Solalinde

En tan sólo cuatro años, Solalinde  se  convirtió en una de las figuras más notables de la iglesia, por su defensa de los inmigrantes en su paso hacia Estados Unidos y por su denuncia de la complicidad entre autoridades y bandas criminales en este holocausto del siglo XXI.

Por Emiliano Ruiz Parra @ERuizParra / FOTOGRAFÍAS DE Alex Dorfsman
Una viajera descansa en una de las camas recién donadas al albergue.

Una viajera descansa en una de las camas recién donadas al albergue.

Una viajera descansa en una de las camas recién donadas al albergue.

Una viajera descansa en una de las camas recién donadas al albergue.

Por Emiliano Ruiz Parra / Fotos de Alex Dorfsman

La ruta de Jesucristo
Alejandro Solalinde se toma un capuchino de treinta pesos y deja cincuenta de propina. Posee cinco camisas blancas de cuello Mao y dos guayaberas en su ropero, que él mismo lava y plancha. No tiene trajes, pero la blancura de su ropa basta para transmitir pulcritud y aliño. Su reloj cuesta ciento cincuenta pesos (Casio Illuminator), y no ha entrado a la generación de sacerdotes de BlackBerry, iPhone y iPad, aunque sí gasta pequeñas fortunas en tarjetas de prepago para sus teléfonos celulares, a donde lo llama la prensa nacional e internacional. Duerme en una hamaca dentro de un cuartito atiborrado de ropa, mochilas y libros de sus colaboradores, pero suele ceder ese espacio y tira un colchón en el patio donde pernocta rodeado de sus guardaespaldas. Si un migrante llega al albergue con los pies destrozados, él mismo va a la zapatería a comprarle un par de zapatos idénticos a los suyos. No tiene escritorio, ni secretaria, ni oficina. Recibe a la gente en una salita debajo de un techo de palma, y resulta imposible sostener una conversación con él sin que lo interrumpan cada dos minutos para pedirle jabón, papel sanitario, dinero, un vaso de agua. Se baña a jicarazos en un bañito que comparte con los voluntarios del albergue y usa un excusado que se desagua a cubetazos. Si entre los donativos del mercado de Juchitán llega una sandía, se la comerá sonriente aunque esté podrida. Lo cuidan cuatro policías estatales del gobierno de Oaxaca —que aceptó hasta que Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Calderón, se lo pidió personalmente—, pero no hay viáticos para que lo sigan en sus continuos viajes, así que a partir de la central de autobuses de Ciudad Ixtepec, un pueblito de veinticinco mil habitantes enclavado en el estado de Oaxaca, al sureste de México, vuelve a ser oveja para los lobos. Carga su ropa en una maleta rota y de ínfima calidad, que ha perdido el asa y las rueditas, y que deja al alcance de cualquier mano su toalla amarilla.

Solalinde es de las pocas personas que se reinventan y dan lo mejor de sí mismas después de los sesenta años. Durante décadas no fue más que un cura de aldea, con todo el sacrificio y la convicción que eso requiere, pero sin mayor influencia social, política ni religiosa. Graduado de dos carreras universitarias (Historia y Psicología) además de sus estudios sacerdotales y con una maestría en Terapia Familiar, Solalinde es un administrador distraído que prefiere regalar el dinero antes que cuidarlo, y se juega la vida al oponerse a una industria en la que se confabula la más alta política con el crimen organizado: el secuestro de migrantes. Nunca será consagrado obispo porque dice lo que piensa de su madre Iglesia: que no es fiel a Jesús sino al poder y al dinero; que es misógina y trata con la punta del pie a los laicos y a las mujeres, y que no es la representante exclusiva de Cristo en la Tierra.

A los sesenta y un años se decidió a abrir un albergue de migrantes en Ixtepec, no sólo para interponerse a las violaciones a los derechos humanos de los indocumentados centro y sudamericanos, sino para preparar su propio retiro. Se había cansado de las disputas entre sacerdotes en la diócesis de Tehuantepec —situada en el Istmo del mismo nombre, en la costa oaxaqueña del Océano Pacífico—, se tomó dos años sabáticos para estudiar Psicología —contra el consejo de su obispo, que le dijo que era inútil porque a su edad no retendría los conocimientos— y renunció definitivamente a administrar una parroquia.

“Antes de entrar en esto de los migrantes era una persona sencilla, común y corriente, y desconocida. Escogí los migrantes porque eran una zona muy hermosa para morir, para pasar los últimos años de mi vida sirviendo de forma anónima, pacífica, privada, y retirarme así”, contó el sacerdote Alejandro Solalinde el 29 de junio pasado en la Casa Lamm de la ciudad de México, donde inauguró una muestra de pintura. Después de visitarlo en Ixtepec, Oaxaca, a principios de junio, lo seguí en sus continuas visitas a la ciudad de México. En aquella ocasión acudió a la presentación de “Rostros de la discriminación”, una muestra de cincuenta artistas que, animados por Gabriel Macotela, donaron sus cuadros para apoyar a la red de albergues que hospedan y defienden los derechos humanos de los migrantes centroamericanos en México.

Tras sólo cuatro años de coordinar el albergue Hermanos en el Camino, Solalinde se convirtió en una de las figuras más notorias no sólo de la Iglesia católica, sino de los defensores de derechos humanos. Delgado, de voz suave y de maneras corteses, es un imán de la polémica: ha sido acusado de pollero por un delegado del Instituto Nacional de Migración (INM); autoridades municipales lo quisieron quemar con gasolina con todo y albergue; se ha visto repetidamente amenazado de muerte y ha pedido perdón a los Zetas, a quienes considera víctimas de una sociedad violenta. Jugándose la vida, echó luz sobre el holocausto que padecen los centroamericanos indocumentados en México, que a nadie le importan. En Centroamérica se convirtió en una leyenda al punto de ser conocido como “el Romero mexicano” en alusión a Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador asesinado por la dictadura.

En cada migrante que llega a su albergue, Solalinde observa el rostro de Jesús. “Me han enseñado que la iglesia es peregrina y que yo mismo soy migrante. Me han enseñado esa fe tan grande: la esperanza, la confianza, la capacidad de levantarse, rehacerse y seguir el camino. Sería fantástico que como católicos tuviéramos la capacidad de los migrantes de levantarnos de tantas caídas y seguir caminando en la ruta de Jesucristo”.

Los cómplices (El holocausto migratorio)
En un México, que de suyo se ha tornado a la barbarie debido a la disputa por las drogas, no hay peor tragedia humanitaria que la explotación de los migrantes centroamericanos. Son el dinero más fácil: el secuestro de cada uno de ellos reporta entre mil y cinco mil dólares de ganancia y se secuestra a miles o decenas de miles al año. No votan en México, así que ningún político se interesa por ellos. No dejan remesas en México, así que el gobierno no invierte un centavo en protegerlos. No son un grupo de presión, así que la prensa publica sus historias de manera esporádica y anecdótica. No dejan un peso de limosna en las iglesias del país, así que sólo una parte marginal de la Iglesia católica se ocupa de ellos bajo la indiferencia de la jerarquía eclesiástica.

Óscar Martínez, un joven reportero salvadoreño, después de pasar tres años en las rutas de migrantes escribió un libro memorable, Los migrantes que no importan. En el camino con los centroamericanos indocumentados en México (Icaria). Martínez documenta cómo México transitó del asalto perpetrado por pequeñas bandas locales en Chiapas, Oaxaca, Tabasco y Veracruz a la industria del secuestro masivo: de los ladrones y los violadores con machete y pistola a los comandos de Zetas con armas largas y autoridades cómplices. El auge del secuestro coincidió con el sexenio de Felipe Calderón y la militarización del combate al narcotráfico.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) es la única instancia del Estado que hace un esfuerzo por documentar los abusos a migrantes. Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009 registró 9 758 secuestros; entre abril y septiembre de 2010, 11 333. Pero es muy probable que sus cifras se queden cortas frente a la realidad, porque el gran atractivo del negocio es que nadie será llamado a rendir cuentas. Nadie busca a los migrantes desaparecidos, y los que padecieron un secuestro difícilmente denuncian por la desconfianza a las autoridades mexicanas y la urgencia de continuar el viaje hacia el norte.

La guerra contra el narcotráfico ha impulsado la narrativa oficial de un enfrentamiento de las fuerzas del orden contra las fuerzas del crimen. Del lado del gobierno hay soldados y policías buenos que protegen a la sociedad de malignos transgresores de la ley que se disputan las calles. Dicha hipótesis pierde vigencia cuando se trata de los secuestros y abusos a los migrantes. En las violaciones a derechos humanos de los indocumentados suelen estar involucradas las autoridades, ya sea las policías municipales, estatales o ministeriales o también la policía federal, agentes del INM y, a veces, elementos del Ejército:

Amnistía Internacional (AI) publicó en 2010 el informe Víctimas invisibles en el que el adjetivo más recurrente es “generalizado”: los secuestros, las violaciones sexuales, las extorsiones, los asesinatos, las desapariciones y la complicidad de las autoridades son generalizados, como generalizada es la indiferencia de los distintos niveles de gobierno. México atraviesa por una “epidemia oculta” de secuestros, sobre todo en las fronteras y en las rutas de paso: Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz y Tamaulipas. Los plagiarios, afirma, secuestran a “más de un centenar de migrantes” en cada golpe. De 238 víctimas y testigos que habían rendido su testimonio a la CNDH, “noventa y uno manifestaron que su secuestro había sido responsabilidad directa de funcionarios públicos, y otros noventa y nueve observaron que la policía actuaba en connivencia con los secuestradores durante su cautiverio”. Amnistía Internacional: “Según algunos expertos, el peligro de violación es de tal magnitud que los traficantes de personas muchas veces obligan a las mujeres a administrarse una inyección anticonceptiva antes del viaje, como precaución contra el embarazo derivado de la violación”.

El informe de AI relata no sólo los abusos de la Policía Federal, la Agencia Federal de Investigación (AFI) y el Ejército, sino los procesos kafkianos a los que se somete a las víctimas que se atreven a denunciar: pasan meses antes de que se les cite a rendir su declaración —para entonces muchos de los testigos y víctimas se han ido ya a Estados Unidos o a sus países de origen, pues mientras tanto deben vivir de la caridad de los albergues—, y cuando se les cita a identificar policías abusadores, les presentan fotos distorsionadas en las que son irreconocibles.

Ya en los testimonios recabados por Óscar Martínez, ya en los informes de AI, o en las historias que recogí en el albergue Hermanos en el Camino de Ixtepec cuando acudí con el fotógrafo Alex Dorfsman para escribir este reportaje, los relatos de los secuestros son igualmente crueles, como el que me contó Alberto, un hondureño que se había quedado a trabajar de albañil en el albergue con la esperanza de reunir los tres mil dólares que había pagado su familia por su rescate: los migrantes son secuestrados en grupo y llevados a ranchos y casas de seguridad. Les exigen los números de teléfono de sus familiares en Centroamérica o Estados Unidos. Quien no lo proporcione o no tenga es asesinado de inmediato. Alberto estuvo plagiado una semana con otros nueve connacionales suyos, golpeados con tablas en la espalda baja (de ahí el verbo “tablear” asociado con los Zetas). Escuchó cómo dos fueron ejecutados porque sus familias no pagaron el rescate. Dos más nunca aparecieron. Seis sobrevivieron al secuestro y fueron liberados pero dejaron a sus familias con una deuda catastrófica.

Los Zetas, cuenta Óscar Martínez, no necesariamente ejecutan los secuestros, sino que absorben a las bandas delictivas locales y las ponen a trabajar para ellos. Lo mismo hacen con las autoridades de todos los niveles. Las organizaciones criminales cooptan a todos los eslabones de la cadena: a centroamericanos que se hacen pasar por indocumentados en el camino y se ganan la confianza de los verdaderos migrantes para sacarles información sobre sus familiares; a las policías locales, a las autoridades federales, a maras, a narcomenudistas, a taxistas, hasta a vendedores de refrescos que emplean como vigías. Y de ahí a la punta de la pirámide.

Alejandro Solalinde —cuyo nombre es el más citado en el informe de AI, con diez menciones— compara el abuso a los migrantes con la industria petrolera. El albergue Hermanos en el Camino, dice, es el jardín asentado sobre un rico yacimiento de petróleo que una mafia político-delictiva quiere perforar y explotar. Y señala a Ulises Ruiz Ortiz, ex gobernador del estado de Oaxaca (2004-2010), como una de las cabezas de esa mafia:

“Con [el gobierno de] Ulises Ruiz me queda claro que ellos querían hacer un negociazo con los migrantes: ganar en volumen con extorsión, secuestros, trata, todo. La mafia, desde el gobernador para abajo, presidente municipal, la policía judicial, vieron que era un botín, que eran clientes cautivos”, me dijo.

Ruiz Ortiz atacó el albergue. Gabino Guzmán, el presidente municipal de Ixtepec (2008-2010) que acompañó a la turba que pretendía quemarlo, era uno de sus subordinados políticos. Cuando Ruiz Ortiz era gobernador, Solalinde fue presionado por la delegada del INM, Mercedes Gómez Mont, y su propio obispo para cerrar el albergue. A cambio le darían otro a tres kilómetros de ahí, en un terreno alejado de las vías del ferrocarril, a donde nunca irían los migrantes, “y en donde no pudiéramos estorbar para hacer el negocio de este funcionario apoyado por su gobernador”.

“Le dije al obispo que aceptaba encantado porque ya tendría dos albergues y me aclaró: ‘No, nada más uno'”. El superior eclesiástico y Gómez Mont insistieron. Solalinde resistió. La funcionaria federal se fue enojadísima y Solalinde le cuestionó a su obispo: “Cuídese de que los poderosos no lo usen contra mí”. El sacerdote hizo esa denuncia a la revista Esquila Misional (abril, 2011), de los misioneros combonianos, que se reparte profusamente entre miembros de la Iglesia católica.

El albergue Hermanos en el Camino pertenece a una red de unos cincuenta albergues, refugios, casas y parroquias de miembros de la Iglesia católica (sacerdotes, laicos y voluntarios sin filiación religiosa) que ofrecen algún tipo de asistencia a los centroamericanos: “La espina dorsal del apoyo que reciben los migrantes”, dice AI. “Gracias a sus esfuerzos hay muchos más migrantes que no sucumben al agotamiento, la exposición a los elementos [de riesgo] y el hambre durante su viaje. Desempeñan un papel crucial a la hora de documentar abusos cometidos por agentes estatales y por personas y grupos particulares y de animar a los migrantes a buscar justicia. También ayudan a combatir la xenofobia que estalla a veces en las comunidades locales. Quienes defienden a los migrantes irregulares son a su vez víctimas de frecuentes ataques”.

Solalinde sostiene que no se trata sólo de un lucrativo negocio en volumen, sino de una estrategia política para hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos: contener a través del miedo la inmigración indocumentada a ese país.

“El gobierno federal —entiéndase de Felipe Calderón— tiene una política de Estado con Estados Unidos. Estados Unidos es su aliado y es su amigo, entonces él tiene que hacerse responsable y cumplirle a su amigo. Cumplirle significa hacer el trabajo sucio, cuidarle su patio trasero, y si tiene una política de Estado, también tiene que tener una estrategia de Estado, que es la política migratoria que está implementando con los migrantes. México no puede, le da vergüenza y no tiene valor para hacer un muro de una vez por todas y sellar la frontera, que sería lo más honesto, porque sabe que si lo hiciera no tendría cara para exigir que quitaran el muro en el norte, pero, además, tampoco podría exigir una reivindicación para los migrantes mexicanos en el norte, entonces lo que hace es una política de Estado por colusión o por omisión, como son los secuestros”, le dijo a Carlos Martínez —hermano de Óscar— reportero del periódico digital salvadoreño Elfaro.net.

Detrás del tema migratorio subyace una discusión normativa: ¿la migración es un delito o un derecho? En la legislación mexicana hasta 2008 la migración indocumentada alcanzaba penas de hasta diez años de prisión. México optó por una política de puertas cerradas a la inmigración pero de puertas abiertas a la emigración. Once por ciento de la población mexicana se marchó a Estados Unidos, en donde la inmigración irregular es criminalizada. En la defensa de sus connacionales, México se convirtió en el “líder en la protección de los migrantes”, como declaró en octubre pasado la canciller Patricia Espinosa. Pero los abusos a los centroamericanos evidenciaron la hipocresía mexicana.

Para Solalinde, la migración es un derecho. Con ese principio y aliado de otros defensores de derechos humanos presionó al Congreso mexicano que, finalmente, aprobó una Ley de Migración promulgada por Calderón el 25 de junio pasado. La ley descriminaliza la inmigración irregular y establece una “visa de transmigrante” de ciento ochenta días, que le permitiría a los migrantes, en el camino a Estados Unidos, transitar por México de manera segura y legal.

Aun cuando entre los expertos en migración se le ha llamado la “ley Solalinde”, no se plasmaron exigencias del sacerdote como la desaparición del INM, que Solalinde identifica como irremediablemente corrompido por las mafias de secuestradores.
Y aun cuando la visa de transmigrante es una conquista fundamental, todavía podría convertirse en letra muerta si el reglamento que elabora actualmente el Poder Ejecutivo establece tantas trabas que la harían inaplicable.

La infancia
Rompía vidrios de las casas de los vecinos, amarraba mecates a ras de suelo para hacer tropezar a los paseantes, incitaba guerras de lodo y pedradas, dirigía una pandilla de muchachos que echaban agua, fango y a veces pintura a las parejas que iban a besarse al jardín salesiano, se disfrazaba con una capa y chicoteaba a los más chicos. Dentro de la escuela era igual: le bajaba los calzones a las niñas, tocaba en las ventanas de otros salones y cuando se asomaban los niños les echaba tierra en los ojos. Su conducta era tan mala que las monjas lo expulsaron dos veces, y le regalaron el certificado de primaria por puro respeto a su padre, profesor de barrio que se ganaba las becas de sus hijos llevando la contabilidad, tocando el piano y haciendo de maestro de ceremonias en el Colegio América.

Acaso la colonia Anáhuac (al poniente de la ciudad de México) en los años cincuenta del siglo XX era tierra fértil para el travieso proceder de Janillo, cuarto hijo del matrimonio Solalinde Guerra. Lindante con la Santa Julia —uno de los barrios más célebres del Distrito Federal por su bravura y su violencia—, los pleitos de pandillas eran la comida de todos los días. La violencia era común y el abuso una condena que había que sobrellevar. Aunque no le gustaban los golpes tuvo que aprender a defenderse de los peces grandes como El Pinola, siete años mayor, que lo pateaba y le tiraba la bolsa de pan cada que salía de la panadería, hasta que un día se hartó, fue a su casa, le clavó varios clavitos a una tabla y fue a marcarle las piernas a su abusador.

No era el deseo de su padre que sus hijos crecieran en ese barrio. Juan Manuel Solalinde, profesor de Comercio y Taquimecanografía, había establecido una escuelita para los trabajadores de la Lotería Nacional en la Guerrero, una colonia popular del centro de la ciudad. Raúl Guerra, su cuñado, le había invitado a asociarse para comprar unas casas dúplex en la Anáhuac, pero el profesor Solalinde había desdeñado la colonia por brava. Una época de crisis lo llevó a vender las máquinas de escribir y a cerrar el local, y no encontró otro lugar para su familia que un cuartito en esa misma colonia que había despreciado, en una vecindad donde compartía un baño sucio y minúsculo con los habitantes de otros diez cuartuchos. Después el profesor se tragó su orgullo y aceptó arrimarse con su familia en la casa de Raúl Guerra.

Hijo y nieto de periodistas, Juan Manuel Solalinde se distinguía por su suavidad de carácter y su generosidad. Tocaba de oído el violín y el piano, tenía facilidad de palabra y organizaba grupos de canto. Había estudiado para profesor de comercio y ese oficio lo llevó hasta la ciudad de Aguascalientes, en el centro del país, en donde un acomodado terrateniente, Luis Guerra, lo contrató para que le diera clases particulares a su hija, de quien se enamoró. Bertha complementó el espíritu bonachón de Juan Manuel con ese temple femenino que permite a los hombres sin demasiada preocupación por el dinero sostener una familia.

Al poco tiempo lograron independizarse de Raúl Guerra y alquilar un departamento frente al jardín salesiano, en el corazón de la Anáhuac. El padre de familia ocupó la sala para instalar su Academia Comercial Solalinde y aun cuando era experto en enseñar comercio, no era el mejor administrador: no sólo cobraba cuotas bajas a su veintena de alumnos, sino que becaba ora a cinco, ora a ocho, ora a diez alumnos más. A uno de ellos, el indígena nahua Raúl Hernández, lo dejó vivir en su casa como a otro de sus hijos. Pero aunque no produjera mucho dinero, los Solalinde sí ganaban en respetabilidad: ser hijos del profesor del barrio los protegía un poco de la violencia callejera.

De noche, los Solalinde apartaban las máquinas de escribir y desdoblaban catres en la sala. Y aunque nunca faltó comida, no siempre alcanzaba para una pieza de pan de dulce para cada uno de los hijos, así que Janillo se apresuraba a lamer un pan completo antes de la cena y a dejarlo de nuevo en la canasta, para que no se lo ganaran. Los domingos eran días de fiesta porque el abuelo Luis llegaba con bolsas de mandado a casa. Nunca alcanzó para un uniforme escolar completo, y se remendaba el calzado una y otra vez antes de darse el lujo de comprar un par nuevo. En su foto de primera comunión Janillo enseñaba los calcetines detrás de los zapatos rotos. Cuando era un poco más grande recortó los pies de la fotografía.

El silbato del tren acompañaba la vida cotidiana de la colonia. Ironías de la vida, Alejandro creció a unos cien metros del paso del ferrocarril (aunque en la actualidad éste no forme parte de las rutas de migrantes), y el Colegio América se situaba enfrente de las vías. Su hermano Juan Luis se acostaba sobre los durmientes cuando pasaba la máquina y así se ganaba unos veinte centavos de apuesta con sus amigos.

Veinte centavos era “el domingo” que Juan Manuel podía darle a sus hijos, que lo reservaban ya para una pieza privada de pan de dulce o para la matiné del cine. Janillo mejor se lo daba a Nazarita, una anciana que vivía sola en un jacal de tablas al lado de las vías. Su solidaridad con la vieja —que corría paralela a sus travesuras— la había aprendido en casa. No sólo de la generosidad de su padre hacia sus alumnos pobres, sino de su madre, que cada tanto recogía a los niños de la calle, les daba de comer y les regalaba la ropa de sus hijos. Además de ama de casa, Bertha Guerra hacía de enfermera amateur: inyectaba y cosía a los descalabrados del barrio sin aceptar dinero a cambio, pero sí tortillas o un pan.

Juan Manuel Solalinde confesó lo ineludible: era incapaz de pagar la secundaria a sus hijos. Las máquinas de escribir de las clases de mecanografía se empeñaban cada diciembre, pero apenas daban para comer. El mayor de los hijos, Juan Luis, encontró refugio con un tío, que le dio hospedaje y un trabajito y le pagó la escuela. Raúl se ganaba unos centavos ayudando en un taller mecánico y llevando la contabilidad de las tienditas de alrededor de su casa, pero resultaba insuficiente. A sus catorce años y gracias a la recomendación de su tío Raúl Guerra, que era oficial del ejército, Raúl Solalinde, Rulillo, encontró trabajo en la cárcel de Lecumberri. Víctor, Vitillo, entró a trabajar a una imprenta. Antes que encontrar trabajo, Janillo tenía que encontrar escuela, expulsado como estaba de cuanto colegio había pisado. Por fin lo aceptaron en una escuela de gobierno gracias a un amigo de su padre, aunque reprobara el examen de admisión porque se había pasado los últimos dos años entre sin hacer nada y estudiando comercio con su papá.

Raúl, Bertha Alicia —Manilla por “mana”—, Víctor y Alejandro estudiaron gracias al salario de Raúl. Su madre convenció a Janillo de que no era un niño malo y de que en su nueva escuela nadie sabría de su negro expediente de travesuras y reprobaciones. A los dos meses se sacó su primer seis, luego un siete y en el primer semestre ya había obtenido un diez. Hacia el final del año lo nombraron subjefe de grupo y exentó casi todas las materias.

El incógnito
Sólo un hombre con un cuadro agudo de gripa podía presentarse de abrigo y bufanda bajo el calor sofocante de Ixtepec. Con la mitad del rostro cubierto, sin sus habituales anteojos, una tos fingida y un sombrero de palma que ocultaba su calvicie, Alejandro Solalinde acudió a fines de 2006, de incógnito, a negociar la compra del terreno de Avenida del Ferrocarril Poniente número 60. La instalación de un albergue para los migrantes se había convertido en una necesidad imperante para el sacerdote.

Al principio, antes siquiera de imaginarse que coordinaría Hermanos en el Camino, Solalinde acudía a las vías del tren en Ixtepec al volante de una camioneta pick-up para regalar comida y agua a los cientos de centroamericanos que llegaban en los lomos del tren que venía desde Arriaga —un pueblo en Chiapas a unos doscientos kilómetros y doce horas de camino ferroviario— hasta Ixtepec, para esperar allí la salida del siguiente tren, éste con destino a Medias Aguas, Veracruz. Su presencia disuadía a los operativos de las policías judicial y municipal que asaltaban a los migrantes con la amenaza en entregarlos al INM. Pero el 14 de mayo de 2006, Solalinde no llegó a tiempo, y los elementos policiacos asaltaron a los migrantes antes de que se aferraran al tren que estaba por partir. Al verse amenazados, unos setenta centroamericanos corrieron a esconderse y se perdieron el tren. Otros sí alcanzaron a subirse y a escapar de los policías-ladrones.

Solalinde estaba tirado en su hamaca leyendo un libro cuando sonó el teléfono y una voz del otro lado de la línea le reclamó su presencia de inmediato: el tren a Medias Aguas se había descarrilado. Los que se habían salvado del asalto policiaco no se salvaron del accidente. El sacerdote acudió a toda velocidad y llegó a las vías manoteando y gritando desesperado, “como si preguntara por sus propios familiares”, recuerda un testigo de la escena. Al poco tiempo vio los restos de Miguel, un nicaragüense gordo que había sido despedazado, entre el resto de los mutilados por la máquina.

Solalinde acudió con el cura Alfonso Girón —párroco de Ixtepec— para pedirle que albergara en su iglesia a los más de setenta migrantes que habían huido del asalto y recuperaban fuerzas en la plaza municipal. Hasta ese día, Solalinde no se había planteado la necesidad de un albergue porque pensaba que cada iglesia debía ser casa de Dios y alojar a los necesitados. Creía que bastaba con pedirle al párroco su solidaridad para que abriera las puertas de su templo.

—Poncho, ¿no puedes darle hospedaje a los migrantes?, son como setenta —pidió Solalinde.

—No pueden estar aquí, ¿qué tal que nos roban?, hay asaltantes y ladrones entre ellos y, ¿qué va a decir la gente? Va a ser una quemada. Si recibo esa gente, (mi comunidad) no lo va a aceptar.

—Entonces, ¿qué enseñas en tu iglesia? —contestó Solalinde irritado—.  Si no les enseñas que Jesús está en la persona de los necesitados, entonces, ¿qué les estás enseñando?

El párroco se quedó callado. Solalinde siguió:
—La gente, así como los estás formando, y tú mismo, son ojetes. No encuentro otra palabra más técnica.

Solalinde se había convertido en una presencia incómoda para las autoridades de Ixtepec y el INM. A bordo de su camioneta, cada que veía un operativo se dedicaba a seguir a la policía. Los migrantes le relataban los asaltos de la policía: “Esos judiciales que van ahí son los que nos robaron en la mañana”, escuchaba Solalinde y se apresuraba a levantar denuncias. Tenía un cuaderno con las fotografías de los policías judiciales y municipales que los indocumentados apuntaban con el dedo: “Éste me robó mil quinientos pesos”, “Éste me golpeó”, y Solalinde anotaba rayitas debajo de cada uno. En sus persecuciones a los agentes gubernamentales, se topaba con autobuses del INM que transportaban migrantes: “¡Padre, los de Migración nos golpearon, mire cómo estamos sangrando!”, le gritaban, y él se apersonaba en las oficinas de Migración con una cámara de video a levantar las denuncias y a reclamar a los funcionarios.

Con las puertas de la parroquia de Ixtepec cerradas, Solalinde inició la búsqueda de un lugar. Ingenuamente, acudió primero a la oficina de Bienes Comunales a solicitar un espacio, que nunca le dieron. Después buscó a los dueños de los terrenos aledaños a las vías del tren. La sola presencia de Solalinde espantaba a los dueños de terrenos, que siempre le daban una negativa rotunda. Ahora está convencido de que el entonces gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, era quien saboteaba su búsqueda. No le quedó otra más que el disfraz de un enfermo de gripa para ocultar su rostro y su calvicie frente a Tomasita. Una pareja de amigos hizo la negociación. Solalinde asentía con la cabeza cuando le requirieron su aprobación para la oferta final, de ciento ochenta mil pesos. Al otro día, Solalinde se presentó sin disfraz con Tomasita y le dio un anticipo.

Las autoridades municipales no tardaron en enterarse y fueron a disuadir a la vendedora: si se instalaba ahí un albergue, le dijeron, Ciudad Ixtepec se llenaría de mareros y de asaltantes. Pero ella se mantuvo firme y vendió el predio que ahora le pertenece a la diócesis de Ixtepec. Con el tiempo, el territorio del albergue se extendería unos metros más con la compra del terreno aledaño.

“Hasta la fecha, el padre Alfonso Girón no les da ni un vaso de agua a los migrantes”, me dijo Solalinde.

“¿Para qué te mandé, pendejo?” (Solalinde habla con Jesús)
Alejandro Solalinde habla con Jesús cotidianamente. Las más de las veces Jesús escucha sin decir nada, pero cuando el sacerdote le hace una pregunta crucial, el Hijo responde, y sus respuestas determinan el camino de Solalinde o le devuelven la paz espiritual. En las cálidas noches en Ixtepec, cuando los migrantes centroamericanos recuperan fuerzas para continuar la travesía y su equipo de voluntarios ha sido vencido por el sueño, Solalinde se acuesta en su hamaca —en el único lugar en el que puede estar solo— y se dirige a su enamorado: “Jesús, ¡qué friega te pusieron a ti! Cuando tú estabas, la cosa estaba del cocol: la gente era más cerrada que hoy. Ahora hay derechos humanos, ¿y a ti quién te defendió? Yo tengo guaruras: tú tenías que cuidarte de todo el mundo y hasta tus discípulos te dejaron solo. Yo salgo en los periódicos, soy muy popular, ¿y tú? A mí las autoridades me tienen un poquito de respeto, ¿pero a ti? N’ombre. A veces me atraso un poquito en la comida porque nos falta, ¡y tú cuántas veces te quedaste sin comer!”. Jesús escucha sin interrumpir.

Hace más de treinta años, cuando Solalinde era un joven y carismático sacerdote de barba y camioneta, charlaba en silencio con Jesús sobre su atracción por la belleza de las mujeres. Si pasaba una mujer guapa, se inclinaba ligeramente para hablarle al oído, le daba un ligero codazo y le susurraba: “Qué forro de mujer hiciste, qué bruto, te volaste la barda”. Lo chuleaba por haber hecho una mujer así pues, como él dice, “he tenido esa confianza de decirle lo que pienso como hombre, y siento que me quiere mucho”. Jesús escuchaba sin interrumpir.

Pero Jesús interrumpe. Y fuerte. Apenas pasados los treinta años, Solalinde era un aburguesado sacerdote de Toluca —una ciudad a una hora de carretera de la ciudad de México—, cuando acudió a unos ejercicios espirituales en la sierra mixteca de Oaxaca, uno de los lugares más pobres del país. Vestido de catrincito, como él mismo recuerda, al término del retiro se fue de compras y adquirió seis mil pesos en adornos para su casa. La mensualidad de un coche del año, recuerda, no pasaba de dos mil pesos. Caminaba con sus bolsas cuando se encontró con mujeres pobres vendiendo artesanías en la calle. Le despertaron la curiosidad y Solalinde pudo enterarse de que venían de San Antonino, un pequeño municipio indígena de la sierra, eran esposas de hombres alcohólicos y ese día habían vendido unos trece pesos. A la tercera pregunta, la indígena dejó de responder y miró con desdén al atildado sacerdote. Avergonzado, Solalinde escuchó el reclamo, esta vez no de Jesús, sino de Dios padre.

Solalinde: “Llegué a Toluca y traté de chantajear a Dios: ‘De lo que yo gaste de mi vida de consumista te voy a dar el 30%, 30% para los pobres’… Pero mi conciencia no se acallaba. Algo en mí me decía que no era mi lugar en Toluca. Entonces traté de llegarle al precio: ‘Está bien, Señor, no el 30, sino el 50% de mi vida de consumista, de burgués’. Pero esa voz no se callaba. Yo tenía la ilusión de hacer una fundación misionera de laicos. Mi hermano Raúl me había regalado una camioneta Blazer equipadísima y un Thunderbird convertible para rifarlo y construir la casita de misioneros burgueses que yo quería hacer y donde quería pasar el resto de mi vida. Pero esa voz no se callaba. Hasta que me di por vencido: ‘Está bien, Señor, sé que no quieres mi dinero sino mi persona. Te la voy a dar. Voy a ir a la parte más pobre'”.

El arzobispo Bartolomé Carrasco Briseño, simpatizante de la Teología de la Liberación, aceptó a Solalinde, entonces de treinta y siete años, y a sus Misioneros Eclesiales Itinerantes (MEI) en la arquidiócesis de Oaxaca, y en agosto de 1982 les asignó una parroquia en San Pedro Amuzgos, en donde permanecieron seis meses. De ahí los trasladaron a Santa María Yolotepec, en la sierra mixteca. El territorio parroquial se recorría de punta a punta en veinte horas a pie. No había caminos ni caballos y las distancias de una comunidad a otra demandaban caminatas de unas siete u ocho horas a través de las montañas. El día que recibió la parroquia, el 24 de enero de 1983, caminó toda la mañana para visitar Cuanana y San Mateo Yucutindó. De vuelta, agotado, titubeó entre el almuerzo —una tortilla seca— y el reposo. Optó por tirarse en el petate y descansar, cuando le dijeron que tenía que atender el teléfono de la caseta rural que estaba en el pueblo vecino. Una voz angustiada le informó que había una batalla campal entre los pobladores de Santiago Amoltepec y San Mateo Yucutindó. Urgía su presencia para detener la muerte, pues ya habían asesinado al joven catequista Tacho y arrastraban su cuerpo por las calles. Estaba a ocho horas a pie por subidas y bajadas. No se comprometió a ir: “Déjenme ver qué puedo hacer”, dijo, y regresó a casa.

Esa tarde descubrió que Jesús era malhablado. Se reclinó sobre una pared y volteó a ver a un Cristo, una imagen del crucificado que resaltaba los efectos de la tortura. “¿Señor, qué hago?” Jesús se puso en jarras y le dijo: “¿Entonces para qué te mandé, pendejo?”. Solalinde se sintió repuesto, remojó su tortilla, y caminó las ocho horas que lo separaban de los pueblos en pugna. “Desde esa vez ya no me hago ídem, porque sé que me va a decir: ¿para qué te mandé…?”.

Una década después, Jesús proveyó otra respuesta clave. Los sacerdotes de la diócesis de Tehuantepec —a donde se había incardinado Solalinde— celebraban un retiro con su obispo Felipe Padilla Cardona en Catemaco, un pueblo en el vecino estado de Veracruz. Especialista en Sagradas Escrituras, el obispo Padilla les dio una instrucción: “Padres, tienen que predicar a un Cristo rico, a un Cristo poderoso, a un Cristo fuerte; si no, ¿quién va a confiar en un Cristo pobretón y débil?”. Solalinde se pasmó y fue el único que tomó la palabra. ¿De dónde sacaba esa interpretación de Jesús?, le preguntó: “De mi maestro el cardenal Joseph Ratzinger”, dijo el obispo que, efectivamente, había sido alumno de Benedicto XVI en Roma. (Solalinde dice no creer en la veracidad de la fuente, pues Ratzinger jamás ha dicho una cosa así).

Impactado por la respuesta de su jefe, se recluyó en su recámara y le preguntó a Jesús: “Explícame qué está pasando: es tu obispo, tú lo elegiste, fue consagrado, es de nuestra jerarquía católica pero, ¿cómo es posible que siendo doctor en Teología bíblica diga esas aberraciones?”.

“Tranquilo, es su interpretación”, respondió Jesús. Una sensación de paz recorrió a Solalinde.

He aquí la clave para explicar a sacerdotes como Alejandro Solalinde y a obispos como Raúl Vera y Samuel Ruiz en contraposición a la jerarquía católica dominante: la interpretación de Jesús. La jerarquía de la Iglesia prefiere al Jesucristo divino: un Dios que en efecto tuvo un estadio humano, pero que era y siguió siendo sustancia divina. Esa interpretación adquirió fuerza en la Edad Media: entre más se insistía en el carácter divino de Jesús, menos se reparaba en el Jesús terrenal. Por el contrario, las disidencias políticas dentro de la Iglesia católica reivindican al Jesús histórico (sin negar al Cristo divino) y encuentran en el relato evangélico a un hombre que fue condenado a muerte por rebelarse contra las autoridades de su época, que optaba por ayudar a los hambrientos aunque eso implicara violar la ley mosaica, que eligió como apóstoles a los hombres más sencillos de entre los judíos, que prodigó sus milagros a los marginados de su sociedad (los “publicanos”, los leprosos, las prostitutas) de quienes gustaba rodearse, que manifestó su resurrección no a sus seguidores varones sino a mujeres, que no tenía posesiones y predicaba en las calles, que no celebró más que una sola misa (la Última Cena) y no la cobró… en suma, un Jesús perseguido, rebelde, maestro, migrante, pobre, defensor de los derechos humanos, que enseñó la opción preferencial por los pobres, feminista para su época y profundamente humano. Con ese Jesús, de quien dice estar enamorado, charla Alejandro Solalinde desde su hamaca las noches de Ixtepec.

“Si la Iglesia mexicana está en un país en crisis y tiene un chingo y dos montones de curas, y no hemos logrado reducir la impunidad, la corrupción y la injusticia, y es un honor juntarnos de vez en cuando con Carlos Slim y hasta llamarle exitoso, yo le digo a la Iglesia: ‘Entonces, ¿para qué te mandé… Iglesia? ¿Para qué te mandé, qué estas haciendo?'”, pregunta Solalinde.

Martha Izquierdo
Entre las más de cincuenta casas, albergues, refugios y parroquias de la Iglesia católica que dan algún tipo de ayuda a los migrantes, Hermanos en el Camino y su coordinador, Alejandro Solalinde, se volvieron los más célebres, aun cuando en recursos e infraestructura su albergue es de los más precarios y también de los más nuevos. Diversos factores explican su notoriedad: el carisma mediático de Solalinde, su valentía al denunciar a secuestradores y autoridades y la apertura a reporteros, documentalistas y a quien quiera conocerlo. Pero una oportuna coincidencia le permitió saltar a la fama: la presencia del corresponsal de un diario nacional en el pequeño pueblo de veinticinco mil habitantes que es Ixtepec (y cuyo nombre oficial es Ciudad Ixtepec).

Martha Izquierdo nació en Veracruz en un contexto familiar de pobreza, explotación y abandono. Pagó sus estudios de periodismo con las propinas que ganaba de mesera y se mudó a Ixtepec para cuidar de su padre, herido de bala, en donde tocó las puertas de los periódicos locales. Cronista y aguda observadora política, se ganó un lugar en Noticias, el principal diario del estado de Oaxaca. Tras la cuestionada elección de Ulises Ruiz Ortiz como gobernador, el periódico Reforma de la ciudad de México abrió una corresponsalía permanente en el Istmo de Tehuantepec, reducto del priismo caciquil. El Istmo cobró una importancia informativa creciente y, debido a las distancias y a la geografía montañosa de la entidad, resultaba imposible cubrirlo desde la ciudad de Oaxaca, a seis horas de carretera.

Izquierdo fundó la corresponsalía y pronto advirtió de los abusos a los migrantes centroamericanos. El 14 de mayo de 2006 corrió hacia el poblado de Nizanda a reportar el descarrilamiento del tren. Acelerado, caminando entre los migrantes heridos y muertos —dos perdieron la vida— había un hombre que gritaba como desesperado diciendo que era sacerdote y exigiendo que le permitieran auxiliar a los heridos. Ésa fue la vez que conoció a Alejandro Solalinde.

Izquierdo cocinaba grandes ollas de comida en su casa y las llevaba a las vías del tren para aliviar un poco el hambre de los centroamericanos. Se dio cuenta de que Solalinde hacía lo mismo, habló con él y empezaron a repartir la comida juntos. El flujo de indocumentados era aún mucho mayor que ahora porque México no se había convertido en una trampa mortal: los robos y las extorsiones eran frecuentes, pero los secuestros eran aún esporádicos. A fines de 2006 se hicieron frecuentes los plagios masivos y surgió la necesidad del albergue. Izquierdo ayudó en la accidentada búsqueda del terreno que culminó en febrero de 2007.

Solalinde cobró la fama nacional el 10 de enero de 2007. Un grupo de doce migrantes —cuatro menores, tres mujeres y cinco hombres— fue secuestrado por policías estatales, entre ellos un comandante de la Policía Judicial, y entregado a un grupo delictivo, que lo llevó a una casa de seguridad. Unos cuarenta indocumentados se movilizaron para rescatar a sus compañeros. Estaban enardecidos y dispuestos a cualquier cosa. El sacerdote los acompañó para disuadirlos de que emprendieran acciones violentas. Armados de palos y piedras, descubrieron una casa de seguridad con recibos de transferencias de dinero, credenciales de elector de Tamaulipas, botas picudas. Pero ya no estaban ni los secuestradores ni los plagiados. Lo que sí encontraron al salir de la casa de seguridad fue a la policía municipal, que arremetió contra ellos: dieciocho migrantes fueron arrestados, algunos brutalmente golpeados. Entre los detenidos iba un hombre de camisa blanca y crucifijo al pecho: Alejandro Solalinde.

La policía municipal no pudo sostener la versión de que Solalinde había subido voluntariamente a la patrulla y que pretendía quemar uno de los vehículos. Las fotografías mostraban a los agentes levantándolo en vilo y sometiéndolo en la caja de la pick-up. Las siguientes imágenes mostraban a Solalinde en calcetines, sentado en una celda en medio de los detenidos. Y por fin la más célebre: una contrapicada del sacerdote tras las rejas, asido a los barrotes y mirando a la cámara: fotografías de Martha Izquierdo.

El sacerdote fue liberado en cuatro horas. A los arrestados se les deportó a sus países. Algunos de los secuestrados aparecieron en Juchitán, a veinte kilómetros de allí; otros fueron llevados por sus captores a Estados Unidos a cambio de que no declararan. Solalinde continuó con las denuncias de los secuestros. Fue Izquierdo quien le proporcionó las fotografías de los policías municipales y estatales con las que el sacerdote armó un cuadernillo, en las cuales los indocumentados señalaban a sus asaltantes o secuestradores (Izquierdo las había tomado cuando cazaba mapaches electorales, porque el gobierno local había dispuesto de los policías para resguardar instalaciones con el cemento que se usó para comprar votos). Ya con el albergue en funciones, Izquierdo acudía con grandes ollas ya preparadas o bien con los insumos necesarios para hacer de comer.

Izquierdo cocinó para el albergue durante algún tiempo, hasta que los donativos y el trabajo voluntario la liberaron de esa responsabilidad. Sin embargo siguió llevando, cada año, la cena de Navidad que preparaba en su casa: en una ocasión esa cena duró apenas cinco minutos porque salía el tren a Medias Aguas y los migrantes echaron a correr. La comida se terminó de servir entre las vías y el tren en marcha.

Solalinde iba a su casa a desayunar una vez a la semana. Cuando tenía alguna denuncia importante, acudía de inmediato con Izquierdo. La información a veces encontraba espacio en las planas del diario, a veces no. Solalinde le dio información exclusiva a otro medio nacional. Martha lo sintió como una deslealtad y le retiró el habla. Ella recuerda cómo Solalinde acudía a la puerta de su casa a pedirle que reconsiderara: “¡Inmadura!”, le gritaba el sacerdote. “¡No me importa qué me diga, no le voy a abrir!”, respondía Izquierdo.

“Lo sentía de mi propiedad”, reflexiona ahora Izquierdo, que tras un año de berrinche recapacitó y recuperó la amistad del cura, que ha vuelto a caer de sorpresa a su casa, ya para desayunar, ya para acompañar a un sobreviviente de secuestro a que cuente su historia. Le dije a Martha Izquierdo lo que Solalinde transmitió a sus colaboradores en la última reunión: que se había agotado un sustancioso donativo de treinta mil dólares y el albergue regresaba a su pobreza habitual. Con una sonrisa resignada me dijo que ni modo, que será cuestión de tiempo para que vuelva a apoyar a Hermanos en el Camino.

La conversión (El Yunque)
La camisa blanca, la corbata negra, el pantalón luido y los zapatos boleados que vistió esa mañana eran las joyas del ropero de un adolescente pobretón como él. Alejandro Solalinde no tenía claro a qué iba aquella madrugaba de 1962 a la Villa de Guadalupe, al norte de la ciudad de México, pero sí sabía que tenía que resaltarse por su pulcritud. No quería contrastar demasiado con su amigo Juan Manuel Montalvo, un muchacho riquito que había conocido unos meses atrás en una fiesta de lasallistas. Montalvo se había convertido en su ventana hacia otra clase social. Por medio de él, Solalinde había llegado a las reuniones de los Escuderos de Colón, a donde iba con una dosis de vergüenza por la evidente baja calidad de sus ajuares. Tras unos meses de observarlo, Montalvo lo citó aquella mañana en un edificio derruido junto a La Colegiata, con la advertencia de que llegara muy temprano y no fallara en el código de vestimenta porque habría de ocurrir algo importante.

Nacido en 1945, Solalinde fue contemporáneo de la generación del 68, que cimbró al mundo con movimientos que recorrieron desde París a México con un severo cuestionamiento tanto al capitalismo como al “socialismo real”. Pero entre las primeras lecturas políticas de Solalinde no figuró El manifiesto comunista de Marx y Engels, no cantó La internacional, no se formó en las escuelas de cuadros de las organizaciones revolucionarias que amenazaron el statu quo de la posguerra ni tuvo a Ernesto Che Guevara como su referente de lucha. Todo lo contrario: sus primeros libros políticos fueron Mi lucha, de Adolf Hitler y Derrota mundial, de Salvador Borrego; su canción de combate, el himno de la Falange española; su héroe, el dictador Francisco Franco. La formación política temprana: adiestramiento para reventar violentamente manifestaciones de izquierda.

Lo que ocurrió al interior de ese edificio derruido de la Villa de Guadalupe determinaría la primera experiencia política de Solalinde. Aprendería a ser líder o, como dice ahora, descubriría al líder que llevaba dentro: perdería la timidez, adquiriría confianza en sí mismo, descubriría su facilidad de palabra y aprendería oratoria. Para la ceremonia de iniciación le ciñeron un brazalete con un círculo blanco y una y griega negra. Esa mañana, a sus diescisiete años, juró fidelidad a la Organización Nacional del Yunque.

Hoy el Yunque —cuyo descubrimiento debemos al periodista Álvaro Delgado— ha degenerado en una mafia sotto voce que disputa cargos públicos y candidaturas al interior del Partido Acción Nacional (PAN) y los gobiernos panistas. Pero en sus orígenes, el Yunque se proponía defender la religión católica y combatir una supuesta conspiración judeo-masónica-comunista que pretendía dominar el mundo. Fundada en 1953 por Ramón Plata Moreno, detrás de su organización fachada Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), se infiltró en universidades y captó a cientos de jóvenes católicos.

Alejandro Solalinde fue uno de ellos. Experimentó el fervor de un adolescente que encontraba una misión en la vida y una agrupación de jóvenes que se proponía instaurar el Reino de Dios en un mundo aparentemente acechado por el liberalismo angloamericano, el estalinismo soviético y el poder financiero judío. En México, el régimen de partido de Estado se mantenía sin relaciones con el Vaticano y no reconocía legalmente la existencia de la Iglesia católica. La policía política, si bien se concentraba en socavar organizaciones de izquierda, también infiltraba y reprimía a las de derecha como el Yunque. Los yunquistas, como los primeros cristianos, se sentían parte de un colectivo de perseguidos y elegidos.

Para Alejandro Solalinde nunca fue una molestia levantarse de noche y esperar los esporádicos autobuses nocturnos que lo llevaban de la colonia Anáhuac a la Villa de Guadalupe para visitar a Brígida, el nombre en clave de los entrenamientos en artes marciales, combate cuerpo a cuerpo y formación de grupos de choque anticomunista. Adoptó un nombre secreto: Orfeo, y se le asignó un jefe inmediato, Jenofonte (Guillermo Velasco Arzac, subsecretario de Seguridad Pública durante el gobierno de Vicente Fox). Su talento lo llevó a escalar rápido y convertirse en “jefe de centro”, cabeza de una célula de jóvenes que, afirma, destacaron después en la política y la jerarquía católica.

Durante tres años Solalinde militó en el Yunque, organización a la que llamaban La Orquesta para no revelar su nombre real. A los veinte años manifestó a Velasco Arzac su deseo de convertirse en sacerdote, en particular sacerdote jesuita. “Qué bueno, porque de esa manera vamos a infiltrar a la Iglesia católica”, le respondió Jenofonte. Pero su superior rechazó la idea de que se convirtiera en jesuita porque, le dijo, eran progresistas, y a cambio le dio a elegir entre dos congregaciones amigas, los franciscanos y los carmelitas descalzos. O en su defecto podría convertirse en hermano lasallista pues los lasallistas eran sus incondicionales y les prestaban los auditorios de La Salle para ceremonias y reuniones.

“Entré con los carmelitas. Si ellos me hubieran dicho: escoge entre el Yunque o la Orden del Carmen, no lo hubiera pensado: inmediatamente elijo el Yunque”, recordó Solalinde.

Los carmelitas descalzos le cambiaron la vida y sembraron las semillas que germinarían en el Alejandro Solalinde de hoy. Camilo Maccise, quien fue superior mundial de los carmelitas durante doce años, el ex sacerdote carmelita Ángel Saldaña y el propio Solalinde me hablaron, por separado, de la vinculación carmelitana con el Yunque en los sesenta. Coinciden en que no eran su brazo religioso. Tras los primeros años de la fundación del Yunque, dice Maccise, hubo carmelitas que compartieron la fobia comunista y le abrieron las puertas a la organización secreta. Como parte de esa vinculación, el padre Ángel Saldaña fue nombrado asesor espiritual del MURO, responsable de sus misas, confesiones y acompañante en sus ceremonias secretas en 1964.

Al poco tiempo, sin embargo, los carmelitas advirtieron el carácter negativo del Yunque, pero optaron por no romper relaciones sino seguir cerca de ellos para “monitorearlos”. Esa decisión política corrió paralela al acontecimiento más importante de la Iglesia católica desde la Reforma protestante: el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), que, aunque no reformó de tajo a la Iglesia, la obligó a asumir un grado de preocupación social y a abrirse a algunas ideas de la modernidad. Modesto en sus alcances reales, el concilio era un salto de calidad frente al modelo medieval que había prevalecido, y despertó el entusiasmo en obispos y órdenes religiosas de todo el mundo, como en los carmelitas José de Jesús Durán y Camilo Maccise —superiores de Solalinde— y en Ángel Saldaña, que diez años después, en la década de los setenta, tendría que refugiarse en Canadá, perseguido, preso y torturado por la Dirección Federal de Seguridad, la policía política del régimen priista, porque se había convertido en guerrillero marxista.

Alejandro Solalinde ingresó con los carmelitas el 6 de enero de 1966, el año del entusiasmo conciliar, y sus superiores pacientemente desarmaron su ideología de ultraderecha. Su superior en el seminario, el padre Durán, le pidió a los enviados del Yunque que le dieran un par de años para que se concentrara en sus estudios eclesiásticos. Camilo Maccise se concentró en su joven discípulo: no sólo le enseñó francés, sino que se enfocó en transmitirle las conclusiones del Concilio Vaticano II, que preparaba en hojas mimeografiadas en papel revolución: “Este padre me forjó, me enseñó una Iglesia que no voy a soltar”, recuerda hoy Solalinde.

“Me hicieron ver que estaban actuando maquiavélicamente, que satanizaban todo, que al progreso y al cambio le llamaban conspiración. Decían que había un complot de los judíos, de los masones, de los comunistas, que eran el diablo mismo. Los carmelitas me iban enseñando otra cosa, y yo abro los ojos. Cuando pasan los dos años, ellos intentan volver y mis superiores dicen: ‘Denle chance otro poquito tiempo’. Yo para entonces estaba perfectamente consciente. Me doy cuenta de que es un grupo fascista, maquiavélico, que ficha, que investiga, que intriga. El fin en ese momento era válido, pero empleaban cualquier medio para lograr tal fin.

“Ahí cambia mi vida. Imagínate qué salto, un péndulo. No reniego de nada, es parte de mi historia. Tuve la capacidad de cambiar porque Dios me ayudó a cambiar. El Yunque que yo conocí, con todo lo maquiavélico que era, tenía ideales. Hablaban de luchar por la rectoría de Dios, no para agandallarse el dinero como ahora. Después vi que se volvió pragmática. Se volvió más de lo mismo: una mafia conservadora y reaccionaria”.

Los yunquistas volvieron de nuevo, pero ahora fue Solalinde quien encaró al emisario, a quien ni siquiera conocía. Le dijo que no se prestaría a infiltrar a la Iglesia católica y menos para los fines del Yunque. Nunca lo buscaron más.

La quema
La mañana del 24 de junio de 2008, mientras iba en camino a la curia episcopal, Solalinde recibió una llamada desde el albergue. Tenía que regresar de inmediato: una multitud encabezada por el presidente municipal, Gabino Guzmán, y el síndico Erasmo Carrasco había llegado a Hermanos en el Camino. Tenían palos y piedras. Por las calles del pueblo, una camioneta con perifoneo convocaba al pueblo a quemar el albergue porque ahí se violaban y traficaban migrantes bajo la protección del sacerdote. Solalinde telefoneó a su obispo no sólo para cancelar la cita sino para prevenirlo, pero éste le contestó: no se preocupe, no va a pasar nada.

Amnistía Internacional en su denuncia de los hechos registra que fueron cincuenta personas, entre ellas catorce policías municipales, las que acudieron con garrafones de gasolina a quemar el albergue. El sacerdote todavía saludó de mano a un grupo de treinta que acompañaba al alcalde. Pero cuando llegó al último se encontró con Juana, una cristiana evangélica que no esperó más: “Pues ahí está ese pinche cura, ese señor, ése es el culpable de todo lo que está pasando, él protege a los violadores…”. La turba rodeó a Solalinde y Juana volvió a la carga: “¡Para qué estamos hablando tanto! ¡Vamos a quemarlo!” Solalinde quiso argumentar: los migrantes no violaron a nadie, yo sería el primero en exigir justicia, no pueden criminalizar ni al albergue, ni al equipo ni a mí.

—Bueno, ya, ya, ya. ¿Para qué estamos alegando tanto? ¡Vamos a quemar al tal por cual! —dijo una voz.

Las ánforas de gasolina empezaron a abrirse. Solalinde jugó su última carta: bajó la cabeza, abrió los brazos en cruz, extendió las manos y dio unos pasos al frente.

—Si me van a quemar, ¡pues quémenme!
—¡Así no: baje los brazos! —le ordenó Juana.

El sacerdote piensa que su potencial asesina vio algo de Cristo en su figura y por eso se detuvo. Solalinde se aproximó a ella. La turba entró en un silencio absoluto. Nadie se atrevía a arrojar la primera piedra. Despacio, Solalinde se dio la media vuelta y se internó en el albergue. Por ese momento, la turba perdonó la vida no sólo a Solalinde sino a los nueve migrantes —dos menores de edad— que estaban dentro.

Esa misma tarde, el cabildo priista de Ixtepec ordenó el cierre del albergue en un plazo de cuarenta y ocho horas. La turba volvió, ya no para quemar a Solalinde sino para arrojar piedras a los migrantes, porque el tren a Medias Aguas estaba próximo a partir. Solalinde llamó a Guzmán: si había agresiones contra los indocumentados, a él lo haría responsable. La turba no atacó a los centroamericanos pero sí mandó al hospital al maquinista.

El Evangelio según Solalinde
Alejandro Solalinde dice lo que piensa no sólo respecto de la corrupción de la Policía Federal, sobre la sumisión de Felipe Calderón frente a Estados Unidos, la xenofobia de los ixtepecanos y cuanto tema afecte a los migrantes. También dice lo que piensa de su madre, la Iglesia católica, apostólica y romana, una Iglesia que no ha tenido de otra más que tolerarlo por su autoridad moral. Solalinde disiente desde la liturgia: sus misas las convierte en asambleas (el significado original de ecclesia era precisamente ése: asamblea). Después de su homilía, invita a los laicos a tomar la palabra. Si a su misa acuden cristianos protestantes, mormones o testigos de Jehová —presencias frecuentes entre los centroamericanos— y ellos piden una bendición para su iglesia, Solalinde se las dará, y si le ordenan que se arrodille, lo hará sin dudarlo. Y si alguno de ellos quiere comulgar aunque no sea católico y no se haya confesado nunca en su vida, no le negará el sacramento. Al término de la misa, Solalinde le pide a una mujer que dé la bendición a los congregantes, un ritual que sólo pueden hacer los sacerdotes varones. Cada una de estas transgresiones ameritaría un proceso inquisitorial.

Solalinde es un defensor de las mujeres al punto de la idealización, como cuando espera de funcionarias de la Procuraduría General de la República (PGR) una actitud solidaria con los migrantes por el solo hecho de ser mujeres. No sólo se dice orgulloso de que su superior administrativo en la Dimensión Pastoral de la Movilidad Humana sea una mujer, Leticia Gutiérrez, sino que demanda que las mujeres sean ordenadas sacerdotisas ya. Jesús no tuvo apóstolas por el machismo de su época, pero integró a las mujeres a su proyecto como discípulas y misioneras, y los tiempos han cambiado lo suficiente como para ordenarlas ministras, afirma.

Su compromiso con la liberación de la mujer lo lleva a dar interpretaciones sui generis de la Biblia. En una homilía, a propósito del pasaje del Génesis en el que se narra que Dios le quitó una costilla a Adán para convertirla en mujer y darle así una compañera, Solalinde dijo que el hecho de que fuera una costilla era especialmente significativo: no se trataba de una extremidad superior o inferior: ni de arriba ni de abajo, sino de en medio del cuerpo de Adán: ese hecho significaba que Dios situaba en un plano de igualdad a ambos sexos.

Solalinde me cuenta algo que nunca le había platicado a un reportero. Cuando tenía cinco años de ordenado, a sus treinta y cuatro, era un sacerdote aburguesado y galán de Toluca. Reacio a vivir en parroquia, con el dinero de su hermano mantenía una casa elegante con no pocos lujos: botellas de buen vino, unos doscientos discos de música y una televisión con control alámbrico: un verdadero adelanto para la época. Una noche, después de una reunión con laicos de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), de la que era el asistente nacional, una joven le pidió que la llevara a su casa. Pero de repente se dio cuenta de que no traía llaves y no estaban sus papás. Él ofreció llevarla a un hotel. Ella pidió dormir en su casa y que él se fuera al hotel. Ella cambió de opinión: quédate en el sofá porque tengo miedo a dormir sola. Mejor vente a la cama, al fin que eres un caballero y no me faltarás al respeto. Abrázame porque hace frío.

Hasta ese día, la castidad había implicado un sacrificio mayor en el sacerdote. Había sido “como aplastar un géiser con una mano”, me dice. Su relato de la relación sexual me recuerda a un pasaje de La confesión: el diario de Esteban Martorus, una novela en la que Javier Sicilia narra la vida de un sacerdote de pueblo. Ya maduro, Martorus descubre la sexualidad con una de sus feligresas. Ambos relatos coinciden en describir la relación sexual como una comunión y ubicarla en un plano divino. En el sexo encontraron un punto privilegiado de la relación con Dios.

“Ese día andaba como niño con juguete nuevo, feliz, feliz. Agradecí muchísimo a Dios porque para mí no es pecado. Agradecí a Dios porque fue una experiencia muy hermosa, algo muy bello. Entendí lo que es la comunión, cómo dos personas pueden unirse y formar una sola cosa. Entendí cómo Dios es tan sabio de hacer el cuerpo del hombre y de la mujer y cómo se complementan. Estaba inmensamente feliz: de las experiencias más hermosas que he descubierto en la vida. De mis oraciones más profundas que he hecho son las de ese momento. Le agradecí que me haya hecho un hombre, le agradecí el don de la mujer. A partir de entonces la mujer ya no fue un enigma”.

Solalinde siguió viendo a la chica durante un tiempo, dudó entre el sacerdocio y el matrimonio y retornó a la castidad. Lo novedoso no es la revelación de su noviazgo (es común que los sacerdotes mexicanos sostengan relaciones heterosexuales u homosexuales clandestinas), sino la equiparación de la mujer con el templo: el cuerpo femenino como lugar de comunión y de relación con la trascendencia. El sacerdote sólo lamenta que ella nunca se haya casado.

Su disidencia religiosa no se limita al papel de las mujeres en la Iglesia. No sólo está a favor de que se ordene sacerdotes a los hombres casados (con el argumento de que el matrimonio es un camino de santidad y que Jesús vivió en casa de Pedro, que era un hombre casado y con familia). Su principal crítica la dirige a la burocratización del aparato eclesial. La Iglesia de hoy no vive para Jesús sino de Jesús: de los réditos que produce celebrar misas en su nombre. Y muchas misas, porque se ha convertido en una Iglesia centrada en el culto y no en el servicio, y se olvida de que Jesús celebró una sola misa y no la cobró. Es centralista y medieval, dedicada a cuidar el cascarón de una hacienda: el Vaticano. Se olvida de que Jesús fundó una Iglesia, no los estados pontificios. Las propiedades, las estructuras, las cargas impiden caminar a la Iglesia y la han convertido en burocrática y clientelar, con una jerarquía piramidal y clerical en la que los laicos son cristianos de segunda y las mujeres de tercera clase, dice.

Como párroco, que lo fue durante años, Solalinde estuvo en iglesias pobres, esas que no dan para coches del año y viajes a Roma. Cuando recibió amenazas de muerte, el Episcopado Mexicano le dio el título de coordinador de la Pastoral de la Movilidad Humana en el sureste, un cargo más honorífico que real —Solalinde no se entromete en el resto de los albergues del sur del país—, pero que le da el respaldo oficial de la jerarquía a su defensa de los derechos humanos. En su diócesis, le ha dado largas a la insistencia de su obispo de que acepte ubicarse en algún lugar del organigrama, como vicario cooperador o vicario adscrito de una de los dos parroquias de Ixtepec —parroquias manejadas por curas, a quienes él llama “codos” y “ojetes” por su indiferencia hacia los migrantes—. Así que ni siquiera existe administrativamente en la diócesis de Tehuantepec.

“Antes que elemento de un organigrama, soy misionero. Mi modelo no es Jesucristo Sumo Sacerdote, sino Jesús el Buen Pastor: el pastor que da la vida y vive con sus ovejitas, y no nada más las junta para una fiestecita (la misa). Jesús decía que la prioridad no es el culto, sino el Reino de Dios y su justicia.

“Yo amo mucho a mi Iglesia, pero tengo la convicción de que no es la Iglesia que quiere Jesús”, resume.

El albergue
Durante años el albergue no fue más que un terreno baldío sin bardas que lo protegieran de los lobos. Tampoco había camas para pasar la noche: se pernoctaba sobre cartones tirados en el piso que se empapaban en la temporada de lluvias. El primer donativo permitió levantar una pared y un techo de zinc al que se le llamó capilla y sirvió de refugio para el sol y la lluvia. Luego se hizo el comedor y después unos cuartitos a la entrada.

Por el albergue han pasado decenas de colaboradores: los migrantes que se quedan unos meses a reponerse del cansancio y a acumular fuerzas (y dinero) para seguir, o bien que fueron víctimas de delitos y esperan a que concluya su proceso legal; miembros de ONG de derechos humanos que apoyan al albergue al tiempo que hacen alguna investigación de campo —Solalinde llama a algunos de ellos “cristianos ateos” por practicar una solidaridad cristiana sin ser creyentes—; sacerdotes o religiosas que colaboran alguna temporada en el albergue y, por último, voluntarios de congregaciones católicas.

Daniela Soto, estudiante de la Universidad Iberoamericana de León, formó parte de un grupo de alumnas de escuelas jesuitas que acudieron como voluntarias. Estuvo casi seis meses, entre agosto de 2007 y enero de 2008. Recuerda la casa en la que vivía Solalinde antes de mudarse permanentemente al albergue, y en donde se hospedó con otra voluntaria adolescente: modesta, sin ventanas ni regadera y un patio con plantas; recuerda la calidez de Solalinde con los migrantes, a quienes animaba a pensar en el tren como en un “un corcel blanco” que los llevaría a Estados Unidos; ella estaba con otras dos voluntarias cuando irrumpieron maras y sólo David, entonces coordinador del albergue, consiguió correrlos; recuerda la entrada de cuatro camionetas de policía que fueron a hostilizar a Solalinde y a decirle que cerrara el lugar; recuerda al padre John Popf, un sacerdote estadounidense que colaboró algunos meses, que estaba en desacuerdo con la laxitud de Solalinde. Junto con otras dos voluntarias, Daniela era la encargada de recoger las verduras que regalaban dos mercados, uno de Ixtepec y otro de Juchitán. Y también le tocaba cocinar: sopa de verduras siempre, además del arroz caducado que se recibía en donativo. El albergue demandaba su atención permanente: en la cocina, en el cuidado de migrantes enfermos o con los pies deshechos, en la revisión de las mochilas y el registro a la entrada. Solalinde, mientras tanto, salía a conseguir donativos pues, al igual que ahora, el dinero no alcanzaba.

Daniela recuerda a un nicargüense de quince años que había escapado de una casa donde estaba secuestrado, y Solalinde lo convenció de denunciar. El padre Popf, el migrante nicaragüense y ella fueron en la tracker de Solalinde a la ciudad de Oaxaca. Las autoridades le tomaron la denuncia al muchacho pero no lo dejaron salir del Ministerio Público, sino que lo entregaron a Migración para ser deportado.

Los jesuitas interrumpirían el envío de voluntarias después de las amenazas a Laura, una joven de Torreón a quien le robaron sus pertenencias. Unos hombres —presuntamente Zetas— le advirtieron que ya sabían en dónde vivían sus padres y que irían sobre ellos. La joven tenía la mala suerte de apellidarse Guerra, y sus agresores pensaron que se trataba de una sobrina del cura.

La hechura de un sacerdote
Si en la infancia lo corrieron tres veces de colegios privados y escuelas públicas, en la juventud lo echaron —o se fue azotando la puerta— de cuanto seminario religioso pisó. Ya no eran travesuras de niño, sino rebeldía frente a la obediencia, la disciplina y el modelo de Iglesia lo que lo confrontaba con sus superiores. Los carmelitas lo salvaron del Yunque y le enseñaron el Concilio Vaticano II, pero fallaron en imponerle la disciplina de la orden. Durante el noviciado, en una ocasión en que debía guardar el voto de silencio, una señora se acercó a hacerle una pregunta y el joven seminarista Alejandro Solalinde osó responderle frente a sus pares. Cuando le pidieron que confesara su culpa, dijo que la caridad para contestarle a una señora estaba por encima de una norma disciplinaria. Los carmelitas ratificaron que su vocación sacerdotal era firme pero que no servía para la vida comunitaria carmelitana, así que le dieron una carta de recomendación mientras lo ponían en la calle.

El resto de su formación fue azarosa y errante. Entró al seminario de Tlalnepantla (“de cuyo nombre no quiero acordarme”), ubicado al norte de la ciudad de México, en donde tampoco permaneció mucho tiempo. Estaba a disgusto con el conformismo y la hipocresía de sus pares, que soportaban el autoritarismo para no poner en riesgo sus carreras. Con un grupo de quince seminaristas formó una suerte de sindicato llamado Corese (Consejo Regional de Seminaristas) que se mudó a una vecindad en la colonia Portales, un barrio popular de la capital del país, y consiguió ser admitido en el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos (ISEE), vanguardia entonces de estudios teológicos a la luz del Concilio Vaticano II en donde fue alumno, entre otros, de Miguel Concha, defensor de los derechos humanos.

Pero era un seminarista al garete sin seminario ni diócesis que se resistía a someterse a la disciplina para conseguir la ordenación. Para su suerte, una pequeña congregación española, los Operarios Diocesanos, se interesó por la comunidad de seminaristas y su prepósito general, Julio García, aprovechó una estancia en México para investigarlos y pasar un tiempo con ellos. Entre el expediente del seminario de Tlalnepantla, que condenaba a Alejandro por indisciplinado, y su propia observación, se quedó con la suya y decidió que fuera el primer ordenado de la comunidad de jóvenes rebeldes. Las constituciones de los Operarios marcaban que los seminaristas debían ordenarse en en el lugar que residieran los padres de los candidatos, y como los Solalinde Guerra se habían mudado a Toluca, el 18 de mayo de 1974 el obispo de esa ciudad, Alfonso Torres Romero, le impuso las manos.

—Lo ordeno sacerdote a título de…
(El obispo no sabía ni siquiera a título de qué, porque Solalinde no provenía de ningún seminario diocesano).
—A título de la diócesis, monseñor —le aclaró Julio García ceceando en diócesis.

Ya convertido en sacerdote diocesano formó una inusual comunidad de seminaristas, religiosas y laicos llamada Misioneros Eclesiales Itinerantes (MEI). Solalinde ocupó algunos puestos en instancias directivas de la Iglesia católica, como el Consejo de Laicos y la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) de la que fue asistente nacional. Pero su ilusión era construir una casa con huertas donde pasar el resto de su vida regando los arbustos con su comunidad. Su hermano Raúl encontró la prosperidad económica con una preparatoria en Toluca y le mantenía una vida cómoda, de “padre Amaro”, como la recuerda ahora (en referencia a la novela El crimen del padre Amaro, de Eça de Queirós, que recientemente se llevó al cine con Gael García).

En 1982, Solalinde y sus misioneros optaron por dejar la comodidad toluqueña y buscar a los pobres. Ángel Legorreta, seminarista en aquel entonces, me cuenta que el propósito del grupo era misionar en una comunidad y después partir a otra. Dentro del MEI había fricciones entre Solalinde y el resto de los miembros. No todos estaban de acuerdo con sus decisiones y él se mostraba temperamental e impositivo a veces, pero al final caminaban con él.

Su obispo le puso un ultimátum: o disolvía la comunidad o se marchaba de la diócesis. Solalinde había considerado irse a comunidades pobres del estado de Querétaro, en el centro del país, o a Oaxaca, en el sur, y su obispo lo previno antes de autorizar un permiso de cinco años: “No te vayas a Querétaro porque el obispo Toriz Cobián es más cerrado que yo”. Tocaron la puerta de Bartolomé Carrasco Briseño, el arzobispo de Oaxaca de la Teología de la Liberación que terminaría acorralado por el Vaticano con el nombramiento de un arzobispo coadjutor.

—Mándenos a la zona más pobre —pidió Solalinde.
—En la zona más pobre, la gente nunca dejará a su cura sin comer —respondió Carrasco.

Tras seis meses en la región de San Pedro Amuzgos, en el norte del estado, Solalinde y su equipo fueron llamados a la sierra mixteca, a Santa María Yolotepec. La parroquia estaba en manos de Manuel Marinero, que había aceptado una misión en la frontera con Guatemala y dejaba la parroquia de veintidós comunidades. Era una región muy pobre y sin comunicaciones, que requería caminatas de hasta doce horas para ir de una comunidad a otra.

Marinero le dio las llaves del templo tras varios días de recorrer la parroquia: “Aquí está: te entrego una parroquia sin problemas”, le advirtió. Marinero sólo oyó de él años después, cuando Solalinde pasó tres meses con su comunidad en Grand Rapids, Michigan, para trabajar con migrantes mexicanos, y lo juzgó como un hombre que coleccionaba experiencias sin dedicarse a fondo a ninguna. Pero su impresión cambió cuando supo, muchos años después, de Hermanos en el Camino, y entonces inició una relación epistolar con él para animarlo a seguir. (Me llama la atención, por otra parte, que Solalinde llame “santo” a Marinero: es un cura proscrito porque se atrevió a hacer público que tenía mujer e hija. Le prohibieron celebrar en templos católicos, pero su comunidad en San Bartolo Coyotepec desoyó el castigo y le permitió vivir en la casa parroquial y presidir la misa en domicilios particulares).

Al principio, sus pares de Oaxaca tachaban a Solalinde de riquillo que iba con guantes a misionar con los pobres. Y los primeros meses fueron, en efecto, duros. En medio de las caminatas solitarias por los cerros, su mente lo transportaba al Sanborns de Lafragua —una cafetería en la ciudad de México—, o a Loobies, un restaurante de postres en Tampico, al norte del país, a donde se iba mentalmente a comer helados enormes e ignorar así la realidad: que en su morral cargaba la comida del día: una tortilla dura que debía remojar antes de poderse masticar.

Pero el tiempo le disipó las alucinaciones y le enseñó a vivir la pobreza con alegría. Como a muchos otros sacerdotes de la misma vena, los indígenas de la zona lo “evangelizaron”. La Mixteca resultó una gran universidad que le enseñó una lectura política y social del evangelio frente a la miseria y las violaciones de los derechos humanos.

El MEI mantuvo la cohesión apenas unos años y después cada quien se repartió en la diócesis de Oaxaca. Ángel Legorreta fue ordenado sacerdote y se le asignó su propia parroquia. Solalinde renovó su permiso y se quedó cinco años más.

Su hermano Raúl recuerda que, al término de sus dos permisos, Alejandro acudió a Toluca a curarse una anemia crónica, a tratarse una tuberculosis y a operarse la nariz. El tabique nasal se le había roto porque le cayeron unos bultos cuando dormía a bordo de un camión guajolotero.

Su tercer permiso para ausentarse de Toluca lo llevó a la diócesis de Tehuantepec. Fue párroco de San Pedro Comitancillo, donde estableció un albergue de niños huérfanos, abandonados y golpeados (algunos de ellos llegaron con él al albergue de Ixtepec), y su último encargo parroquial fue la Santísima Trinidad, en una zona pobre de Juchitán. Los pleitos entre grupos de sacerdotes —entre los favorecidos por el obispo saliente y los que pujaban por el favor del nuevo— lo cansaron y pidió un permiso, pero ahora para estudiar Psicología en Guadalajara. A su vuelta estableció un consultorio de terapia familiar sistémica en El Espinal, un pequeño municipio vecino, y dio consultas a parejas hasta que el 14 de mayo de 2006 vio el cuerpo destrozado de Miguel, el nicaragüense mutilado por el tren, y decidió que tenía que abrir el albergue.

Rulillo
Alejandro lo llama “mi segundo padre”, aunque Raúl es apenas un año mayor que él. Son de la misma estatura y complexión y ambos usan anteojos; por teléfono sus voces se confunden y cuando están juntos se percibe esa conexión entre dos hombres que han guardado una complicidad fraterna y comparten la visión del mundo.

Sin Raúl Solalinde resulta imposible explicarse al sacerdote Alejandro Solalinde. De niños, Raúl metía las manos por su hermano cuando se encontraba en peligro en el barrio bravo. Fue el salario de Raúl el que permitió a Alejandro estudiar la secundaria, el bachillerato, los primeros semestres de Arquitectura, dos carreras universitarias y fueron las ganancias de Raúl las que le dieron a Alejandro una vida aburguesada durante sus primeros años de sacerdote en Toluca.

Raúl es de esos que dicen que van al baño y en realidad se adelantan a pagar la cuenta. Además de maestro de contabilidad, durante décadas fue un empresario próspero como socio mayoritario del Instituto Tecnológico de Humanidades y Artes de Toluca (ITHAT), una preparatoria de colegiaturas relativamente bajas. Raúl se dio la vida que sus padres no pudieron ofrecerle: viajes al extranjero, cenas en restaurantes de lujo, vacaciones pagadas para decenas de parientes, casas con instalaciones deportivas, automóviles del año. La derrama era suficiente para que su hermano, el padrecito, viviera más como príncipe de la Iglesia que como misionero itinerante en los años en que aún no se decidía a ser pobre entre los pobres.

Los rotarios de Metepec, el club al que Raúl pertenecía en Toluca, adquirieron conciencia de que el municipio requería inversión social: edificaron una estación de bomberos, repararon calles y le encargaron a Raúl levantar una casa para la tercera edad.

La segunda vez que nos vimos, Raúl Solalinde me citó afuera del Hospital de la Ceguera, en el sur de la ciudad de México. Desde que estableció la primera casa de ancianos en Metepec, una comunidad aledaña a Toluca, su vida fue dando poco a poco un giro hasta que abandonó la administración de la preparatoria y se dedicó de tiempo completo a la fundación y dirección de hogares para ancianos. Al día de hoy coordina cuatro casas, todas en el Estado de México, donde se atiende a 272 personas, la mayoría de ellas residentes permanentes. La mañana que nos encontramos había traído a la ciudad a ocho ancianas a operación de cataratas, cirugías pagadas por una cadena de salas de cine.

Las historias de los adultos mayores que protege Raúl son tan crudas como las de los migrantes que refugia Alejandro. El abandono, la explotación familiar, las enfermedades crónicas, la miseria, la falta de medicamentos, la disolución de la memoria, la tristeza, constituyen su pan cotidiano. Raúl se enfrenta a familias que se resisten a separarse de la tía abuela de noventa años, no porque la quieran a su lado, sino porque la explotan como sirvienta o enfermera, a veces con insultos y golpes. Las amenazas de denunciarlos penalmente son un recurso a la mano para salvar a esas ancianas de yugos familiares.
Raúl no sólo ha aportado una mesada a su hermano durante toda su carrera sacerdotal, también ha sido crucial para las obras sociales de Alejandro. En San Pedro Comitancillo, el padre Solalinde fundó un albergue para niños en situación de abandono, huérfanos o no, el Centro de Reconstrucción Familiar. Durante diez años el Centro de Promoción Asistencial, de su hermano, pagó la operación del albergue, hasta que resultó insostenible.

Raúl repartió entre sus familiares la mayoría de las acciones del ITHAT y se dedicó por completo a trabajar en los hogares de ancianos. Pero la preparatoria, como negocio, comenzó a declinar. La matrícula se redujo a la mitad y sólo da para pagar sus propios costos de operación.

El ITHAT ya no soporta la carga financiera de El Pueblito de los Abuelos, como se llama a la fundación de casas de adultos mayores. Después de sus gastos, apenas da quince mil pesos para Alejandro —que se van al albergue— y doce mil pesos para Raúl. Y las casas de ancianos absorben, sólo en nómina, poco más de cien mil pesos a la quincena entre gerontólogos, enfermeras, médicos, nutriólogos y personal administrativo, además de las medicinas, los pañales y la comida. Salvo en una de las cuatro casas, en donde los adultos mayores aportan cien pesos mensuales a su propia mesa directiva, en las demás los servicios son gratuitos, porque sus beneficiarios, además de ancianos, son pobres o miserables sin seguridad social.

Mientras caminamos de vuelta al hospital, después de tomar un café, advierto un atisbo de angustia en su rostro. Se aproxima la quincena. La preparatoria simplemente no dio para pagar la nómina de la fundación. Desde hace dos años quiere vender una casa grande con canchas de frontón pero no encuentra comprador y, por primera vez, piensa en enajenar la preparatoria para seguir pagando los gastos de las casas de ancianos. En el fondo le inquieta pensar quién se ocupará de “los abuelitos” cuando él se muera. Ese día a duras penas consiguió un donativo de treinta mil pesos que le permite pagar tercios o cuartos de sueldo. Pero después recupera la sonrisa y me dice respecto a la quincena que le debe a sus empleados: “Yo no me preocupo porque eso es problema de Jesús y él verá cómo le hace”.

En casa de Raúl en Metepec es a donde Alejandro va a descansar física y anímicamente. Transita de las amenazas de los Zetas a los apapachos de su hermano y su familia. Llega temprano y rara vez se queda más de una noche. Raúl lo lleva a la gasolinería donde pasa el autobús a la ciudad de México, para tomar otro a Ixtepec.

Raúl está convencido de que Dios le da una misión a cada persona en la Tierra. La misión de algunos es simplemente sobrevivir; de otros, cuidar a sus familias. La de Raúl son “los abuelitos”. La de su hermano Alejandro, los migrantes. “Jano aceptó con humildad la misión de ser las manos de Cristo. En cualquier momento me dicen: ‘Asesinaron a tu hermano’. Estoy seguro de que no será la mafia, sean los Zetas o quien sea. Ellos no lo van a asesinar, pero las cabezas de ellos sí, y estamos hablando de los políticos”.

Ya somos pobres otra vez
“Ya somos pobres otra vez”, dice Alejandro Solalinde para abrir la reunión del 12 de junio. Dieciséis colaboradores del albergue se sientan en círculo, como cada domingo, a discutir los asuntos de Hermanos en el Camino.

Solalinde informa que los treinta mil dólares del Premio Notre Dame que había donado Cuauhtémoc Cárdenas, tres veces candidato presidencial de la izquierda mexicana, ya se agotaron. De repente se le ocurrió pedir el saldo de la cuenta bancaria y le informaron que quedaban unos quince mil pesos. Lo primero que lamenta es no poder cumplir su palabra con el padre Francisco Ponce, párroco del pueblo vecino de Santo Domingo Zanatepec, que recibe a migrantes en el atrio y les da veinte pesos a cada uno. Pensando en voz alta, Solalinde dice que ni modo, tendrá que recurrir a su hermano Raúl para que le den unos cinco mil pesos para el padre Ponce.

A la primera ronda de intervenciones emergen los problemas de la administración del albergue: el encargado de las obras —el dinero donado por Cárdenas se empleó primordialmente en construir dos dormitorios: uno para mujeres indocumentadas y otro para el equipo de voluntarios— se queja de que el área de cocina se está acabando la leña de la cimbra. Ni siquiera hay solvencia para los doscientos pesos que cuesta la carreta de leña (y sin leña no hay cómo cocinar). Así como se acaba la leña se acaban las reservas: quedan cinco kilos de sal, dos costales de frijoles, medio costal de arroz y cinco kilogramos de detergente.

La comida se convierte en debate principal de la reunión. Unos días atrás, llegó entre las donaciones un pollo completo —una verdadera joya—, y tres residentes del albergue —centroamericanos que colaboran en Hermanos en el Camino mientras se resuelve su situación jurídica— lo frieron en aceite y se lo comieron. ¿Se valía comerse el pollo en secreto y de paso gastar el escaso aceite? De ahí se pasó a discutir si era legítimo que hubiera dos cocinas, una para los indocumentados y otra para los voluntarios. Un bloque sostenía que era injustificable: una cocina aparte generaba una segregación: personas de primera, los colaboradores, y personas de segunda, lo cual contradecía el espíritu de Hermanos en el Camino, por lo que había que desaparecer la cocina del staff e integrarla al comedor de migrantes. Otro bloque argumentaba que miembros del equipo tenían restricciones en su dieta y necesitaban cocinar aparte. Solalinde dijo la última palabra: sí a la desaparición de la cocina de los voluntarios, pero hasta que se terminara de construir la otra (en el albergue todo está a medias).

Luego los prejuicios salieron a flote: un hondureño homosexual había llegado con el tren de Arriaga y había pedido pernoctar en el dormitorio de mujeres pues temía ser atacado sexualmente si dormía con hombres. El tema disparó una discusión en la que se oyeron las palabras “putos” y “maricas” y se dijo que jóvenes como el hondureño iban al albergue a ofrecer servicios sexuales por cincuenta pesos. Amelia Frank-Vitale, voluntaria graduada de Yale, interrumpió molesta: la razón de ser del albergue era evitar discriminaciones como ésta. La solución: cuando llegara alguien vulnerable a abusos sexuales, uno de los elementos de seguridad dormiría junto a él.

Siguiente punto: el camión de alimentos se había usado más de una vez para sostener relaciones sexuales. Arelí Palomo, una voluntaria de la ONG Idheas y ex coordinadora del albergue, sostenía que las relaciones sexuales debían estar prohibidas: no sólo vulneraban el sentido mismo de Hermanos en el Camino, sino que se prestaban a abusos. Solalinde respondió primero con una pregunta: ¿entonces habría que prohibirle la sexualidad a la pareja de Isaac y Rosemary, que vivían en un casetón dentro del albergue, mientras tramitaban su refugio humanitario? Sí, respondió Arelí. Solalinde acotó: “No somos la liga de la decencia, ni somos policías sexuales. Si viene una pareja, que tengan relaciones sexuales. El albergue es la casa de los migrantes y tenemos que respetar su libertad. El criterio ya lo di. No hay recetas de cocina”.

Uno de los voluntarios da una última queja. Es hondureño y cuenta que escuchó decir a otro miembro del equipo, cuando el tren a Medias Aguas se marchaba con migrantes con los que hubo algún conflicto: “Qué bueno que ya se van estos malditos”. A él le había dolido en lo personal la frase porque él mismo era un migrante que más temprano que tarde se treparía a ese tren.

Solalinde zanjó el punto: “Ellos son una bendición. Éste es un lugar sagrado porque Jesús está en ellos”.

“Hablo para confirmar la ejecución del cura” (Las amenazas)
El Reynosa, un sicario de los Zetas, llegó una mañana de principios de 2008 al albergue a bordo de una motoneta marca Italika. Se acercó a dos centroamericanos que descansaban a un lado de la puerta y les dijo que esa noche entraría a asesinar a Alejandro Solalinde.

La voz se corrió rápidamente y el albergue entró en un estado de alarma. Había unos cien centroamericanos en Hermanos en el Camino, a la espera del tren a Medias Aguas. Hubo rápido un acuerdo: se dividirían en cuatro grupos apostados en cada esquina del albergue, que todavía no tenía cerca.

Se establecieron las guardias y Solalinde se metió a su camioneta tracker blanca a esperar la noche. Luego llegó el tren desde Arriaga con otra centena de migrantes. Pero la mayoría de ellos ni siquiera alcanzó a registrarse en el albergue, porque de repente se escuchó que partía el tren hacia Medias Aguas, el próximo destino. Los centroamericanos, incluidos los que hacían guardia, tomaron sus cosas y corrieron a montarse en él. De los cuatro grupos que resguardarían esa noche a Solalinde no quedó nadie. Sólo permanecieron unos quince migrantes que llegaron exhaustos y se tiraron a dormir debajo de la capilla. Solalinde se quedó dormido en el asiento de la camioneta.

Pero uno de los indocumentados sí despertó con el ruido de unos pasos. Distinguió bajo la luz de la luna a un hombre que entró al albergue, caminó a la tracker y metió la mano por la ventanilla entreabierta. No tocó a Solalinde, sólo movió su mano en círculo sobre la cara del cura. Lo vio desde donde dormía, un cartón tumbado en la cocina, pero estaba tan cansado que no hizo ningún esfuerzo por reaccionar.

Meses después, un funcionario del gobierno federal le enseñó a Solalinde la declaración de un pollero detenido que trabajaba para los Zetas. El pollero contó que una noche de principios de 2008 estaba con un alto mando de la organización criminal en Piedras Negras, Coahuila, cuando sonó el teléfono celular: era el Reynosa, que llamaba para confirmar el asesinato de Solalinde.

—Hablo para confirmar la ejecución del cura —consultó el Reynosa con su jefe.
—Déjalo por ahora y haz tu trabajo —le respondió la voz desde Piedras Negras, Coahuila, en el norte del país, de acuerdo con la declaración a la que tuvo acceso Solalinde.

No fue la única vez que unos zetas entraron al albergue. Solalinde recuerda otras dos ocasiones. Son inconfundibles por su porte y su resolución. Entran como si mandaran. La última vez, en enero de 2011, Solalinde los pasó al cuarto de su hamaca y les puso dos banquitos:

—¿Sabes por qué no te matamos? —le preguntó uno de ellos.
Solalinde calló.
—Por que si te matamos van a cerrar el albergue y va a ser más difícil encontrar a los indocumentados. En cambio, con el albergue, tú nos los juntas —le dijo.

Los Zetas le demostraron que conocían la operación cotidiana: quién cocinaba, qué se comía, qué tareas desempeñaban los voluntarios.

Pero no sólo de los Zetas han provenido las amenazas, intimidaciones y agresiones. También de maras. José Alberto Donis, coordinador del albergue, se negó repetidamente a que un integrante de la Mara ingresara al albergue. El marero desafiaba con su presencia constante al albergue, hasta que un día Donis le dijo que le dejaría entrar al albergue, pero que primero tenía que registrarse como cualquier otro migrante, ser revisado y sujetarse a las reglas. El marero lo tomó como una ofensa personal y advirtió que se vengaría. Los voluntarios del albergue supieron que el altercado provocó una discusión al interior de los maras de Ixtepec: un grupo quería vengar la afrenta y ejecutar a Donis. Pero otra facción se negaba por la persecución que desataría sobre todos ellos. Esta última facción prefirió delatar ante la policía a los mareros que estaban por matar a Donis.

La CNDH también documentó cómo el delegado del INM, Omar Heredia, montó una acusación de tráfico de menores contra Solalinde: agentes del INM detuvieron a Jeimy Moncada, inmigrante hondureña, con cinco menores de edad. De acuerdo con la versión del INM, los niños —separados de Jeimy— declararon que en el albergue de Ixtepec habían sido aleccionados por Moncada y por Solalinde para que declararan que Jeimy era su madre, cuando no lo era. Omar Heredia aprovechó una visita de Solalinde a la delegación regional para conducirlo con Moncada y tomarle una fotografía cuando la saludaba de mano. Después a Moncada y a otro guatemalteco que la acompañaba se les presentó ante el Ministerio Público por tráfico de menores.

Pero Jeimy Moncada sí era la madre de cuatro de los niños (el otro era su sobrino). Y los niños en efecto habían sido intimidados, pero por los elementos del INM, para incriminar a su madre y a Solalinde, de acuerdo con la recomendación 23/2011 de la CNDH.

Las anteriores son sólo tres intimidaciones contra Solalinde y el equipo de Hermanos en el Camino. Él puede contar más, desde empujones y golpes hasta amenazas directas contra su vida. En abril de 2010, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos pidió medidas cautelares para Solalinde, Donis, David Álvarez, Norma Calderón, Araceli Doblado y Arelí Palomo. El gobierno acató la orden con la instalación de una cerca y de arbotantes de paneles de luz solar. El sacerdote aceptó la protección de cuatro elementos de la policía estatal a partir de diciembre de 2010, cuando mareros ingresaron al albergue a amenazar a Donis y a Solalinde.

Los guardaespaldas caminan con una escuadra al cinto y cuando salen del albergue portan armas largas. Pero Solalinde cree que si lo quisieran matar, lo matarían sin más. Pero que en la cúpula de la mafia del secuestro hay políticos que calculan y que han optado por dejarlo vivo. A veces ha declarado a la prensa que está “anestesiado contra el miedo”, pero en otras ocasiones ha reconocido públicamente que vive en una “premuerte”. Incluso responsabilizó al secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, de cualquier atentado en su contra.

El albergue hoy
Hermanos en el Camino ha transitado en cuatro años de ser un terreno baldío con cartones en el piso a un modesto albergue con cinco construcciones, dos de ellas inconclusas, que cuentan con literas y colchones. No ha habido dinero para repellar los muros, y el color gris prevalece en las paredes. Lámparas de luz solar lo alumbran de noche y cuatro guardaespaldas mantienen el orden.

Las victorias del albergue y de su coordinador son asombrosas: aminorar los secuestros de indocumentados en el Istmo de Tehuantepec, contribuir a visibilizar una tragedia humanitaria y convertir a un cura sesentón en una leyenda entre los centroamericanos. Pero los pendientes saltan a la vista: dentro del albergue no se ha logrado consolidar a un equipo directivo. Nominalmente siempre hay un coordinador debajo de Solalinde, pero la línea de mando es dispersa, seguido se rompe la disciplina y los voluntarios o los migrantes que se quedan una temporada en el albergue no tienen claras sus tareas. Tampoco se ha generado una inercia para abastecer al albergue de insumos esenciales: comida y leña para cocinar. Del mercado de Juchitán llegan verduras y menudencias de pollo, pero la mayoría de ellas están podridas o a punto de la descomposición (la insistencia del cura en hacer menos sopa de verduras y más ensaladas choca con esta realidad).

El albergue rema a contracorriente, es cierto. El sacerdote dominico Gonzalo Ituarte me cuenta que su congregación mantuvo durante años un albergue para migrantes en Ciudad Juárez, y que nunca tuvieron problemas con la comida porque la población juarense, de un millón trescientos mil habitantes, era muy solidaria. Ciudad Ixtepec es lo contrario: un pueblo de veinticinco mil habitantes en el que prevalece la xenofobia hacia los centroamericanos. Basta decir que los ixtepecanos que quisieron quemar el albergue en junio de 2008 eran nada menos que sus vecinos de barrio.

Valiente hasta la heroicidad, Alejandro Solalinde también es un administrador torpe: ni cuenta se dio cuando un donativo de treinta mil dólares se agotó de repente. Hombre de discusiones y asambleas, también es un directivo temperamental. Sacerdotes, religiosas y laicos que han pasado algún tiempo en Hermanos en el Camino han diferido de él sobre la conducción del albergue: se ha aferrado a que es la casa de los migrantes, un lugar donde deben sentirse en libertad. Me tocó presenciar una reunión interna en junio pasado, en la que se formó una comisión para redactar un reglamento, a más de cuatro años de su fundación. Solalinde también ha hecho cada vez más frecuentes sus viajes y son cada vez más espaciadas sus estancias en Hermanos en el Camino.

Las normas rígidas de otros albergues aquí no existen: allá por lo general se impone un horario, de siete de la noche a siete de la mañana (de día los migrantes deben salirse) y acá las puertas permanecen abiertas. Se obliga a los hombres a cubrirse el torso: acá los indocumentados son libres de exhibir sus barrigas bajo el denso calor istmeño y de permanecer a cualquier hora del día y la noche.

Sólo hay tres reglas: no beber, no introducir drogas y armas y no permanecer más de tres noches. Pero aun esta última regla es flexible si el usuario argumenta que espera un envío de dinero. Y si pide trabajo en el albergue probablemente lo obtendrá.
La apertura entraña riesgos, por supuesto. No hay una línea fina entre indocumentados, polleros y agentes de los maras y los Zetas, que podrían incluso colarse entre el equipo de colaboradores. Si se sorprende a alguien enganchando gente para llevar a Estados Unidos, se le expulsa, pero es difícil saber quién está realmente en el camino y quién acude a recabar información que sea útil para un secuestro.

Los migrantes, en efecto, se sienten en casa. En los retratos de Alex Dorfsman, en las charlas que sostuve con los que coincidí a principios de junio, en los testimonios que me muestra la realizadora Alejandra Islas —con los que elabora el documental El albergue— resalta la serenidad de hombres y mujeres que provienen de la pobreza espantosa y de la violencia extrema centroamericana, y que en México han pasado por las más duras: secuestros, robos, asaltos sexuales, explotación laboral o accidentes que los marcan de por vida, como mutilaciones o descargas eléctricas. Tratados como delincuentes, mercancía o ganado en el resto del país, aquí representan el rostro vivo de un mesías de Galilea. Lo que hay es poco: edificios grises, comida descompuesta, calor sofocante, pero es una fortuna respecto a lo que les espera a campo abierto.\\

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