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Un legado vivo

Casi cuatro años después de su muerte, el legado de Gabriel García Márquez está más vivo que nunca gracias a su archivo digitalizado, la Plaza García Márquez y el próximo Centro Gabo en Cartagena.

Por Isabel Zapata / Fotografía Archivo Harry Ransom Center

Existe una fotografía en la que Gabriel García Márquez aparece sentado escribiendo Cien años de soledad. Al centro de la imagen está el escritor, con la sonrisa a medias de quien ha sido retratado mientras pensaba en otra cosa y con los brazos apoyados en una pequeña mesa atiborrada de papeles y plumas. Al lado de una lámpara plegable, sobre la mesa reina su célebre máquina de escribir Smith Corona gris, que le ha dado la vuelta al mundo en exhibiciones y bibliotecas junto con la medalla que recibió cuando ganó el Premio Nobel en 1982.

La foto data de octubre 1965 y fue tomada por Guillermo Angulo en una casa al sur de la Ciudad de México, esa ciudad deshecha, gris, monstruosa, como la llamó José Emilio Pacheco, que con los años se volvería el hogar de Gabo y su familia, su “otra patria distinta”. Fue en este país (más específicamente manejando un auto en la carretera rumbo a Acapulco) que la primera frase de Cien años de soledad le apareció en la cabeza y con ella como punto de partida, se sentó a escribir y no paró hasta terminar, dieciocho meses más tarde, la novela más icónica de su obra literaria.

La historia de La casa, como se llamó Cien años de soledad, es en realidad muchas historias. Una de ellas había comenzado hacia mediados de 1948, cuando García Márquez vivía todavía en Cartagena como escritor y periodista en El Universal y entre sus relatos se asomaba ya la semilla que germinaría definitivamente en su novela. “Es, en cierto modo, la primera novela que empecé a escribir a los diecisiete años, pero ahora ampliada”, le confesó al crítico chileno Luis Harss en 1965. O puede contarse también la historia del proceso de publicación del libro, que arranca cuando, en agosto de 1966, Gabo y su esposa Mercedes fueron a la oficina de correos de San Ángel para enviarle hasta Buenos Aires la versión terminada del libro a Francisco Porrúa, entonces director de la editorial Sudamericana. De los ochenta y dos pesos que costaba el envío completo ellos sólo tenían cincuenta y tres, así que tuvieron que dividir las hojas para mandar un primer paquete y volver después a hacer lo propio con la segunda parte. “Y otro libro mejor”, dice una nota del mismo García Márquez publicada en El País, “sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa”.

Dentro y fuera de su obra narrativa, Gabriel García Márquez hizo uso de todas las herramientas que tuvo a la mano para contar la vida. Fue, al mismo tiempo, un periodista cuya voz resonó en la ficción y un escritor que exploró el mundo con elementos de investigación. ¿Qué fue primero, literatura o periodismo? La frontera es, por supuesto, difusa. Y establecerla con exactitud no tiene demasiada importancia, porque lo esencial para Gabo fue consolidar la hermandad entre géneros hasta el punto donde no se sabe muy bien dónde comienza uno y termina el otro: “Mis libros son libros de periodista, aunque se vea poco”, escribió en 1991, “tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, pero el método de investigación y de manejo de la información y los hechos es de periodista”. Para escribir Cien años de soledad, por ejemplo, consultó una enorme cantidad de libros de filosofía, alquimia, medicina y botánica (y no sólo él mismo, sino que encargaba la tarea a amigos cercanos: a José Emilio Pacheco que averiguara cómo estaba eso de la piedra filosofal, a Juan Vicente Melo que estudiara un poco sobre las propiedades de las plantas, y un largo etcétera). Los conocimientos reunidos, cuidadosamente investigados, se trenzaban entonces con la ficción. Porque eso sí, quizá la intención o los formatos cambien, pero hay una certeza que cruza, como flecha a toda velocidad, la totalidad de la obra de García Márquez: para narrar una historia como se debe se necesita mucha imaginación.

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A más de cincuenta años de la publicación de Cien años de soledad, los lectores del escritor colombiano no se agotan. / Archivo Harry Ransom Center

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Aunque García Márquez nació en Aracataca, Colombia, en 1927, es casi absurdo considerarlo simplemente un escritor colombiano. Además de su fecha y ciudad de nacimiento, hay ciertos datos sobre su nacionalidad y las particularidades geográficas de su vida que vienen al cuento: en 1961 se mudó a México con su esposa Mercedes Barcha y su hijo Rodrigo, donde trabajó como editor, periodista y guionista de cine (incluso fue actor, en 1965, con un breve papel en la película En este pueblo no hay ladrones, basada en un cuento suyo del mismo nombre) y, acaso más importante, conoció poco a poco a los amigos que habrían de convertirse en algunos de sus interlocutores intelectuales más cercanos y testigos privilegiados de su trayectoria. Su vida, que no conoció fronteras, orbitó después entre la Ciudad de México, Cartagena, La Habana, París. “Es transatlántico, es español, es hispanoamericano”, dijo su buen amigo Carlos Fuentes, “piensa y escribe en español, aunque se reconoce en el rostro del mundo”.

Su agenda cívica y política estuvo presente siempre en su obra y su interés en la unidad y autonomía de América Latina, así como en temas de derechos humanos, fue una constante en su vida personal y profesional. Jaime Abello Banfi, fundador y director de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), creada en 1994 por el mismo García Márquez y cuya Junta Directiva fue presidida por él hasta su muerte, lo describe como un “diplomático informal”, y agrega:

—Lo hacía de manera discreta, pero Gabo se ocupó siempre de fungir como mediador en la resolución de conflictos.

—¿Y por qué cree usted que lo hacía? —le pregunto a una de las personas que mejor conoce la trayectoria del escritor.

—Le interesaba la paz, quería contribuir en la construcción de soluciones pacíficas a los problemas más persistentes de la región.

Afortunadamente, contaba con la tribuna. Como uno de los rostros principales del boom latinoamericano (algunos dirían que el más importante), su voz fue de una elocuencia tremenda y sonó fuerte y clara en los múltiples espacios que le fueron concedidos. Cuando recibió el Premio Nobel en 1982, por ejemplo, García Márquez habló en su discurso sobre la soledad de América Latina ante la atroz indiferencia que los países desarrollados muestran frente al abuso que se vive en el continente. Así lo dijo en Estocolmo al recibir el máximo premio literario de su vida: “frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida”. Si bien el Nobel fue un reconocimiento a su obra literaria, en esta poderosa declaración se asoman también otros Gabos: el periodista, el ciudadano, el activista.

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Al igual que Úrsula Iguarán, la matriarca protagonista de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez falleció un Jueves Santo. Era 17 de abril de 2014 y las distinciones no se hicieron esperar: a los pocos días se empezó a tramitar una ley de honores en el Congreso de Colombia para rendirle homenaje. La Ley 1741, aprobada de manera unánime y promulgada el 24 de diciembre del mismo año, estableció la voluntad de promover “vocaciones tempranas y talentos de niños y jóvenes en artes, deporte, ciencia y tecnología, así como innovar en la promoción de la lectura, como parte esencial del currículo académico y de los proyectos educativos institucionales de los colegios”. Además, se declaró el interés público de fundar, con sede en la ciudad de Cartagena, un Centro Internacional para el legado de Gabriel García Márquez, conocido en adelante simplemente como Centro Gabo, bajo el esquema de una asociación pública-privada con acción en distintas áreas y amparada por la FNPI.

—La idea fundamental del Centro Gabo es convertir la memoria de García Márquez en una herramienta de desarrollo social al alcance de todo tipo de público, dentro y fuera de Colombia —señala Abello Banfi.

—¿La idea es contribuir a la formación de nuevas generaciones?

—Sí, que surjan más Gabitos. Queremos que los investigadores encuentren fuentes confiables para profundizar en temas de Gabo.

—Pero no sólo temas sobre la vida y obra de García Márquez…

—No necesariamente, más bien nos interesa preservar vivo un legado que abarca facetas y dimensiones múltiples. Para nuestros proyectos, él es el punto de partida, no de llegada.

El enfoque es, por supuesto, colaborativo y dinámico. La idea no es construir un lugar de peregrinación ni un monumento, sino un espacio en constante movimiento desde el cual se promuevan proyectos enfocados a tres campos específicos: impulsar vocaciones de las artes y las ciencias entre los más jóvenes, promover el pensamiento crítico y formar a la ciudadanía en el uso creativo y ético del poder que da investigar, contar y compartir historias. El legado a impulsar es tan vasto que una buena manera de imaginarlo es como un árbol frondoso que cambia con las estaciones pero mantiene siempre el vigor que le dan los nuevos brotes. Además de su historia personal, tanto en Colombia como en México —que tiene que ver con su trayecto de vida de manera más íntima—, está su rol como investigador y contador de historias, su faceta como educador, no olvidemos que fue fundador de instituciones pedagógicas como lo Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL) y la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) —ambas en Cuba—; su vocación emprendedora, que lo llevó a convertirse en socio e impulsor de proyectos como Revista Cambio; y el Gabo ciudadano, comprometido con la agenda cívica y política a la que dedicó gran parte de su vida.

Para desarrollar esta enorme tarea, el Centro Gabo contará con un espacio de exposición, una escuela internacional de comunicación e innovación en periodismo, un espacio de encuentro cultural y académico, y un programa permanente de investigación para alimentar el estudio y la interpretación de la vida y obra del escritor. El Centro Gabo funcionará entonces como una especie de red de amplio alcance en la que habrá espacio para todos los que quieran tejer en ella. Aunque funciona ya con varias iniciativas que pueden consultarse en su página web, la sede física abrirá sus puertas el año entrante en el Palacio de la Proclamación, en un espacio privilegiado del centro de Cartagena, frente al parque Bolívar y a un costado de la catedral.

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Gabriel García Márquez trabajando en un borrador de su novela Cien años de soledad. / Guillermo Angulo / Archivo Harry Ransom Center

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Mientras se afinan los últimos detalles para la apertura del Centro Gabo, y en el marco del año dual México-Colombia y del cincuenta aniversario de Cien años de soledad, se han organizado diversas actividades que vale la pena tener en la mira. Para empezar, durante noviembre y diciembre se llevaron a cabo una serie de eventos multidisciplinarios que, bajo el título 50 de cien, celebraron el cumpleaños número cincuenta de Cien años de soledad. Diseñadas por Libros Vivos, una nueva plataforma de literatura extendida que forma parte de Grupo Conexión, las actividades recorrieron diferentes puntos del país, concentrándose en Guadalajara y la Ciudad de México.

Se trata, dice José María Arreola, fundador de Libros Vivos, de llevar la novela a nuevos espacios y crear experiencias que acerquen el libro a viejos y nuevos lectores. La noche del 13 de noviembre, por ejemplo, Jaime Abello Banfi, Tania Libertad, la escritora Wendy Guerra y el pintor Waldo Saavedra participaron en un conversatorio sobre Cien años de soledad en el que la intérprete le puso la piel chinita al público con su interpretación de “Nube viajera”, uno de los boleros favorito de Gabo. Además, como la idea fue echar mano de otras disciplinas, más allá de la literatura, en diciembre se presentó Reflexiones de un libro en soledad, del guionista Fernando Javier León Rodríguez y el escritor Nicolás Melini, con música original de Luis Ernesto Martínez Novelo y Santiago Ojeda. En ella, el gran actor Rodrigo Murray encarnó al libro para contar su vida en primera persona en un monólogo de cuarenta y cinco minutos que habla de los momentos de su gestación y nacimiento, así como la relación que tiene con el resto de la obra de García Márquez. Y porque no puede faltar el plato lleno en esta fiesta, más de veinte restaurantes de la ciudad, entre ellos El Cardenal, uno de los más frecuentados por García Márquez, se dieron a la tarea de proponer recetas inspiradas en los aromas, sabores y colores de Cien años de soledad.

La idea de estos eventos fue, en palabras de Nelly Rosales, fundadora de Grupo Conexión y una de las organizadoras del ciclo, “celebrar un libro fundamental que lleva medio siglo transformándonos con sus páginas”. Hay que decirlo: festejar la vida de un libro en un mundo y tiempo como el nuestro no es poca cosa, porque representa una apuesta por la imaginación y por todo aquello que no podemos tocar pero que constituye lo más importante que tenemos, la capacidad de asombro que nos lleva a acomodar en historias las experiencias que nos hacen humanos.

Para abonar a las celebraciones, hace pocos meses abrió sus puertas la Casa de Colombia en México, un centro cultural que consolida el persistente anhelo de García Márquez de contar con un espacio que funcionara como vitrina y punto de encuentro de la cultura colombiana en México. La muestra inaugural fue Oro, espíritu y naturaleza de un territorio, del artista plástico Pedro Ruiz (Bogotá, 1957).

Patricia Cárdenas Santamaría, la embajadora de Colombia en México, ha sido una pieza vital en el proceso de darle vida a este espacio:

—En vida, Gabo intercedió ante el Gobierno de la Ciudad de México para rescatar el edifico de El Rule, en el Centro Histórico, que fue abandonado por los sismos de 1985. Pero luego el proyecto quedó detenido por largos periodos de tiempo.

—¿Y qué fue lo que dio ahora el empujón definitivo?

—En gran parte, los esfuerzos de colaboración entre el Gobierno de la Ciudad de México, la Embajada de Colombia y un grupo de empresarios e intelectuales colombianos que comprendieron la importancia de contar con un espacio así.

—Por supuesto, es importante no sólo como un sitio de memoria, sino como espacio de intercambio cultural.

—Sí, además de conmemorar el paso de García Márquez por México, se trata de que funcione como centro de exhibición y diálogo entre sus dos patrias.

Por si eso fuera poco, la plaza principal del Centro Cultural y de Visitantes El Rule se convirtió el 15 de diciembre en la Plaza Gabriel García Márquez, que albergará de aquí en adelante un busto del escritor como gesto conmemorativo del inabarcable legado que dejó en México.

A la par de la apertura de esta importante plaza, se presentó en la Feria del Libro de Guadalajara A cincuenta años de Cien años de soledad, una coedición de El Equilibrista en colaboración con la Universidad de Guadalajara que, por iniciativa de un grupo de amigos de García Márquez, reúne textos, fotografías y cartas, algunas de ellas inéditas, que dan testimonio de la historia de Cien años de soledad. A propósito de los caminos entrecruzados de la literatura y el periodismo, en el prólogo del libro, Elena Poniatowska dice: “Si tras de García Márquez no hubiera una inmensa, una gigantesca obra periodística, jamás habría escrito Cien años de soledad. Si antes no dialoga con los inmigrantes que llegaban a Aracataca-Macondo para contar que en otros países ya existía el hielo, Gabo no se lanza primero a Bogotá y no viaja más tarde a Europa para vivir en una chambre de bonne en París, en Roma, en Praga, en Hungría, en Berlín”. Su amiga del alma lo recuerda así, lanzándose siempre a lo desconocido con la avidez de conocimiento como su único credo. El ritmo de su literatura es el ritmo de su vida.

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Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha
en diciembre de 1987, fotografiados por Helmut Newton. / Helmut Newton/ Archivo Harry Ransom Center

A cincuenta años de Cien años de soledad incluye también fotografías inéditas de los primeros años de García Márquez en México (en Acapulco con cineastas, reuniones en casa de Carlos Fuentes, coloquios de escritores en la UNAM) y, unas páginas más adelante, una nota, publicada originalmente en el periódico Unomásuno, en que el mismo Carlos Fuentes relata los inicios de su amistad con Gabo. Además, hay una transcripción de una conversación a diez voces en que amigos cercanos recuerdan momentos importantes de la vida en comunidad. Todos estos testimonios son emotivos, pero acaso las páginas más interesantes del libro son las dedicadas a la correspondencia, donde se incluyen cartas a Francisco Porrúa o a Mario Vargas Llosa. Al último le dice, sobre la reseña publicada en el periódico El Espectador en 1967 de Cien años de soledad: “Es lo mejor que he leído sobre la novela, y ahora no sé muy bien dónde meterme, en parte agobiado y en parte avergonzado, y en parte muy jodido por no saber qué hacer con esa papa ardiente que me has tirado”.

Y hablando de cartas y documentos personales, además de todos los festejos que han marcado con bombo y platillo el aniversario de Cien años de soledad, hay otra buena noticia para los lectores de García Márquez: a mediados de diciembre del año pasado se dio a conocer que el Centro Harry Ransom va bastante avanzado en el proceso de digitalización del archivo personal del colombiano, adquirido por la Universidad de Texas en 2014 por 2.2 millones de dólares. Tras varios años de polémica, desatada por el hecho de que tal cantidad de documentos esenciales para comprender la vida del escritor hayan quedado en manos de una universidad en Estados Unidos, el centro que los alberga ha puesto a disposición del público, de manera gratuita, casi la mitad de su colección (más de 27 000 páginas e imágenes). Y en buena compañía: en el mismo centro están las colecciones de James Joyce, Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway y Samuel Beckett.

Para empezar, el archivo en línea incluye manuscritos originales de al menos diez libros, algunos en diferentes versiones, lo cual permite compararlos y notar cambios que revelan procesos creativos tan sutiles que sería imposible advertirlos de otra manera. García Márquez era un editor obsesivo de su propia escritura y reescribía grandes fragmentos de sus obras, eso lo sabíamos, pero ahora podemos comprobarlo de primera mano: hay páginas con tantas oraciones tachadas y frases corregidas y vueltas a corregir hasta el punto en que apenas se parecen a sus versiones anteriores.

Además, se puede acceder a fotografías familiares (incluyendo un par de Tranquilina Iguarán y Nicolás Ricardo Márquez, los abuelos que tuvieron una gran influencia en él), recortes de periódico y artículos anotados por él de puño y letra, correspondencia, cuadernos de notas personales, informes de calificaciones y hasta una colección de los pasaportes que utilizó entre 1955 y 1991. El repertorio es vasto y recompensa a aquel que lo explore con paciencia: hay, por ejemplo, una larga serie de fotografías de sus viajes a Cuba, varias de ellas con los hermanos Castro, y una fotografía de Rodrigo Moya en que Gabo aparece con el ojo morado tras la pelea que tuvo con Vargas Llosa —que hasta la fecha sigue generando polémica— en febrero de 1976. Pueden también consultarse un par de cuadernos de notas sueltas, en cuya página once se lee: “Un revolucionario debe ser optimista”. O un texto de treinta y dos páginas que pertenece al segundo volumen de sus memorias, aún sin publicar, así como entrevistas reveladoras como una que dio a la revista Time en 1992 en la que declara: “Lo único realmente nuevo que podría intentarse para salvar la humanidad en el s. XXI es que las mujeres asuman el manejo del mundo”. Hasta el menú de la cena que se sirvió la noche que le entregaron el Premio Nobel se puede encontrar bajo la sección Ephemera.

Otra parte del acervo, que no ha sido digitalizada todavía, incluye versiones de En agosto nos vemos, la última novela inédita del colombiano. Para conocer esta sección, sin embargo, es necesario viajar a Texas y consultarla en sala de manera presencial. Seguramente valdrá la pena la vuelta.

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Según el escritor sudafricano J. M. Coetzee, un clásico se define a sí mismo por la supervivencia. “Por lo tanto”, señala, “la interrogación al clásico, por hostil que sea, forma parte de la historia del clásico, porque mientras un clásico necesita ser protegido del ataque no podrá probar que es un clásico”. Es por esto que el mejor punto de partida para observar el legado de un escritor como Gabriel García Márquez no son los premios ni los reconocimientos, es la huella que ha dejado en sus lectores. ¿En la memoria de cuánta gente, por ejemplo, están grabadas las primeras líneas de Cien años de soledad, en las que “frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”? ¿No están contenidos varios dictadores latinoamericanos de carne y hueso en la figura central de El otoño del patriarca? ¿A qué cantidad de jóvenes les habrá nacido interés por el periodismo leyendo las páginas de Noticia de un secuestro? ¿No se sienten eternas algunas lluvias de la ciudad, aburridoras, como la que duró cinco días en Macondo aquel invierno?

Cuando la obra de un artista es de verdad importante, su impacto rebasa los límites de su disciplina y de su tiempo. Basta ver el impacto que tuvo la publicación del archivo digital del Centro Harry Ransom, por ejemplo, los festejos por el aniversario de Cien años de soledad o los emocionantes y ambiciosos planes para la apertura del Centro Gabo en Cartagena para saber que con García Márquez estamos frente a un clásico. Incluso el ímpetu con que sus detractores han intentado sacudirse su influencia da testimonio de la fuerza de su legado: un legado que se transforma y crece, imparable, ante nuestros ojos.

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El escritor Gabriel García Márquez nació en Aracataca, Colombia, en 1927 y murió en la Ciudad de México en 2014. / Archivo Harry Ransom Center

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*Este texto se realizó con el apoyo de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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