Las cuentas de Videgaray

Desde muy joven, Luis Videgaray Caso se ha preparado para estar en las grandes ligas de la política mexicana. Hoy es uno de los hombres de mayor confianza del presidente Enrique Peña Nieto y ocupa uno de los cargos con mayor responsabilidad en el país: secretario de Hacienda y Crédito Público. Fue, sin duda, el cerebro detrás de las recientes
reformas estructurales. Videgaray es, además, uno de los más firmes aspirantes a suceder a Peña en Los Pinos. El secretario recibió a Gatopardo en su despacho y habló sobre sus aspiraciones profesionales, su relación con los empresarios y algunos de sus recuerdos más preciados.

Por Nacho Lozano

Luis Videgaray Alzada prendió el televisor de su casa para ver el último informe presidencial de Luis Echeverría Álvarez. Por más que movía la antena hacia la derecha o la izquierda, la señal transmitida en vivo no era estable. La imagen del presidente de la República en la pantalla dejó de bailar entre tantas interferencias y al fin la quietud se apoderó de la imagen y de los aplausos. Pasaron varias horas y el informe parecía no tener fin: el tiempo se estacionó en esos tres colores de la banda presidencial que atravesaba el pecho de Echeverría. El hombre se despedía de la presidencia ante seis u ocho micrófonos, todos iguales. Hablaba desde la antigua Cámara de Diputados (hoy Asamblea Legislativa del Distrito Federal) para todo el país. Al lado de Videgaray Alzada estaba sentado su hijo Luis, de apenas siete años, quien desde pequeño desarrolló una curiosa afición por los interminables informes presidenciales. No entendía del fondo, pero semejante ritual de la política mexicana priista lo deslumbró. Le apasionaron las formas, los símbolos y la ceremonia. Desde entonces, Luis Videgaray Caso no se perdió un informe presidencial, sino hasta que estudió fuera de México.

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Cuando Videgaray Caso cursaba primero de primaria decidió organizar una revuelta a la hora de la salida. “Aunque el término revuelta es grandilocuente, lo que armé fue un mitote”, dice el secretario de Hacienda y Crédito Público, sentado cómodamente en su despacho. Ahora de 46 años, se relaja en la silla de lo que parece una sala de juntas en sus oficinas alternas en Julio Verne, Polanco. Sonríe al recordar esos años: “Junté a los niños de preprimaria, a los de primero y uno que otro despistado de segundo e hicimos unos carteles que decían: ‘¡Queremos más recreo!'”. En algún lado el niño había visto “una manifestación y me pareció una buena idea”, así que su arenga cautivó a sus compañeros, ¿quién se iba a resistir a apoyar semejante demanda? “Nos paramos en la ventana de la directora, gritamos y gritamos que queríamos ‘¡Más recreo!’. A ella le dio mucha risa y me suspendió un día de clases —recuerda Videgaray entre risas—. Me estás haciendo recordar esos años, caray”.

Videgaray Alzada falleció cuando su hijo Luis tenía 11 años de edad. Para entonces, el pequeño había heredado, entre otras cosas, la afición por la discusión de la política en casa durante las sobremesas, deporte que practicaba todo el tiempo su padre, un ingeniero que fue funcionario bancario hasta los últimos años de su vida. Nadie en su familia era o había sido político, pero Luis Videgaray Caso quería serlo. Tal vez desde sus primeros años soñó con subir al podio en el Congreso, hablar frente a la soberanía y dar su informe presidencial.

Años más tarde, Videgaray fue bautizado por el PRI en las aguas de la política cuando cumplió 19 años. El suceso ocurrió en la oficina priista que en ese entonces correspondía a la sede del 38 distrito federal en Magdalena Contreras, del Distrito Federal, ciudad donde nació. No era recomendado de nadie, “para mí el PRI, con todos sus defectos en aquel entonces, representaba una vocación social más clara”, dice Videgaray para explicar por qué no se enfiló en algún otro partido. A partir de ese momento, su trayectoria profesional lo ha llevado a las esferas más altas del poder en México y a estar a cargo hoy de uno de los despachos más influyentes en el gabinete del presidente Enrique Peña Nieto.

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Su vida académica es determinante para comprender su trayectoria. Estudió Economía en el Instituto Tecnológico de México (ITAM) al mismo tiempo que cursaba Derecho en la Universidad Autónoma de México (UNAM). Dicen algunos de sus compañeros que siempre fue un alumno “clavado con las tareas”. Imaginemos a un joven que de vez en cuando mostraba sentido del humor, pero que no salía de fiesta tan seguido, que pasaba buena parte de su tiempo libre en la biblioteca o estudiando en los pasillos del ITAM. Videgaray solía mostrarse “como si estuviera planeando algo”, “tal vez resolviendo alguna tarea o planeando cómo llegar a ser el próximo presidente”, presidente del Consejo de Alumnos del ITAM. Meta que cumplió.

Echó a andar su propio proyecto y construyó su candidatura desde El Partenón, la cafetería de la escuela, cuyo lugar llegó a escuchar infinitas conversaciones, discusiones y tramas de los estudiantes que serían la clase gobernante en México. Tras largas negociaciones con sus posibles contrincantes, a quienes les ofrecía sitios en su equipo a cambio de apoyarlo y desistir a enfrentarse contra él, se vio cara a cara con Ana Vázquez Colmenares, quien no aceptó sus ofertas. Las elecciones fueron reñidas, pero al final él y su planilla se impusieron. Vázquez Colmenares, entonces estudiante de Economía, hoy consultora de imagen política, aceptó su derrota y Videgaray se hizo de la silla más importante del Consejo estudiantil del ITAM.

Le aplaudieron sus amigos de entonces: José Antonio Meade (actual canciller mexicano y ex secretario de Hacienda), Ernesto Cordero (senador y ex secretario de Hacienda), Raúl Murrieta Cummings (subsecretario de infraestructura en Comunicaciones y Transportes), Andrés Conesa (director general de Aeroméxico), José Yunes (senador), Guillermo Babatz (ex presidente de la Comisión Nacional Bancaria y hoy directivo en Scotiabank), Francisco González (director de ProMéxico), así como Luis Miguel Montaño, Abraham Zamora, Alejandro Karam, Guillermo Solomon, entre otros. “Estábamos en el momento en que los economistas eran presidentes, ¿no?”, bromea el asambleísta Vidal Llerenas, quien también estudió en el ITAM, unos años después. Y sí, el ITAM se volvió la meca de los aspirantes a gobernar México.

Videgaray fue un alumno excepcional y muy exitoso. Algunos comentarios de maestros suyos en la prensa sugieren que era una persona muy seria y dedicada. Para analistas como el doctor Luis Rubio, presidente del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC): “[Videgaray] tiene la preparación de un economista sólido”. Su formación es tan sólida como sus estrategias políticas. Fue en esos pasillos donde la vida le empezó a cambiar.

Para entonces, una de las personas “con mayor impacto en mi vida es y fue, sin duda, Carlos Sales”, dice Videgaray. Sales fue su primer jefe, quien le enseñó a trabajar en la oficina de Pedro Aspe, el secretario de Hacienda del gobierno de Carlos Salinas de Gortari. El puesto que por aquellos años desempeñó Videgaray no tenía nombre, “era como el asistente del asistente del asistente del asesor”, mientras Sales era asesor de Aspe, aunque al final del sexenio, Sales fue el coordinador de todos los asesores del secretario.

Aspe y Videgaray interactuaron pocas veces. Apenas coincidían en juntas en la secretaria o en los traslados del secretario; no trabajaron directamente, eso ocurriría de manera muy estrecha hasta años más tarde. Ser invitado a Hacienda fue para el joven Videgaray un sueño hecho realidad. Descubrió en Sales a una influencia determinante. En Aspe encontró a un maestro. Entre ambos nació una estrecha relación que daría muchos frutos profesionales, académicos y económicos.

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Videgaray se graduó de la licenciatura en 1994 con la tesis Fallas del mercado, regulación e incentivos: el caso de la privatización de los puertos mexicanos, que le mereció el Premio Banamex de Economía en 1995. Vendrían los estudios de posgrado, así que becado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y una vez aceptado en el doctorado en Economía con especialidad en Finanzas Públicas del Massachusetts Institute of Technology (MIT), comenzó su entrenamiento para las grandes ligas.

Por aquellos años los aspirantes se cuadraban ante determinado gurú académico en Cambridge. Pedro Aspe fungía como una especie de padrino en el MIT. Discípulo de Rüdiger “Rudi” Dornbush, el gurú de los internacionalistas, Aspe recomendó a Videgaray para ser aceptado. Dornbush era un académico reconocido por su inteligencia y creatividad en materia económica. Le gustaba discutir. “Yo así lo conocí —recuerda Rolando Cordera, investigador y catedrático de la UNAM–, vi a Dornbush en un par de seminarios en 1988 u 89. Se metió más en serio en todo aquel terrible dilema y desafío que fue la crisis de la deuda, cómo enfrentar el ajuste, que no era parte de un ajuste extremo ortodoxo.” La influencia de Aspe en el MIT y de Carlos Sales en Harvard para los ingresos de los aspirantes latinoamericanos era determinante, y ellos lo presumían. “Un día me encontré a Aspe en algún cubículo de Harvard. Cuando me dio la mano y le dije que estudiaba allí me contestó: ‘Sí, sí, claro, yo te recomendé, te di la carta para que te dejarán entrar’, y le contesté que estaba muy equivocado, que yo no le debía ningún favor y que ingresé por méritos propios”, recuerda el investigador de la UNAM, el Colegio de México y doctorado en Harvard, Gerardo Esquivel.

Desde entonces se le escucha a Videgaray decir: “‘Quiero ser presidente’, y como él, todos querían ser presidentes”, según Esquivel. Ambos coincidieron en sus estudios de doctorado. Solían reunirse en bares a platicar sobre sus clases, sus maestros y lo que pasaba en la política mexicana. A las reuniones informales llegaban Andrés Conesa, Guillermo Babatz y Lorenza Martínez (marido y mujer), Fernando Aportela (hoy subsecretario de Hacienda), entre otros. A veces eran noches de farra largas, otras no tanto porque había que prepararse para las sesiones del doctorado.

Un día de 1994 los sorprendió una terrible noticia desde México: Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial priista, había sido asesinado. Quedaron helados. Andrés Antonius, quien estudiaba y vivía en Harvard (hoy es consultor privado y en 2012 sonaba para ser jefe de la oficina del ahora presidente Enrique Peña Nieto), convocó a una reunión urgente en su casa. Buen amigo de Videgaray, Antonius también invitó a Dionisio Pérez-Jácome (ex secretario de Comunicaciones y Transportes en el sexenio calderonista) y José Antonio González (hoy director del IMSS). La idea era tener una posición frente al magnicidio. Ellos sentían la necesidad, como grupo que aspiraba al poder en México, de tener una opinión al respecto. Acordaron, en términos generales, que querían un país sólido y que estaban seguros de que México saldría adelante. Esos jóvenes pedían de la clase política, particularmente del PRI, unión ante la adversidad y demostrarle al mundo que podían conseguirlo.

Ser invitado a Hacienda fue para el joven Luis Viedegaray un sueño hecho realidad.

Ser invitado a Hacienda fue para el joven Luis Viedegaray un sueño hecho realidad.

Videgaray ya sabía lo que quería y en el listado no estaba ser académico. Sus role models, según algunos compañeros de entonces, eran Aspe y Luis Téllez (actual presidente de la Bolsa Mexicana de Valores), y el doctorado era la vía para acceder a puestos altos en el gobierno. Para graduarse del MIT, Videgaray defendió la tesis doctoral The Fiscal Response to Oil Shocks [La respuesta fiscal a los impactos petroleros] en 1998. Sí, una especie de anteproyecto de lo que sería la Reforma Energética que negoció Videgaray hace unos meses en el Congreso de la Unión y que fue aprobada como parte de las reformas estructurales en este sexenio, un esfuerzo de legisladores, partidos políticos, secretarías involucradas y el presidente de la República. “Fue la que más trabajo me costó”, según me cuenta.

Videgaray sabía de la necesidad de transformar el sector energético, de la utilidad de tener buenos operadores y sanas relaciones con las fuerzas políticas para conseguirlo. La tesis habla de su futuro político. Su asesor, Jim Poterba, un influyente profesor del MIT, y el neoliberal Dornsbusch fueron sus sinodales.

En las venas políticas de Videgaray tal vez corra más sangre del MIT que del ITAM, aunque dice que es de las tres casas que lo formaron: el ITAM, el MIT y la UNAM. Cuentan que ya en su papel de secretario de Hacienda, en una reunión de ex alumnos del ITAM, Videgaray fue el orador principal y comenzó diciendo algo así como: “Lo que les voy a platicar no lo aprendí aquí en el ITAM”, desmarcándose claramente de una línea itamita. Lo que demuestra que: “No ha sido ortodoxo de lo que se nutrió a su paso por el ITAM”, dice Rubio. Videgaray mismo dejó ver su fortaleza académica no en sus estudios universitarios sino en los de posgrado: “Aprendí Economía de cinco premios Nobel; política en San Lázaro (cuando diputado federal)”, según dijo a El Sol de Toluca en diciembre de 2010. Ha dicho que no es keynesiano, sino solowano, de la corriente del economista Robert M. Solow, Premio Nobel en 1987, “un gran economista convencional, neoclásico, pero al mismo tiempo un hombre lúcido y crítico de la manera en que se ha conducido la economía en los últimos 20 o 30 años”, según Cordera.

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En 1998 Luis Videgaray regresó a México como doctor en Economía. Protego lo recibió con los brazos abiertos y Sales se convirtió en su jefe directo. Protego se fundó como una consultoría de servicios financieros especializada en servicios al gobierno. La fundó Pedro Aspe ya retirado de los cargos públicos y con la inversión de Alfonso Romo. Años más tarde, Sales y Aspe rompieron relaciones y Romo vendió su parte. Aspe se quedó con el negocio e invitó a Videgaray a ocupar un puesto como director, encargado personal de las negociaciones de las deudas públicas de diversos gobiernos estatales en el país, entre ellas la del Estado de México.

Pedro Aspe hizo de las negociaciones de la deuda pública de los estados una pócima millonaria. Aspe llevó a cabo una estrategia financiera que permitiría a los gobiernos (y a los gobernadores, por supuesto) estar tranquilos, endeudarse con los bancos y gastar lo que quisieran porque siempre llegaría Protego a salvarlos, a brindarles un plan de rescate que les permitiera salir airosos. Aspe sabía cómo se repartía el dinero a los estados, por su experiencia en Hacienda. Su primer cliente fue el municipio mexiquense de Tlalnepantla de Baz.

El procedimiento era el siguiente: los gobiernos contrataban deuda con los bancos y, siempre bajo la asesoría de Protego, colocaban esa deuda en la Bolsa de Valores. Además, Aspe vendía las deudas a corto plazo: los gobiernos se endeudaban en enero y pagaban en diciembre, de esta manera no se cumplían doce meses de deudas. Y dado que la “deuda” no fue de un año, no se llamaba “deuda”. “Es como si vivo de mi tarjeta de crédito y llego a tener una deuda enorme. Uno le dice al banco ‘No te la voy a pagar, mejor renegociemos el monto, la tasa y el plazo”, explica Vidal Llerenas, asambleísta capitalino. Fue el boom de la deuda pública.

Había fila de gobernadores esperando ser asesorados y beber de la pócima millonaria de Protego. Sin distingos de color, lo mismo gobiernos panistas que perredistas, todos eran asesorados por Aspe y su despacho. La deuda del Distrito Federal, el sexenio pasado, fue negociada así. Los funcionarios perredistas a cargo de las finanzas del Distrito Federal fueron acusados de neoliberales, una especie de insulto entre políticos de izquierda.

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En 2003, Arturo Montiel, gobernador del Estado de México, “buscó a Pedro Aspe para explicarle que tenía un problema financiero grande con su deuda –dice Videgaray–, y que necesitaba hacer algo al respecto. Entonces alguien le había dicho que a nosotros se nos podría ocurrir alguna solución”. Así que Pedro Aspe le explicó a Videgaray qué se podía hacer y llevaron a cabo una operación de restructuración de la deuda, con la condición de que el código de deuda, la ley al respecto, fuera reescrito por completo en le Congreso mexiquense. Fue entonces cuando Videgaray conoció al coordinador priista de los diputados mexiquenses en el Congreso del Estado de México, el nada famoso entonces Enrique Peña Nieto, con quien acordó el convencimiento político a los grupos de oposición para modificar la ley de deuda y reestructurarla. Ambos se fueron a comer al día siguiente, Videgaray le explicó a detalle el plan y en esa comida “me contó que tenía aspiraciones a ser gobernador del estado, así que empezamos a trabajar”.

La operación fue un éxito de deuda y desde entonces “nos hicimos cuates”, según Videgaray, quien se volvió secretario de Finanzas cuando Peña Nieto tomó posesión como gobernador en 2005. Se volvieron amigos de confianza: existía un respeto profesional mutuo. Videgaray, siendo secretario de Finanzas, Planeación y Administración, ocupaba el puesto de mayor confianza en el gabinete, uno muy simbólico. Basta recordar que Arturo Montiel, antecesor de Peña Nieto, ubicó a éste en ese mismo puesto y luego lo hizo su gallo en las elecciones. Aunque con Videgaray, en la contienda por la sucesión de Peña Nieto de 2011 en el Edomex, no sucedió lo mismo. Videgaray explica que no creció “aspirando a ello (a ser gobernador), no fue algo que tenía en mi expectativa”.

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En una entrevista para la Organización Editorial Mexicana (OEM) en 2010 Videgaray dijo: “Como secretario de Finanzas del Estado de México saqué adelante cuatro presupuestos. Y no éramos mayoría en aquel Congreso. Apenas 21 de 75. Y hoy ya dos presupuestos nacionales en esta Legislatura tan plural [la de 2009-2012]…Y en la que tampoco tenemos la mayoría absoluta”. Y remató: “La clave está en cumplir lo que uno pacta”. Según Llerenas, “[Videgaray] tomó como escuela lo que hizo en el Estado de México, sabía cómo tratar a los diputados de oposición. ‘Los trataba demasiado bien.’ Qué es lo mismo que hizo Peña con el PRD en el Edomex”.

Videgaray sabía de la importancia de influir en las cuentas de los estados y repartir el dinero del país. Así que llegaría el 2009 y con él una diputación federal. En su estrategia, planteó a los demás partidos, y al suyo propio, ser el presidente de la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública de la cámara baja. Es decir, la comisión que visitaban los necesitados gobernadores que pedían dinero para sus administraciones. Videgaray quería atenderlos personalmente.

El entonces diputado panista, Roberto Gil (hoy senador), fue comisionado por su coordinadora parlamentaria, Josefina Vázquez Mota, a entablar las negociaciones para la repartición de las comisiones. Por parte del PRI, el coordinador de la fracción, Francisco Rojas, envió a las mesas a Videgaray. Hubo una fuerte tensión con el reparto. El PAN no quería soltar la comisión de Presupuesto, pero Videgaray ya se sentía instalado en ella. Para lograr un acuerdo hubo muchas reuniones y en la última de ellas se quedaron solos Gil y Videgaray: el priista le pidió a Gil que transmitiera un mensaje al gobierno federal de que el nombramiento como presidente de esa comisión significaba un punto de quiebre y que él, Videgaray, quería encabezarla. Dicha insistencia hizo interpretar a Gil que se trataba de “la construcción de una estrategia para un proyecto en el que él [Videgaray] iba a ser parte esencial. O sea, la conquista de la presidencia de la República en 2012”, dice el senador.

No fue una legislatura cualquiera. En ella se negoció el paquete de reforma fiscal, el aumento del IVA de 1% (quedando en 16%), el aumento al IDE y a otros mecanismos tributarios en la reforma de 2009. “Es un hombre que escucha y con el que se pueden llegar a acuerdos, pero en ciertos momentos se volvía autoritario”, recuerda Gil.

En aquellos años, el ahora secretario de Hacienda, criticaba que fuera centralista (desde el gobierno federal, entonces panista) la distribución del presupuesto y, en cambio, pedía que el legislativo (o sea su comisión) sirviera como un contrapeso a las maniobras federales desde Hacienda. De esta manera, los gobernadores irían a la ventanilla legislativa de Videgaray y no a la federal del secretario en turno. Y así fue. Todos querían ser amigos del mejor amigo de quien seguramente ganaría las elecciones presidenciales del 2012.

Por muchas razones esa legislatura y el papel de Videgaray fueron memorables. “Internamente en el PRI la gente quería acercarse a Peña, entonces él era el vehículo. Había otros como Alfonso Navarrete [actual secretario del Trabajo], pero sin duda Videgaray era el más –mano– [efectivo]”, según Llerenas. El diputado Videgaray se había consagrado como un gran operador político de Enrique Peña Nieto. Ambos se complementan, por lo menos así también lo observa el periodista Leo Zuckermann: “una de las fortalezas que ha demostrado Peña Nieto, a diferencia por supuesto de su antecesor, Felipe Calderón, es que conoce cuáles son sus límites y es suficientemente seguro para poner a gente que es mejor que él en las posiciones importantes y de operación; la Cámara de Diputados marcó muchísimo a Videgaray porque fue ahí donde entendió cómo negociar las cosas y cómo el dinero público ayuda a tener una buena relación con el Congreso”.

Videgaray no fue un hombre de tribuna, más bien se le veía en las mesas de negociación. Los que hacían el desgaste político eran los diputados Sebastián Lerdo de Tejada (ahora director del ISSSTE), Jorge Carlos Ramírez Marín (hoy secretario de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano) o David Penchyna (senador).

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En 2011 llegaron las elecciones en el Estado de México y Videgaray no era el candidato de Peña Nieto para sucederlo, pero fue designado jefe de la campaña del candidato priista, Eruviel Ávila. Era el entrenamiento para un político todoterreno. Esas elecciones las ganó, y luego vendría la grande, en las que sería coordinador de campaña de Peña Nieto.

Para llegar a Los Pinos, había que estar preparados para los embates en campaña. Por eso hubo una especie de seminario privado los fines de semana, concentrado en preparar a Peña Nieto en los grandes temas de política, economía y estrategias sociales. Aurelio Nuño, egresado de la Universidad Iberoamericana con maestría en Oxford, se encargó, junto con Videgaray, de coordinar las lecturas, las discusiones y, en general, la formación sobre esos temas para el candidato presidencial. En ese tipo de reuniones no solamente se preparaba el proyecto de gobierno, “sino un poco también se dedicaban a una labor didáctica con el presidente, le explicaban problemas internacionales, económicos… y creo que le sirvió muchísimo para llegar a una plataforma de gobierno”, según Zuckermann.

Los sábados previos y durante la campaña presidencial se estudiaban temas económicos, sociales, experiencias en otros países y cómo es que se podrían reformar las leyes en nuestro país de manera que los resultados económicos fueran boyantes. Ahí se aderezaron las iniciativas de reforma que Peña Nieto envió al Congreso de la Unión en materia energética, fiscal, económica, política y de telecomunicaciones que fueron votadas y aprobadas en el primer tercio de su gobierno.

El resultado de ese seminario fue el libro México: la gran esperanza. Un Estado eficaz para una democracia de resultados, firmado por Peña Nieto y publicado por Grijalbo Mondadori, hoy agotado en la mayoría de las librerías. “Quizá la única parte que dejó fuera fue la de hacer una verdadera reforma fiscal que le permitiera hacer una verdadera reforma de seguridad social”, dice Zuckermann.

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En la campaña presidencial, Peña y Videgaray se jugaban el todo por el todo y no se confiaban de los números de las encuestas que beneficiaban al candidato priista. Videgaray era estricto, el equipo tenía miedo a equivocarse y la presión de su parte era considerable. “Le tenían un profundo miedo entre su equipo de campaña; le tenían pánico. Rudo, de la línea entre ser temido y odiado”, dice Roberto Gil, quien volvió a encontrarse a Videgaray cuando el panista fue coordinador de campaña de Vázquez Mota. Del lado de la segunda campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador estaba Ricardo Monreal.

Gil, Monreal y Videgaray se encontraban dos veces por semana en el noticiario de MVS Radio conducido por Carmen Aristegui y en el de Joaquín López-Dóriga, en Grupo Fórmula. En esos debates, Monreal le insistía a Videgaray que el PRI tuvo una ventaja “cualitativa y cuantitativa impresionante en campaña. Los medios de comunicación estaban a su favor, [tenían] todo el dinero del mundo, alinearon encuestas, opiniones y televisoras. Contra eso nos fue difícil competir. El que estuvo detrás de esa estrategia fue Videgaray”.

Eran verdaderas batallas de acusaciones de violaciones a la ley electoral cometidas por los equipos de los tres candidatos. Para Monreal, el PRI compraba los votos “en los pueblos, municipios y distritos. Se notaba el dinero que gastaron en tarjetas de Monex y Soriana. Claro que luego negaron todo”.

Gil recuerda uno de tantos duelos con Videgaray en radio: “Discutí, antes de entrar al debate con Aristegui, la estrategia del PRI contra Josefina de las famosas ausencias, las famosas faltas a las sesiones del Congreso cuando mi candidata era diputada; le dije: ‘Oye, Luis, tú sabes bien que eso no es variable para evaluar el desempeño como legislador. Los que estábamos en las mesas de negociación todo el día no íbamos a votar cada punto de acuerdo’. Entonces se rió y me dijo: ‘Es política'”. Gil se molestó, le advirtió a Videgaray que si insistían en poner en entredicho dónde está un legislador o un político en los horarios en los que se supone que debe estar en su oficina, se abriría un debate comprometedor. Videgaray le respondió que iba a meditar si paraba su ofensiva. No lo hizo. Al aire, los coordinadores preparaban sus argumentos y comenzaban a discutir acaloradamente. Videgaray soltó otra vez lo de las ausencias de Vázquez Mota y Gil abrió el libro Las mujeres de Peña Nieto de Alberto Tavira, “donde una de ellas relata que pasaba las tardes de jueves con el gobernador”, dice Gil. Ahí se acabaron las discusiones de las faltas de Josefina. Videgaray no volvió a tocar el tema.

Los resultados favorecieron a la coalición PRI-Partido Verde que encabezaba Peña Nieto, y éste recibió la constancia de mayoría que lo acreditaba como presidente electo de México. Videgaray se convirtió en el coordinador de Políticas Públicas de la oficina del candidato ganador y luego de la Transición Gubernamental. Según Videgaray, el secreto para ganar campañas es “convencer. Hay quien cree que las campañas son puros ejercicios mercadológicos, pero al final de cuentas lo que importa es la sustancia, la propuesta”.

Más tarde sería nombrado Secretario de Hacienda. Otro deseo consumado: “Era una enorme ilusión, un sueño, lo mismo para cualquiera que estudió Economía en la época en que yo lo hice. Yo empecé trabajando en Hacienda, claro que ahora mi oficina es más bonita que la de entonces, porque ya no la comparto con una fotocopiadora”, se ríe.

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Entre las jugadas políticas que fueron sorprendentes para la opinión pública, está la decisión del presidente Peña Nieto de invitar a su gabinete presidencial a Rosario Robles, quien había sido asesora en diversos temas en los tiempos en que Peña era gobernador del Estado de México. Ex jefa de gobierno del Distrito Federal tras la salida de Cuauhtémoc Cárdenas y ex presidenta nacional del PRD, Robles fue nombrada Secretaria de Desarrollo Social. Ella sería en el gobierno peñanietista la mano que da, como se interpreta a la labor asistencial de esa cartera federal. Si aquella es la que da, Hacienda es la que quita, la que cobra impuestos. No obstante, dice el periodista especializado José Yuste: “Estamos frente a un secretario que sabe combinar la parte técnica, pero con una gran mano izquierda”.

Videgaray hizo lo suyo y sorprendió a propios y extraños con un movimiento político en plena formación de su equipo de colaboradores. Mario di Costanzo era diputado federal del Partido del Trabajo (identificado con la izquierda) de 2009 a 2012. Férreo crítico del calderonismo, desde 2005 formó parte del círculo cercano a Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Di Constanzo le secundaba en todo. Si López Obrador criticaba las privatizaciones de las paraestatales, Di Costanzo también. Es más, cuando López Obrador se autoproclamó presidente legítimo de México, durante el sexenio de Felipe Calderón, Di Costanzo fue su “Secretario de Hacienda Pública”. Tras su trayectoria en la izquierda, Di Costanzo fue invitado por Videgaray a hacerse cargo de la presidencia de la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef) en el gobierno priista. Invitaba así a otro izquierdista a formar parte del nuevo gobierno en una posición de primer nivel. “Ya se decía que Di Costanzo jugaba ahí, que era muy duro con Calderón, pero no con el PRI”, dice Llerenas. En el currículum de Di Constanzo publicado en la página de la Condusef no hay rastro de su paso por la “secretaría legítima de Hacienda Pública” del gobierno “legítimo” de AMLO.

Para Luis Rubio, el primer círculo que forma la Secretaría de Hacienda de Luis Videgaray “es un equipo más débil de lo que tradicionalmente había habido. Los subsecretarios no son personas con experiencia en asuntos hacendarios, a excepción del de Ingresos”. Miguel Messmacher, Fernando Galindo y Fernando Aportela son sus tres ases.

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Ya en su oficina de Palacio Nacional, Videgaray ha vivido desencuentros políticos, pero sobre todo con los empresarios. Conversé con algunos que prefirieron no ser citados. Aseguran que Videgaray no es querido entre buena parte de ellos. “Están enojados con él porque les sube los impuestos. A nadie le gusta que lo metan en cintura y tenemos a un empresariado muy mal acostumbrado y un país fiscalmente impresentable”, dice Cordera.

Videgaray responde: “Los contribuyentes de mayor capacidad económica sí están pagando un poco más; en el momento hubo, sin duda, una oposición crítica de la iniciativa privada, pero la relación va evolucionando, yo tengo una relación muy fluida con muchos de los empresarios más importantes de este país y con liderazgo formal del sector. Hay gente como Gerardo Gutiérrez Candiani, a quien yo conocí en medio de este proceso, con quien tengo una relación personal muy buena, aunque podemos tener diferencias de opinión”.

Hay quienes dicen que la reforma fiscal de este sexenio fue la que le generó enemigos. Que si se enojaron por el impuesto a bebidas azucaradas y comida chatarra, que si otros empresarios prefieren buscar al presidente Peña para reclamar que Videgaray no les da cita, que si en el norte la homologación del IVA pegó en las alforjas empresariales. Es más común que los empresarios tengan contacto directo con Ildefonso Guajardo, secretario de Economía, que con Videgaray. “No tiene una relación de amigos [con los empresarios], a diferencia de otros secretarios de Hacienda que incluso tenían amistad con algunos empresarios”, dice Yuste.

Sobre la relación de Videgaray con Agustín Carstens, ex secretario de Hacienda y actual gobernador del Banco de México, Yuste asegura: “No veo una mala relación, pero tampoco los veo cercanos”. Si bien Carstens y Videgaray no han tenido enfrentamientos públicos, es sabido en los círculos de ambos que al gobernador no le gustó nada la política de endeudamiento por la que optó esta Secretaría de Hacienda. “No olvidemos lo que dice Héctor Aguilar Camín –apunta Zuckermann–: los gobiernos de México son adictos a la deuda como los borrachos al alcohol. Y el problema de este gobierno es que ya se echó la primera copita”.

Cuentan que hubo una cena de Navidad organizada por Agustín Carstens en su casa. En ella los asistentes, colegas del Banco de México, empresarios y legisladores, tuvieron por deporte hablar mal de Videgaray. A los economistas mayores y ortodoxos no les gustó nada el tema del endeudamiento, pero sobre todo que Videgaray tenga una actitud de lejanía hacía el sector empresarial.

En plena Convención Bancaria del año en curso, Videgaray fue entrevistado para Milenio Televisión por Carlos Puig, a quien le mencionó que el gobierno no guiaba sus propuestas de cambios estructurales “a partir de las encuestas o del humor social del país”. “Es el malo del gabinete. Es el que no queda bien. Es el que pone las restricciones”, dice Yuste. El sector estaba acostumbrado a que los secretarios de Hacienda fueran parte de su clientela, “los apapachaban, les tomaban las llamadas, los procuraban, se iban con ellos a cenar”, dice Zuckermann. Pero en este gobierno, los grandes empresarios habían perdido espacios y ya no se le podía llamar al secretario para, incluso, darle instrucciones. Videgaray optó por una relación más distante y formal con los grupos de interés.

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A Videgaray, según Cordera, le va bien en el extranjero: “Es muy inteligente, muy armado, lo ven como el arquitecto de las reformas”. Su participación en las reformas estructurales le valió el reconocimiento como Mejor Ministro de Finanzas de este año en la revista The Banker. Era considerado por publicaciones prestigiosas de la talla de The Economist y The Financial Times como uno de los autores e impulsores del llamado “Mexican Moment“. Mientras se aprobaban las reformas, surgían referencias a México como “The Aztec Tiger” o “Flavor of the month“. Meses después, y tras los menguados resultados en materia económica, The Financial Times fue muy severo en sus críticas sobre el “Momento Mexicano”. “Hay una frase maravillosa de (Juan) Perón que decía que ‘El órgano más sensible del cuerpo humano sigue siendo el bolsillo’. Finalmente esa es la medida de las cosas. Así se han medido los resultados económicos en lo que llevamos de este sexenio”, dice el doctor Rubio.

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Si bien la relación entre Peña Nieto y Videgaray ha sido exitosa y el secretario tiene un proyecto político “que va más allá de una Secretaria de Hacienda, porque quiere ser presidente de México”, según Gerardo Esquivel, los resultados económicos podrían echarle a perder la fiesta. Videgaray dice que no está “pensando en ser presidente. Soy muy consciente de que si empiezo a pensar en cosas así, corro el riesgo en distraerme de un gran trabajo que no admite distracciones”.

Pero de soñar con Los Pinos y viendo los resultados económicos que tenemos, Videgaray estaría frente a un camino que se antoja más que difícil. Tendrá que levantar la economía, y hasta el momento no lo ha logrado. “Si hoy tuviera que evaluar a Videgaray a partir del desempeño económico, diría que está reprobado”, dice Zuckermann. Las críticas sobre los malos resultados del gobierno de Videgaray en la Secretaría de Hacienda se acumulan desde varios frentes como la academia, la prensa, el sector empresarial y la opinión internacional. La evaluación constante se resume en falta crecimiento. Crecimos “abajo del 2% el año pasado y (México) crecerá (económicamente) por abajo del 3% este año”, dice Rolando Cordera. “Ahora están proponiendo un crecimiento del 3.7% para el año entrante, pero este año vimos, por un lado, la veleidad de la economía mundial, que nos afecta a todos. El desempeño ha sido menos que mediocre.” José Yuste lo plantea de esta manera: “Ya nos dijeron que la economía va a crecer 5% a finales del sexenio, esperamos que sea cierto. Si lo es, sí lo podríamos poner como candidato presidencial'”.

En la carrera hacia la casa presidencial, corriendo por la pista priista, están el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong (acaso el más competitivo frente a Videgaray); el de Relaciones Exteriores, José Antonio Meade, y el Procurador General de la República, Jesús Murillo. Comparado con Osorio Chong, “Luis Videgaray es como el tecnócrata doctorado en Economía del MIT, Osorio es un político hecho y derecho. Son dos políticos eficaces en dos sentidos, en lograr resultados y en ganar elecciones, que por cierto son dos de las cosas que le gustan a Peña Nieto”, dice Zuckermann. “Cada uno tiene diferencias en sus resultados. La seguridad en algunos ámbitos ha mejorado (responsabilidad de Osorio), pero en otros sigue exactamente igual”, según Luis Rubio. Y Vidal Llerenas cree que: “[Videgaray] la va a medir, tampoco creo que se la vaya a aventar. Creo que se la va a jugar a ser el secretario de Hacienda que transformó el país. Como Aspe, pero mejor”.

Videgaray dice, sin embargo, que lo que más le importa en la vida son sus hijos: “La responsabilidad más importante que tengo es ser papá de estos tres niños, y para mí no hay nada que me llene más de orgullo o me dé más alegrías que ellos”. Hace mucho tiempo desde esos años en los que se sentaba junto a su padre a ver los informes presidenciales. “Si tuviera a mi padre enfrente correría a darle un beso y abrazarlo”, dice con voz entrecortada. “No sé qué diría él de mí, pero me encantaría ver su cara. Imagínate, tiene muchos años que no lo veo. Le diría que le tengo que platicar muchas, muchas cosas…” Tal vez una de las cosas que le contaría es cómo se imagina su propio informe presidencial.”

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