El vidriero

Un reportaje sobre el ascenso del nuevo PRI.

Por Alejandro Sánchez

Las calles del Estado de México estaba tapizadas de propaganda de Eruviel Ávila durante la campaña.

Las calles del Estado de México estaba tapizadas de propaganda de Eruviel Ávila durante la campaña.

Las calles del Estado de México estaba tapizadas de propaganda de Eruviel Ávila durante la campaña.

LA VENTANA
Dos hombres entraron al restaurante argentino Puerto Madero de la avenida Masaryk, en el céntrico barrio de Polanco, una tarde de enero de 2011. Uno tenía tatuada en la cara una cicatriz como la de Tony Montana, el personaje principal de la película Scarface, y el otro estrenaba una figura de galán de cine, después de una dieta que le quitó veinte kilos de grasa. Ambos rondaban los cuarenta. Se saludaron, un mesero llevó los abrigos a un perchero y otro hizo señas para que retiraran las copas y los cubiertos de la mesa.
—Dos tazas para té —ordenó el capitán de meseros. Ese día los hombres no beberían tequila. Hay negocios que exigen tener la mente clara.

—Estás bien posicionado —dijo Cipriano Gutiérrez Vázquez, el hombre de la cicatriz. Era el secretario del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en el Estado de México, y había recibido la misión de buscar al mejor candidato para su partido, sin importar su origen y lealtad política.
—¿Lo crees? —contestó Eruviel Ávila, ex alcalde de Ecatepec, un extraño caso del político que se construyó desde abajo, miembro del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
—Conoces la historia de tu partido en el Estado de México. Acá se abrió la puerta: queremos que seas candidato externo del PRD.

La historia a la que se refería Gutiérrez Vázquez era la siguiente: desde los años cuarenta, los candidatos al gobierno del Estado de México han salido de entre un grupo de políticos del centro de la entidad impidiendo a priistas de las orillas, como Ávila, el paso al poder. La propuesta, además, no era descabellada: en los últimos meses, a su partido, el PRD, le había funcionado la estrategia de aliarse con el Partido Acción Nacional (PAN) en otros estados donde la fusión hizo el milagro de extirpar a los candidatos del PRI y poner un alto a los cacicazgos regionales. En el Estado de México esa fórmula no sólo tenía como propósito hacer ganar al PRD después de más de ochenta años de gobiernos del PRI, sino asestar a Peña Nieto, el priista más guapo y popular de los últimos tiempos, un golpe crucial en sus aspiraciones presidenciales. En el Estado de México viven quince de los ochenta millones de votantes registrados oficialmente, y era evidente que los resultados del Estado de México marcarían la elección del candidato presidencial en el PRI.

—Me honra la consideración, pero en este momento no te puedo decir sí o no. Voy a pelear hasta el final en mi partido.
El favorito lo sabían los dos, era Alfredo del Mazo, primo del gobernador Enrique Peña Nieto, alcalde de Huixquilucan, un tipo guapo, educado y ubicado en primer lugar en las encuestas para candidato a gobernador. Su padre y su abuelo lo fueron en el Estado de México. Ávila, en cambio, es hijo de un matrimonio que ni siquiera terminó la primaria y vecino de una colonia pobre. Pero confiaba en que podía dar la pelea por la candidatura, porque había ganado cuatro elecciones populares en quince años, dos como diputado local y las otras como alcalde.

En el restaurante argentino, Eruviel Ávila dio un sorbo al té sin azúcar. La dieta le había devuelto un cuerpo impecable de candidato, y no quería ganar un gramo. La plática continuó otra media hora. El mesero volvió a llenar las tazas de té.
Antes de despedirse, Eruviel Ávila dijo:
—Te pido que el PRD me deje abierta la puerta hasta donde se pueda, y si se cierra dejen abierta la ventana.
Ninguno de los dos se percató de que en la otra esquina del restaurante un hombre cercano al gobernador Peña Nieto los observaba cubriéndose la cara con un periódico. Cuando Eruviel Ávila salió del restaurante, el tipo se agazapó con un teléfono en la mano e hizo una llamada.

DE SUERTE
La vida política de Eruviel Ávila se inició en el verano de 1990, cuando tenía veintiún años, terminaba la carrera de Derecho en la Universidad Tecnológica de México (Unitec), llevaba dos años de casado y criaba a una hija, Isis. Ávila era un chico fornido, de un metro ochenta de alto. Visto de espaldas, con sus brazos largos y abundante cabellera ondulada, parecía más un jugador de básquetbol que un abogado en ciernes, y tenía un rostro angelical que transmitía confianza: los labios rosados, la mirada tierna.

Su vida no era sencilla porque debía hacerse cargo de los gastos como esposo, padre y estudiante de una escuela privada, pero estaba determinado a construirse un futuro distinto al de su padre, quien había sido chofer de camión. Ávila había trabajado desde niño con él: fue cobrador de un camión de pasajeros y luego vidriero en un negocio de cristales para autobuses. El ayuntamiento sólo tenía una vacante para alguien dispuesto a sacar copias y hacer favores. Eruviel aceptó. Su propósito era cumplir con el requisito del servicio social y obtener un papel firmado y sellado para graduarse.

Resultó un muchacho disciplinado. Llegaba puntual al trabajo, incluso poco antes de su hora de entrada. Cuando era necesario quedarse más tiempo, lo hacía sin refunfuñar. Era respetuoso y servicial con el síndico Alfredo Torres. Hubo química entre ambos y, en tres o cuatro meses, Torres empezó a delegarle asuntos de otra índole, como organizar su agenda y hasta arreglarle asuntos de sus cuentas bancarias. Torres, unos siete años mayor que Eruviel, estaba en el camino de instaurar un patriarcado regional y conformar un nuevo brazo dominante del PRI en esa zona: el grupo Río de la Luz.

Cuando Torres buscó a alguien que diera la cara por él con los vecinos que exigían soluciones a problemas colectivos y personales, pensó inmediatamente en Ávila.
—Ese chamaco puede ayudarnos —dijo Torres a uno de sus colaboradores más cercanos.
—Usted dirá, don Alfredo. Si quiere lo ponemos a prueba —contestó el colaborador. Aquella vez pensó: “Qué suerte tiene ese cabrón”. Eran los tiempos en que el presidente Carlos Salinas de Gortari definía su proyecto social por medio de su Programa Nacional de Solidaridad. Torres colocaba a Eruviel en el corazón de la política municipal.

Ávila sonreía siempre y miraba con atención a los ojos de los vecinos cuando lo buscaban. Reaccionaba con apapachos cuando le confesaban sus desgracias.
Se granjeó la confianza y el respeto de los vecinos.
Todos los días, incluso los fines de semana, había largas filas de gente en la puerta del palacio municipal, buscando atención a sus demandas.

AMIGO DE LOS MEDIOS
El síndico Torres ganó las elecciones para el trienio 1994-1997 como presidente municipal de Ecatepec, y nombró a Eruviel secretario del Ayuntamiento, con veinticinco años. Ahora cursaba una maestría y se preparaba para hacer un doctorado en Derecho en la Universidad Nacional.

—Ojalá tuviera diez Eruvieles conmigo, chingao. A este cabrón no le tiembla nada —decía con orgullo el nuevo jefe municipal. Y con todo el ánimo de herir susceptibilidades en el resto de su séquito, comentaba con un tono lacerante que no había nadie mejor que Eru para ejecutar los encargos “como Dios manda”.
Era común que acabara manejando encomiendas que responsables de otras áreas debían resolver y se metía en asuntos aprovechando el poder que le daba su cercanía con el alcalde. Era un testarudo sin remedio.

Un día de abril de 1995, Luis Miguel Loaiza, columnista del desaparecido Diario 32, de Neza, Estado de México, aseguró en su columna que Antonio Yáñez, jefe de prensa de la alcaldía, favorecía más al secretario del Ayuntamiento que al propio presidente municipal.
El día de la publicación, el teléfono de Loaiza sonó. Del otro lado de la línea, Yáñez concretaba una cita para la mañana del día siguiente en el restaurante El Quijote, ubicado en Cerro Gordo, Ecatepec. Se verían en punto de las diez de la mañana.

Ni un minuto antes ni un minuto después de la hora pactada, Ávila, que había subido de peso y tenía una barba incipente, se apareció en el restaurante. Vestía una chamarra café Tommy Hilfiger y unos pantalones beige con caída perfecta abajo del tobillo. Loaiza entró al restaurante. Se sorprendió de encontrar a Ávila en vez de a Yáñez: Ávila estaba sentado y enviaba mensajes de texto por su celular Ericsson. El secretario tenía la mirada impávida y un rostro serio poco común en un chico de esa edad.

Se saludaron, Eruviel lo invitó a acompañarlo, y acostumbrado al estilo de los viejos funcionarios mexiquenses, el periodista esperó el reclamo a bocajarro.
—¿Qué tomas? —le preguntó Eruviel, quien no había pedido nada.
—Café.

Loaiza recuerda que aquella mañana no encontró en Eruviel Ávila las injurias acostumbradas de los políticos locales cuando no les gusta lo que se publica de ellos. En vez de eso, el joven funcionario habló de política nacional. El país entraba en una de las peores crisis económicas de su historia (al final del sexenio de Salinas de Gortari hubo una enorme devaluación y las tasas de interés se fueron al cielo), y el tema no le era ajeno. Buscó la oportunidad para poner en la mesa el asunto del Estado de México, y cuando consideró que era el momento le dijo al columnista:
—¡Quiero ser presidente de Ecatepec!

Loaiza estuvo a punto de atragantarse con el café.
—Me estoy preparando a conciencia y necesito que mi amigo me ayude —dijo Eruviel refiriéndose retóricamente a su invitado en tercera persona, con esa cercanía falsa que los políticos acostumbran cuando necesitan un favor.

El columnista soltó la taza y apenas pudo emitir una risilla nerviosa. Las palabras suaves y la voz modulada lo habían desarmado.
—¿En qué te ayudo? —preguntó Loaiza después de unos segundos de silencio.
—Quiero que mi amigo me acerque a los más reconocidos periodistas y editores, y que la información sobre mí se maneje con profesionalismo.

Ávila había puesto sobre la mesa una caja larga. Dentro descansaba una corbata de seda roja: era el símbolo de su nueva relación. Después de tomar aire, el columnista preguntó hasta dónde quería llegar. Eruviel abrió los brazos, y echando las manos hacia enfrente dijo que con preparación y tiempo, hasta donde fuera posible.
El periodista se fue con un buen sabor de boca. Años después relató en su blog parte de ese encuentro. Contó que lo había impresionado el carisma de Eruviel, tanto que aceptó trabajar para él sin salario. Conserva la corbata de seda: se la ha puesto cuatro veces.

MONTIEL, ÁRBOL FUERTE Y FRONDOSO
El plan que Eruviel había fraguado con el periodista Loaiza para convertirse en candidato a la presidencia municipal, una vez terminada la administración de Alfredo Torres, no cuajó. Torres optó por otro de sus aliados con mayor experiencia, Jorge Torres. Pero Ávila ganó perdiendo: el grupo Río de la Luz le dio la diputación local para la Legislatura 1997-2000, en la que pasó sin pena ni gloria, sobre todo porque Río de la Luz se desintegró por divisiones internas en la disputa por el liderazgo regional.

Ávila se había quedado huérfano, pero cultivó dos padrinos políticos poderosos. El obispo Onésimo Cepeda y Arturo Montiel.
Ávila conoció a Cepeda en 1995, cuando el papa Juan Pablo II lo nombró obispo de la entonces recién formada diócesis de Ecatepec. El presidente municipal Alfredo Torres hizo un desaire al obispo y desdeñó darle la bienvenida. Dijo que iría un chalán.

—Yo no tengo tiempo de recibir a ese obispillo —soltó con desprecio, volteó a su alrededor y encontró a su representante— a ver, Eruviel encárgate de los trámites y de albergar al viejo.
Onésimo Cepeda, entonces de 58 años, no era un obispillo. Todo lo contrario: era abogado por la UNAM, filósofo en el seminario de los Misioneros de Guadalupe, teólogo por la Universidad de Suiza, ex banquero y agente de bolsa, ex director general de la banca privada en México amigo de uno de los hombres más ricos del mundo, Carlos Slim, así como de Roberto Hernández, presidente de Banamex.

Eruviel, secretario del Ayuntamiento, cumplió con su trabajo. En agosto de 1995, ubicó un terreno para hacer el acto protocolario de recibimiento, alquiló carpas, mesas, sillas, mandó hacer bocadillos e improvisó un estacionamiento para los invitados. La tarde de la llegada de Onésimo, se puso traje y corbata, se peinó y se perfumó para encontrarse con él.

A su llegada lo abrazó, pues el joven funcionario había crecido en el seno de una familia católica, y adoraba imágenes como la Virgen de los Lagos y la de Guadalupe. Tener un obispo enfrente y ser él su anfitrión era motivo de prosperidad.

—Estamos felices por su llegada señor obispo —dijo Eruviel con una amplia sonrisa.
El enviado del Vaticano se sorprendió por la juventud de la autoridad que tenía enfrente.
—Esperaba ver a un viejo como yo —le dijo.
—Se quedaron adentro —contestó como viendo hacia el Palacio Municipal y prometió al obispo que la alcaldía apoyaría con la construcción de una catedral, lo cual se cumplió más adelante.

El alcalde Torres quedó mal para siempre con Onésimo Cepeda. El obispo, en cambio trató con cariño y admiración a Eruviel y le reconoció el valor de desempeñarse con diplomacia en su recepción de Ecatepec. Desde entonces siempre lo ha tratado como a un hijo. Sería la mejor semilla que Ávila sembró en su vida.

Fue Onésimo quien presentó a Eruviel con el recién electo gobernador del Estado de México, Arturo Montiel (1999-2005), y fue Montiel quien sacó a Ávila de su desabrigo político. Montiel lo nombró subsecretario de Gobierno del Estado de México para la zona de Nezahualcóyotl, vecina de su natal Ecatepec, donde habitan más de un millón cien mil personas. De los ciento veinticinco municipios que conforman el Estado de México, tan sólo Ecatepec y Nezahualcóyotl tienen más de veinte por ciento del padrón total de electores en la entidad.

Eruviel no dejó pasar la oportunidad en esa nueva etapa de su trayectoria: manejó programas sociales y de ayuda que él mismo repartía y posicionó su figura en el llamado Corredor Oriente del Estado de México. No era una tarea fácil porque en las elecciones de 2000, el PRD había arrasado en esa zona, en buena medida por el efecto creado por Cuauhtémoc Cárdenas, líder moral del partido y jefe de Gobierno de la ciudad de México, y por su manera de gobernarla.

—Si el PRI pretende recuperar Ecatepec, debe poner a un candidato bien identificado con la gente —aconsejó el obispo Cepeda al gobernador a finales de 2002.
—Es Eruviel —dijo Montiel.

El diputado federal Pablo Bedolla, del PRI, que también pretendía convertirse en alcalde de Ecatepec, se enteró de que el obispo Onésimo Cepeda estaba interviniendo a favor de Ávila. Organizó manifestaciones afuera de la casa de gobierno en Toluca, la capital del estado, para pedir que Onésimo sacara las manos del proceso. Imposible: Eruviel fue el candidato y ganó para el periodo de 2003 a 2006, aunque por un margen cerrado.

En su administración endeudó al municipio con setecientos cincuenta millones de pesos que pidió al Banco Nacional de Obras y Servicios Públicos, con el consentimiento de la mayoría priista en el Congreso de Toluca, cuya agenda estaba supeditada a la línea política que venía del despacho del gobernador Montiel. Pretendía construir un distribuidor vial en vía Morelos, una de las más importantes del municipio. Cruzaría por la avenida conocida como 30-30 hasta desembocar en 1 de Mayo. Pero el proyecto no tenía una propuesta de ingeniería ni estudios de impacto social o ambiental como demandan este tipo de obras antes de recibir los recursos. Además, el Instituto Nacional de Antropología e Historia no permitió que el plan se llevara a cabo porque una vía del distribuidor taparía la casa del héroe de la Independencia José María Morelos y Pavón.

Eruviel tuvo que modificar el proyecto. El distribuidor vial redujo su alcance inicial a la mitad, pero se mantuvo el mismo presupuesto. Según la oposición, el nuevo puente costó doscientos millones de pesos y no setecientos cincuenta como originalmente estaba planeado. Nunca se aclaró qué pasó con el resto del dinero. El alcalde bautizó el puente como Arturo Montiel. Los habitantes de Ecatepec deberán pagar ese préstamo hasta 2020.

Ávila entregó la alcaldía a José Luis Gutiérrez Cureño del PRD, quien en las elecciones de 2006 aventajó ampliamente al PRI. Los vecinos le dieron la espalda al partido de Ávila porque tampoco vieron cumplida la principal promesa de campaña del alcalde: “Agua para todos, todos los días”. Las familias todavía siguen esperando el líquido en sus casas. A buena parte le llega en tandas cada quince días, cada semana o, en el mejor de los casos, cada tercer día.

Recientemente, la prensa develó otro rasgo característico del periodo de Ávila en Ecatepec. Resulta que en el segundo Informe de Gobierno, en agosto de 2005, Eruviel tuvo de invitados especiales a Arturo Montiel y a Onésimo Cepeda. Después de echar un rosario de cifras, leyó un poema que todo mundo supuso que había escrito el alcalde mismo, especialmente para el gobernador.

“Montiel fue siempre como el árbol, fuerte y frondoso —leyó—, al que acudimos para protegernos bajo su sombra del inclemente sol… Fue siempre, y sigue siéndolo, árbol lleno de frutos para saciar a los hombres y mujeres con más necesidad. Él es un ejemplo transparente de generosidad… Arturo Montiel brilla con luz propia y con gran intensidad. Pero en su sencillez, en lugar de elevarse e iluminarnos desde lejos como una estrella, prefirió convertirse en antorcha y quedarse entre nosotros, para irradiar su luz y su calor a todos los que nos aproximamos a él en busca de más progreso y desarrollo”.

Eruviel no escribió este poema. La columnista Katia D’Artigues de El Universal descubrió la impostura de Ávila. El alcalde había copiado un discurso que José Dávalos, director de la Facultad de Derecho de la UNAM, dio el jueves 15 de diciembre de 1988 durante la develación de un cuadro en honor al maestro emérito Alfonso Noriega Cantú. Ávila sólo había cambiado los nombres. Hasta ahora, Eruviel ha preferido no hablar del tema.

OPERACIÓN CON BISTURÍ
El priista con aspiraciones a la presidencia Roberto Madrazo acusó a su contrincante Arturo Montiel de enriquecimiento inexplicable en octubre de 2005. Madrazo filtró información que acusaba su nepotismo, y lo señaló como el poseedor de millonarias cuentas de dudosa procedencia. ¿El motivo? Una pelea entre correligionarios que buscaban la candidatura presidencial del PRI. Montiel había conformado un grupo denominado Tucom (Todos Unidos contra Madrazo), que pretendía sacarlo de la carrera presidencial, y Madrazo asestó un tiro demoledor a su compañero. El ex gobernador mexiquense no supo defenderse y se derrumbó. Las pruebas exhibidas mostraban cómo sus hijos y su hoy ex esposa, Maude Versini, se hicieron millonarios en menos de un mes. Madrazo preguntó en televisión abierta: “¿A qué se dedican sus hijos? No son tan exitosos”. Los Montiel habían comprado departamentos y propiedades en México, Estados Unidos, Francia y España sin poder demostrar el origen lícito del dinero. “Y, además, los depósitos que hacen, cuando los empresarios no pueden realizar este tipo de movimientos sin que expliquen el origen de los recursos”, agregó Madrazo en horario triple A.

Los planes de Ávila, que se sumaría a la campaña de Montiel si ganaba la candidatura, cambiaron ese mismo día. El ex gobernador del Estado de México desapareció de la política.

Ávila, sin embargo, alcanzó a colarse entre un resquicio de la lista de candidatos a diputados para el Congreso local, y tras ganar las elecciones de julio de 2006, llegó a la Cámara de Diputados después de dejar Neza. El nuevo gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, lo hizo coordinador de la bancada priista por recomendaciones de Montiel. Eruviel empezó a buscar un acercamiento a los más feroces adversarios del PRI, como una medida para contrarrestar tan feroz descrédito.

Uno de sus objetivos principales era ganarse a la diputada Mariela Pérez de Tejada del PAN, que había usado la misma información proporcionada por Madrazo para denunciar en el Congreso la corrupción de Montiel.

Pérez de Tejada es una muchacha menudita, de ojos grandes y con buena reputación en la política del Estado de México. Desde adolescente se involucró en el PAN, conoce su entidad como pocos políticos y se ha dedicado a exhibir a los gobiernos priistas en temas como desigualdad de género, pobreza y opacidad. Tiene fama de dura.

Mariela y Eruviel tienen amigos en común. En una cena en la que coincidieron, el priista no se cansó de echarle flores a su compañera de legislatura. “Para Mariela, todo mi respeto. Estamos hablando de la mejor mujer en la política mexiquense”, dijo después de que le dio un trago a su tequila y se limpió la boca con una servilleta de papel.

Quizá pensaría que enviándole elogios, Pérez de Tejada concedería la comida que hacía rato ella le había negado. En el Estado de México no hay muchos políticos como Mariela; casi todos, acaban sentados en una misma mesa y compartiendo una botella. En los pasillos de Acción Nacional se dice que hay panistas que dejan que el gobierno del estado los apapache. De la noche a la mañana se vuelven dueños de predios, casas, coches último modelo o bodegas repletas de materiales para la construcción que en tiempos electorales son minas de oro para garantizar votos. Eso mismo me dijo Jesús Ortega, ex presidente nacional del PRD, quien prometió revelar en otra ocasión los nombres de sus correligionarios inmiscuidos.

El 8 de febrero de 2007, entre siete y ocho de la mañana, Pérez de Tejada aún dormía. La noche anterior se había desvelado por motivo de una cena con su familia, que le festejó su cumpleaños.
—Hola —contestó con la voz ronca.
—Estimada diputada, amiga, habla su compañero diputado Eruviel Ávila para felicitarla por su cumpleaños.

El priista era exagerado con Mariela y tenía gestos cortesanos. Cuando la encontraba de frente en la Cámara local le hacía una caravana, se llevaba la mano al pecho y cerraba los ojos como si contuviera la respiración. En el día del cumpleaños de la panista, además de la llamada matutina hubo más atenciones especiales: al día siguiente llegó un arreglo de flores a la oficina de la legisladora con una tarjeta que decía: “Feliz cumpleaños, estimada diputada Mariela. Tu amigo Eruviel Ávila”. Y en los diarios locales aparecieron desplegados a una plana: “Felicito a mi compañera Mariela Pérez de Tejada por su cumpleaños”.

Pero, en vez de ganarla, Mariela acabó atosigada. En otra ocasión, durante los días previos al tercer Informe de Peña Nieto, Eruviel se anticipó a conocer el nombre del priista que respondería al mandatario. Se encontró con el de Mariela Pérez de Tejada. La frialdad con la que ella mantuvo la relación obligó al coordinador de los diputados a buscar un intermediario para que la legisladora comiera con él. El diputado volvió a toparse con un muro. Humberto Benítez Treviño, el secretario general de gobierno, entró a la operación encontrando la misma respuesta: “No como con priistas”, mandó decirle Mariela. Nunca se dio el encuentro.

Por lo demás, Eruviel nunca demostró ser un buen orador. De hecho, casi no usó la tribuna. Su trabajo estaba en la negociación política, arreglar acuerdos para que el PRI gobernara con una mansa oposición, sin levantar polvo. Panistas y perredistas lo recuerdan como un hombre de palabra, siempre cumpliendo lo que promete. Una ley a cambio de otra ley, por ejemplo. Bueno para delegar responsabilidades y siempre supeditado a la línea política del gobernador.

GOBIERNO RIMBOMBANTE
La relación que Eruviel hizo con Peña Nieto cuando fue coordinador del PRI en la Cámara local lo convirtió en el favorito para buscar, por segunda vez, la candidatura al gobierno de Ecatepec en julio de 2009. Sus posibilidades eran buenas: no sólo las encuestas decían que era el político priista más conocido en ese territorio, sino que también el PRD estaba de capa caída por una disputa de las fracciones internas tras la elección para presidente nacional. Fue una pelea grotesca que afectó su imagen en todo el país.

Cuando Ávila fue nombrado finalmente candidato, quedó claro que iba a copiar a Peña Nieto la estrategia de campaña de llevar ante notario las promesas. Si el gobernador del Estado de México hizo seiscientos ocho compromisos, Eruviel se comprometió con sesenta y nueve acciones: bancas para estudiantes zurdos, alumbrado público, mejoramiento de calles, veinte becas para alumnos al extranjero, tres bibliotecas, un museo y recuperación de espacios públicos.

Eruviel sabía bien que se trataba de un proceso determinante para su carrera, sobre todo de cara al escándalo de los setecientos cincuenta millones de pesos del puente y después de haber dejado la alcaldía de Neza en manos del PRD.
Al final, Eruviel acabó propinándole una tunda al candidato de izquierda el día de la jornada electoral.

Por entonces se comenzó hablar ya de las ambiciones políticas del nuevo alcalde para buscar la gubernatura del Estado de México. Y de nuevo copió la estrategia del gobernador  Peña Nieto, esta vez la de presumir la obra en actos públicos rimbombantes.

En una ocasión, por ejemplo, llevó dos aviones y una avioneta viejos, que transformó en bibliotecas públicas, a las comunidades pobres de Ecatepec. “Somos el municipio con mayor flota aérea”, declaró en la Sierra de Guadalupe, una de las zonas más pobres. Aquello fue un espectáculo. Casi nadie había visto un avión en su vida y mucho menos subido a uno.

Otro día llevó a la misma sierra dos cerdos vietnamitas, tres pavorreales, tres ponis, patos, codornices, gallinas. “Aquí tienen, vecinos, su granja didáctica que les da su amigo Eruviel. Habrá visitas guiadas y sus hijos podrán darles de comer a los animalitos, así aprenderán y cuidarán la naturaleza”, dijo recorriendo con la mirada a la gente. Los colonos se pusieron felices y donaron otras especies para complementar la granja: una burra, un avestruz y becerros. A diferencia de Peña Nieto, la gente lo percibía como uno de los suyos y esto le permitía conectar mejor.

Durante su gestión en Ecatepec, Ávila también se alió con la maestra Elba Esther Gordillo, líder del sindicato de maestros, el gremio más poderoso de América Latina. Su gobierno le regaló un predio de más de dos mil quinientos metros cuadrados en el Cerro del Viento Ehécatl, donde los maestros levantarían después un edificio de más de setenta millones de pesos para albergar la sección 36. De ahí nació una estrecha relación con Gordillo y su familia, en especial con Mónica Arriola, hija de la maestra, quien tomó el control de las alianzas del partido de Elba Esther, Nueva Alianza (Panal) en las elecciones locales. Por eso, en los comicios para gobernador, Arriola ofreció a Eruviel más de medio millón de votos, me dijo Lucila Garfias, presidenta del Panal.

SU PROPIA BATALLA
Por esos días era evidente que Eruviel se había convertido en un tipo obeso. Tenía la cara redonda, los cachetes inflados y un bigote delineado que lo hacían ver unos diez años mayor. Además, respiraba agitado, con dificultad, como si estuviera todo el tiempo subiendo las escaleras.

—Esa imagen no te ayudará en nada —le dijo Carlos Aguilar, un joven comunicólogo de su equipo más cercano.
—¿Qué hay que hacer? —preguntó Eruviel.
—Someterte a dieta.

Días después Eruviel entró al programa New Direction del Centro de Nutrición, Obesidad y Alteraciones Metabólicas del Hospital ABC. Pagó diecisiete mil pesos mensuales por el tratamiento que duró medio año. Basó su plan en suplementos alimenticios en polvo de diferentes sabores que se diluyen en agua.

En cinco meses, el paciente había perdido cerca de veinte kilos. “Me siento perfecto, eso me ha permitido estar en óptimas condiciones. Estar con la gente, escuchar, subir, bajar, caminar, recorrer las calles. El buen juez por su casa empieza”, declaró Ávila a Excélsior con motivo de un reportaje de los funcionarios a dieta. En la lucha contra la obesidad, que es uno de los problemas de salud crónicos de México, el presidente Felipe Calderón había pedido a los funcionarios de su gabinete cuidar la figura. Fernando Gómez Mont, entonces secretario de Gobernación, uno de los más gordos, se sometió a un bypass gástrico. Otros optaron por las dietas. La del hospital ABC se convirtió en una de las de mayor demanda.

Eruviel entendió también los beneficios políticos de estar en forma, sobre todo si quería contender por la gubernatura del Estado de México. Su contrincante era chico, guapo, con figura de atleta. Y en esa pelea, el exceso de peso podría convertirse en un adversario incómodo.

GUAPO Y DE ALCURNIA
El principal enemigo a vencer era Alfredo del Mazo Maza, nieto de Alfredo del Mazo Vélez, gobernador del Estado de México (1945-1951), e hijo de Alfredo del Mazo González, gobernador del mismo estado en los años ochenta. En su momento, abuelo y padre estuvieron cerca de ser presidentes del país. Alfredo también es primo del recién ex gobernador porque la hermana de Alfredo del Mazo Vélez, Dolores, se casó con Arturo Peña Arcos, abuelo de Enrique Peña Nieto. Del Mazo, además, es un integrante distinguido del Grupo Atlacomulco, llamado así por el nombre de la ciudad donde nacieron muchos de sus miembros, el clan político que ha determinado el curso de la vida pública en el Estado de México desde mediados del siglo pasado. Este grupo no tiene una expresión formal, sino que es una manera de la prensa y la academia de nombrar las relaciones familiares y políticas de los hombres poderosos del estado. Lo cierto es que no es difícil distinguir quienes lo integran, y Eruviel, evidentemente, no era parte del clan.

Del Mazo estudió Administración de Empresas en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, un centro de élite, y luego hizo un posgrado en Administración y Finanzas en la Universidad de Harvard. Comenzó su carrera como funcionario de la banca. Cuando Peña Nieto llegó a la gubernatura, lo nombró director de Fomento a la Micro y Pequeña Empresa, de la Secretaría de Desarrollo Económico del estado. De allí saltó a la dirección de un organismo que se dedicaba al apoyo a los emprendedores locales, luego lo hicieron secretario de Turismo, y a mediados de 2009 asumió el cargo de presidente municipal de Huixquilucan, uno de los municipios más ricos del país.

Del Mazo es delgado, buen mozo. Tiene el pelo abundante y, a pesar de sus  treinta y tantos años, está salpicado de canas, que lo hacen ver interesante. Como Peña Nieto, ejerce un enorme atractivo entre las mujeres.

Peña Nieto nunca faltó a sus informes de gobierno y estaba en el lanzamiento de programas de trabajo. Esos actos aparecían luego en la televisión y otros medios como publicidad pagada. Medio mundo daba por hecho estar viendo, oyendo o leyendo en Huixquilucan al próximo candidato indiscutible del gobernador.

Del Mazo era, en más de un sentido, el nuevo Peña Nieto. Era el joven al que muchos priistas adelantados llegaron a decirle para quedar bien: “Señor candidato”. Estaba a finales de 2010, junto con Eruviel, en el top de popularidad.

EL PODER DE UNIRSE
Las circunstancias para los políticos en el Estado de México comenzaron a cambiar en 2010, por obra de algunos acontecimientos lejanos: sus adversarios del PAN y PRD comenzaron a aliarse para echar al PRI del poder en algunos lugares donde parecía inamovible.

La primera alianza entre ambos partidos sucedió en febrero de 2010, en Oaxaca, con una combinación sumamente interesante que postuló a Gabino Cué, un viejo militante de izquierda que desterró del poder al PRI tras ochenta años. Un mes después se trasladó a Sinaloa, donde Mario López (Malova), puntero en las encuestas del PRI, renunció al partido al ser desplazado por Jesús Vizcarra, su compañero que venía abajo. Malova fue postulado por la coalición, y en julio venció con facilidad al candidato priista, su ex correligionario. Continuó en Puebla, donde la alianza derrotó de nuevo al PRI. En Durango se repitió el factor Sinaloa, pero el priismo apenas pudo retener el poder por una mínima diferencia.

Luego, en el estado Guerrero, las fuerzas se combinaron de manera sumamente atractiva. Guerrero, de hecho, era uno de los bastiones estatales que le quedaban al PRD. Pero el partido perdía terreno por sus pleitos internos. Todas las encuestas indicaban que el PRI estaba muy por encima en las preferencias.

El día en que el PRI tuvo que elegir un candidato para gobernador, Manlio Fabio Beltrones impuso al menos carismático: Manuel Añorve Baños. El otro, Ángel Aguirre, hizo el coraje de su vida y dijo que estaba dispuesto a todo para vengar lo que consideró que había sido una humillación. Los aspirantes que internamente se disputaron el puesto eran primos. Aguirre, el más bonachón, dicharachero y cantante aficionado de tríos, accedió a tomarse un café con los representantes del PRD: le ofrecieron la candidatura al gobierno y aceptó.

Eruviel, que observaba los acontecimientos con atención, pidió a su equipo un análisis de lo que pasaba en Guerrero. Por esos días, además, llegó a sus manos un libro: Los fuera de serie, de Malcolm Gladwell. Cuenta historias de éxito de personajes que han dejado huella en el mundo. El autor sustenta que, para acceder a los niveles máximos de notoriedad y excelencia en cualquier campo socialmente valorado, no bastan el talento, la dedicación o la vocación. Es preciso, además, tomar en cuenta un factor: la suerte. Estar en el lugar correcto en el momento preciso.

Fue también por estos días que Eruviel aceptó tomarse el té con Cipriano Gutiérrez Vázquez, el representante del PRD, en el restaurante Puerto Madero de la ciudad de México.

DISEÑO DE CAMPAÑA
Durante los días en que el PRI del Estado de México consideraba a cinco candidatos posibles para la gubernatura, Eruviel se dirigió a la peluquería de don Pedro, en Ciudad Azteca, Ecatepec. Ahí el corte cuesta cincuenta pesos, pero los vecinos saben que el peluquero puede hacerles un descuento si las cosas andan mal. Al alcalde, por tener mejor posición, le cobra setenta.

Hace más de treinta años que Eruviel viene a esta barbería, una accesoria de unos 5 x 4 metros. Al entrar hay un taburete empotrado al muro derecho con grandes espejos. Enfrente, tres sillones: en el primero, que está en el fondo, un barbero rasuraba el rostro de un anciano en reposo total; en medio, don Pedro hacía un casquete regular a un chico de entre dieciocho y veinte años; en el siguiente, otro de los ayudantes pasaba tijera a un niño como de seis.

“Buenas tardes”, saludó Eruviel al asomar la cabeza. Se metió y tomó asiento en una de las sillas en las que los clientes esperan turno. Sobre una mesita estaba desparramado La Prensa, periódico que en su contraportada daba cuenta ese día de un “choque fatal” en la ciudad de México que costó la vida de tres personas. Eruviel clavó la mirada en el titular, y en ese momento timbró su celular. Salió a la calle a hablar y pasear en la banqueta. El bullicio de una tlapalería cercana lo obligó a alejarse un poco más hasta pararse sobre un césped que lucía recién podado, frente a un portón particular. El dueño de la casa lo vio y le reclamó.

—Deje de pisar el pasto —dijo un vecino, quien desconoció al alcalde porque la última vez que lo vio tenía bigote y veinte kilos más de peso.
—Sí, señor. Disculpe por favor —respondió avergonzado Eruviel.

Terminó la llamada y volvió a ocupar su lugar al interior de la peluquería.
El peluquero y el alcalde rara vez hablaban de política, pero esta vez se engancharon en una conversación sobre los asuntos del gobierno local desde el momento mismo en que don Pedro puso una capa de nylon sobre su distinguido cliente.

—Su nombre está de moda y suena como posible sucesor de Enrique Peña Nieto.
Ávila no esperó.
—Don Pedro, si gano la candidatura de mi partido, ¿me deja grabar un spot en este lugar? —preguntó el aspirante a suceder a Peña Nieto.
—Ya sabe que sí, doctor —dijo don Pedro.

EL GANADOR
A pesar del optimismo de Ávila, hasta el viernes 25 de marzo los columnistas más enterados lo daban por perdedor frente a Alfredo del Mazo en la contienda interna por la candidatura al gobierno. “El joven alcalde de Huixquilucan, hijo del ex gobernador Alfredo del Mazo, terminó por imponerse en buena parte por su apellido, que registra un alto nivel de conocimiento en el estado, pero también por la competitividad que le otorgan las encuestas y, sobre todo, por la cercanía con el gobernador Enrique Peña Nieto. Es indudable que pesó también la alcurnia política y que el mítico Grupo Atlacomulco vuelve a demostrar que existe”, escribió el periodista Salvador García Soto en su columna Serpientes y Escaleras de El Universal.

El propio Del Mazo cantaba victoria y, confiado en que él sería el candidato, integró un equipo especial de comunicación que se disponía a trazar las directrices de la campaña. Lo primero que mandó a imprimir fueron invitaciones para la “toma de protesta del candidato Alfredo del Mazo Maza” y playeras con la leyenda: “Alfredo del Mazo. Gobernador”.

Sólo faltaba el anuncio oficial que debía darse a más tardar el sábado 26 de marzo. Ese día, la atención de los medios estaba centrada en la casa de Gobierno de Toluca, donde Eruviel Ávila y Alfredo del Mazo, así como Ricardo Aguilar, Luis Videgaray y Ernesto Nemer —los tres últimos habían sido candidatos, pero se habían descartado— esperaban la confirmación, pues en un salón contiguo Peña Nieto discutía la decisión con Humberto Moreira, líder nacional del PRI.

Todavía antes de la encerrona, Eruviel Ávila recibió un SMS en su BlackBerry:
“Eruviel, recuerda que con nosotros aún tienes abierta la ventana. Atte. Cipriano Vázquez”. Ávila no contestó.

Encerrados en el salón, Peña Nieto informó a Moreira que Luis Miranda, secretario de Gobierno y uno de sus hombres de mayor confianza, había mandado llamar al perredista Cipriano Gutiérrez Vázquez a la casa de Gobierno apenas tres semanas antes:
Gutiérrez Vázquez no negó su encuentro con Eruviel y tampoco escondió lo que pensaba: que era el mejor candidato. Así lo indicaban las últimas encuestas del PRD. Lo mismo decían los recientes conteos del PRI.

Después de siete horas de conversación, Peña Nieto y Moreira llegaron a una decisión: bajar a Del Mazo de la contienda, quien agachó la cabeza y, sentado, apretó el puño sobre una mesa sin decir nada cuando se hizo pública la decisión. Eruviel, que estaba frente a Del Mazo, asimiló la noticia, sonrió y levantó los brazos al saberse candidato.
El PAN y PRD debían buscar un candidato por separado.

LA TUSADA ES GRATIS
Vi por primera vez a Eruviel, ya como candidato, a las 00:05 del 16 de mayo. Esperó la madrugada de ese día —como marca la ley electoral— para arrancar su campaña. Al pie de las Torres Bicentenario de Toluca, envueltas por la oscuridad, apareció con Alfredo del Mazo, quien levantó la mano de Eruviel. De pronto sonó la tonada de la canción “Mi niña bonita” de Chino y Nacho, pero la letra original fue adaptada al candidato: “Reconozco el valor / Hombre muy triunfador / Desde niño soñó trabajar con pasión/ Eruvieeeeeeeeel, Eruvieeeeeeeeel / En familia aprendió a tomar decisión”.

A las 6:45 del mismo día, después del arranque de campaña, el candidato empezó un recorrido por la Central de Abastos de Toluca. Lo primero que vi fue su peinado. ¿Se habrá recargado en la ventana de la van de la que se había bajado?, me pregunté. Poco después, don Pedro, su peluquero, disipó mi duda: “Lo tusé hace dos semanas”. Fue durante una noche, en la cocina, y a media luz, del nuevo domicilio del candidato en Toluca. Le cobró cuatrocientos pesos.

Eruviel cumplió su palabra de hacer el spot en casa del peluquero, y no sólo eso en un estado donde el peinado es tan importante (el copete de Peña Nieto se ha convertido en una marca de identidad), el candidato no cambió de estilista. En ese spot, grabado en las primeras dos semanas de campaña, se ve a Eruviel entrar a la barbería, y con una voz melosa dice: “Cada mes me corto el pelo en esta misma peluquería con don Pedro. Aquí en esta silla (don Pedro masticando un chicle le pone una capa de nylon) me he sentado con puesto o sin puesto. ¿Por qué me gusta recordar de dónde vengo? Porque saber de dónde vienes te enseña adónde puedes llegar, pensar que puedes lograr todo lo que te propongas, pensar en grande. No conformarte, sólo así se puede llegar más lejos, y lo que hice por mí ahora lo quiero hacer por todos”. Una voz aparece y dice: “Piensa en grande, Eruviel gobernador”.

CANDIDATO PADRINO
Para esta campaña, Ávila volvió a imitar el estilo de Erique Peña Nieto. Se comprometió a firmar seis mil compromisos y asumió como lema: “Pensar en grande”. La maquinaria priista, además, se puso de su lado los cuarenta y cinco días siguientes.Fue coordinada por dos de los hombres de mayor confianza del gobernador: Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong.

En su tercer día de trabajos proselitistas, el 17 de mayo, ocurrió un caso insólito en Temoaya, la zona montañosa habitable más alta del país, una comunidad de cerca de tres mil personas. Desde ahí se aprecian encinos y pinos y reina el silencio. Ahí también está el Centro Ceremonial que desde hace mucho tiempo ha concentrado las glorias del boxeo mundial, como Julio César Chávez. Ese día, sus habitantes, la mayoría indígenas, pensaron que eran invadidos por extraños, pues Eruviel rompió la tranquilidad habitual de Temoaya con un séquito de veinte mil personas que, traídas desde lejos, bajaron de más de seiscientos autobuses. “¡Jesús Santo!”, dijo una señora nativa a punto del infarto al ver cómo una marea roja (el color de la campaña en playeras y sombrillas) se apoderaba de un camino de dos kilómetros antes de subir por una vereda hacia el sitio ceremonial.

El candidato del PAN, Luis Felipe Bravo Mena, en cambio, tuvo que cancelar algunos actos porque fue amenazado por grupos del Sindicato Mexicano de Electricistas, en pie de guerra contra el PAN. Y los mítines del aspirante del PRD, Alejandro Encinas, juntaban apenas cien o doscientas personas.

Por todo el Estado de México había evidencias de los recursos puestos para que Eruviel ganara. Anuncios espectaculares y bardas pintadas promovían al ex alcalde de Ecatepec. Camiones, autobuses y microbuses del transporte público concesionado traían propaganda del candidato del PRI en el copete o en los costados. En los cuarenta y cinco días que duró la campaña no vi que los transportistas promovieran a ningún candidato de otro partido. Cuando pregunté a un chofer por qué nadie llevaba al aspirante del PAN o PRD, me dijo: “Estamos advertidos, jovenazo, o PRI o PRI, si no, nos quitan las placas”.

La fiesta patronal en Amecameca se celebra cada 15 de agosto. El 21 de mayo parecía que se había adelantado, pues una banda que tocaba montada sobre un templete en un campo de futbol, se desvivía por tocar al estilo sinaloense. Iban a dar las once de la mañana, y la gente ya bailaba de brinquito. Había quien quebraba a su pareja cuando el trombón bramó como toro. El cantante con voz aguardentosa, que parecía imitar a Julio Preciado, decía: “Quítate el brassiere que te lo quiero ver, qué bonito tu pechito, vuélvetelo a poner / Quítate la tanga que lo quiero conocer… ¡ay, qué rico!… vuélvetela a poner”. De pronto el maestro de ceremonias anunció una llegada: “Ya está con nosotros el doctor Eruviel Ávila”. Y el trombón rugió más fuerte.

Camiones invadieron predios y calles. Estaban repletos de pasaje para el evento. Muchas señoras comían tortas de jamón con frijoles y bebían jugos en cartón de Tetra Pack que les habían obsequiado. En el mitin los niños andaban disputándose globos de gas, aplaudidores, gorras y banderines del PRI. Eruviel presumió hasta cien mil asistentes para eventos de campaña como éste.

Gobernadores priistas de diferentes estados acudieron los fines de semana a dar su apoyo a Eruviel; todos menos uno, el de casa: Enrique Peña Nieto. Le puso un equipo que atendiera la campaña y no faltaran recursos, pero él marcó distancia. No estuvo en el arranque y no estuvo en el cierre de campaña. Durante el proceso, cada vez escuché más el mismo comentario entre priistas: “Peña Nieto mandaba un mensaje claro para que el de Ecatepec no se sienta de Atlacomulco”. Las circunstancias le habían favorecido, y por eso llegó a la candidatura.

CRISIS GRAVE
Un pelotón de soldados armados con rifles y ametralladoras rompió la tranquilidad de la madrugada en casa del empresario y político del PRI Jorge Hank Rohn en Tijuana, Baja California. Él y su esposa comenzaron a escuchar golpes contra las puertas. Los militares se distribuyeron por toda la mansión hasta que unos entraron a la recámara y lo agarraron en la cama con la pijama puesta. Lo sacaron y se lo llevaron detenido acusándolo de acopio ilegal de cuarenta armas largas, cuarenta y ocho armas cortas y nueve mil cartuchos.

La noticia cayó como bomba en el Estado de México, de donde es originario el dueño de centros de apuestas y otros negocios. Su padre, Carlos Hank González fue gobernador (1969-1975). Aunque era de Santiago Tianguistenco, fue adoptado como hijo del Grupo Atlacomulco. Se sospecha, además, que el dinero de Hank Rohn es un pilar en las campañas del PRI. En el equipo de Eruviel se encerró para enfrentar el asunto: aseguraron que se trataba de un golpe del gobierno de Calderón para vincular a Hank Rohn con Ávila y restarle puntos.

Al día siguiente, el candidato tendría un evento en Calimaya, donde sería padrino de ciento veinte quinceañeras. La fiesta empezó al mediodía. En la explanada municipal se instaló una carpa y las muchachitas, que sacaron del armario o estrenaron vestidos de colores llamativos para la ocasión, se sentaron juntas. Eruviel anduvo de mesa en mesa hablando con sus ahijadas, contándoles chistes e invitándolas a “pensar en grande”. Luego partió el pastel, lo mordisqueó y se limpió la nariz embarrada de crema Chantilly. Cuando el candidato dejó la servilleta, estiró los brazos y se puso a bailar un vals con su ahijada Ana Patricia, quien traía puesto un vestido de gala color dorado con una capa transparente que caía sobre sus hombros.

Mientras tanto, Videgaray y Osorio Chong cruzaban la explanada para meterse en una carpa contigua y hablar de los medios del tema del día. “Nos preocupa”. “No hay ni un peso ni un centavo de Hank Rohn en la campaña de Eruviel”. “La detención tiene que ver con la campaña”, aseguró Videgaray.
Hank Rohn salió libre, sin ningún cargo, y Eruviel despegó en las encuestas.

EL ADOPTADO
El 20 de junio, un mes después del arranque de su campaña, estaba programado un mitin en Atlacomulco, donde Emilio Chuayffet (1993-1995), ex gobernador y uno de sus líderes, dio la bienvenida a Eruviel. Parecía un día como los demás: el candidato haría compromisos, las bandas musicales amenizarían la fiesta, y las mujeres y los niños se disputarían los regalos con la cara sonriente del priista.

Chuayffet tomó la palabra y aseguró que hay ignorantes que hablan de Atlacomulco como tierra de políticos que han pervertido la política. Y para lavar la honra de los hombres de poder salidos de ahí, enfatizó: “Es la cuna del desarrollo del Estado de México”. Estaban presentes Alfredo del Mazo Maza, y descendientes de todos los gobernadores emanados de esas tierras. El gobernador Enrique Peña Nieto no estuvo presente. Hasta en su propia casa evitó rozarse con Eruviel. Pero sí llegó su hermano, Arturo Peña Nieto.

Entonces Ulises Mercado, del comité municipal del PRI, tomó el micrófono y dijo: “Eruviel Ávila Villegas, te declaramos oficialmente hijo adoptivo de estas tierras de hombres ilustres”. El grupo Atlacomulco no había tenido un gesto así desde que adoptó al único gobernador que no era de allí, Carlos Hank González, de Santiago Tianguistenco. Era un mensaje para los demás: Atlacomulco seguía en el poder.

Luego, Eruviel ganó las elecciones del 3 de julio. Nunca antes ningún candidato había logrado avasallar a la oposición como lo hizo él.\\

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