Al final de cada revolución, el 15M

El movimiento del 15 de Mayo (15M), que tomó la Puerta del Sol de Madrid para protestar contra la clase política española, busca cómo
transformarse en algo que de verdad contribuya a la democracia española.

Por Ramón Lobo / Fotografía Cristina Candel
Tuits como #spanishrevolution fueron importantes en la articulación del movimiento.

Tuits como #spanishrevolution fueron importantes en la articulación del movimiento.

El “número uno” salió al tras el triunfo de la guerrilla y dijo: “A partir de hoy el idioma nacional de San Marcos será el sueco; los hombres se cambiarán de calzoncillos cada media hora y para comprobarlo los llevarán por fuera, y los niños menores de dieciséis años tendrán dieciséis años”. El “número 2” miró al “número 3” y musitó: “Se le ha subido el poder a la cabeza”. La célebre escena del balcón de la película Bananas de Woody Allen es una sátira de la Revolución cubana. Las revoluciones son hermosas. En los primeros días están preñadas de ilusión y deseos de cambiar el mundo, después tienden a languidecer y copiar los defectos de lo desplazado. El movimiento del 15 de mayo (15M), que tomó la Puerta del Sol de Madrid para protestar contra la clase política española, que tilda de ineficaz y alejada de sus problemas, lucha ahora por evitar la misma ceguera que critica.

La gran aportación del 15M ha sido, y es, el despertar de una sociedad anestesiada que se sentía el centro del universo cuando sólo vivía en una burbuja de prosperidad basada en la especulación inmobiliaria. El reto ahora es articular este renacer de la sociedad civil, transformarlo en algo eficaz, original y duradero para lograr cambios sustanciales que favorezcan una democracia más real y participativa.

Con el centro de Madrid tomado, revuelto contra el poder establecido, el conservador Partido Popular (PP), de Mariano Rajoy, logró el 22 de mayo su mejor resultado en unas elecciones locales y autonómicas; una victoria aplastante que anticipa otra en las generales previstas para marzo de 2012, si es que no se adelantan al otoño.

“Los perroflautas de la Puerta del Sol han dado la victoria al PP. Mientras que la izquierda agitaba las manos y soñaba, la derecha acudió a votar en bloque”, se queja Gerardo, de cuarenta y tres años, que trabaja en un importante periódico. “Existe una enorme diferencia entre el PP y el PSOE [Partido Socialista Obrero Español]. No es lo mismo un gobierno que te mete en una guerra injusta [se refiere al ex presidente José María Aznar y a Irak] que otro que te saca de ella [el socialista José Luis Rodríguez Zapatero]”. En la mesa de al lado de un bar de moda, Álvaro, de treinta y dos años, remueve pausadamente el café tras una comida de ensaladas de diseño: poca cantidad, salsas exóticas, precio desorbitado. Tras dar un sorbo, dice: “¡Ah! ¿Eres de los que creen que existen diferencias entre el PP y el PSOE? Entonces se entiende lo que dices201D”. Un tercero apunta desde lejos: “El gobierno de izquierda que saca de guerras ha aumentado 40% la venta de armas”.

“Perroflauta” es un término despectivo acuñado por la derecha. Son los mendigos que piden dinero haciendo sonar una flauta. La mayoría lleva el pelo con rastas, son pacíficos, fuman porros, beben vino en cartón y se hacen acompañar de perros y gatos, su única familia.

Pilar, Elena y Sara tienen dieciséis años y estudian el primero de bachillerato. Acuden casi todas las tardes a la Puerta del Sol. No son hippies ni parecen del movimiento antiglobalización. Estudian en un colegio de élite en Madrid. Se sienten felices y lo expresan con saltos y abrazos: han logrado imprimir un logotipo de la protesta, un sol sobre unas camisetas blancas. Pilar quiere estudiar Antropología, pero habla desde una pasión política poco habitual en España: “El PSOE y el PP son iguales, e Izquierda Unida [ex comunistas] también; sólo les interesan sus cosas, ocupar cargos públicos para beneficiarse, ellos y sus amigos. Sólo les interesa el poder”.

Los hijos de la generación que hizo la Transición en España parecían apáticos a las cuestiones políticas, más preocupados por el precio del cubalibre del fin de semana que por la ley de educación. Se les llama “pasotas” porque pasan de todo. También se les llama generación Ni-ni (ni estudian ni trabajan). Sólo en Andalucía, 8.5% de los 1 512 100 censados de entre dieciséis y veintinueve años no estudian, no trabajan, no buscan trabajo. Era tal la abulia que el Instituto de la Juventud ideó hace meses un plan para animarlos a votar. La campaña se titulaba “Yo sé xq” [por qué]. Le dio el visto bueno la ministra de Sanidad, Política Social e Igualdad, Leire Pajín. El 15M la ha dejado obsoleta.

Lo que empezó como una entrevista bajo el calor de las lonas de plástico en la Puerta del Sol se ha transformado en un debate entre jóvenes. Elena propone acabar con los privilegios de los políticos, suprimir los coches oficiales. “Me preocupa que recorten los presupuestos de Sanidad y Educación. El PSOE está gobernando como un partido conservador. ¿Cuál es la diferencia entre los dos? El problema es que la izquierda ya no es de izquierda”. Sara también critica a los socialistas, pero reconoce que le da miedo una victoria del PP en 2012. Es el único resquicio que le queda al PSOE: movilizar el miedo de la izquierda.

El 15M, el movimiento que desde el 15 de mayo tomó plazas en cincuenta y seis ciudades españolas, empezando por Madrid, para exigir una nueva ley electoral, la eliminación de los privilegios de los diputados y ministros, la prohibición de que los bancos —que tomaron decisiones catastróficas— sigan en las mismas manos tras recibir rescates financieros con dinero público, entre otras peticiones, ha convulsionado a la sociedad española. Miles de personas que “pasaban” se han sentido de repente ciudadanos capaces de recuperar el control del destino.

Los medios de comunicación viajan en el asiento del copiloto de una clase política que vive en una nube blindada que la protege de la realidad: a un lado, unos; al otro, los súbditos-consumidores. Esos mundos paralelos se han movido sin apenas molestarse durante unos años. La crisis económica y una incapacidad de ofrecer soluciones, más allá del recorte de beneficios y derechos sociales de aquellos que no provocaron la crisis, ha despertado a unos jóvenes preparados y sin perspectiva laboral alguna. El ex presidente Felipe González los llama la generación perdida.

En la Puerta del Sol se celebraron decenas de asambleas para analizar el efecto del voto en blanco y el voto nulo en las elecciones locales del 22 de mayo. Cada tarde se organizan por comisiones de trabajo: asuntos legales, inmigración y juventud, y discuten abiertamente sobre cualquier asunto. Al caer la tarde, en la plaza, cerca de la escultura del Oso y el Madroño, símbolos de Madrid, se celebra la asamblea general. Cualquiera puede hablar. Cada asistente tiene voz y voto.

El debate era más intenso e inteligente que el escuchado en las radios y televisiones, o el leído en los periódicos y revistas, más inclinados a repetir declaraciones textuales de políticos que en fiscalizar sus actos, sus promesas incumplidas. La izquierda oficial, el PSOE e Izquierda Unida, una coalición cuyo núcleo es el antiguo Partido Comunista de España y que naufraga por querellas internas, siguió con sus mítines, con su programa de discursos vacíos y previsibles (“Estamos saliendo de la crisis”. “Crearemos empleo en 2012”. “Lo importante es votar”). En la plaza, mientras, se analizaban las opciones: voto en blanco, voto nulo o abstención.

Víctor tiene veintiséis años, trabaja como ayudante de cocina. Está sentado en un taburete en la zona de lectura, que los congregados en la Puerta del Sol llaman pomposamente Biblioteca. A la derecha hay dos sofás viejos, sillas y una pequeña estantería con libros donados por los madrileños. Víctor toca el arpa celta. “Necesitamos un cambio de estrategia; no sabemos qué camino tomar. Lo único que está claro es que es una lucha a largo plazo. Haremos lo que decida la asamblea general”. Era una opinión extendida —levantar el campamento y seguir la lucha de otra forma— que ha costado imponer. Pese al voto de desalojar de la mayoría, quedan los irreductibles que desean seguir.

Antonio lleva asentado en la plaza desde el primer día, no es de los que han perdido el sentido crítico. “Es difícil vaciar la plaza porque se han metido muchos vagabundos y okupas que vienen a comer la sopa boba [gratis]. Aquí se sienten acompañados, se sienten alguien. Por las noches empiezan a surgir problemas. Hay que irse antes de que lo estropeemos más, pero en las asambleas no siempre se apoyan las ideas más inteligentes, sino a los que hablan de forma más radical”.

El PP se preocupó con el 15M, más allá de los calificativos y el desprecio. Veían una relación directa de este movimiento aparentemente espontáneo con el del 13M, el 13 de marzo de 2004, cuando miles de personas se manifestaron delante de las sedes del Partido Popular para exigir la verdad de los atentados de Atocha. “Queremos saber”, era el grito. El PP gestionó mal la información del ataque terrorista y gestionó mal aquella noche dando pie al socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, hoy vicepresidente primero, ministro de Interior y candidato a la presidencia en 2012, para pronunciar la frase lapidaria que derrotó al partido de Aznar: “Merecemos un gobierno que no nos mienta”. El 13M y el 15M tienen una relación: los que salieron a la calle en marzo de 2004 son los votantes de izquierda defraudados con Zapatero.

La Puerta del Sol empezó a llenarse en los primeros días de personas que no entraban en ninguna de las categorías de perroflautismo: jubilados, obreros, universitarios, jóvenes con contratos-basura: menos de 1 000 euros al mes sin derechos sociales, vacaciones, pagas extra, horas extra o domingos. En las redes sociales, importantes en la articulación del 15M, se escribieron tuits (#spanishrevolution) y se colgaron fotos, videos y mensajes para mantener el ánimo. Es una pequeña revolución que se mueve en dos realidades, la real y la virtual.

Los comerciantes aseguran que existe diálogo con los portavoces del movimiento para despejar los accesos a los puestos y tiendas, retirar carteles y limpiar pintadas de las fachadas. También dicen que están hartos, que debieron levantar el campamento tras las elecciones. En uno de los cuatro quioscos de prensa, el único que abre las veinticuatro horas, Jorge está enfadado. “Sólo vendo tabaco. No compran periódicos ni revistas. Sólo vienen a ojear las portadas. El único periódico que les podría interesar es Público, pero se lo regalan. En realidad les regalan todos, hasta La Razón y el ABC [conservadores]. Vendemos 70% menos. Al principio les apoyamos, les entregamos cuerdas, estábamos de acuerdo. Ahora se ha llenado de gente que no tiene otra cosa que hacer”.

El presidente Zapatero llegó al poder con una promesa de regeneración ética. Ha fracasado, tanto en la regeneración como en la gestión de la crisis económica. En la noche del 14 de marzo de 2004, tras la victoria del PSOE en las elecciones generales que siguieron al peor atentado terrorista de la historia de España (191 muertos y más de 1 800 heridos en Atocha y otras dos estaciones de cercanías), Zapatero proclamó ante sus seguidores: “No os fallaré”. La frase era un compromiso después de que el gobierno de Aznar mintiera sobre la autoría: señaló a los vascos de ETA y no a los islamistas vinculados a Al Qaeda porque los beneficiaba en las urnas. La mentira los expulsó del poder.

El líder socialista también ha mentido: trató de ocultar la gravedad de la crisis económica tras un manto de sinónimos. Su gobierno tenía prohibido pronunciar la palabra crisis, se preferían otras: desajustes, tormenta. Después, presionado por los llamados mercados, dio un giro de 360 grados en su política social y económica. Atrás quedó todo: promesas, ilusiones, valores, ideología, muchísimos votos y unos cuantos logros del Estado de bienestar.

El abaratamiento del despido ha permitido a numerosas empresas aprobar Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) para reducir la plantilla: despido de los trabajadores fijos de mayor antigüedad para contratar en su lugar a jóvenes sin experiencia por una cuantía dos y tres veces inferior. La “modernización” del mercado laboral para crear empleo teórico lo ha destruido pagando menos: 215 000 jóvenes de edades comprendidas entre los dieciséis y los diecinueve años están sin trabajo; lo mismo que 653 000 jóvenes de edades comprendidas entre los veinte y los veinticuatro años. Abaratar el despido con estas cifras de desempleo juvenil y con más de 20% de la población activa en paro ha sido un suicidio.

Estos otros datos, publicados por el periodista Bernardo Gutiérrez en el diario Der Tagesspiegel, explican el clima de irritación: mientras que la cifra de parados llegaba a 4.3 millones, las treinta y cinco mayores empresas de la Bolsa de Madrid ganaron 49 881 millones de euros, 24.5% más que en 2009. Otro: mientras Telefónica pretende un ERE de miles de trabajadores (8 500), anuncia 450 millones de euros en incentivos y 6 900 millones en dividendos para sus ejecutivos. Un tercer dato de la brecha: 92% de los jóvenes son internautas; sólo 10% de los legisladores usa Twitter.

En España, el diputado tiene derecho a la pensión máxima por un trabajo de ocho años en el Parlamento; el ciudadano, su votante, debe trabajar treinta y cinco años para obtener el mismo privilegio tras las últimas reformas emprendidas por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Los mismos diputados que acordaron con una inusitada rapidez y consenso estos privilegios, votaron quitárselos a los demás con reformas estructurales y ampliación de la edad de jubilación a los sesenta y siete que satisfacen a “los mercados”, esa entelequia que no pasa por las urnas, pero que encorajina a los votantes.

El núcleo del movimiento comenzó antes, en 2010, en la lucha impulsada desde la red contra la ministra de Cultura, Ángeles González Sinde y su ley antidescargas, llamada por el gobierno ley antipiratería y conocida como la Ley Sinde. De aquellos días surgió un grupo de presión, #nolesvotes, al que siguió un segundo, #juventudsinfuturo, que convocó en abril una manifestación contra el paro juvenil que congregó a cientos de personas. Ambos son esenciales para entender lo ocurrido en Sol. Otro factor de movilización es el libro Indignaos, de Stéphanne Hessel, un panfletillo con dardos certeros: ¿cómo es posible que hubiera dinero para reconstruir Europa y crear el Estado de bienestar tras la Segunda Guerra Mundial y ahora si no hay guerra hay que recortarlo?, se pregunta el francés.

El movimiento 15M no nació el 15 de mayo como habían previsto los convocantes de “tomalaplaza” y “democraciarealya!” —dos grupos que nacieron en internet, producto de la lucha contra la Ley Sinde—, sino dos días después, el 17, cuando la Policía Nacional desalojó a un centenar de acampados en Sol. Las imágenes de los agentes arrastrando a jóvenes fue más eficaz que la mejor de las redes sociales. Cuando los manifestantes reconquistaron la plaza el día 18, ya eran el doble; desde entonces no dejaron de crecer hasta el domingo 22, día de las elecciones municipales y autonómicas en las que el PSOE sufrió un revés histórico.

La noche del 20 de mayo fue emotiva. Cerca de 30 000 personas inundaron la Puerta del Sol y las calles adyacentes en un desafío a la Junta Electoral que había declarado, días antes, ilegales todas las concentraciones. La convocatoria se extendió por las redes sociales y algunos de los blogs más activos. El resto del trabajo lo hizo la Junta Electoral cuando afirmó: “Pedir el voto responsable puede afectar a la libertad y a la intención del voto”. Había rabia contra todo lo que pareciera poder establecido.

A las doce menos un minuto, los miles de manifestantes que abarrotaban Sol se sentaron como pudieron en el suelo y, tras escuchar las campadas de la medianoche en un silencio que emocionaba, se pusieron en pie y comenzaron a gritar “El pueblo unido jamás será vencido”.

Semanas después del 22 de marzo, la fortaleza del movimiento, su horizontalidad y ausencia de líderes visibles, que lo hicieron fuerte al principio, se ha convertido en el problema: nadie parece capaz de dar una orden eficaz de retirada. El campamento dividido en comisiones de trabajo ha copiado los defectos que denuncia. En la tienda de enfermería se niegan a conversar con el periodista. “Sólo deseo saber a cuánta gente atendéis cada día”. “Debes ir a los portavoces, sólo ellos pueden hablar”.

El portavoz oficial disponible (hay dos docenas) se llama Iván Martínez. Parece convencido de su papel, de lo que puede decir y de lo que debe callar. Explica los planes a medio plazo: mudarse a los barrios para seguir desde ellos la agitación con nuevos grupos de trabajo. “En Barcelona habían decidido marcharse de la Plaza de Cataluña, pero la intervención policial lo paró”. Iván se refiere al 27 de mayo, en la víspera de la final de la Copa de Europa que ganó 3-1 el Barcelona al Manchester United, cuando los Mossos d’Esquadra despejaron a porrazos la plaza aduciendo razones de salubridad y para que los hinchas pudieran festejar el triunfo.

La organización del campamento ha evolucionado mucho desde los primeros días. “Tomalaplaza” tomó las primeras decisiones prácticas, surgieron las comisiones, la organización con portavoces, la negativa a participar en programas de televisión por temor a la creación de un líder, el servicio de orden, la creación de espacios de ocio, de descanso, letrinas y otros dedicados al trabajo con ordenadores para seguir lo que se dice en la red y para crear opinión. Fue un impulso asambleario. “Desmostramos una gran capacidad de organización”, dice Iván. Otro portavoz, que pide anonimato, asegura que lo que funcionó la primera semana se ha convertido en problema en las siguientes: nadie era capaz de asumir un rol de mando.

En la zona de Artes Plásticas se expone un cuadro pintado con manos abiertas. “Lo pasamos ayer por la plaza para que la gente se mojara en pintura. No es nada del otro mundo”, asegura Pablo, de treinta y seis años, desempleado. A su lado, un cartel: “Piensa y que no te cojan”. Una mujer que dice llamarse Ana habla de un mundo mejor. Se declara defensora de los animales, las plantas y las personas. Le pregunto si en ese orden y responde afirmativamente con la cabeza. “Vamos a cambiar todo de arriba abajo”, dice Ana.

En la zona de los artistas hay más desempleo que en la guardería donde trabaja Mariluz, de cuarenta años. Un letrero pide respeto a la intimidad de los niños: “No fotos”. En otro hay ingenio y humor: “Zona infantil, estamos indignaditos”. “Tenemos unos veinte niños, depende de las horas. Algunos de sus padres duermen aquí, otros se pasan un rato y nos los dejan mientras que acuden a las asambleas. Somos una guardería. Pintamos y jugamos -a crear cuentacuentos, y en esos cuentacuentos les explicamos por qué estamos aquí, les decimos que estamos mejorando el mundo”.

La cubierta de cristal en la entrada de la nueva estación de cercanías de la Puerta del Sol, un verdadero adefesio urbanístico, se ha transformado en un mural de la protesta: cientos de carteles la cubren, ahorrándonos su fealdad, con mensajes mucho más inteligentes que los desplegados en la campaña.

Los carteles han resistido lluvias y un cierto deterioro por la extensión en el tiempo del campamento. Los hay con sabor a Mayo de 1968 en París: “Sed realistas, exigid lo imposible”; “Como sabían que era imposible… Lo hicieron”. En otro se advertía a los vecinos de lo que les esperaba: “Si no nos dejáis soñar no os dejaremos dormir”. Un tercero proponía acción: “Los derechos humanos no se consiguieron pidiéndolos por favor, lucha”. Y uno preñado de humor: “Fíate de un banco y dormirás en él”.

La banca, sus carísimos rescates, los bonos de sus ejecutivos, las pensiones millonarias son uno de los objetivos de la protesta. Siguen el modelo islandés de que paguen con cárcel aquellos que provocaron la crisis.

Agustín Rodríguez Sahagún, alcalde de Madrid en los años ochenta, preguntó a Miguel Ángel Aguilar, entonces con un alto cargo en la agencia Efe: “¿Qué podemos hacer para solucionar el tráfico?”. Este respondió: “Quitar los coches oficiales”. El regidor, sorprendido, protestó: “Pero si son pocos. ¿Cómo van a producir atascos?”. El periodista añadió: “No es por los coches, alcalde, es por vosotros: en el momento que vayáis una semana en transporte público seguro que se os ocurre alguna idea”. Es difícil tener ideas, sensibilidades, sobre la crisis económica, la pobreza, el desempleo cuando son conceptos estadísticos dentro de un informe en pdf.

En la Puerta del Sol de Madrid se libra un duelo invisible. Las tiendas y lonas de los jóvenes acampados frente a la plaza de siempre: vendedores ambulantes, loteras, compradores de oro, mariachis, mimos, patinadores, turistas, enamorados que se esperan o se besan, mirones que observan, carteristas en busca de trofeo. La plaza de siempre empuja, gana espacio a los que se resisten a abandonar una protesta que perdió la oportunidad de irse a casa a tiempo. Las simpatías y apoyos que suscitó el movimiento 15M se están diluyendo. Lejos quedan las grandes concentraciones del 20, 21 y 22 de mayo, en desafío a la jornada de reflexión. La revolución cotidiana termina por ser una expresión más de la monotonía.

La Puerta del Sol recupera metro a metro la normalidad. La vida anterior al 15M se despierta en cada esquina reduciendo un campamento que se desmonta a regañadientes. El cubano Raúl es negro, viste esmoquin, puños y zapatos de punta blanco. Parece un personaje de película de los años veinte. Raúl trabaja como mago en el escenario de la calle. Decenas de curiosos celebran sus números con más aplausos que monedas. “Tendrían que haberse ido, lo han alargado demasiado; ya no están los jóvenes que había al principio, ahora hay mucho vagabundo que no se lava y orina en el suelo. Estoy de acuerdo con lo que defienden, pero ahora deben buscar otra vía”.

Cecilia Ballesteros, Marta Molina y Mayte Carrasco son las impulsoras de una página en Facebook llamada Periodismorealya. Proponen un decálogo para una profesión que consideran lastrada por los políticos: 1) No a los contratos basura; 2) no a los despidos masivos; 3) no a los becarios de treinta y cinco años; 4) no a los políticos empotrados en los medios 5) no al periodismo multitarea barato; 6) copiar, pegar y revender es delito; 7) no a las prejubilaciones; 8) necesitamos maestros; 9) la información no es espectáculo y los informativos no son un circo; 10) no a la extinción del servicio de corresponsalías y enviados especiales; 11) servicio público, y 12) sentido de la responsabilidad.

Empezaron en la Puerta del Sol, después celebraron asambleas de periodistas en la cercana Plaza de Isabel II, junto al Teatro de la Ópera. Como al 15M, a Cecilia, Marta y Mayte les salieron salvadores que trataron de hacerse de la marca para exigir observatorios de vigilancia y sanción a los medios. Cada periodista tiene una agenda y una solución; se multiplicaron los egos y Periodismorealya se replegó a la red, desde donde trata de agitar a una profesión que, salvo excepciones, cohabita con el poder, que es parte de lo que denuncia el 15M.

Al final, después de cada revolución, de cada esperanza, brota el pequeño bolchevique que todos llevamos dentro: unos lo llaman fascismo, otros, comunismo, cuando sólo es un reflejo del miedo colectivo a la libertad. \\

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