Pablo León de la Barra en el Museo de Arte de Zapopan, portada

Monumentos a la descomposición

La curaduría de Pablo León de la Barra en el Museo de Arte de Zapopan y cuestiona el rol del arte en el espacio público.

Por Alejandra González Romo / Fotografía Rodrigo Marmolejo

Treinta millones de pesos costó la estatua Guerrero Chimalli del escultor Sebastián, indiscutible favorito de los políticos mexicanos. La colosal figura roja que se puede ver desde cualquier punto del municipio de Chimalistac, en el Estado de México. El gobernador Eruviel Ávila la inauguró con bombos y platillos, y tuvo el atinado gesto de decir que este guerrero rojo defendería al municipio de la pobreza. Desde su develación, el Chimalli ha sido motivo de burlas e indignación; por ejemplo, corren miles de memes que lo comparan con enemigos de los Power Rangers.

Favores políticos, corrupción, agorafobia, mal gusto y una que otra victoria social terminan en la vía pública en forma de monumentos y esculturas, desafortunados en la mayoría de los casos y con nulo presupuesto para su mantenimiento. Algunos quedan en el abandono, como basura visual; pero otros, independientemente de su valor estético o artístico, tienen la capacidad de transformarse en referentes de identidad, ya sea como puntos de encuentro para celebraciones y protestas, emblemas turísticos y símbolos nacionales, o como víctimas del vandalismo y la ira social. Ante la falta de un plan sensato y presupuestos para el arte público en México, la muestra “Monumentos, anti-monumentos y nueva escultura pública” en el Museo de Arte de Zapopan (MAZ) —bajo la curaduría de Pablo León de la Barra— hace un agudo análisis al respecto.

Pablo León de la Barra en el Museo de Arte de Zapopan, int1

Las mariposas eternas, de Adrián Villar Rojas, juega con la posibilidad de inventar héroes para los monumentos del futuro. Está hecha de barro, madera, fósiles y rocas.

En 2008, Ximena Labra hizo tres réplicas de tamaño real del Monumento a las víctimas de la matanza de Tlatelolco, de 1993. Durante dos meses, las reproducciones de fibra de vidrio permanecieron junto a la original, antes de trasladarlas a otros lugares de la ciudad, como el Zócalo, el Palacio de Bellas Artes, la estación del metro Insurgentes y el Monumento a la Revolución. El video Tlatelolco Public Space Odyssey documenta que la súbita aparición de estas estelas no generó reacción alguna en el público, con lo que se evidenció, en este caso, la incapacidad de un monumento para detonar reflexiones, y mucho menos luto, a pesar de que es una de las tragedias sociales más presentes en la memoria colectiva.

Otra sección documenta lo sucedido en torno a “Urbanizarte”, un programa de intervenciones a monumentos en Guadalajara. Luis Miguel Suro intervino La Minerva, que es sin duda la escultura más emblemática de la capital tapatía; le puso un yeso en el brazo izquierdo para dotarla de cierta fragilidad. “Es una escultura controversial porque Agustín Yáñez, un escritor que llegó a gobernador de Jalisco por sus conexiones con el PRI, mandó a hacer un símbolo de la ciudad que recibiera a los visitantes”, explica Alan Sierra, investigador del MAZ. “Después la gente empezó a decir que era fea y querían que tuviera una figura más estilizada. Le retocaron la nariz, a manera de cirugía plástica”, dice.

Pablo León de la Barra en el Museo de Arte de Zapopan, int2

Serie fotográfica del libro Monumentos mexicanos. De las estatuas de sal y de piedra, de Helen Escobedo y Paolo Gori (1989).

Claudia Rodríguez intervino las esculturas a los Niños Héroes ubicadas a lo largo de la Avenida Chapultepec. Colocó un hula-hula a cada uno, en un gesto juguetón que hacía gran contraste con la escena bélica que representan. Para los tapatíos el atrevimiento fue demasiado. La intervención desató tal controversia que los aros tuvieron que ser retirados. A diferencia del experimento de Labra, éste hizo evidente que los ciudadanos están pendientes de sus monumentos y saltan en su defensa ante lo que perciben como atentados contra su identidad, conservadurismo o concepción del arte.

Están también las fotografías de Diego Berruecos, que capturan las esculturas a Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia asesinado en plena campaña en 1994. Las imágenes son evidencia de un fenómeno curioso: Sin haber tenido tiempo de ganárselo, Colosio quedó marcado como el sueño romántico de un líder comprometido en un país donde los políticos están muy lejos de velar por el pueblo que dicen representar. Sus bustos y esculturas proliferaron por el país y, dos décadas después, siguen recibiendo flores.

Pablo León de la Barra en el Museo de Arte de Zapopan, int3

“Todos los Colosios de este país” es una serie de Diego Berruecos, que arrancó en 2006 y aún continúa en proceso.

Frente al MAZ hay una escultura dedicada a la belleza de las mujeres jaliscienses, que sin estar dentro del museo es considerada parte de la exposición. La obra es de Adrián Reynoso, amigo de un regidor del ayuntamiento de Zapopan, a quien le pidió ayuda para exhibirla dentro del museo. Ante la negativa del MAZ, Reynoso consiguió autorización para montarla frente al recinto. En su placa lleva la firma de la actriz Jacqueline Bracamontes y de Grupo Televisa, que seguramente accedieron gustosos para matar dos pájaros de un tiro: apoyar a un artista en pena y quedar bien con un político en turno.

Pablo León de la Barra en el Museo de Arte de Zapopan, int4

Obelisco roto portátil (Para mercados ambulantes), de Eduardo Abaroa, es una réplica hecha con lona rosa y varilla metálica, de la famosa escultura Obelisco Roto de Barnett Newman.

Monumentos, anti-monumentos y nueva escultura pública
Hasta el 30 de julio
Museo de Arte de Zapopan
mazmuseo.com

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