él estaba casado, yo también, pero l’amour… —me dijo en el restaurante antes de irse en una 4x4 negra con chofer.

Youssou y Aïda se casaron primero, y después él se divorció de su pareja anterior, aunque no era necesario porque el islam, su religión, le permite hasta cuatro esposas simultáneas. You tuvo un divorcio caro y mediático en Dakar. Los diarios del momento se preguntaron si la joven, francesa por madre y senegalesa por padre, no habría comenzado una epidemia de alergia a la poligamia. Los diarios europeos todavía se cuestionan por qué el astro senegalés aún vive en Dakar.

Para el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, que pasó varios años viajando por África, uno de los problemas del continente es que la mayor parte de la intelligentsia vive en el extranjero. “En sus países, in situ, han quedado: abajo, las masas formadas por un campesinado ignorante, atemorizado y explotado hasta la última gota de sudor; y arriba, la clase de los burócratas corruptos hasta la médula o la soldadesca arrogante. ¿Cómo puede África desarrollarse, participar de la gran transformación del mundo, sin la intelligentsia, sin una propia clase media culta”, escribió en su libro Ébano. N’Dour podría vivir en Europa o Estados Unidos, como muchos músicos e intelectuales africanos. Seguramente sería más productivo para sus negocios. Pero se quedó en África, quizá como un ejemplo para los jóvenes de su país que sueñan con partir. Cambió de barrio, eso sí. Dejó de ser un chico de la medina de Dakar y se convirtió en un señor rico de Almadies, el suburbio caro donde muchos europeos tienen casa de veraneo y donde vive cuando no está de viaje.


***


Recién comienza esta fiesta de la gula en el continente del hambre. Ya terminó la entrevista y falta menos para el esperado concierto privado.

Es un mediodía de sol en Dakar y llegó la hora del almuerzo en los exclusivos salones al aire libre del Sofitel. África y las enfermedades y las deudas y el hambre y la muerte silenciosa que sigue a este continente como una nube negra están en pausa. Es tiempo de agasajar al periodismo y eso es un tema serio como el hambre.

Los jardines del hotel llegan a la playa y tienen flores fucsias y rojas. También, palmeras y arbustos redondos y cuadrados. En la piscina semiolímpica una gringa nada crawl con antiparras y una gorra blanca como ella. La mesa es larga y arriba se ve más comida de la que podremos comer. En el centro hay una torre redonda y naranja. Más allá, el mar azul. La torre naranja termina siendo la montaña de langostinos más grande que nunca haya visto. También hay sushi, endivias, ensaladas, carne, pescado y bandejas de frutas tropicales. Las japonesas y los italianos y todos los periodistas y los fotógrafos revoloteamos alrededor de la comida. Como revolotean por la ciudad los cuervos, que son plaga y todas las tardes a eso de las seis manchan de negro el cielo de Dakar.

Los camareros van y vienen con enormes bandejas plateadas. Llevan tragos con y sin alcohol. Todos tomamos y todos comemos. La torre de langostinos se desmorona de a poco y en una palapa elevada las japonesas de la revista Marie Claire hablan animadamente con un cubano que vive en Italia. El cubano trabaja en publicidad y les dice que piensa viajar a Tokio el año entrante. En los parlantes suena “Birima”, la vieja canción senegalesa que este año N’Dour regrabó con Patti Smith.

Youssou N’Dour también vino al almuerzo. Se ve distendido. Come de la torre de langostinos con Alessandro Benetton y sus guardaespaldas, y algunos colaboradores íntimos. Como Mouhamad Omdia, un corresponsal del diario El Sol de Senegal en París. Un tipo de la edad de Youssou, alto, con traje a rayas, corbata azul y cabello afro. Cuando logro hablar con él, me dice que todavía falta, que quizá ni siquiera You lo sabe. Pero que dentro de algunos años, el músico más querido de África será el presidente de Senegal. Y se toma un trago de cerveza fría.
 

***


Esta noche, en la isla de Gorée, Youssou N’Dour está vestido como musulmán. La túnica con la que aparece en el escenario se llama boubou. La usa la mayoría de los hombres en Marruecos, Egipto, Mauritania y Senegal. Noventa y cinco por ciento de este país del oeste africano es islámico. Y Youssou es un nombre musulmán.

En la isla de Gorée, que mide menos de un kilómetro de largo por medio de ancho, sólo hay una mezquita y es la más antigua de Senegal. Actualmente, la vieja isla de los esclavos es un paseo de fin de semana, a 20 minutos en ferry de Dakar. Incluso está de moda en Europa: George Soros compró una casa hace unos años y ha llegado alguna vez en helicóptero.

Los sábados y domingos vienen familias de Dakar, a bañarse y a caminar entre casas antiguas pintadas de color pastel, a descansar. Hay playas de mar cálido, pescado fresco, calles de arena y negocios de artesanías. Hoy, Gorée es una isla colorida y recomendada en las guías de viajes. Sin embargo, hace no tanto fue un punto estratégico en el comercio de esclavos. Aquí, los negros eran marcados a fuego, pesados y seleccionados. Las mujeres vírgenes y los hombres más fuertes se subían a los barcos con destino a las plantaciones de América. Los débiles y enfermos se tiraban al mar. Los niños se cambiaban por un espejo o un collar. Durante cuatro siglos, entre 12 y 15 millones de hombres fueron privados de su nombre, separados de su familia, marcados y golpeados con látigo.

—El tráfico de esclavos fue peor que el Holocausto, pero quizá no es tan rentable. ¿Cuántas películas se hicieron sobre el drama judío y cuántas sobre la esclavitud? —me dijo hace un rato un guía de la Casa de los Esclavos de Gorée.

La última película de esclavos se llama Amazing Grace. Se estrenó el año pasado y ganó el Premio de Fe y Valores—también llamado el Oscar cristiano— por su mensaje de amor. Amazing Grace está ambientada en 1797 y cuenta la lucha del político protestante William Wilberforce por abolir la esclavitud. Youssou N’Dour hizo su debut como actor interpretando a un esclavo liberado, que se volvió un exitoso hombre de negocios. La película abrió el debate, y en una entrevista a propósito del lanzamiento, le preguntaron a N’Dour si él puede perdonar. Su respuesta fue: “Es un debate difícil y lleno de peligros, pero hablar de esto, al menos puedes acercarte a la verdadera historia. Y una vez que entiendas mejor la verdadera historia, entonces será más fácil en general y para mí en particular, poder perdonar”.

El cantante viene seguido a la isla. Él cree que Gorée está ligada al origen del jazz. Hace unos meses, actuó y cantó en otra película, Retorno a Gorée, una road movie que cuenta su viaje tras las huellas de los esclavos y su música, el jazz. N’Dour recorre Estados Unidos y Europa, se entrevista con músicos y los trae a África para un concierto final en Gorée. De Estados Unidos y Europa hacia África: el viaje al revés.

Esta noche en la isla, You canta. Las manos negras de los percusionistas galopan sobre los tambores, y la voz filosa de Youssou N’Dour atraviesa el cielo africano. No se entiende lo que dice pero el tipo sufre cuando canta. Parece que contara la historia de su raza. En el concierto privado de esta noche, la mayoría del poquísimo público es blanco y está a punto de la lágrima. A mi lado tengo una chica nórdica con pantalones cargo y mochila North Face. La acaba de abrir y busca un pañuelo de papel para secarse los ojos.

Delante de mi asiento hay un periodista de un diario económico de Benin, un país pequeño al sur de Senegal. Él no llora. Tiene ojos brillantes y ríe.

“Benin fue el primer país africano en tener dos periodos democráticos seguidos”, me dijo con orgullo antes del show. Es un hombre enorme. Tiene puesta una camisa de seda estampada con leones rojos y mocasines en punta. Me cuenta que vive en Porto-Novo, la capital de Benin. Suele viajar por Nigeria, Burkina Faso, Costa de Marfil. Pero nunca, en todas sus coberturas, le había tocado estar cerca del músico que más pasión provoca en el continente. Es la primera vez que lo escucha en vivo. Por eso él no llora. Él aplaude y canta y goza.

Youssou N’Dour se ve flaco aun dentro de una túnica enorme y plateada. Canta con el micrófono cerca de su boca grande. Canta con la voz. Canta con los ojos. Canta con las manos y con los pies. El músico más famoso de África y probablemente el más rico, canta como si creyera que la música puede cambiar las cosas, y a él se las cambió. Pero, como si no estuviera del todo seguro, desde hace dos décadas que trabaja en lo que es hoy. Más que un gran cantante, o un hábil empresario, es un líder africano.

El concierto privado es emocionante, pero corto. Tocan cinco canciones y ya es suficiente. El otro show debe seguir. Pronto habrá una cena y esta noche algunos periodistas se embarcarán para regresar a sus países donde la deuda externa no existe y África es un llanto lejano. El concierto de Youssou N’Dour ya terminó y la chica nórdica, que hace un rato buscaba un pañuelo, ahora conversa con una periodista inglesa sobre su conexión aérea para volver a casa.
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