Archivo Gatopardo

Originales del punk

En enero comienzan a circular las crónicas de un pocho en la ciudad de México: El Bajón y El Delirio (Océano), de Daniel Hernández. Cuentan la historia de un chicano que llega al DF con ganas de convertirse en chilango. Presentamos el capítulo en el que Hernández se encuentra con un punk.

Por Daniel Hernández / ILUSTRACIÓN DE Alejandro Magallanes
Un estado radical de autonomía total es el dogma principal del punk.

Un estado radical de autonomía total es el dogma principal del punk.

Reymundo, conocido por su nombre punk, el Reyes, es un tipo de treintaitantos años, de cuerpo grande y robusto. Su panza está llena, no exactamente de grasa ni músculo, sino de fuerza. Tiene la cabeza rapada. O sea, es punk pelón, según me explica el día que lo conozco. Por eso, a veces, lo confunden con skinhead, o peor aún, skinhead fascista. A veces eso le causa pedos.

Conocí a Reyes a finales del verano de 2009, en un foro conocido como El Clandestino, en Ecatepec, Estado de México. Es otro toquín. Grupos de punks con picos y ropa llena de parches, hombres y mujeres, se juntan en una transitada avenida. El sol quema, el olor del escape de los autos y el agua de drenaje rebota contra el tráfico y los sonidos rudos de rock provenientes del interior. Algunos chavos inhalan su mona. Reyes es el encargado de la puerta. Su trabajo es asegurarse de que los punks de afuera no se metan sin pagar los cien pesos de la entrada en la caja improvisada: un pequeño auto blanco estacionado cerca de la puerta. Dentro, un güey sentado sin camisa bebe, fuma, y recibe el dinero.

Un cartel enumera las bandas que tocarán en el Festival Katártiko Punk de Aniversario, con el lema “Porque la Catarsis aún es válida, liberarla es nuestra forma de vida”. Le digo a Reyes que soy periodista de Los Ángeles y que vengo a cubrir el evento. Me dice que me espere como una hora, y luego me presenta al gerente de El Clandestino, quien me da la bienvenida junto con un amigo que está de visita desde California. El espacio, apenas un cajón con piso de tierra, hierve de chavos cubiertos de tatuajes, y chavas con collares de estoperoles alrededor del cuello y el cabello peinado en picos altos. En las paredes hay murales de calaveras, siluetas con el puño levantado, los Addicts. Aunque es evidente que no pertenezco a la escena, ni soy punk de hueso colorado, nadie me mira con sospecha ni hostilidad. Comienzo a sentirme cómodo y pido una caguama bien fría y una torta sencilla de jamón, queso, mayonesa y una raja de chile.

Ahora toca Síndrome, una de las bandas punk más antiguas y famosas de México. Todo el mundo se empuja y choca entre sí. Un chavo que parece de dieciséis o diecisiete años pero que padece un enanismo severo se une al baile comunal gracias a un cuate que lo lleva sobre los hombros. Por encima de las cabezas del resto, el pequeño punk llega al escenario, donde el cantante de Síndrome, Amaya —de cuarenta y siete años y todavía resistiendo— lo levanta, y ambos unen su energía y levantan el puño hasta la gloria. Me acerco más. Estrello mis botas contra el piso de tierra y levanto el polvo. Grito cosas sin sentido. Empujo y jalo gente. La gente rebota por todo el lugar y da codazos a completos extraños. Huele a comunidad.

Al salir de El Clandestino, le agradezco a Reyes en la puerta. Se despide de mí con un enérgico apretón de manos. “Yo te voy a enseñar las verdaderas raíces del punk en México. Los chavos tienen que saber”. Algo en la actitud de Reyes me hace confiar en él de inmediato. Seis días más tarde, le llamo.

Reyes me pide que lo vea en el andén del metro Salto del Agua a la una de la tarde. Es el siguiente domingo. Llego en punto de la hora y, tras media hora de ver trenes pasar, gente entrar y salir, finalmente lo veo caminar por el andén hacia mí. Sus hombros son anchos y sus pasos largos. Lleva pantalones de camuflaje, botas y una vieja camiseta negra con las mangas recortadas con la frase REBELDE: ORGULLO PUNK Y SKIN, ANTIFASCISTAS. Después de saludarnos, sin decir nada, Reyes hace un rápido movimiento. Mete las manos entre las puertas del metro que se cierran y las abre, lo que hace sonar una alarma automática. Los pasajeros nos abren espacio. Ahí es donde Reyes quiere subirse, y ahí es donde nos subimos. Sonríe abiertamente. Está emocionado por el inicio de nuestro viaje. Nos dirigimos a un suburbio llamado Chicoloapan, me dice, para conocer a su familia.

“Muchos reporteros —me cuenta, durante el viaje— se han interesado en nosotros, el movimiento punk, pero llegan y ven lo que está en el momento. Casi no le escarban a la raíz. Algunos tienen sus veintiocho, sus treinta y cinco años en el movimiento. Yo… yo creo que unos veintiséis, veintisiete años”.

Lo escucho mientras vamos a toda velocidad hacia el este, cruzando por debajo la ciudad y decido que es mejor no preguntarle cuántos años tiene. La gente entra y sale del vagón constantemente: el movimiento diario de la ciudad subterránea. “Ahora ya somos más viejos —dice Reyes—. Las chavas ya son señoras. A sus esposos los mataron. Ya tienen sus hijos, nomás de vez en cuando le caen con nosotros, a las tocadas.”

Me muestra los tatuajes que decoran sus brazos gruesos. Uno de ellos está marcado con las iniciales PND, el nombre, dice, de su banda punk de Santa Fe, donde creció. Me dice que en ocasiones la gente confunde el acrónimo con las iniciales de Punk Never Dies, pero Reyes me explica que significa “Plan Nacional de Desarrollo”. El nombre expresa la idea de que la liberación de la represión del gobierno, que un estado radical de autonomía total, el dogma principal del punk, es un proyecto no sólo para el barrio de Santa Fe, sino para todo el país. “Y eso es lo que sigue siendo, un Plan Nacional de Desarrollo”, dice Reyes, mirándome a los ojos, con absoluta seriedad. “Todavía lo creemos.”

Reyes creció en los barrios pobres que surgieron sin planeación alrededor del basurero de Santa Fe, al poniente de la ciudad.

Durante décadas, el basurero representaba el epítome del desorden de una ciudad que había sobrepasado su capacidad. En esa época, el DF era reconocido en todo el mundo como la mayor metrópoli del planeta, y en el basurero de Santa Fe, la pobreza extrema era el reflejo de una crisis ambiental igual de extrema. La agencia Associated Press reportó en 1988:

El pestilente basurero, que abarcaba unas sesenta hectáreas en la orilla poniente de la ciudad de México, era uno de los mayores de América Latina… Se calcula que en algunos puntos la basura alcazaba hasta setenta metros de profundidad, lo que formaba enormes montañas de deshechos que se habían ido acumulando a lo largo de cuatro décadas… En ocasiones ocurrían combustiones espontáneas, lo que lanzaba gases tóxicos al aire. También existía la preocupación de que los deshechos se estuvieran filtrando a los acuíferos subterráneos y contaminaran el suministro de agua de la ciudad, de por sí escaso.

Actualmente, gran parte de Santa Fe es un distrito de negocios hiperdesarrollado lleno de rascacielos y exclusivos complejos de oficinas, un lugar de vida impersonal. Hay quienes lo llaman el mini-Dubai mexicano. A pesar de su apariencia de desarrollo, hasta el día de hoy Santa Fe está rodeado por muchos de los barrios pobres originales. En esta historia de transformación radical, me explica Reyes, se ha borrado la historia del desplazamiento masivo que significó Santa Fe.

A principios de los ochenta, el gobierno federal decidió que Santa Fe se convertiría en un “distrito central de negocios” como los que existen en el primer mundo —tan lejos como fuera posible del Centro. Para que eso pudiera ser posible, el basurero y la gente que vivía de él tenían que ser desplazados. Poco a poco, los pepenadores y los residentes de Santa Fe fueron obligados a irse, para hacer espacio a los nuevos hoteles, el centro comercial y el campus nuevo de la Universidad Iberoamericana. El pequeño barrio donde creció Reyes se llamaba Tlayacapa, uno de los últimos puntos de resistencia. El gobierno quería que fuera el nuevo hogar del campus en la ciudad de México del Tecnológico de Monterrey, una de las universidades más prestigiosas del país. El barrio tenía que ser destruido. A los residentes se les ofreció dinero, pero muchas familias no quisieron irse. La gente de Tlayacapa resistió tanto como pudo, pero el 28 de diciembre de 1998, una fecha que Reyes recuerda con solemnidad, la policía arrasó con el barrio y sacó a los habitantes por la fuerza. La edición del 30 de diciembre de La Jornada reportó que esa noche seiscientas personas fueron desalojadas “con lujo de arrogancia y violencia”. La familia de Reyes estaba entre ellas.

Durante años las familias más rudas de Tlayacapa lucharon contra el gobierno —”una guerra”, según Reyes— por su tierra. Durante mucho de ese tiempo vivieron en campamentos frente a edificios de gobierno o recorrieron la amplia geografía urbana de la ciudad, viviendo como refugiados o indigentes. En algún momento, la universidad llegó a un acuerdo con la gente de Tlayacapa y les ofreció casas nuevas, algunas de ellas en Chicoloapan, en el extremo oriente de la ciudad, lo más lejos posible de Santa Fe.

Reyes ve el desplazamiento como algo vital en su identidad punk, la base de su posición de resistencia y autodeterminación. En ese periodo, me cuenta, Santa Fe era un hervidero de punks. Toda la ciudad, en realidad, de norte a sur, de este a oeste. En testimonios y grabaciones en video que sobreviven de esa época, los punks se expresan de una manera que muestra su conciencia política. Sin embargo, para la mayor parte de la ciudad, la juventud marginada de Santa Fe eran los chavos banda, un término inventado por los medios que esencialmente criminalizaba a la juventud, un término que metía a todos con los criminales y ladrones. Tras las redadas orquestadas por el gobierno, la gente de Santa Fe se esparció. Emigraron a Ciudad Nezahualcóyotl y a Iztapalapa o incluso más lejos. La hermana de Reyes, La Flexi —líder del movimiento de resistencia de Tlayacapa— estuvo entre quienes recibieron casas nuevas en Chicoloapan. Cansados de la lucha, las familias se mudaron.

El tiempo transcurre, y el desplazamiento se corresponde con una transformación física entre la banda. Reyes me cuenta que los últimos punks de la ciudad de México, quienes no murieron jóvenes o con violencia, ya no pueden usar montones de cadenas y cinturones o pararse el cabello en picos. Muchos ya tienen hijos, trabajos —o al menos, alguna fuente de ingreso—. En muchos casos, los punks mexicanos mantienen lazos muy cercanos con sus contrapartes de España, Alemania y Estados Unidos. Años más tarde, los punks de México aún ven la resistencia no como una postura o un disfraz, sino como una forma de vida.

Nos bajamos del metro en la estación Boulevard Puerto Aéreo, cerca del aeropuerto. En el túnel que sale de la estación, Reyes me explica que solventa sus gastos en parte vendiendo camisetas tejidas de algodón de colores, tejidas a mano por su hermana Flexi. Las camisetas son un artículo popular entre los punks, donde sea que vivan. De pronto, se detiene en medio de la gente y saca una prenda roja de su mochila. Parece una de cota de malla de algodón empapada en sangre.

“Póntela —dice Reyes—. Llévatela.” Dudo, mientras trato de pensar una excusa. “¡No, así está bien!”

No tiene caso discutir. Si uno de los punks originales de la ciudad de México te dice que hagas algo, tienes que hacerlo. Me pongo la prenda y de inmediato siento que me veo un poco ridículo. La cosa cuelga de manera poco agraciada sobre mis hombros huesudos. “¡Te luce!”, dice Reyes, con una risa.

Nos metemos a una combi, vehículo tan común para los viajes urbanos de largo aliento como el metro. Ambos, tanto metro como combis son sumamente comunes para la gente que vive en las fronteras de la ciudad. A las combis se les adaptan pequeños asientos tapizados para los pasajeros. Reyes y yo nos metemos como podemos en la esquina de la combi. Nos espera al menos una hora de tráfico viajando hombro con hombro, rodilla con rodilla, en el atestado espacio de una minivan sin ventilación, compartido con una serie de extraños.

“Te quiero enseñar algo”, dice Reyes, mientras saca de su mochila un fólder de papel manila muy viejo. Reyes lo sostiene con las dos manos, como si fuera un libro sagrado. Me lo pasa y yo lo abro con cuidado sobre mis piernas. Dentro, página tras página de testimonios punk old school. Dibujos, historias personales mal mecanografiadas o escritas a mano, fotocopias de flyers y fotografías. “Quiero hacer un libro”, dice Reyes, presionando con sus dedos los papeles dentro del fólder. “La verdadera historia.”

Comienza a contarme historias, sobre los punks fascistas con quienes ha tenido contacto, las confrontaciones, las peleas, los punks que ocultan su identidad mientras trabajan en la policía o el ejército y, lo más impresionante de todo, punks que simpatizan con los nazis. La fascinación de algunos mexicanos con un nacionalsocialismo violento de otro país y otra era está más allá de mi comprensión. Reyes dice que una vez estuvo dentro de la casa de un policía mexicano, y que ahí vio banderas nazis en las paredes.

“He tratado de hablar con ellos”, me dice Reyes. Y con un suspiro: “Tienes que dejar que todos crean en lo que quieran creer”.

A través de la ventana, el paisaje es un borrón de estructuras rotas, figuras solitarias, amplísimas extensiones de tráfico citadino. Junto a mí va sentada una morena gorda, todo su cuerpo parece hecho de maíz y tierra fértil; a su lado mi flaco cuerpo se siente como un costal de varitas. Nos acercamos a Chicoloapan. El camino se ha vuelto café y terregoso, el tráfico se mueve a vuelta de rueda. Desde el frente de la camioneta nos llega música ranchera. Autos y camiones y el olor de los escapes de los autos nos rodean. Reyes se voltea y me pregunta: “¿Y a ti, qué te trajo al punk?”.

Los diversos trenes de pensamiento que había en mi cabeza en ese momento se detienen. ¿Qué me trajo al punk? Reyes tiene ojos pequeños y mirada firme. Espera mi respuesta. “Pues… —comienzo— No sé. Creo… creo que el punk es algo que… simplemente se lleva”.

Reyes asiente.

“Me gustan muchos movimientos —continúo—. Siento que… puedes sacar algunas cosas de aquí y de allá… pero en el fondo…”

Divago. Reyes parece satisfecho con mi respuesta. Voltea a verme. Llevo puesta una de sus camisetas punks sobre una camiseta de un esqueleto tocando una guitarra y el logo de una banda punk de Los Ángeles, los Screamers. Antes, fui al Clandestino y bailé slam con Síndrome. Entiendo lo que dice Reyes cuando habla del Plan Nacional de Desarrollo, sobre resistir al gobierno, y la necesidad de contar las historias. Para Reyes, yo soy banda. Para Reyes, yo soy punk.

En Chicoloapan, un llano que se extiende al oriente de la ciudad, la mancha metropolitana de la ciudad de México parece una zona de guerra abandonada más que una colección de suburbios interconectados. Por aquí y allá hay construcciones de concreto a medio terminar, y los perros y los más pobres entre los pobres se las arreglan como pueden a lo largo del lodoso terreno que bordea el camino. Para el momento en que Reyes le avisa al conductor que vamos a bajar, me alegra poder despegarme de la mujer sentada a mi lado. Podría ser cualquier otra calle desolada de los suburbios del valle, donde lo urbano se mezcla incómodo con lo rural. Construcciones, y cercas, y perros y el enorme cielo encapotado sobre nuestras cabezas. Caminamos por una calle lateral vacía, pasamos tienditas, servicios de internet y tintorerías. No hay nadie alrededor. La calle es tan silenciosa que oigo mi propia respiración. Reyes no vive aquí; permaneció cerca de Santa Fe después de que Tlayacapa fue borrado del mapa. Pero se mueve en la zona de Chicoloapan con la seguridad de los locales. Vamos hacia la casa de su hermana, Flexi, a ver quién está.

“Cuéntame qué pasó cuando los corrieron de Santa Fe —le digo a Reyes—. ¿Cómo fue?”

Sucedió en la madrugada, dice Reyes. Hubo policía montada, policía de todas las delegaciones, policía afuera de su casa. Viejos, mujeres y niños, todos fueron despertados y echados de sus casas. Suena violento y traumático. Tras la primera batalla por el desalojo, Reyes y su comunidad formaron un movimiento de resistencia. Acamparon en su territorio. Acamparon frente a edificios de gobierno. “Todas las noches, de dos a cuatro de la mañana, llegaban los granaderos y nos sacaban de donde nos plantábamos, sea en la plancha del Zócalo o donde estuviéramos —cuenta Reyes—. Incluso con nuestros hijos chiquitos, los viejos que se nos enfermaban. Una tragedia muy cabrona. Los que se resistían, les pegaban, les pegaban muy feo. Vivimos cuatro años de lucha y de resistencia”.

Pasamos un campo de futbol aún mojado por la lluvia de ayer. Tras cuatro años de lucha, el rector del Tecnológico de Monterrey gestionó para que les dieran casas nuevas a las familias desalojadas de Tlayacapa. “Estábamos cansados de vivir en las calles como nómadas — dice Reyes—. Éramos una de las setecientas familias originales. Al final, quedamos treinta familias.”

La casa de Flexi queda cerca del final de una cerrada, en una hilera de casas pintadas de colores alegres, del tipo que se ven con frecuencia en las orillas de las grandes ciudades. Las entradas de las casas están hechas del mismo material que la calle: un concreto blanco y de mala calidad. Reyes sacude una puerta blanca y oxidada: “¡Abran!” Esperamos. De la casa salen Flexi y una de sus hijas. Flexi parece contenta de ver a una nueva persona vestida con una de sus prendas. Nos saludamos de mano y con abrazos y besos al entrar a la oscura sala. El suelo es de cemento gris aplanado.

Dentro, conozco a los sobrinos de Reyes y a su padre, un viejito encorvado sobre un banco de carpintero. Flexi, de cabello corto y chino y sudadera de camuflaje, inmediatamente me comienza a decir manito. Está haciendo un consomé. El hijo mayor de Flexi, de poco más de veinte años, pone un DVD de viejos videos de punks. La cubierta tiene una calavera con huesos y el título: 1985-1995. La década perdida.

“Fue tremenda, la situación”, dice Flexi, sentada en un sillón a mi lado, mientras llega el consomé. “Fue duro, manito“. Vemos grabaciones mal hechas de punks muy jóvenes que hablan de sus ideas, lo que significa ser punk para ellos. Imágenes de multitudes feroces bailando y golpeándose a ritmo de la música, cientos y cientos de punks de México abriéndose paso a golpes durante la década perdida. Quién sabe dónde estén todos esos chavos hoy en día, pero justo frente a mí se encuentra una familia de supervivientes, originales del punk. Uno de esos punks que baila rabiosamente en la pantalla, me dice Flexi, es su esposo muerto. Lo mataron en una pelea, me cuenta.

“Nos decían que nos teníamos que ir —relata Flexi—, que nos teníamos que salir, porque ya no era nuestro. Pero nosotros decíamos: ‘No, la tierra es de quien la trabaja’. Decíamos: ‘De aquí sólo muertos nos sacan’. En ese momento, manito, estábamos dispuestos a dar nuestra vida por esa tierra”.

Con unas cerveza y tortillas para completar la comida, Flexi me cuenta de una noche especialmente aterradora a dos meses de iniciado el conflicto, cuando llegaron los granaderos. De nuevo, relata, las fuerzas del Estado llegaron en medio de la noche. “Teníamos tanques de gas y dijimos: ‘Si ellos entran, nos matamos’, no queríamos perder [la tierra], así que nos enfrentamos con esos cabrones”.

Pasan las horas. Reyes parece contento de estar en casa. Vive en el extremo opuesto de la ciudad, lo que convierte cada visita a la casa de su hermana en un acto de resistencia. Bromea con sus sobrinos y abraza a su padre. Finalmente, sugiere volver a sus rumbos, a lo que queda del barrio en Santa Fe, a un toquín. Al concierto callejero también se le dice ruido. Flexi me muestra parte de su trabajo de bordado mientras un niño pequeño, quizá su sobrino o nieto, camina lentamente hacia mí y se detiene en mis rodillas.

“Ahora voy al Chopo, y parece que hay algunos pelones nacionalistas —dice Flexi, perpleja—. Son nacionalistas y cantan el himno nacional.”

Tras la cerveza y el consomé, nos despedimos. Les pido que posen para una foto de grupo. El día feliz queda registrado en una imagen en la calle de Flexi, toda la familia tomados de los brazos, sonriendo.

Reyes no me dice exactamente dónde será el concierto, sólo que se trata de un hoyo fonqui, como en los primeros días de la contracultura en México. Este hoyo fonqui, me cuenta Reyes, sucede en un lugar conocido como el Garcy, en las colinas que rodean a Tacubaya, en los barrios de Santa Fe que no fueron destruidos para dejar paso a el “nuevo Santa Fe” de oficinas corporativas y complejos habitacionales muy vigilados. Habrá varios grupos, y vamos a conocer a más punks originales.

En este momento, las seis de la tarde de un domingo, hemos ido a la orilla oriental de la ciudad y ahora nos dirigimos a la otra orilla, todo a pie o en transporte público. Al llegar al metro Tacubaya, salimos a la superficie, donde la zona también es la transitada terminal de muchas líneas de autobuses que suben a los cerros del poniente de la ciudad. Los taqueros ofrecen sus productos y en cualquier lugar que hay espacio, vendedores ofrecen botanas para ayudar a pasar el largo trayecto. Bombones cubiertos de chocolate, cacahuates, gomitas. “Antes vivía por aquí”, le digo a Reyes, lo que lo pone contento.

Nos subimos a un microbús. El sudor pegajoso de la tarde en la ciudad permea las banquetas y los cuerpos que transitan en ellas. Reyes conversa brevemente con el conductor y se sienta en el asiento del copiloto, la forma en que la gente de barrio se identifica, mientras que a mí me toca viajar de pie, detenido de un grasiento tubo. Todo el tiempo voltea a verme, y me sonríe, me cuida. El micro sube y sube y sube por calles llenas de grafiti, pasamos tiendas de todo tipo, por un territorio absolutamente desconocido para mí. Para el momento en que nos bajamos, inmediatamente siento cómo aumenta la sensación de peligro inherente a las dinámicas de la gente del barrio y los fuereños, eso que sucede cuando caminas por las calles de un barrio que no es el tuyo.

Esta ley urbana gobierna los submundos de cualquier ciudad, análogo a lo que, imagino, opera en los barrios de Bombay o las favelas de Brasil. Y sin embargo, las lujosas torres de Santa Fe están a unas calles al norte de donde nos encontramos. Cruzamos una calle y un grupo de malandros parados en una esquina nos chifla, amenazante. Reyes los ignora y se detiene a recoger un póster de la tocada pegado a un teléfono público. La seguridad somos todos, dice, debajo de la lista de los grupos, y le recuerda a los rockeros: No violencia. No armas. No botellas de vidrio y no drogas. Reyes lo arranca y me lo da mientras subimos por un callejón, donde hay otros grupos de jóvenes que nos miran con mala onda.

Tras saludar a algunos cuates de antaño que lo conocen, Reyes voltea a verme con una mirada seria. “Si alguien te pide irte con ellos, si alguien te habla, y yo no hablé con él, no te vayas a ningún lado —me advierte, en un susurro—. Tú vienes conmigo. Machín, machín”. La palabra me regresa a las calles de Tijuana y partes de San Diego. Machín significa ser rudo, estar listo para lo que sea. La amenaza de violencia es una forma de mediación o negociación en el barrio, en cualquier parte del mundo. Es la única manera de que las cosas se mantengan en equilibrio, si todo el mundo da muestras iguales de ser machín.

En la cima de la colina, ante nosotros se abre un cañón urbano, con una presa al fondo, que te quita el aliento. En toda la parte lateral de las colinas, casas de cemento se repiten una tras otra, como si estuvieran una sobre la otra. Estas pequeñas viviendas se construyeron durante la caótica expansión de la ciudad en los setenta y ochenta. Muchas ahora han sido refinadas con pintura, limpias, tan relativamente estables como la posición económica de sus habitantes. La gente nos ve desde las ventanas. Las calles frente a nosotros se vuelven escaleras de cemento que bajan hasta el fondo de la barranca. Desde muy abajo nos llegan sonidos de guitarras y baterías.

“Un hoyo fonqui”, dice Reyes, con una amplia sonrisa, “lo que queríamos”.

El “Choyo” es una cancha de basquetbol en el fondo de la barranca, rodeada de árboles. Es la tarde-noche, y comienza a hacer frío, el cielo está pintado de un brillante morado. El ruido en el Garcy comenzó oficialmente a las diez de la mañana y oficialmente terminó a las seis de la tarde. Llegamos a las siete. Aún falta que toque un grupo de darketos. La banda bebe, se detienen unos de otros. Algunos perros descuidados miran la escena desde la orilla. Reyes y yo caminamos hasta la cancha y es evidente que llamamos la atención. Algunos chiflidos indirectos, pero no indiscretos salen de un grupo de chavos sentados en unos troncos. Sin hacerles caso, Reyes me lleva directamente a la parte trasera del escenario, una lona amarilla colgada sobre unos palos donde se encuentran la batería, los micrófonos y los amplificadores. “¡Qué milagro!”, gritan los amigos de Reyes, abrazándolo todos a la vez. “¡Reyes, Reyes!” se trata de Mary, Alfredo, la Mouse, Rebeko, Robo y D’mon, un punk de cabello gris que organizó el ruido. Están bebiendo, fumando e improvisando con la música. Son la otra familia de Reyes, su banda punk.

No parecen, pienso. No llevan cadenas, no llevan picos. Ahora, de treintaitantos años, la banda es tranquila y se complace en defender su estilo punk con sus acciones, no con su forma de vestir. Alguien me ofrece un cigarro y lo rechazo, sin considerarlo. Es difícil acostumbrarse a un nuevo lugar, entre gente nueva, tratando de ver quién es quién y qué es qué. Nadie parece vestirse punk por aquí, pienso. Los chavos más jóvenes ese día en el Garcy parecen más influidos por la estética de San Judas del centro: camisetas blancas, gorras blancas, jeans y tenis blancos. La cultura de Santa Fe ha cambiado, al parecer, desde los días de Reyes y su banda.

Algunos chavos se tambalean, con ojos vidriosos, drogados hasta el más allá. El olor de la mariguana y los solventes pende en el aire frío de la noche. Hay uno que parece ser del Santa Fe de antaño, perdido por ahí del 83. Usa lentes de piloto como de Top Gun, una bandana azul en la cabeza y guantes con los dedos cortados. Siento que debería estar bailando break dance. El tipo camina por la cancha como si fuera mudo, concentrado en algo invisible para el resto de nosotros cuando, de pronto —pow— lanza los puños al aire o salta al ritmo de la música. “No le hagas caso —dice Rebeko—, notando mi mezcla de miedo y fascinación. Está loco”.

Sigo revisando el hoyo cuando alguien me pone una caguama enfrente.
“Chúpale —dice D’mon—, ¿o qué, no chupas?”.

D’mon tiene el tipo de personalidad que, imagino, resulta de una proximidad constante con viejas revistas Rolling Stone, discos viejos, viejos carteles de festivales de rock y piel vieja. Su cabello es gris, su piel pálida y, con su larga nariz ganchuda y tristes ojos claros, tiene un aire como de brujo. Me dicen que pertenecía a grupos punk muy serios de la ciudad de México, en aquellos días. actualmente toca en un grupo con Alfredo, Mary y la Mouse. Se llaman A. C. V., Agudos, Crónicos y Vegetales.
“¡Bebe!”, ordena D’mon.

Cicatriz está bajando el ruido a un final apropiadamente sombrío. Frente al guitarrista y baterista, una chava aúlla frente al micrófono en una voz operática mientras da caladas a un cigarro y un chavo en otro micrófono grita al estilo death metal mientras castiga las cuerdas de su guitarra. Todos usan botas negras y gabardinas largas de piel negra. Detrás del escenario, los amigos de Reyes pasan la caguama, una actividad tan esencialmente punk… porque es muy punk compartir saliva con extraños.

Mi guía, un punk original de santa Fe, está de vuelta en lo que queda de su barrio. Me sonríe desde el otro lado. Se ve feliz.

Entonces comienza la pelea. En un instante. Estoy detrás del encargado del sonido, quien acaba de exclamar “estoy muerto” y, en medio de la cancha, una chava discute a gritos con un chavo, nadie sabe por qué. Se insultan y gritan, la gente comienza a acercarse, moscas a la miel. De pronto, la chava lanza un puñetazo al pecho de él. El güey se tambalea hacia atrás. Alguien la agarra a ella, alguien lo agarra a él, y por razones desconocidas, los seis o siete de la bolita comienzan a golpearse y empujarse. La bola de gente rebota de aquí para allá.

Reyes y su banda de punks viejos miran la escena por un momento. Los miembros de Cicatriz se apresuran a empacar sus cosas. “Ya vámonos”, le digo a Reyes, quien ahora está a mi lado, observando la pelea en silencio.

Pegados a la malla, docenas de chavos de los barrios de Santa Fe se meten a la campal, que crece a cada instante. Oigo una caguama estrellarse en el piso. Se oyen chiflidos que llaman a más gente a la pelea; de las colinas bajan corriendo más y más chavos, listos para darse en la madre. El ruido crece. El bajista y el baterista de Cicatriz me sonríen, nerviosos.
“Pues, se va a poner pesado”, dice D’mon.
Mary, quien hasta hace unos momentos conversaba alegremente conmigo, ahora apura a sus dos pequeños.
“Vámonos de aquí —dice alguien—. ¿Dónde está Rebeko?”.

El grupo me explica después que los ruidos de Santa Fe casi siempre terminan en peleas, generalmente entre banda de barrios enemigos. Es casi una obligación; la ovación final del concierto. Eso no minimiza el miedo que nos envuelve. Reyes, D’mon, la Mouse, Mary y Robo desmontan de prisa el escenario. Es hora de la madriza, pero nadie de los que me rodea parece tener ganas de quedarse a ver cómo termina.

Viejitas y niños se asoman desde puertas y ventanas. Estamos atrapados en la parte trasera de la cancha. Nuestra única salida será atravesar un callejón hasta llegar a una zanja llena de pasto y atravesar el dique de la reserva para llegar a casa de Alfredo y Mary. Comenzamos a caminar, en las manos, instrumentos y botellas de cerveza vacías.
“¿Dónde está Rebeko?”.
Rebeko estaba muy borracho y de alguna manera terminó en medio de la pelea. Mary va a buscarlo. “¡Ten cuidado, mamá!”, le grita su hijito.
“Hay que caminar rápido”, dice Robo.

Mary saca a Rebeko de la bola y se nos unen deprisa. Todos regañan a Rebeko por retrasarse. Reyes va delante. Un chavo de camiseta blanca nos sigue, cayéndose de borracho. Está más que intoxicado y casi no puede sostenerse en pie. Bajamos por la zanja húmeda. El chavo que nos sigue se resbala y cae constantemente en las piedras mojadas.
“Se va a caer al agua”, dice el hijo de Mary.
“Déjalo”, alguien responde.
“Que se muera —se ríe Robo—. Mañana lo leemos en los periódicos”.

Ya es casi de noche. La presa Mixcoac está llena apenas a una cuarta parte de su capacidad y huele a suciedad y putrefacción, y apenas tengo un momento para pensar en el estado del suministro de agua de la ciudad de México, la ciudad deshidratada.

Tras cruzar el puente, llegamos a la seguridad del otro lado de la presa. La madriza al otro lado se está convirtiendo en un motín. Se oyen las sirenas de las patrullas haciendo eco contra las barrancas. El hijo menor de Mary voltea a ver con miedo los callejones que dejamos atrás. Del otro lado de la barranca, se escucha el sonido distintivo de varios disparos. Apresuramos la marcha. Unas cuantas calles más, hasta una puerta de metal, luego, unas escaleras de piedra, oscuridad y luego, la casa.

Desde fuera continúan entrando los sonidos de las sirenas y los disparos. Una vez seguros, los amigos y familia conversan, tranquilizándose unos a otros. Alguien pasa una nueva ronda de caguamas. Hay que esperar que pase el desmadre, que termine la madriza. Luego, tomaremos un taxi de vuelta a Tacubaya. Mientras, Reyes pone un video sobre la vida de D’mon como punk original de Santa Fe. La Mouse baja las luces. Estoy absolutamente exhausto. Exhausto de mente como de cuerpo. Vemos los treinta minutos del documental sin hablar: D’mon habla a la cámara, recuerda, rockea, su mirada ausente atrapada por la cámara, una voz en off relata algo. Estoy sentado en la mesa del comedor, detrás del sillón donde están sentados D’mon y Rebeko. D’mon se acurruca en la oscuridad, abrumado por la nostalgia y otras emociones que sólo él podría describir. Parece que llora. Veo su silueta recortada por el brillo de la televisión. Reyes abraza fuerte a su amigo y lo acuna en sus brazos.

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Una puerta hacia los infiernos del Sr. Ávila

Conversamos con el equipo detrás de “Sr. Ávila”, la exitosa serie de HBO Latinoamérica, sobre el estreno de su tercera temporada.