Archivo Gatopardo

Max y Leonora

Amor, arte y guerra en un pueblo francés.

Por Margaret Hooks
La "Novia del viento" y "Loplop, el rey de los pájaros".

La “Novia del viento” y “Loplop, el rey de los pájaros”.

El pueblo provenzal de Saint-Martin d’Ardèche está rodeado de campos de lavanda y huertos de cerezos, almendros e higueras. Tiene una atractiva plaza central y algunos edificios sobresalientes pero la mayoría de los visitantes vienen a disfrutar de las aguas tranquilas, los bancos de arena y asombrosos acantilados de esta parte del río Ardèche. El pueblo no ha cambiado mucho desde que los artistas Leonora Carrington y Max Ernst llegaron en el otoño de 1937. Se habían conocido en Londres unos meses antes y se enamoraron de inmediato —un amor loco, un amour fou, que rompía con las convenciones—. Él era un surrealista alemán de cuarenta y seis años con reputación de mujeriego, casado por segunda vez y casi sin un céntimo. Ella era una estudiante de arte inglesa de veinte años, debutante reciente, con un padre adinerado, severo y dominante.

Después de pasar unos meses excitantes juntos en París decidieron mudarse a Saint-Martin, sobre todo para alejarse de los tentáculos de la esposa y para distanciarse de las riñas de los eruditos del surrealismo. A principios de 1938 empacaron lo que quedaba de sus pertenencias, las subieron al Ford destartalado de Ernst y condujeron las trescientas cincuenta millas de París a Saint-Martin. Se instalaron en una granja en ruinas del siglo XVIII en una ladera en lo alto del pueblo, en una zona conocida como Les Aliberts, con vistas espléndidas de las murallas del pueblo medieval de Aiguèze y del majestuoso río. El terreno se encontraba aislado pero a una distancia caminable del pueblo, aunque fuera por un sendero de cabras que serpenteaba hasta llegar al río.

Les gustaba tanto el terreno que decidieron comprarlo y, como la casa y las dependencias estaban muy deterioradas, se las vendían a buen precio. Max no tenía dinero, entonces Leonora lo compró en tres pagos en efectivo y la escritura se hizo a su nombre. Cuando más tarde le preguntaron cómo fue que tuvo suficiente dinero, dijo que una parte la obtuvo vendiendo unos cuadros en París y lo demás probablemente “estafando” a su madre. Su generosa madre irlandesa, Maurie Carrington, fue a Saint-Martin para conocer la casa; su llegada en limusina con chofer que dejaba estacionada afuera del Hôtel des Touristes causó conmoción, así como su ropa de alta costura y ostentosas joyas.

Dentro de la tranquilidad que encontraron en su entorno rural, el amor de los artistas floreció y produjeron una cantidad impresionante de obra. Esculpían, pintaban, hacían collages y mosaicos, escribían poesía y hasta tallaron un exquisito juego de ajedrez. Leonora escribía sin cesar en su máquina Remington produciendo cuentos y novelas cortas que Max ilustraba con sus collages. Su arte y su morada empezaron a unirse cuando descubrieron un almacén con viejas herramientas de agricultura: azadas, horquillas, guadañas, etcétera, que Max empezó a incorporar en esculturas y bajorrelieves híbridos. Siempre sintió una gran necesidad de poner su imprimatur en sus hogares, sólo de esa manera sentía que habitaba por completo un lugar, con todo y sus álter ego. Pronto aparecieron figuras arremolinadas en las paredes, cabezas de pájaros y bestias surgían de rincones y se asomaban desde las ventanas y una pequeña sirena de piedra se deslizaba por el borde de unos escalones de piedra.

Los cuadros de femmes chevaux de Leonora, en colores vivos, surgían de las puertas de varias alacenas y armarios. Espléndidas esculturas de sus icónicas cabezas equinas aparecían encima de las balaustradas y de los muros en ruinas del patio. En una recámara resplandecía un mural circular de aves y plantas y el enorme lienzo melancólico de Max Un momento de calma estaba clavado con tachuelas en la pared del fondo de la veranda. En el piso, en la entrada de esta gran estancia, un murciélago daba la bienvenida a los visitantes con las alas abiertas, un mosaico hecho por los artistas con azulejos de una fábrica local de cerámica.

Las gigantescas esculturas que estaba creando Max en los contrafuertes y en el techo de la casa eran de bestias míticas, criaturas híbridas imaginarias como el minotauro, la sirena, la esfinge y el hombre pájaro. Las criaturas parecían surgir de la tierra misma, subiendo por las paredes de la casa para luego aparecer severas contra el cielo, sus extrañas cabezas y bocas rugiendo su presencia a gran distancia. Eran una extensión de la casa que la transformaba en varias representaciones antropomórficas de sus dos habitantes: “Loplop, el rey de los pájaros” y su compañera la “Novia del viento”.

En manos de los artistas, la morada se convirtió en una creación sorprendente, una colaboración surrealista tridimensional que pasó a ser parte íntegra de la historia y la iconografía del movimiento surrealista. Fue reproducida en fotografías en las publicaciones más importantes de la época, y entre 1938 y 1939 fue visitada por los surrealistas más destacados: Man Ray, Tristan Tzara, Paul Éluard, Lee Miller, Roland Penrose y Leonor Fini querían ver por sí mismos lo que Max y Leonora estaban creando en ese pueblo remoto.

Durante el verano trascendental de 1939, para sus amigos surrealistas, Saint-Martin era una parada obligatoria en el camino al exilio cuando, junto con miles de otras personas, emprendieron la salida de París hacia el sur, adelantándose a la tormenta que se avecinaba con la guerra. Estos amigos tenían toda la intención de retirarse con un rugido y no un maullido, y durante varias semanas, en la época de calor más intenso de la Provenza, la casa se convirtió en el escenario de la última bacanal surrealista en Europa antes de la guerra. El grupo lucía disfraces extravagantes, organizaban festines bajo las estrellas, se hacían bromas, inventaban platillos raros, nadaban desnudos en el río, tomaban fotografías y pintaban retratos los unos de los otros, los géneros se combinaban, todos coqueteaban escandalosamente y de repente se terminó. Se terminó de forma típicamente surrealista, como resultado de una discusión sobre a quién sí y a quién no había que incluir.

El viejo amigo de Max, el surrealista eminente Tristan Tzara llegó sin haber sido invitado, y Leonor Fini, quien se oponía a su visita, se fue protestando acaloradamente pero sólo después de que al desprevenido Tzara le fue servida una omelette que incluía algunos mechones, y el retrato que estaba pintando de Leonora fue destruido, rajado con su espátula. Con la partida de Fini, el jolgorio se diluyó. Pero no sólo las festividades del grupo se habían acabado, también el mundo tal como lo conocían. En tan sólo unas semanas, la vida de Leonora y Max cambió radicalmente, ya que se declaró la guerra y aparecieron avisos que anunciaban que todo extranjero enemigo, sobre todo alemanes, sería llevado a campos de internamiento.

Max fue detenido a finales de septiembre y enviado a la prisión de Argentière, un pueblito a un par de horas de distancia, adonde Leonora se fue a vivir para estar cerca de él hasta que lo transfirieron a un campo más lejano en Aix-en-Provence. Allí estuvo casi dos meses hasta que los esfuerzos de sus amigos, en particular del poeta Paul Éluard, lograron que lo soltaran justo antes de Navidad. La pareja estaba extasiada de poder estar unida de nuevo y celebró la ocasión colaborando en un retrato llamado El encuentro. Sin embargo, ahora tenían problemas de dinero, ya que la mensualidad que enviaban los padres de Leonora llegaba con retraso por causa de la guerra y empezaron a frecuentar el bar en el Hôtel des Touristes porque el dueño, Jean Viano, les abrió una cuenta.

Viano, un personaje bufonesco, que no provenía de la zona de Ardèche, había sido chef en el restaurante con estrella Michelin Mère Germaine en Châteauneuf-du-Pape, antes de abrir el restaurante del hotel en Saint-Martin. Con su espléndida vista de los acantilados del río y abundancia de pescado fresco atrajo a muchos de sus adinerados clientes del restaurante Mère Germaine, lo que lo convirtió en una figura con cierta influencia en el modesto pueblo de Saint-Martin.

Para 1940, el restaurante ya no era tan rentable, porque la mayoría de los clientes había desaparecido y la guerra empezaba a dejar huella en el pueblo. Los colegas surrealistas habían dejado de visitarlos, y Max y Leonora empezaron a pasar más tiempo en el bar con Viano y su amante, Berthe Granier, así como con otros residentes locales como Maurice y Rose Marie Lods. Los Lods también provenían de otra parte de Francia, pero eran más sofisticados que Viano y eran dueños de una propiedad muy imponente. Rose Marie, quien tenía un pequeño negocio de venta de libros de arte, era más consciente de la importancia de Ernst como artista. Así, los miembros de este pequeño grupo de foráneos se hicieron amigos y los Lods escuchaban atentamente a Max cuando contaba anécdotas sobre las aventuras y travesuras que vivió con los surrealistas en París.

Sorprendentemente, aunque era veterano de la Primera Guerra Mundial y conocía el horror de estar detenido, Max no hizo ningún plan para su bienestar ni el de Leonora, de sólo veintitrés años, en esta situación sumamente peligrosa. Ambos seguían viviendo su vida como si nada, atrapados en la burbuja incandescente de la dicha de estar juntos de nuevo en su casa encantada; irse podría significar destruir todo, incluso su valiosa aventura amorosa. Luego, en mayo de 1940, Max fue denunciado ante las autoridades locales como espía alemán por un habitante sordomudo del pueblo, quien aseguró haberlo visto enviando señales de luz al enemigo por la noche. La policía francesa llegó y se llevó a Max otra vez haciendo caso omiso de los gritos y de las súplicas de Leonora. De nuevo sola e incapaz de averiguar adónde se lo habían llevado, quedó sumida en un estado de angustia psicológica y llanto desconsolado, comía y dormía poco y pasaba horas trabajando con frenesí en su jardín y viñedo.

Convencida de que alimentaba su fuerza sobrehumana, Leonora bebía copiosas cantidades de brandy y de vino tinto que Viano le servía y añadía a su cuenta que aún no había pagado. Un indicio del nivel de angustia que le causaba estar separada de Max una vez más se puede ver en una anotación que hizo en su diario poco después de su detención en 1939: “Estoy desesperada y locamente enamorada de Max. Sigo pintando pero sólo para no volverme loca. Quiero que únicamente viva para mí y conmigo… Quiero tenerlo siempre. Quiero estar en el mismo cuerpo que él…”.

Un par de semanas más tarde, cuando llegaron algunos de sus amigos de París, se preocuparon al ver que había perdido peso y por su comportamiento angustiado. Le dijeron que se tenía que ir inmediatamente de Francia y escapar con ellos a través de España porque los nazis estaban en camino. Leonora estaba renuente a irse porque quería esperar a que regresara Max, pero la convencieron diciéndole que le sería más útil en España, donde le podría conseguir documentos de viaje. Como no le alcanzaba para el viaje, Leonora fue a ver a Viano para pedirle un pequeño préstamo. Al decirle que estaba por irse a España y que necesitaba dinero para el viaje, él le mencionó el dinero que ya le debía. Ella le aclaró que estaba dejando la casa y sus contenidos y que la cantidad que debía en realidad era muy pequeña. Pero Viano insistió, quería que le pagara y se rehusó a darle efectivo para el viaje a menos de que le cediera un poder notarial a su amante Berthe Granier. Leonora, presionada, aceptó y firmó una carta poder el 10 de junio.

Se fue al día siguiente, dejando la mayor parte de sus pertenencias, la casa abierta, sus cosas esparcidas por todos lados y el cuento que estaba escribiendo todavía en su máquina de escribir. Los libros que estaba consultando quedaron abiertos sobre la mesa y su álbum personal de fotos y cartas yacían sobre el escritorio.

En el camino a la frontera española empezó a tener violentas alucinaciones de cuerpos golpeados y sangrientos cayéndose de los camiones que formaban parte de los convoyes militares que pasaban. Cuando llegaron a Madrid, estaba en pleno brote psicótico, que finalmente llevó a que la internaran en un asilo psiquiátrico en Santander por orden de su padre. Estuvo recluida en esta institución durante casi seis meses, donde sufrió terriblemente por haberle inyectado a la fuerza varias veces tratamientos de Cardiasol, una droga antipsicótica con efectos secundarios más severos que los ocasionados por electroshocks.

A dos semanas de su partida, Granier y Viano fueron a la notaría de Saint-Martin para concretar la “compra” de la casa. Él “compró” a Granier, quien se la vendió a nombre de Leonora, ya que tenía la carta poder de la artista. Con esta maniobra, Viano se adueñó de la casa y de todo lo que se encontraba en su interior y exterior, incluyendo las pertenencias personales de los artistas: muebles, libros, ropa, cartas, fotografías y más, así como sus obras de arte y piezas que tenían hechas por otros artistas famosos: pinturas, esculturas, murales, collages, los bajorrelieves y las figuras en las paredes y en el techo. Viano no tenía idea de su valor ni de su relevancia cultural, él y Granier consideraban inútil la mayor parte de las cosas, “cosas” que tendrían que sacar para que sus propias míseras pertenencias tuvieran cabida. Por el momento sólo cerraron las puertas con llave y dejaron todo exactamente como lo habían encontrado.

Más tarde, ese mismo verano, después de que Francia y Alemania firmaran el armisticio, los alemanes detenidos ya no eran enemigos extranjeros y Max pudo salir del campo, aunque aún corría peligro porque la Gestapo lo tenía en su lista de artistas “degenerados”.  Aun así, estaba desesperado por regresar a Saint-Martin con Leonora, por lo que a finales de agosto llegó al pueblo donde se enteró por medio de sus amigos, los Lods, que Leonora había entrado el pánico y se había ido a España y que Viano era el actual propietario de su casa y de sus contenidos.

Los Lods lo invitaron a quedarse con ellos y desde su terreno podía ver Les Aliberts y la casa, sola en una colina con las conocidas figuras en el techo y las paredes. Verla tan cerca lo atormentaba sin cesar, y estaba furioso de que Leonora se hubiese dejado engañar y de que hubieran perdido su casa de esa manera. De noche la casa estaba a oscuras, claramente nadie vivía ahí, por lo que decidió al menos rescatar sus cuadros y los de Leonora. Esperó una noche sin luna, pidió prestada la canoa de los Lods, remó por el río silencioso, se metió en la casa y salió con un gran rollo de lienzos bajo el brazo.

Aunque sus documentos de liberación le autorizaban a vivir en Saint-Martin, Max casi nunca iba al centro del pueblo por temor a que lo viera algún informante de la Gestapo. Estaba renuente a irse de la zona porque tenía la esperanza de que Leonora regresara o por lo menos lo contactara, ya que no tenía idea de la terrible suerte que había sufrido al llegar a España. También quería ver si podía anular la venta de la casa por la suma tan ridículamente baja que Viano había pagado por ella; básicamente una cuenta de bar y un préstamo equivalente a unos cuantos cientos de dólares.

Entre tanto, recibió una carta de la coleccionista estadounidense Peggy Guggenheim, que había conocido en París en 1938, diciéndole que se encontraba en la lista de artistas europeos que el gobierno de Estados Unidos estaba dispuesto a traer a su país por medio del Comité Internacional de Rescate, con base en Marsella. Aceptó la oferta, pero quiso esperar un poco más a Leonora y le pidió a Guggenheim que mientras tanto le mandara una carta certificada por un notario, declarando que ella había visto las esculturas de la casa, ya que realmente las había visto en las fotos de los Cahiers d’Art, y que valían por lo menos ciento setenta y cinco mil francos. Ella lo hizo, y Max presentó la carta junto con sus propias declaraciones acerca del valor de la casa y su contenido a un abogado local para ver si era factible anular la venta.

Cuando el abogado dio su opinión a Max, a éste le pareció un insulto por su ignorancia y degradante por su arrogancia. Hacía referencia a las esculturas que había creado diciendo que sólo eran un trabajo de “decoración” para la dueña de la casa, “mademoiselle Carrington“, y declaraba que no tenía ningún derecho a ellas ya que formaban parte de las paredes de la casa, que bajo la ley francesa ahora era propiedad del ciudadano francés Jean Viano. Abatido, se fue a Marsella unos días más tarde, y luego a Lisboa para tomar un vuelo a Estados Unidos.

En cuanto Max se fue, Viano se mudó a la casa. Tenía que hacer espacio para sus pertenencias y las de Granier y su pequeña hija, y al no tener idea de su valor dejó que Lods se llevara toda la obra de los artistas, que incluía pinturas, dibujos, cuadernos y objetos de arte. Luego, junto con Granier, regaló la mayoría de los demás objetos personales de Leonora y Max. Lo hicieron a cambio de trabajo o favores que les hacía la gente, o algunas veces simplemente para deshacerse de las cosas —como si al regalar las pertenencias de los artistas a los lugareños de Saint-Martin, como ellos no lo eran, pudieran esparcir el peso de la culpa que cargaban por haberles robado la casa a los artistas—. Su indiferencia por el arte, la falta de respeto hacia los derechos de los artistas como creadores o de compasión hacia Max y Leonora como antiguos amigos, es un ejemplo perfecto del comportamiento basado en la xenofobia de la conservadora campiña francesa.

En las décadas que siguieron, la mayoría de los habitantes del pueblo prefirió olvidarse de la famosa pareja de artistas que había vivido entre ellos, algunos porque les ofendían sus costumbres extranjeras escandalosas, otros por la persistente sensación de que, aunque no directamente responsables de las fechorías contra estos dos forasteros, sin advertirlo se habían vuelto cómplices. Conforme pasaba el tiempo, se referían a Ernst con algo de respeto, pero la existencia de Carrington era casi por completo ignorada. Con excepción de unos pocos lugareños, si la llegaban a mencionar, por lo general era con desdén, llamándola “la inglesa”, o con desprecio, “la loca”.

Pero poco a poco, aun siendo conocidos por su conservadurismo, les ardèchois sucumbieron a los beneficios de la celebridad y los artistas se han convertido en parte de la historia y del atractivo del pueblo. Apareció una calle llamada Rue Max Ernst, así como una asociación local Max Ernst, y luego una versión del mosaico de Ernst y Carrington de un enorme murciélago con las alas abiertas que se encontraba incongruentemente afuera de la entrada de la iglesia principal. Con el transcurso de los años, la casa no ha perdido su aspecto imponente, aunque ha disminuido un poco debido a las viviendas nuevas que la rodean. El viñedo ya no existe, pero los olivos permanecen ahí, así como el alto ciprés al lado de la entrada, un solitario centinela plantado por Ernst en 1939.

La propiedad fue vendida en 1956 a una familia de Lyon que la había alquilado varias veces como casa de verano. Viano se había muerto unos años atrás y Gabriel Neyron se la compró a Granier; antes de alquilarla había sido prácticamente abandonada. Neyron era un ingeniero celoso de su privacidad que la compró por su aislamiento. No le interesaba mucho el arte y no sabía casi nada del surrealismo, por lo que no parece probable que se haya enterado de la importancia de las obras de arte que contenía la casa ni que las hubiera considerado arte. Su esposa, Nicole, era la hija del dueño de la fábrica Savon Crème, que abrió sus puertas cerca del pueblo en 1937, motivo por el que conocían la historia de la casa y la controversia que giraba a su alrededor.

Gabriel Neyron murió en 2010, y durante el invierno de 2011 su hijo aceptó enseñarme la casa. Podía ver que este hombre cincuentón, parsimonioso pero cautelosamente cortés, estaba un poco incómodo por esta carga que había heredado y las obligaciones y las responsabilidades que conlleva. Ingeniero como su padre, también prefiere el aislamiento y los lugares remotos y le gusta desaparecer en la naturaleza salvaje de la Patagonia durante varias semanas al año para ir a pescar.

Los bajorrelieves en el contrafuerte y en las paredes delanteras del Loplop y de su compañera todavía son una presencia vibrante, aunque están un poco desgastados por los años. La primera habitación en la que entramos era el almacen donde Max encontró las viejas herramientas que incorporó a sus esculturas. Algunos de los implementos que usó para enyesar aún estaban colgados de ganchos, así como un juego de palos de golf de Leonora en su bolsa original de piel, en cuya base están grabadas sus iniciales. Según el hijo, los palos de golf llevan colgados ahí desde que su padre compró la casa.

El cuarto al lado del almacén, que tiene el mosaico del murciélago, estaba cerrado con llave. No fue posible encontrarla, entonces subimos unas escaleras de piedra donde todavía se veía claramente en la pared izquierda el mural de un ave de rapiña. Del lado derecho, la sirena que se había deslizado por la orilla de las escaleras en los años treinta se encontraba todavía, pero había perdido su cabeza. Sin embargo, la cabeza de caballo esculpida por Leonora en lo alto de la escalera en la terraza se encontraba en muy buen estado —una yegua intacta con las fosas nasales ensanchadas y la melena al viento—. Arriba de las escaleras, dos bajorrelieves, la mujer búho y el cordero fantasma se asoman por encima de nuestra cabeza desde la pared de la veranda.

Entramos por la puerta principal de la casa que da a la cocina. Pasar a esta parte de la casa fue como entrar en un túnel del tiempo. El ambiente vívido y los residuos de la vida cotidiana de los Neyron daban una idea de cómo se debe haber visto la habitación el día que Leonora dejó abruptamente la casa en 1941. El desorden acogedor contrastaba fuertemente con las impresionantes pinturas de las alacenas y puertas que le daban a la habitación una atmósfera parecida a la de un museo. Las pinturas se veían extrañamente frescas a pesar de haber sido pintadas décadas antes, pero con una pátina de venerabilidad. En una repisa están expuestas dos paletas usadas, una al lado de la otra, así como un juego de té inglés para niños con rimas curiosas de los años treinta que perteneció a Leonora.

En la puerta de vidrio de un nicho de pared estaba pintado un espléndido unicornio bermellón y una larga puerta doble de clóset se abría para revelar un espectáculo de figuras pícaras, mitad caballo, mitad mujer, rubias frondosas y morenas con alas y vestidos de gala de satín rosa: las femmes chevaux de Leonora pintadas en los paneles. En otra habitación, una delicada escultura esquelética brillaba en una esquina y de un librero se desbordaban los autores favoritos de una adolescente inglesa con la imaginación desbocada que adoraba los cuentos de fantasmas, de hadas y de leyendas celtas. Los libros de Leonora permanecían en las retacadas repisas después de tantos años, aunque de ninguna manera reflejan los hábitos de lectura de una familia francesa de la pequeña burguesía. Sobre la pared había una buena copia del cuadro El rapto de la novia de Ernst; al parecer el ingeniero al final se volvió aficionado al trabajo de los surrealistas. Pero su admiración no tenía nada de reverente, ya que usó un panel pintado por Max como puerta para el baño que añadió a la morada.

Una escalera en espiral lleva a la habitación principal con un antiguo techo de vigas y al lado de la ventana se encuentra un secreter de hermosa calidad. Hasta unos meses antes, había contenido cartas a Leonora de su madre, las cartas que había abandonado en 1941 al huir a España. Los Neyron las guardaron en el secreter por si ella o su familia los llegaran a contactar un día, pero habían pasado más de cincuenta años sin noticias. Hasta que un día del año pasado, una prima segunda de Leonora los contactó para ir a Saint-Martin a visitar la casa. “Como había sido el primer miembro de la familia en venir en todo ese tiempo, le di las cartas”, el hijo explicó.

Los Neyron tenían una actitud diferente a la de Granier y Viano hacia las pertenencias de Max y Leonora que quedaron en la casa cuando la compraron. Dado que esta joven pareja francesa y sus seis hijos pasaron largos veranos aquí, es casi inconcebible que la presencia de los dueños anteriores hubiera permanecido tan intacta. Claro que hubo accidentes, como el mural de Max en la habitación de los niños que quedó dañado y se volvió a pintar la pared. Pero el ingeniero pragmático y su familia de clase media, en vez de imponer una pesada huella en la casa, optaron por coexistir con dos bohemios de espíritu libre cuya vida, radicalmente diferente, se empalmó con la suya y siguieron haciéndolo. Cómo salir ahora de esto es el dilema al que se enfrentan los herederos de Neyron, cuando la mayoría de los actores han desaparecido y la casa y el pueblo se han convertido cada vez más en un destino de arte.

Había, sin embargo, algo que faltaba de la casa, de hecho los objetos más valiosos y polémicos no sobrevivieron. Las esculturas que habitaban el techo y las cornisas habían desaparecido. Las criaturas que eran el punto de enfoque de la mitología del amour fou de Max y Leonora, los iconos del surrealismo que se podían ver a millas de distancia, que asustaron a los granjeros supersticiosos y escandalizaron a los aldeanos adinerados habían desaparecido. Ya no estaban en la casa, ni en Saint-Martin, de hecho, ya no estaban en Francia. Las estatuas tuvieron un final ignominioso, con algunas languideciendo en las sombras de la bóveda del banco suizo, donde primero fueron encerradas en los años ochenta. Cómo terminaron ahí es una mezcla del destino, avaricia, ineptitud y farsa francesa.

Max, quien había regresado a vivir a Francia de forma permanente en los años cincuenta, intentó convencer a Granier de que lo dejara hacer moldes de sus esculturas para hacer copias, pero ella se negó. En 1954 acababa de ganar el Gran Premio de Pintura, en la Bienal de Venecia, y su trabajo, que desde antes de la guerra no había sido apreciado, comenzaba a ser reconocido. Consideraba que las esculturas que había hecho en Saint-Martin eran de sus mejores obras y al poco tiempo buscó a Gabriel Neyron para preguntarle si podía sacarles moldes. Al mismo tiempo, Max le pidió a Neyron que le vendiera la casa a un mecenas suyo adinerado con la intención de convertirla en museo. Neyron rechazó ambas propuestas; probablemente pensó que si lo dejaba hacer los moldes lo iba a presionar más para que vendiera la casa.

Durante los años sesenta y setenta, comerciantes de arte molestaban sin cesar a Neyron tratando de comprar las esculturas o cualquier otra cosa relacionada con el arte en la casa, pero él se negaba a vender. Sin embargo, después de la muerte de Max, llegó el dueño de una galería de Lyon para valorar las esculturas. Las valuó a un precio tan alto que llevó a los herederos de Ernst a dar permiso para que se produjera una serie limitada de bronces de las esculturas. Entonces, Neyron consintió que un escultor hiciera los moldes. Luego, en los años ochenta, aparentemente siguiendo instrucciones de Jimmy, el hijo de Ernst, las estatuas fueron desprendidas de las paredes y del techo y fueron llevadas a la galería en Lyon, donde intentaron encontrarles compradores. Hubo mucho interés pero no surgió nada concreto y las estatuas estaban en camino a la bóveda de un banco suizo cuando la aduana francesa las incautó.

Instituciones gubernamentales y culturales francesas intentaban encontrar una forma para que se quedaran en Francia. Pero mientras las discusiones continuaban, las esculturas empezaron a atravesar la frontera rumbo a Ginebra y a Londres. Mientras que el director de museos en Francia expedía permisos de salida para las estatuas a un comerciante de arte, el Ministerio de Cultura se esforzaba en hacer que las esculturas y la casa de Saint-Martin se declararan patrimonio cultural nacional. Los burócratas descuidaron la comunicación entre ellos o se rehusaron a tenerla y se ordenó una investigación oficial, pero cuando las cosas por fin se calmaron, las esculturas icónicas ya estaban bajo llave en una bóveda en Ginebra. Algunas aparecieron en una subasta en junio de 1991; el catálogo las describía como tres grandes esculturas originales de Max Ernst y originarias de Saint-Martin d’Ardèche.

Sin embargo, el bajorrelieve no tuvo el mismo triste destino que las demás criaturas. Cuando intentaron quitarlas en los años ochenta, se salvaron porque un ingeniero decretó que, dado que estaban incorporadas al contrafuerte de la casa, quitarlas pondría en peligro la estabilidad de la morada. Entonces, los avatares de Max y Leonora, “El rey de los pájaros” y la “Novia del viento”, no pueden ser desprendidas sin que la casa se colapse, y quien habite en ella tendrá que convivir con estas representaciones de los artistas que mantienen viva su leyenda.

Max y Leonora se volvieron a encontrar en Lisboa en 1942, de donde ambos huyeron a Nueva York. Max viajó en el lujoso clipper de Pan Am que sobrevoló al más mundano SS Exeter que llevaba a Leonora y un gran rollo de sus cuadros, muchos de los cuales eran los que Max había “rescatado” de la casa de Saint-Martin. Se vieron a menudo en el transcurso del siguiente año, pero su amour fou había terminado; no sobrevivió a los eventos que se habían llevado a cabo en el pueblo. La joven mujer apasionada que había huido de los nazis en Francia sólo para caer en el infierno de un asilo psiquiátrico español se había convertido en otra persona. Ya no estaba enamorada de Max Ernst, aunque él aún la adoraba y le rogó que regresara con él.

Cuando Max regresó a Saint-Martin en los años cincuenta, Leonora también se estaba quedando cerca, pero no tenía ganas de ir a ese lugar. A pesar de ir a Francia en varias ocasiones a lo largo de su larga vida, nunca regresó —para ella, la casa y todas las demás pertenencias que había perdido ahí no la perturbaban tanto como su pérdida de la razón y la consiguiente desesperación que siguió atormentándola durante varios años.

En el invierno de 2011 salió una noticia en la alcaldía de Saint-Martin. Decía: “Obra de Leonora Carrington donada a la comunidad”. Afirmaba que una obra de arte público de Leonora Carrington sería donada al pueblo. Fue Leonora quien resultó más despojada por los eventos que ocurrieron en el pueblo; no sólo le robaron su casa y trocaron muchas de sus pertenencias, sino que sus dibujos y los manuscritos de sus cuentos fueron considerados prácticamente sin valor. Le empezaron a hacer caso a sus obras sólo después de que todo el material de Ernst fuera seleccionado y vendido. Entonces quizás es alguna forma de retribución que sea una obra de arte de ella la que tenga el lugar de honor en el centro del pueblo de Saint-Martin d’Ardèche. //

© 2012 Margaret Hooks
Traducción de Clara Marín

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