Archivo Gatopardo

La cuna se mueve sola

Después de la sorprendente irrupción del movimiento estudiantil #YoSoy132 —que entre otras cosas cimbró la elección presidencial—, muchos malpensados se preguntan quién está detrás de todo esto. La respuesta la tienen sus integrantes: todo el mundo quiere mecer la cuna, pero la cuna se mueve sola, y nadie sabe con certeza adónde va (y eso está bien).

Por Guillermo Osorno / FOTOGRAFÍAS DE Ana Lorenzana

"No somos uno ni somos cien: prensa vendida, cuéntanos bien", dicen los #YoSoy132.

"No somos uno ni somos cien: prensa vendida, cuéntanos bien", dicen los #YoSoy132.

“No somos uno ni somos cien: prensa vendida, cuéntanos bien”, dicen los #YoSoy132.

Se supone que el registro de los participantes para esta segunda asamblea interuniversitaria del movimiento #YoSoy132 sería de 8 a 10 de la mañana, pero a las 10:30 del lunes 11 de junio, el trámite estaba atrasado en la Universidad Iberoamericana. Uno de los problemas más comentados en la entrada del estacionamiento 1 era la endemoniada dificultad para llegar en transporte público hasta Santa Fe —en realidad también es difícil llegar en transporte privado: Santa Fe, en la punta poniente de la ciudad, es un enjambre de modernos edificios, sin espacio público, hostil al peatón y ahogado por la falta de vías de acceso—. Una chica que venía de Cuautitlán Izcalli, exactamente en el otro extremo de la mancha urbana de una de las ciudades más extensas del mundo, se quejaba porque, encima de todo, el metro se descompuso en la mañana. Había llegado de milagro.

Era la primera vez que muchos estudiantes, como esta chica de Cuautitlán Izcalli, venían a la Ibero, la universidad privada donde inició el movimiento estudiantil, exactamente un mes antes. El movimiento mismo se había convertido en una oportunidad única para que los alumnos de universidades públicas y privadas se vieran la cara por primera vez. Y ésta, que ha sido una de las características más interesantes del #YoSoy132, también es una que provoca encontronazos.

El diseño arquitectónico de la Ibero daba cuenta del extrañamiento. Hay diez entradas para autos y un solo acceso para peatones. Ese lunes no había clases porque la universidad estaba de vacaciones, así que el estacionamiento 1 se veía casi vacío. A diferencia de cualquier universidad pública donde la gente entra y sale con libertad, aquí había que entregar una credencial en la puerta del estacionamiento, para el control de la seguridad interna, y caminar por una laguna de asfalto hasta donde estaba la mesa de registro de la asamblea interuniversitaria. A partir de allí, sólo se permitía la entrada a los voceros, así como a algunos observadores y visitantes de distintos estados de la República.

Pero el verdadero problema de esa mañana era más grave: la amenaza de que esa asamblea fuera tomada por las organizaciones estudiantiles más radicales que no habían sido parte inicial del movimiento y de que todo el esfuerzo hecho y las ganancias políticas obtenidas se fueran por el caño de la confrontación y la parálisis de las asambleas. En un mes de vida, el movimiento había logrado cambiar los términos de la elección para la Presidencia de la República. Antes, el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), apoyado por las principales cadenas de televisión, parecía imbatible; todo indicaba que el país viviría una restauración del partido que lo había gobernado por setenta y un años. Un mes después, el camino del PRI hacia la Presidencia se veía más arduo. Los estudiantes también habían hecho un comentario muy pertinente sobre la utilidad pública de la información, el papel distorsionador de la televisión y otros medios de comunicación y, en general, sobre la calidad de la democracia mexicana. Sin embargo, muchos comenzaban a preguntarse: además de hacer protestas y marchas, ¿qué más había que hacer de cara a las elecciones? ¿Sobrevivirá el movimiento #YoSoy132 después de los comicios del 1 de julio? Y si la respuesta era afirmativa, ¿cómo iba a asegurar su vida futura?

Durante semanas, hubo un órgano de dirección informal, llamado la Coordinadora, al que fueron a llegar los primeros estudiantes de universidades públicas y privadas, muchos de ellos voluntarios que, a título personal, apoyaban a los alumnos de la Universidad Iberoamericana que el 11 de mayo habían abucheado al candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, durante su visita a la universidad. (Otra consecuencia del movimiento: que los políticos no pueden ser impunes. El abucheo a Peña Nieto se encendió luego de que defendió la intervención de la fuerza pública para dispersar una manifestación en el pueblo de Atenco, en mayo de 2006, cuando él era gobernador del Estado de México. Esa intervención provocó dos muertos y decenas de mujeres violadas.)

Acusados por la dirigencia del PRI de ser porros e infiltrados, los estudiantes de la Ibero hicieron luego un video, que circuló en YouTube, en el que ciento treinta y uno de ellos mostraban su credencial de la universidad. Era un mensaje a los dirigentes del partido, pero también a los medios de comunicación que habían hecho eco de las acusaciones de los priistas o que minimizaron la importancia de aquella protesta. Les llamaban “medios de dudosa neutralidad”.

Los días siguientes hubo un par de marchas precisamente dirigidas contra los medios. Unos estudiantes acudieron a la Ibero para caminar hacia las oficinas de Televisa, que tiene su corporativo en Santa Fe. Otros acudieron al Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), que está en San Ángel, donde hay otras oficinas de Televisa, los estudios donde se graban las telenovelas de la cadena. Aunque resultó muy extraño ver a estos estudiantes, que generalmente no se movilizan, caminar por calles donde nunca había habido una manifestación, aquel gesto contagió a más personas que se fueron sumando al movimiento.

A un alumno del Tecnológico de Monterrey se le ocurrió hacer, en Twitter, el hashtag #YoSoy132, que sirvió como sombrilla para la organización. Naturalmente, se creó un liderazgo estudiantil que se juntó en una comisión, a la que luego se llamó Coordinadora. Ese grupo organizaba reuniones en distintos parques y jardines de la ciudad. Allí se trataba de llegar a una agenda común. Eran reuniones en las que confluían estudiantes de distintos puntos del DF, de escuelas públicas y privadas, de ideologías opuestas, de capacidades intelectuales diferentes, con y sin internet en casa, con o sin smartphones. Para muchos, fue también un bautizo en las deliberaciones eternas, en las que cada quien sentía que debía plantear un tema, aunque ya se hubiera expresado por otra persona o aunque no tuviera nada que ver con el asunto que se debatía.

Después de largas asambleas, los estudiantes de la Ibero y la comisión que representaba a las demás universidades convocaron a una concentración en la plaza que rodea a la Estela de Luz, en el Paseo de la Reforma, el polémico monumento que conmemora el Bicentenario de la Independencia, inaugurado recientemente después de un enorme retraso y en medio de un escándalo por su elevado costo. Era la primera vez que alguien organizaba una protesta allí.

En aquella concentración de la tarde del miércoles 23 de mayo, las coordenadas ideológicas estaban ya más o menos trazadas: era un movimiento pacífico y apartidista que exigía equidad en la cobertura informativa, se manifestaba en contra del duopolio de la televisión en México (Televisa controla 70% de la audiencia y su competencia, TV Azteca, el resto) y quería que el siguiente debate presidencial del 10 de junio se pasara por cadena nacional. Las televisoras habían desdeñado el primer debate, el del 6 de mayo. TV Azteca decidió transmitir un partido de futbol en su canal de mayor audiencia, a la misma hora que el debate. “Si quieren debate, véanlo por Televisa, si no, vean el futbol por Azteca. Yo les paso los ratings al día siguiente”, escribió en su cuenta de Twitter Ricardo Salinas, presidente del Grupo Salinas.

Por último, el movimiento se presentaba con una posición ambigua frente el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto. Aunque todo el mundo lo interpretaba, de hecho, como un asunto anti-Peña —bastaba con escuchar las consignas callejeras—, ese día trataron de ser cautos en este punto.

Originalmente, los organizadores tampoco querían detener el tráfico y planeaban caminar por la acera hasta el monumento del Ángel de la Independencia, unas cuadras más adelante. Pero la manifestación terminó desbordándose por el arroyo de los vehículos. Unos llegaron al Ángel y regresaron a la Estela de Luz. Otros siguieron caminando hasta los estudios de Televisa Chapultepec —desde donde se transmiten los noticieros— y unos más se desbordaron hasta el Zócalo de la ciudad de México.
A la marcha en la Estela de Luz le siguieron otras reuniones, una en el Monumento a la Revolución, a cielo abierto, y otra en la Biblioteca Vasconcelos, una biblioteca pública del centro de la capital. Gran parte de las discusiones de esos días se centraron en una pregunta: ¿deberían declararse abiertamente como un movimiento contra el candidato del PRI, no contra su persona, sino contra todo lo que representaba? Otro eje de discusión fue la organización misma de #YoSoy132. Pensaban que era necesario crear una estructura que les diera legitimidad y que les permitiera sobrevivir la elección del 1 de julio.

La gente de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se había incorporado de manera informal. Pero ellos no tenían la representación de sus escuelas. Aquella Coordinadora se planteó, entonces, un dilema adicional. Debían exterminarse a sí mismos. La única manera de seguir haciendo política universitaria era convocar a una asamblea general, en la que estuvieran los representantes de las universidades legítimamente escogidos. Se pensaba que, sin la representación de la UNAM, el movimiento no estaba completo.

Hubo una reunión en Tlatelolco, donde se pusieron estos asuntos en la mesa, y luego se convocó a otra reunión en Las Islas de Ciudad Universitaria. Las Islas es una explanada muy grande que está rodeada por los edificios emblemáticos de la universidad: la Biblioteca Central; las facultades de Química, Derecho, Arquitectura y Filosofía, uno de los mayores monumentos del modernismo arquitectónico. Mientras la UNAM aportaba la logística, la Coordinadora decidió el contenido. Planearon hacer una gran asamblea, dividir la discusión en quince mesas, declarar el fin de la Coordinadora y convocar a una nueva organización.

Carlos Brito, un estudiante de maestría del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), un centro de investigación científica asociado al Instituto Politécnico Nacional (IPN), me contó hace poco que el día de la reunión en la UNAM, el miércoles 30 de mayo, sintió miedo. Brito tiene una voz sonora, como de locutor de radio, así como experiencia como moderador de asambleas, adquirida mientras era estudiante de Ciencia Política y Periodismo en el Tecnológico de Monterrey y en su paso por el Modelo de Naciones Unidas de su universidad. Había sido una pieza fundamental como moderador de las reuniones de la Coordinadora. Gracias a Brito, todo el mundo se sentía escuchado y atendido, pero también que estaban avanzando hacia algún lado. Las asambleas habían sido largas, pero alcanzaban acuerdos.

Llegó a las ocho de la mañana a la UNAM, vestido con su playera del Cinvestav. Tuvo una primera reunión con los voceros. Estaban los diecinueve de la Coordinadora, pero también los nuevos voceros de la UNAM y otras universidades. Gente a la que veía por primera vez. En esa junta, en medio de gritos y sombrerazos, Brito fue nombrado maestro de ceremonias de todo el evento.

La reunión comenzó cerca de las diez de la mañana con los saludos de los universitarios participantes. Se acordó que fueran treinta segundos por saludo. “Y era emoción, tras emoción, tras emoción. Yo vi mucha gente llorar abajo”, dijo Brito, que ese día estaba encima de un templete. “Yo creo que era de los pocos que los tenía a todos enfrente, entonces nada más veía cómo empezaban a soltarse las lágrimas. Había mucha poesía, otros eran puro lugar común”. Era la primera vez en la historia de México que sucedía una reunión estudiantil tan amplia.

Luego la reunión se dividió en quince mesas de trabajo, que estuvieron deliberando por más de ocho horas. Esas mesas funcionaban como una especie de urna en la que la gente, no sólo los estudiantes, iba a depositar demandas políticas y sociales, cosas tan disímbolas como agua potable para todos o juicio político para el presidente Felipe Calderón por los sesenta mil muertos en la guerra contra las drogas. Fue como una gran catarsis colectiva.

Sólo la mesa cuatro, dedicada a la organización del movimiento, tenía la legitimidad de la representación estudiantil. Allí se hicieron los primeros trazos de la organización #YoSoy132. Brito coordinó esa mesa. “Y ahí fue cuando conocí a los ultras”, dijo. La UNAM tiene el pedigrí de haber sido el foco de los movimientos estudiantiles desde 1968. En 1999, sin embargo, hubo una huelga general para protestar por los aumentos en las cuotas. Esa huelga, que duró meses, terminó con la intervención de la fuerza pública. Los grupos más radicales habían logrado secuestrar el movimiento estudiantil y se quedaron incrustados en la política universitaria.

“Me empecé a dar cuenta de cuál era el reto —siguió Brito—. Ahora sí, pensé, si había sido difícil adiestrar (en la connotación más noble de la palabra) en los protocolos de una asamblea a diecinueve universidades, tener allí a las noventa y tantas universidades iba a ser un reto mayor”.

Al final del día tocó a Brito coordinar la exposición de las relatorías de cada mesa. Se leyó todo tipo de peticiones, como la descentralización de los libros de texto gratuitos o medicinas libres en los hospitales de la seguridad social. Y aunque los universitarios sabían que aquellas sólo eran propuestas que se debían discutir luego (lo importante eran los acuerdos de la mesa cuatro sobre la organización del movimiento), la prensa y los observadores externos comenzaron a pensar que el #YoSoy132 había comenzado a perder el rumbo.

“Ese día terminé totalmente aterrado —dijo Brito—. Inicié aterrado porque no sabía con qué clase de monstruo me enfrentaba, y luego, otra vez, aterrado porque no sabía con qué clase de monstruo me había metido”.

Mi primer contacto físico con el movimiento #YoSoy132 sucedió un día después de aquella reunión en Las Islas. Fui a encontrarme con ellos durante una manifestación frente al organismo encargado de llevar a cabo las elecciones, el Instituto Federal Electoral. El IFE se encuentra en el extremo sur de la ciudad y, como la Ibero, está también en un sitio hostil para el peatón, en la confluencia de dos vías rápidas. Además, lo encierra una barda alta y gris. La acera es estrecha y estaba ocupada por puestos de comida callejeros que atienden el apetito, siempre abierto, de la burocracia. Aquella mañana, además, una cuadrilla del Gobierno del Distrito Federal trabajaba en una zanja junto a la banqueta. Los estudiantes no tenían más opción que congregarse en un parquecito, dejado de la mano de Dios, frente a la entrada del IFE. Allí, entre árboles y al pie de los pasos a desnivel que forman la confluencia de Viaducto Tlalpan y Periférico Sur, Saúl Alvídrez —estudiante del Tec que dos semanas después va a protagonizar un escándalo— dio lectura a un escueto comunicado frente a los medios. Alvídrez es atlético. Tiene el pelo engominado y peinado en puntas. Lucía unas rayitas de preocupación en la frente. Demandaba ante el IFE que el debate que se iba a realizar el 10 de junio se transmitiera por cadena nacional, que se realizara un tercer debate, que se diera a conocer cuáles eran las empresas involucradas en el conteo de votos y que se ampliara el periodo de inscripción para observadores electorales.

Alvídrez estaba rodeado por una dona de reporteros. Aquella imagen era un símbolo de cómo el movimiento ya había capturado la atención total de los medios. En un punto, Alvídrez pidió a los reporteros que se alejaran. Tenía que deliberar un asunto con sus compañeros. Los reporteros voltearon la cara hacia otro lado, deshicieron momentáneamente la tensión de la rueda, pero apenas Alvídrez emitió un sonido, volvieron a estrecharse a su alrededor, encender sus luces, cámaras y grabadoras. En busca de un rincón de privacidad, que resultó imposible, el enjambre se movía de un lado al otro del parquecito.

El sábado siguiente, a mediodía, me volví a encontrar con un grupo de #YoSoy132. Estaba a punto de comenzar la marcha gay. Los chicos se estaban reuniendo en un Starbucks de Reforma y Estocolmo, a unos pasos del Ángel de la Independencia. Era una veintena de alumnos, principalmente de la Iberoamericana y del ITAM.

Se pusieron en camino una media hora después de que la marcha había iniciado. Gritaban: “¡Televisa, sal del clóset!”, “¡Teveazteca, sal del clóset!” “¡Peña Nieto, sal del clóset!”. Y conforme avanzaban, iban tomando las consignas de la comunidad gay. A la altura de la Glorieta de la Palma, unas cinco cuadras más adelante, ya gritaron: “¡Derechos iguales a lesbianas y homosexuales!”. Pero lo interesante de aquel día no fue cómo los de #YoSoy132 llevaban a cuestas la bandera gay, seguramente por primera vez en su vida, sino cómo la comunidad gay se había contagiado del momento político y adoptado la bandera de #YoSoy132 de manera por completo natural. Por ejemplo: una de las Hermanas Vampiro, un dúo travesti que hace espectáculos de cabaret, se mandó hacer una tiara con la leyenda “YO SOY 132”, en dos niveles. Y así, montada en un camión lleno de atléticos jóvenes sin camisa, saludaba a la concurrencia y mandaba besos.

“¡Formación!, ¡formación!”, gritaban y se reunían frente a alguna cámara que les quisiera tomar una foto luego de que la gente identificaba que eran los jóvenes de #YoSoy132. “¡Ese apoyo sí se ve!”, gritaban de nuevo cuando alguien les aplaudía a su paso. Paco Ross, un hombre panzón, de cincuenta y tres años, descamisado y en shorts, marchaba por el Monumento a Colón con el #YoSoy132 inscrito en el pecho. Dijo que el movimiento gay no podía ser ajeno al momento político. “Queremos una elección limpia, que no haya imposición de un candidato por los medios de comunicación, queremos la democratización de los medios”. También sucedía que la formación de #YoSoy132 pasaba completamente desapercibida entre libélulas y pavorreales humanos, femmes fatales en zancos, marineros semidesnudos y otras ensoñaciones de la fantasía gay.

El martes siguiente se celebró la primera asamblea interuniversitaria. Llegué pasado el mediodía a la Facultad de Arquitectura de la UNAM, donde estaba a punto de comenzar el evento. Se suponía que aquí se debía votar la forma de organización final de #YoSoy132 entre cinco distintos tipos de asociaciones que se habían establecido en la mesa cuatro de la reunión en Las Islas. Pero el registro se había convertido en una kermés, en buena medida por la presión de grupos nuevos que querían tener una representación.

A las tres de la tarde, cuando me fui de allí, no se había podido instalar la mesa, pero los organizadores ya habían cerrado la puerta del auditorio. Para cumplir con observadores y periodistas, por logística se colocó una bocina a un lado del auditorio, en la que sólo se escuchaba un barullo interminable y súplicas para establecer el orden.

Regresé a las diez de la noche. Los mismos periodistas seguían al pie de la bocina. Habían desaparecido algunos observadores, pero todos los que estaban por allí se veían cansados y con el ánimo crispado. Una de las personas más preocupadas estaba sentada sobre un escalón. Era una mujer de cincuenta y largos años vestida con zapatos de charol negro, pantalón gris y chamarra azul. Llevaba el pelo corto. Era una ex alumna de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Había llegado desde las seis de la tarde y seguido los debates por la bocina. Tenía un interés genuino en el desarrollo de la asamblea. Veía con mucha esperanza al movimiento #YoSoy132. Pensaba que era un detonador y confiaba en que el ejemplo de los estudiantes contagiara a otras organizaciones sociales para sacarlas de su apatía. No entendía por qué Javier Sicilia, el poeta que había iniciado un movimiento de víctimas de la violencia, había hecho un llamado reciente a anular el voto, después de considerar que los candidatos actuales eran igualmente impresentables. No era el momento de anular el voto, sino de utilizarlo en contra del candidato del PRI, para evitar la restauración.

Todo esto lo dijo en medio de las llamadas al orden que salían de la bocina. Y entonces sucedió una curiosa coincidencia. En la sala, el moderador trataba desesperadamente de que no se volviera a discutir un llamado por el voto nulo, que es una bandera de los ultras. #YoSoy132 estaba por el voto útil e informado.

Había sido una asamblea larguísima. Estuvo a punto de naufragar varias veces. Carlos Brito, que volvió a moderar la mesa, me contó días después que existía el temor de que les arrebataran el movimiento. “Me dijeron: va a haber muchos grupos políticos que van a querer agarrar esto. El movimiento se va a convertir en un barco político que va tomar el que más aguante en la asamblea”.

Lo único que comió Brito durante esas doce horas fueron unas galletas Lors y un Nestea. Hacía calor. No había aire acondicionado. “Llegó un momento que, de plano, como a la hora siete, ocho, yo ya no tenía ni idea de qué estaban hablando. Escuchaba el sintagma de lo que decían, sin el paradigma”, dijo Brito usando una metáfora de lingüística estructuralista. En medio de esto, sucedió un asunto curioso: una organización denominada convenientemente #YoSoyQuetzalcóatl había penetrado al auditorio y presionaba por dar un comunicado que no estaba en absoluto relacionado con los candentes temas de la asamblea, sino con el paso de Venus frente al Sol. Brito le había dado la palabra a otras organizaciones sociales, como las mujeres de Atenco, pero aquello parecía rebasar el límite de lo razonable. Con todo, la asamblea era un caos. #YoSoyQuetzalcóatl se fue acercando al micrófono hasta que su discurso resultó irremediable.

“Está a punto de romperse la sesión —dijo Brito—. Los de Quetzalcóatl se bajan, bajan, bajan por el auditorio, se ponen atrás de mí y me dicen: ‘Déjame tocar el caracol, déjame’, y yo dije: ‘Va, tócalo’ y fue extraordinario”.

Aquellos hombres vestidos de blanco, que llevaban unos collares de concha, anunciaron la importancia del regreso de Quetzalcóatl en 2012 y pidieron a la asamblea que alinearan la columna vertebral.

“Casi todos estaban rojos de coraje, sudorosos, enojados, y de repente les dicen eso, y ves cómo todos se acomodan en el asiento. Solamente los de la mesa podemos ver cómo todos alzan las manos, alinean la columna. Los otros comienzan a tocar el caracol, y la asamblea se calmó”, dijo Brito.

Después de eso, se pudo votar la forma de organización de #YoSoy132. Se estableció que era un movimiento plural. Las asambleas locales universitarias serían autónomas. Se convocaría a asambleas generales, a las que asistirían voceros elegidos por sus universidades. La asamblea general retomaría la agenda discutida y la trabajaría en comisiones. La Coordinadora desaparecía como órgano de decisión.

Sólo faltaba, evidentemente, ponerse de acuerdo en la agenda. Después de otras discusiones, que de nuevo parecían interminables, se convocó a una asamblea en la Universidad Iberoamericana, a celebrarse el 11 de junio: un mes después de iniciado el movimiento, a menos de 20 días de la elección presidencial.

Durante esos primeros días de junio conocí a Antonio Attolini, una de las cabezas más visibles. Lo vi por primera vez en una reunión en el periódico El Universal entre líderes del movimiento, columnistas y reporteros. Por mucho, era el más elocuente de los estudiantes. Luego estuve cerca de él durante la marcha gay. Ese día, por cierto, Toño terminó sentado —junto con su maestro del ITAM Genaro Lozano, quien días después moderaría una sección del debate presidencial organizado por #YoSoy132— en una mesa de gente más bien fresa que había estado en la marcha y se había separado de la misma a la altura del Hilton del Centro Histórico para meterse al restaurante El Cardenal a tomar margaritas y comer algo. Era el único heterosexual joven de la concurrencia. Aguantó carrilla.

Toño tiene fama de guapo. En la calle lo confunden con el actor José María de Tavira, pero Toño se ha vuelto tan famoso que no sería descabellado pensar que a De Tavira lo comiencen a confundir con Attolini. Fui testigo de cómo, en menos de una hora, una señora fue a felicitarlo por sus películas y otras dos personas fueron a expresar su solidaridad con el movimiento. Una de esas personas era Diego, ex estudiante de Derecho del ITAM y ahora productor de música. Diego dijo esto a Attolini después de presentarse:

—Me parece maravilloso que estés haciendo todo esto, cabrón. Porque faltaba un güey con huevos, neta. Puedes llegar muy, muy, muy lejos.
—No sabes cómo agradezco tus palabras.

—No, güey, es que el país necesita en este momento un cabrón como tú, que se rodee de gente chingona. Deberías ser el presidente. [Antonio se rio] No te conozco muy bien, pero por lo que te vi hablar en las entrevistas, güey, tienes toda la capacidad, todo lo que se necesita para modificar el rumbo de este país. Y no es broma, cabrón. Ya sé que lo están haciendo y por eso tuve los huevos de acercarme a ti.

Me reuní con Toño en un Starbucks del sur de la ciudad. Ese día estaba con una admiradora. Había tenido una intervención en el programa radiofónico del conservador Óscar Mario Beteta y estaba indignado por la insistencia de algunos medios de minimizar el movimiento o verlo como una obra oscura del candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador.

Antonio tiene veintidós años. Su madre es profesora de Literatura y su padre instructor de equitación. Vivió en Torreón y Cuernavaca. Fue a escuelas privadas antes de entrar al ITAM, donde cursa el octavo semestre del Programa Conjunto Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Toño tiene una formación típica de los itamitas, muy sólida en economía, matemáticas y métodos cuantitativos. Pero tiene una pasión poco común en los de su escuela, que privilegia la discusión académica pausada por encima de los arrebatos políticos. Eso le ha causado problemas.

El asesinato de Jorge Antonio Mercado y Javier Francisco Arredondo, los estudiantes del Tecnológico de Monterrey que fueron muertos en 2010 por un error garrafal del Ejército mexicano —y luego presentados como si hubieran sido dos traficantes de drogas—, encendió a Toño, que comenzó a establecer una red estudiantil para presentar alternativas a la estrategia de combate a las drogas del presidente Calderón. Llevaba ya algunos meses trabajando en esto cuando se presentó en el ITAM el doctor Alejandro Poiré, ex director de la carrera de Ciencia Política en la misma universidad y, en ese momento, secretario técnico del Consejo de Seguridad Nacional. En aquella conferencia, Poiré comenzó a hablar de los éxitos del gobierno de Calderón en materia de seguridad.

“Entonces el señor empieza a mentir”, dijo Toño en referencia a la exposición de Poiré. “El señor estaba en mi casa, en mi auditorio, mintiendo. Y una estudiante le pregunta: ‘¿Qué puede o qué tiene que hacer la sociedad civil para incluirse en el combate al crimen organizado?’. El doctor, un hombre de ciencia, un hombre técnico, contesta: ‘Teniendo esperanza. Teniendo esperanza de que vamos a salir de esta tragedia. Teniendo esperanza de que vamos a ganar’. Yo lo que pienso es: ‘A ver. Si alguien me justifica la barbarie, la tragedia, el dolor y el sufrimiento, invocando un futuro inmanente, eso es perverso’. Pues agarré y le grité: ‘¡Cómo miente este gobierno! ¡Ni un estudiante más muerto!’. Pum. O sea, ¿qué es esto? Luego la pasé muy mal. A partir de esto se burlaron de mí mis profesores, mis compañeros me trataban mal. Mucha gente me dejó de hablar. Les parecía que eso no se tenía que hacer”.

Me interesaba saber cómo había despertado Toño al movimiento estudiantil reciente. Contó que el 11 de mayo, día de la presencia de Peña en la Ibero, no había hecho gran cosa porque era el cumpleaños de su mamá, pero que el 12 sí estuvo pensando cómo debía actuar. Escribió en su blog (www.antonioattolini.blogspot.mx) un texto que tituló “Señal de alarma: EPN en la IBERO”. Fue una de sus entradas más visitadas. La señal de alarma se refería a la incapacidad de las instituciones de ofrecer certidumbre, los organismos que habían exonerado a Peña Nieto de sus actos en Atenco. “La crítica no debe de ir hacia el candidato —escribió Toño—, sino hacia los formalismos utilizados por la Suprema Corte en el caso Atenco. La propuesta no está en boicotear su salida del foro, sino en rastrear cuáles han sido los bloqueos que han hecho que ésta sea la única manera de expresarse y trabajar en corregirlos”.

El 18 de mayo, el día de la primera marcha de las escuelas privadas hacia las oficinas vecinas de Televisa, Antonio había dormido en el cubículo del ITAMMUN, el Modelo de Naciones Unidas de la universidad, del cual Toño es secretario general. Dudaba en ir a la marcha, a la que habían convocado otros compañeros. Pero terminó yendo y, en cierto sentido, liderando. Como es alto y tiene voz potente, todos los medios se le acercaron. Ese día acabó leyendo un comunicado preparado por Daniel Cubría, otro líder itamita, que hablaba del papel de los medios en el intento de imposición del candidato del PRI. Algo similar pasó en la reunión de la Estela de Luz. Toño acabó en la vanguardia de los que se fueron del Ángel a Televisa y luego al Zócalo. Allá también se ocupó de hablar con los medios.

Sobre la extensión del movimiento hacia la UNAM, dijo: “Nosotros consideramos que si bien el movimiento tiene una génesis en universidades privadas, tiene que verse involucrada la UNAM para aumentar nuestro músculo”.
—¿Por qué crees que tu generación fue capaz de armar un movimiento de esta naturaleza?
—Por internet…, internet redujo los costos de entrada de manera brutal. Y no estoy diciendo que es gracias al internet que hay un movimiento social, a lo que me refiero es que si no hubiéramos tenido una válvula de escape como las redes sociales, estaríamos utilizando otros mecanismos para buscar la resolución de los problemas. Pero gracias a las redes sociales esto fue muy espontáneo; gracias a las redes sociales se organizó algo que hizo eco.

Toño me invitó a marchar con él y su grupo la tarde del domingo 10 de junio. #YoSoy132 convocaba a una manifestación que partiría a las seis de la tarde desde el Ángel hasta el Zócalo, donde nos quedaríamos a ver el segundo debate presidencial, que se iba a transmitir públicamente por medio de una pantalla gigante. #YoSoy132 celebraba que ese segundo debate se iba a pasar por los canales de mayor audiencia de las dos televisoras comerciales gracias a la presión que habían ejercido.

Ese domingo en la mañana hubo una nueva manifestación para conmemorar los hechos del 10 de junio de 1971, cuando unos estudiantes en la ciudad de México fueron duramente reprimidos por un grupo paramilitar, al que se conocía como los Halcones. Hubo decenas de muertos. La de ese domingo de junio de 2012 fue una manifestación llena de gente y simbolismo anti-PRI.

Llegué al Ángel poco antes de las seis, y ya Toño estaba rodeado de reporteros. Escuché a un grupo de admiradoras que coreaba: “¡Attolini, bombón, te quiero en mi colchón!”.

Pasadas las seis, el grupo Bulla —tambores, silbatos, camisetas negras y sombreros— le puso sabor a la marcha con su batucada. Por el camino de Reforma escuché nuevas consignas: “¡Gracias, Ibero, por correr a ese ratero!”. Hubo una rechifla frente al periódico Excélsior, en la esquina de Reforma y Bucareli, por la percepción de que también manipula la información a favor de Peña. “Hay que estudiaaar, hay que estudiaaar, el que no estudie como Peña va acabar”, cantaban unas tres mil personas.

Llegamos a la plancha del Zócalo a las ocho con cinco de la noche. El debate apenas comenzaba y se transmitía, irónicamente, por el canal 11, del IPN. La caravana que venía de Reforma se sentó en el suelo a ver un espectáculo más o menos predecible. Nos levantamos de allí con las piernas entumidas. Al día siguiente iba a celebrarse la segunda asamblea interuniversitaria en la Ibero. Toño me había dicho lo que esperaba de esa reunión: “Se va a determinar la declaración de principios, que sí y qué no es #YoSoy132, para que no haya cualquier cabrón que llegue y patee un carro y diga #Yo soy 132, y luego exploten los medios diciendo que somos una bola de violentos; estableceremos los ejes fundamentales para tener un documento defendible ante cualquier embate y que sirva de plataforma común en diferentes partes de la República”.

Aquel lunes 11 de junio, llegar hasta Santa Fe era el menor de los problemas de la asamblea interuniversitaria. De nuevo pasaron horas antes de completar el registro. Dos grupos distintos presionaban por entrar. Por un lado, estaban los estudiantes de los estados, que buscaban una representación en la asamblea. Se les llamaba “enlaces”. Por el otro, estaban los observadores, estudiantes que sólo querían mirar.

Las condiciones del auditorio José Sánchez Villaseñor en la Ibero —el mismo donde se presentó Peña— eran muy superiores a las de la Facultad de Arquitectura. Acá el aire acondicionado refrescaba el ambiente. Además, en vez de una bocina, había una pantalla de televisión en la que la prensa —y en principio los observadores— podrían mirar el desarrollo de la sesión.

Se votaron los representantes de la mesa que coordinaría la reunión. Brito no se postuló porque ese día quería presentar una moción. Aquella mesa, formada por dos chicos y dos chicas, que se veía muy competente, dos horas después ya estaba completamente rebasada. Como a las dos de la tarde sometieron a votación la entrada de los observadores. Y se votó a favor. Hubo que poner cinco hileras de sillas adicionales. Pronto se vio que aquello había sido un error. La mayoría de ellos eran, en realidad, miembros del Movimiento de Aspirantes Excluidos de la Educación Superior (MAES), un grupo de presión que exige se amplíe la matrícula para la educación superior gratuita, pero que también representa posiciones radicales. Los del MAES no respetaron su condición de observadores silenciosos y comenzaron a interrumpir la sesión con gritos y protestas.

Por otro lado, representantes del ITAM y de la Facultad de Derecho de la UNAM querían someter al pleno un documento: la declaración de principios de la que me había hablado Antonio. Era un documento largo. Tenía una introducción muy amplia, que daba todo el contexto necesario para entender la génesis del asunto. Hablaba de la presencia de Peña en la Ibero, de la respuesta del pri y los medios, del video en el que los estudiantes de la Ibero se identificaban. El documento agregaba: “Nosotros somos los estudiantes, profesores y profesionistas de las universidades públicas y privadas que rechazan el paradigma fatalista que establece que todo está dado de acuerdo con un plan impuesto del que no podemos escapar”.

Y en otro punto se volvía poético y vibrante: “Preferimos la ridícula juventud sobre la seriedad de los jóvenes viejos; los tuits y las universidades que las noticias universales; sumarnos a las marchas que sumarnos a otras cifras. Preferimos un mundo de redes sociales que mundos enredados en nudos; preferimos marchar que marcharnos; preferimos internet y su intento; porque no somos uno ni somos cien: prensa vendida, cuéntanos bien; porque unidos somos más de 131, así nace #YoSoy132”.

Declaraban ser un movimiento apartidista, es decir, sin vínculo con algún partido político; pacífico, de base estudiantil, laico, de carácter social, político (porque se interesaba en los asuntos públicos y pretendía desarrollar espacios para la participación ciudadana), humanista, autónomo, comprometido, responsable y democrático. Y, de manera importante, proclamaban que el movimiento debía superar la coyuntura electoral y ser permanente. Asumían, pues, la urgencia de crear una organización con capacidad de movilización y una cara jurídica.

Se propuso votar el documento en ese momento, pero era demasiado largo, y representantes de otras universidades querían mirarlo. Así que se formó una comisión redactora que se salió del salón a revisar el texto.

Mientras tanto, la asamblea se caía a pedazos. Los del MAES estaban incontrolables y nadie hacía caso a los estudiantes de los estados, que habían organizado capítulos locales de #YoSoy132 y esperaban unirse al movimiento. Algunos estudiantes desesperados escribieron en una hoja: “Faltan 20 días para la elección”, y se paseaban con el cuaderno sobre la cabeza, como edecanes en un ring de box. En un intento por ampliar la representación de la asamblea a los estudiantes de los estados (lo que sí se aprobó), se introdujo también la idea de incluir a otras organizaciones sociales. Parecía que #YoSoy132 iba a perder su alma estudiantil. Los del MAES se paraban de sus asientos y gritaban a favor de esta moción. Seguridad interna de la Ibero entró al auditorio. Horas después, la larga declaración de principios regresó al auditorio con una nueva redacción. Fue aprobada, pero la verdad es que nadie hacía caso. La mesa estaba contra las cuerdas. Los voceros gritaban “¡Fuera, fuera!” a los observadores, que no se callaban. Una chica de Tlaxcala pidió la palabra y dijo que ella había tomado el camión en la mañana con mucha ilusión y que se iba de regreso con mucha pena.

La única moción sensata resultó ser la siguiente: convocar a una nueva reunión un día después, a las once de la mañana, en el IPN.

Al día siguiente, me levanté con la convicción de que el movimiento no iba a sobrevivir, de que iba a quedar ahogado en sus asambleas. También era evidente que éstas no eran su único obstáculo. Ese día de la Ibero, por ejemplo, el mismo Saúl Alvídrez, ni más ni menos, me enseñó en su teléfono celular un editorial firmado por el columnista político Ricardo Alemán que se publicó en El Universal, el mismo diario en el que yo colaboro. Alvídrez se acercó a mí en actitud de reclamo. La columna decía: “Cada vez resulta más evidente que detrás del movimiento #YoSoy132 existe una cuidadosa organización político electoral que […] busca fines partidistas, dispone de recursos económicos ilimitados y cuenta con protección de distintos niveles de gobierno”.

Según Alemán, la protesta estudiantil que había nacido en la Ibero, había sido alimentada por la izquierda. La mano que movía a los estudiantes se llamaba Manuel Camacho (ahora candidato a senador por el partido de izquierda, el PRD).

Alemán decía que si se miraba con detenimiento a los líderes del movimiento, todos conectaban de alguna forma con Andrés Manuel López Obrador y, en última instancia, con Carlos Slim, el millonario que estaría financiando la campaña de AMLO.

Luego, el martes 12 en la tarde, al mismo tiempo que se llevaba a cabo la asamblea en el IPN, estaba convocada una conferencia de prensa en el Monumento a la Revolución. Había aparecido un grupo disidente de #YoSoy132 llamado #GeneraciónMX. Publicaron un video en YouTube en el que explicaban la razón de haber dejado el movimiento. Los estudiantes involucrados decían que ya no eran #YoSoy132 porque se dieron cuenta de que el movimiento no tenía dirección. La izquierda no había respetado su movimiento y lo había hecho suyo. Ellos se proponían totalmente apartidistas. Prometían no atacar ni apoyar a ningún candidato y dibujaban una agenda de reforma política.

Llegué a la conferencia de prensa un poco tarde. Había de nuevo un esfínter de reporteros alrededor de lo que supuse que eran los integrantes del grupo disidente. Pero mientras avanzaba por la densa capa reporteril me di cuenta de que en el centro del círculo no había más que un integrante: Rodrigo Ocampo, un itamita, que había participado en algunas acciones de #YoSoy132. Ocampo, moreno, alto, pelo engominado, estaba explicando por qué era el único que se presentaba a la conferencia de prensa. Él y sus compañeros fueron amenazados y tenían miedo. Ocampo, sin embargo, no pudo responder quién era el autor de las amenazas y, en última instancia, quiénes eran los estudiantes ligados a los partidos de izquierda. Salió del monumento acompañado de un chico, caminando solo por la calle de Gómez Farías.

En simetría con las notas que ligaban a #YoSoy132 con la izquierda, aparecieron otras que conectaron a #GeneraciónMX con el PRI. No se volvió a saber nada de Ocampo y su grupo.

Las nubes grises que pasaban sobre el movimiento parecieron disiparse al día siguiente, el miércoles 13 de junio (distintos integrantes de #YoSoy132 me habían hecho notar que todas las cosas importantes les suceden los miércoles). Ese día convocaron a una nueva manifestación ante los estudios de Televisa Chapultepec. La llamaron “Fiesta por la luz de la verdad”. Fue un evento que los organizadores quisieron cargar de simbolismo.

A las ocho y media, cuando ya había oscurecido, la gente comenzó a encender unas velas. Un poco más tarde hubo una convocatoria para caminar unos pasos en dirección del Eje Central. Iba a comenzar la transmisión de un video. El proyector, instalado en una camioneta sobre el camellón, iluminó uno de los muros de Televisa con imágenes de los grandes momentos de violencia del Estado: la represión de Tlatelolco en 1968, el aplastamiento de la manifestación estudiantil en 1971, la intervención de la fuerza pública en Atenco. También se pudieron ver imágenes de otras trampas del PRI, como el presunto fraude electoral de 1988, que le dio la victoria a Carlos Salinas de Gortari. El video hacía un comentario sobre la política de información de Televisa sobre sus propios muros. “Despierta. Exige la verdad pacíficamente”, decía una leyenda. Y luego de que terminó la proyección, la concurrencia comenzó a gritar: “¡Yo soy 132, yo soy 132!”.

Contra todo pronóstico, además, la asamblea en el IPN había sido un éxito. Los organizadores de esa reunión, mucho mejor entrenados en las rudezas de la política estudiantil, habían puesto una serie de barreras físicas a la entrada del auditorio de la escuela de Administración y Economía, evitando así la infiltración de presuntos observadores y rompeasambleas. De hecho, una de las consecuencias no esperadas de este movimiento ha sido la de devolverle a los sectores más moderados de las universidades públicas la confianza en la política universitaria.

Eso me lo contaron con todo detalle Circe Camacho y Carlos Cario, dos estudiantes de la UNAM. A sugerencia de Circe, quedamos de vernos en un café cerca del metro Insurgentes. Fue la única reunión con estudiantes de #YoSoy132 que no sucedió en un Starbucks. Circe, de veintiún años, cursa el sexto semestre de Psicología. Tiene una expresión dura, como de estrella de rock. La había visto en la Ibero, como parte del equipo de logística. Es guapa, lleva el pelo corto, sombras negras en los párpados y dos piercings. Llegó con Carlos, de veintidós años, que está inscrito a la carrera de Estudios Latinoamericanos. Carlos es también un chico atractivo, que tiene cierto parecido con el futbolista Chicharito Hernández. Los dos son parte de Grupo Democracia Revolucionaria, de inspiración gramsciana, que hace política en la universidad. Los dos participaban en el Movimiento de Regeneración Nacional Jóvenes y Estudiantes (Morenaje), la base de apoyo de Andrés Manuel López Obrador.

Se suponía que la entrevista estaba pactada sólo con Circe, pero Carlos, que lleva una bitácora de lo sucedido en el último mes, aportaba datos e ideas profusamente. Fue una conversación que duró casi tres horas. En un punto, Circe interrumpió la conversación para preguntar: “¿A quién crees que le gusta más oír su voz, a Attolini o a Carlos?”.

A Circe y Carlos los tomó por sorpresa la reacción de la Ibero frente a Peña Nieto. “En ese momento, ninguno de nosotros vislumbrábamos hasta dónde iba a llegar esto —dijo Carlos—. Más bien fue como un sacón de onda de que esto hubiera sucedido en una universidad privada. Nosotros en la UNAM tenemos estos prejuicios de que los chavos de las privadas son medio torpes, medio fresas”.

Pero el segundo indicio de que algo había cambiado lo tuvieron en una marcha que sucedió el fin de semana siguiente al llamado “viernes negro” de Peña. Se había convocado a una manifestación contra el candidato del PRI, en la que Circe y Carlos comenzaron a ver gente de la UNAM, pero no las mismas caras, sino gente nueva. Al final de aquella marcha se acercaron personas del incipiente #YoSoy132 para invitarlos a una asamblea en el Parque México, a la que no fueron.

Su primer contacto real con el movimiento fue durante la marcha de la Estela de Luz. Según Carlos, hay muchas críticas que hacer de esa marcha. No estaba bien organizada. El sonido no funcionaba bien. El pronunciamiento se había quedado corto. Pero la actitud de Carlos y Circe era de cierta humildad. “Finalmente eso era de ellos —dijo Carlos—, ellos lo estaban iniciando”. Al final de aquella marcha, ya en el Zócalo, hubo una pequeña asamblea para tratar de organizar a la gente de la UNAM. Circe: “Éramos como unas trescientas personas. Estábamos allí para ver cómo nos íbamos a incluir. Pero, lamentablemente, muchos de los alumnos de la UNAM están desencantados”. Con todo, se convocó a otras reuniones, hasta concluir con la de Las Islas, donde se oficializó la incorporación de la UNAM.

Circe piensa que, en este proceso, el papel de gente como ella y Carlos ha sido el de sensibilizar al movimiento, ponerlo más a tono con lo que sucede en la calle y con la política estudiantil. También cree que la experiencia de trabajar con gente nueva ha sido gratificante. Carlos: “El verdadero choque fue cuando me dijeron: ‘Tienes dos minutos para hablar’, ‘¿dos minutos? No, no puedo’, pensé. Pero nos fuimos acostumbrando a esa dinámica y fue delicioso. No eran reuniones rápidas, porque estábamos allí cinco, seis horas, pero eran reuniones muy productivas. Se sacaban muchos acuerdos en un solo día”.

Al final, el movimiento #Yo Soy132 ha reactivado la vida estudiantil de la UNAM y otras universidades públicas. Sólo algunas facultades tienen representación de los movimientos más radicales. Las demás han analizado los planteamientos del movimiento y los han incorporado a las discusiones de sus propias asambleas.

Horas después de mi conversación con Circe y Cario, estoy con Carlos Brito en un café Starbucks (¿por qué no?) en Coyoacán. Si Attolini es una de las caras del movimiento, Brito es uno de sus cerebros (o su sistema circulatorio, por su capacidad de hacer fluir las asambleas).

Había quedado de verme con él en un café —no Starbucks— en la colonia Condesa, a las cuatro de la tarde. Pero Brito me habló para preguntarme si no tenía inconveniente en encontrarme con él en su casa, frente al Parque Morelos, en la colonia Escandón. Habían cambiado los planes. Tenía que ir a una reunión a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, donde se acababa de confirmar que iba a tener lugar el debate presidencial #YoSoy132, el martes 19 de junio.

Llegando a su edificio nos montamos en el automóvil y enfilamos hacia Coyoacán. Brito es un tipo afable, con un sentido del humor muy fino. Es alto, moreno, tiene el pelo corto y lleva unos lentes de pasta negra que le dan cierto aire hipster. Ese día llevaba tenis, jeans y una camisa de cuadros. Brito no sabía muy bien dónde estaba la Comisión y perdimos el rumbo ligeramente. Terminamos a la caza de un lugar de estacionamiento, a varias cuadras del edificio.

En el camino me contó que lo habían invitado a compartir la mesa con Camila Vallejo, la líder estudiantil chilena que se iba a presentar en un foro en la Universidad Autónoma Metropolitana. Brito había declinado la invitación. Me sorprendió. ¿Por qué rechazó esa fabulosa oportunidad? A Brito lo que más le interesaba era no perder su capacidad de interlocución en el movimiento. Sentía que si aparecía junto a Camila Vallejo lo iban a cuestionar.

Brito tomó algunas llamadas en su celular. Estaban tratando de encontrar un sitio para celebrar las asambleas universitarias que definirían los temas del debate. El ITAM acababa de cancelar la sede. Brito hizo notar la discrepancia entre las enormes expectativas de la gente sobre el movimiento y los recursos con los que al final cuenta. Si el ITAM cancelaba, entonces habría que hacer la reunión en el Zócalo, pensó, aunque no hubiera internet para conectarse.

Llegando a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, Brito se metió a su reunión con el comité organizador y yo me encontré con el profesor de la Ibero Pablo Reyna, que venía de presentar una queja por la cantidad de amenazas y actos intimidantes que habían recibido, sobre todo, los alumnos de la Ibero: desde llamadas telefónicas hasta la presencia de gente extraña afuera de sus casas.

Dos horas después me volví a encontrar con Brito, esta vez en el Starbucks de Centro Coyoacán, a pocas cuadras de la Comisión.

Brito recibió una nueva llamada en su teléfono.
—Ya quedó también lo de mañana —dijo en referencia a las asambleas de preparación del debate—. Facultad de Ciencias Políticas. Me ofrecen seguridad, me ofrecen seguridad.

El día del “viernes negro”, Brito estaba desayunando en casa de sus papás (ella estudió Enfermería, él terminó sólo el bachillerato. Se dedica a vender carnitas). Vio la transmisión del evento por internet. Aplaudía cuando algunos de los alumnos colocaban una pregunta dura a Enrique Peña Nieto. Luego se puso a escuchar Ibero 90.9. Y se dio cuenta de que algo realmente serio estaba pasando. La respuesta de la cúpula del PRI abonaba a su indignación, ¿pero qué más se podía hacer?
Estaba esa marcha anti-Peña, convocada para el 19 de mayo. Brito comenzó a organizar un contingente con los alumnos del Tecnológico de Monterrey campus ciudad de México, la escuela de la que él es egresado. En esas reuniones se enteró de que existía un grupo que se llamaba #YoSoy132.

“En ese momento veíamos la marcha anti-Peña como lo más atrevido que podíamos hacer en cuestiones de activismo político —dijo Brito—. No teníamos idea de qué esperar. Teníamos mucho miedo: íbamos a ir como doscientas personas. Pensamos que nos iban a caer porros, que nos iban a aventar cohetes”.

Ese grupo del Tec apoyó también las marchas de las universidades a las oficinas de Televisa. Fue allí cuando entraron en comunicación con la Ibero. Y la Ibero los puso en un comité aparte. “Casi, casi nos dijeron: ‘Bueno, las universidades que nos quieran apoyar, les agradecemos mucho, se sientan acá’. Tampoco ellos dimensionaron lo que estaba ocurriendo —dijo Brito—. Entonces ya conformamos ese comité, dijimos una serie de vaguedades, trivialidades, torpezas, pero quedamos de vernos al día siguiente. Y a partir de  ese día ya empezó toda la organización que ha ido creciendo y creciendo hasta convertirse en este monstruo. Pero te digo, como que una cosa te lleva a la otra, sin mucha planeación”.

Y para que ese monstruo sobreviva, Carlos Brito piensa que no hay que tratar de llegar a una enorme coordinación interuniversitaria, sino aceptar las divergencias y tratar de llegar a unos pocos acuerdos. Por lo pronto, éstos son no a la imposición de un candidato, no a la manipulación de la información.

¿Por qué pensaba él que el movimiento, como organización, se había salvado después de la desastrosa reunión del 11 de junio en la Ibero?
“La gente del Poli se dio cuenta de lo que ocurrió en la Ibero. Al final del día, yo estaba todo derrotado y me dicen: ‘¿Qué pasó?, ¿vas a ir mañana?’, y yo: ‘No, yo creo que no. Estoy reconsiderando las cosas’. Estaba muy afectado emocionalmente. Además, piénsalo, yo no soy representante de nadie”. Brito, en realidad, no representa ni al Cinvestav, ni al Tecnológico de Monterrey, aunque a veces los del Tec lo han nombrado su vocero. “Entonces me dicen: ‘Es importante que vayas porque eres una figura moral, y te aseguramos que mañana en el Poli esto que ocurrió acá no va a ocurrir de ninguna forma’, y digo: ‘Pues va'”.

Por sugerencia de la gente del Poli, Brito invitó a sus conocidos: los de la Ibero, los representantes de las universidades metropolitanas, gente del ITAM. Brito mismo obtuvo la representación del Tec para esa reunión.

“En el Poli hicieron una cosa compleja para que no fueran a penetrar la asamblea: la entrada al auditorio era un pasillo superchiquito, y pusieron barricadas de mesas. Era como la Batalla de las Termópilas —dijo—. Bueno, estaba muy bien armado, y la asamblea fluyó y devolvió muchas esperanzas. Entre otras cosas se acordó lo del debate, por fin”.

—¿En qué términos definirías el éxito del movimiento?
—El éxito es clarísimo, ahí está Attolini, de hecho. El éxito es un llamado a la politización de los jóvenes, que se rompa el estigma de “ninis” apáticos, desinteresados en la política. Y yo creo que eso nadie nos lo puede negar. Hoy, hoy, hoy hay chavitos que, sin más ni más, en algún municipio de algún estado, están saliendo a criticar a los medios de comunicación o a su presidente municipal o lo que sea. Eso es una ganancia.

—Puesto de una forma convencional, ¿cuál es el futuro del movimiento?
—No tengo idea, je, je. Yo no tengo idea, es como decir: “¿Cuál es el futuro de una parvada de seiscientos pájaros? —concluyó Brito—. Hoy no sabía en la mañana que iba a venir hasta la Comisión de Derechos Humanos del DF, que me iba a ver contigo, que iba a terminar acá. Yo pensé que me iba a quedar en la casa a organizar el debate de mañana. Y nunca nada es como lo planeas. Cuando la gente dice que hay manos meciendo la cuna, que detrás de esto está Camacho Solís o Carlos Slim o quien sea, es una estupidez. No se puede. No se puede.

La manifestación más evidente de que el movimiento #YoSoy132 había modificado el proceso electoral fue su capacidad de convocar a un debate entre los candidatos. En México, este debate es muy formal y generalmente lo organiza el IFE, pero no hay ninguna razón para que otras organizaciones no puedan convocarlo, siempre y cuando los candidatos estén de acuerdo. La periodista Carmen Aristegui, a pesar de todo su poder e influencia, había intentado organizar uno, pero los candidatos se echaron para atrás.

La oportunidad para los estudiantes se presentó poco después de que la candidata del conservador Partido Acción Nacional acudió a la Ibero el 4 de junio pasado, en el mismo foro que Peña. Al final de la intervención de Josefina Vázquez Mota, los alumnos la invitaron a un debate. Josefina se comprometió allí mismo. Luego, los estudiantes de la Ibero, por medio de su cuenta de Twitter @masde131, empujaron la idea y también editaron un video en el que daban evidencias de los dichos de los candidatos sobre su disposición al diálogo. Los invitaban a un debate, les proponían un formato en tres fases y los emplazaban a una cita el 19 de junio a las ocho de la noche, en un lugar por confirmar. Los estudiantes repartieron invitaciones por carta a cada uno de los candidatos. Todos aceptaron, menos Peña Nieto, por considerar que, dada la naturaleza del movimiento, las condiciones para él no eran iguales.

La organización del debate, adicionalmente, le devolvió a los estudiantes de la Iberoamericana un liderazgo. De alguna manera, la Ibero se había hecho a un lado para observar, con algo de asombro, con algo de desazón, el desparramamiento del entusiasmo estudiantil.

La víspera del debate, sin embargo, se desencadenó un escándalo. El estudiante de la Ibero Manuel Cossío difundió un video. Decía que estaba decepcionado del movimiento porque se había dado cuenta de que Andrés Manuel López Obrador y otros militantes de la izquierda habían cooptado a algunos líderes. Presentaba las pruebas: las grabaciones de los rollos que aventaba el estudiante del Tecnológico de Monterrey Saúl Alvídrez. Adicionalmente, enseñaba documentos que demostraban cómo los jóvenes de Morena buscaban adueñarse del movimiento al registrar la marca #YoSoy132.

Fue trending topic en Twitter. Echaba una sombra importante a la imparcialidad del debate. Pero, de nuevo, la simetría periodística dictó otra revelación: que Cossío estaba asociado con el PRI. Los usuarios de Twitter publicaron su historia. Demostraban que Cossío apoyó a Peña Nieto el “viernes negro”.

Yo me había entrevistado con Saúl Alvídrez unos diez días antes. Nos vimos en un café frente al Monumento a la Revolución. Alvídrez habló con candidez de su relación con “México, Ahora o Nunca”, un proyecto empujado por Virgilio Caballero y John Ackerman, un periodista y un profesor universitario, respectivamente, que se proponía como un antídoto a la desinformación. Antes de que todo esto fuera un escándalo, me dijo que, en un principio, había pedido el apoyo de estos y otros intelectuales identificados con Andrés Manuel López Obrador, como Epigmenio Ibarra, sobre todo en lo que se refería a la convocatoria de medios para los eventos del incipiente #YoSoy132. De hecho, él creó ese nombre.

Registró todos los dominios posibles alrededor de #YoSoy132, menos uno. Rastreó quién tenía el dominio yosoy132.mx. Era Manuel Cossío. Así se conocieron. Le molestaba que atacaran al movimiento por su filiación con López Obrador. No la tenía, me dijo. Habló de que estaba trabajando en la organización de un concierto. No me dijo que hubiera recibido fondos de Epigmenio Ibarra, como luego se supo.

“Es triste ver cómo surgen todos estos ataques —dijo—. En lo personal me he tocado darme cuenta de que la realidad supera a la ficción, o sea, en realidad sí vivimos en un país sumamente sucio, lleno de mentiras. Y en esto voy a sonar obradorista, pero hay una cúpula allá arriba para que las cosas no pasen a menos de que apelen a sus intereses particulares”.

El martes 19 llegué a las cuatro de la tarde a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal para registrarme al debate. En los pasillos del edificio se desenvolvía una pequeña crisis. Los organizadores planearon que el debate pasara por un canal de Google, y no dejaban que nadie introdujera su cable a la sala donde iba a suceder el evento. La reportera de Milenio Televisión, un medio que se ha caracterizado por su línea editorial favorable a Peña, estaba realmente molesta.

Los organizadores pusieron una cerca en el patio de la Comisión que separaba a los periodistas del lugar donde serían recibidos los candidatos. Primero llegó Gabriel Quadri, de Nueva Alianza, luego Josefina Vázquez Mota y al final Andrés Manuel López Obrador. Luego nos subieron a una sala de prensa, desde donde veríamos la transmisión. Como la conexión de internet en la sala no era buena, la imagen y el sonido se congelaban mientras aparecía el símbolo de espera característico de la red. Los periodistas de televisión tenían cara de “se los dije”.

Con todo, el debate resultó un ejercicio inédito. Un grupo de estudiantes, conectados desde su casa, hicieron preguntas directas a los candidatos —consensuadas con otros estudiantes— y luego los cuestionaron. Nunca se había visto en televisión una comunicación tan horizontal y directa con un político en campaña con aspiraciones a la Presidencia.

Al final de la sesión hubo una conferencia de prensa. Los organizadores, principalmente estudiantes de la Ibero y el ITAM, trataron de disculparse sin mucho afán por el episodio de la transmisión por Google. Insistían, en cambio, en demostrar que el debate sí había sido imparcial y, aunque se veían exhaustos, no cabían de alegría por lo que acababan de hacer. El evento terminó con porras y abrazos mutuos.

Al día siguiente, Rodrigo Serrano, estudiante de comunicación de la Ibero y uno de los organizadores del debate, me preguntó en el Starbucks de la calle de Francia e Insurgentes si había visto la columna de Mauricio Merino, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), publicada ese día en El Universal. Lo había emocionado. El texto comenzaba así: “Necesitábamos aire fresco y los jóvenes del #YoSoy132 lo trajeron. Pero sería tan injusto como excesivo pedirles que, además de aire, nos traigan agendas completas, salidas de las trampas en las que hemos caído y respuestas a los problemas de México. Ni siquiera hace falta que se conviertan en un movimiento coherente ni, tampoco, que sus líderes se hagan próceres de la patria para que aprendamos a escuchar lo que nos están diciendo”.

Esto es, más o menos, lo que pensaba Rodrigo de #YoSoy132. Me lo dijo después de que colgó una llamada con un periodista. En los últimos días, su teléfono no deja de sonar. Durante nuestra entrevista, el teléfono seguirá vibrando. Rodrigo es bajo de estatura. Tiene la cara cuadrada y una mirada intensa. Estaba vestido con una sudadera gris, con una capucha amarilla. Quería saber si creía que la gente tenía demasiadas expectativas sobre el movimiento, si no estaban destinados a defraudarlos. “Todas las grandes aportaciones de este movimiento pasan por demostrar que es posible —dijo—. El día de la Ibero se demostró que era posible que alguien le diera la cara al poder”.

Rodrigo fue el creador del video de los ciento treinta y un alumnos de la Ibero. El “viernes negro”, Rodrigo había ido a clases de siete a nueve de la mañana. Luego se fue a trabajar. Durante la presentación de Peña estuvo viendo su timeline de Twitter y tenía dos streamings en su pantalla: uno desde el interior del auditorio y otro desde afuera. Estaba monitoreando los medios. Adicionalmente, se hizo un grupo de Whatsapp que lo conectaba con la gente de Comunicación, uno de los tres focos de protesta en la Ibero (los de Comunicación estaban con el tema de Televisa; había otro grupo que protestaba por lo de Atenco, y uno más, formado por la gente que vivía en el Estado de México, que estaba en contra de la gestión de Peña como gobernador).

Rodrigo vio el video de una chica de la estación de radio, Cecilia Villaverde, que mostraba la crisis del equipo de seguridad de Peña Nieto: no sabía cómo responder ante las protestas. Luego escuchó a Pedro Joaquín Coldwell, el presidente del PRI, que dijo en la propia estación de radio de la universidad, que se trataba de un grupo entrenado. Más tarde, el ex director de la carrera de Comunicación José Carreño dijo algo similar al periodista de Televisa Joaquín López Dóriga.

“Me encabronó mucho, mucho, mucho, y entonces tuiteé un mensaje que luego se convirtió en el texto del video ‘Más de 131′: ‘Soy estudiante de la Ibero, no soy porro, no soy acarreado, nadie me entrenó, estoy orgulloso de lo que hicieron mis compañeros y estoy en contra de Peña Nieto’ —dijo Rodrigo—. Entonces, el sábado en la mañana hago un evento en Facebook donde invito a la gente de la universidad a enviar su video”.

El sábado no hubo mucha respuesta. Su límite eran treinta videos. Pero el grupo le pidió esperar a que llegaran cien. Avisó que el domingo en la noche editaba. Y los videos comenzaron a llegar en aluvión. A las doce de la noche se cerró la convocatoria. Llegaron ciento treinta y dos videos. Cuando empezó a editarlos, con la ayuda de otros dos compañeros, alguien dijo que no quería salir, y entonces quedaron ciento treinta y uno.

Rodrigo dudaba si subir el video a YouTube. Se pensaba que alguien podía hacer algo con los datos que proporcionaban. “Consulté con Ana Rolón. Ella me regañó y me dijo: ‘Esta gente lo hizo para algo, no los puedes decepcionar'”, dijo Rodrigo. Y lo subió.

El video se convirtió en trending topic mundial. “Y yo digo: ‘Puta madre, en la que me metí'”. Desde entonces Rodrigo no ha parado. Hay días en que tiene ganas de tirar la toalla. De mandar todo al carajo. “He dicho: ‘Hoy les entrego todo y me voy’, y al día siguiente estoy de lo más metido en esto. Mis compañeros son geniales. Me hacen recuperar la confianza, y así pasa”.

—¿Tu enojo, tu respuesta a todo esto es un asunto personal?
—Personalmente soy un intenso. Sé que no es mi responsabilidad, pero no puedo evitar asumirlo así —dijo—. Debo quedarme a cuidar este símbolo que me tocó crear. \\

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