qué es el krautrock, portada

La orden del kraut

A finales de los sesenta, Alemania reclamó su protagonismo cultural con un género musical electrónico precursor del punk: el krautrock.

Por Daniel Castrejón

Eran finales de los años sesenta cuando apareció un movimiento que respondía a las necesidades de un país ávido de protagonismo artístico. Una Alemania de la posguerra fragmentada, partida en dos por un muro; la nación que llevaba grabados los apellidos Wagner, Pachelbel y Bach. El kraut llegó como una ola experimental que influyó en la escena artística internacional, no sólo por la originalidad o la estructura de sus canciones, sino por el implemento de nuevas tecnologías. El término significa en español “hierbajo” de manera despectiva, lo que refleja su oposición a lo mainstream, el espíritu de una época que buscaba reinventar la manera de hacer música. Karlheinz Stockhausen, por ejemplo, comenzaba su trabajo experimental; llevaba el funcionalismo del diseño y la arquitectura de Mies van der Rohe y Le Corbusier a los terrenos musicales, y así logró sus primeras obras minimalistas con sintetizadores y dispositivos electroacústicos. Lo mismo sucedía en Francia, donde Pierre Schaeffer fundaba GRM, que hacía los primeros manifiestos de la musique concrète. Tanto el minimalismo como la música concreta serían dos antecedentes clave para el krautrock.

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El dúo alemán Cluster estaba integrado por Hans-Joachim Roedelius y Dieter Moebius.

Alemania vivía entonces dos realidades: por un lado estaba una academia paralizada, mientras que, por el otro, sonaba por doquier la influencia de las bandas norteamericanas y británicas. Alemania Occidental vivió la ocupación militar extranjera, cientos de jóvenes soldados que llevaban consigo sus discos de vinil. La fusión cultural no tardó en manifestarse. El rock sonaba por todos lados, pero había llegado demasiado tarde a Alemania. Fue en cambio lo más arriesgado lo que despertó el interés e hizo eco. Gustó la ruptura. En los gustos alemanes, encontrarían cabida los norteamericanos Captain Beefheart, John Cage y Silver Apples —músicos avant-garde—, y su influencia se mezclaría con el minimalismo de Stockhausen. Así sonaron los primeros beats del kraut: se mezclaron los riffs del rocanrol con el minimalismo; por primera vez el loop apareció como un ingrediente dentro de la música; así como el motorik, la repetición constante de una melodía que funciona como introducción pero que se extiende por largo tiempo. El hecho de que ahora una canción podía durar hasta veintidós minutos y que el vocalista era ya algo inexistente, hizo del kraut un movimiento underground totalmente anticomercial. Sus primeros exponentes fueron Amon Düül II, Cluster, Tangerine Dream, Faust, Neu!, entre otros, así como la primera etapa de Kraftwerk. Eran grupos tan diversos que lo único que los unía eran sus procesos creativos.

Hoy el krautrock se asume como el primer movimiento do-it-yourself dentro de la música. Sin él, la existencia del punk no hubiera podido concretarse. El género se diversificó como ningún otro. Es difícil nombrar ahora a un artista que produzca algo que podamos llamar kraut, pero dejaron grandes aportaciones, como el uso de sintetizadores análogos y modulares, así como el ingenio para modificar instrumentos y esquemas tradicionales de armonía. Sin el kraut, tal vez no conoceríamos la space music ni la música ambient —legado de Klaus Schulze y Asmus Tietchens—. La obra discográfica de Brian Eno no hubiera sido la misma. Ni qué decir de David Bowie que vivió en Alemania justo en esa década mítica —los años setenta—, cuando compuso la trilogía de Berlín. Del kraut, se origina el tecno casi veinte años después, y cualquier propuesta que venga de aparatos análogos y electrónicos, desde la industrial hasta el synthpop. Alemania reclamó su protagonismo artístico de avanzada. Fueron ellos —con el rigor que los caracteriza— los primeros en construir laboratorios de música electrónica. Antes que cualquier música experimental, sonó primero el kraut.

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