Betzabé García y el devenir en la reconstrucción

Conversamos con la directora Betzabé García sobre su ópera prima, “Los reyes del pueblo que no existe”.

Por Sofía Viramontes

Los reyes del pueblo que no existe cuenta la historia de las últimas tres familias que quedan en San Marcos, Sinaloa, uno de los seis pueblos inundados y desalojados a causa de la construcción de la Presa Picachos –obra creada para abastecer de agua a la zona turística de Mazatlán–. Betzabé García utiliza su cámara para contar la vida de estos últimos siete habitantes, mientras devela una metáfora aplicable a cualquier persona.

El proyecto empezó como parte de sus estudios en el CUEC con la realización del cortometraje de ficción Venecia, Sinaloa (2011). Al comenzar a entender la verdadera problemática y conocer las historias debajo de los escombros de lo que solía ser un pueblo de 300 familias, García dejó la escuela y se fue a vivir cinco años a San Marcos, para sumergirse en ese movimiento del que no se estaba hablando lo suficiente.

“Cuando entras a San Marcos es como una sensación casi apocalíptica, desoladora”, dice García, pero conforme avanza el filme es fácil darse cuenta de la transformación que la directora vivió. “Al principio tenía otra idea por completo. Estaba muy triste por el hecho, pero cuando hablé con Jaimito y Yoya ellos me dicen ‘no, nosotros estamos muy a gusto de vivir aquí, en el agua’, ‘allá en el nuevo pueblo les falta el agua y acá nos sobra’.” Entre risas, Betzabé García señala que en ese momento se dio cuenta que lo que ella venía a contar no tenía nada que ver con la historia de esos personajes.

Al pasar tiempo con las personas de la localidad y al conocer el Movimiento de Desalojo –una resistencia que se ganó más de mil titulares periodísticos–, Betzabé García se dio cuenta que lo que reflejan esas familias no es sino un proceso por el que todos pasamos: la reconstrucción. “Esta película habla sobre la actitud al enfrentar una catástrofe y también momentos muy difíciles que está viviendo por muchísimos pueblos abandonados por la violencia”.

Uno de los momentos clave en la reconceptualización del documental fue cuando Betzabé García le preguntó a Mani, el dueño de la panadería, por qué seguía viviendo ahí. “Él me dijo que en la vida todos estamos flotando en el universo, y que para él, su única agarradera es arreglar el pueblo de San Marcos”. Mani se dedica a hacer la restauración pública del pueblo en ruinas. Cuando llega la temporada en la que baja el nivel del agua, él aprovecha y comienza a pavimentar, a pintar las paredes, a cortar la maleza, sin que le importe que el agua vuelva a llegar a destruir las cosas; espera a que el agua baje y vuelve a empezar.

Los personajes presentan diferentes perspectivas de la reconstrucción. Por un lado están Jaimito y Yoya, una pareja eternamente enamorada que son “el amor de su vida en medio de la oscuridad. Ellos son como la flor en el pantano”. Está Miro, que se quiere ir del pueblo pero se ha quedado a cuidar a sus padres y a una vaca que ha quedado atrapada en medio de la inundación; Mani y su esposa, que llevan la tortillería, el corazón que mantiene con vida a ese pedacito de la Sierra de Sinaloa.

La mayor parte del documental está simplemente ambientado con los sonidos de San Marcos, llenos de naturaleza. La única musicalización es por parte de Los Jalapeños, un conjunto de músicos que García conoció en el 2012, mientras ellos le llevaban serenata al río de San Marcos al son de banda sinaloense.

Después de recorrer festivales por todo el mundo y recibir numerosos premios como el Premio al Mejor Largometraje Documental en el 13º Festival Internacional de Cine de Morelia, el Ojo de Oro a Mejor Documental Internacional en el Zurich Film Festival, el Premio del Público en South by Southwest (SXSW), y el Gran Premio del Jurado en el Full Frame Documentary Film Festival, entre otros, llega a las pantallas comerciales de la Ciudad de México, Guadalajara, Tijuana, Mazatlán, Cancún y Puebla con la certeza de mantener cautiva a los espectadores.

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