Buscando a Nicanor

Está a punto de cumplir 100 años y Nicanor Parra sigue escribiendo. Este texto sobre el poeta chileno es un adelanto del libro "Plano americano" (Universidad Diego Portales), una colección de perfiles que la periodista Leila Guerriero ha publicado durante la última década.

Por Leila Guerriero
Nicanor. Nicanor Parra.

Nicanor. Nicanor Parra.

Nicanor. Nicanor Parra.

Nicanor. Nicanor Parra.

Por Leila Guerriero

Es un hombre, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento. Sentado en una butaca cubierta por una manta, viste camisa de jean, un suéter beige que tiene varios agujeros, un pantalón de corderoy. A sus espaldas, una puerta corrediza separa la sala de un balcón en el que se ven dos sillas y, más allá, un terreno cubierto por plantas, por arbustos. Después, el Océano Pacífico, las olas que muerden rocas como corazones negros.
—Adelante, adelante.

Es un hombre, pero podría ser un dragón, el estertor de un volcán, la rigidez que antecede a un terremoto. Se pone de pie. Aprieta una gorra de lana y dice:
—Adelante, adelante.

Llegar a la casa de la calle Lincoln, en el pueblo costero de Las Cruces, a doscientos kilómetros de Santiago de Chile, donde vive Nicanor Parra, es fácil. Lo difícil es llegar a él.

Nicanor. Nicanor Parra. Oriundo de San Fabián de Alico, cuatrocientos kilómetros al sur de Santiago, hijo primogénito de un total de ocho venidos al mundo de la unión de Nicanor Parra, profesor de colegio, y Clara Sandoval, ama de casa, costurera. Nicanor. Nicanor Parra. Tenía veinticinco años cuando la Segunda Guerra, sesenta y seis cuando mataron a John Lennon, ochenta y siete cuando lo de los aviones y las Torres. Nicanor. Nicanor Parra. Nació en 1914, cumplió noventa y siete. Hay quienes creen que ya no está entre los vivos.

Las Cruces es un poblado de dos mil habitantes protegido del Océano Pacífico por una bahía que engarza a varios pueblos: Cartagena, El Tabo. La casa de Nicanor Parra está en una barranca elevada, mirando el mar. Tiene dos pisos, tres mansardas, los marcos de las ventanas y las puertas pintados de blanco, el Volkswagen Beetle en el que se mueve por la zona estacionado en el frente. En el antejardín, donde las flores y los arbustos crecen sin orden, hay una escalera que desciende hacia la puerta en la que un graffiti, pintado por los punkies de Las Cruces para que nadie ose tocarle la vivienda, dice: “Antipoesía”. En el pasillo que conduce a la sala hay un mueble con fotos familiares y, anotados con fibrón en la pared con su caligrafía de maestro, los nombres y los números telefónicos de algunos de sus hijos: Barraco, Colombina.
—Adelante, adelante.

El pelo de Nicanor Parra es de un blanco sulfúrico. Lleva la barba crecida, patillas largas. No tiene arrugas, sólo surcos en una cara que parece hecha con cosas de la tierra (rocas, ramas). Las manos bronceadas, sin manchas ni pliegues, como dos raíces pulidas por el agua. Los ojos, si frunce el ceño, son una fuerza del daño. Cuando se ríe —y afina la voz como si fuera una muchacha encantada con las cosas del mundo— los abre con un asombro cómico, impostado.
—Amén, amén, amén —dice, haciendo la señal de la cruz con una botella de vino.

Sobre una mesa baja está el segundo tomo de sus obras completas (Obras completas & algo +) publicado cinco años después del primero por Galaxia Gutenberg, una edición a cargo del británico Niall Binns y del crítico español Ignacio Echevarría, con un prefacio del crítico estadounidense Harold Bloom que dice: “[…] creo firmemente que, si el poeta más poderoso que hasta ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Whitman, Parra se le une como un poeta esencial de las Tierras del Crepúsculo”. Hay también un ejemplar de la revista local de Las Cruces, cuya portada es una foto de Nicanor junto a su hermana Violeta, la folclorista más prestigiosa de Chile, que se suicidó en 1967 y a quien se sentía minuciosamente unido. La sala tiene, además de la puerta corrediza que da al balcón, un enorme ventanal cuyo alféizar está jalonado de botellas vacías en las que hay, a modo de adorno, ramas secas. Sobre el brazo de un sofá, un cheque en dólares por un monto bajo, y, sobre otro, el ejemplar del día del periódico chileno La Tercera, abierto por la página en la que se publicó una reseña elogiosa de su libro. Parra se sienta en su butaca, de espaldas al mar y frente a una mesa baja de mármol.
—Hay que escribir sobre las obras completas del prójimo, ¿ah?

A fines de los ochenta, poco antes de mudarse a esta casa, cuando aún vivía en Santiago, dejó de dar entrevistas y, aunque siempre ha habido excepciones, las preguntas directas lo disgustan de formas impensadas, de modo que una conversación con él está sometida a una deriva incierta, con tópicos que repite y a los que arriba con cualquier excusa: sus nietos, el Código de Manú (un libro del siglo III antes de Cristo), el Tao Te King, Neruda. Puede engarzar esos temas a título de las cosas más diversas: derivar en el Código de Manú a raíz de su viaje a la India; en sus nietos a raíz de Shakespeare o de la geografía.
—Hombres del sur. ¿Cómo se decía hombres del sur? A ver, a ver, cómo se dice hombres del sur.

Echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos, repite un mantra perentorio:
—A ver, a ver… ¿Cómo se llaman los pueblos del sur originarios de Chile? Antes se llamaban onas, alacalufes y yaganes…
—¿Selk’nam?
—Eso, eso. Selk’nam. Hay una frase. “La tierra del fuego se apaga”. Autor: Francisco Coloane. ¿Se ubica con Coloane, sabe quién es?
—¿Un escritor chileno?
—Una gran frase. Pero él era un personaje bastante antipático, ¿ah? Insoportable. Mal escritor, además.
—¿Conoce Tierra del Fuego?
—He pasado por ahí. Con un nieto mío, el Cristóbal, el Tololo. Tiene dieciocho, diecinueve años. Es el autor de frases muy fenomenales. Lo primero que dijo fue “dadn”. Y después “diúc”. Y finalmente “bijuá”. Años después le dije: “Venga acá, usted me va a contar qué quiso decir con ‘dadn'”. “Te voy a decir”, me dice. En ese tiempo yo estaba traduciendo El rey Lear y me paseaba de un lado a otro, y él estaba en su cuna, y yo recitaba El rey Lear: “I thought the king had more affected the Duke of Albany than Cornwall“. Y pensaba. “¿Cómo traduzco?”. Y él ahí pescó el “diúc”. Shakespeare. Y le digo: “¿Y el ‘dadn’?”. Y me dijo: “To be or not to be: that is the question“. That is: “dadn”. “¿Y bijuá?”, le pregunté. Y me dice: “Ah, eso ni idea”. Una vez la directora del colegio citó a una reunión urgente a su mamá. ¿Por qué? Porque pasaba lista y el Cristóbal no contestaba. Entonces le dijo: “Oiga, compadre, ¿por qué no contesta cuando paso lista?”. “No puedo porque yo ya no me llamo Cristóbal. Ahora me llamo Hamlet”. Pero un día él estaba aquí, y le digo: “Hamlet”. Y nada. Y entonces le digo: “Hamlet, hace rato que lo estoy llamando y usted no contesta”. Y me dice: “Yo ya no me llamo Hamlet. Ahora me llamo Laertes”. Desde esa época yo renuncié a la literatura y me dedico a anotar las frases de los niños.

La frase puede parecer un chiste, pero no: Parra anota cosas que dicen sus nietos; o Rosita Avendaño, que cocina y limpia en su casa desde hace años; o la gente que pasa por ahí, y todo termina en la engañosa sencillez de sus poemas: “Después me quisieron mandar al colegio / Donde estaban los niños enfermos / Pero yo no les aguanté / Porque no soy ninguna niña enferma / Me cuesta decir las palabras / Pero no soy ninguna niña enferma”, escribió en “Rosita Avendaño”, publicado por primera vez en el número especial que, en 2004, le dedicó la revista chilena The Clinic.

—Me interesan las frases del Tololo. O sea, por abajo, por abajo. Nada de Súper Yo. Ni siquiera Yo. Ni siquiera Súper. Ni siquiera… ¿cómo se llama el de más abajo?
—¿El Ello?
—Eso. Ni siquiera el Ello. Pero atención, no hay que llegar al punto R. Hay países enteros que están en el punto R. Reptil. Cocodrilo. ¿Ha estado en la India? Hasta los niños miran como cocodrilo. No hay mirada occidental allí. Estuve una semana, diez días. Yo no conocía el Código de Manú. Si hubiera conocido el Código de Manú, me quedo. Porque más allá del Código de Manú no hay nada. El último verso del Código de Manú es el siguiente: “¿Por qué?, se pregunta uno. Porque humillación más grande que existir no hay”. Humillación más grande que existir no hay.

Mira hacia el techo y cuenta las sílabas con los dedos, llevando el ritmo con los pies: “hu-mi-lla-ción-más…”.
—Alejandrino. Atención. Dice el Código de Manú: las edades del hombre no son ni dos ni tres, sino cuatro. Primero, neófito. Segundo, galán. Tercero, anacoreta. Anacoreta. ¿Qué quiere decir eso? Que cuando nace el primer nieto, el hombre se retira del mundo. Renunciar al mundo es, primero, renunciar a la mujer. Nunca más mujer. Nunca más familia. Nunca más bienes materiales. Nunca más búsqueda de la fama.

—¿Y la cuarta edad?
—Ah, la cuarta edad. Asceta o mariposa resplandeciente. Quien haya pasado por todas esas etapas será premiado cuando muera. Y para el que queda a medio camino, castigo. Resucitará como cucaracha o ratón de acequia. En cambio el otro, el asceta, no resucita. Porque no hay humillación más grande que existir. El mejor premio es borrarlo a uno del mapa. ¿Y entonces qué hace uno después de eso? Uno se va de la India y se viene a Las Cruces.

No hay detalles, hay datos. Tuvo una infancia con privaciones y mudanzas —de San Fabián a Lautaro, de ahí a Chillán, de ahí a Santiago y de regreso a Chillán— de la que recuerda la falta de dinero y las peleas entre sus padres. Siempre escribió —poemas— y, a los dieciséis o diecisiete, partió a Santiago, solo. Gracias a una beca en la Liga de Estudiantes Pobres terminó los estudios en el Internado Nacional Barros Arana. El mayor de una saga de hermanos de oficios varios —desde Violeta y Roberto, músicos próceres, hasta Tony Canarito, payaso que andaba por las calles ganando la moneda—, acogió en su casa y ayudó a los que, de ellos, quisieron mudarse a Santiago inaugurando un rol que desempeñaría para siempre: tótem familiar. Como tenía notas muy altas en materias humanísticas y no en ciencias exactas, su natural competitivo (cuentan que, durante un festival Chile Poesía, libró —y ganó— una despiadada guerra de pasos de tortuga con Gonzalo Rojas por ver quién llegaba último al estrado para llevarse todos los aplausos) lo empujó a estudiar Matemáticas y Física en la Universidad de Chile “para demostrarles a todos esos desgraciados que no sabían nada de matemáticas”. En 1938, mientras se ganaba la vida como profesor, publicó Cancionero sin nombre, su primer libro. En 1943 viajó a Estados Unidos para estudiar Mecánica Avanzada en la Universidad de Brown; en 1949, a Inglaterra para estudiar Cosmología; desde 1951 enseñó Matemáticas y Física en la Universidad de Chile y, en 1954, publicó un libro que cambiaría todo —todo: la poesía en castellano— para siempre.

Nicanor Parra vive dentro de un método. Duerme muchas horas; come siempre lo mismo (sopas, cazuela, arrollado); escribe con una lapicera común de punta gruesa en cuadernos comunes de tapas negras; toma toneladas de ácido ascórbico siguiendo la teoría del Premio Nobel Linus Pauling que, en los años cincuenta, propició la cura de todos los males con la ingesta masiva de vitamina C. Tiene asma, jamás bebió en exceso, no fuma, no consume drogas y es, desde los años sesenta, ecologista. Los fines de semana lo visitan sus hijos, sus nietos y amigos jóvenes con los que suele almorzar en restaurantes de la zona.
—A ver a ver, cómo era. “Bajando de Machu Picchu / Perlas challay / Me enamoré de una chola / Chiguas challay / Más linda que una vicuña / Perlas challay / Pero ella no me hizo casa / Palomitay”.

El poema se llama “Amor no correspondido”. Es suyo, de los años ochenta, y lo recita entero, sin errar.
—Qué memoria.
—En Chillán, yo tendría trece años, catorce máximo. Estaba en un sitio con mis compañeros de curso. Ellos no sabían que yo estaba ahí. Y uno le dijo al otro: “Inteligente Parra, ¿ah?”. Y el otro le dice: “Memorión, querrás decir, huevón”. Era una ofensa que le dijeran memorión a uno.

Tenía poco menos de cuarenta cuando empezó a escribir poemas utilizando un lenguaje simple pero no ramplón, en el que no había ninfas, ni princesas ni tritones, y, en 1954, los publicó en un libro llamado Poemas y antipoemas, en el que, con un lenguaje de apariencia simple pero con un tratamiento muy sofisticado, revolucionó la poesía hispanoamericana: “Ni muy listo ni tonto de remate / fui lo que fui: una mezcla / de vinagre y de aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!”. El libro llevaba prólogo de Neruda, con quien Parra tendría una relación cargada de contradicciones, entre otras cosas porque su obra empezó a leerse como una reacción a cualquier forma de poesía ampulosa. Fue recibida con elogios altos: “Divagaciones extrañas, casi en prosa, mantenidas a fuerza de ritmo […] y con una especie de embrujo […] Son clarísimas, parecen elementales: eso las vuelve más misteriosas”, decía Alone, el crítico más prestigioso de Chile por entonces. Siguió, a eso, una época pródiga: publicó La cueca larga, en 1958; Versos de salón, en 1962 (“Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa. / Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo si bajan / echando sangre por boca y narices”); Manifiesto, en 1963; Canciones rusas, en 1967. En 1969 ganó el Premio Nacional de Literatura y publicó su obra completa en Obra gruesa. Tenía cincuenta y cinco años, era defensor de la Revolución cubana y miembro del jurado del premio de Casa de las Américas cuando, en 1970, asistió a un encuentro de escritores convocado por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos en Washington y, junto a otros invitados, hizo una visita a la Casa Blanca donde los recibió, inesperadamente, la mujer de Nixon a tomar el té. La taza de té con la esposa de Nixon en plena guerra de Vietnam fue, para Parra, la aniquilación: Casa de las Américas lo inhabilitó para actuar como jurado y le llovieron insultos de los que se defendió con un comunicado que decía: “Apelo a la justicia revolucionaria. Solicito la rehabilitación urgente. Viva la lucha antiimperialista de los pueblos oprimidos, viva la Revolución cubana”. Cuando volvió a Chile, el presidente de la sociedad de escritores lo llamó “ególatra” y “hippie sexagenario”, sus alumnos boicotearon las clases en la facultad, y él se plantó en el patio con un cartel que decía “Doy explicaciones”, pero jamás las dio: jamás se las pidieron. Si su posición política cayó en sospecha, su obra no tardó en pasar al mismo plano: en 1972 publicó, bajo el título de Artefactos, una serie de postales en las que había frases acompañadas por dibujos: “Cuba sí, yanquis también”, “La derecha y la izquierda unidas jamás serán vencidas”, “A quemar zarzas, a ver si se nos aparece Dios”, “Casa Blanca Casa de las Américas Casa de orates”. Los más amables dijeron que eso no era poesía. Los menos, que era la mejor propaganda que los fascistas podían conseguir. En 1977, durante la dictadura de Pinochet, Parra publicó Sermones y prédicas del Cristo del Elqui (“Apuesto mi cabeza a que nadie se ríe como yo cuando los filisteos lo torturan […] El general Ibañez me perdone, en Chile no se respetan los derechos humanos”), y Chistes para desorientar a la policía (“De aparecer apareció / pero en la lista de los desaparecidos”) pero, como sobre otros poetas que se quedaron en el país sin exiliarse, pesó sobre él cierta sospecha de no oponerse al régimen con demasiado ímpetu.

—En ese momento quedarse significaba avalar al gobierno —dice Sergio Parra, poeta, editor y dueño de la librería Metales Pesados, de Santiago, que lo conoce desde hace años y que, aunque comparte apellido, no es pariente—. Eso no fue bien visto. Pero él nunca fue políticamente correcto. No lo fue en el tiempo de Castro, no lo fue en el tiempo de Allende, y tampoco después.

“Lo primero, ya se ve, es la negación de la autoridad”, escribe Niall Binns en el primer tomo de las Obras completas. “En términos políticos, Parra fue siempre un díscolo: en contra de la derecha durante el gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964); contra la Democracia Cristiana de Eduardo Frei Montalva (1964-1970); a favor pero muy pronto crítico de la Unidad Popular de Salvador Allende (1970-1973), y uno de los opositores más destacados —desde dentro de Chile— a la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990)”.

En 1985, publicó Hojas de Parra (“No se extrañen / si me ven simultáneamente / en dos ciudades distintas / oyendo misa en una capilla del Kremlin / o comiéndome un hot-dog / en un aeropuerto de Nueva York / en ambos casos soy exactamente el mismo / aunque no lo parezca soy el mismo”) y, poco después, se fue a vivir a Las Cruces. Siguieron, a eso, veinte años de silencio editorial sólo interrumpido por reediciones y antologías. Dos décadas más tarde, en 2004, publicó, en Ediciones Universidad Diego Portales, la traducción de Lear, rey & mendigo, de Shakespeare, y lo firmó él, que, en la portada, aparece con el ceño fruncido y una mano adelantada en gesto de protección o de amenaza. La traducción se celebró como la mejor jamás hecha al castellano.

El cerco que ha tendido en torno a sí comienza en su ciclópeo recelo y termina en la avidez de quienes llegan a buscar algo que él no quiere darles. Durante once años, y hasta 2008, recibió en su casa a un hombre llamado Víctor Jiménez, que grabó todos esos encuentros con una cámara oculta y estrenó este año, basándose en ese material, una película llamada Retrato de un antipoeta.

—Una vez me aparecieron dos aquí. Una preciosura rubia y una morena. “Hola, don Nicanor, somos de Cartagena, y no tenemos plata para volver, así que, por favor, denos para el bus”. Tú le das plata y ya estás frito. Hay cámaras ocultas. Hace semanas me golpearon la puerta. ¿Se practica el porno asalto? Parece que sí. Era una muchacha. La hice pasar y nada pasó, porque el dueño de casa tiene cien años, pero estábamos sentados ahí afuera y entró el novio, que esperaba que estuviera sucediendo algo. Ella me dio un libro de poemas que se llamaba Valporno. Se fueron y leí los poemas. Y dije: “¡Que vuelva, que vuelva!”. Eran porno. Muy buenos. Pero vienen a hacerme trabajar gratis. Viene la televisión y dicen: “Le hacemos un poquito de cosquilla al viejo, y que trabaje gratis”. Yo les hablo, pero que se pongan.

Hace un tiempo le propusieron participar en un aviso publicitario para una campaña que apoyaba el consumo de leche. Como sabía que Shakira formaba parte del proyecto, escuchó la propuesta y dijo que quería cobrar lo mismo que ella. En el aviso, donde se lo ve con barba crecida y el cuello de la camisa estrujado, Parra mira a cámara y, antes de beber, dice: “Cero problema. Yo también tomo leche”. Después hace la V de la victoria. Al parecer, cobró, por treinta segundos de publicidad, treinta mil dólares. Desde entonces, cada vez que lo invitan a dar una conferencia, dice que su tarifa es de mil dólares por segundo. Se sabe que a un editor llegó a pedirle un adelanto de cuatro millones de dólares, con el argumento de que eso era lo que había cobrado Clinton por escribir su biografía, “pero yo soy más importante, porque los políticos pasan, pero los poetas quedan”. Su interés por el dinero podría ser una rémora de aquella juventud de privaciones, o una forma de hacerse inalcanzable, o una conciencia muy contemporánea de cuál es su valor. Dicen que, desde siempre, con su dinero compra casas —tiene dos en Santiago, ésta en Las Cruces, otra en Isla Negra— pero nadie sabe qué hace con aquellas que no habita.

Él tiene mucha conciencia de lo que vale, y también en eso es un antipoeta. Eso no es lo que se espera de un poeta.

Matías Rivas es poeta, director de Ediciones Universidad Diego Portales, y se acercó a Parra para proponerle publicar la traducción de Lear, después de aquellos veinte años de silencio.

—Con él no puedes pretender cerrar un negocio en un almuerzo. Tiene que entablar una relación de confianza. Después que publicamos El rey Lear entró en la universidad y eran miles de jóvenes detrás de él. Volvió convertido en un rock star. Los publicistas andan detrás como desesperados. Es mucho más cool para una marca de jeans tener a Nicanor Parra que al mejor modelo chileno. Porque es cool. Pero es cool de verdad. No es impostado. Es una luminaria: no es un ancianito. Está más vivo y despierto que uno. Por eso los interlocutores de su edad, o un poco menores, se quedan espantados con los Artefactos. Nicanor está en la onda punk, o heavy metal, y los interlocutores más viejos llegaron hasta su onda jazz. “Más vale nuevo que bueno”, dice él.

La frase no es una declamación vacía: hace poco, Parra escribió un rap, “El rap de la Sagrada Familia”, que cuenta la relación entre un viejo y una estudiante (En una aldea maldita / Con ínfulas de ciudat / Un viejo se enamoró / De una menor de edat / […] El viejo rejuvenece / De pura felicidat / Y para alargar el cuento / Se casa con la beldat / Jesús de los afligidos / Hágase tu voluntat), y su producción de Artefactos, que ahora acompaña con el dibujo de un corazón con ojos, no sólo no ha dejado de crecer, sino que se le han agregado los Trabajos prácticos, objetos intervenidos como una botella de Coca-Cola con un cartel que dice “Mensaje en una botella”; una cruz donde, en vez de Cristo, hay un cartel que reza “Voy y vuelvo”, o una foto de Bolaño con una cita de Hamlet: “Good night sweet prince“.

—Me acuerdo que fuimos a su casa de La Reina, y tenía en la pared dos portadas del diario La Segunda: una decía “Se suicidó Laura Allende”, la hermana de Allende; la otra decía: “Baleado el Papa” —dice Roberto Merino, crítico y escritor chileno—. Yo creo que él desarmó la retórica de la poesía e impuso otro tipo de lenguajes. Echa luz sobre cosas que no existían antes de que se escribiera sobre ellas. Cierta metafísica corriente de la vida en la ciudad. No sé, meter una fuente de soda en un poema. Hasta entonces ningún poeta hubiera metido una fuente de soda en un poema. Los poetas hablaban desde las alturas del monte Sinaí, pero Parra habla desde otro lugar. Igual, hay algo engañoso ahí, porque no creo que sea poesía popular. El texto está puesto al servicio de algo muy sofisticado. Creo que la creencia de que es popular viene a partir de los Artefactos, que funcionan como eslogans ingeniosos. Si Parra fuera eso, nada más, yo tendría que cambiar mi pensamiento. Pero cuando tú lees sus poemas, ves que es un poeta que tiene enorme sensibilidad con las palabras.

El día está despejado, limpio como una bandeja. Parra habla con comodidad en inglés, en francés, sabe algo de ruso (tradujo, con ayuda, una antología de poesía rusa). Ahora recita un texto tradicional en mapugundún, el idioma mapuche, haciendo una traducción simultánea:
—”Ahora diré”, es la primera frase. “Creo que ya estoy viejo”. Segunda frase. “Me parece que ya crucé los ochenta”. Y el último es divertido. Dice: “O digo todo o me quedo callado”. El otro día lo estuve comparando con la primera estrofa de La Ilíada. ¿A ver, cómo empieza La Ilíada?
—”Canta, oh musa, la cólera…”
—Pero en griego, por favor, en griego. A ver, a ver.

Parra recita el comienzo de La Ilíada, contando los hexámetros dactílicos golpeando el piso con los pies enfundados en zapatones de cazador de patos.
—Yo pensaba hacer una traducción de Hamlet al mapugundún.
—Sin acento de Oxford.
—El acento de Oxford sirve nada más que para defenderse de los franceses.

Parra aún conserva modales o gestos que pueden ser interpretados como infantiles —dice el crítico chileno Juan Manuel Vial—. Cuando se entusiasma con una idea o una ocurrencia, propia o ajena, comienza a zapatear de excitación —esto sólo lo he observado cuando está sentado—, lo que produce cierto estruendo sobre el suelo de madera de su casa, sobre todo al ser un zapatón el causante de la vibración sonora. El adjetivo que Parra ocupa en esos momentos reveladores es “qué simpático”. En su charla, ése es el adjetivo supremo. Siempre está esperando que su interlocutor adivine lo que él está pensando, siempre te está testeando, soltando pequeñas pistas, ya sea con pruebas de ingenio rápido o con inquisiciones soterradas que apuntan a la alta literatura. Sin embargo, nunca te hace sentir incómodo por eso; es, podría decirse, un ejercicio útil para sus propios registros. Aun el ignorante —mi caso— que percibe la jugarreta, no se siente intimidado. Tiene una fascinación por los versos isabelinos pícaros o por jueguitos de palabras en inglés, siempre de carácter ligeramente sexual. En cierta ocasión celebró el siguiente con un entusiasmado “qué simpático”: “There was a young girl of Balboa, / who had lots of fun with a boa. / She thought she could get it / all in if she wet it / in oceans of spermatozoa“. Parra cree que el útero es una cavidad de fondo insondable. Sus capacidades sexuales son míticas.

Pienso, por un instante —escribe Hernán Valdés, en el libro Fantasmas literarios. Una convocación (Aguilar, 2005)— en los rumores sobre su vida privada, una primera mujer abandonada a una suerte miserable, cuántas sórdidas historias de la vida de cada cual que callaremos o que transformaremos cínicamente en literatura”.

No hay detalles. Hay datos. Se casó en 1940 con Anita Troncoso, fue padre de Catalina en 1943, de Panchita en 1945. Se casó en 1951 con la sueca Inga Palmen. Se enredó con la sueca Sun Axelsson, que declaró, años después, que él la maltrataba. Tuvo un hijo con Rosita Muñoz que fue, además, su empleada. Formó pareja con Nury Tuca, con quien tuvo a Colombina y Juan de Dios. En 1978 conoció a Ana María Molinare. Él tenía sesenta y cuatro, ella treinta y dos. Estuvieron juntos no se sabe cuánto pero, al parecer, ella se fue y él mordió el polvo. El Tao Te King (nunca dice cómo) lo salvó. En esa época escribió uno de sus poemas más conocidos, un mantra majestuoso llamado “El hombre imaginario”: “El hombre imaginario / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario / De los muros que son imaginarios / penden antiguos cuadros imaginarios / irreparables grietas imaginarias / que representan hechos imaginarios / ocurridos en mundo imaginario / en lugares y tiempos imaginarios”. Tres años después, Ana María Molinare se suicidó, arrojándose desde un octavo piso y eso dejó, en Parra, una huella feroz. En Conversaciones con Nicanor Parra, de Leónidas Morales (Tajamar, 2006), él dijo: “Era yo quien debió haber hecho lo que ella hizo”.

A mediados de los noventa conoció a Andrea Lodeiro, a quien llevaba varias décadas —al menos cinco, quizá seis— con quien estuvo hasta 1998. Desde entonces, en el gesto exactamente opuesto al de otros escritores de su edad, permanece —más o menos— solo. “Lo que yo necesito urgentemente / es una María Kodama / que se haga cargo de la biblioteca […] con una viuda joven en el horizonte / el tiempo no transcurre […] el ataúd se ve color de rosa / hasta los dolores de guata / provocados x los académicos de Estocolmo / desaparecen como x encanto”, escribió en Poemas para combatir la calvicie.

Su reticencia a publicar es legendaria. Aun cuando con Ediciones Universidad Diego Portales hizo dos libros más (Discursos de sobremesa (2006), una serie de discursos leídos en ocasión de haber recibido premios, y La vuelta del Cristo de Elqui (2007)—, el proceso puede ser corrosivo: demora años en firmar el contrato, meses en llegar a una versión de sus textos con la que esté conforme, más meses en revisar pruebas. El proceso de las Obras completas no fue menos tortuoso.

En noviembre de 1999, Roberto Bolaño y el crítico español Ignacio Echevarría fueron a visitarlo. Echevarría había empezado a leer su obra por recomendación de Bolaño que, a su vez, se había transformado en una suerte de activista en la reivindicación de la obra de Parra: “El que sea valiente que siga a Parra”, había escrito en “Ocho segundos de Nicanor Parra”, un texto que se publicó por primera vez en el catálogo de la exposición “Artefactos Visuales” que se inauguró en la Fundación Telefónica de Madrid, en abril de 2001. “Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse. Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado […] Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida. […] Un apunte político: Parra ha conseguido sobrevivir. No es gran cosa, pero algo es. No han podido con él ni la izquierda chilena de convicciones profundamente derechistas ni la derecha chilena neonazi y ahora desmemoriada. No han podido con él la izquierda latinoamericana neostalinista ni la derecha latinoamericana ahora globalizada y hasta hace poco cómplice silenciosa de la represión y el genocidio. No han podido con él ni los mediocres profesores latinoamericanos que pululan por los campus de las universidades norteamericanas ni los zombis que pasean por la aldea de Santiago. Ni siquiera los seguidores de Parra han podido con Parra”.

—Nos recibió y fuimos a comer a un restaurante —dice Ignacio Echevarría desde España—. Ya en Barcelona, Roberto, medio en broma, me sugirió que hiciera las obras completas de Parra. Todo el mundo me dijo que era imposible, que era un proyecto que había tenido muchos intentos fallidos. Se lo propuse y empezó pidiendo muchísimo dinero, pero dijo que estaba dispuesto. Pero luego yo le enviaba un contrato, él lo tenía seis meses, yo se lo reclamaba y me decía que lo había perdido, o ponía una mínima objeción y había que mandarle otro. Tres años pasaron hasta que un día, luego de la muerte de Bolaño, viajé a Chile, lo visité y, para mi sorpresa, me dijo: “¿Sabes, Ignacio? Voy a firmar el contrato. A Roberto le hubiera gustado, ¿verdad? Vamos a hacerlo por Roberto”. Pero conforme he ido avanzando he ido sintiendo un escrúpulo cada vez mayor por haber obligado a Parra a hacer algo que él no quería hacer. Él concibe la antipoesía como algo que se escribe en un muro, en una servilleta. Y creo que la idea de las obras completas le repugna. Otra cosa es que le ganara eso que todos tenemos, y que Parra tiene más que ninguno, que es la vanidad, en este caso de ser editado en la misma colección en la que están Franz Kafka o Neruda. Al principio del primer tomo le consulté muchas cosas, y cada consulta demoraba meses, y él sólo ponía problemas. Después ya no le consulté nada más y creo que él agradeció que esto sucediera a sus espaldas. Me dijo: “Mira, si yo me meto en esto, nunca lo haré”.

En el baño, colgada de un clavo sobre el inodoro, hay una bandeja de cartón, de las que se utilizan en las confiterías, que dice, con letra de Parra: “No tire el papel en la taza del water”. En la sala, Parra toma té mientas recita en griego los primeros versos de La Ilíada y lleva el ritmo de los hexámetros dactílicos golpeando el piso con los pies enfundados en zapatones de cazador de patos. Si alguna vez usó prolijos trajes y corbatas, en sus años altos empezó a cultivar una imagen desmañada, comprando la ropa en un mercado de segunda mano de San Antonio, un puerto rufián por el que se mueve cómodo, como en todas partes. Cuando, tiempo atrás, desaparecieron algunos de los cuadernos en los que escribe y supo que unos dealers locales los habían recibido en forma de pago, marchó a buscarlos con un par de amigos y le fueron devueltos con disculpas. Cuando el té se enfría, echa la cabeza hacia atrás y se coloca la bolsa de té sobre el ojo derecho.

—Tengo algo en el ojo. Pero me estoy mejorando. Con esto se cura, remedios caseros. La vez pasada me fui corriendo de la clínica, en Santiago. El médico, el urólogo, me dijo: “Preparesé, compadre, porque mañana es la intervención quirúrgica”. Y le dije: “De qué se trata”. Y me dijo: “Es una simple citología”. Y entonces le dije: “Prefiero morirme. Deme de alta inmediatamente, de lo contrario salto por esa ventana”. Y yo iba a saltar.

Vuelve a sumergir la bolsa de té en la taza y, otra vez, se la coloca sobre el ojo.
—La mamá de la Violeta Parra tuvo diez hijos, y jamás supimos de médicos. Y gracias a eso morimos a los cien años. Claro que la Violeta, a cierta altura, cometió el error de ir al médico.

Hay que decir que Violeta Parra se suicidó.

Nicanor es un gato de campo —dice Sergio Parra—. Tiene esa cosa campesina, de medir al otro, de que hay que ganarse la confianza. Me acuerdo que una vez estábamos en su casa y él se fue a buscar sus cuadernos. Me dijo: “Te voy a leer unos textos”. Y de pronto se dio vuelta y me dijo: “Pero sin moverse, ah”. Pero siempre fue muy generoso. Me aconsejaba. Me decía que aunque tuviera un solo pantalón, tuviera dos o tres camisas, para ir siempre prolijo. Que tuviera ahorros, porque el dinero te da libertad, te da independencia. Tiene terror a la precariedad. Él te pone en la mesa unos cuadernos suyos y te pregunta: “¿Cuánto costaría esto, ah?”.

Yo lo vi dos veces a Rulfo. Las dos veces fue un desastre. Una vez en Chichén Itzá. Era un viaje de escritores. Me dicen: “Ese que está nadando ahí en la piscina, es Rulfo”. Y yo dije: “Qué se puede hacer”. Eso fue todo. Después nos volvimos a ver en Chile, en Viña del Mar, a propósito de un congreso, en el año 1969. Se me acerca un señor y me dice: “Amigo Parra, me parece maravilloso el poema que usted ha publicado en el periódico sobre la Plaza de Tlatelolco”. Y yo le dije: “Le agradezco las felicitaciones, pero yo no soy autor de ese poema, el autor es sobrino mío y se llama Ángel Parra”. Mire, acabo de descubrir en mi biblioteca un libro que se llama El libro del desasosiego.
—De Pessoa.
—Eso. Ya no corre. Ese tipo de chiste, de los heterónimos. Ya, compadre, ya. Hay gente que se lo toma en serio. Pero me lo explico. Me lo explico, eh. Sobre todo por lo menos por un poema que es insuperable. Dice: “Todas las cartas de amor son ridículas. Si no fueren ridículas no serían cartas de amor”. Y sigue diciendo: “Yo también en mi tiempo escribí cartas de amor, como las otras, ridículas”. Pero con el tiempo, dice, se ve que lo ridículo no eran las cartas de amor sino los que pensaban que las cartas de amor eran ridículas. Y después dice: “Ah, quién pudiera volver a ese tiempo en que escribía cartas de amor ridículas. Pero pensándolo bien, dice, las carta de amor, como las palabras esdrújulas, son necesariamente ridículas”. Mire usted las volteretas que se da. Saltos mortales para adelante y para atrás. Como esas poetisas argentinas…
—¿Cuáles?
—Hay varias. Varias. La María Elena… la María Elena…
—¿Walsh?
—Claaaro. A ver, hay otras.
—¿Alejandra Pizarnik?
—Ah, la Pizarnik. Fantástica. ¿Y cuál de ellas es la autora de “La vaca estudiosa”?

María Elena Walsh es una autora argentina, fallecida en 2010, que se dedicó, aunque no únicamente, a componer canciones y escribir para niños, rama en la que tuvo el más alto de los prestigios pero, en cualquier caso, es dueña de una obra muy distinta a la de Alejandra Pizarnik, una poeta oscura que se suicidó en 1972. “La vaca estudiosa” es una canción de María Elena Walsh, que cuenta la historia de una vaca que quería estudiar y dice: “Había una vez una vaca en la Quebrada de Humahuaca. Como era muy vieja, muy vieja, estaba sorda de una oreja”.

—¿Usted la sabe? —pregunta Parra.
—Sí. Pero sólo la recuerdo si puedo cantarla.
—A ver.

Parra escucha, inclinado en su silla y, al final, dice con entusiasmo:
—Ah, qué maravilla. Y fíjese que dice que para matar el aburrimiento la vaca se matricula en una escuela de primeras letras. Y a los niños les llama la atención, entonces ella dice: “No, yo me comprometo a ser una vaca estudiosa”. No, la María Elena. Estamos cien por ciento con ella.

Tiene esa cosa ladina, Nicanor, de descalificar pero sin estridencias, susurrando —dice el escritor chileno Alejandro Zambra, que trabajó con Nicanor Parra en el proceso de El rey Lear—. No te va a hablar mal de Neruda, por ejemplo, pero te va a contar algo que te va a hacer solidarizar con él, y no con Neruda.

En su libro No leer (Ediciones Universidad Diego Portales, 2010), Zambra recuerda que se disponía a empezar una clase sobre la obra de Parra en la universidad “cuando el propio poeta, con la actitud de un alumno que llega atrasado, golpeó la puerta”.

—Conmigo siempre fue muy generoso. Nicanor había averiguado el día y la hora de la clase y apareció por las suyas. Tenía noventa y cinco años. Imagínate. Cuando trabajábamos en El rey Lear, las sesiones consistían en jornadas de cuatro o cinco horas de trabajo. En realidad, Nicanor ya había hecho la traducción para una representación de la obra que se hizo en los noventa, pero el texto tenía muchas enmiendas y había que llegar a un texto definitivo. Y él duda, duda mucho. Y cada cuarenta minutos, Nicanor decía: “A esto le falta muuucho”, y yo temblaba, porque pensaba que no iba a salir nunca el libro.

Tiene linda vista en su casa.
—Fea no es. Ésa es la respuesta de un huaso. Por lo general, alguien dice algo bueno para calibrar al dueño de casa, a ver qué va a contestar. Y lo que suele decir el dueño de casa es “Sí, es muy linda pero la vista desde el piso de arriba es muy superior”. Un huaso dice: “Fea no es”. ¿Le conté la historia de la huiña? La huiña es un gato salvaje, de monte.
—No.
—Le muestro.

Parra abre la puerta que da al balcón y hace un gesto amplio hacia las plantas del jardín trasero.
—Mi jardinería es muy simple. Consiste en no tocar nada. Se llena todo de ramas, de plantas. Los ingleses dejan todo así. En cambio los españoles vienen y dicen “Acá vamos a hacer un jardín”. Y sacan todas las maravillas de la naturaleza y hacen unos caminitos. Mire, acá apareció la huiña. Era arisca, hostil, desconfiada, no se acercaba. Pero un día decidió que yo era su amigo. Y se acercó demasiado y la pude tocar. Al otro día estaba ahí, muerta. A esa huiña de campo le molestó que yo la tocara. La molestó. Se sintió… desvirgada. Se sintió desvirgada. Entonces le hicimos los funerales. Está enterrada ahí.

Señala un trozo de tierra. Como quien advierte acerca de los peligros de salir al mundo. De acercarse. De confiar.

Nicanor. Nicanor Parra. Traducido al inglés por William Carlos Williams, amigo de Allen Ginsberg, candidato, varias veces, al Premio Nobel, ganador, en 1991, del Juan Rulfo, que agradeció con un discurso que decía: “¿Qué me propongo hacer con tanta plata? / Lo primero de todo la salud / En segundo lugar / Reconstruir la Torre de Marfil / que se vino abajo con el terremoto / Ponerme al día con impuestos internos / Y una silla de ruedas x si las moscas…”. Nicanor. Nicanor Parra. Que se bajó del avión que lo llevaba a Madrid a recibir el premio Reina Sofía en 2001. Que escribió: “¿Y tú me lo preguntas? Antipoesía eres tú”. Que dijo que su próximo seudónimo sería Neftalí Reyes. Que le respondió, a una novia que le preguntó algo intrascendente: “No se le pregunta la hora al Papa”. Que escribió: “—Mamita, ¿accedería a darme un último beso? —Ven para acá. —Pero yo quería con lengua”. Que atropelló a un perro y quedó demudado durante días. Nicanor. Nicanor Parra. Declarado muerto por el presidente Sebastián Piñera cuando, en la celebración del Día del Libro de abril de 2011, lo mencionó entre los grandes poetas “que ya nos dejaron”. Nicanor. Nicanor Parra. Cuando, en 2011, ganó el Premio Cervantes, alguien lo escuchó sacar la cuenta de los escritores que, habiéndolo ganado, seguían vivos. “Cuarenta”, dijo. Y concluyó: “Es fácil”. Nicanor. Nicanor Parra. Una fuerza inhumana en un mundo hecho por hombres.

Son las dos o las tres de la tarde y Nicanor Parra camina hasta el equipo de música de la sala, pone un CD de Carlos Gardel y canta, sin dificultad, tangos en lunfardo, el slang porteño:
—”Sola, fané, descangayada, la vi esta madrugada salir de un cabaret; flaca, dos cuartas de cogote y una percha en el escote bajo la nuez”. ¿Usted sabe qué quiere decir otario? Mi Buenos Aires querido. ¿Te acuerdas? Hace un tiempo empecé a escuchar a Gardel. Ahora lo escucho todo el tiempo.

Después dice:
—Vamos a almorzar.

Se pone una chaqueta verde, un sombrero de paja típico del campo chileno y se aferra a un bastón de madera que es pura decoración: no lo usa. Antes de salir señala una foto y dice:
—Ésa es la Lina Paia. Mi nieta. Siempre se las arreglaba para dejar callado al abuelo. Entonces dije: “Tengo que inventar algo para dejarla yo callada a ella una vez”. Y le dije lo siguiente: “¿Se acuerda usted, m’hijita linda, del momento en que estaba naciendo?”. Ella me dice: “Sí, porque tengo buena memoria”. Y entonces me dije: “Insistamos”. Y le dije: “A ver, cuénteme”. Y me miró y me dijo: “No te lo digo”. ¡No te lo digo!
—¿Cuántos hijos tiene?
—Seis. Se supone. Madre hay una sola.

En el auto, camino al restaurante, mira por la ventanilla y dice, divertido:
—He estado no sé cuántas veces en Buenos Aires y siempre salgo mal. Una sola vez salí bien. Fui a una librería y saqué un alto de libros así. Les dije cuánto debo. Y me dijeron: “Nada, ¿cómo le vamos a cobrar a Nicanor Parra?”. A Borges le preguntaron qué pasaba con la poesía chilena y dijo: “¿Poesía chilena? ¿Qué es eso?”. Y le dijeron que ahí estaba un Premio Nobel que era Pablo Neruda. Y Borges dijo: “Ya lo dijo Juan Ramón Jiménez, un gran mal poeta”. Y le preguntaron por Nicanor Parra. Y dijo: “No puede haber un poeta con un nombre tan horrible”.

El restaurante es un sitio familiar, con un menú que ofrece empanadas, paltas a la reina, locos, choros, y que Parra escudriña brevemente sin necesidad de usar la lupa que lleva en el bolsillo (no usa gafas).
—Quiero una empanada de camarón, eso es todo —le dice a la mesera.
—Vienen dos en la porción.
Parra hace un silencio.
—Entonces nada.
—¿Nada?
Otro silencio.
—Tiene razón. Dos empanadas.
—Dos de camarón y queso —anota la mesera.
—No, de camarón, nomás.
—Es que son de camarón y queso.
—De camarón.
—Bueno, de camarón. ¿Algo más?
—Nada más que eso. Ya me enojé, ya.

Cuando la mesera se va, Parra dice:
—Impone todo ella, ¿ah?

La conversación deriva hacia escritores chilenos de los años idos, a una visita que la fotógrafa argentina Sara Facio le hizo en los años cincuenta.
—Ah, la Sarita, la Sarita. En esa época me dejaba fotografiar. Ahora no.
—¿Por qué?
—En Chillán había una conversación entre dos niños. Uno le decía algo a otro, y el otro decía: “Porque no”. Y entonces le preguntaba: “¿Por qué no?”. Y el otro le decía: “Porque porque no”. Pero con lo de la Sarita hubo un punto de inflexión con Neruda. Una revista puso en la portada una foto de ella que decía: “El poeta de Isla Negra: Nicanor Parra”, y al fondo, más chico: “Se dirige a la casa de Neruda”. Ésta era la leyenda. Y Neruda vio eso y dijo: “Ésta es la cabeza de una maniobra internacional anti-Neruda, pero yo voy a descargar todo mi poder, que es muy grande, en la cabeza de Nicanor Parra”. Y dicho y hecho. Descargó todo el poder del PC internacional. ¿Y quién me contó este chisme? Jorge Tellier. ¿Se ubica con Tellier?

La mesera trae las dos empanadas y una cerveza, pero Parra la pidió natural y la cerveza está ostensiblemente fría.
—Ya ve. Ella trae lo que quiere —dice, aunque no protesta.
—¿Se acuerda de ese verso de Neruda: “Dar muerte a una monja con un golpe de oreja”?
—Braulio Arenas, ¿se ubica con Arenas?, es un poeta que una vez me dijo: “Nicanor, tú eres el mejor poeta mexicano”. ¡Mexicano! Era el peor insulto que le podían decir a uno. Pero Braulio me enseñó que cada diez versos hay que tirar uno oscuro, hay que poner uno que no entienda nadie, ni uno mismo. Y ahí se arregla la cosa. Y eso que en esa época Neruda todavía no había descubierto el kitsch.

Son las cinco y media de la tarde cuando se pone de pie, se calza la chaqueta y el sombrero, toma el bastón y, antes de salir, busca con la mirada a la camarera hasta que la descubre almorzando con sus compañeros en una mesa del fondo. Con el tono de quien dice adiós y buenas tardes, con voz educadísima, Parra levanta un brazo y dice:
Heil Hitler.
Y los ocupantes de la mesa, sin pensar, responden:
Heil Hitler.
Después, camina tranquilo hacia la puerta. En la vereda pregunta:
—¿Contestaron?
—Sí.
—¿Ve? Lo importante es el tono en que usted lo dice.

Ya en el auto, de regreso a su casa, mira el paisaje, señala una colina.
—Es bien interesante ese sitio. Hay un cementerio de automóviles, un desarmadero. Me gusta ir ahí.
—¿Está contento con las Obras completas?
—Estoy sorprendido. Yo leo esos poemas y no me siento el autor. Pienso que nunca fui el autor de nada porque siempre he pescado cosas que andaban en el aire. Se decía eso: cosas que andaban en el aire.

El asfalto se desliza terso, entre los pinos y el mar, bajo una luz suave.
—Bonito, ¿ah?
—Como para quedarse a vivir.
—O sea, a morir.

Algo en la tarde recuerda la respiración plácida de un animal dormido.
—Fíjese todo lo que han hecho y no han podido resolver ese asunto.
—¿Qué asunto?
—El de la muerte. Han resuelto otras cosas. ¿Pero por qué no se concentran en eso? //

Este texto fue publicado bajo el título “El aire del poeta”, en el suplemento cultural Babelia, del diario El País, de España, el 3 de diciembre de 2011.

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