portada canción de protesta

Notas informales: Trump y la caída de EUA

A un par de semanas de su presidencia, Donald Trump ya ha dado material más que suficiente para varios análisis.

Por Fernando Montiel

I. “This is the moment of action”
Eso dijo en su toma de protesta. Y a dos semanas del hecho, esto es más o menos lo que ha pasado: colgó el teléfono al líder de Australia, detuvo en un aeropuerto a un ex primer ministro de Noruega, tensó la relación con México, deterioró las relaciones con Alemania y ha provocado un ríspido debate en la Gran Bretaña con motivo de la posibilidad de su visita.

Pero hay más: ha retirado cerca de 100 mil visados a ciudadanos de ciertos países del mundo árabe-musulmán –con excusas que no llegan a justificaciones–, ha impuesto nuevas sanciones a Irán –país con el que el gobierno anterior había llegado a un anhelado entendimiento en materia nuclear y con el que ahora está a punto de ir a la guerra– y ha bombardeado Yemen –cobrando la vida de niños civiles–.

Y más: ha planteado la retirada del Trans Pacific Partnership (TPP), ha insistido en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) –cuando ya de por sí le es muy ventajoso–, ha puesto en duda la futura participación de su país en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el financiamiento estadounidense a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), amén de comenzar a desmantelar el único mecanismo de salud universal de los Estados Unidos y a desmontar las regulaciones y controles financieros establecidos tras la crisis de 2008 y que limitaban la especulación.

Y por si fuera poco, ha amedrentado a una universidad de élite por criticarlo, ha detonado el arrepentimiento de muchos de sus electores, ha dicho que frente a los hechos tenemos otros “hechos alternativos”, se ha erigido ya como el mejor argumento en contra de la sabiduría de los pueblos y, en general, ha sembrado miedo y desconfianza en todo aquél que sepa leer y escribir –y que efectivamente lea y escriba.

II. ¿Ciencia política?
Si hoy Donald Trump abandonara la presidencia de los Estados Unidos, ya habría dado material más que suficiente para varias tesis doctorales y profundos análisis sobre los vicios más acusados de la democracia, sus límites, riesgos y para discusiones sobre la naturaleza cíclica de la historia, el populismo, y la validez de las teorías de la “acción racional” en particular y de la llamada ciencia política en general.

Efectivamente, el Presidente Trump es hoy por hoy, la muestra más acabada de que mucho de lo que se llama Ciencia Política no es sino esoterismo con pretensiones cientificistas. (¿O es que alguno de los analistas, comentaristas, formadores de opinión, especialistas –“politólogos” como se les conoce– adivinó siquiera remotamente que Donald Trump sería lo que es y haría lo que ha hecho como presidente?)

Aquí y ahora y con Donald Trump en el centro de la mesa, todo comentario sobre sus perspectivas eran –y son– una mera opinión y no un comentario “experto” o “especializado.”

Sin duda en los años por venir aparecerá una dilatada bibliografía de cómo era evidente que Trump arribaría al poder, y de cómo ya habían señales, y de cómo las tendencias de los ciclos históricos y los modelos teóricos académicos de ingeniería política social permitían ver que algo así ocurría, de cómo las tendencias, de cómo los números, de cómo etc…

Evidentemente, en esta materia, la única bibliografía digna de ser tomada en cuenta con seriedad y aspiración científica, es aquella que apareció antes de la llegada de Trump al poder y que anunciaba un cambio radical de paradigma. (Insisto en que un referente obligado es La caída del Imperio de los Estados Unidos (TUP. México, 2010) de Johan Galtung publicado en inglés ¡en 2009!)

III. ¿Qué va pasar ahora o después? Nadie lo sabe.
Tomemos la economía –en sus escenarios lúgubres– como una ilustración.

¿Los Estados Unidos se van a estancar como Japón, van a explotar como en la crisis de 1929, o van a caer en una recesión de las llamadas “Secular stagnation”? No lo sabe nadie. Esa es la gran pregunta a responder.

De haber ganado la candidatura –y luego la presidencia– de EE.UU. un político más mainstream la proyección sería más clara (ej. Hillary Clinton, o incluso – y en su momento, John McCain). Pero evidentemente no fue así.

Trump manda señales inconsistentes e incluso contradictorias, más sujetas a caprichos que a estrategias. Dice que quiere dar seguridad económica y crecimiento a su pueblo, pero el Wall Street Journal publicó (Feb. 3, 2017):

“President Donald Trump’s plan to sign an executive action that establishes a framework for scaling back the 2010 Dodd-Frank financial overhaul law, part of a sweeping plan to dismantle much of the regulatory system put in place after the financial crisis.”

Si esto se cumple la perspectiva apuntaría a un declive radical, pues las posibilidades de una nueva crisis financiera similar –o peor– de la de 2008 crecerían haciendo realidad la hipótesis del estallido súbito de la burbuja bursátil.

Por otra parte, el escenario japonés para la caída del Imperio de los Estados Unidos tampoco parece factible. ¿Por qué? Porque pese a que efectivamente la economía japonesa se estancó desde principios de los noventa, tuvo una suerte de “crecimiento cualitativo al interior” mediante una alta inversión en Investigación y Desarrollo (I&D). Según el reporte Japan Patent Office 2016 entre 2006-2015, Japón registro en promedio 350 mil patentes por año.

En esta materia Estados Unidos –Trump más bien– parece estar yendo en dirección contraria. Al dificultar la movilidad humana transnacional –no sólo de migrantes indocumentados sino incluso de personal altamente calificado (indios, chinos, coreanos, etc.)– entorpecerá la accesibilidad de mano de obra especializada necesaria para la I&D de alta tecnología. Ya hay por ahí varios pronunciamientos de la industrias en ese rubro asentadas en Silicon Valley con exactamente esa queja.

Y si a esto le sumamos la oposición que ha expresado el nuevo presidente contra la OMC, el TLC, el TPP y todo lo que suene a comercio internacional de bienes y servicios, parece que no hay señales muy positivas que inviten a empresas internacionales a invertir en proyectos de largo aliento en los Estados Unidos.

Entonces nos queda un último escenario: Secular stagnation. Este parecería ser el escenario más probable tomando en consideración que Trump parece tener visiones político-económicas de corto plazo –populistas dirían los liberales– para dejar satisfechos a sus electores independientemente del costo que representen sus medidas en el mediano-largo plazo.

Aunque por supuesto todo esto es la retórica de Trump, hay que ver si hace lo que dice y, más importante, cómo procesa el sistema esos hechos y no sólo los dichos.

 IV. Estructura vs agencia
Hasta dónde va a llegar Donald Trump es algo que nadie sabe. Una primera respuesta sería: va a llegar hasta donde pueda llegar. ¿Y qué va a determinar eso? En principio, la correlación de fuerzas entre estructura y agencia.

Cuando hablamos de estructura nos referimos a toda la articulación institucional que permite organizar y coordinar los procesos de sociales y canalizar sus tensiones. Y cuando hablamos de agencia hablamos del poder de impacto que tiene la persona –en este caso Donald Trump– en la totalidad del sistema.

Siendo los Estados Unidos –si es que eso son– el referente político obligado cuando se habla de “democracia” en este lado del mundo, ningún otro país en principio estaría mejor equipado para metabolizar el fenómeno (entendido como cambio) que representa Donald Trump. Evidentemente el nuevo presidente de los Estados Unidos constituye una crisis para el mundo, pero antes que eso: es una crisis para el país en sí mismo.

Si la arquitectura institucional cuenta con los recursos necesarios para lidiar con una tensión así o no, es algo que sin duda conoceremos muy pronto, pues hay, sólo tres desenlaces posibles:

1) El sistema es capaz de atender el reto y tras un periodo de inestabilidad se activan los recursos (que pueden ser poderes fácticos, intereses creados o incluso mecanismos institucionales establecidos) para mantener el status quo, absorbiendo y/o frenando y/o conteniendo los desplantes del ejecutivo (validando de paso la crítica de Chomsky cuando dice que “en Estados Unidos la figura presidencial es casi decorativa frente al peso y al poder de los intereses y poderes fácticos –corporativos– existentes);

2) el sistema determina que no tiene los recursos (flexibilidad, poder, capacidad de asimilación, etc.) para procesar el reto y darle una continuidad dentro de una banda de flotación aceptable, y determina abortar la experiencia mediante una destitución (impeachment);

3) el sistema no opta por la destitución y tampoco contiene al Trump, quién por su parte, continúa como hasta ahora por tanto tiempo como le sea posible en una carrera para ver qué llega primero: el fin de su administración o el fin del mundo.

Fernando.montiel.t@gmail.com
Febrero 3, 2017