Terapia de shock

Terapia de shock

A pesar de los enormes riesgos, la terapia de electroshocks es prescrita a miles de personas que sufren de depresión en Brasil. Los pacientes la aceptan, con la esperanza de borrar sus peores recuerdos.
Arminda dos Angeles se le borraron los sueños. Un día se despertó y ya no estaban. Cuarenta y dos años antes, la mujer, inmigrante de Portugal, conocía a Abel Alves, otro portugués que había llegado, como ella, a la ciudad brasileña de Santos. Se mudaron a São Paulo donde se casaron, aprendieron el oficio de cocinar cuando ser chef todavía no era una moda y trabajaron duro para abrir un restaurante de nombre francés, Arpège, en el corazón de uno de los barrios más selectos —Itaim Bibi— de la ciudad más gris y colmada de concreto de Brasil. Pero allí, no una sino varias veces, los asaltaron: encapuchados irrumpieron de madrugada, revólveres en mano, para robarles hasta el último centavo. Hubo golpes en la sien, en el cuerpo, escenas que a Arminda la sobresaltaron durante años. Ella y su marido fueron presa de ese terror ocho veces, cuando dos, tres y hasta cinco hombres entraron para quitarles todo, con amenazas de muerte ilustradas con pistolas, cuchillos y hasta jeringas que juraban contenían un virus mortal. “Jamás nos resistimos, pero todas las veces nos torturaron, nos vejaron, nos golpearon y nos humillaron de maneras que duele recordar, hasta destrozarnos por fin la vida”, recuerda Abel. Arminda prefiere no hablar pero asiente. Abel dice que ella ya no tiene sueños. Literalmente: “Arminda sólo tiene pesadillas”. Ella tiene 66 años; él, 73. Y hasta aquí esa vida pasada bien podría ser el compendio de un caso más de violencia urbana, sino fuera porque, con rigurosa puntualidad, cada miércoles, a las nueve de la mañana, Arminda se acuesta en una cama, se deja anestesiar y se entrega en una sesión de electroshock.

No está sola a la hora de ofrecer su cuerpo y su alma. La acompaña Abel en ese rito semanal de descalzarse, quitarse las medias, la alianza de casamiento y cualquier otra bisutería que pueda interferir con el paso de la electricidad e, inmediatamente, volver a calzarse, esta vez con sandalias de goma. Cada prenda que ella se quita con prisa, su marido la acomoda con parsimonia en un bolsito de lona blanco. Además de Arminda, aguadan otros 20 pacientes. Todos ellos con un acompañante, esperan lo mismo: el voltaje eléctrico, un intento por callar el dolor de un ánima que dicen perdida, itinerante.

Desterrada del mundo de la psiquiatría por casi 40 años, la terapia a fuerza de electricidad es ejecutada a diario en São Paulo. No es un secreto y mucho menos un ritual a puertas cerradas. Por el contrario, se practica todas las mañanas, de lunes a viernes, en una sala del Instituto de Psiquiatría del Hospital de Clínicas de São Paulo, un monumental centro de salud pública señalado como el más grande de América Latina.

 El tratamiento de electroshock, llamado científicamente electroconvulsoterapia o sólo ect, se practica desde principios de los años cuarenta en Brasil. Y pese a estar prohibido durante años, en este hospital jamás se le suspendió desde que se compró el primer aparato, en un rapto de vanguardia, en 1941. Lo novedoso, sí, es que desde hace unos meses se está convirtiendo en una terapia de moda, que cada vez recluta más adeptos y por la que se pagan hasta 430 dólares por sesión, y que, además de una costumbre en boga, en algunos casos es una práctica elitista.

Y no es la excepción, sino más bien el remake de una moda que golpea con fuerza a las puertas de los psiquiatras. Al Hospital de Clínicas de São Paulo son remitidos pacientes de todo el territorio brasileño. Allí la ect es una de las especialidades y se aplica tanto bajo la cobertura privada como bajo la del servicio de salud pública. Así ocurre también en Río de Janeiro, donde se aplica en clínicas privadas o en el Instituto de Psiquiatría de la Universidad de Río de Janeiro.

El electroshock es prescrito en Brasil para casos de depresión grave con una asiduidad tan llamativa como lo fueron las recetas de Prozac en los noventa. Las similitudes son muchas: lanzado en 1986 en Estados Unidos para combatir los síntomas de depresión profunda, el Prozac se le bautizó como “la píldora de la felicidad”, el mismo eufemismo con el que el común de los pacientes del Hospital de Clínicas de São Paulo alude al aparato de electro-shock. Y las analogías no son forzadas: hasta los profesionales que administran el tratamiento con electrodos aprovechan la duda ajena para deslizar las propias: “Debe tenerse cuidado con el electroshock y no transformarlo en la panacea para todos los males mentales, como ocurrió con los antidepresivos”, advierte el psiquiatra Rafael Ribeiro, del Hospital de Clínicas, donde defiende y aplica ese tratamiento desde hace tres años.

Si el paciente que llega a un consultorio del ala de psiquiatría del Hospital de Clínicas delata síntomas de depresión sostenida y ya cumplió sus primeros 16 años de vida, bien puede ser encaminado a la sala de electroshock. Lo mismo puede ocurrir si esos síntomas no son sostenidos, pero sí graves o incluyen amenazas de suicidio. O si se trata de un caso de trastorno bipolar, esquizofrenia o mal de Parkinson. O si la deprimida es una mujer embarazada que no podrá tomar antidepresivos sino hasta después de amamantar.

“En el imaginario popular, la ect se ha convertido en un método de tortura, ha sido estigmatizada, pero la realidad es que cinco por ciento, o un poquito más, de los pacientes psiquiátricos, acaba por realizarse electroshock; y la verdad es que ésta es el ala más movida del hospital”, explica el psiquiatra Sergio Rigonatti, jefe del Instituto de Psiquiatría del Hospital de Clínicas. En los años cuarenta los pacientes que eran tratados con esa técnica en este hospital no superaban los 10 por semana, cantidad que se mantuvo casi igual hasta finales de los noventa. Hoy, ya en el siglo xxi, los hombres y mujeres que esperan para ser conectados llegan a 100 por semana.

La antesala a la única habitación destinada a los electroshocks es una de las más concurridas del megahospital de Clínicas, un monstruo que alberga seis institutos especializados y 2 200 camas, playas de estacionamiento para centenas de autos y 352 mil metros cuadrados construidos. Ubi-cado en el barrio Cerqueira César, el mismo donde se levantan los grandes hoteles, los consulados y las sedes centrales de los bancos, suele ser comparado con el Mercy de Chicago, señalado como uno de los 100 mejores centros de salud estadounidenses.

En la sala de espera, hay un empresario cuarentón adicto al alcohol y a la soledad; un joven universitario que antes de los 20 dice haber dado de bruces con la realidad, recién salido del secundario; un actor que no se resigna a haber agotado sus 15 minutos de fama y dos comerciantes que comparten la desilusión frente a una realidad económica que no les favorece. Hay también un ama de casa que desde que quedó viuda tiene demasiado tiempo libre, entre los cursos de arte y el gimnasio, y no logra controlar sus estados de excesiva euforia o terrible depresión, y un adolescente con un comportamiento que sus padres endil-gan al diablo. Un ingeniero del norte brasileño a quien un donante anónimo le dio un corazón que —asegura— se le hace difícil de cargar. Y un albañil que espera la sesión de electroshock número 13, porque desde que perdió un hijo en un accidente de moto siente que se ahoga en un horror invencible, que lo llevó —explica— a arrojarse de uno de los techos de una casa que ayudó a construir. Con diferentes matices, todos tienen historias reales con frustraciones pronunciadas e historias clínicas con diferentes antidepresivos que en algún momento dejaron de surtir efectos. Y un denominador común: la ausencia de esperanzas en la psiquiatría tradicional.

João tiene 32 años y comenzó a esquivar las comidas hipercalóricas y a perder peso y energías para destinar las sobrantes a largas sesiones frente al computador desafiando la inteligencia de la máquina en, por ejemplo, apilar ladrillos en el Tetris. No había perdido un amor, porque aún mantenía su pareja a la hora de enfrentar su primera sesión de electroshock, si bien prefería vivir con sus padres en un departamento del centro paulista. No tenía un motivo para autocalificarse deprimido, o para dejar de comer. Pero tampoco tenía ganas de ir a trabajar y dejó de hacerlo. Descubrió que la vida que llevaba no era la que había querido y, un día, intentó suicidarse. Después de eso, empezó con sesiones semanales de psicoanálisis combinadas con drogas para levantar el ánimo. Pero todo, a juicio de João, fue en vano: “Sólo después de la tercera sesión de electroshock llegué a mi casa y me comí un pavo entero. Era Nochebuena y creo que esa noche me salvé”. Valdir es amigo de João. Tienen la misma edad, pero Valdir es diseñador y fue diagnosticado con depresión grave. Tomó con obediencia cada una de las píldoras que le recetaron, pero en dos años no pudo quitar de sí su deseo de desaparecer, de volverse invisible. Cuando se enteró de que su amigo João se había sanado, decidió probar también. Su camino fue más largo y su “cura” menos simbólica. No comió un pavo para Nochebuena pero, según su relato, “después de la sesión número 18 de electroshock los medicamentos comenzaron a surtir efecto y el deseo de desaparecer, literalmente, desapareció”. Eso ocurrió hace dos meses, pero Valdir todavía se somete al tratamiento de 25 sesiones. “Sólo por las dudas”, explica.

A las nueve de la mañana, las 12 butacas de cuero azul eléctrico de la sala de electroshock comienzan a poblarse. Un matrimonio de unos 40 años que llega a las 9:07 se sienta y espera en dos de las cuatro sillas de cuero amuradas a la pared más alejada de la mesa ratona que ofrece un ejemplar del día de cada uno de los diarios más influyentes de São Paulo y decenas de revistas de actualidad, moda, economía y turismo. A las 9:20, el televisor de plasma de unas 32 pulgadas es encendido por una sonriente enfermera y la voz del presentador del noticiero invade las conversaciones en voz baja. Ya a las 9:30, quienes llegan hasta allí deben aguardar de pie, sobre el piso frío de símil mármol de colores estridentes, una combinación de naranja y gris que choca con el violeta furioso de las dos puertas abiertas de par en par de la antesala. Para entonces, la voz del locutor es desplazada por los gritos y el ruido de los besos artificiales del culebrón que cada paciente sigue con fiel regularidad.

Entre los que esperan hay dos mujeres con la piel morena y el pelo negrísimo, que se miran, pero no se hablan, absor-tas en las escenas de la tv. Una parece más joven que la otra, parecen madre e hija, pero dicen que no, que son hermanas. La más joven se quita los mocasines de punta ancha y los guarda en una bolsa de supermercado, de la que saca unas ojotas de goma. Está sentada en una de las butacas azules con las piernas abiertas, tan abiertas que desde la otra punta de la sala puede verse el blanco brillante de sus calzones, mientras las costuras de su falda de sarga amenazan con zafarse, hasta que la mayor la mira fijo, casi fulminante, directo a los ojos. Basta con eso para que las piernas se cierren, el calzón se oculte y las costuras de acomoden. “No sabemos qué le pasa. Parece que está deprimida, se olvida de las cosas, pero desde que venimos aquí está mejorando mucho”, dice la mayor mientras mira a la más joven para comprobar si se ha calzado las sandalias de plástico y se ha quitado el reloj, porque su turno se acerca.

Hay también una pareja treinteañera. Él lleva traje, corbata colorida y gemelos. Ella, un jean, una blusa con volados y sandalias amarillas. Entre ellos, hay un bolso enorme que alguna vez debió haber servido para guardar el ajuar de un bebé. Entre los dos sobra el bolso, que ahora guarda las ropas, la alianza y el reloj pulsera de la mujer, durante la hora en que ella necesita desprenderse de todo. Ninguno de los dos quiere dar sus nombres, porque no desean que en sus trabajos sepan que uno de ellos es paciente psiquiátrico y que han elegido un camino que, en cierta forma, los avergüenza.

Escenas similares se repiten ante la mirada de cualquier testigo deliberado, cada mañana, entre las nueve y hasta pasado el mediodía. Son constantes y casi todas tienen argumentos, guiones parecidos. No hay cámaras que filmen, pero de haberlas la película sería todos los días la misma. Desde hace 67 años, sólo cambian los vestuarios, las modas, parte de la escenografía, algunas caras: las de los pacientes o las enfermeras. La del médico jefe, Rigonatti, no: hace 30 años que está allí. Con la misma sonrisa.

Hasta las reglas son las mismas, aunque se intentó darles un tinte de modernidad para una práctica acusada —fuera de esta sala— de estropear tantos cerebros. “No están permitidas las dentaduras postizas ni prótesis dentales móviles, las joyas, los lentes de contacto, las uñas pintadas ni el spray o gel de cabello”, recuerda una enfermera a todos los presentes.

El Ministerio de Salud de Brasil aceptó oficialmente el regreso del controvertido tratamiento hace siete años, pero aún observa con reticencias su práctica: exige que sea llevada a cabo en un ambiente hospitalario, con autorización por escrito del paciente o algún familiar y una batería de estudios previos a cada sesión, como electrocardiogramas, tests respiratorios, neurológicos y odontológicos. Luego de todo eso se exige, además, la anestesia.


***


Un ingeniero vuelto indigente de 39 años, a quien le habían diagnosticado esquizofrenia y que una madrugada fue encontrado inconsciente en una estación de trenes de Roma, fue el primer humano tratado con electro-shock, según los archivos de la historia de la psiquiatría. Aquel ingeniero se convirtió en ratón de prueba del psiquiatra italiano Ugo Cerletti en la noche del 14 de abril de 1938, cuando Cerletti y su colega Lucio Bini lo condenaron a padecer durante segundos la desazón inconsciente y eléctrica provocada por un aparato de corriente alterna oscilante entre los 50 y los 150 voltios, que ellos mismos habían diseñado y construido. Gracias al aparato, los médicos causaron una convulsión artificial en el hombre que, al despertar —y según sus propios registros— sólo atinó a comentar un tibio: “Tal vez haya dormido un rato”. Hasta allí, los psiquiatras sólo habían experimentado la electricidad en cerdos.

Hasta aquel experimento en Roma, los tratamientos psiquiátricos convencionales se reducían a la psicoterapia y, en casos extremos, a una combinación de barbitúricos o al confinamiento en un manicomio. Había algunas otras experiencias aisladas que sólo eran eso y no llegaban a marcar una tendencia, como la del neuropsiquiatra Julius Wagner-Jauregg, un austriaco de Wels, que en 1917 probó la inoculación de malaria en sus pacientes dementes. Eso producía fiebre altísima y fuertes convulsiones con las que se atenuaban los síntomas de la demencia. Lo hizo durante 10 años, hasta que su técnica le valió el Premio Nobel de Medicina, en 1927. Pero luego fue descartada, debido a los riesgos de su aplicación y la relatividad de sus resultados.


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En los generadores de electro-shocks actuales, las convulsiones son causadas por las ondas eléctricas de un aparato que funciona normalmente a 120 voltios. En los utilizados en el Hospital de Clínicas de São Paulo, la corriente eléctrica crece y decrece súbitamente, de modo tal, que los impulsos artificiales son brevísimos, con una duración máxima de ocho segundos. Pero la ceremonia entera demanda casi una hora, sin contar las de espera en la antesala. Después de esa espera, el paciente, ya calzado con zapatos de suela de goma, es llevado hasta una habitación austera, pintada en tonos pastel, en la que cinco camas separadas por un biombo yacen en medio de un silencio atronador. Durante la mañana de cualquier día hábil, las cinco camas están todo el tiempo ocupadas por quienes aguardan el tratamiento o se están recuperando de sus efectos. La ceremonia es larga, pero simple: el paciente se acuesta en la cama asignada; una enfermera ausculta su corazón, mide su presión arterial mientras lo interroga sobre eventuales dolores o malestares. Después, llega el psiquiatra que acompaña al paciente hasta otra habitación, más pequeña y opaca, en la que sólo hay una cama y dos aparatos grises y en apariencia vetustos en la cabecera. El aparato que se usa primero sirve para practicar el electrocardiograma y el otro, el protagonista, se utilizará minutos después, una vez que un anestesista haya dormido al paciente por 15 minutos. Recién entonces, el psiquiatra apoya las dos extremidades con forma de mancuernas del segundo aparato en las sienes o la frente del paciente. La conexión no llega sino hasta después de 10 segundos, durante los cuales el paciente puede permanecer inmóvil o mover apenas algún dedo, un pie, algo que anuncie el curso de la convulsión esperada. Ya no hay convulsiones explícitas como las de hace 70 años, debido al uso de la anestesia general. Una vez pasados 15 o 20 minutos de acción de los electrodos, el paciente se despierta, otra vez en la habitación de los biombos, frente a una bandeja sobre la que lo esperan un té caliente y unas galletas con las que romperá el ayuno iniciado la noche anterior. Después, será conducido en una silla de ruedas hasta la antesala de colores furiosos y, desde allí y con un familiar, seguirá hasta la vereda, donde se mezclará otra vez entre los transeúntes apurados y el tránsito caótico de una ciudad que desconoce su secreto.

Durante la media hora que sigue no recordará nada de lo que le aconteció en ese pasado inmediato. “Hay pocos casos en los que el paciente no recuerda nada durante meses. Incluso pierde la memoria de hechos clave en su vida y que lo estaban perturbando; padece de olvidos significativos”, admite el doctor Rigonatti, luego de explicar que la movilidad en silla de ruedas es sólo para garantizar que al paciente no le ocurrirá ningún accidente hasta quedar fuera del hospital, y evitar así eventuales demandas judiciales.


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Los olvidos significativos se apoderaron de la mente de Helena P., una arquitecta de la clase media alta paulista que perdió el apetito y las ganas de salir de su cama al día siguiente de la fiesta de casamiento de su único hijo varón, luego de una discusión enfervorizada con su flamante nuera, según el recuerdo de su sobrina Cida, que la acompañó durante tres meses, dos veces por semana, hasta la sala de electro-shock. La sobrina relata que por causa de una tristeza que parecía irreversible su tía perdió 15 kilos en dos meses y que amenazaba con tirarse al vacío desde el balcón cada vez que se despertaba, pero que gracias a la terapia de electrodos recuperó el hambre y la alegría. Helena P., por ahora, no puede contar su historia, porque luego de la cuarta sesión la olvidó. Recuerda sí, que tiene un hijo que estudia diseño gráfico y da “gracias a Dios porque a pesar de ser muy bonito, con ojos azules y todo, todavía no se dejó robar el corazón por ninguna mujer”. Helena P. es una mujer de 55 años y aún no sabe que antes de cumplir 56 será abuela y que su hijo está casado desde hace un año: borró de su memoria aquel casamiento, con fiesta, con nuera y con todo. Advierte sí, que él estuvo a punto de casarse pero que desistió. En su familia nadie se atreve a contradecirla.

“Existen casos en los que el paciente quita de su mente cosas que lo lastimaban, que le causaron depresión, porque uno de los efectos colaterales del tratamiento de electroshocks es la pérdida parcial y temporaria de la memoria, aunque no de toda ella, sino de episodios”, detalla Rigonatti.

“Todos los psiquiatras de dos bits le dan al electroshock/ le habían dejado vivir en casa con mamá y papá/ en lugar de los hospitales psiquiátricos/ pero siempre que usted trató de leer un libro, no pudo/ no consigue llegar a la página 17/ porque olvidó dónde estaba”, dicen los primeros versos de “Mata a tus hijos”, escrita por Lou Reed, quien fue sometido a ocho sesiones de electroshock. En la canción, que interpretó por primera vez en 1974, dice que cada padre encamina a su hijo hacia una matanza, en el mismo momento en que acepta la aplicación de electroshocks en él.

La misma aseveración fue sostenida durante años por el escritor brasileño Austregésilo Carrano Bueno, que tenía 17 años cuando su padre lo sorprendió fumando mariguana. Por ello, fue diagnosticado esquizofrénico y sometido a 21 sesiones de electroshocks durante un año y medio, en un vía crucis que comenzó en la ciudad de Curitiba, en el sur de Brasil, y siguió en un neuropsiquiátrico de Río de Janeiro. En medio de esas sesiones perdió dientes y tuvo fracturas en el maxilar y la clavícula. “Eran sesiones de muerte que me dejaron tan traumado que pasé años evitando el roce social y los contactos de-masiado íntimos”, recordó Carrano, en una de sus últimas conversaciones. Mientras se escribía esta nota, en la tarde del 27 de mayo pasado, Carrano murió en el mismo Hospital de Clínicas del que estaba empeñado en abolir el electroshock. Tenía 51 años, cáncer de hígado, fumaba más de tres atados de cigarrillos por día, además de mariguana, y militaba en contra de las internaciones en manicomios y el electroshock, mientras se empeñaba en vender, parado en las puertas de shop-pings, bares y librerías, los ejemplares del libro en el que relató los abusos psiquiátricos que sufrió, llamado Canto de los malditos, y que fue prohibido por causa de una acción judicial de un familiar de un psiquiatra defensor de ese tratamiento. “Creo que de Austregésilo quedará una imagen de una persona corajuda, que luego de una experiencia triste y dolorosa que muchos esconderían debido a los prejuicios, encendió un alerta para que otros no vivan lo que le tocó a él”, cree la cineasta Laís Bodanzky, directora del film Bicho de siete cabezas, basado en el libro de Carrano y que, protagonizado por el actor brasileño Rodrigo Santoro, fue premiado en Francia, Suiza, Italia y Brasil.


***


De altura más bien baja, barriga prominente, pelo gris y sonrisa fácil, Rigonatti no tiene apariencia de médico. Más bien de vendedor de seguros y, sobre todo, es una persona amable. En la década de los años ochenta ganó entre sus colegas el apelativo de “Tigre” por su defensa enfervorizada del electroshock. Pero 18 años después, aquellos colegas le tienden la mano en los pasillos y hasta confiesan respetarlo debido a sus logros. Los pacientes, por su parte, lo definen como una especie de dios que devolvió cordura a sus vidas. Él, convertido en referente de consulta obligada dentro de la psiquiatría y miembro del Consejo Federal de Medicina de Brasil, dice que si dedicó su vida a la psiquiatría y a la terapia de electroshock fue porque se lo pidió su maestro antes de morir, el médico Antonio Carlos Pacheco Silva, fundador del Instituto de Psiquiatría del Hospital de Clínicas, quien adquirió el primer aparato de electroshock usado en Brasil, y que murió convencido de que con sólo un puñado de dólares dejaría en manos de sus discípulos un ingenioso quitapenas eléctrico, el secreto de la redención de mentes perturbadas. Y así lo creyó quien ahora preside el ala de psiquiatría de unos de los hospitales más colosales del mundo.

—¿A quiénes se recomienda el tratamiento de electroshock?
—A los pacientes con depresión grave, gravísima, y con psicosis. En algunos casos a los epilépticos o a las embarazadas con depresión, porque mientras que los medicamentos afectan al feto, la electricidad no, porque no es transmitida por la placenta. Aquí administramos el tratamiento hasta en pacientes con transplantes de corazón.
—¿Por qué funciona el electroshock?
—Nadie sabe, pero una explicación sencilla sería que la electricidad se ingiere en la actividad de la neurona, que tiene bombas que sacan cosas para afuera y ponen otras adentro. Entonces, se cree que es ahí donde funciona, en la membrana de las neuronas y en la sinapsis, ayudando en ese proceso de sacar cosas que complican y dejar el paso libre a otras, como los medicamentos. Porque lo que sí está comprobado es que en pacientes en los que antes del electroshock los medicamentos no surtían efectos, tras el tratamiento logran tenerlos.

Otra explicación más casera pero gráfica de Rigonatti recuerda aquel golpe seco que solía propinarse a los antiguos aparatos de tv, y que ayudaban a recuperar la imagen en blanco y negro.

—Ahora —continúa—, algunos dirán que es como un “reseteo”, como reiniciar la computadora para que funcione bien.

El médico de los gestos amables sabe que son pocos los defensores del electro-shock. Sabe también —y lo dice— que fue utilizado como método de tortura dentro de hospitales psiquiátricos. Y fuera de ellos, como lo hicieron los aparatos represores de la última dictadura militar de Argentina o en la ex Unión Soviética.

—Sé que en el imaginario popular se asocia a la tortura, pero aquí, desde 1960, se practica sólo con anestesia, por lo que ya no existen huesos quebrados ni pacientes que se hacen sus necesidades fisiológicas encima.

Para él, el inconsciente colectivo fue marcado por imágenes de filmes como el dirigido por Milos Forman y protagonizado por Jack Nicholson, One Flew Over the Cuckoo’s Nest (Atrapados sin salida), que ganó cinco premios Oscar en 1975. Allí, el protagonista, Randle McMurphy, es torturado con largas sesiones de electroshocks que acaban por alienarlo.

Ernest Hemingway también fue tratado con electroshock y se opuso a ese tratamiento hasta el día en que se suicidó de un escopetazo. La lista de los escritores que por una razón o por otra debieron soportar el cosquilleo en la sien exhibe nombres prolíficos y reconocidos: el mexicano Juan Rulfo o el brasileño Paulo Coelho son sólo dos ejemplos. Ambos repudiaron luego el tratamiento. Al revés de lo que ocurre con la escritora y compositora de Río de Janeiro Mathilda Kóvak, para quien la terapia eléctrica fue una salvación. “Tuve una depresión de 30 años, en los que me iba hundiendo en un dolor interminable, hasta que me recetaron el electroshock. Y, en la cuarta sesión, ya era otra persona, salí de la oscuridad en que vivía. Sinceramente, no sé porqué no me lo recetaron antes”, dice ahora la mujer, dedicada a la literatura infantil y a su programa de radio.

“Hay mucho daño cerebral, pérdida de la memoria y el índice de muertes debido al tratamiento ha aumentado, mientras que el índice de suicidios no ha disminuido. Creo que el electroshock no debería usarse en ningún caso”, se contrapone el psiquiatra Collin Ross, creador del programa antitraumas aplicado en hospitales de Texas, Michigan y California. En California, la mítica cantante portuguesa-brasileña Carmen Miranda recibió electroshocks antes de morir. “Sea en este hospital de São Paulo, en Río de Janeiro o en cualquier parte del mundo, el electroshock se administra de manera habitual y son muchos los famosos, incluyendo brasileños que se valieron de ese tratamiento para intentar reconciliarse con su mente”, se enorgullece una enfermera del Hospital de Clínicas. En São Paulo y en Río de Janeiro se confeccionan listas de espera de pacientes que aguardan por sesiones del tratamiento.

La mayoría de los pacientes tratados en São Paulo llega al Hospital de Clínicas por recomendaciones de psiquiatras que trabajan en consultorios de salud pública. Son minoría, casi 30% del total, quienes solventan de sus propios bolsillos los 250 dólares promedio que cuesta allí la sesión de electroshock. “Pero de una forma o de otra, el hospital logra recuperar el dinero, porque luego el sistema público reembolsa los gastos, aunque no siempre se aclara que es por electroshock, debido a que son tantos los pacientes que atendemos que sería imposible justificar a todos”, se empeña en explicar un vocero del hospital. Quizá por ello, desde el Servicio de Salud Mental, Alcohol y Otras Drogas, dependiente del Ministerio de Salud, el psiquiatra Pedro Delgado no calla su advertencia: “Creo que se está volviendo demasiado banal el uso del electroshock”. En Río de Janeiro, en cambio, la mayoría de los tratados con ect son hombres y mujeres que pueden pagar las sesiones valuadas hasta en 430 dólares, como ocurre en la coqueta mansión en la que funciona la Clínica de Gávea, donde llegan semanalmente escritores y figuras conocidas de la farándula carioca. “Aquí, el electroshock se convirtió en un tratamiento de élite”, dice la psiquiatra Julieta Guevara de la Clínica de Gávea.


***


Cuando llega por fin a la calle, todavía en sillas de ruedas, Arminda dos Angeles no es capaz de describir la sesión de electroshock. Tampoco recuerda su vida pasada. Sólo sabe que durante la tarde irá a caminar horas por el Parque Ibirapuera, que es a São Paulo lo que el Central Park es a Nueva York. Y que allí, cada miércoles, volverá a mirar árboles y flores como si fuese la primera vez. “Las ve desde hace meses, pero se olvida”, susurra Abel. Y comienza a recordar en voz alta la historia de ambos, como para que ella la tenga en presente: “Siempre dijimos que íbamos a tener un hijo al año siguiente, cuando el restaurante se estabilizara. Siempre dijimos que en unos meses íbamos a viajar. Pero nos robaron, una y otra vez, y nunca pudimos salir a flote. Hasta que nos cansamos, más ella que yo. Ella se enfermó de depresión, de una amargura inmensa que no la dejaba moverse, que incluso la paralizó físicamente. No podía mover los brazos. Vendimos todo, y fue peor. Sin trabajo, sin dinero, sin edad para tener hijos o viajar. Sólo con el ruido de los tiros, las imágenes de los ladrones golpeándonos. Ella no pudo superarlo jamás. Y gasté todo el dinero en sus tratamientos psiquiátricos, en curanderos, en pastores evangélicos y salvadores que no la salvaron. Hasta hoy, que estamos atados uno al otro, y los dos a una máquina de electricidad que parece revivirla cada semana. La primera sesión fue terrible para los dos. Ella se durmió dopada, pero yo pensé que quizá no regresara nunca, porque algunos amigos y una vieja psicóloga de ella me habían dicho que el tratamiento hasta podía matarla. Se me erizó la piel pensando que podíamos no tenernos más el uno al otro. Pero luego pensé que perdido por uno es lo mismo que perdido por mil, y después de 10 años de probarlo todo le dije a Arminda que no nos íbamos a desatar ahora por cualquier cortocircuito”.

Abel cuenta que cada vez que su mujer intenta volver a cocinar, la casa corre peligro de arder en llamas. Aquella que una vez fue una gran cocinera suele olvidarse ahora de las recetas y, peor aún, de las ollas vacías en el fuego. Y explica que esos olvidos son parte del tratamiento y que él los acepta con resignación. “Desde que ella recuperó la voz, en la segunda sesión de la ect, todos los días me despierta con la misma pregunta: “¿Hoy me hacen el electroshock?”. Me lo pregunta 10 minutos después, a la media hora, 20 veces cada día. Y cuando le digo que no, me pide que le avise cuando llegue el momento, que me apure, que la lleve al hospital. Es lo único que la moviliza, salir de casa, conectarse a los cables”. Después, ayuda a su mujer a subir al auto y se encaminan para el parque, donde ella comenzará un paseo que creerá que es el primero, mientras él reza para que no sea el último.
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