Daniel Sada

75 historias en la cabeza

Los giros de la palabra en la mente de Daniel Sada.

Por Antonio Bertrán / Ilustración Alejandro Magallanes

Daniel Sada está desnudo. Sentado frente a la máquina de escribir, teclea afanoso con las manos manchadas de tinta tras haber cambiado el carrete. Es de madrugada y hace frío, pero le estorba la ropa para trabajar. No tiene más remedio que robarle horas al sueño porque a las nueve de la mañana deberá estar en su puesto de revisor de textos en la Universidad Autónoma Metropolitana. Fuma un cigarro tras otro, y casi con la misma frecuencia usa el líquido corrector. Cuando la hoja no aguanta una enmendadura más, no duda en arrancarla del rodillo y volver a empezar.

Le obsesionan los giros verbales, puede pasar una jornada entera con una frase, incluso con una palabra, dándole vueltas en la cabeza. Llega a hacer hasta cinco versiones de una misma obra: cuento, novela; de un poema muchas más.

Así trabajaba el autor norteño hace dos décadas, cuando escribía su segunda novela, Albedrío (Leega Literaria, 1989), que se ubicaba en el árido norte de México y que cuenta la historia de un niño, Chuyito, que se une a una compañía de húngaros que recorre los pueblos proyectando, con un sistema rústico, una única y vieja película.

Daniel Sada

Daniel Sada vive para la literatura.

Hoy, Daniel Sada no puede escribir. Una diabetes mal cuidada le desencadenó a principios de año, problemas renales, cardiacos y pulmonares y una reducción importante de la visión.

Es una soleada mañana de septiembre. El escritor que el próximo 25 de febrero cumplirá cincuenta y nueve años sale de una recámara y camina con lentitud hasta la sala de su casa.
—No quiero fotos porque me veo muy demacrado.

Alguna vez robusto, está muy delgado, tiene la piel pálida y los ojos parecen haberse achicado. Al sentarse en el sillón, deja que su espalda resbale hasta adoptar una postura más cómoda. La playera polo gris se le ha levantado y permite ver una gruesa cinta adhesiva en el vientre. Desde abril tiene que someterse a diálisis diarias; tres enfermeras lo acompañan a lo largo del día y de la noche para administrarle puntualmente los medicamentos prescritos por especialistas del Hospital Regional 1º de Octubre del ISSSTE, además de vigilar su presión y ayudarlo a moverse. El tratamiento le ha permitido mejorar, pero muy lentamente, con altibajos. A mediados de octubre tuvo que enfrentar las complicaciones de una peritonitis y la acumulación de agua en los pulmones, pero se negó a ser hospitalizado.
—Me está costando mucho trabajo seguir las indicaciones médicas, pero me tengo que resignar.

Con el paso de los años, dejó el cigarro, ya no se quita la ropa para concentrarse y adoptó la computadora, que tiene una tecla que, dice, le parece maravillosa: borrar.
—La uso mucho, casi tanto como las demás.

Vive en un departamento rentado en la avenida Amsterdam de la colonia Condesa, con su mujer desde hace quince años, Adriana, y su hija de trece, Fernanda. El sitio es amplio, iluminado, con grandes ventanales que hacen que los muebles rústicos de la sala y el comedor parezcan pequeños. En las paredes hay largos libreros, de piso a techo, en los que los poetas de la Grecia y la Roma clásicas alternan con autores decimonónicos, novelistas contemporáneos, teoría literaria y El código Da Vinci.

Sada vive para la literatura. Ha sacrificado todo por ella, principalmente la seguridad económica que proporciona un trabajo con horario fijo.
—Toda mi vida he evitado tener puestos de responsabilidad porque decidí dedicarle a la escritura el 98% de mi tiempo.

Su obra incluye tres libros de poemas, cinco de cuentos y nueve novelas, una de las cuales, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, publicada por Tusquets en 1999, renovó con su lenguaje “barroco” la narrativa mexicana, según críticos como Christopher Domínguez Michael.

“Siempre tengo setenta y cinco historias en la cabeza”, le dijo hace años a Martín Solares, escritor y hoy editor de Almadía. “Daniel —recuerda Solares— me dijo que mientras escribía una, reelaboraba mentalmente las otras, y que gracias a esto el proceso de vaciado le es un poco menos difícil, incluso que le daba el tono mucho antes de escribir la primera palabra”.

Daniel es cuarto bat, lector compulsivo y amante de la buena comida. Es un guerrero. El desierto le dio la vista para mirar el mundo en octaedros. Es un escritor alerta… Tiene muy acendrado el espíritu del norte, sobre todo la parte que implica trabajo, trabajo y trabajo”, dice de su amigo, el escritor sinaloense Élmer Mendoza.

Daniel Sada nació en Mexicali en 1953, después de que su padre, Daniel Sada Rodríguez, ingeniero agrónomo de profesión, dejara Coahuila tras conseguir en esa ciudad de Baja California un buen empleo en una empresa algodonera. Ahí nacieron también dos de sus hermanos menores, Roberto y Moraima, que lleva el nombre de su madre. La más pequeña, María Esther, nació cuando la empresa en la que trabajaba su padre cerró y la familia volvió a Coahuila, a un pueblo de mil habitantes llamado Sacramento. Sada dice que tuvo una infancia feliz: se bañaba en el río y, cuando pardeaba, se iba a la plaza para ver una película mexicana al aire libre o a casa de su profesora de primaria, Panchita Cabrera, para que le prestara uno de los libros de su biblioteca, nutrida pero limitada a los autores clásicos. Gracias a ella leyó la Ilíada y la Odisea y una infinidad de cuentos de la India, conoció las formas de la métrica española y asimiló tan naturalmente la cadencia de los octosílabos y los endecasílabos que años después se integraron espontáneamente en su prosa y le ganaron el título de autor barroco, el “Lezama Lima del desierto”, aunque a él no le gusta mucho.
—No estoy de acuerdo con que sea yo un escritor barroco, porque en su acepción más prístina esa palabra significa mal hecho, rebuscado, de mal gusto, pero me la han puesto por los retruécanos y las peripecias del lenguaje que uso.

Lo cierto es que el contacto con la poesía del Siglo de Oro le permitió cultivar el oído y así estar siempre alerta del hallazgo verbal, particularmente en las conversaciones de la gente del norte.
—Me gustaba llevar la grabadora y les advertía que la iba a meter en la plática; en ese sentido soy un intruso.

Ese oído exquisito también le permitió memorizar poemas de Ramón López Velarde, Carlos Pellicer, Arthur Rimbaud y Octavio Paz. El narrador y ensayista Federico Campbell recuerda a Sada, sentado en la mesa de su casa, después de alguna cena, recitando lo mismo un poema tan complicado y poco conocido de López Velarde como “Las hormigas”, que los ingenuos haikus de una señora de Chihuahua, Josefina López Linares: “En mi soledad/ contemplo a los triates,/ qué felicidad”.

Al llegar a la ciudad de México en 1971, Daniel Sada era un “vato” de dieciocho años. Su padre había conseguido un empleo de nivel medio en Banrural, una institución bancaria creada para otorgar créditos agropecuarios. El encontronazo con la capital fue salvaje: la gente se burlaba del norteñito que ansiaba salir corriendo y regresar a su pueblo. El acceso a muchas librerías y el descubrimiento de la literatura contemporánea, que desconocía por completo, ayudaron a que se adaptara. Pero no lograron su asimilación.

En 1978, la escritora Carmen Boullosa conoció a Sada, que había empezado a escribir y a relacionarse con otros jóvenes creadores. “Daniel no se vestía como poeta, no hablaba como poeta, no se peluqueaba como poeta; su humor era distinto también”. Mientras los poetas andaban con jeans, huaraches, tenis o botas, y llevaban el cabello largo, “Sada usaba pantalones en tonos claros, que parecían de Terlenka, y zapatos de señor”. Además, mientras sus amigos ya colaboraban en editoriales, él se dedicaba al comercio. Un tío, Armando Garza Sada, lo había invitado a trabajar en la Central de Abasto, el mercado que abastece a la ciudad de México. Sada debía recibir los camiones cargados de fruta, principalmente uvas, que llegaban del norte. El horario era de cuatro a siete de la mañana, y la parte buena era que tenía el día libre para leer y escribir. Por esos años, llamaba al poeta José María Espinasa, uno de los primeros amigos que hizo en la capital, para leerle por teléfono cuartillas enteras de su primera novela: Lampa vida. “¿Tú te imaginas lo que es leer y oír una novela por teléfono? —dice Espinasa—. Yo le decía: ‘Daniel, toma un taxi y vente para mi casa, te invito una copa de vino y me la sigues leyendo’. Pero no, me la leía por teléfono”.

En 1971, y por deseo de su padre, se inscribió en la carrera de contador público en la Escuela Bancaria y Comercial de la Ciudad de México. Pero después de un año tuvo claro que eso no era para él. Intentó asistir como oyente a clases de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, pero sintió que tampoco encajaba con la que llamó literatura de cubículo.
—Necesitaba la intemperie.

Intuyó entonces que esa intemperie estaba en el periodismo, y en 1972 se inscribió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. En el octavo y último semestre de la carrera, el director, Alejandro Avilés, le preguntó si quería correr una aventura: ir a foguearse al periódico Noroeste, de Culiacán. Allá fue, durante cinco años en los que cubrió deportes, nota roja o las ruedas de prensa del gobernador. La experiencia le dio mucho oficio y le permitió soltarse porque escribía cinco cuartillas diarias, y cuando terminaba la jornada se quedaba en la redacción a trabajar en Lampa vida.
—Así me di cuenta de que quería ser escritor.

Al regresar a la ciudad de México, abandonó el periodismo y presentó su novela Lampa vida, en 1978, para obtener la beca del Centro Mexicano de Escritores (CEM). La beca consistía en ocho pagos mensuales de 1 850 pesos, más 2 800 pesos “al entregar completos los originales de su obra terminada antes de que hayan pasado seis meses de concluida su beca”. La mensualidad era módica, si se considera que en 1978 unos zapatos tipo bostoniano costaban 259 pesos en una tienda departamental, y un suéter de lana 650. Su sueldo de la Central de Abasto le permitió ahorrar para hacer su primer viaje a Europa. Fue a París en 1979 y se quedó allá seis meses, en los que trabajó pintando casas para sobrevivir.

Por contrato, los becarios del CEM tenían el compromiso de asistir “puntualmente, con la mayor regularidad” a las reuniones de lectura de trabajos un día a la semana, presididas por Juan Rulfo y Salvador Elizondo.
—A Salvador Elizondo le llamaba mucho la atención mi manejo del lenguaje; no le importaba en absoluto lo que estuviera pasando en la trama, cosa que a Rulfo sí, porque era muy fijado en la construcción anecdótica, en los personajes y las situaciones, pero Elizondo se centraba en la capacidad de un autor para proyectar un mundo”.

Cuando Lampa vida estuvo terminada, a Rulfo le preocupó que los lectores no entendieran frases como las que abren la novela: “Un filetazo en las sienes de diez polos de nube. Un sapo regorgón a punto de saltar. Un pajarete de chebol sonando su descartonado vuelo. En derredor la noche con viento de jajía y ánima que se pierde en la montaña…”. Pero Elizondo estaba encantado con el resultado y le decía: “No le haga caso a Juan”.

La novela vio la luz en 1980 bajo el sello de Premiá Editora. En esa década, Sada se dedicó a escribir cuentos, que fue reuniendo en libros como Un rato (UAM, 1985) y Juguete de nadie y otras historias (FCE, 1985). En 1992, su trabajo empezó a despuntar al ganar el Premio Xavier Villaurrutia con Registro de causantes (Joaquín Mortiz), su libro de relatos más conocido.

En una imagen que el editor Aurelio Major tiene muy grabada, está junto a Daniel Sada y Barry Gifford a altas horas de la noche en la frontera con Calexico. Era 1994 y ambos escritores habían sostenido una conversación como parte de un extenso reportaje sobre la situación fronteriza entre México y Estados Unidos que preparaban Valerie Miles y Major para la revista Granta.

“Gifford estaba muerto de miedo y desesperado por cruzar la frontera a Estados Unidos; quería llamar a la policía por la falta de taxis, y en medio de la soledad de un estacionamiento repleto de camiones de carga, Daniel acuciaba aún más sus angustias recordando una retahíla de desgracias fronterizas, entre burlas y veras”.

La escena parece sacada de una de las novelas de Sada que transcurren en una población ficticia del norte del país, a veces en zonas de la frontera y con personajes particularmente corruptos.

Una de dos, el título que Alfaguara le publicó en 1994, cuenta la historia de las hermanas gemelas Constitución y Gloria Gamal, que viven en un pueblo muy parecido a los que hay en la de la zona desértica del centro de Coahuila, y siempre están juntas como si fueran una sola. Un fantasma nocturno se encarga de hacerlas más y más parecidas mientras duermen, así es que cuando llega al pueblo un muchacho de nombre Óscar y se enamora de una de las hermanas, ambas deciden compartirlo sin que sospeche que trata con dos mujeres distintas.

La historia llamó la atención del director Marcel Sisniega, quien la llevó al cine con un guión escrito en colaboración con Sada. El mismo año de la publicación, Fuentes presentó a Sada en el Palacio de Linares, en Madrid, y advirtió que sería “una revelación en los próximos años para los escritores españoles y para la literatura mundial”. Hoy, desde Londres, afirma que no se equivocó porque ya “es uno de los más prominentes escritores no sólo de México, sino de la lengua española”.

La obra que le permitió alcanzar esta dimensión tuvo una larga génesis. Entre 1993 y 1999, Sada se dedicó a escribir la novela que en un principio quería titular Ex absurdo. A mitad de la escritura tuvo que superar una ruptura amorosa y se mantuvo sólo de sus talleres y de la beca que desde 1994 recibe como miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA). Al final de este proceso, muy ufano, fue a ver a su editor en Alfaguara, Sealtiel Alatriste, con dos gruesos engargolados en las manos. La reacción de Alatriste al saber que el manuscrito tenía unas ochocientas cuartillas lo contrarió muchísimo: “Si no le quitas cuatrocientas páginas, no lo leo”.

Cuenta Martín Solares, en esa época asistente editorial de Tusquets, que algunos días después Daniel todavía estaba muy enojado, y que le dijo: “¡Cómo es posible que se diga editor alguien que juzga un libro en el que he invertido tantos años de mi vida sin ver ni la primera página!”. El incidente marcó la ruptura del escritor con Alfaguara.

Solares se ofreció entonces a entregar el manuscrito al editor de Tusquet, Aurelio Major, quien en pocos días concluyó su lectura y decidió publicarlo, convencido de que en muchos años no se había escrito en México una novela de tal alcance. Todavía hoy recuerda “los gestos entre sarcásticos e incrédulos de muchos” ante esa afirmación.

El libro cuenta la historia de poder y corrupción detonada por el robo de unas urnas electorales en el poblado norteño de Remadrín, y es una saga familiar donde todo es falsedad y mentira. Apareció con el título Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, frase que, según el escritor Élmer Mendoza, fue un “regalo” que la vida le hizo a Sada.

“El Dany —dice Mendoza— venía de Mazatlán [a Culiacán] en camión de segunda; llegó emputadísimo, ni con una cerveza y unos burritos de machaca se le bajó la rabia. Caminó rumbo al sitio de taxis maldiciendo su suerte, al pasar junto a dos doñas que conversaban captó una frase que lo puso quieto y lo hizo creer en Dios: ‘porque parece mentira la verdad nunca se sabe’. Era un jonrón con casa llena en la novena entrada, con dos auts y perdiendo tres a cero”.

Y también era todo un reto de producción y mercadotecnia, porque el área de diseño de la editorial tuvo que ajustar el tamaño de las páginas, el puntaje de la letra y la caja tipográfica para dejarlo en seiscientas dos páginas. Su precio de doscientos cincuenta pesos era “prohibitivo” comparado con los noventa pesos que en promedio costaban entonces los títulos de Tusquets, por lo que Major tuvo la idea de pedir a Elena Poniatowska y Álvaro Mutis que lo leyeran e hicieran un comentario para promocionarlo en el cintillo.

Mutis consideró que la novela revelaba “un narrador profundamente cercano a la esencia del hombre”, y Elena Poniatowska fue más allá y le dedicó un largo artículo donde, además de ponderar su peculiar manejo del lenguaje al estilo de Góngora o Quevedo, afirmó: “Al igual que Rulfo, tiene su mundo propio y lo habita a lo ancho y a lo largo de toda su circunferencia”.

Abierta al azar, en la página doscientos setenta y dos, puede leerse:

“Enniñecida la cara de Cecilia se prendió: color entre rojo bayo y verduzco y rosa gualdo: ¿guinda acaso?, y el cambiazo al amarillo leonado luego de unos segundos. También las cejas que puso: pungidas como dos flechas querían estar lo más cerca de su fleco de churruingo. Y su cutis arrebol: morenez tras morenez tirando a caqui y a grana. Y su boca como un cuelgue, cual pingajo endurecido…”. En uno de los muchos párrafos descriptivos el narrador dice: “Ciro Abel soltó el rosario, trabucado, sin embargo, de favores cuyo hilaje: si al principio fue enredoso a la mitad era greña o gatuperio viciado, y no se diga al final: un horror de por sí posmo y a buen tuntún caso obsceno”.

En esta tónica, Sada prefiere usar “el lloro” en lugar de “el llanto”, “el nopalal” para referirse a “la nopalera” o “el mueble” para indicar que está hablando de un automóvil.
—Yo no invento palabras, las oigo o, en todo caso, las deformo; soy un explorador del lenguaje.

En otras dos novelas, Ritmo delta (Planeta, 2005) y La duración de los empeños simples (Joaquín Mortiz, 2006), el narrador dejó el norte para ubicar la acción en el Distrito Federal. Pero con Casi nunca (Anagrama, 2008) regresó a sus orígenes: la provincia. Aunque aligeró “el caudal de su prosa poética”, según el crítico Christopher Domínguez Michael. El libro habla de Mireya, una prostituta que se cree salvada cuando uno de sus clientes, Demetrio, se enamora de ella. El galán promete llevarla a vivir a Estados Unidos, pero en el tren que los lleva a destino la abandona a su suerte.

Esta historia recibió el Premio Herralde de Novela.
—Fue un empujón, un espaldarazo muy fuerte después de casi treinta y cinco años de estar escribiendo y publicando.

Como poeta, Sada fue leído en sus inicios con atención por Octavio Paz, lo que facilitó que Vuelta le editara, en 1997, el libro El límite. El escritor asegura tener cajones llenos de poemas, pero sólo ha publicado tres poemarios: Los lugares (UAM, 1977), El amor es cobrizo (Ediciones sin Nombre, 2005) y Aquí (FCE, 2008). En los primeros meses de su enfermedad tuvo el ánimo de escribir algunos versos, pero prefiere dejarlos en la intimidad de los cajones.

Daniel Sada no logra verse el rostro en los espejos: no puede. Ha visitado al oftalmólogo varias veces en los últimos meses, pero su visión no ha dejado de deteriorarse a causa de la diabetes.

Su esposa, Adriana Jiménez, le lee todas las noches, cuando no regresa muy tarde del trabajo. “Ha sido algo muy duro para él, pero ahora hemos entrado en una rutina que yo disfruto muchísimo porque según se va acordando de autores y obras vamos de Guimarães Rosa a Rosario Castellanos o Borges; de Palinuro de México a la Divina Comedia en una traducción que le encanta porque conserva la métrica de los tercetos dantescos”.

Adriana Jiménez da clases de literatura en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México e imparte talleres, además de escribir poesía y narrativa. El matrimonio ha durado quince años, durante los cuales la literatura ha sido una pasión compartida, pero en otro tiempo esa pasión de Sada por las letras fue la culpable de la ruptura con una de sus parejas. Cuenta una amiga, quien omite el nombre de la mujer, que el autor le sugería “con mucha exigencia” que leyera a diversos autores, además de su propia obra, hasta que no pudo más y lo dejó.

Adriana es una gran lectora, habla con soltura sobre la obra de su marido y es su crítica más dura. La pareja se conoció en un taller de novela que el escritor impartió hacia 1989 en la sede de la Dirección de Literatura del INBA. Nada más verlo, ella se sintió atraída por el profesor que usaba barba y unos “suéteres de grecas muy bonitos”. Después se revelaría que su noción del ritmo no era sólo verbal: “Baila estupendamente bien y le gusta de todo: polcas, salsa, valses, corriditas norteñas”. Él confesaría mucho tiempo después que también se había sentido atraído por ella, pero durante los meses que duró el taller ese interés no pasó a mayores. Ambos volvieron a encontrarse unos cinco años después, en una feria del libro, e intercambiaron teléfonos. “Un día me llamó y me invitó a una exposición en el Museo Tamayo, no recuerdo cuál era. Después empezamos a vernos más seguido. Íbamos al mirador de la Torre Latinoamericana y después al tradicional café La Blanca, que le gusta muchísimo a Daniel y tiene un café con leche estupendo”. El cortejo implicó flores y perfumes, pero no poemas. Y un día, después de seis meses de noviazgo, Sada le pidió que se casaran y fue a ver a sus padres para pedir su mano. Lo acompañó su mamá, doña Moraima Villarreal Gutiérrez, que tiene ochenta y seis años. Su padre, Daniel, murió hace quince.

Federico Campbell asegura que su amigo “no tiene el menor gusto por la ropa”, y Élmer Mendoza que “no sabe elegir corbatas”, pero el día de su boda lucía impecable con un smoking que estaba a la altura del vestido de novia. La ceremonia fue el sábado 16 de junio de 1996 a las once de la mañana frente al retablo barroco de la Iglesia de San Fernando, en el centro de la ciudad de México. Sada tenía cuarenta y tres años y ella treinta y dos y ese día bailaron y bailaron, incluso en la calle bajo la lluvia, mientras los automovilistas los saludaban tocando el claxon.

Dos años después nació su hija Fernanda. La vida de la familia Sada Jiménez era apacible hasta que, un día de 2003, él recibió una llamada telefónica de una muchacha de Culiacán, de nombre Gloria, que afirmaba ser su hija. Tenía veintiséis años y le dio señas y detalles de la relación que había tenido con su madre.

Cuando se le plantea el asunto, se lleva la mano derecha al pecho y reclama mirando a los ojos:
—Eso pertenece a mi intimidad.

Sólo accede a decir que tomó el suceso “naturalmente, y me dio gusto”, que Gloria tiene treinta y cuatro años y que es madre de dos niñas, Marla y Ximena. A ellas, a su hija Fernanda y a su mujer Adriana está dedicada su publicación más reciente, A la vista (Anagrama), una novela sobre la “grandísima culpa” que deben sortear dos traileros después de matar a tiros al patrón que los ha explotado durante veinte años.

—Jaime, ya terminé de leer tu manuscrito. No funciona.—…

Jaime no se defiende. Sabe que sería inútil. Tras un mes de cuidadosa lectura, su maestro, Daniel Sada, encontró débil la sustancia de su texto. Un año de tallerear la novela y un montón de cuartillas a la basura, porque no se trata de cambiar un capítulo o corregir el estilo: hay que volver a empezar. Ya lo había advertido el escritor el primer día:
—Voy a exigirles mucho, todo; pero también los voy a apoyar mucho, todo.

Desde entonces, tuvieron que pasar dos años de esfuerzo y otras dos versiones del manuscrito para que, finalmente, Sada dijera:
—¡Ésta es tu historia!

El resultado del proceso fue Rabia (Alfaguara, 2008), novela con la que Jaime Mesa se estrenó en el mundo editorial. El joven escritor tiene programada para 2012 la aparición de Los predilectos, también en Alfaguara. Mesa, de veintiún años, llegó al taller que Sada impartía en Puebla, en 1998. Cuando le tocó presentarse, dijo:
—Tengo terminadas cinco novelas.
—Mira, has escrito más que yo —fue la respuesta, con una sonrisa sardónica.

Por más de veinticinco años, desde la primera experiencia en la Casa de la Cultura de Campeche, Sada ha dado talleres de poesía y novela en diversas ciudades del país. Dice que lo hace porque no quiere estar encerrado, envilecerse con su propia obra.
—Una forma de suavizar la labor literaria es dando talleres, además de que al ver las obras en proceso de construcción aprendo mucho de las soluciones que encuentran los alumnos.

Convocar a quienes han pasado por los talleres del narrador para que hablen de su experiencia genera una respuesta entusiasta. Eunice Mier, autora de Intacto (Porrúa, 2011), asegura que sus comentarios filosos van hasta adentro de los personajes y de la historia. Su sesión más memorable del taller sucedió así: “Terminé de leer. Me miró y cruzó la pierna. Dije: no funciona, ¿cierto? Movió la cabeza diciendo que no. No sé entonces cómo escribirlo, le dije, y sentí la náusea de la desaprobación. Así que me dijo: Eunice, ese personaje merece tu mejor escritura. Escribe toda la novela de nuevo”.

Durante sus clases semanales, Sada acostumbra citar de memoria poemas y arranques de novelas consagradas para ilustrar sus comentarios. No se cansa de repetir que si no se lee lo suficiente, “y nunca es suficiente”, no es posible ser un buen escritor. Martín Solares recuerda que uno de sus consejos es: “Identifica quiénes son tus maestros en el tema y párate en sus hombros”. Otra de sus enseñanzas tiene que ver con el trabajo constante que exige sacrificio. “Siempre le dice a sus alumnos que se levanten muy temprano, y antes de irse al trabajo le den a su novelas las mejores horas del día”.

Su “franqueza norteña”, asegura la periodista Rosa María Villarreal, despunta al momento de criticar los textos y también para “echar” a las personas de su taller. “Cuando Daniel se da cuenta de que un alumno no entiende o no hace caso de sus comentarios le dice: ‘Este taller no es para ti’, y le da los datos de algún otro”.

También puede darse el caso de que, como le sucedió a Isaí Moreno después de tres años y medio de tallerear Adicción (Planeta, 2004), Sada diga: “Ya no tienes nada que hacer aquí; tú mismo deberías impartir tu taller”. Esto no rompe el vínculo, sólo transforma al alumno en amigo y a la clase en tertulia de café.

En una fotografía que su madre atesoró, Daniel Sada aparece a los cinco años de edad vestido con el uniforme de los Caballeros Águila de Mexicali, en ademán de lanzar una bola. Fue mascota de este equipo de béisbol para el que su padre se desempeñó como gerente, y por eso le gusta decir que aprendió las reglas de este deporte antes que a leer y escribir. Hoy es un aficionado de los Yankees de Nueva York y los Diablos Rojos de México, y en el futbol sigue a las Chivas del Guadalajara. Este deporte lo practicó un poco en su juventud. Recuerda José María Espinasa: “Los sábados nos reuníamos en el pastito que estaba en lo que hoy es el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para jugar una cascarita. Me acuerdo que iban Pancho Hinojosa, Hermann Bellinghausen y José Luis Rivas, entre otros. Daniel no corría mucho pero tenía buena ubicación y buen pase”.

Otra de las aficiones de Sada ha sido el ajedrez, que juega con amigos de vez en cuando, pero ha tenido dos adversarios destacados: Juan José Arreola, a quien le ganó porque “no era muy bueno, era más romántico del ajedrez que otra cosa”, y el campeón mundial Veselin Topalov, a quien enfrentó en febrero de 2006 en una exhibición de partidas simultáneas en la que también participaron los escritores Vicente Leñero y Eliseo Alberto. No ganó, pero fue uno de los últimos en ser derrotados por el búlgaro.

No sabe cocinar, pero se considera “medio gourmet“. Le gustan la comida francesa e italiana, pero la que más disfruta es la china, sin pretensiones. En una ocasión, para agasajar a su editor de Anagrama, Jorge Herralde, lo invitó a un sencillo restaurante chino de la Zona Rosa. El escritor Federico Campbell, que era de la partida, se asombró en un principio por la elección de un lugar “poco sofisticado”, pero “la comida resultó muy buena”.

Como buen norteño, Sada es afecto a la carne, y solía reunirse con sus alumnos de taller en los restaurantes de la colonia Condesa. Ordenaba sin remordimiento platillos contraindicados para la diabetes que le diagnosticaron hace catorce años, como cochinita pibil y chamorro, cuenta Rosa María Villarreal. “Una vez llegué al taller comiendo un dulce de tamarindo y Daniel me pidió uno. Me dijo que cada vez que fuera al taller le tenía que llevar tamarindos”. La alumna contó divertida este antojo a un amigo mutuo, el pintor Arturo Rivera, quien se alarmó: “No, no le lleves tamarindos, porque tiene diabetes y lo vas a matar”.

Hace aproximadamente un año y medio, Daniel Sada empezó a sofocarse al subir escaleras y caminar las pocas cuadras que separan su departamento de la Casa Refugio Citlaltépetl, sede de sus talleres. El neumólogo no encontró entonces afección alguna, pero el cardiólogo constató que, sin darse cuenta, había sufrido un microinfarto y el corazón estaba trabajando en un cincuenta por ciento.

El pasado noviembre, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el autor recorrió los pasillos en una silla de ruedas. Se veía delgado y con la piel grisácea. Los riñones le habían empezado a fallar. El mayor problema era que carecía de seguridad social o seguro médico, y sus ingresos como tallerista y becario del SNCA, junto con el sueldo de docente de su esposa, no eran suficientes para cubrir el tratamiento. Finalmente fue aceptado en el ISSSTE, del que Adriana es derechohabiente.

Sus muchos amigos decidieron ayudarlo con una subasta organizada por Villarreal y la escritora Ana Fuentes con el lema “Hombro con hombro con Daniel Sada”. La noche del 27 de mayo, en la Casa Refugio Citlaltépetl, el martillero logró reunir 79 500 pesos con los manuscritos y obras que donaron cuarenta escritores y artistas plásticos como Laura Esquivel, Héctor Aguilar Camín, Gabriel Macotela y Arturo Rivera. Presente durante toda la sesión, Sada dijo a sus amigos: “Con su apoyo me infunden vida. Quiero seguir adelante”.

El lunes 10 de octubre, Sada vivió un día de emociones encontradas. Varios amigos lo llamaron para felicitarlo por el Premio Nacional de Ciencias y Artes, pero él no había sido notificado oficialmente. La alegría, que después sería injustificada, tuvo su origen en una nota del diario La Jornada, en la que se leía que “el escritor José Agustín, y muy probablemente el novelista Daniel Sada, recibirán el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011 en el rubro de Lingüística y Literatura”. El texto aseguraba que la Secretaría de Educación Pública confirmaría ese lunes la noticia, cosa que no ocurrió. Sada fue propuesto al galardón dotado con cien mil pesos por institutos de cultura de varios estados del norte como Baja California y Chihuahua, y por la Universidad Autónoma de Nuevo León y el Tec de Monterrey. Sabe que los premios “son azarosos”, pero tiene la esperanza de que en esta ocasión “el diablo dé un sombrerazo y se consiga algo”.

Una alegría real vivió a principios de octubre: recibió las pruebas finas de la traducción al inglés de Casi nunca, novela que con el título Almost Never empezará a circular el próximo abril bajo el sello Graywolf.

Ahora espera ver pronto publicada otra novela, El lenguaje del juego, que terminó cuando la enfermedad empezaba su asalto. Dice que ya está en manos de Herralde, su editor, pero, como es supersticioso, sólo adelanta que transcurre en San Gregorio, un pueblo como hay muchos en el norte de México, donde la vida de una familia se ve trastocada por la presencia del narcotráfico.

Y es lo último que dice, porque ya ha hablado durante una hora. La respiración se le ha ido haciendo cada vez más entrecortada y ha pasado de las frases a los monosílabos. Al despedirse ofrece una mano pálida, blanca como la cera. Carmen, la enfermera, lo ayuda a levantarse del sillón. Camina muy despacio hacia la recámara que era su estudio, donde por estos días hay una cama y un aparato de diálisis. Pero ahí sigue su pequeño escritorio cuadrado, de madera rústica, que ahora está desnudo. \\

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