Karl Ove Knausgård

Escribir con compulsión

Anagrama publica el quinto volumen de una de las sagas más exitosas de los últimos tiempos: “Mi lucha”, escrita por Karl Ove Knausgård.

Por Irma Gallo / Fotografía MT Slanzi

El escándalo que provocó La muerte del padre, publicada como Min kamp en 2009, hizo que la novela autobiográfica de un escritor noruego entonces apenas conocido, Karl Ove Knausgård, se convirtiera en un best seller. El título hacía una referencia provocadora a la obra homónima de Adolfo Hitler. Los noruegos corrieron a comprarla. “Ha reventado las costuras de la ficción y se ha colocado en los primeros puestos del star system literario”, publicó El país. Ante el triunfo, Knausgård se decidió a llevar a cabo una tarea de proporciones épicas: contar su vida en seis tomos, incluyendo todos sus fracasos, tal como lo dicta la memoria, sin continuidad cronológica, en cerca de 3 600 páginas. Así ha ido construyendo la saga Mi lucha. Este año Anagrama edita el quinto volumen, Tiene que llover, con el que confirma que es una de las plumas más controversiales.

En el primer volumen, el autor confiesa la difícil relación que tuvieron él y su progenitor, cómo murió borracho, en la más absoluta miseria, obeso, sin trabajo, viviendo con su madre y bebiendo, bebiendo hasta morir. Una muerte que fue alivio y dolor. Casi como consecuencia lógica, su propia paternidad la reservó para el siguiente tomo, Un hombre enamorado, donde explora su vida en familia: casado con Linda, escritora en ciernes, y tres hijos con las obligaciones de un padre, cambiar pañales y preparar desayunos, con toda la mezquindad de los pleitos, con todo el hastío y la frustración de no poder dedicarse de tiempo completo a escribir. Desde luego, su matrimonio naufragó. “Mi manera de vengarme era darle todo lo que me exigía, es decir, me ocupaba de las niñas, fregaba el suelo, lavaba la ropa, compraba la comida, hacía la cena y ganaba todo el dinero (…) Lo único que no le daba, y era lo único que ella quería, era mi amor. Ésa era mi manera de vengarme”, escribió.

La isla de la infancia sitúa a Knausgård —protagonista y autor a la vez— a los ocho meses de edad. Este libro es casi bucólico: unos padres jóvenes, con un niño pequeño, que se mudan de Oslo a la isla de Trom, donde estaban construyendo su primera casa. En este tomo el autor se describe como un observador, desde fuera, y aclara que construye la narración a través de las fotografías que ha visto a lo largo del tiempo. Es cuando el relato hiperrealista de la saga se mezcla con la ficción. El autor escribe a partir de una memoria que ya ni siquiera es suya.

Karl Ove Knausgård autor de Mi lucha

Ahora Tiene que llover, el quinto tomo, de seiscientas y pico páginas, aborda los inicios de su carrera como escritor. Tiene 20 años y estudia en la Academia de Escritura. “Algo bueno debieron ver en mí para aceptarme”, se repite casi obsesivamente cuando sus maestros y compañeros critican sus trabajos, cuando ve que no es capaz de terminar su novela, cuando se da cuenta de que, por más que quisiera escribir como Joyce o Proust, como Borges o Cortázar, no puede. Ahí el autor está cada vez más enganchado en el alcohol, sufre blackouts. Mientras escribe, nada le sale bien. En las vacaciones de verano trabaja como enfermero en una clínica psiquiátrica, y se pregunta si no se convertirá en eso para el resto de su vida: el enfermero que quiso ser escritor. 

Pero lo logró. El próximo año llegará al mercado latinoamericano la sexta entrega en la cima del éxito. ¿Por qué el relato excesivamente detallado, a veces hasta prosaico, de la vida de un hombre común que aspira a convertirse en escritor se ha traducido a 20 idiomas y tan sólo en Noruega ha vendido medio millón de ejemplares? 

Podríamos aventurar algunas respuestas: porque en la narrativa de la vida cotidiana casi todo nos identifica (tenemos relaciones complejas, sufrimos por un rompimiento amoroso…); porque nos atrapa la crudeza con la que el autor describe su propia oscuridad; porque como ocurrió con Boyhood (2014), la película de Richard Linklater filmada durante 12 años, el relato del paso del tiempo nos atrae porque nos confronta con nuestra propia finitud, o quién sabe.

El asunto es que la historia del escritor que fracasa una y otra vez en la ficción tuvo un final feliz: el éxito le llegó cuando decidió dejarla de lado y contar su propia vida.

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