Archivo Gatopardo

Aura Estrada

El novelista Francisco Goldman se casó con Aura Estrada en 2005. Casi dos años después, una ola arrastró a Aura durante unas vacaciones en una playa de Oaxaca. Aura murió. Francisco escribió "Say Her Name", la novela que hace la crónica del luto del escritor, un dolor sin fondo. Presentamos un adelanto del libro que comienza a circular en español este mes con el sello de Sexto Piso.

Por Francisco Goldman

AuraEstradaGDE

Cada vez que Aura se despedía de su madre, así fuera en el aeropuerto de la ciudad de México, o tan sólo para salir del departamento por la noche o, incluso, al separarse tras comer en un restaurante, su madre alzaba la mano y hacía la señal de la cruz para bendecirla mientras susurraba una breve plegaria para pedirle a la Virgen de Guadalupe que protegiera a su hija.

Los ajolotes son una especie de salamandra que nunca abandona su estado de larva, algo así como renacuajos que nunca se convierten en ranas. Solían abundar en los lagos que rodeaban la antigua ciudad de México y eran uno de los platillos favoritos de los aztecas. Hasta hace poco, se decía que los ajolotes aún vivían en los salobres canales de Xochimilco, pero en realidad se encuentran casi extintos, incluso ahí. Tan sólo sobreviven en acuarios, laboratorios y zoológicos.

Aura gustaba del cuento breve de Julio Cortázar sobre un hombre tan fascinado por los ajolotes del Jardin des Plantes de París que acaba por convertirse en uno. Cada día, incluso tres veces por día, el hombre anónimo de ese cuento visita el Jardin des Plantes para observar a los extraños animalitos apretados en su acuario, ver sus cuerpos translúcidos y lechosos, sus delicadas colas de lagarto, sus caras aztecas triangulares, planas y rosadas, las patas diminutas con dedos casi humanos, los ramitos que brotan de sus branquias, el brillo dorado de sus ojos, la manera en que casi no se mueven y de vez en cuando agitan las branquias o se echan a nadar con una sola ondulación del cuerpo. Parecen tan extraños que el hombre se convence de que no son sólo animales, sino que guardan una misteriosa relación con él, que están confinados en silencio al interior de sus cuerpos, pero de alguna manera le suplican con sus pulsantes ojos dorados que los salve. Un día, el hombre está observando a los ajolotes como de costumbre, con el rostro muy cerca del acuario, pero justo a la mitad de esa oración el “yo” se encuentra ahora en el interior de la pecera y observa al hombre a través del cristal. La transición sucede tal cual. El cuento termina con el ajolote que alberga la esperanza de haberle comunicado algo al hombre, de haber enlazado las calladas soledades de ambos y de que la razón por la que el hombre ya no visita el acuario sea que está en algún lugar escribiendo un cuento sobre lo que significa ser un ajolote.

La primera vez que Aura y yo viajamos juntos a París, unos cinco meses después de que se mudara conmigo, ella quería ir al Jardin des Plantes para ver a los ajolotes de Cortázar más que cualquier otra cosa. Aura había estado en París antes, pero había descubierto el cuento de Cortázar recientemente. Uno hubiera pensado que la única razón por la que habíamos volado a París era para ver a los ajolotes, aunque en realidad Aura tenía una entrevista en la Sorbona porque estaba considerando dejar Columbia. Fuimos al Jardin de Plantes durante nuestra primera tarde y pagamos para entrar a su pequeño zoológico del siglo XIX. Frente a la entrada de la casa de los anfibios, o vivarium, había un cartel con información en francés sobre los anfibios y las especies en peligro de extinción, ilustrado con la imagen de un ajolote de branquias rojas en perfil, que mostraba la alegre cara extraterrestre y los brazos y manos de mono albino. En el interior, los tanques formaban una fila que bordeaba la habitación, pequeños rectángulos iluminados, empotrados en las paredes, cada uno enmarcaba un hábitat húmedo un tanto diferente: musgo, helechos, rocas, ramas, estanques. Fuimos tanque por tanque, mientras leíamos las cédulas: había varias especies de salamandras, tritones y ranas, pero ningún ajolote. Recorrimos la habitación de nuevo, en caso de que no los hubiéramos visto. Al final, Aura fue a donde se encontraba el guardia, un hombre uniformado de edad adulta, y le preguntó dónde estaban los ajolotes. El hombre no sabía nada de los ajolotes, pero algo en la expresión del rostro de Aura pareció darle que pensar y le pidió que aguardara un momento. Salió de la sala y volvió un momento después acompañado de una mujer un poco más joven que él y vestida con una bata azul de laboratorio. La mujer y Aura intercambiaron murmullos en francés, así que no pude entender lo que decían, pero la mujer tenía una expresión animada y cordial. Cuando salimos, Aura se detuvo un momento con cara de asombro. Luego me dijo que la mujer recordaba a los ajolotes, que incluso llegó a decir que los extrañaba, pero que se los habían llevado años atrás y ahora se encontraban en el laboratorio de cierta universidad. Aura llevaba su abrigo de lana color gris carbón y una bufanda de lana blanca alrededor del cuello. Algunos mechones de su liso cabello negro enmarcaban en desorden la redondez de las mejillas suaves, enrojecidas como si las hubiera quemado el frío, aunque en realidad no hacía mucho frío. Unas cuantas lágrimas saladas, no un torrente, se desbordaron de sus ojos anegados y resbalaron por sus mejillas.

“¿Quién llora por algo así?”, recuerdo haber pensado. Besé las lágrimas y respiré ese calor salobre de Aura. Fuera lo que fuera aquello que tanto le afectó por la ausencia de los ajolotes, parecía parte del mismo misterio que el ajolote espera que el hombre revele, hacia el final del cuento de Cortázar, al escribir un cuento. Siempre tuve deseos de saber qué se sentía ser Aura.

¿Où sont les axolotls?“, escribió en su cuaderno. ¿Dónde están?

Aura se mudó a mi departamento de Brooklyn cerca de seis semanas después de llegar a Nueva York proveniente de la ciudad de México, armada de múltiples becas, incluyendo una beca Fulbright y una del gobierno mexicano, para comenzar sus estudios de doctorado en Literatura Hispánica en la Universidad de Columbia. Vivimos casi cuatro años juntos. Aura compartía el alojamiento universitario de Columbia con una estudiante extranjera, una botánica coreana altamente especializada en cierta área. Estuve en el departamento tan sólo dos o tres veces antes de mudar las cosas de Aura al mío. Aquél era un departamento de los que aquí llamamos “de ferrocarril”, con un pasillo angosto y largo, dos habitaciones y una sala al frente. Un departamento de estudiante repleto de objetos de estudiante: su librero de IKEA, un juego de ollas, sartenes y utensilios antiadherentes de tono carbón, una silla roja rellena de cuentas, un estéreo, una pequeña caja de herramientas (también de IKEA y aún sellada con su envoltura de plástico transparente). Su colchón estaba en el piso, y sobre él había una montaña de ropa. El departamento me hizo sentir de lo más nostálgico por los días universitarios, por la juventud. Moría de ganas por hacerle el amor ahí mismo, en el suntuoso desbarajuste de esa cama, pero Aura se ponía nerviosa porque su compañera podía entrar en cualquier momento, así que no lo hicimos.

La saqué de ese departamento, y dejamos a su compañera, con la que Aura se llevaba bien, a su aire. Pero poco más de un mes después, cuando estuvo segura de que iba a quedarse conmigo, Aura encontró a otra universitaria que se hiciera cargo de su parte del alquiler, una chica rusa. Parecía la clase de persona que agradaría a la chica coreana.

Ahí en la avenida Amsterdam y la calle 119, Aura vivía a la orilla del campus. En Brooklyn tenía que viajar en metro y hacer al menos una hora de trayecto para ir a Columbia, y solía ir casi todos los días. Podía tomar el tren F, transbordar en la calle 14 y abrirse camino a través de un laberinto de escaleras y largos túneles, que en invierno estaban helados y tenían un aspecto lúgubre, para llegar a los trenes expresos 2 y 3, y cambiar al tren local en la calle 96. O bien, podía caminar veinticinco minutos desde nuestro departamento hasta la estación Borough Hall y tomar el 2 o el 3 ahí. Al final se decidió por la segunda opción, y eso fue lo que hizo casi todos los días. En invierno, el frío podía ser brutal durante esa caminata, sobre todo con los delgados abrigos de lana que le gustaba ponerse, hasta que por fin la convencí de permitirme comprarle uno de esos abrigos completos (con todo y capucha) de The North Face y envolverla de la cabeza a un poco más abajo de la rodilla en nylon azul, inflado por las plumas de ganso.

—No, mi amor, no te hace ver gorda, o no sólo a ti, todo el mundo parece una bolsa de dormir ambulante con uno de ésos y, además, ¿a quién le importa? ¿No es mejor estar cómoda y calientita?

Cuando usaba ese abrigo con la capucha puesta y el cuello cerrado por debajo de la barbilla, en combinación con sus brillantes ojos negros, parecía una niña iroquesa que da vueltas enfundada en su propia papoose [el nombre genérico para designar el típico portabebés de los pueblos indígenas que puede llevarse sobre la espalda (N. del T.)].  Casi nunca salía al frío sin él.

Otra complicación del largo viaje era que se perdía a menudo. Por estar ausente, perdía su estación o tomaba el tren en la dirección incorrecta y, enfrascada en su lectura, en sus pensamientos o en su iPod, no se percataba hasta encontrarse en la profundidad de Brooklyn. Entonces llamaba desde un teléfono público, en alguna estación de la que yo nunca había oído.
—Hola, mi amor, bueno, estoy en la estación Beverly Road, me equivoqué de dirección otra vez.

Utilizaba a propósito un tono de voz casual: aquello no era nada, tan sólo se trataba de otra neoyorquina cargada de compromisos que lidiaba con un dilema rutinario de la vida urbana, pero de todos modos sonaba un poco derrotada. No le gustaba que la molestara por tomar el metro en la dirección incorrecta o por perderse mientras caminaba en nuestro propio barrio, pero es que a veces no lo podía evitar.

Desde el primer día de Aura en nuestro departamento de Brooklyn hasta casi el último, la acompañé a la estación de metro cada mañana, excepto en esos días cuando conducía su bicicleta hasta Borough Hall y la dejaba encadenada ahí (aunque esa rutina no duró mucho porque los borrachos y drogadictos sin techo que vivían en el centro de Brooklyn le robaban a menudo el asiento), o cuando llovía, o cuando ya iba tan tarde que debía tomar un taxi para llegar a Borough Hall, o en las raras ocasiones en que salía disparada por la puerta como un pequeño tornado furioso, pues se hacía tarde, y yo estaba todavía atorado en el baño y le gritaba que esperara, o en las dos o tres veces que estaba tan molesta conmigo por esto o aquello que de ninguna manera quería que la acompañara.

En general la acompañaba hasta la estación del tren F, sobre Bergen, o a la estación de Borough Hall, aunque al final acordamos que si se dirigía a Borough Hall yo llegaría hasta el deli del tipo francés que había en Verandah Place. Tenía trabajo pendiente y no podía perder casi una hora diaria en ir y volver de la estación, aunque ella trataba de incitarme para llegar más lejos, hasta la avenida Atlantic o, a pesar de todo, hasta Borough Hall o incluso hasta Columbia. En esos casos, pasaba el día entero en la Butler Library (unos semestres antes había impartido un taller de escritura en Columbia y aún tenía mi credencial) leyendo o escribiendo o tratando de escribir en un cuaderno, o me sentaba frente a una de las computadoras para revisar mi correo electrónico o pasar el tiempo con la lectura de los periódicos en línea, y empezaba, por costumbre, con la sección de deportes de The Boston Globe, pues crecí en Boston. Normalmente almorzábamos en Ollie’s, luego íbamos a Kim’s para despilfarrar el dinero en DVD y CD o echábamos un vistazo en Labyrinth Books y salíamos cargados de pesadas bolsas con libros para cuya lectura ninguno de los dos tenía tiempo de sobra. A veces, los días en que no me había convencido para que la acompañara a Columbia por la mañana, llamaba por teléfono y me pedía que fuera hasta allá tan sólo para almorzar con ella, y a menudo iba.

—Francisco, no me casé para tener que almorzar sola. No me casé para pasar el tiempo sola —solía decir Aura.

Durante esas caminatas matutinas hacia el metro, Aura era la que hablaba más o la única que hablaba. Hablaba de sus clases, de sus profesores, de otros estudiantes, de una nueva idea para un cuento o una novela o sobre su madre. Incluso cuando era particularmente neuras [En el original, el autor ha dejado en castellano varias palabras o frases por su efecto único. Para transmitir esa intención, destacamos esas palabras o frases con cursivas a lo largo del fragmento (N. del T.)] y repasaba sus angustias de costumbre, yo intentaba formular nuevas palabras de aliento, o refrasear o repetir otras previas. Me gustaba, en particular, cuando tenía ánimos para detenerse cada pocos pasos y besar o mordisquear mis labios como una cachorra de tigre, el gesto de sonrisa silenciosa que hacía después de mi “¡auch!” y la manera en que se quejaba, “Ya no me quieres, ¿verdad?“, si no le tomaba la mano o pasaba mi brazo sobre sus hombros en el momento en que ella lo deseaba. Me gustaba mucho nuestro ritual, excepto cuando en realidad no me gustaba, cuando me llenaba de preocupación: ¿cómo me las voy a arreglar para escribir otro maldito libro con esta mujer que me hace acompañarla a la estación del metro cada mañana y que me engatusa para ir a Columbia a almorzar con ella?

Todavía imagino con frecuencia que Aura camina junto a mí por la calle. A veces imagino que le tomo la mano, y camino con el brazo un poco apartado del cuerpo. A nadie le sorprende ya ver gente que habla consigo misma por las calles, pues se da por sentado que hablan con algún aparato que tiene Bluetooth. Pero la gente sí te mira cuando advierten que tienes los ojos enrojecidos y húmedos, y los labios torcidos por una mueca de sollozo. Me pregunto qué creen estar viendo y qué motivo imaginan para el llanto. Una ventana se ha abierto de forma breve y alarmante en la superficie.

Un día de ese primer otoño en Brooklyn tras la muerte de Aura, en la esquina de Smith y Union, vi a una anciana en la acera contraria que esperaba para cruzar la calle. Era una anciana del barrio, de aspecto común, con el cabello blanco y bien peinado. Estaba un poco jorobada y la expresión de su pálido rostro era dulce y blanda, como si disfrutara la luz del sol y el clima de octubre mientras esperaba con paciencia a que cambiara la luz del semáforo. La idea fue como una bomba silenciosa: Aura nunca llegaría a saber lo que significa ser vieja, nunca llegaría a ver su larga vida en retrospectiva. Con eso tuve para pensar en la injusticia del hecho y en la adorable y exitosa anciana que, con toda seguridad, Aura estaba destinada a ser.

Destinada. ¿Había sido mi destino entrar en la vida de Aura cuando lo hice o me metí donde no debía y torcí su camino predestinado? ¿Se suponía que Aura debía casarse con alguien más, quizá con otro estudiante de Columbia, quizá con ese chico que estudiaba a unos cuantos sitios de distancia en la Butler Library o con aquel de la Hungarian Pastry Shop que no podía dejar de mirarla tímidamente? ¿Cómo decir con exactitud que cualquier cosa que no fuera lo que pasó estaba escrita? ¿Dónde quedan la voluntad de Aura y la responsabilidad ante sus decisiones? Cuando el semáforo se puso verde y crucé la calle, ¿advirtió la anciana la expresión de mi rostro al pasar junto a mí? No lo sé, yo tenía puesta la mirada borrosa en el pavimento y tan sólo quería volver a nuestra casa. Ahí, Aura se hacía más presente que en cualquier otro lado.

* * * *

El departamento, que para entonces había rentado por ocho años, era el área del salón principal en una casa brownstone de cuatro pisos. Cuando los Rizzitano, la familia que aún poseía el edificio, vivían ahí y ocupaban los cuatro pisos, el salón principal era la sala, pero ahora era nuestro dormitorio. Los techos eran tan altos que para cambiar una bombilla de la lámpara colgante tenía que trepar en una escalera de metro y medio, pararme de puntas en su desvencijado pináculo y estirarme lo más posible, y aún así acababa arqueado hacia atrás, agitando los brazos para no perder el equilibrio. Aura, que observaba desde el rincón donde se hallaba su escritorio, dijo:
—Pareces un pájaro amateur.

Por el borde superior de los muros blancos corría una moldura de yeso también encalada, se componía de una hilera de rosas neoclásicas repetidas y, debajo de ésta, otra hilera, más gruesa, de hojas curvas. Dos altas ventanas, encortinadas y con profundos antepechos, daban a la calle. Alzándose de piso a techo entre ambas ventanas, como una chimenea, estaba el detalle más chillón del departamento: un inmenso espejo con un marco barroco de madera dorada. Ahora el vestido nupcial de Aura cubría parcialmente el espejo, su gancho colgaba de un cordel que yo había atado a un par de arabescos dorados del espejo, en cada extremo superior. Sobre la repisa de mármol que había al pie del espejo podía verse un altar formado con algunas de las pertenencias de Aura.

Cuando volví de México esa primera vez, seis semanas después de la muerte de Aura, Valentina, que estudió con ella en Columbia, y Adele Ramírez, amiga de ambas que venía de México para visitar a Valentina, vinieron a recogerme al aeropuerto de Newark en la camioneta BMW del esposo de Valentina, un banquero de inversiones. Yo llevaba cinco maletas: dos mías y tres repletas con las cosas de Aura, no sólo su ropa (me negué a tirar o regalar casi todo lo suyo), sino también algunas de sus fotos y libros y una pequeña porción de los diarios, los cuadernos y los papeles sueltos de toda su vida. En cambio, si ese día me hubieran recogido en el aeropuerto mis amigos hombres para ir luego al departamento, seguro que todo habría sido muy diferente. Quizá hubiéramos echado un vistazo de incredulidad a nuestro alrededor y luego habríamos dicho “Vámonos a un bar”. Pero apenas había terminado de meter las maletas en casa cuando Valentina y Adele comenzaron a elaborar el altar. Se lanzaron por todo el departamento como si supieran mejor que yo dónde se encontraba cada cosa, elegían y traían consigo diversos tesoros, y de vez en cuando me pedían mi opinión o mis sugerencias. Adele, que es artista visual, se agachó frente a la repisa de mármol que había al pie del espejo y dio arreglo al sombrero de mezclilla, con una flor de tela cosida a un costado, que Aura había comprado durante nuestro viaje a Hong Kong; la bolsa de lona verde que había traído a la playa aquel último día, con todo lo que contenía, tal como ella lo había dejado: su cartera, sus gafas de sol y los dos delgados volúmenes que estaba leyendo (uno de Bruno Schulz y otro de Silvina Ocampo); su cepillo, con largos cabellos negros enredados en las cerdas; el tubo de cartón de palillos chinos que compró en el centro comercial cercano a nuestro departamento de la ciudad de México y que luego llevó al T.G.I. Friday’s, donde nos sentamos a beber tequila y a jugar con los palillos dos semanas antes de que muriera; un ejemplar de la Boston Review, en la que su último ensayo publicado en inglés había aparecido a principios de ese verano final; su par favorito (y único) de zapatos Marc Jacobs; su pequeña ánfora color turquesa; otras chucherías, souvenirs y adornos; fotografías; velas y, erguidas y vacías al pie del altar, sus botas mod de brillante hule, a rayas blancas y negras, con las suelas de encendido color rosa.

—¡Ya sé! —anunció Valentina, de pie frente al imponente espejo— ¿Dónde está el vestido de novia de Aura?

Fui a sacar el vestido del armario y traje conmigo la escalera.

Era el tipo de cosas de las que Aura y yo solíamos burlarnos: un folclórico altar mexicano en un departamento de estudiante como manifestación de una política identitaria cursi. Pero en ese momento parecía lo correcto, así que durante el primer año tras la muerte de Aura, y aun tiempo después, el vestido se quedó ahí. Con frecuencia compraba flores para el jarrón que había en el piso y encendía velas, además de comprar otras para reemplazar las que se habían consumido.

El vestido de novia fue confeccionado para Aura por una diseñadora mexicana que tenía una boutique en la calle Smith. Habíamos hecho amistad con la dueña de la tienda, Zoila, que venía de Mexicali. En su negocio solíamos hablar del puesto de tacos auténticos que algún día íbamos a abrir para hacer dinero a partir de las hordas de jóvenes borrachos y hambrientos que todas las noches salían de los bares de la calle Smith. Los tres fingíamos tener un serio interés en unirnos a esta promisoria empresa. Luego Aura descubrió que en el sitio web DailyCandy recomendaban los vestidos de novia de Zoila, confeccionados por encargo, como una alternativa a los de Vera Wang. Aura visitó el estudio de Zoila, un loft en el centro de Brooklyn, para hacer tres o cuatro pruebas, y de cada una volvía a casa más ansiosa. Al principio estaba decepcionada porque, tras recoger la versión final del vestido, lo encontró más simple de lo que había imaginado y no muy distinto a algunos de los vestidos comunes que Zoila vendía en su tienda por una cuarta parte del precio. Era una versión casi minimalista de un vestido de campesina mexicana. Estaba hecho de fino algodón blanco, con unos sencillos adornos de seda y encaje bordados, y se iba ensanchando hacia la base, en la que abundaban los volantes.

Pero al final Aura decidió que le gustaba. Quizás el vestido sólo requería estar en el hábitat adecuado, ese entorno cercano al desierto, en el pueblo y santuario católico de Atotonilco, entre la vieja iglesia de una misión, los cactus, los matorrales y el oasis de tierras verdes de una hacienda restaurada que habíamos alquilado para la boda, bajo la inmensidad del cielo mexicano, azul intenso y luego amarillo grisáceo, y de los turbulentos rebaños de nubes que lo recorrían de un extremo a otro. Quizás ahí radicaba la genialidad del diseño de Zoila para el vestido de Aura: era una especie de vestido liofilizado, en apariencia tan simple como el papel higiénico, que se llenaba de vida con el aire cargado y ligero del altiplano central de México. Era el vestido perfecto para una boda campirana en México hacia mediados de agosto y, después de todo, el vestido de novia soñado por toda niña. El vestido se veía un poco amarillento y los tirantes de los hombros un poco más oscuros por la salada transpiración. Una de las cintas de encaje que recorrían el vestido más abajo, por encima del punto en el que se ensanchaba, se había desprendido parcialmente del resto de la tela, la rasgadura parecía hecha por una bala. El dobladillo estaba decolorado y roto de tanto que lo habían arrastrado por el lodo, habían bailado sobre él o lo habían pisado durante la larga noche hacia el amanecer de nuestra boda, cuando Aura se quitó los zapatos de novia y se calzó unos de baile que compramos en una tienda para bodas, en la ciudad de México. Eran un cruce entre los zapatos blancos de enfermera y los tenis de plataforma tipo disco de los años setenta. Ese vestido de novia era una reliquia delicada. Por las noches, recortado contra la ilusión de profundidad que da el espejo y el brillo de las velas y las lámparas y rodeado por el marco barroco como si fuera una corona de oro, el vestido parecía flotar.

* * * *
A pesar del altar, o en parte por su causa, nuestra señora de la limpieza renunció. Originaria de Oaxaca, Flor, que criaba a tres hijos en El Barrio y venía a limpiar la casa cada quince días, dijo que la ponía muy triste estar en nuestro departamento. La única vez que Flor volvió por nuestro departamento la vi arrodillarse para rezar frente al altar, la vi tomar fotografías de Aura y apretarlas contra sus labios, manchándolas con sus lágrimas y sus besos enérgicos. Llegó a imitar los elogios fidedignos de Aura sobre su trabajo y el tono alegre de su voz:
—”¡Oh, Flor!, ¡parece como si hicieras milagros!” Ay, señor —dijo Flor—, siempre estaba feliz, llena de vida, era tan joven, tan buena, siempre me preguntaba por mis hijos.

Así que ¿cómo podía hacer su trabajo ahora, de esa manera que siempre había agradado a Aura, si no podía parar de llorar?, me preguntaba Flor, suplicante. Luego se llevaba la tristeza y las lágrimas a casa, con sus niños, me explicó más tarde, cuando llamó por teléfono, y eso no estaba bien, no, señor, no podía seguir haciéndolo, así que lo sentía mucho pero tenía que renunciar. No me tomé la molestia de buscar a otra señora del aseo. Supongo que pensé que Flor se sentiría mal por mí y volvería. Al final, intenté llamarla por teléfono para suplicarle que regresara y un mensaje grabado me indicó que el número estaba fuera de servicio. Luego, aunque parezca increíble, meses después de que renunciara, se arrepintió y llamó, dejó su nuevo número telefónico en la contestadora, por lo visto se había mudado. Pero cuando devolví la llamada, el número era incorrecto. En todo caso, era probable que yo lo hubiera escrito mal, soy un poco disléxico.

Quince meses después de la muerte de Aura, al volver de nuevo a casa sin ella (y sin que nadie me recibiera en el aeropuerto), me encontré el departamento tal y como lo había dejado en julio. La cama estaba sin hacer. Lo primero que hice fue abrir todas las ventanas para que pudiera entrar el aire húmedo y frío de octubre.

La MacBook de Aura seguía ahí, sobre su escritorio. Podría comenzar donde me había quedado, tratando de trabajar, organizar y juntar las piezas de sus cuentos, ensayos, poemas, la novela que acaba de empezar y sus textos inconclusos, los cientos de fragmentos, de hecho, que había dejado en su computadora con esa forma laberíntica y dispersa que tenía para organizar los archivos y los documentos. Pensé que estaba listo para sumergirme en esa tarea.

Sobre el suelo de la habitación, alrededor del florero que estaba frente al altar, había viejos pétalos de rosa secos, más oscuros que la sangre, pero el florero estaba vacío. En la cocina, las plantas de Aura estaban aún vivas a pesar de que no habían recibido agua en casi tres meses. Hundí el dedo en la tierra de una de las macetas y la encontré húmeda.

Entonces recordé que le había dejado una llave al vecino de arriba y le había pedido que regara las plantas de Aura mientras yo me encontraba fuera. Tan sólo tenía la intención de viajar a México por el primer aniversario de su muerte y quedarme un mes, pero me quedé tres meses, y ellos regaron las plantas durante todo ese tiempo. Limpiaron también las rosas marchitas, que debieron comenzar a pudrirse y a oler mal. Y recolectaron mi correo y lo echaron en una bolsa de plástico que pusieron a un lado del sofá, justo después de cruzar la puerta del departamento.

En la playa, sacamos a Aura del agua, yo y algunos de los bañistas que me vieron o que escucharon mis gritos de ayuda, y la tendimos en la pendiente, casi una zanja, que las olas habían hecho. Luego la levantamos de nuevo y la cargamos hasta un lugar plano, donde la pusimos sobre la arena caliente. Mientras se esforzaba por tomar aire, cerrando y abriendo la boca, susurraba tan sólo la palabra “aire” cuando necesitaba que presionara de nuevo mis labios contra los suyos, Aura dijo algo que en realidad no recuerdo haber oído, así como tampoco recuerdo mucho de lo que sucedió. Pero su prima Fabiola sí la escuchó, antes de correr en busca de una ambulancia, y más tarde me lo dijo. Lo que Aura había dicho, una de las últimas cosas que me dijo, fue: “Quiéreme mucho, mi amor”.

“No quiero morir”. Quizás ésa fue la última frase que pronunció entera, quizá sus últimas palabras.

¿Sonó eso como si tratara de exculparme? ¿Es éste el tipo de comentario que debería prohibirme hacer? Claro, la súplica y la invocación de amor de Aura jugarían bien con los sentimientos y las simpatías de cualquier jurado, pero no estoy en un tribunal. Necesito plantarme desnudo ante los hechos; no hay manera de engañar al jurado que tengo frente a mí. Todo importa y todo cuenta como evidencia.

Historias relacionadas

Portada Hermanas Oblatas

Hermanas Oblatas: Un refugio de redención

Por Emiliano Ruiz Parra

A través del Centro Madre Antonia, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, las Hermanas Oblatas apoyan la dignificación de las mujeres en prostitución* que trabajan en La Merced.

Portadilla perfil Almodóvar

La madurez de Almodóvar

Por David López

Pedro Almodóvar es uno de los directores más prestigiosos del mundo. Conversamos con él a propósito del estreno de “Julieta”, su nueva cinta.

Los milagros de la Almita Desconocida

Por Álex Ayala Ugarte

Entre los devotos de la Almita Desconocida están los narcotraficantes de la región. ¿Por qué la tumba de una niña asesinada es un santuario en Bolivia?

Lo más leído

Selección – Julio/Agosto 2016

Julia y Renata hicieron una selección para Gatopardo de más de 10 objetos que se presentaron en la última edición de Albergue Transitorio.

HERTZflimmern: Electrónica alemana en México

Con pretexto del Año Dual México-Alemania llega HERTZflimmern, una serie de encuentros con lo mejor de la música electrónica alemana.

Festival Lunario Tierra Adentro: Un mapa musical

A finales de julio se celebrará el Festival Lunario Tierra Adentro, cuatro conciertos que forman un mapa sonoro de la música indie mexicana.A finales de julio se celebrará el Festival Lunario Tierra Adentro, un mapa sonoro de la música indie mexicana.

Una familia para Mr. Pig

Diego Luna estrena “Mr. Pig”, una cinta que explora a profundidad las relaciones de familia, con Danny Glover y Maya Rudolph.