Hermanas Oblatas: Un refugio de redención

Hermanas Oblatas: Un refugio de redención

A través del Centro Madre Antonia, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, las Hermanas Oblatas apoyan la dignificación de las mujeres en prostitución que trabajan en La Merced.

Tiempo de lectura: 32 minutos

La misa

11 de diciembre de 2015, víspera del día de la Virgen de Guadalupe. La escena contiene los elementos usuales de la liturgia: el altar, un cuadro de la Virgen, el aroma de las flores. Cantamos su canción: Desde el cielo una hermosa mañana la Guadalupana bajó al Tepeyac. Pero no estamos en una iglesia sino en la cochera de un hotel de paso. Por el portón entran mujeres en altos tacones y escotes breves.

Es la segunda misa de la jornada para la hermana Carmen Ugarte, la coordinadora del Centro Madre Antonia (CMA). Unos minutos antes del mediodía la encuentro en el CMA, en el número 15 de la calle Margil. Carmen Ugarte no parece monja: no usa hábito ni velo. Viste pantalones de pana rojo, chaleco blanco. Carmen saluda: hola, Toñita; hola, Sofi; hola, Adriana. Les recuerda que está por empezar la misa. Si no pueden ir ahora mismo las espera por la tarde en el hotel Soledad. Me explica: la zona de prostitución de La Merced y el Centro Histórico está dividida en tres regiones. Mixcalco, en donde estamos, es el barrio de las mujeres mayores. Van de los 40 a los 70 años, algunas más viejas. La mayoría no se notan: señoras sentadas en jardineras y escalinatas o recargadas en algún edificio centenario.

Llegamos a avenida Circunvalación. Es la zona de mediana edad: mujeres de 30 a 40 y tantos. Nos envuelve el ambiente comercial de La Merced. Suéteres a 120 pesos. Puestos de pantalones, pantaletas, calcetines, juguetes, tacos de suadero. Alguna bocina canta: Feliz Navidad, próspero año y felicidad. Existe un tercer territorio: la avenida San Pablo. Ahí están las más jovencitas, las menores de 30 años. Entre más viejas, el control de los padrotes se torna menos severo. A las de San Pablo las vigilan. Visibles o invisibles, ahí están los padrotes o sus informantes. Llevan la cuenta de cuántos clientes y cuántos minutos por rato.

Carmen dobla en la plaza de la Santa Escuela. Ya está el altar improvisado sobre la calle, el seminarista Willy Ahedo se pone los ornamentos y unas 50 chicas esperan a que empiece la misa. Están vestidas para la actividad: mallas de color rosa o azul, pestañas enchinadas, ombligueras. Carmen Ugarte toma su lugar al frente y empieza a tocar la guitarra.

Unas horas más tarde Carmen Ugarte me comparte una duda: ¿hasta dónde es correcto hacer una misa en un hotel de paso? Los hoteleros a veces extorsionan y, si las mujeres están en riesgo, las abandonan a su suerte (esto me lo dijeron las propias chicas). Junto a la caja registradora del hotel nos observa el dueño. Prestó la cochera y compró los tamales. Veo a una chica joven, cabello rubio, entrar tres veces con tres clientes distintos durante los 45 minutos que dura la misa.

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