Portada Guillermo Arriaga

La caza de Guillermo Arriaga

Son muchas las facetas de Guillermo Arriaga quien, con su más reciente novela, explora sensaciones escatalógicas de la realidad humana.

Por Iker Pérez-Michel / Fotografía Adrián Duchateau

Como sucede en los guiones de sus películas o en sus libros, la muerte es el principal personaje en la obra de Guillermo Arriaga. “No elegimos nuestras obsesiones, ellas nos eligen. Cuando escribo muchas veces me doy cuenta de que la muerte está tan presente, y eso es un misterio incluso para mí mismo”, dice el autor. En una sala de la editorial Penguin Random House que publica su más reciente incursión novelística El salvaje, Arriaga confiesa que el acto de escribir es un acto en sí misterioso.

“En lo que escribo pretendo hablar de la vida, del peso de la vida sobre la muerte. Pero no hay sentido de la vida sin la muerte y la pérdida, aunque todo el tiempo lo neguemos. Yo creo que para recuperar ese sentido de la vida hay que recuperar el sentido de la muerte. Decían los antiguos romanos memento mori, recuerda que morirás”, agrega.

Desgarradora, intensa y adictiva son los adjetivos con los que podríamos abordar en primera instancia esta novela. Escrita desde la rabia y la desesperación, es un libro ambicioso que nos muestra a un Guillermo Arriaga maduro y más arriesgado. Él ha escrito una obra de setecientas páginas —contra cualquier marketing editorial— y se puede considerar una de las novelas más ambiciosas publicadas en español en los últimos años.

El salvaje sigue la historia de Juan Guillermo y la planeación de una venganza sobre los fanáticos religiosos, los “enfermos de Dios”, que asesinaron a su hermano mayor, Carlos, provocando también la muerte de su padre, su madre, su abuela, sus periquitos y hasta su perro. “Las olas de la muerte provocando más muerte. La muerte invitando a la muerte, invitando a la muerte, y a más muerte”, escribe el autor.

Guillermo Arriaga

Con un lenguaje poderoso y repleto de recursos literarios, tiempos y espacios que se mezclan, personajes oscuros, narraciones paralelas, referencias a mitologías y genealogías universales sobre la muerte y fragmentos poéticos, Arriaga hace homenajes a Faulkner, Nietzsche y hasta Shakespeare. Una novela que le costó casi seis años escribir y cuya virtud es crear adicción desde sus primeras páginas.

“Como soy ateo, busco entender más al ser humano y el ser humano es muchas cosas, es inteligencia y emociones, pero también es fluidos y gases, descomposición”, dice Arriaga sobre el hecho de que en El salvaje abunden referencias e imágenes visuales a sangre, sudor, lágrimas, orines, placenta, mierda. Fluidos primigenios que muchas veces queremos negar.

“Mi posición en la novela es clara en torno a esto: creo que como sociedad somos cada vez más higiénicos, más cosméticos, más superficiales. Como soy cazador, tengo que abrir animales, inhalar sus humores, ver las vísceras, a veces explota su mierda, te salpica su orina: y eso es parte de la vida y a veces queremos negarla: queremos amar los cuerpos pero ¿qué cuerpos queremos amar? ¿Sólo la superficie, la estética? Los cuerpos también son fluidos, aromas y gases. No siempre bellos”, dice en entrevista.

Cobra relevancia que Arriaga sea cazador, pues la historia paralela que se cuenta en El salvaje es la de Amaruq, un esquimal inuit obsesionado con cazar a Nujuaqtutuq (que significa salvaje) un lobo gris gigante; y que llevará al lector por la solitaria estepa nevada, gélida, de las llanuras del Yukón, el norte más nevado de Alaska.

Ambas historias, la de Juan Guillermo y la de Amaruq se unirán de forma asombrosa e inesperada, llevando al lector por su propia cacería de sentido: “Cazar para mi es una pasión; y una pasión es un padecimiento. Cazar también significa seguir huellas, entender y leer la naturaleza, ser sensible a ella y respetarla profundamente. La novela mete al lector en su propia búsqueda”. Como cazador, Arriaga tiene esa virtud de atrapar al lector y no soltarlo.

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