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Cataluña: Peligros y oportunidades de un caso que hemos visto antes

Lo que pasa entre Cataluña y España no es nuevo ni es un problema sencillo, pero tampoco es irresoluble. ¿Cómo llegar a una solución?

Por Fernando Montiel / Fotografía Fotografía: Joan Campderrós-i-Canas*

No es un problema nuevo
Ahora se ve la violencia. Ahí está la Guardia Civil golpeando personas, ahí están las fornituras, los cascos, los toletes y los gases. Y ahí están también, ensangrentados, sus recipientes y destinatarios: hombres y mujeres, jóvenes y mayores.

“La violencia genera violencia” es la única norma social que se cumple casi sin excepción. ¿Qué espera el gobierno español que produzca la violencia? ¿Apaciguamiento de los movilizados? Es claro que la violencia registrada tenía un fin preventivo: buscaba prevenir la votación –como si eso fuera a sofocar la politización– buscaba prevenir el resultado –como si eso desvaneciera la polarización– y buscaba prevenir la certificación electoral del fracaso de gestión gubernamental. Porque en primer lugar y de manera inmediata eso es lo que indica el referendo: el anhelo de no seguir a un lado y bajo el control de un régimen que, se siente, ha fallado.

Existe toda una gama de vocablos para dar cuenta del fenómeno desde sus diferentes aristas: autonomía, independencia, separatismo, irredentismo, secesionismo. Y estos son apenas los más neutrales, los más descriptivos, porque cuando la realidad se pudre, aparecen los de mayor ferocidad: exclusión, marginación, represión, limpieza étnica, genocidio.

Varios de estos vocablos han sido ya utilizados para presentar la crisis en Cataluña ante el mundo. ¿Llegaremos a utilizarlos todos gracias a la insensatez e incompetencia para el diálogo, la mediación, la conciliación, la negociación y el acuerdo?

Pero lo cierto es que el problema no es nuevo ni para España ni para Europa ni para el mundo. De hecho lo que se ve hoy en Cataluña no es sino el episodio más reciente de una historia que se ha desarrollado desde hace mucho en múltiples momentos y geografías.

A menos que ocurra un destello de genialidad –y que se evite el recurso a fórmulas reactivas de probada ineficacia y brutalidad– los posibles devenires de Cataluña son senderos que ya han sido recorridos con mayor o menor éxito, y, en no pocas ocasiones, con rotundo fracaso convirtiéndolos en auténticas tragedias. Los ejemplo son casi infinitos: Milosevic quitó el estatus de provincia autónoma a Kosovo y con eso sentó la base para la guerra doble de Serbia contra Kosovo y de la OTAN contra Serbia en 1998; el genocidio en Ruanda entre Tutsis y Hutus sigue en la memoria y las políticas locales nacionalistas en las provincias del norte de Rumania en la región de los Cárpatos son un foco de tensión constante con Hungría. Esa lógica de confrontación inter-nacional al interior de los Estados ha sido la norma de la violencia en el escenario global desde el fin de la Guerra Fría. Sus lógicas y procesos son lo que al cabo de unos años llamó Mary Kaldor Las Nuevas Guerras.

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Manifestación a favor de la independencia catalana el 11 de septiembre de 2009. Fotografía: Joan Campderrós-i-Canas / CC BY 2.0

No es un problema sencillo
Galtung lo sintetiza en una expresión: ¿cómo dar lugar a 2 mil naciones en 200 estados?

El péndulo tiene dos extremos. De un lado, la experiencia checoslovaca –disuelta pacíficamente en 1992 para dar origen a la República Checa y a la República Eslovaca– se ha mostrado más como la excepción que la regla. En el otro, el horror sufrido por la ex Yugoslavia –que tras la muerte de Tito se ahogó hasta la inexistencia bajo un baño de sangre– no se puede conjurar del todo.

¿Qué hacer? Por una parte el sendero de la amalgamación de los territorios y la asimilación a rajatabla de las poblaciones es insensato –y en eso parece existir un cierto consenso entre todos los involucrados; por otra la comunidad autonómica ha mostrado ya sus límites (de haber sido suficiente, Cataluña y España no estarían enfrentando la crisis hoy las divide) y la opción de la independencia –dejando de lado lo que opine el rey en Madrid (y más aún después de la Resolución 1514 que la Asamblea General de las Naciones Unidas dictó en 1960 según la cual no importa el nivel de desarrollo para aspirar a la independencia)– el camino que buscan emprender por su propia cuenta y riesgo los catalanes no es indoloro: los problemas técnico-administrativos de organización social, política, económica y diplomática que vendrían con la independencia no son de fácil solución.

¿Duele tanto la comunidad con España, duele tanto como para canjear ese sufrimiento por otros más inciertos, y tal vez incluso, más agudos? (Vale recordar la experiencia más reciente en la materia: desde 2011 Sudán del Sur es el país más joven del orbe, desde 2013 está en guerra civil y al 2017 es el país con el Índice de Fragilidad más alto del mundo.)

¿No sería menos oneroso en todo sentido buscar algún arreglo intermedio entre el separatismo independentista y la desaparición de la autonomía que ya algunos barajean?

No es un problema irresoluble
Rascar en el pasado es un arma de doble filo. La historia sin duda es importante, pero se corre el riesgo de que cada uno de los grupos saque de ella aquellos que mejor afiance las posiciones que han adoptado de antemano. En el tablero hay más con lo que se pueden jugar para buscar un arreglo que sea, al mismo tiempo, viable y pertinente para atender las necesidades de las partes –y no sólo sus intereses. Y si la intención es no repetir las desgracias del pasado inmediato, vale la pena revisarlas todas: políticas en materia de religión, educación, cultura, lengua, distribución tributaria, control territorial, política exterior, interior, planeación urbana, mecanismos de representación representación, estatus jurídico, mecanismos de supervisión de lo acordado y de revisión –en caso de que no esté funcionando– y revalorización de la historia local además de la construcción de nuevas narrativas que abran posibilidades no exploradas deberían ser todas consideradas.

Si es claro lo que cualquier mente sensata buscaría evitar –Grozni, Sarajevo– igual de claro debería de ser lo que se quiere conseguir. ¿El modelo suizo tendrá algo que aportar? Tienen 4 lenguas oficiales –alemán, italiano, francés y retorromano– un alto nivel de autonomía en cada uno de sus 26 cantones, un alto nivel de participación popular en democracia directa vía referéndums, una definición muy clara de qué políticas corresponden al ámbito local y cómo armonizarlas en el ámbito federal, etc. ¿No gusta Suiza? Ningún problema, tómese entonces India que con todo y sus múltiples religiones, grupos étnicos y más de mil millones de habitantes se las ha ingeniado para seguir siendo un Estado y no millones de pequeñas comunidades desarticuladas. El punto es que el drama Catalán/Español no es único en el mundo y existen modelos de lo que se puede hacer –y de lo que no se debe hacer también: mucho se puede aprender, mucho se puede adaptar y mucho se puede adoptar. Todos los países lo hacen todo el tiempo en todos los campos. Este no tiene por qué ser la excepción.

Dicen que la diferencia entre nacionalismo y patriotismo es que en el nacionalismo priva el odio a los demás, mientras que en el patriotismo gana el amor por los propios. Cataluña, España y el mundo necesitan más patriotas: patriotas que casen de manera armónica el amor a la patria chica con el cariño a la patria grande, y que lo hagan de un modo creativo, constructivo, concreto, incluyente, equilibrado, justo, y pacífico.

Ninguna otra alternativa es mejor.

@FmontielT
Oct. 5, 2017

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Fotografía: Joan Campderrós-i-Canas / CC BY 2.0 / Disponible en Flickr.

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