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Notas sobre la asistencia humanitaria tras el sismo

Entre servidores públicos y voluntarios bien intencionados, los vericuetos de la asistencia humanitaria en Puebla tras el sismo.

Por Fernando Montiel

Este no es un artículo, sino más bien una combinación entre relato y comentarios informales de algo de lo que vi ayer, en comunidades de Puebla afectadas por el sismo del 19 de septiembre de 2017.

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Hay mucho daño en Atlixco, Tochimilco, Metepec y las comunidades aledañas. Una escena terrible es ver a la gente sentada en la calle con sus cosas frente a sus casas. “Mira, mi casa se cayó toda, ven mira” me dice una señora. La acompaño unos pasos adelante. Es una construcción de adobe con muros gruesos —tal vez de 30 cm de grosor— resquebrajada desde el piso hasta el techo. “Esto ya no sirve, hay que tirarlo” dice la señora.

(Por un segundo imagino la tristeza que debe sentir una persona al expresar estas palabras refiriéndose al lugar donde vivía, su casa, su patrimonio, donde crecieron sus hijos y tal vez incluso sus padres… Ya no sirve, hay que tirarlo…)

La calle por la que camino con la señora está llena de desgracias similares. Construcciones de las que no quedó nada sino escombros, casas fracturadas que si no se vinieron abajo habrá que derrumbarlas y otras que por fuera parecieran sanas pero que por dentro no tienen remedio.

—¿Cómo se llama su calle? — pregunto.

1ª Progreso…

Sonríe amable y agradece el apoyo que pueda canalizar.

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—La verdad jefe y sin ofender, aquí no nos ha apoyado nadie, y mira la verdad: ayer vino el gobernador y era para que hoy hubiera apoyo y no hay nada. La verdad, aquí la verdad los únicos que nos han apoyado es la gente de Antorcha.

Y sí. En la entrada del pueblo hay una lona grande, blanca, instalada en una plaza bajo la cual se acumula agua, papel, atún y demás víveres. Hay personas con playeras rojas que procesan el material y víveres que personas de a pie y coches particulares dejan en el lugar. A un costado cuelga una lona nueva que reza Apoyo comunitario. Antorcha Atlixco.

—Mira —dirijo la mirada hacia el lugar que apunta su dedo— esos tinacos los trajo gente independiente, vinieron los dejaron y se fueron. Ahí vamos a poner agua. Ya gente particular está pidiendo pipas para llenarlos pero la verdad que aquí del gobierno no nos ha llegado nada.

Estamos en Metepec, a 15 minutos de distancia del Centro de Acopio principal que el gobierno estatal instaló en el Tecnológico de Atlixco donde se reciben, literalmente, toneladas de víveres para ser canalizados a toda la región.

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—¿A qué vienes? —me preguntan en la entrada.

—Traigo víveres —respondo.

—¡Que pase! —grita el militar a quienes controlan la reja.

Se abre el portón, avanzo con el coche y estaciono cerca de una carpa gigante en desnivel.

—¿Traes cosas? —me pregunta un voluntario.

—Sí

—¡Dale chavos a sacar lo del coche!

Hacen una cadena humana. 20 kilos de arroz, 20 kilos de lenteja, 30 kilos de azúcar, 200 cepillos y 40 tubos de pasta de dientes, 100 jabones, 12 litros de aceite, 128 latas de atún.

Acabaron —literalmente— en menos de 1 minuto.

—¡Sale! ¡el que sigue!

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Un conocido mío en gobierno, enterado de que iría a la sierra a llevar víveres, se puso en contacto para pedirme que los víveres los llevara al Centro de Acopio en Atlixco y no directamente a las comunidades.

—¿Por qué?

—Por favor

—¿Y cómo sé que si los van a llevar?

—Mira, ven, déjalos aquí.

Así lo hice.

—Dile a los militares de la entrada que vienes conmigo a la junta al Centro de Mando.

Así lo hice y me franquearon el paso.

—Tú no hables. Sólo acompáñame

Así lo hice, todo el día y hasta bien entrada la noche.

5

En el Centro de Acopio del Tecnológico de Atlixco se recibe la ayuda. Los voluntarios la descargan de los vehículos y la concentran en una explanada. Ahí, otros voluntarios la van clasificando: papel de baño de un lado, leche de otro, comida enlatada en otro, cobertores, agua, medicamentos en un lugar muy aparte. ¿Por qué? Porque el medicamento requiere una reclasificación: antiinflamatorios, antihistamínicos, antibióticos y una clasificación particularmente infame: útiles (vigentes) e inútiles (caducos).

(Y yo me pregunto ¿a quién carajos se le ocurre aprovechar la tragedia para mandar a las zonas más necesitadas —y que en muchos casos ya eran necesitadas antes del sismo— la basura que por años no pudieron sacar de sus casas? ¿Quién, en su sano juicio y con el mínimo de inteligencia y decencia, “dona” medicamentos caducos? Esto me recordó cuando hace años me quedé una noche en el Ángel de la Independencia en el entonces Distrito Federal para cuidar acopio que no había alcanzado a ser cargado en los camiones que lo habrían de llevar a Chiapas: había juguetes, comida, cobertores revueltos con harapos —“donación de ropa” imagino que pensó su remitente— y enlatados entre los que se podían ver botellas de agua llenas de orina que algún simpático decidió dejar ahí).

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Los voluntarios componen las despensas que habrán de ser entregadas a sus destinatarios: agua, papel, comida enlatada de diferentes tipos, café, azúcar, granos, cereal, ropa. Hay varios tipos de despensa: algunas son individuales, otras son familiares y algunas son más grandes (pesadas para unidades familiares mayores).

Me acerco y presto atención. Busco panfletos de alguna autoridad queriendo montarse en el trabajo colectivo deslizando discretamente una tarjeta de presentación personal, un panfleto partidista o algún tríptico institucional en las bolsas transparentes. No veo ninguno.

—Podríamos preparar todavía mil, tal vez mil quinientas despensas más, pero ya se nos acabaron las bolsas. Ya fueron por más, vamos a esperar a que las traigan pa’ seguirle.

Los voluntarios se ven contentos.

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Yo soy invisible. Salvo algunas excepciones instrumentales (¿Tienes un cigarro? préstame un encendedor…), nadie me dirige la palabra. Acompaño a mi conocido y entro en todos lados. Él abre puertas y pregunta a los presentes qué están haciendo. Los aludidos le responden y me franquea el paso por si quiero echar un ojo.

El Tecnológico de Atlixco es Centro de Acopio pero también enfermería (en el patio se ha montado una carpa blanca con cruces rojas en sus costados, instalada cerca de los Humvees del ejército, ofrece una imagen impactante), albergue (en los salones de la planta baja hay colchonetas y zarapes listos para recibir a sus usuarios) y centro de capacitación (en las aulas del lugar se puede ver a personal de Protección Civil y voluntarios dando cursos exprés de análisis de estructuras a los brigadistas que están levantando los censos de daños en las comunidades).

Y está ahí también, en la planta alta, el Centro de Mando que instaló el Gobierno del Estado para coordinar las tareas de ayuda entre todos los entes públicos con presencia en el lugar.

Se hace tarde.

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La junta estaba planeada originalmente a las cinco de la tarde pero se pospuso para las nueve de la noche. En el SUM —eso dice el letrero a la entrada: Salón de Usos Múltiples— se comienza a congregar la gente. No hay voluntarios, brigadistas o “civiles” que yo haya podido detectar, sólo funcionarios.

Comenzó a circular la lista de los presentes: había que colocar nombre, adscripción y firma. La sostuve cuando llegó a mí, y en un cruce de miradas con mi conocido entendí: garabatee algo y la pasé al siguiente —ese sí— funcionario.

Hay ahí algunas caras que me son conocidas.

—Mira, ese de ahí ¿lo conoces? —me dice mi acompañante discretamente.

—No

—Ese es fulano de tal, y ¿aquél?, ¿tampoco? Es sutano…

Aunque los rostros me eran poco familiares, los nombres sin duda me suenan. Distingo al menos a otros dos de los ocho titulares de los Centros de Mando establecidos. Hay ahí varios ex diputados, presidentes municipales de las zonas afectadas —o sus representantes— y personal técnico de todo tipo. De los que recuerdo de inmediato: Protección Civil, Secretaría General de Gobierno (SGG), Secretaría de Desarrollo Social (SEDESO), Secretaría del Competitividad, Trabajo y Desarrollo Económico (SECOTRADE), Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Sistema Operador de Servicios de Agua Potable y Alcantarillado de Puebla (SOAPAP), Secretaría de Seguridad Pública (SSP), Policía Municipal de Atlixco, Policía Estatal, Policía Federal, Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional (CISEN), Gendarmería y Ejército Mexicano entre otros.

En resumen: creo que estaban todos y algunos más.

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Dan las 9:00, las 9:10 y es en punto de las 9:30 —cuando ya el lugar está lleno con cerca de 100 personas— que inicia la reunión presidida por el titular del Centro de Mando de Atlixco —uno de los ocho secretarios nombrados por el gobernador para hacer frente a la crisis.

La reunión comienza con un inventario extenso —leído en voz alta por quien conducía la reunión— para verificar la información. De los datos mencionados me queda una certeza: Tochimilco y sus alrededores —uno de mis puntos de destino originales— es el lugar más afectado.

Pero entonces vienen intervenciones con información interesante que a mi juicio explica mucho y que creo no se conoce —ni se valora— lo suficiente desde afuera.

O al menos mucho de lo que se dijo ahí era para mí desconocido. Por eso creo que es importante compartirlo: creo que nos puede ayudar a entender mejor lo que estamos haciendo y el tipo de procesos que están teniendo lugar y de los que tal vez no estemos muy conscientes.

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—Él es un personaje importante —me dice mi acompañante en voz baja— fue el primer presidente municipal de oposición aquí.

Escucho la referencia con atención al tiempo que no pierdo una palabra de lo que dice enfático un hombre maduro, barbado y elocuente.

—A ver, están ocurriendo varias cosas. Por una parte los voluntarios que están llevando víveres directamente a las comunidades están haciendo daño y no se están dando cuenta. Llegan al centro de las comunidades —siempre es al centro— y ahí le dejan lo que traen a los primeros que ven. Y esos primeros lo reciben obviamente. Poco después, llegan otros voluntarios y le dejan a los mismos más víveres. ¿Qué garantía hay de que esos que están recibiendo las cosas efectivamente las harán llegar a las comunidades de la periferia, ahí a donde están más necesitados, a donde están más jodidos? Ninguna. Ya tenemos detectados acaparadores que reciben y reciben y guardan y guardan sin repartir.

Mi acompañante complementa la información al respecto:

—¿Recuerdas el recorrido que hicimos por Metepec? ¿Viste el centro de acopio de Antorcha Campesina en la entrada? Toda esta zona es antorchista. En la ciudad y de otros estados no conocen bien a bien lo que hace Antorcha. Ellos reciben los víveres y los entregan como si fueran aportaciones suyas. Son gente peligrosa, tienen grupos de choque, gente armada.

Me explica como si yo no supiera qué es y qué hace Antorcha Campesina.

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Sigue el hombre de la barba.

—En quince días o en un mes, cuando se acabe la euforia de ayudar al necesitado por el temblor los acaparadores van a salir con sus tiendas para vender a sobreprecio. Los voluntarios que traen sus acopios no saben que se necesita logística, organización y registro del modo en que se están entregando los apoyos. Ellos vienen de buena voluntad, dejan y se van.

Sus palabras me recordaron una breve conversación que tuve poco antes de iniciar la reunión con una mujer encargada de coordinar brigadas de apoyo en la zona.

—Nosotros estamos muy contentos. Tuvimos 150 brigadistas, a todos les dimos su gafete para que se identificaran —toma el suyo y lo abanica. Primero fueron a hacer un levantamiento de necesidades, cuando regresaron con su relación dábamos la despensa: si era para alguien que vivía solo, una despensa individual. Si era una familia, dos despensas o una grande. Así se aprovecha mejor lo que se recibe. Se les entregaban y al momento firmaban de recibido y ponían su huella. ¡Mira! —señala a uno de sus compañeros— mira cómo tiene la mano.

Observo y efectivamente, en el dorso de la mano de su compañero se nota una mancha grande de tinta seca.

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Habla ahora un encargado de servicios a la población. Se dirige a quien coordina la reunión y quien funge como coordinador del Centro de Mando.

—Se han mandado pipas de agua para llenar cisternas y Rotoplast Secretario, pero tenemos el problema de que hay lugares donde las calles son muy estrechas y hay una cuestión con los voluntarios. Están llenando los caminos con el tránsito y nos hace imposible llegar a los lugares. Es tanto el tráfico que ya se están desgajando los caminos. Ya van varias veces que bloqueamos los caminos porque se hacen peligrosos pero los voluntarios quitan las vallas y los desbloquean. Si siguen así puede pasar una tragedia.

(Viene a mi mente el libro Do no harm: How aid can support peace… or war (1999) de Mary B. Anderson en que habla del modo en que la asistencia humanitaria, canalizada de forma torpe, se puede convertir en sí misma en una nueva tragedia.)

Complementa el hombre de la barba:

—Ahí podríamos recurrir al FONDEN (Fondo de Desastres Naturales). Hay dos criterios que permiten el acceso al FONDEN de manera casi inmediata hasta para la contratación y son: 1) agua y 2) caminos. Para lo demás los recursos del FONDEN van a tardar años, literalmente años —uno, dos, tres— en bajar. Pero para estos dos rubros entiendo que se pueden acceder de manera muy veloz.

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La delegada de una dependencia se dice una municipalista convencida. Defiende la capacidad de gestión de las autoridades locales con un argumento que suena fuerte:

—Los municipios son mayores de edad —dice ella.

Y el hombre de la barba coincide:

—Es muy claro que los presidentes auxiliares deben centralizar la recepción de ayuda para que haya orden en la distribución. Ellos tienen la estructura y pueden llevar el registro. El problema —y lo voy a decir con toda claridad— es que pareciera que no tienen la camiseta puesta.

El comentario me pareció correcto y me recordó un video que circuló en el que se acusaba a una responsable de distribución de despensas de “bloquear” el acceso de un presidente municipal a los víveres. La nota publicada en La Silla Rota decía algo así como “Funcionaria de gobierno estatal impide la distribución de agua”. Hablé con la funcionaria en cuestión en el lugar y me dijo lo siguiente:

—Ya el Secretario General de Gobierno nos había dicho que ese presidente era problemático. ¿Sabes lo que quería hacer? Llevarse el agua de las despensas para usarla para el baño. Se robó 150 despensas, eso lo tengo muy claro. Su esposa llegó diciendo “Yo soy la primera dama del municipio y no lo pueden impedir”. Le dijimos que estábamos mandando pipas para los tinacos y pipas pero el presidente insistió en que él era el presidente y que él iba a decir cómo se iba a usar el agua.

Ese día hubo rumores de que alguien estaba “calentando” a la gente contra los funcionarios del gobierno del estado.

—¿Crees que era el presidente municipal? —pregunté.

—Sí, creo que sí —respondió la responsable de la distribución de víveres en el área.

—¿Crees que fue con apoyo de Antorcha?

—Puede ser, tal vez de forma soterrada, pero más bien creo que quería los víveres para guardarlos y sacarlos ora que vengan las elecciones.

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Se quedan muchas cosas en el tintero.

La reunión fue larga. Inició 9:30 y puedo dar fe de que siguió sin pausas, recesos ni deserciones al menos hasta el momento en que me retiré de ahí alrededor de las 2:30 de la mañana. Una hora antes —a la 1:30 de la mañana— se incorporó otro secretario de gobierno estatal a la discusión.

¿Secretarios, funcionarios, delegados de oficinas de gobierno, alcaldes —o sus representantes— y ex diputados trabajando sin pausa a esa hora? Sí. Al menos eso es lo que yo ví. Personas tratando de ponerse de acuerdo, enlistando problemas, buscando soluciones.

En suma, al menos ayer, no vi muchos políticos ahí, pero sí muchos servidores públicos.

Hay que apoyarlos.

@FMontielT
fernando.montiel.t@gmail.com
Sept. 22, 2017 

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