Por qué confiamos en los horóscopos y la astrología, portada

Los horóscopos

Aunque no hay evidencia científica para pensar que los horóscopos y la astrología son ciertos, parecemos seguir creyendo en ellos.

Por Emiliano Ruiz Parra

La maestra Esperanza Robledo era la encargada de la sección de música clásica del periódico más importante de México. Un día escuchó la obra de un joven compositor y le pareció pésima. Llenó una página con durísimas críticas.

Al cabo de dos horas se arrepintió. ¿Quién soy yo para juzgar a un joven que da clases por toda la ciudad para mantener a su familia, y sólo puede componer en sus ratos libres? Por congruencia, renunció a su columna semanal.

Pero necesitaba el dinero. Tocó la puerta del director del periódico y le pidió trabajo.

—Se acaba de morir nuestro astrólogo, ¿te animas escribir los horóscopos? —le preguntó uno de los periodistas más influyentes del país.

Esperanza había estudiado piano en Francia con los mejores maestros. Daba recitales en Bellas Artes y se sabía de memoria la vida de Beethoven. Pero tenía que pagar la renta y aceptó.

Firmaba con pseudónimo. Durante quince años orientó la vida de miles de personas. Uno de los intelectuales más respetados confesó que no salía de su casa sin leerla. Esperanza recibía cartas de los lectores dándole las gracias.

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Galaxia espiral Messier 77, en la constelación Cetus. Fotografiada por el Telescopio Hubble.

Cada mañana la taza de café le daba inspiración para decirle los números de la suerte a los piscis, los prospectos amorosos de Sagitario, recomendarle a Acuario que por nada del mundo se peleara con su jefe.

Pero lo inventaba todo. Después de catorce años estaba tan cansada de descifrar las estrellas (sin asomarse nunca por la ventana) que enviaba al periódico las mismas columnas que el primer año, igualitas.

Al poco tiempo la suerte le sonrió: la nombraron manager de una orquesta sinfónica y nunca más volvió a escribir, ni a leer, un horóscopo.

La historia es verdadera. Sólo he cambiado el nombre de la maestra porque ahora es una venerable sabia de la música, y su antiguo oficio de astróloga era su secreto mejor guardado (hasta que me lo contó a mí) pero me parece muy aleccionadora.

Entonces, ¿le creemos a los horóscopos?

Mi mente racionalista me dice que no: no hay ninguna evidencia científica para pensar que son ciertos. Hasta ahí todo claro.

Pero un día mi amiga Fabiola, que es medio bruja, llegó con un regalo: mi carta astral. Ni mi madre me hubiera descrito tan bien. Relataba al detalle mis enfermedades estomacales (por estrés), mis dolores de articulaciones (por mala postura) y hacía un relato de las principales vicisitudes de mi infancia. Y todo salía de la fecha y la hora de mi nacimiento.

Fabiola me advirtió: los cuarenta días previos a tu cumpleaños vas muriendo simbólicamente y el día de tu cumple renaces.

Le creí a Fabiola. Esos cuarenta días me abstenía de ir a la playa porque estaba seguro de que me caería un tsunami. Salía lo menos posible de casa, me ocultaba hasta de mi novia. Un día le dije a Fabiola que ya no podía con la angustia previa a mi cumpleaños.

—Eres un tonto, sólo significa que no debes tomar decisiones importantes porque después no estarás seguro de ellas.

¡Ah! Así que todo era una cosa mental, haberlo dicho antes. Por tomarla en serio me perdí buenísimas vacaciones de fin de año. ¿Entonces todo es pura sugestión? ¿La ciencia tiene razón y no hay por qué creerle a nuestros signos astrales?

Pero he oído lo mismo de la homeopatía. Científicamente, no hay pruebas que demuestran que la homeopatía cure el organismo. Es pura charlatanería, dicen los científicos más ortodoxos.

Pues bien, doctores alópatas, la prueba soy yo. Desde que voy al homeópata casi no me enfermo, y con ustedes vivía tomando antibióticos, ranitidina para la gastritis, analgésicos para el dolor de espalda y antihistamínicos para el catarro. A mis treinta parecía de ochenta.

Y la prueba es también mi carta astral. Ya ni caso tiene escribir mis memorias si todo está ahí, lo que ya pasó y lo que pasará.

Yo, la verdad, seguiré siendo lo que he sido hasta ahora: un hombre de ciencia que siempre lee su horóscopo, el mexicano y el chino (soy Capricornio y gallo, ascendente Escorpión), que cree en su homeópata y que toca madera.

Y ojalá siempre haya grandes escritoras como la maestra Esperanza Robledo escribiendo mi futuro. Yo creo que Octavio Paz se inspiró en los horóscopos de doña Esperanza para este poema:

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

* * *

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