El lenguaje solitario

La osadía del mexicano Rodrigo Hernández lo ha llevado a formar parte de los ciclos de arte emergente que organiza Kurimanzutto.

Por Alejandra González Romo / Fotografía Adrián Duchateau

A Rodrigo Hernández le gusta imaginarse a sí mismo entrando a una galería sin saber lo que le espera y encontrarse con su propio trabajo por primera vez, de forma inocente. Le fascina pensar en las preguntas más elementales que se haría. ¿Qué es esto?, ¿de qué está hecho?, ¿qué significa?, ¿qué pieza miraría de cerca primero? Las respuestas no le interesan tanto y, su trabajo, muy a propósito, no ofrece pistas. Su más reciente exhibición en la galería Kurimanzutto se montó en una sala pequeña, angosta y alargada. Pintar los muros en tonos brillantes de azul y amarillo parece una decisión arriesgada en un espacio reducido. Los colores enmarcan una serie de piezas de superficie plana y aspecto metálico distribuidas a lo largo de los muros. 
A primera vista parecen antiguas, tienen un toque prehispánico y se asemejan incluso a los dibujos de un códice. Pero al mirarlas con detenimiento aparece también algo de futurista, o incluso extraterrestre. Hay elementos que leer entre líneas, algunos rostros caricaturescos, algún sombrero, una que otra mano, pero no mucho más.

Rodrigo Hernández, originario de la Ciudad de México, inició sus estudios en La Esmeralda, para continuarlos en Alemania y los Países Bajos. Actualmente reside en Basilea, Suiza, donde el curador norteamericano Chris Sharp lo visitó en su estudio antes de invitarlo a formar parte de la tercera de seis exhibiciones dedicadas a artistas emergentes en Kurimanzutto, que arrancaron con el trabajo de Isabel Nuño de Buen y Daniel Aguilar Ruvalcaba. El trabajo de Hernández se ha exhibido en Berlín, Nueva York, París, Londres y Bolonia, entre otras ciudades. En términos formales y de materiales, el artista reduce la producción artística a sus elementos fundamentales, dotándola de una simplicidad engañosa que obliga al espectador a buscar sus propios significados. Uno de sus materiales favoritos es el papel maché porque le permite trabajar completamente solo y con sus propias manos. “Si necesito contratar una camioneta para traer cemento, siento que ya me estoy poniendo demasiados obstáculos para trabajar”, dice el artista en entrevista. “Es importante para mí tener un proceso solitario.” Esa forma primigenia de abordar el arte es parte de lo que le atrajo a Sharp de su trabajo.

“Hernández condensa en el papel maché una práctica madura de dibujo y escultura que parte de formas clásicas para sintetizarlas en un código propio”, comenta el curador. “Sus piezas te obligan a interactuar con ellas como si fueran elementos sintácticos, frases o palabras, pero con el tiempo descubres que no hay tales, porque se trata de un lenguaje visual, en el sentido de que le habla a tus ojos y a tu mente, pero también a tu cuerpo”, concluye. Para Sharp, esta relación antagónica entre la producción artística y el lenguaje oral o escrito es fundamental. “El arte es intraducible, irreductible e inconmensurable. Si se puede explicar, se disuelve”, afirma.

Todo bosque locamente enamorado de luna tiene una autopista que lo cruza de un lado al otro, es la frase que titula esta exhibición y es de la autoría de Filippo Marinetti, fundador del movimiento futurista. En la cita, al igual que en las piezas de Hernández, convergen y se contradicen lo natural, contemplativo y primigenio; lo industrial, lo artificial y destructivo; el bosque, el papel, y el trabajo manual; con lo intrusivo de una carretera y la pintura tóxica y metálica para coches con la que Hernández cubrió sus piezas de papel para protegerlas y transportarnos a un tiempo espacio-temporal en el que no hacen falta diccionarios.

Every forest madly in love with the moon has a highway crossing it from one side to the other
febrero 6 – marzo 19, 2016
Rodrigo Hernández
kurimanzutto.com

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