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Notas sobre la paz y sus enemigos

La paz tiene numerosos enemigos, además de la violencia. ¿Quiénes son? ¿Por qué se reproducen? ¿Cómo luchamos contra ellos?

Por Fernando Montiel / Fotografía Jeremias Pereira*

La paz tiene enemigos, de entre ellos, uno es el más visible: la violencia. ¿Pero qué no ese único enemigo sintetiza todos los demás? ¿qué no la guerra y la agresión, el desdén y la crueldad en cualquiera de sus múltiples presentaciones no son sino diferentes caras del mismo adversario? Sí, sin duda. Pero existen otros enemigos, más insidiosos, en los que el plural resulta pertinente porque son legión.

I. Cuando el enemigo se parece a Proteo
En la mitología griega Proteo era un dios con múltiples facultades, una destacaba de entre las demás: cambiaba de forma para esconderse.

Los enemigos de la paz en nuestros días mimetizan a Proteo, pero van más allá. Los enemigos de la Paz no sólo cambian de forma sino que parasitan de su adversario; haciendo gala de perfidia y cinismo suplantan su lugar, medran con su imagen y dignidad, la pervierten ante los ojos de los demás, la desacreditan, y al fin, la desfiguran hasta vaciarla de contenido.

La violencia cruda y vulgar tiene al menos una virtud: ataca de frente y sin ambages. Pero los enemigos que actúan como Proteo atacan a la Paz de manera soterrada, se esconden bajo su sombra y, ocupando su espacio, hablan por ella como si fuera ella.

 

Al fin, la pudren por dentro.

II. Enemigos del Norte: Vino viejo en odres nuevos
La paz es humanamente necesaria, pero en la sombra de esa necesidad, también ocurre que es políticamente rentable, y en esta dualidad se construye una realidad: la paz está de moda.

En un mundo bajo la tormenta de la inseguridad, la paz suena bien, tan bien, que se le puede utilizar como escudo para esconder la indecencia y como espada para atacar a todos los que piensan diferente: en el nombre de la Paz se lanzó una guerra en México a finales de 2006 que hoy tiene a millones llorando los más de 150 mil muertos y no menos de 30 mil desaparecidos.

En el sembradío de la desolación la búsqueda de la seguridad es ya incierta. La “seguridad” ha resultado demasiado pesada, demasiado dolorosa, demasiado cara y demasiado ineficiente. Esta seguridad, para decirlo suavemente, no sirve.

Desde arriba los arquitectos del desastre han acusado el malestar y por ello han calibrado ya una respuesta. No es sofisticada, ni siquiera es original y de hecho, la solución pensada más que una solución es un remedio: si antes se tenían programas de “fomento al deporte” –así, a secas– ahora se les llaman “Deportes para la paz”, del mismo modo, las que antes se llamaban “Políticas de Seguridad” ahora son de “Políticas de Paz y Seguridad”. Por la vía del arreglo bautismal se busca relegitimar formas caducas de pensar y hacer, formas que, sin cambios más allá del apellido, adquieren nuevos bríos como si el solo hecho de agregar la palabra “Paz” a su nombre fuera suficiente.

La estrategia pensada –utilizar la paz como cascarón y disfraz– da revuelo y vida efímera a la agenda de Paz al tiempo que la condena. ¿La condena? Sí, ya que si bien la idea tiene buenos rendimientos políticos en el corto plazo, al ser cosmética –y por ello inútil en lo técnico– termina por ser ineficaz. Así, sin sustancia, la Paz como concepto y como práctica –más allá de la prédica– termina por caer en el descrédito.

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III. Enemigos del Sur: Todo está en tí
“La paz empieza por uno mismo” es la frase que hace las veces de bandera insignia; como si los sujetos controlaran siempre todas las variables de todos sus problemas. Este enemigo de la Paz arroja la totalidad de la responsabilidad en el individuo y lo convierte en un centro solipsista del todo (no sólo de su mundo, sino del mundo en su conjunto), como si todos los demás actores y procesos estuviesen supeditados a él y como si él mismo fuese (o pudiese ser) invulnerable a lo que pasa más allá de sí mismo: si cambias tú, cambia el mundo.

He aquí el caldo de cultivo en el que se produce buena parte de la bancarrota que aqueja a la construcción de Paz en nuestros días y en nuestras tierras: sueños frustrados, pereza intelectual, desesperación y urgencia por encontrar respuesta a la soledad y a la tristeza en productos digeribles de consumo inmediato. La tarea de sanar el dolor se convierte en adicción a fórmulas fáciles y a expresiones verbales que suenan pero que en general no sirven para nada, todo, enlatado en libros de acceso en cualquier supermercado que dan respuestas de vida: cómo ser feliz, cómo sanar el entorno, como vivir en armonía, cómo tener éxito, cómo tener amo, en fin: cómo construir paz.

El mecanismo mediante el cual opera este enemigo de la Paz es sumamente efectivo: aísla a sus presas en sus propios pensamientos y sentimientos, lo embarca en búsquedas circulares que nunca acaban de rendir frutos. Su infelicidad en el mundo externo se mantiene incólume al tiempo que en su mundo interno la confusión y el anhelo de cambio es permanente con la esperanza de que en algún momento, algún autor o alguna receta tendrá resultados y entonces llegará la felicidad infinita y por su medio, al mundo que lo rodea.

¿Quién necesita entender la dinámica de los conflictos, las líneas de falla en las estructuras sociales, los mecanismos de operación de la violencia cultural, la importancia de gestar sistemas de alerta temprana, los criterios para la elaboración de proyectos de paz que sean incluyentes, concretos, operables y que construyan puentes entre actores, culturas, visiones del mundo e intereses diversos cuando cualquiera puede acceder, pagando unos cuantos centavos, a recetarios de la alegría que los sacarán del agujero de sus desdichas?

VI. Enemigos de “Oriente”: Energía y misterio
Hace casi 40 años Edward Said desnudó los mecanismos de esa tradición occidental de ver y torcer la realidad de las culturas bajo el yugo del Imperio Británico a partir de juicios preconcebidos. Le llamó Orientalismo. Hoy, como si su obra no hubiese servido para nada, en el campo de la construcción de paz –al menos en América Latina– las dinámicas y costumbres que él denunció siguen vivas y activas.

En materia de “Paz” lo que viene de Oriente –o lo que suene oriental– necesariamente será exótico y misterioso Se escuchan conceptos como Armonía, Paz Interior, Equilibrio y Meditación y de inmediato aparecen imágenes de yoguis ataviados con prendas blancas, sentados en flor de loto, velas, inciensos, budas y símbolos del Yin Yang. Se habla de energía y vibración, de chakras, mantras y Kabbalah. Es la industria del espiritualismo barato. Poco o nada entienden del budismo, hinduismo o misticismo judío –en tanto sistemas de pensamiento– sus promotores aunque tampoco necesitan entender: después de todo, abusan de la credulidad y de la ignorancia de su clientela: venden mucho y venden bien.

Por supuesto es este también el circuito de la versión occidentalizada de la misma estafa en la que son Ángeles de Luz los agentes del cambio que habrán de llevarse el hambre y el sufrimiento, el dolor por el abuso, la corrupción, la falta de empleo y los sueños rotos. He aquí el campo en el que sectas destructivas –es decir, aquellas que abusan de sus creyentes– cosechan a sus fieles envolviéndolos con mecanismos ligeramente más sofisticados que sus pares orientalistas en Occidente.

Y lo hacen todo, claro está, en nombre de la Paz.

V. Enemigos de Occidente: El último grito de la moda
Mario Bunge ha realizado uno de los ataques más duros contra las que llama –y llama bien– pseudociencias: campos científicos que sin serlo, se publicitan como tal. Desde hace años él vio venir lo que hoy es moneda corriente: el engaño de mercantilizar el prestigio científico en productos que no lo son. Cuando hablamos de construcción de Paz, las neurociencias han sido las víctimas más explotadas.

La “Programación Neuro-Lingüística” (PNL) en los años ochenta abrió la puerta a la prostitución de un prefijo –Neuro– sobre la que se construyó toda una industria multisectorial de la estafa que va desde la consultoría política hasta el marketing empresarial y de la que la construcción de Paz no ha quedado exenta. Quienes medran en esos campos citan con frecuencia y sin rubor “estudios de la Universidad de Harvard” que demuestran sea lo que sea que se quiera vender al que se quiere embaucar. A veces es Harvard, a veces es Yale o cualquier otro “Centro de Estudio del Comportamiento” (existentes o imaginarios) de las Universidades de Stanford, Oxford, Princeton o para el caso, cualquier otra institución que suene reputada. Sin duda las neurociencias son ciencias, y sin duda hay estudios, publicaciones y autores reconocidos que publican trabajos serios en la materia. Pero de ahí a que esos estudios –en el caso de que existan– demuestren exactamente lo que los enemigos de la Paz dicen para impresionar hay un mundo de distancia.

Aunque tampoco importa demasiado: de entre los hipnotizados por el cariz científico del engaño con el que los nuevos iluminados recubren su embuste, pocos o ninguno se tomará la molestia de verificar la fuente, seriedad, rango, alcances, relación y/o validez de sus asertos. Ad ignorantiam, se les da por buenos.

“Son herramientas –‘tecnologías del comportamiento’ les llaman– fundamentales para la construcción de paz”. Nos dicen: hay que comprarlas.

Vaya coincidencia: son ellos quienes las venden.

VI. Enemigos en el Centro:
Pero tal vez el peor enemigo es también el más sofisticado, y es aquél que ha conseguido penetrar en el sector de la investigación profesional dedicado al estudio, seguimiento y diseño de políticas públicas o de proyectos institucionales para construcción de paz.

Desde 2007 gradualmente ha ganado terreno –particularmente en los últimos años– un indicador que –sugiere su nombre– mide el nivel de paz en los diferentes países y –en algunos casos como el de México– también de forma regional: el Global Peace Index (GPI). Su impacto inicial fue en el sector privado. Las grandes corporaciones con programas de responsabilidad social gradualmente lo han ido adoptando como “brújula” de qué hacer y qué no hacer para “construir Paz”. Más tarde y por inercia el sector público y el académico han asumido este referente que ahora ha permeado también en las organizaciones de la sociedad civil.

El índice dice medir y promover la “Paz positiva”, concepto que no es nuevo y que le ha funcionado como punta de lanza para abrirse camino. Lo que sí es nueva es la mercadotecnia desplegada por el Institute for Economics and Peace (IEP) –institución gestora del GPI– para “vender” en todo el globo como novedad, un término que tiene no menos de medio siglo de haber sido acuñado.

¿Mide la Paz Positiva el Global Peace Index? La respuesta es puede ser más enfática: no.

En su edición de 2017 el índice incluía 23 indicadores para calificar los países. Una revisión de los mismos hace evidente que no es construcción de paz (Paz positiva) lo que están evaluando, sino evolución de la violencia. En otras palabras es un indicador parcial: evalúan el nivel de reducción de violencia (Paz Negativa) pero dejan casi de lado la evaluación de construcción de paz al destinar al menos 18 de los 23 indicadores a tasar indicadores de violencia y no de convivencia/ armonía/ cooperación/ diálogo/ capacidad para transformar conflictos pacíficamente/ interrelación constructiva de actores, etc. ¿Es este una crítica injustificada al GPI) En lo absoluto, el propio GPI lo reconoce: “Measures of Negative Peace are used to construct the GPI” (p. 80)

Lo que no deja de llamar la atención es que siendo el concepto de Paz Positiva de importancia tan toral para el proyecto del GPI, refieran su origen sólo en términos de:

“The analysis in this report is based on two simple but useful definitions of peace, each of which has a long history in peace studies –Negative Peace and Positive Peace.”

Es comprensible que el Institute For Economics and Peace por vía del GPI no identifique al autor de esas dos “simples pero útiles definiciones de paz en las que se basan los análisis del reporte” puesto que eso llevaría a un lector o usuario curioso a interrogarse qué es lo que dicho autor piensa del modo en que su trabajo está siendo utilizado.

Quien acuñó los términos de Paz Negativa y Paz Positiva es Johan Galtung, y la razón más probable por la que el GPI omite referirlo en sus 140 páginas es porque el propio Galtung critica severamente lo que hace el GPI. El título de un artículo de Galtung no deja lugar a la duda: Charlatanism: “The Positive Peace Index” (Jul. 11, 2016).

La lectura de ese texto es obligada para comprender los defectos estructurales en los “8 pilares” sobre los que construye el GPI, pero su estudio y reseña merece más espacio del que aquí se puede destinar. Por ello, vale la pena rescatar apenas un par de observaciones. Para Galtung, el GPI hace bien en medir algo –que ciertamente no es la Paz Positiva– y que incluso es un algo que tal vez ni siquiera tenga una correlación directa positiva para la Paz: el clima para los negocios en términos de conflictividad y violencia social. “Positive Business Index would be an honest indicative name.” concluye el también autor de las metáforas Paz / Salud y Violencia / Enfermedad que el GPI se adjudica al no referir –¿por no conocer?– su origen (p. 79).

VII. No todo es perversidad
Y a todo lo anterior por supuesto se pueden agregar las diferentes combinaciones posibles entre ellas y el modo en que se refuerzan mutuamente: el GPI resalta en el espacio público la necesidad de “más Paz” y sienta con ello la base para que los órganos del Estado impulsen “Programas de Paz” –que nada tienen ello– invitando que “coaches”, místicos y “científicos” de la Paz hagan fila para hacer lo que hacen bien –y que ciertamente no es construir paz.

Cambiar nombres sin alterar sustancias es una falsificación del trabajo por la paz, pero esto no elimina el hecho de que hay oficinas de gobierno, organizaciones sociales, universidades y otras instituciones que están tratando de generar agendas, contenidos, planes, proyectos y programas de construcción de paz de verdad, de buena fe, es decir, herramientas para atender los conflictos en la raíz de la violencia. No todos son simuladores.

Quienes buscan respuestas fáciles, rápidas y pre-cocinadas a problemas complejos para alcanzar la “Paz, el Progreso, el Amor y la Felicidad” no necesariamente tienen la culpa de caer en las redes de quienes fabrican los instrumentos del embuste. Ellos son las víctimas, no los victimarios. Crecer intelectual, física, espiritualmente es perfectamente legítimo y posible, y para ello se tienen múltiples sistemas educativos y pedagógicos en una infinidad de materias, validados, con alcances, límites y responsabilidades definidas y cuyo dominio requiere estudio, sistema, control y dedicación. No se confunda al engaño de la autoayuda facilona con el crecimiento personal profesional para alcanzar la paz.

Las respuestas metafísicas –en el sentido barato y no filosófico del término– son el recurso siguiente de aquellos que no encontraron en la autoayuda lo que buscaban bajo la premisa de que “Si la respuesta no es de este mundo, entonces es del otro”. Nada de lo dicho en este campo descalifica el valor de la religión como andamiaje para el desarrollo espiritual siempre que contribuya a florecer la vida en general, la humana y la no humana, la propia y la de los demás. No se confunda esoterismo oportunista de las sectas nocivas con la espiritualidad sincera.

Abusar del prestigio de la ciencia manipulando la ignorancia de las víctimas no elimina el hecho de que la ciencia sí tiene mucho que aportar –en particular las neurociencias– en la comprensión de las dinámicas de paz, violencia y conflicto. No confundir las exageraciones y engaños de la pseudociencia o del cientificismo con la ciencia de verdad.

Los enemigos de la Paz que como Proteo se disfrazan para suplantarla y medrar con su prestigio social, medran con el dolor y la necesidad de quienes la buscan y apuestan a la ignorancia que se tiene respecto de los Estudios de Paz. Circuitos técnicos, académicos, políticos y sociales han sido todos en mayor o menor medida atacados por estos farsantes de la paz. ¿O es que lo que de verdad es válido el silogismo de que lo que es bueno para los negocios siempre es bueno para la paz?

@FmontielT

*Imagen principal: “PAZ” de Jeremias Pereira, disponible en Flickr. Utilizada bajo Licencia Atribución 2.0 Genérica de Creative Commons.

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