Archivo Gatopardo

El fin de un ciclo

El escritor mexicano-estadounidense Daniel Hernandez viajó a Yucatán para encontrarse con mayas, gringos y hippies el día en que se suponía que iba a acabarse el mundo.

Por Daniel Hernández / Fotografía Eunice Adorno
Tras toda la publicidad y la especulación, en el mundo maya, el fin del mundo trancurrió como cualquier otro día.

Tras toda la publicidad y la especulación, en el mundo maya, el fin del mundo trancurrió como cualquier otro día.

Tras toda la publicidad y la especulación, en el mundo maya, el fin del mundo trancurrió como cualquier otro día.

Tras toda la publicidad y la especulación, en el mundo maya, el fin del mundo trancurrió como cualquier otro día.

Sábado 15 de diciembre de 2012
(11 Ix o 12.19.19.17.14)
Desperté en el “mundo maya” en un coche desvencijado que renté para ir a un cenote en las afueras de Mérida, Yucatán, donde se iba a celebrar una ceremonia que tal vez me traería paz y luz interior, o tal vez no. Faltaban siete días —o siete ciclos del sol, o siete ciclos de la luna— para el 21 de diciembre de 2012, el supuesto “fin del mundo”. En el camino, el panorama se componía por centros comerciales con estacionamientos grandes, seguidos por ruinas de haciendas antiguas, fantasmas entre el pasto largo y seco del invierno.

Mentiría si dijera que durante años no estaba esperando que ocurriera algo inverosímil el 21 de diciembre. Había demasiadas coincidencias.

Primero: una fecha del calendario maya que se pensaba que correspondía al 21 de diciembre de 2012 se mencionaba en una importante inscripción maya como el fin de una era (aunque debo admitir que nunca investigué en qué contexto ni de qué manera). Luego: esta misma fecha resultó corresponder al solsticio de invierno de un año electoral tanto para Estados Unidos como para México. Estas coincidencias fueron suficientes para que Hollywood y su maquinaria macabra filmaran una película de doscientos millones de dólares sobre cómo el mundo se destruía ante una realineación “catastrófica” de los polos del planeta. Bueno, unos años antes, en diciembre de 2004, había ocurrido un megatsunami en el Océano Índico que mató a cerca de doscientas treinta mil personas, seguido por graves terremotos en países como Chile, Japón y Haití, donde el mundo terminó para trescientas dieciséis mil personas el 12 de enero de 2010. Durante el pasado 2012, un pánico masivo se apoderó de algunas comunidades de China, Rusia y Francia por una “predicción maya” que ocasionó, al menos en China central, que un loco se desquiciara y acuchillara a veintitrés niños de una escuela. Sonaba a cosa seria.

La lógica de estas predicciones se encuentra arraigada en una teoría new age que desarrolló José Argüelles (ver el reportaje “2012: adiós al materialismo” de Laura Castellanos, publicado en Gatopardo [núm. 108, de febrero de 2010]), quien tuvo una revelación en Palenque en 1976. Fue una visión que, aunque seguramente genuina, se fue transformando con el paso del tiempo en una industria que señaló al 21 de diciembre de 2012 como la fecha de un portal de ciclos infinitos del calendario maya y, por ende, la oportunidad de alcanzar una convergencia armónica. Se sugería el renacimiento de la humanidad. No importa que una inscripción en Palenque haga referencia al año 20.0.0.0.0 fecha maya que se relaciona en realidad con el 13 de octubre del año 4773. De inmediato, la arqueología maya, la astronomía y la “astroarqueología” tacharon de imposibles estas teorías, si no es que absurdas. Aun así, éstas crecieron. El 21 de diciembre de 2012 para los mayas —un pueblo que calculó el tiempo por medio de habilidades sobrehumanas— era una fecha tan importante como para rayarlo en las paredes.

Cuando me mudé a México y un día descubrí que cada objeto inanimado a mi alrededor estaba teñido con el destello de algún espíritu, una presencia, empecé a imaginar cómo sería el fin del mundo. Imaginé qué tan podridos y destruidos podrían estar México y Estados Unidos para cuando se nos acabara el tiempo. Comencé a creer en el renacimiento. Es probable que me haya obsesionado un poco.

Mientras buscaba comprender al máximo este cambio y su potencial, llegué a la Península de Yucatán para estar… presente. No me imaginaba otro lugar para vivir el fin del mundo, llegara o no. Y desde la primera mañana, después de nuestro arribo, era evidente que Mérida estaba preparada para la bonanza turística que bien podría cosechar los frutos del fin. Mis compañeros de viaje y yo nos dirigimos a la ceremonia, la “Bendición del Agua”,  que habíamos escuchado que tendría lugar en un cenote en las afueras de la ciudad. Una vez que llegamos, descubrimos que la organizaba, en parte, el ministerio de Turismo de la región.

Kambul era el nombre de este cenote: un hoyo enorme en un lote olvidado, bajo la sombra de un viejo árbol. Estaba rodeado por un pequeño muro y tenía escalones construidos para ayudar a la gente a descender hasta llegar a la orilla de las rocas. Ahí había una escalera de madera que bajaba directo al agua.

La “Bendición del Agua” había comenzado. La dirigía un hombre pequeño de cabello cano, Valerio Canché Yah, dirigente de la asociación local de los curanderos espirituales mayas, Kuchkaab Yeetel j’Men Maya’ab, A.C. Presidía esta ceremonia desde una mesa puesta con la ofrenda de los cuatro puntos cardinales: blanco para el Norte, amarillo para el Sur, negro para el Oeste y rojo para el Este. Había mazorcas de maíz, una concha de mar, calabazas, incienso y otras hierbas que no podía identificar. El señor Canché hacía referencias a la Madre Tierra y hablaba de cómo era urgente reevaluar los daños que la humanidad le ha hecho al planeta.

Tomó las hierbas y el agua del Kambul y roció algunas gotas entre los congregados, que en su mayoría eran periodistas de Alemania y Japón. Aun así, cerré mis ojos y pedí por la salud de mis seres queridos. “Vamos a regresar al cenote esta agua con la energía de todos”, dijo. El chamán —que según los fotógrafos locales era una figura mediática en Mérida— regresó el agua al cenote, vaciándolo de una jícara. Algunos peces se alcanzaban a ver contra el fondo oscuro del agua del cenote.

Finalmente conseguimos aquí una información clave. En el pueblo llamado Ticul, al sur de Mérida, un poco antes de llegar a Oxkutzcab, vivía un experto en garabatas, como se le llaman a los huaraches en Yucatán. Uno de los curanderos que conocimos en Kambul, Jorge Coronada, nos dijo que el maestro José Ortiz hacía los mejores zapatos de la península. Nos lanzamos para allá.

Un lugar se revela por el carácter de sus caminos: a lo largo del periférico de la ciudad de Mérida —una vía moderna repleta de fábricas y oficinas de gobierno— era común la presencia de la policía, fuerte aunque nunca amenazante. Pasamos por uno de los varios retenes que se instalaron para seguir manteniendo el orgullo de Yucatán: el estado más seguro del país. Al llegar a Umán tomé una calle que nos llevaría al centro, pero se convirtió en un camino cuyo sentido era opuesto al que veníamos. Del otro lado venía un joven en un taxi-motocicleta y cuando nos pasó me miró con desdén y me dijo: “¡Vete a la verga, vato!”. Pensé que nunca se puede decir de un lugar que “la gente es tan amable y tan acogedora”, porque siempre hay excepciones.

Cuando llegamos a Ticul ya era de noche. El cielo estaba despejado y un mar de estrellas brillaba arriba con intensidad. La luna estaba majestuosa y los caminos entre la selva oscura eran largos y rectos. Este pueblo era como los demás en Yucatán: tenía un mercado, una estación de camiones, zapaterías, tiendas de ropa y de teléfonos celulares, además de casas de piedra de un piso que parecen haberse construido hace veinte o doscientos años. Todos los pueblos de la llanura de la península son iguales; están edificados alrededor de una plaza con una iglesia que parece un fuerte. De hecho, muchas funcionaron como tales: las iglesias de pueblos como Tizimín, Muna y Ticul son altas, con pocas ventanas y están construidas con muros de ladrillo de grandes dimensiones; un recuerdo del pasado, cuando los mayas se resistieron a la conquista española por generaciones —mucho más tiempo que los aztecas.

Un viajero del siglo XIX, John L. Stephens, describió a este pueblo como “el perfecto retrato de quietud y descanso”. Íbamos en el coche por el centro polvoriento, cuando giré a mi derecha y enseguida me detuve junto a un hombre de mediana edad, que estaba sentado afuera de una zapatería. Buscamos al señor José Ortiz, el zapatero, dije. Aquel hombre tendría unos sesenta años, el cabello blanco y unos extraños ojos verdes y cristalinos. “Él es mi padre”, contestó y explicó cómo llegar a su casa.

Unas cuantas cuadras atrás, sobre la misma calle, nos topamos con el taller del señor Ortiz. Había un pequeño letrero pintado a mano junto a un poste de madera que marcaba la fachada de la casa. La puerta estaba abierta, y dentro se veía todo iluminado por un foco fluorescente pegado a una mesa de trabajo, que bañaba la habitación con una luz azul pálida. No había nadie adentro. Tocamos y llamamos a la puerta, tocamos y llamamos. En la ventana de la calle se veía una serie de luces navideñas que formaban un altar a la Virgen de Guadalupe, de esas que vienen con música de villancicos con un solo tono. Poco a poco nos fuimos metiendo y esperamos dentro. Viejas fotografías y mapas colgaban de las paredes, como si no hubieran sido tocados por décadas. Estaba claro que el taller del señor Ortiz era un lugar especial. Me sentí satisfecho por estar ahí.

Una mujer pasó por la calle y al vernos preguntó qué estábamos buscando. Un minuto después, José Ortiz Escobedo llegó y se acercó a mí y mis compañeros.

Era un hombre viejo y muy delgado que vestía pantalones y una playera de trabajo. Tenía un rostro bien parecido, moreno, y una nariz triangular puntiaguda. Nos saludó con amabilidad, y pudimos entonces presentarnos. Queríamos ver, le dijimos, las garabatas que vendía. Al principio fue un tanto difícil comprender lo que decía. Tenía noventa años de edad. Su acento maya era fuerte —el turbulento y entrecortado castellano, que hierve en la punta de la boca para luego estallar en sus cus y kas.

El señor Ortiz explicó que no podía vendernos ninguno de los huaraches de piel que colgaban en la pared. Parecían objetos delicados, pero resistentes. “Te pueden lastimar los pies”, dijo. Ortiz sólo hace sandalias a la medida. Dijo que podría tomarnos la talla y tendríamos que regresar mañana o el día siguiente, si así lo deseábamos. Me probé un calzado y me quedó perfecto, pero el señor Ortiz insistió en que no nos vendería ni un solo par que no estuviera hecho a la medida. Ni un cinturón, además, aunque también intenté llevarme uno. Por un momento me resultó imposible entender que, a diferencia de la ciudad de México, aquí el dinero no podía comprarlo todo.

Le pregunté si había escuchado algo acerca de la supuesta predicción de los mayas sobre el fin del mundo. “Si se acaba el mundo, me voy para Mérida”, concluyó.

El señor Ortiz, que no había ido a Mérida en muchos años, nació en esa casa donde estábamos parados, lo mismo que su padre. Ha trabajado como zapatero por más de setenta y cinco años. Se casó a los veintidós, y su esposa aún está viva y tiene la misma edad, noventa. Tienen ocho hijos, aunque sólo sobreviven cinco, y doce bisnietos, dijo. Se puso a traducirnos ciertas palabras mayas como che para madera, o eck para estrella. Los mayas de Yucatán siempre han dicho lo que piensan, dijo. Y como él es un hombre de edad, no fue nada tímido para enunciar lo que pensaba. “Los mayas lo que ven, lo dicen —dijo—. Lo que hablábamos ahora es mestizado, no es la verdadera lengua maya. La verdadera es ofensiva, ofende a la mujer”.

“El apellido que tengo no es maya… Es español… Y a pesar de que soy maya porque nací en tierra maya y nuestro estilo es maya, el apellido no lo es”.

Le preguntamos qué comía para estar tan sano y despierto: chaya, lechuga, espinaca, rábano, chayote, nada de carne. Se movía por la habitación libremente y usaba sus brazos para hacer énfasis en sus ideas. “Tengo que trabajar —dijo—. Si uno se acuesta, envejece más pronto”.

Cuando le pregunté de nuevo sobre el significado del “fin del mundo”, contestó que “el sistema de ellos termina. El sistema de los otros, ahorita, es lo que va a terminar. Y empieza lo de los mayas”.

Domingo 16 de diciembre de 2012
(12 Men o 12.19.19.17.15)

Esta historia comienza, en la conciencia de Yucatán, hace sesenta y cinco millones de años, cuando el periodo cretácico terminó con un asteroide que se impactó en la Tierra entre el norte de la Península de Yucatán y una porción del Golfo de México. El cráter hoy llamado Chicxulub —nombrado así por el pueblo que se encuentra en su punto central— mide cerca de 150 kilómetros de largo. Google Maps ni siquiera lo señala, aunque sea el rastro de un evento que se cree que terminó con la existencia de los dinosaurios.

Este acontecimiento, además, propició que se formara un conjunto de mantos freáticos que resguardan agua debajo de la plataforma de piedra caliza sobre la que se encuentra Yucatán. Durante millones de años se formó una serie de cuevas y cenotes que emergieron a la luz. Se convirtieron en fuentes de agua importantes para los primeros humanos que caminaron por estas tierras. Hace cuatro mil años, según arqueólogos, se comenzó a cultivar el maíz en la península; hace trescientos mil, a construir ciudades grandes y complejos centros de civilización que se extendieron desde la costa norte hasta las montañas del sur; una mezcla de lenguas, culturas y naciones-estado.

Los mayas, como se llamó este pueblo, desarrollaron las matemáticas, la astronomía y un sistema con el que pudieron medir el tiempo. El tiempo se convirtió en calendarios que unían los ciclos del sol, que llamaron haab’ de trescientos sesenta y cinco días, con los días de la gestación humana, el tzol’kin de doscientos sesenta días. Las fechas de estos calendarios se iban tallando en pilares de piedra, bitácoras con jeroglíficos elegantes con los que marcaban las fechas importantes del pasado y el futuro, todo calculado y diseñado por los guardianes del tiempo. Unas cuantas piedras mayas han sobrevivido hasta nuestros días, y sólo dos mencionan una fecha que se cree que corresponde al 21 de diciembre de 2012. Esta fecha corresponde al inicio de un gran ciclo del tiempo: la cuenta larga de trece ciclos de tiempo llamada baktun, siendo la décimo tercera la recta final— un periodo que equivale a cerca de 5 125.36 años del sistema que usamos hoy. La era comenzó el 13 de agosto del año 3114 a. C.

Es un concepto de tiempo que es lineal y cíclico; y reflexionar sobre el final de este décimo tercer ciclo del baktun —13.0.0.0.0 es una invitación para reflexionar sobre un periodo de tiempo más allá del año en que nació Jesucristo, nuestro año cero.

Así, conforme nos dirigíamos hacia Chichén Itzá, estaba más convencido de que la situación sobre el “fin del mundo” era de mayor importancia. Chichén es el segundo sitio arqueológico más visitado de México,  después de Teotihuacan, y el mejor lugar de la península para contemplar lo desconfiado y disfuncional que se ha convertido la relación entre la cultura maya que sobrevive y la realidad moderna: turismo y arqueología oficial.

El lugar está crispado por las contradicciones históricas: vivió en un limbo después de la caída de Chichén Itzá como capital maya, tuvo vida como lugar donde pastaba el ganado, fue un rancho olvidado y ahora es un destino turístico mundial con todos los problemas que eso conlleva. Las autoridades no permiten celebrar ceremonias religiosas ni espirituales dentro de su perímetro, pero sí deja que un ejército de vendedores ofrezca baratijas masivamente. En un viaje a Yucatán el pasado verano, fue sorprendente ver cómo los ambulantes se han adueñado del espacio, a diferencia de la primera vez que visité Chichén cuando era un mochilero recién egresado de la universidad. Mientras caminaba por un corredor atiborrado de gente le pregunté a un vendedor si pagaba algún impuesto a un organizador, líder o funcionario de gobierno para poder vender ranas de cerámica y réplicas del calendario del sol azteca dentro de esta ciudad sagrada. “No, ¿por qué? Si es nuestro patrimonio, ¿no?”, dijo.

Si eso no fuera suficiente, Chichén Itzá fue declarada una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno y Patrimonio Mundial por la UNESCO, después de una acalorada campaña por internet. Desde entonces, la cantidad de excursionistas que se transportan entre Mérida y Cancún creció rápidamente. El pueblo vecino de Pisté —una serie de pequeños y aislados edificios— se convirtió en una especie de centro cosmopolita, donde los yucatecos de pueblos de los alrededores se han asentado para vender mercancía a los que visitan Chichén. Y gracias a un “arreglo” que nadie se ha animado a explicar propiamente, se permitió a cientos de vendedores ambulantes ofrecer souvenirs —hasta mil vendendores en total, uno de ellos me contó—. No se vende comida, me contaron, porque da desconfianza a los turistas. Tenían que ser souvenirs.

Frente al temor de los daños que pudieran ocasionar las turbas de turistas y vendedores en las pirámides y estructuras de piedra, en 2008, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) prohibió subir a las pirámides. Aparecieron rejas. Un visitante ya no puede escalar la pirámide de Kukulcán y contar sus cuatro caras y noventa y un escalones —los trescientos sesenta y cinco días del haab’—. Ahora sólo se puede posar frente a la pirámide, mientras que una multitud de vendedores regatean precios y los guías de turistas dan absurdos consejos como aplaudir con las manos frente a Kukulcán para escuchar un eco, como si significara algo. En 2010, el estado de Yucatán terminó finalmente una larga negociación con el líder y heredero de la familia Barbachano —dueña de la hacienda Chichén durante gran parte del siglo XX— y compró Chichén Itzá por doscientos veinte millones de pesos. Para entonces los ambulantes ya se habían convertido en una parte más del escenario. No ha cambiado mucho desde entonces.

Mis compañeros de viaje y yo llegamos justo cuando el sitio estaba a punto de cerrar. Se estaba poniendo el sol y podíamos ver a los turistas cansados salir a trompicones por las puertas: la recompensa por las horas de espera para pagar y poder entrar, por las horas de deambular entre hordas de visitantes y vendedores. Los camiones esperaban regresar a los turistas a los resorts de Cancún o a los hoteles de Valladolid. Había ambulantes afuera de la puerta, junto al mercado circundante, pero nadie estaba comprando nada. Un hombre de mediana edad me ofreció una figura de Quetzalcóatl en madera, me dijo que costaba mil pesos; luego bajó el precio hasta cuatrocientos, “para ti”. Finalmente me pidió doscientos por la figura, para que al menos pudiera cubrir el costo de la madera. Otro vendedor, Miguel Hau, veinticinco años, antes vendía joyería de plata y piedra, en su mayoría importada. Pero para vender dentro de la propiedad del INAH debía pagar impuestos y cumplir con una lista de requerimientos. “La verdad no resulta, pero no podemos estar adentro”, dijo Hau.

¿Y quién está dentro? “Pues la mayoría de los habitantes del pueblo”.

A la izquierda de la entrada principal que controla el gobierno, a través de una valla que funciona como puerta, veíamos cómo terminaba un día de trabajo para los ambulantes de la ciudad sagrada. Se dirigían ahora hacia Pisté empujando los diablos donde llevan las obsidianas pulidas (traídas en su mayoría de Teotihuacan, en el Estado de México), objetos decorativos de cerámica y máscaras y dioses mayas de madera tallada. Los guardias del INAH vigilaban la salida, pero otras personas más, sin uniforme, parecían estar también controlando el paso. Ahí un hombre con una hoja de papel iba marcando nombres y cantidades conforme los vendedores se retiraban.

Un vendedor, Hermenegildo Cajum Cem, vestido con una playera empolvada y una cadena de oro, se recargaba contra el coche de un amigo suyo, mientras descansaba junto a otro tipo. Los ambulantes ya se iban retirando para entonces. “Los turistas compran —dijo—, porque tratamos bien a la gente, así es”.

Hermenegildo habló con seguridad sobre recientes desastres ambientales que afectaron el flujo de turistas a Chichén, como el tsunami de Japón. “Lo que pasa en otros países sí nos afecta”. Y decía que era “de raíz maya”, para nada “amestizado”.

—Claro que sí hablamos maya —dijo Hermenegildo—. Así es.

Y la noche cayó. La fotógrafa Eunice Adorno logró pasar la puerta por poco tiempo y tomar unas cuantas fotos. Momentos después, un hombre en una motocicleta la alcanzó y le exigió que dejara de hacerlo. Mientras, la sacaban del sitio, aunque con la cámara y las imágenes en su poder, Hermenegildo me aseguró que el mundo no se iba a acabar en cinco días. “Eso es un cambio —dijo—. El mundo no se va a acabar, sólo Dios lo puede hacer”.

Ya en el pueblo, entramos a un bar que ya había visto antes. Tengo un sexto sentido con ciertos lugares, cantinas atendidas por hermanas transgénero, bares amigables para los homosexuales mexicanos pero donde la clientela siempre es la más diversa de cualquier otro tipo de lugar. Incluso aquí, en el pequeño pueblo de Pisté, había un lugar como éste: El Pich. El bar estaba repleto de hombres con uniformes de guía de turista, pantalones cafés y guayaberas, y hombres malhumorados con cadenas de oro y aretes. Era como estar en casa.

Gabi, una chica transgénero, nos sirvió unas cervezas Superior. Le pregunté si creía que se iba a acabar el mundo. Frunció el ceño, como si estuviera un poco sensible con este tema. “Eso es pura mentira —dijo—. Es una nueva era —me aseguró—. De un ciclo de 2000 años”.

Lunes 17 de diciembre de 2012
(13 K’ib’ o 12.19.19.17.16)

Era evidente que ningún maya o “amestizado” que íbamos conociendo pensaba que el mundo iba a terminarse el 21 de diciembre de 2012. Comencé a sentirme tonto por estar preguntándolo tanto. Pasé el día confundido. Manejaba, escribía, manejaba, escribía, manejaba, y así la selva encontraba al cielo y el sol destellaba entre las nubes. Las cosas que el inah y los especialistas mayas decían en las universidades estadounidenses eran ciertas: los viejos guardianes del tiempo nada dijeron acerca de un “final”, y muy poco que pueda interpretarse como una predicción de “transformación”. Nada sucedería.

En la terraza del hotel esa noche en Valladolid, sin embargo, levanté mis ojos otra vez al cielo, a las estrellas. Y tuve una revelación menor sobre la pequeñez infinita del alma humana. Recuerdo mirar hacia las estrellas en el cielo con esa sensación de asombro como cuando los profesores en la primaria intentaban explicarnos que las estrellas que vemos en realidad son “soles” billones de kilómetros más allá, y que la luz que percibimos tardó miles de años en viajar a nuestros ojos. ¿Cómo es que nuestra insignificancia ante el vasto universo no nos altera ni nos vuelve locos diariamente? ¿Es este conocimiento lo que lleva a la gente a la demencia, a cometer locuras?

En la era del terror, todo —la atracción de la experiencia— se pusó más agudo e intenso. Mucha gente buscó refugio en las cavernas de la religión, pero muchos otros voltearon a otros lados. Por mi lado, me abrí a una fusión de la filosofía jungiana sobre el inconsciente colectivo; el Universo como Uno, Uno como el Universo, y una actitud que después fue denominada como YOLO (you only live once: sólo se vive una vez). En otras palabras, en la última década, el fin del mundo sonaba como una buena idea. Me tomó un tiempo darme cuenta de que el fin del mundo ya estaba ahí, en curso, de forma permanente.

Martes 18 de diciembre de 2012
(1 Kab’an o 12.19.19.17.17)

“Hace dos años nos venimos, así como ustedes, nos venimos de vacaciones, conocimos lo que es Quintana Roo, nos gustó Tulum, buscamos una casa, regresamos a San Juan Teotihuacan y a los ocho días decidimos regresarnos para acá”, nos explicó María Julieta Ramírez, de treinta y siete años.

En Macario Gómez, un poblado antes de llegar a Tulum en la carretera proveniente de Valladolid, ya en el estado de Quintana Roo, nos detuvimos en la carretera en un puesto de comida que se veía tentador. Conocimos a Julieta y a su esposo Jorge, quienes abrieron un restaurante aquí llamado Rancho La Chachimba. Son inmigrantes en Macario Gómez.

“¿Por qué lo escogimos? Por lo tranquilo, porque no hay delincuencia. De hecho, no hay delincuencia por lo mismo de las religiones. Aquí la gente es muy buena, tranquila la gente —hizo una pausa—. Católica no… evangélicos, pentecostales, cristianos…”.

“Testigos de Jehová”, agregó su hijo de diez años de edad.

Julieta era bonita, con cabello rizado y ojos grandes. Su cocina empezaba justo al lado de la carretera y llegaba hasta el fondo de su casa. Tenía elotes y cocos y ofrecía carnitas al estilo Michoacán y todos los platillos principales de mariscos de la región. La casa estaba totalmente abierta, un lugar hermoso y acogedor, decorado con iconos del centro de México, mayas y católicos. Había una fusión entre el negocio y el espacio de vida doméstica. Un niño no mayor de un año, estaba sentado, silencioso, en un sillón en la parte trasera, observando a los visitantes.

Vi a unos testigos que predicaban en algunos de los pueblos que visitamos. Noté que hay esparcidas iglesias protestantes por todo Yucatán sobre las carreteras. “Sí, se pierden las costumbres —dijo Julieta—. Sí, Día de Muertos, como allá… flores, gente, dulces… ¿Aquí? Nada. Eso es lo que se extraña”.

Julieta admitió que fue un poco difícil ajustarse a la vida como migrante en Quintana Roo. Algunas veces, dijo, “no nos quieren porque somos de afuera… pero tampoco nos quieren porque venimos a trabajar”. Como Julieta quiso decir una cosa dura, habló despacio y de manera cortés. “Ellos viven de sus tierras. Los verás con un carro del año pero es de una tierra que vendieron”.

Me pregunté si el mismo tipo de migraciones ocurrió hace mil años, cuando todo Yucatán vivía como una sociedad maya. Pudo haber migrantes que se mudaran para acá no desde Canadá, Italia o Estados Unidos, sino del sur, norte, oeste y este.

“Aquí nos gustó, aquí nos da trabajo”, dijo Julieta con satisfacción.

Miércoles 19 de diciembre de 2012
(2 Etz’nab’ o 12.19.19.17.18)

Era medianoche en la costa caribeña de Yucatán. Condujimos a través del desbordante pueblo turístico de Tulum y nos reunimos con Igor Nieto Joly, de veintiocho años, nativo de San Luis Potosí y ahora residente de la Riviera Maya, un viejo amigo de Adorno. Igor es escritor, fotógrafo y yogui. Nos llevó a un hotel en la lujosa franja playera de Tulum, donde un montón de gente que podrían ser escritores, fotógrafos o yoguis estaba congregada para una serie de cánticos de chakras para recibir el final de la cuenta larga. El canto era seductor, pero no me uní a ellos, me mantuve al margen. La gente que bailaba y cantaba tenía un vago aspecto de riqueza y mundanidad.

Igor nos guió a la orilla del Mar Caribe. Igor es guapo, con barba y largo cabello rubio oscuro que bajaba por su espalda, que le daba un aspecto un tanto mesiánico. Se desnudó y corrió para meterse al agua. Intentamos descifrar su forma en la negrura del mar, en su sonido, pero por un rato le perdimos la pista. En la distancia me imaginé la costa de Cuba y Haití y la República Dominicana.

Más tarde, Igor me explicó tranquilamente que en dos días los rayos cósmicos producidos por el alineamiento de los planetas golpearían la Tierra. También será alterado el campo electromagnético del planeta, dijo. Sin embargo, ésta era una oportunidad para nosotros, para concentrarnos en nuestra energía individual y recibir la iluminación.

“Estos rayos van a afectar a la gente, eso es lo que lo vuelve una locura”, dijo Igor.

Todos tenemos nuestro propio campo electromagnético, dijo, pero tenemos que darle un golpecito y activarlo. Le pregunté si estaba nervioso por el 21 de diciembre. “¿Yo? —respondió Igor—. Me lo voy a pasar muy bien. Todos somos uno… somos uno”.

Jueves 20 de diciembre de 2012
(3 Kawak o 12.19.19.17.19)

Vi a Rhonda Viola Church descansando sobre unas rocas a la orilla del mar en el sitio arqueológico de Tulum, justo arriba de la playa donde se permite nadar a los turistas en el banco de coral. Era una mañana de mucho calor, y Tulum ya estaba abarrotado de turistas. Una arqueóloga del INAH, Carmen Rojas, nos dio un recorrido en lo que antes fue el puerto maya llamado Zama y nos dijo que cualquier preocupación sobre el supuesto “fin del mundo”, del día siguiente, era profundamente errónea. Todas las pirámides y ruinas en Tulum estaban fuera del alcance al tacto.

Rhonda, una chica de Texas, capturó mi atención porque portaba una buena cantidad de joyería alrededor de cuello y muñecas, incluso sus gafas de sol tenían estoperoles con forma de diamante. Además usaba el cabello en dos coletas, y eso tenía sentido para ella a pesar de sus treinta y ocho años de edad. Rhonda, muy alta y decentemente pasada de peso, vestía todo eso con orgullo.

“Estuve en Chichén Itzá en el 86, cuando todavía podías escalar las ruinas y eso era genial”. Rhonda me dijo que en esta ocasión había venido por cinco días con su novio. “Nos casamos esta tarde”.

¿Para el fin del mundo?
“Ése era nuestro plan —dijo Rhonda—. Pensamos que sería divertido. Él bromea con que será el fin del mundo para él. Uno de los guías dijo: ‘En México, la mujer es quien se casa, no el hombre’ “.

Reímos.
“¡Sí, como sea! En Texas tengo muchas armas de fuego. Allá no funciona de esa manera”.

Más tarde, ese día tuvimos un momento catártico mientras observábamos la última puesta del sol del décimo tercer baktun en la costa de Tulum. Sucedió casi sin que lo notáramos, todos ahí en comunión, en este momento único. Hubo dos bodas en la playa, una que se veía tradicional, de mayas locales, y otra que se caracterizaba con el sentir wicca —una religión inglesa neopagana y difundida en Estados Unidos a mediados del siglo pasado—, por la vestimenta de los invitados y los materiales que componían el altar. Una mujer, tal vez en sus sesenta, estaba de pie contra el agua, y se movía en una mezcla extraña de danza moderna y tai chi o yoga. Los niños corrían desnudos alrededor. Un anciano hippie con una barba larga y completamente desnudo bailaba sobre la arena y se paraba de manos en la zona menos profunda del agua. Un par de mujeres permanecían sentadas en la arena y meditaban. Otros bailaban. Vimos que teníamos sombras de luna y sombras de estrellas sobre la arena que en esta costa es salpicada con coral. Observamos a la distancia que algo atravesaba lentamente el espacio y supusimos que era un satélite orbitando a la Tierra.

Exactamente en ese momento, al otro lado del planeta, ya era 21 de diciembre de 2012, y el mundo estaba enfrentando su “final” en Nueva Zelanda y Japón.

Viernes 21 de diciembre de 2012
(3 Ajaw o 13.0.0.0.0)

Tras toda la publicidad, tras toda la especulación, tras toda la duda, tras toda la preocupación, Japón y Nueva Zelanda no perecieron en el olvido, y aquí en el mundo maya, el día básicamente transcurrió con la normalidad de cualquier otro. ¿Podía cualquier cosa cumplir las expectativas de tanta anticipación? Supuse que para la hora del almuerzo hoy habría sido una decepción en cualquier lugar del mundo. El sonido de los tambores desde Tulum nos despertó por la mañana. Los indígenas con bandas rojas atadas en la frente sostendrían una ceremonia tradicional del solsticio, la quema del copal, los rezos para la Madre Tierra. Noté sólo unas pocas anomalías en la naturaleza circundante de Tulum. Vientos fuertes latigueaban toda superficie y una cantidad inusual de mariposas revoloteaba hacia el mar. Fuera de eso, normalidad.

Pude sentir que nuestro equipo se tornaba indiferente con el fin del mundo. Sabíamos que no iba a llegar, pero decidimos regresar a Chichén Itzá de cualquier manera, para ver si podíamos conocer a unos cuantos apocalípticos interesantes. En la carretera, mientras nos acercábamos al sitio, había más autobuses que antes, y muchos jóvenes estadounidenses y europeos en atuendos salvajes —una mezcla entre nu-rave, rasta, ciberpunk y quizás ocultistas— se reunían para los raves. Pisté se sacudía. Nos asomamos a saludar de nuevo a Gabi y la banda en El Pich. Esa tarde, el gobierno del pueblo levantaría una nueva estela monumental en la plaza principal para marcar el décimo tercer baktun. La idea de esperar horas para entrar a las pirámides era desagradable. Los raves que empezaban a formarse a las afueras del sitio tampoco se veían muy atractivos. Me vestí de blanco en este día, pero me fue imposible atrapar cualquier sensación de grandeza cósmica en el aire, no como la noche anterior.

Intenté escuchar la radio para inspirarme y después intenté mirar al cielo desde la carretera e imaginar al sol expandirse en un millón de piezas de su mismo tamaño en un destello, y en un instante, envolver a la Tierra mientras nos devora vivos. No sucedió.

Condujimos hacia un pequeño pueblo, después de pasar un pequeño pueblo, después de pasar otro pequeño pueblo, hasta encontrar a unos amigos en una casa abandonada con un cenote secreto. Llegamos hasta ahí y nadamos en el portal al inframundo. El agua era negra y tibia, cuarenta metros de profundidad hacia la nada. El bosque a nuestro alrededor estaba pardo y seco. Los colores en el cielo se enfriaron. Podía ver el atardecer acercarse a través de los árboles. El solsticio vino y pasó. Cerré mis ojos y pensé Aquí es. Éste es el final del gran ciclo del tiempo y aquí es donde estoy en el mundo, este lugar, este momento, y aquí es donde voy a experimentarlo.

Sábado 22 de diciembre de 2012
(5 Imix’ o 13.0.0.0.1)*

En la noche dormimos en hamacas. Amanecimos en una hacienda de unos amigos de la ciudad. Desayunamos fruta fresca y tamales yucatecos de pollo, hechos a mano por la señora Lula. De ahí, partimos por el camino que nos llevaría de vuelta al pueblo, pero nos detuvimos en un lugar imposible de ignorar por su hedor. Era un tiradero al lado del camino entre Izamal y el pueblo de Tepakán, puesto ahí por la secretaría local de Desarrollo Urbano y Medio Ambiente, exactamente el tipo de oficina gubernamental que por lo general no estaría a cargo de un tiradero de basura. Lo vimos la noche anterior y casi pensamos que conducíamos hacia una niebla densa. El humo de la quema de basura inundaba la visibilidad del camino. “Prohibido el paso a cualquier persona ajena a este lugar”, decía un letrero.

Nos estacionamos, saludamos a los pepenadores ocupados que separaban la basura del ciclo previo de tiempo de 5 125.36 años. El presidente Enrique Peña Nieto estuvo en Izamal la noche anterior, para una cena de gala en la vasta explanada del ex convento de San Antonio de Padua, en el centro del pueblo. Me pregunté si aquí habría restos de la comida del señor Peña Nieto, quizá sus servilletas.

“¿Fueron a Chichén anoche? Hubo mucha gente”, dijo Chucho Hau, un hombre viejo que portaba una gorra. Le pregunté si no le molestaba el olor. “Ya nos acostumbramos”, dijo.

El señor Hau no dijo mucho más. Saludamos a otros pepenadores en la distancia. Nos despedimos. Al final de la cuenta larga en Yucatán, algunos buitres negros disfrutaban el sol o elegían comida entre la basura. //

*Fechas del calendario tzolk’in determinadas por el convertidor al calendario maya del Smithsonian Institution: http://maya.nmai.si.edu/es/calendario/convertidor-de-calendario-maya
Traducción: Guillermo Sánchez y Marcela Vargas.

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