steve mcqueen paul newman, portada

De la pantalla grande al volante

La relación entre cine y automovilismo nunca estará mejor expresada que por los icónicos Steve McQueen y Paul Newman.

Por Marcela Vargas

Ruge el motor de un Mustang GT 390 modelo 1968 al acelerar por las empinadas y sinuosas calles de San Francisco. Sus ruedas rechinan contra el asfalto y el cambio de velocidades recuerda al sonido que hace un revólver al ser amartillado. Los motores y el caucho quemándose son la única banda sonora de la mejor escena de persecución de autos de la historia del cine. El teniente Frank Bullitt corre para no dejar escapar a los asesinos a sueldo que lo seguían a bordo de un Dodge Charger R/T. Nadie es mejor conductor que Frank Bullitt, el detective que protagoniza Bullitt (1968), un thriller policiaco dirigido por Peter Yates y protagonizado por el inigualable Steve McQueen.

“No sé si soy un actor que corre o un corredor que actúa”, dijo alguna vez el actor, cuya pasión por la velocidad, de acuerdo con el libro Steve McQueen: Portrait of an American Rebel (1993), parece haber nacido en su más tierna infancia, gracias a un triciclo que su tío abuelo Claude le regaló en su cuarto cumpleaños. Claude fue lo más cercano que el problemático McQueen tuvo a una figura paterna. Era listo, curioso y enérgico. A los 12 años de edad ya construía sus propios coches como mecánico amateur, según cuenta William Nolan en la biografía Steve McQueen: Star on Wheels (1972).

A McQueen lo llamaban “el rey de lo cool”, y su carisma y talento en pantalla lo transformaron en uno de los intérpretes más exitosos de las décadas de los sesenta y setenta. Recio, tenaz y encantador, antes de integrarse a la industria de Hollywood para ser el actor mejor pagado de su época, el joven originario de Indiana pasó por una correccional juvenil y por el servicio militar con el Cuerpo de Marines de Estados Unidos.

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Steve McQueen como Frank Bullitt.

Su presencia era tan poderosa que obligaba a los estudios a dejar de lado su mal genio y arranques de diva que hacían rabiar a directores experimentados. Pero nada en la vida de McQueen se compara con su amor por el volante. Su compromiso con los autos iba más allá de su interés por la actuación e insistía en hacer sus propias escenas de acción en cine, especialmente si involucraban subirse a un carro o a una motocicleta. Películas como la ya mencionada Bullitt, El gran escape (1963) y Le Mans (1971) son vitrinas emblemáticas no sólo del cine de su época, sino de las cualidades que hicieron de Steve McQueen un ícono de la pantalla y del asfalto.

La colección de automóviles de Steve McQueen era envidiable, y mostraba su predilección por los modelos potentes, aerodinámicos y de diseño impecable fabricados por las casas Porsche, Mustang y Ferrari. Esta colección incluía los tres autos principales de su película Le Mans —sobre la carrera de resistencia de 24 horas de Le Mans—: un Porsche 917, un Porsche 908 y un Ferrari 512; además de poseer un Porsche 356 Speedster, un Ford GT40, un Ferrari 250 Lusso Berlinetta 1963, un Cobra 1962, y un Jaguar XKSS que actualmente se encuentra en exhibición en el Museo Petersen del Automóvil en Los Ángeles, California. El único que se escapó de sus manos fue el Mustang GT 390 color verde botella que manejó en la icónica persecución de Bullitt; por más que lo intentó, nunca logró comprarlo.

McQueen consideró ser piloto profesional de autos e incluso compitió en algunas carreras como el Campeonato Británico de Turismos en 1961 —quedó en tercer lugar a bordo de un bmc mini— y las 12 Horas de Sebring en 1970 —ganó en la categoría de tres litros con un Porsche 908/02 y quedó en segundo lugar en la clasificación general tan sólo detrás del equipo de Mario Andretti—. El actor también fue piloto de motocicletas y de aviones; en 1979, la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos le expidió una licencia de piloto privado.

Este actor y estrella del volante murió a los 50 años de edad a consecuencia de un cáncer muy agresivo. Como testimonio de su amor por la velocidad quedan sus propias películas y documentales como Steve McQueen: The Man & Le Mans (Gabriel Clarke y John McKenna, 2015) y, sobre motociclismo, On Any Sunday (Bruce Brown, 1973).

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En 1974, Steve McQueen compartió escena con otro intérprete amante de los vehículos y de la velocidad. El blockbuster The Towering Inferno puso juntos en pantalla a los actores más rentables y famosos del momento: el rebelde McQueen y el galán indiscutible Paul Newman. Rivales en la vida real y arquetipos del héroe estadounidense de una era prolífica para el cine de Hollywood, ambos encontraron en la pista de carreras un refugio y una válvula de escape.

A diferencia de McQueen, Paul Newman no entrelazó de manera tan profunda su pasión por los autos y su carrera como actor. Su aparición estelar como el piloto de carreras Frank Capua en la película Winning (1969), de James Goldstone, está impregnada por su recién descubierto amor por el automovilismo. Con el paso de los años, ese enamoramiento de Newman con la pista de carreras lo llevaría a convertirse no sólo en un piloto dedicado por más de dos décadas, sino en dueño de su propia escudería.

El daltonismo que le impidió a Newman ser piloto aviador durante la Segunda Guerra Mundial no lo frenó para competir semiprofesionalmente en carreras de autos. Entre sus mayores logros en este ámbito se encuentran cuatro campeonatos nacionales —y una inducción póstuma al Salón de la Fama— del Club Americano de Autos Deportivos; haber obtenido el segundo lugar en las 24 Horas de Le Mans en 1979, al volante de un Porsche 935; convertirse en el piloto de mayor edad (70 años) en formar parte de un equipo ganador en una competencia real sancionada —las 24 Horas de Daytona en 1995—; y ser socio de dos escuderías.

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Paul Newman, actor y piloto semiprofesional.

En la década de los setenta, Paul Newman se asoció con su colega Bill Freeman y juntos fundaron Newman Freeman Racing, que compitió en la serie norteamericana de CanAm, una categoría de automovilismo de velocidad competida en Canadá y Estados Unidos en aquellos años. Más tarde, en 1986, Newman se asoció con Carl Haas para crear Newman/Haas Racing, equipo que corrió exitosamente —obtuvieron ocho campeonatos y ganaron en más de 100 carreras— en las series IndyCar y crat de 1983 al 2011.

Paul Newman amaba la pista de carreras y aseguraba que el automovilismo era la única actividad que ejecutaba con gracia. Condujo hasta pasados sus 80 años de edad y participó en la producción de algunos documentales relacionados con esta pasión, como Dale (2005), sobre el corredor de nascar Dale Earnhardt y el especial Once Upon a Wheel (1971), sobre la historia del automovilismo. En una tremenda ironía, su última película fue Cars (2006), de Disney-Pixar, en la que dio voz a Doc Hudson, un automóvil clásico que se convierte en mentor del protagonista Rayo McQueen. Un par de años después, Newman falleció víctima del cáncer. Su genio actoral y su vitalidad automovilística quedaron registrados para la posteridad en decenas de largometrajes, así como en el documental de 2015 Winning: The Racing Life of Paul Newman.

Tanto para McQueen como para Newman, los autos representaron una libertad que la actuación y el cine no les proporcionaban del todo. Eran espíritus inquietos, contradictorios, cuya energía todavía rebosa la pantalla. Los actores más rentables de su generación encontraron en el asfalto un camino distinto rumbo a su destino, con las manos aferradas al volante y los ojos azules chispeantes reflejados en el retrovisor.

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